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martes, 5 de octubre de 2021

El día que cayeron las redes



A estas alturas de este lento fin del mundo, muchos opinaban que después de sobrevivir a la pandemia, ya nada nos puede afectar, que somos un poco más inmortales, o al menos, somos como la yerba mala. Eso opinaban muchos hasta este lunes por la mañana, en que se cayeron las redes. 

Todo empezó como cualquier otro lunes, ese día maldito en que empieza la semana, pillando a tanta gente con todavía una resaca, una flojera de fin de semana o un simple hastío de vivir. En esa mañana, ignorado por todos, algo estaba ocurriendo en aquella empresa dueña de casi todas nuestras redes sociales. Los detalles son secretos, pues las empresas privadas tienen mayor seguridad que el gobierno, eso es sabido, así que solo podemos suponer que algún empleado, aún aturdido por el exceso de lunes que ocurre a esas horas de la mañana, derramó su taza de café sobre uno de los servidores que abastecen a las redes sociales que usamos todos los días, ingresando órdenes malignas a los servidores centrales conectados a Facebook, Whatsapp e Instagram. Los servidores de respaldo entraron inmediatamente en acción, solo para ser también contaminados por ese programa borracho de cafeína y caer a su vez, arrastrando a su paso a todos los demás servidores a nivel mundial, con una eficacia que ya quisieran los partidarios de las conspiraciones. 

Mientras tanto, en nuestra humilde oficina, que tan lejos está de esas grandes corporaciones a las que confiamos nuestra imagen pública, alguien dio la voz de alerta. ¡¿A alguien más no le funciona el Whatsapp?! fue el grito que se escuchó. De inmediato toda la oficina entró en un estado de estupor, con todos los empleados mirando al mismo tiempo sus celulares para comprobar todos que el Whatsapp no respondía. Todos al mismo tiempo soltaron sus celulares, sin saber qué hacer. Los jefes fueron los primeros en reaccionar, llamando a viva voz a sus subordinados para recordarles las tareas pendientes, exigir los informes de la semana anterior, recordar las reuniones acordadas, convirtiendo en un griterío todo lo que hasta ese día habían hecho con silenciosos mensajes de celular. Nunca se vió a los jefes tan activos, corriendo de un escritorio a otro para sustituir ese medio de comunicación perdido. Entre el barullo, alguien recordó que los celulares aún pueden enviar SMS, aunque pocos eran los que recordaban cómo usarlos. Muchos lo intentaron avergonzados, convencidos de haber regresado a la edad de piedra. Otro griterío empezó, esta vez con muchas voces anunciando variaciones del ¡Oye! ¡Te acabo de mandar un mensaje de texto! 

Pasada la primera etapa de confusión, la oficina se llenó de sonidos de timbres de celular, con todos comunicándose por llamada telefónica con el personal que trabaja fuera de la oficina. Llamada sobre llamada se sucedía para pedir pequeños detalles, repitiendo el proceso para cada pequeña duda que antes se respondía con un mensajito de Whatsapp. A lo largo de la mañana, se pudo comprobar el impacto de la caída de las redes. Yo encontré a una de las secretarías de ventas mirando al vacío desde su silla. Cuando le pregunté qué pasaba, me dijo que ella intercalaba su trabajo con revisiones a su facebook y su instagram, y ahora no sabía que hacer cuando terminaba un correo electrónico. Le dije que podía pasar directamente a la siguiente carta, y me miró como si yo hubiera perdido la razón. ¿Cómo puede trabajar la gente seguido y sin descanso? ¡Es imposible! me dijo. 

En la recepción del edificio los visitantes se agolpaban esperando la autorización para ingresar, pues no podían enviar un mensaje instantáneo y las llamadas por celular encontraban al interlocutor siempre atendiendo otra llamada. Se intentó hacer una de las reuniones de rutina en el área, la que se suspendió al comprobar que sería un fracaso, pues todos seguían con el reflejo automático de notificar los acuerdos por whatsapp a sus subordinados, y de apuntar en el celular las decisiones importantes para no olvidarlas. 
La cercanía del mediodía evidenció otros problemas. Todos los que piden comida en la oficina no pudieron comunicarse con los mensajeros y todos los arreglos de la gente que va junta a almorzar tuvieron que hacerse por teléfono o presencialmente, perdiendo toda discreción en el camino. El propio almuerzo con los compañeros de trabajo fue una experiencia extraña, sin nadie mirando su teléfono, nadie compartiendo o comentando memes, y obligados a conversar entre nosotros. 

Al reiniciar las labores, los encargados de sistemas de la compañía ya se cansaban de explicar a la gente que el problema no estaba en las redes internas del edificio, y que ellos nada podían hacer. Igual recibieron una lluvia de críticas y amenazas de gente con síndrome de abstinencia de redes sociales. Ya a esta hora se podía ver gente con el celular en la mano, probando por enésima vez a ver si al fin recuperaban el uso de sus redes sociales. 

A mitad de la tarde la gente tenía la derrota reflejada en el rostro. Algunas madres no regresaron a la oficina después del almuerzo, con la justificación de que no podían comunicarse con sus hijos. La gente estaba ya cansada de ir de oficina en oficina y de escritorio en escritorio, llevando recados personalmente, ronca de hablar por teléfono y de gritar en las oficinas, desanimada al descubrir las caras de las personas que hasta ese día solo habían sido globitos de mensajes en el celular. 

Cuando ya se pensaba en declarar la oficina como zona de desastre, una voz irrumpió sobre el alboroto en el que se había convertido el lugar de trabajo: ¡¡REGRESÓ EL WHATSAPP!! De inmediato todos interrumpieron sus llamadas, sus gritos y sus carreras para confirmar poco a poco que el vital servicio se había restablecido. Ya comunicados con el mundo, nos enteramos de la suerte que habíamos corrido por no haber tenido mayores incidentes. Otras oficinas habían sucumbido al caos, al descubrir que esa mañana, todo lo que pasara quedaría en privado, sin nadie que tome fotos ni videos para compartirlo en sus redes sociales, con el resultado de que todos se sintieron con licencia para hacer lo que quisieran, ya que no habría pruebas de su comportamiento. Llegaron también noticias del extraño espectáculo de gente en las calles contemplando los edificios, los cielos y hasta los carteles publicitarios, libres de la tiranía de la pequeña pantalla de los smartphones, y descubriendo por vez primera la ciudad en la que vivían.

Hoy, que hemos regresado a esa ilusión de normalidad que nosotros mismos hemos creado en pocos años, quisiera pensar en que hemos aprendido a no depender de ese aparatito que tenemos en la mano y que tanto poder tiene sobre nosotros, y sobre la fragilidad del sistema al que hemos confiado nuestras vidas. Las noticias no registran ninguna víctima mortal de la caída de las redes, demostración de que nadie se muere por un día sin Whatsapp, sin Facebook y sin Instagram. Pero no, la gente ha tomado este día simplemente como un mal sueño, y ha seguido como si nada, pensando que si no se ha compartido en redes, es porque este día no existió. No aprendemos nada.

miércoles, 14 de octubre de 2020

Los tres Budas


A lo largo de mi vida laboral, nunca he sido de los que llenan de adornos el escritorio. En realidad, la mayor parte de las veces mi trabajo implica estar fuera de la oficina la mitad del tiempo, y en un ambiente en donde la gente entra y sale constantemente, por eso quien pasara por mi sitio de trabajo vería solo la computadora y dos rumas de papeles, quizá una taza de agua. Solo recuerdo haber puesto una vez un pequeño árbol de navidad una vez que me convencieron de participar en un concurso de decoración navideña. Por eso es que esta historia es tan especial. 
Mi último trabajo era un proyecto importante, en donde todos los días había gente que se integraba al esfuerzo, mientras otros se retiraban, cumplida su labor. Del mismo modo, la gente cambiaba de ubicación, cambiando de sede o de lugar dentro del mismo edificio. Mi área entonces estaba lo suficientemente organizada como para pelear por una buena ubicación cuando nos mudaron la segunda vez, en un sitio en donde se preveía que nos quedaríamos aún varios meses. Así, mientras nosotros éramos casi una constante en el edificio, nuestros vecinos de piso cambiaban cada pocas semanas. Uno de esos grupos volátiles que pasó por nuestra vecindad fue el de algunos técnicos extranjeros y el personal de apoyo nativo. Dentro de estos últimos estaba una joven que se distinguió desde el primer momento por sus ganas y por tener una eterna sonrisa en el rostro. Ella fue la que como señal de posesión colocó en su mesa de trabajo tres figuras de cerámica. 

Desde el primer día las tres figuras de artesanía atrajeron la atención. Eran tres figuras que representaban a Buda en tres distintas posiciones, con tez de color cacao y trajes de diferentes colores, que al verlas inspiraban inmediatamente una sonrisa. No eran especialmente artísticos, para nada un adorno de lujo, pero había algo en ellos. Yo normalmente no creo en amuletos o cosas por el estilo, pero tenía que reconocer que tales figuras tenían una buena vibra que se contagiaba a toda la oficina. Eran además un tema de conversación para aquellos que pasaban casualmente. Como todos, le pregunté a la dueña sobre el origen de los tres pequeños budas,seguro de obtener una buena historia, pero no supo decirme mucho. Me contó que se los habían traído como recuerdo de la India, que inicialmente eran cuatro, pero uno de ellos se rompió. Estoy seguro que había una historia, pero ella no era consciente de ello, y por eso no era capaz de articularla para contármela. 
Yo, por mi parte, pensaba que cuatro budas era antinatural. Los prodigios, tal como me ha enseñado la vida, vienen en grupos de tres. Si se había roto una cuarta figura, era porque así debía ser para lograr el número perfecto. Esto servía además para que los visitantes casuales los equipararan a las figuras de los tres monitos que se cubren la boca, los ojos y los oídos. 

La dueña de los tres budas, quien pronto se hizo amiga de nuestro equipo, también salía de su sitio con cierta frecuencia, y me encargaba echarles un ojo mientras ella estaba ausente. Ya había sorprendido a alguien tratando de llevarse las figuras, según me contó. Y para mí eso era perfectamente creíble y además justificable. Sé que mucha gente cree que un amuleto no debe ser comprado, y que solo funciona si es obtenido como obsequio o robado. Yo mismo veía cuando, en ausencia de la chica, alguna persona se acercaba a su mesa para contemplar a los tres budas, con manos que se contenían para no tomarlos y salir corriendo. Yo levantaba la vista para hacer notar que las figuras no estaban desprotegidas, y solo entonces me preguntaban de quién eran y dónde los había conseguido, antes de seguir su camino. 
Los tres budas eran objetos codiciados. Había quien le advertía a la chica que se cuidara del personal de limpieza que se quedaba después de la jornada de trabajo, o que por seguridad los guardara y pusiera bajo llave los fines de semana, especialmente los feriados largos. 

Mientras tanto el proyecto seguía su marcha, y todos sabíamos que en algún momento se mudarían de sitio. Después de un tiempo, nuestra área reclamó las mesas vecinas, que hasta ese momento habían sido usadas como “hot spots” o lugares de paso, y nuestra amiga fue notificada que tendría que mudarse a otro lugar. En ese momento ella no sabía exactamente cuál sería su nueva ubicación y tenía miedo de que en la mudanza los budas sufrieran algún daño. Fue así como me ofrecí a darles asilo en mi propia mesa, a lo que ella accedió gustosa. Demás está decir que era lo que yo había estado esperando. Desde entonces fue a mi mesa a la que se acercaban los transeúntes curiosos a preguntar sobre los tres budas. No faltaba quien me propusiera tenerlos en caso de que la dueña no regresara por ellos. 

Tener a los tres budas en mi mesa se convirtió en una responsabilidad. Por primera vez tenía un adorno propiamente dicho en mi mesa, al que tenía que cuidar de no atropellar con los papeles y archivadores que atiborraban mi mesa, y al que tenía que guardar en mi cajonera cuando llegaba un feriado largo. Ganas me dieron de llevármelos a mi casa para que pasaran al menos un fin de semana trayendo algo de suerte, pero rechacé la idea ante el peligro de que se quedaran allí definitivamente. Además, la dueña pasaba de vez en cuando por mi sitio para verificar que estuvieran bien y contentos. Ella compartía ahora un lugar en el mismo piso, en donde estaba un día sí y otro no, por lo que los budas aún estaban mejor conmigo. No negaré que guardaba la esperanza de que la movieran definitivamente de sitio y no pudiera regresar por ellos, y los tres budas quedaran para siempre en mi posesión. 

Pasadas las semanas, los cambios en el personal del proyecto se volvieron más frecuentes. Yo logré mantenerme dentro del equipo de trabajo, aunque con otro puesto, algo en lo que la intervención de los budas fue sospechada, aunque no confirmada. El nuevo puesto implicaba un cambio a otra sede del proyecto, y por unos días tuve dos sitios de trabajo al mismo tiempo. Conseguí una caja grande para todos mis papeles y envolví a los budas en papel, antes de ponerlos en una bolsa, hasta que consideré que era suficiente prevención para el traslado. Mi plan era llevarlos personalmente para evitar cualquier riesgo. La dueña no había venido desde hacía casi dos semanas, pero cuando apareció, lo primero que hizo fue preguntar por mí, al ver mi mesa vacía. Al día siguiente no me quedó más que portarme como una persona decente, e ir a buscarla con la bolsita con los tres budas. No estaba molesta con mi actitud, aunque sí algo ansiosa. Le entregué la bolsa con los preciados budas y le agradecí el préstamo, la protección y las buenas vibras por el par de meses en que estuvieron en mi poder. Al final le di un abrazo que resultó ser más sincero de lo que yo mismo había esperado. 

 El sitio de trabajo de mi amiga todavía era tan inestable como cuando me dejó los budas, así que nunca volvieron a ser vistos en alguna mesa del edificio o del proyecto. Imagino que al final se los llevó de regreso a su casa, y luego de terminar el proyecto la siguen acompañando en su siguiente trabajo, porque en lo que restaba del proyecto no pude conversar con ella más allá del saludo y después de salir no la he visto desde entonces. Es por esto que, pasado suficiente tiempo, puedo contar esta historia de cuando tuve tres pequeños protectores en mi lugar de trabajo, los tres budas que fueron la envidia de toda una oficina.

viernes, 18 de octubre de 2019

La hora lunes


Todos los días, hay una hora en que me tengo que levantar, escuchar un rato el noticiero mientras me preparo el café para enterarme que el mundo sigue igual o peor que ayer, salgo a la calle para maldecir al tráfico, llego a la oficina, donde me dicen que hay que rehacer ese trabajo que me ha tenido sufriendo toda la semana, y donde descubro todos los problemas que me han ocultado el día anterior.
Todo esto ocurre en el lapso de una hora o un poco más, y todos los días tienen esa hora. Es la hora lunes del día. Es en esa hora lunes cuando las noticias te dicen que el mal no descansa, ni duerme, ni toma vacaciones. Cuando te das cuenta que las cosas no se resuelven mágicamente en una noche, porque los responsables, al igual que tú, al llegar a casa se desconectaron totalmente del trabajo.

Durante esa hora, descubro todo lo que debí hacer el día anterior y que no hice, y me pregunto cómo es que hace tan solo una hora estaba durmiendo tranquilamente y ahora estoy tan enredado, y como es que en algún momento pensé que sería buena idea venir a trabajar.

Felizmente la hora lunes solo dura una hora, y le sigue la rutina, que no es mejor, pero al menos tiene el consuelo de lo conocido. A tirar para adelante nomás, que ya vendrán horas mejores.

miércoles, 28 de agosto de 2019

Dos cortitas


Ciclo capitalista 
Buscar trabajo
Tratar de sobrevivir mientras encuentras un trabajo
Obtener un trabajo
Conformarse hasta encontrar un trabajo para el cual se ha estudiado
Tener un trabajo acorde a tus capacidades
Tener un trabajo donde hagas lo que te gusta
Tener un ambiente de trabajo agradable
Encontrar un trabajo donde te paguen lo que mereces
Sobrevivir a la próxima reducción de personal
Repetir el ciclo.


Generaciones
La generación que escuchó a los Beatles, lo único que puedo decir es que tiene un mejor gusto musical.
La generación hippie no logró hacer que triunfe la paz y el amor.
La generación que creía en el socialismo fue la que más rápida y estrepitosamente vio destrozarse sus sueños. Algunos no se recuperan hasta hoy del golpe.
La generación que jugaba con el cubo de Rubik ¿Es más hábil con las manos? ¿Tiene mejor percepción tridimensional?
La generación que jugaba con un Tamagotchi ¿Trata mejor a sus mascotas? ¿Entiende mejor sobre la fragilidad de la vida?
La generación que leía los libros de Harry Potter ¿Tiene mejor comprensión de lectura?
De la generación que hoy escucha reggaetón ¿Qué podremos esperar realmente?

domingo, 18 de agosto de 2019

Pelotitas anti stress


Conforme crece el índice de stress en nuestra oficina, los responsables de personal se esfuerzan cada vez más en buscar formas de mantener a la gente motivada, y evitar una ola de suicidios, asesinatos y levantamientos en masa de imprevisibles consecuencias. Yo también creía que estos riesgos eran pura exageración sacada de un libro extranjero, hasta que caí en la cuenta de ya ha habido varios casos de compañeros caídos en el cumplimiento del deber, que la empresa ha tratado de suavizar reportándolos como resfríos, descansos intempestivos o inofensivos arrebatos de locura temporal.

La primera acción que se tomó fue implementar un mini gimnasio. Tal como lo predije cuando nos dieron la noticia, la novedad duró cosa de dos semanas, hasta que se dieron cuenta de que a nadie le dan tiempo para usarlo, no importa que tan temprano o tan tarde sea, y a los que empezaron a usarlo eran mal vistos, como flojos que no querían trabajar o que tenían tiempo de sobra. Para mí, lo que hacía falta en el mini gimnasio era un saco de arena para golpear, y con sitio para colocar la foto de alguien, como para hacer el ejercicio con más gusto.

El último intento ha llegado hace poco, y consiste en repartir una dotación de pelotitas anti stress. La idea no parece tan mala, uno puede oprimir la pelota de una manera discreta en su mismo puesto de trabajo sin ser señalado por ningún dedo acusador. Una experta en bienestar laboral ha ido sección por sección para repartir y explicar el uso adecuado de las pelotas anti stress. Yo veo la que me dan y me parece raro que una pelota de espuma necesite instrucciones de uso. Solo se trata de estrujarlas hasta que se te quiten las ganas de venir con una ametralladora a la oficina, no hay gran ciencia en ello. La experta nos explica que la pelota se debe estrujar rítmicamente, coordinadamente con la respiración, que al hacerlo debemos estar una posición cómoda en nuestro asiento, y otras indicaciones que no escucho porque estoy tratando de hacer algunos de los trucos con pelotas que he aprendido alguna vez.

Aunque para algunos estas pelotitas se han convertido en un adorno más de la oficina, por mi sitio ya dos de ellas han cumplido su destino, quedando convertidas en una masa informe y arrugada, víctimas de un mano con mucho stress acumulado, que no solo estruja, sino que también retuerce, estrangula y destroza. Debo reconocer que no pensaba que una pelota podía convertirse en algo así en tan poco tiempo.

Yo por mi parte, aún estoy volviendo a recordar varios trucos de pelotitas. En la mañana, cuando los cestos de basura están todavía limpios, juego a la canasta en ellos, y ya me he ganado un par de apuestas y el récord de canasta a tres bandas. Con otras pelotitas donadas generosamente por trabajadores que no creen en estas cosas, he completado la colección de pelotitas con una de cada color, y he podido hacer dos vueltas de malabarismo con tres pelotitas, incrementando mi reputación en la oficina.

 Aunque ha aumentado el índice de pelotitas tumbando floreritos, lapiceras y monitores de computadoras, creo que en general la moral de la oficina ha subido un poco. Con mi ayuda, mis compañeros empiezan a dominar los secretos del “pelotitas anti stress free style”, pasando las pelotas desde la espalda y recibiéndolas con volteretas. Aún estoy tratando de convencer al Área de Personal que el incidente de la guerra de pelotitas entre áreas funcionales ha servido para liberar tensiones en ambos lados. Como parte del área técnica, estoy haciendo planes para modernizar el proceso con hondas y rifles lanza pelotas. Sería una verdadera forma de liberar el stress acumulado.

domingo, 27 de enero de 2019

Un lunes tonto


Los días tienen personalidad. Todos sabemos que el sábado es un tipo alegre y despreocupado, que vive como si no hubiera un mañana, el miércoles es más bien un melancólico personaje que quiere ser muchas cosas y no llega a ser ninguna, el martes es un tipo precavido, que siempre está en guardia por lo que pudiera pasar, y el lunes es, casi por definición, el día tonto. No diré que personalmente odio los lunes, porque mi natural empatía me permite comprender sus razones. Sé que no es fácil presentarse después de la arrolladora personalidad del sábado y la tranquilidad y paz del domingo, cuando todo lo que pase después se verá tonto y aburrido.

Pero el lunes me representa la ventaja de disimular mi condición de tonto, y no es que ese día sea más o menos tonto, sino que todos los demás se comportan se manera torpe y tonta, hasta casi llegar a mi nivel cotidiano. Y a veces hasta  paso como inteligente esos días, ya que a diferencia de los demás, mi tontera es bastante uniforme, sin ser afectada por el día de la semana.

Por eso puedo observar objetivamente el comportamiento de las personas normales durante el tonto lunes. Algunos de mis compañeros de trabajo llegan temprano, combatiendo la modorra matinal con una generosa dosis de café, y con una sola intención en mente: arreglar todos los errores cometidos en esa vertiginosa última hora del viernes, de modo que el jefe, que también llegará tarde e infectado de lunes, se dé cuenta de los informes llenos de incongruencias y los trabajos terminados a la volada. Otros llegan tarde, pero esperando un reconocimiento por el solo hecho de haberse podido levantar de la cama y llegar a la oficina en condiciones medianamente presentables. Son estos los que antes de una hora crearán un congestionamiento frente a la máquina de café, en busca de lo que les permita sobrevivir hasta la hora de salida.

Yo, por mi parte, he llegado tarde, aunque no tanto como otros. Recuerdo el sonido del despertador muy de mañana, y haber creído en ese momento que se trataba de una broma. No, no puede ser lunes, me digo, hasta que hago cuentas mentales y concluyo que, efectivamente, han pasado tres días desde el último viernes. Mi cerebro ahora me grita que debo ponerme en movimiento, pero mi cuerpo se niega a obedecer. Mal que bien, logro salir de casa, aún arrastrando los pies, para encontrar en la calle a una multitud de trabajadores en idéntica situación, lo que ocasiona ese tráfico matinal tan terrible y tan propio de los lunes. Durante el día, la influencia del lunes tonto se sigue sintiendo. Las labores más simples demoran el doble de lo normal y se cometen errores que serían impensables en cualquier otro día. Como dije, ese día mi actitud de tonto no desentona demasiado con el ambiente general.

Siempre hay alguien que, en algún momento, despotrica contra los lunes, y es cuando otro tonto intenta levantar los ánimos diciendo frases sacadas de internet como “Hay que empezar la semana con una sonrisa”, o alguna tontería de esas. Y siempre se arma una discusión sobre el tema en la que yo, en tono didáctico, trato de explicar que fue un lunes cuando Adán y Eva fueron expulsados del paraíso, que fue un lunes en que Napoleón inició su marcha hacia el invierno ruso, y que fue lunes cuando cada uno de nosotros empezó a trabajar. No debemos entonces llevarnos tan mal con ese día en el que pasaremos la séptima parte de nuestra vida.

Al final del día, todos vigilan esperanzados el reloj como si temieran que el tiempo se detenga antes de que llegue la hora de salida. Suspiros de alivio se escuchan en el momento cumbre, y todos nos sentimos triunfadores, porque hemos derrotado al lunes, o al menos le hemos sobrevivido. Y esta es otra tontería, porque todos, incluido yo, olvidamos en ese momento que a este tonto lunes le seguirá el martes, y luego el miércoles, y así hasta que llegue el siguiente lunes en que todo volverá a pasar como en un bucle infinito. Porque ese es el ciclo de la vida, y es tonto ignorarlo.

viernes, 7 de septiembre de 2018

La visita oficial


Cuando llegué a trabajar esa mañana, todavía pensaba que ese día sería como cualquier otro en la obra, con las peleas y discusiones cotidianas, luchando contra la ley del mínimo esfuerzo que tantos retrasos ocasiona al final del proyecto, y contra las presiones para entregar rápidamente sin tomar en cuenta la calidad. Un día normal, pensaba. Pero una reunión a primera hora me hizo saltar las alarmas de que algo inusual estaba ocurriendo. Señores – dijo el gerente de obra – Nos acaban de informar que mañana tendremos la visita del Presidente, que viene a inspeccionar la obra, y va a venir con el ministro y con la prensa y televisión, así que hoy el personal se dedicará a labores de limpieza y orden para dar una buena impresión de la obra. Y avisen al personal que para mañana deben usar el uniforme más limpio que tengan, que tenemos que dar una buena imagen de nuestra empresa.

Por un momento, pensé que con lo atrasados que están los trabajos, no nos convenía perder un día en labores no productivas, pero luego caí en la cuenta de que todos colaborarían en lo que yo había estado reclamando desde hacía meses, es decir, en limpiar los basurales que se habían formado en varios puntos de la obra, y en poner orden en los sitios de trabajo. Esa mañana me puse a organizar las cuadrillas de limpieza en mi área, con todos los obreros diciendo que ya era hora, que ya había mucha basura en el lugar. Al mediodía parecía que la campaña sería un éxito, y ya estaba pidiendo los camiones para despejar los desechos, cuando llegó el primer camión, pero no para llevarse mi basura, sino para descargar en mi sitio la basura de otras áreas. El resto de la tarde la pasé peleando con otros jefes de área por los camiones y para que se lleven la basura al botadero principal, en vez de dejarla justo al frente de mi oficina.

Al final del día todo estaba limpio y ordenado, con una rápida mano de pintura en los lugares más visibles, mi sitio estaba en condiciones de recibir al presidente, al rey y hasta al papa, si se le ocurriera venir a mirar por aquí.

A la mañana siguiente yo estaba listo para la visita. En otra reunión a primera hora, el gerente de obra no opinó lo mismo. – He dado órdenes al almacén para que distribuya chalecos nuevos al personal obrero, para que el Presidente no vea esos chalecos mugrosos que tienen ahora. Pero recuerden que estos chalecos nuevos son prestados, los han traído de emergencia desde el almacén general, así díganle a los obreros que no los ensucien y que deben devolverlos al final del día. Algo bueno está saliendo de todo esto, pensaba yo, nunca este sitio se ha visto tan limpio y ordenado, nunca los obreros se han visto tan presentables. No desaproveché la ocasión de tomar unas fotos de mi personal, sabiendo que jamás los volvería a ver así. Fue un momento de diversión el ver a los obreros incómodos en sus chalecos nuevos e incapaces de realizar labor alguna para no ensuciarlos. Estaba tan contento que no presté atención a la caravana de camionetas que había ingresado a la obra. Era el gerente de la empresa y todo su directorio, que venían a recibir al Presidente. En un instante nos instruyeron para ponernos todos a un costado, acordonando rápidamente el lugar y dejándonos fuera de nuestra propia área de trabajo. ¿Qué está pasando? Pregunté a uno de los que estaba organizando el movimiento, al ver que varios de los recién llegados pedían los chalecos de los ingenieros para ponérselos ellos mismos. – Es que el Presidente tiene que conocer a los responsables de la obra – me respondió. – Pero a esa gente no la he visto nunca por aquí – le dije. – Pero ellos son parte de la obra, vea, ese es el jefe de planeamiento, esa es la jefa de presupuesto, el jefe de control… Por favor, présteme su chaleco, que nos están faltando para los que han llegado… Antes de que llegara el Presidente, ya nos habían reemplazado a todos por unos clones limpios y educados, relegándonos a los verdaderos trabajadores a un rincón desde no podíamos ver ni ser vistos por la comitiva oficial. De acuerdo a lo que me contaron los pocos que pudieron sortear el cordón divisorio, el ministro trató de demostrar sus conocimientos técnicos haciendo unas preguntas tontas sobre cómo funciona la planta a uno de los reemplazantes de mis técnicos, obteniendo una respuesta incomprensible dicha con un aplomo que pareciera que sabía de lo que hablaba. Lo peor fue que el Presidente saludó a alguien que nunca supe quién era, pero que llevaba un chaleco con mi nombre, lo felicitó por su excelente trabajo y frente a todas las cámaras de televisión declaró que yo era un ejemplo de los ingenieros que hacen su labor en condiciones difíciles y llevan adelante al país. Después de media hora en que el Presidente no hizo contacto con nadie que hubiera estado trabajando allí el día anterior, la comitiva oficial se retiró, con lo que nos permitieron volver a las labores cotidianas, previa devolución de los chalecos nuevos, menos el mío, que jamás volví a ver.

Esa noche, en el campamento, pensé que al menos tendría el consuelo de ver en el noticiero al Presidente visitando nuestra obra y que al menos vería al que recibió en mi nombre al Presidente. Tampoco. El noticiero dedicó menos de un minuto a la visita y solo se vio al Presidente a la salida de la obra respondiendo unas preguntas sobre el escándalo político del día. El noticiero no mencionó la obra, ni dónde había estado el Presidente, limitándose a decir que estuvo en “una actividad oficial”.
- Es por eso que no me gusta la política - reflexioné filosóficamente.

domingo, 24 de junio de 2018

El mundial de fútbol, desde mi oficina


Al igual que siempre sucede cada cuatro años, el mundial de fútbol altera todas las actividades cotidianas y monopoliza las conversaciones. Es inútil el reclamo de algunos que quieren marcar la diferencia y exige que nos ocupemos de la crisis política, el calentamiento global en vez de estar embobados con el mundial. Yo no quiero criticarlos, porque después de todo, ellos también cumplen una función importante dentro de la estructura social: ellos son los que vigilan que durante nuestra ausencia cuidan que nuestros políticos no se terminen de llevar el país aprovechando que todos estamos mirando hacia otro lado.

Y este mundial me encuentra en una posición diferente a otros años. En primer lugar, estoy en la ciudad y no en un pueblo sin acceso a la televisión, en segundo, por fin mi país ha clasificado y el entusiasmo es desbordante esta vez, donde ver los partidos de nuestra selección se ha convertido en un deber patriótico. Por último, el proyecto en el que estoy trabajando está relacionado al deporte y tenemos la presencia de muchos expertos extranjeros que también están interesados en los partidos.

Trabajar en una gran oficina con mucha gente ha marcado también una diferencia. Aunque en teoría no debemos detener el trabajo para ver el mundial, la práctica dice otra cosa. Para los primeros partidos yo creí estar muy bien preparado con mi celular con el aplicativo que me permite ver televisión. No fue así, porque otros lograron convertir el monitor de la computadora en una televisión. La gerencia, por su parte, instaló una televisión en la sala de reuniones. Pero todos ellos fueron derrotados por los nerds del área de sistemas, que instalaron un ecran y un proyector para ver el fútbol en pantalla gigante. A la hora de la verdad, la red colapsó, al igual que el aplicativo de mi celular, los gerentes se encerraron en su sala, el televisor se veía tan borroso que se tenía que adivinar las jugadas y todos terminamos mirando en el televisor del comedor.

Durante las horas en que no hay partidos, las conversaciones siguen siendo sobre fútbol. Yo tengo información de primera mano, gracias a los detallados reportes de un amigo que está en Rusia e informa todo desde su Facebook. En la oficina, nuestros expertos analizan los resultados, tenemos opiniones desde el punto de vista económico, científico, social y de algunos que mezclan a la FIFA en sus teorías conspirativas de dominación mundial. Las mujeres también hablan de fútbol, aunque la mitad de las veces el tema se desvía a discusiones sobre el jugador más guapo o la selección con mejor porte. Todos, sin embargo, están de acuerdo en criticar al tonto que está acertando los resultados de los partidos y se está llevando la quiniela de la oficina. Yo me uno también al coro, porque por primera vez, ese tonto no soy yo.

Como decía hay muchos extranjeros en las oficinas, y varios de ellos sacan fotos del ambiente de la empresa, nunca han visto gente que va a trabajar usando la camiseta de la selección. Contagiados, varios de ellos traen casaca y bufanda de nuestra selección. Bueno, excepto algunos de los brasileños, que ellos no transan tan fácilmente. Ya se sabe que los peruanos somos muy amables con los extranjeros, y esto queda reflejado cuando los acompañamos en su emoción al ver los partidos de su selección. Normalmente sabemos de donde es cada uno de los expertos, pero algunos de los extranjeros tienen lo que podríamos llamar una “nacionalidad compuesta”. Por ejemplo, uno de ellos es peruano pero tiene pasaporte francés, otro es portugués casado con una brasileña. Uno de ellos me tuvo que explicar dos veces que es un peruano que estudió en Alemania, está casado con una brasileña, con quien vive en España. Este tipo se tiene que ver todo el mundial, recuerdo que pensé.

Y ya que hay partidos a la hora del almuerzo, aprovechamos para acompañar al extranjero a quien le toca ver a su selección. El choque entre Portugal y España fue un acontecimiento especial que contó con la presencia de representantes de los dos países, además de los partidarios del Real Madrid y las partidarias de Cristiano Ronaldo.

El plato fuerte es, obviamente, el primer partido de nuestra selección. En los futuros años se seguirán contando las historias de hombres fuertes llorando frente al televisor, de un himno nacional cantado a todo pulmón al otro lado del mundo por miles de personas, de mujeres gritando de una manera desusada fuera de la privacidad de sus casas, y un grupo de extranjeros tomando incansables fotos no del partido, sino del público que abarrotaba el comedor, para mostrar en sus países cómo se vive el fútbol por aquí.

El mundial todavía no termina, y estoy seguro que veré aún más cosas dignas de relatar desde mi oficina.

sábado, 13 de mayo de 2017

La invención del lunes


Ocurre todas las semanas. La gente llega al trabajo después del fin de semana cansada y sin ánimos, con la expresión de la derrota reflejada en el rostro, y maldiciendo al lunes. ¿Por qué tenía que ser lunes? ¡Otro lunes! ¡Castigo del cielo! y cosas semejantes se escuchan en todas las instalaciones de la empresa. Yo, por mi parte, trato de acordarme de los tiempos felices en que el lunes era solo otro nombre en el calendario, solo para recibir un golpe de dura realidad al recordar que jamás ha habido época sin lunes en toda mi vida, porque hasta las guarderías inician la semana en lunes, la escuela empieza los lunes, para que los niños aprendan desde temprano lo que significa; cuando conseguí mi primer trabajo me dijeron “empiezas el lunes” con un tono de advertencia ominosa; puedo mencionar que también en el trabajo cuando una labor es especialmente pesada o desagradable, se usa la frase “lo dejamos para el lunes”, y por esta razón el lunes es cuando tenemos que hacer los trabajos más pesados, aquellos que no queremos hacer. Y todo el mundo sabe que los lunes es cuando la gente hace no que no quiere hacer, desde los funcionarios públicos que nos dicen “regrese el lunes” hasta nosotros mismos, que para todas las tareas desagradables, los propósitos personales y todo lo que nos recomienda el médico tenemos la frase “el lunes empiezo”.

Puesto a pensar en el tema, lo que la gente en realidad odia no es el lunes, sino el hecho de que el fin de semana se acabó. Tal vez, y esto es ponerme como abogado del diablo, la intención es que el día de descanso sirva para que uno descanse y llegue al lunes lleno de energía y contento, pero la verdad es que el efecto es exactamente lo contrario. El sábado y el domingo son de descontrol total y uno llega al lunes con el cuerpo cansado, con ganas de esconder la cabeza detrás del monitor de la computadora, poner un cartelito de “No molestar” en la puerta de la oficina y esperar que el jefe esté tan cansado como nosotros y no se asome mientras estamos durmiendo. Es que en un lunes cualquiera no parece haber más ánimo que para tuitear o facebookear lo mucho que uno odia los lunes, alguien debería hacer algo, decretar una ley en contra de los lunes, que tanta baja en la productividad ocasiona.
Así que el lunes pasado, a esa hora en que todavía todos estábamos un 50% zombis se escuchó un grito desgarrador en la quietud de la oficina: ¡¿Quién fue el que inventó los lunes?! Allí fue que me puse a pensar en que esa no era una pregunta tonta, que en verdad necesitamos saber quién fue para acordarnos cada inicio de semana en nuestras oraciones para asegurarnos de que tenga un lugar preferente en el infierno. Y me puse a investigar sobre el tema.

Resulta que la semana de siete días la inventaron los babilonios, quienes decidieron consagrar ese día a la Luna, tal vez por tanta gente alunada que se veía ese día. Pero en ese entonces el lunes era un día como cualquiera otro de la semana, en que no se había inventado todavía de fin de semana ni la jornada laboral, y no existían esas connotaciones negativas. Entonces el inventor del lunes tal como lo conocemos hoy fue nada menos que Constantino el Grande, quien luego de la batalla del puente Milvio, se vio dueño del imperio romano, y con licencia para hacer lo que le pareciera, así que declaró al cristianismo como la religión oficial. Pero como los cristianos tampoco estaban muy organizados, se dio el mismo a la tarea de poner orden y terminó mezclando ideas y liturgias romanas, griegas, y arrianas, para darle forma a la iglesia católica tal como la conocemos hoy. Gracias a él se hizo el primer concilio ecuménico, se ocupó como sede papal lo que hoy es la basílica de San Juan y luego la de San Pedro, se suspendieron las luchas de gladiadores y los leones comiendo cristianos que tanto tema de películas han dado, y por último, decretó que el día santo debería ser el domingo, como primer día de la semana, en vez del sábado como último día, con lo que se formó el fin de semana como hoy lo conocemos. Y fue precisamente el primer lunes laborable en que todos los romanos después de tirarse su merecido bacanal regresaron a sus labores ojerosos y cansados, como lo hacemos hasta el día de hoy.

A Constantino debemos entonces la invención del lunes como ese día odiado por todos y en el que queramos o no, pasamos la séptima parte de nuestras vidas. Ignoro si por esta invención en este momento Constantino está en el infierno o está en el cielo por las demás cosas que hizo, que los historiadores tampoco se ponen de acuerdo sobre si es el héroe o el villano de esta parte de la historia. El hecho es que en nuestra humilde oficina se ha ganado un lugar de preferencia en el tablero de dardos, con esa cara de malvado y con todos intentando darle en el ojo, que los tenía muy grandes.

Feliz Lunes.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Navidad en la oficina


Ya terminó la semana navideña, ahora puedo sentarme a hacer balance de todo lo que pasó en esta ajetreada semana. Es que lo que ha pasado merece un apunte que sirva como experiencia para el próximo año. Aquí va la historia.

Algo de lo que no me puedo quejar en mi oficina es de la falta de espíritu navideño. Aquí la gente se ilusiona y quiere participar, no como en otras oficinas en donde el grinch ha establecido su residencia y el espíritu navideño no lo encuentran ni con ouija. Así pues, encuentro gente dispuesta a defender el trofeo a la mejor decoración navideña que obtuvimos el año pasado. Empezamos en la quincena de diciembre con una reunión para definir la mejor estrategia. A mí me gusta romper el hielo en la reunión mencionando las barbaridades que hicieron el año pasado en otras oficinas (fue una muy mala idea esa de hacer un muñeco de nieve hecho de papel higiénico), y recordando esa otra oficina en donde nos han adelantado tanto la navidad que nunca quitaron los adornos del año pasado.

La primera idea que surge para este año es la de hacer un nacimiento en vivo. La idea parece buena. Tenemos un chato que cuadraría muy bien como Niño Dios, a un técnico que ha sido pastor de llamas hasta hace muy poco y a un metrosexual al que le encantará vestirse de ángel. El problema surge cuando caemos en la cuenta que nos sobran burros, y nos faltan San Josés. Pero estos problemas no son nada comparados a los que se presentaron al momento de elegir a una Virgen. Hay varias voluntarias, y yo debo buscar una excusa para no decir directamente que la gente se va a reír de alguna de ellas al verla disfrazada de virgen. Para empeorar las cosas, el jefe del proyecto entra en la oficina cuando en medio de la discusión una de ellas gritaba “Solo quiero saber si soy Virgen o no”. 

Al final, el jefe ordena que sea yo quien decida quien de todas las chicas de la oficina es la más virgen. Sí, suena feo, pero eso fue lo que dijo exactamente. Para evitar herir susceptibilidades, decido que lo del nacimiento en vivo es una mala idea, y que este año haremos una decoración hecha de materiales reciclados.

Encaminado el proyecto “Navidad 2014”, agarramos folletos antiguos, planos en desuso y folders de colores para hacer adornos navideños. Un par de pancartas usadas de la oficina de seguridad nos sirven para hacer dibujos de un Papa Noel y del árbol, que tendrá cajas de agua forradas con  papel regalo para completar el efecto. Como jefe, es también mi responsabilidad desechar las malas ideas, así que este año no tendremos un nacimiento de gatitos ni un muñeco del grinch ahorcado en la puerta. Hemos terminado a tiempo y solo nos hemos quedado hasta la una de la mañana.

La revisión general va bien. Solo hay algunas cosas que afinar. Felicito a la gente por el detalle de colocar a las figuras del nacimiento cascos de ingenieros para darle un toque personal, hasta que me doy cuenta de las sonrisas que despierta el burro con casco de ingeniero. Me impiden sacarlo porque se ha convertido en la figura preferida y hasta nombre le han puesto, en honor a uno que todos conocemos. Cuando me pregunten, diré que es porque los ingenieros trabajamos como burros en este proyecto. El trofeo de la oficina mejor decorada ya lo tenemos en la bolsa.


Después de las fotos del personal de la oficina junto a la flamante decoración, voy a la oficina de personal a presentar mi inscripción. Al llegar, veo las caras de envidia de los que me conocen y ya saben a qué voy. Para mi es simple formalidad la inscripción, deberían darme el premio directamente y ahorrarse todo el trámite. Al menos eso creía, hasta que me dijo la jefa de personal con su mejor cara de hipócrita “¿Qué? ¿No sabías? Este año no hay concurso de decoración de oficinas” No hace falta que me lo diga, han suspendido el concurso para que no lo ganemos otra vez. Qué falta de espíritu navideño, digo yo.

jueves, 30 de octubre de 2014

El Muqui


Ya es época de Halloween, que es otra de esas fiestas importadas que, más allá de estar a favor o en contra, es algo de lo que mucha gente habla. Y es época también de contar cuentos de miedo. Lamentablemente, el cine y la televisión nos han atrofiado la imaginación, y ahora la gente parece aceptar solamente cuentos que tengan zombies, vampiros y cosas que nada tienen que ver con nuestra idiosincrasia. Sí, pues faltan espantos peruanos que agregar al menú de Halloween. Y el Perú es un país donde las criaturas terroríficas abundan, con el agregado de que todas ellas son reales, no la imaginación de un europeo trasnochado. 
A lo largo de mi trabajo en las provincias del Perú he escuchado historias como para aterrar a los paseantes durante varios Halloweens seguidos, modestia aparte. Historias del antimonio, los espíritus de las huacas, los brujos y brujas, jarjachas, duendes, fantasmas, sirenas, todas ellas he escuchado, con testimonios de personas que lo han vivido en carne propia, de esas historias que comienzan siempre con la frase “Yo no creía en esas cosas, pero…”. Esa es la diferencia con las historias que nos llegan desde otros lugares. No creo que ningún norteamericano vea como cierta la posibilidad de ser atacado por un zombie o se resista a entrar en un bosque por temor a encontrar a un duende. En cambio ese tipo de encuentros con criaturas de fantasmales son casi cosa de todos los días por aquí. Voy a contar algunas de estas historias, las referidas al Muqui.

El Muqui es un duende de las minas, que vive en el interior de los socavones. Es del tamaño de un niño pequeño y se le ve vestido como minero, con casco, pico y linterna. En el trabajo en el que me encuentro actualmente, donde se han cavado buena cantidad de túneles, varios de los trabajadores dijeron haberlo visto en las noches. El Muqui hace perder el camino a los trabajadores, quienes lo persiguen creyendo que los conducirá hacia algún tesoro. Lo que ha pasado en realidad, es que el Muqui guiaba a los trabajadores a un área oscura del túnel para que no pueda salir, o los llevaba a una parte con poco oxígeno para que se asfixie. Este fue el caso de uno de los trabajadores de la obra, quien vio la luz de la linterna que llevaba el Muqui, y la siguió, confundiéndola con la de uno de sus compañeros. Como la luz se adentraba cada vez más en los túneles, el trabajador creyó – y así lo dijo después – que su compañero le estaba jugando una broma escondiéndose y apareciendo la luz.  Afortunadamente una cuadrilla encontró al trabajador antes de que se perdiera definitivamente. Esta cuadrilla fue la que encontró la causa de la casi desaparición del aquel trabajador. Unas huellas pequeñas que no podían pertenecer al personal de la obra, debido a su tamaño y a que solo una de las huellas era humana, la otra era de un animal, tal como se dice del Muqui, que tiene patas de animal. En esta obra, el caso era tan real que se dio la orden de que ningún trabajador ingresara solo a los túneles, y se tomó la precaución adicional de repartir caramelos a los obreros para que los dejaran en el túnel, pues al Muqui le gustan mucho y así se le tiene contento para que no moleste a la gente.

El Muqui gusta también de llevarse las herramientas de los trabajadores, especialmente aquellas de metal brillante. No sé si en otros países se encuentra en los reportes de salida de herramientas del almacén la anotación “reemplazo por robo del Muqui” pero eso era lo que pasaba.

El tema de aplacar al Muqui con caramelos yo ya lo había escuchado anteriormente en otra mina a varios cientos de kilómetros, lo que descarta la posibilidad de una creencia local. En esta otra mina, me contó la ingeniera de seguridad de la resistencia del personal a hacer trabajos nocturnos por la presencia del Muqui. Los conductores de camiones, los pocos que hacían tales trabajos, llevaban siempre una bolsa de caramelos y dejaban caer unos cuantos en el camino cada cierto tramo. La ingeniera, que no creía en estas cosas, pidió que se detenga esta costumbre, obteniendo una oposición total, por el miedo a que el Muqui causara accidentes. Se decía que ya entonces el Muqui había ocasionado un par de accidentes a los camiones antes de que los choferes adoptaran esta práctica preventiva. Al día siguiente, la ingeniera pidió a uno de los choferes que se detuviera en el lugar donde la noche anterior arrojara los caramelos. No encontró ninguno. “El Muqui se los ha llevado, pues”, era la explicación que le dieron los choferes.

Nosotros los ingenieros educados y globalizados, supuestamente no creemos sino en aquello en lo que podemos comprobar su existencia, hasta que encontramos este tipo de cosas que nos hacen comprender que no todo se trata de números de niveles de productividad y planeamiento de recursos. También hay cosas desconocidas de las que se cuentan en las noches no para asustar a la gente, sino para prevenirla en caso de que se encuentre uno con el Muqui en uno de los túneles.

Nuevamente, en esta historia no he inventado nada, solo cuento lo que me han dicho testigos presenciales de los eventos. Mucha gente que trabaja en las minas del Perú puede contar más de lo que yo pongo aquí. En esta época de contar historias de miedo, yo cuento solo algunas de las muchas que se pueden encontrar en el Perú.

jueves, 21 de noviembre de 2013

El buceador y el montañista


En una empresa requerían cierta vez contratar a una persona para uno de los puestos de la organización. Sabido es que actualmente las empresas dejan esta labor a empresas especializadas de reclutamiento, pero tras dos intentos infructuosos, decidieron dejar de lado esta opción y encargaron a la jefa de Recursos Humanos la búsqueda de la persona apropiada para el puesto. La encargada lo primero que hizo fue consultar en su red de contactos por si alguien conocía a quien cumpla con los requisitos. Los requisitos, por lo demás, nunca estuvieron muy claros. Se quería a alguien que, aparte de unos requisitos de educación bastante confusos, pudiera cumplir con las cualidades personales que la empresa tiene en sus planes de negocio. Ante la duda, la encargada recibía a todo tipo de personas: Con título, sin título, con experiencia, sin experiencia, con experiencia en otras áreas, en fin, de todo. La búsqueda parecía no dar resultados y los tiempos apretaban. Fue en uno de los últimos días cuando aparecieron dos personas especiales, diferentes a los que se habían presentado antes.

La primera persona apareció en la mañana, recomendada por alguien conocido. Su traje no era todo lo elegante que se suele llevar a una entrevista de trabajo, pero cumplía con lo mínimo que se pide para estas cosas. Se presentó a sí mismo como un buceador.
-          ¿Por qué nos podría interesar un buceador en nuestra empresa? - Fue la pregunta que surgió de manera automática.
-          Un buceador tiene las cualidades que esta empresa necesita – Respondió el postulante – un buceador sabe lo que es trabajar bajo presión, se sumerge en el trabajo asignado, analizando los problemas a profundidad, sabe cuándo se debe respirar y cuando se debe echar el aire. Además, los buceadores no son gente superficial. Saben que una falla en su equipo les puede costar la vida, por eso son muy cuidadosos, pero cuando ven las oportunidades favorables, se zambullen sin ningún temor. Los buceadores son también gente que llega siempre hasta el fondo del asunto, y de vez en cuando encuentran verdaderos tesoros en la profundidad. Saben cuándo es el momento apropiado para salir a la superficie y mostrarse. Si lo que busca es alguien que pueda hacer carrera, un buceador es alguien que ya ha estado en el fondo y conoce lo que cuesta ascender. Un buceador, por lo tanto, es el elemento ideal que necesita su empresa.

Estas razones causaron buena impresión en la reclutadora, quien estuvo de acuerdo con las ideas del postulante y la convencieron de las bondades de tener a un buceador dentro de la empresa. Pero aún faltaba el último postulante, quien se presentaría en la tarde para su entrevista de trabajo. Decidió esperarlo antes de tomar la decisión final.

A la hora indicada se presentó el último postulante. Su ropa, aunque limpia y con una elegancia casual, no era lo que uno esperaría en una entrevista para una gran empresa. Al fin y al cabo, las modernas tendencias de reclutamiento recomiendan indican que la apariencia no es el factor determinante, pensó la encargada, al hacerlo pasar.
-          ¿Qué cree que puede aportar usted a nuestra empresa? – preguntó.
-          Yo, señorita, soy montañista – dijo, como si la respuesta se explicara sola.
Ante la mirada confundida de la encargada de Recursos Humanos, el postulante explicó:
-          Un montañista está acostumbrado a escalar posiciones, está fuertemente orientado a una meta, está dispuesto a llegar a lo más alto, puede ver el panorama que otros no están acostumbrado a ver, y no se conforma con menos que las alturas. Un montañista puede trabajar y rendir incluso cuando la atmósfera está enrarecida, no necesita de mucho oxígeno para trabajar, y no se rinde ante el esfuerzo. Sabe trabajar en equipo, y utiliza todas las herramientas disponibles para llegar al final, pues sabe que si no lo logra, será considerado un fracaso, no lo arredran los climas adversos ni los vientos fuertes, sabe capear una tormenta y se agarra de cualquier saliente para evitar la caída. Es alguien que no se conforma con menos que llegar a la cima. En suma, un montañista tiene las cualidades que su empresa necesita.

La reclutadora, ante las dos posibilidades encontradas ese día, dudó entre las cualidades de uno y de otro. ¿Cuál sería el que reuniera las mejores cualidades para la empresa? ¿El buceador? ¿El montañista? Decidió consultar a su gerente.

-          ¡No me venga con metáforas y contrate al que cobre menos! Fue la seca respuesta.

miércoles, 23 de octubre de 2013

El reloj cucú


En las casas antiguas, o en aquellas que se quieren dar algo de distinción antigua, están los relojes cucú, que marcan la hora con el canto de un pequeño pájaro mecánico. Siempre me dio la impresión de que estos son la versión light de los grandes relojes de pedestal, que parecían una columna y marcaban hasta los cuartos de hora con campanadas. Hoy en día estos han sido reemplazados por versiones chinas a pilas que marcan la hora con una larguísima canción electrónica, o una voz femenina de acento chino inocultable que te dice “Son las Cuatlo y cualto”. El chiste normalmente es divertido por uno o dos días, después este sonido llega a convertirse en insoportable y es desconectado de cualquier manera.
Y estos, los relojes que marcan la hora con algún sonido mecánico o eléctrico, han hallado siempre su lugar en la tranquilidad de las casas, lejos del mundanal ruido, listos para arruinar las siestas de la gente decente. 

Hasta ahora, que tenemos un reloj cucú en nuestra propia oficina.
En realidad, nadie pidió, que yo sepa, un reloj en la oficina. Los relojes en la oficina deben ser silenciosos. Los jefes y gerentes han sido enseñados en sus Universidades de Administración de Negocios que los relojes de oficina deben ser discretos, con un tictac inaudible, para no interrumpir la concentración de los trabajadores. Marcar las horas con un dindón, canto o semejante tampoco es aconsejable, no sea que los trabajadores se den cuenta de la hora que es y se les ocurra irse a sus casas a la hora de salida.

Pero ahora tenemos un reloj cucú en la oficina: Nadie lo pidió, como hemos dicho, pero allí está. La primera vez que lo escuché, me pareció uno de los ruidos que suele escucharse en cualquier oficina, así que no le presté mayor atención. A la hora siguiente, lo volví a escuchar, y ya me pareció algo diferente, algo fuera de lugar en medio del ruido de llamadas telefónicas, voces de mando ordenando que el trabajo se termine lo antes posible y la ocasional visita de la señora que viene a negociar dulces, chocolates y jugos. Fue entonces que me di a la tarea de ubicar la fuente de aquella voz que marcaba cada hora, sin mucha precisión, en verdad. El canto del cucú no tiene una exactitud inglesa ni mucho menos, pero se acerca dentro de los 3 o 4 minutos de la hora exacta. Los de la oficina ya hemos aprendido en estos días a bajar el volumen más o menos a la hora, hasta escuchar a nuestro reloj cucú recitar la hora en la mañana, con su canto agrio y rasposo:
-   Pucha, ya son las diez, y no he avanzado nada…
Una hora después, minuto más, minuto menos, lo escucharemos nuevamente con su canción:
-  ¡Las once! Y yo sigo aquí…
Todos en la oficina seguimos trabajando, hasta que llega la siguiente hora:
-   Ya son las doce, vamos a almorzar, después seguimos trabajando.

Y esta voz se convierte en una orden más autorizada que la del jefe, que al vernos a todos saliendo tan disciplinadamente, no le queda más que seguirnos hacia el almuerzo también.
A l regreso, el reloj cucú se convierte en una cuenta regresiva hacia la hora de salida, y a cada hora cambia su canto hacia algo así como:
-  ¡Todavía faltan tres horas para la salida!
-  ¡Dos horas!
-  ¡Menos mal que ya solo falta una hora!

Curiosamente, estas alarmas horarias han causado un efecto positivo en la productividad, pues la gente, al ver que falta menos para la hora de salida, redoblan sus esfuerzos para acabar con el trabajo del día, hasta que llega la última campanada:
-  ¡Por fin! ¡Ya nos podemos ir!

Y el reloj cucú, que se ha convertido en el guardián de las horas dentro de la oficina, ha ordenado a todos que se retiren pacíficamente. Los jefes tienen que poner todo su empeño cuando quieren que alguien se quede después de esa hora, ya que es muy difícil quedarse después de que el reloj ha hablado y dicho su última palabra.

Y ese justamente es el problema. La gerencia aún no decide si la presencia de un reloj cucú en nuestro lugar de trabajo es beneficiosa o perjudicial para el logro de los objetivos de la empresa. Y debe tomar una decisión radical cuanto antes, pues el ejemplo está cundiendo. Son ya varios los que cada hora empiezan a hacerle coro al reloj cucú, marcando las horas con su canto.

Mientras tanto, aquí seguimos esperando la hora exacta para escuchar a nuestro reloj cucú.

miércoles, 12 de junio de 2013

El dueño de la pelota




¡Inge, cuéntese una de sus historias chistosas!
Yo nunca me opongo a contar una historia, aunque me queda siempre la impresión de que las historias no son realmente mías, y que yo soy, en el mejor de los casos, un espectador de primera fila. Pero, como dije alguna vez, no importa dónde esté, a mi alrededor ocurren “cosas” que puedo poner aquí para distracción de los visitantes a este blogcito. Esta es una que ocurrió y de la que fui testigo de excepción:

En una de las obras en las que estuve trabajando, a seis horas de la ciudad, y sin televisión, el principal problema por las noches para nuestro grupo era cómo pasar las noches sin aburrirnos en ese ambiente que solo parecía estar hecho para trabajar. Yo mataba el tiempo leyendo los libros más grandes que podía encontrar, pero había unos cuantos valientes que tenían la genial idea de jugar fulbito. No es que yo esté normalmente en contra del ejercicio físico, pero en ese campamento a 4300 metros de altura el fútbol no era definitivamente una de mis prioridades para pasar el rato. Así que durante todo ese tiempo me limitaba a ver desde la tribuna cómo mis compañeros jugaban entusiastamente durante tres minutos antes de caer exhaustos por la falta de oxígeno y eran reemplazados durante los siguientes tres minutos por otros compañeros.

Esto no disminuía el entusiasmo del grupo, y el juego de fulbito se hizo una costumbre que seguíamos una o dos veces por semana. Uno de los ingenieros del grupo era el más entusiasta, el que insistía en armar los equipos, quería siempre ser el capitán y el que gritaba a todos durante el partido cómo debían correr, a quién pasar la pelota y el que quería recibir la pelota para meter el gol. Uno de esos días en que me quedé en la oficina de obra, lo encontré revisando una página web de artículos deportivos. Apenas me vio, me mostró la imagen de la pelota que pensaba comprar para nuestro aguerrido equipo de fulbito. Si cada miembro del proyecto abonaba una módica suma, tendríamos una hermosa pelota para nuestros partidos. Por supuesto, él compraría y recogería la pelota. De nada sirvió que le ofreciera, junto con mis menos sinceras felicitaciones, una tarjeta prepago de teléfono a medio usar y un caramelo que completaba el valor de la cuota propuesta, al día siguiente fue a buscarme para recibir el dinero en efectivo, indicándome además que todos estaban de acuerdo con la propuesta y ya le habían entregado su cuota.

A las dos semanas, luego de su bajada a la ciudad, nos mostró orgulloso, en un tour por los sitios de trabajo de todo el proyecto, la nueva pelota, brillante y colorida, digna de nuestras mejores jugadas. Después de algunos botes en el piso para demostrar lo bien que rebotaba, fue dejada como trofeo sobre uno de los armarios de la oficina, en espera de su debut triunfal.

El debut triunfal sería al día siguiente, en un amistoso contra el área de recursos humanos, en el área de recreación de la empresa. Cuando yo legué, ya varios se me habían adelantado y, a falta de los equipos completos, se había empezado a jugar con los primeros que llegaron. El amistoso oficial fue reemplazado por una pichanga informal con los presentes. Teníamos equipo, pelota nueva y muchas ganas de divertirnos sanamente jugando fulbito, que al fin y al cabo era lo que todos queríamos.  ¿Dije todos? Bueno, había una persona que tenía otros planes para el estreno del balón nuevo. Nuestro compañero, promotor y comprador de la pelota llegó tarde a la cancha, con camiseta y pantaloncillo nuevos, creyendo sin duda que la ocasión del estreno de la nueva pelota merecía también de su parte ropa nueva y brillante. ¿Por qué no hemos empezado el partido? Dijo al ver a los jugadores mezclados en uno y otro equipo. Paren el partido, vamos a empezar, gritó desde el borde de la cancha mientras se quitaba el buzo. Ya estamos jugando, se escuchó una voz perdida en el laberinto del partido. Al ver que nadie le hacía caso, ingresó a la cancha, tomó la pelota con las manos y suspendió manu militari el encuentro. Ahora sí vamos a formar los equipos - se le escuchó decir entre el coro de quejas. Todas las respuestas le cayeron al mismo tiempo como un bombardeo: Ya empezamos el partido, espera tu turno para jugar, para qué nos paras el partido, la pelota es de todos, no jorobes.

Todas las ilusiones y planes que se había hecho para el debut oficial de la nueva pelota se desvanecían a sus ojos: Un partido entre nuestra área y Recursos Humanos, su camiseta resplandeciente y él siendo como siempre pieza clave en la victoria, nada había salido de acuerdo a su grandioso plan. Pero no, esto no puede quedar así, no pueden romper mis sueños deportivos, habrá pensado nuestro amigo, cuando se reanudó el partido durante pocos segundos.  Los pocos segundos que le tomó entrar de nuevo a la cancha, tomar la pelota nueva y retirarse sin decir palabra.

Todos quedamos tan sorprendidos que no hicimos nada por evitarlo y nos quedamos viendo como la pelota que todos habíamos pagado se fue con su verdadero propietario y nos dejó sin balón. El partido se terminó a duras penas, con una pelota viejísima que nos prestó el administrador de recreación de la empresa.

Al día siguiente, me encontré al frustrado jugador. Estaba a punto de lanzarle mis mejores ironías sobre lo sucedido anoche, pero el habló primero. Me explicó que estaba pasando por los sitios de todos los que habían colaborado para la compra de la pelota para devolver la cuota que cada uno había entregado. Su tono me dejó la clara sensación que ninguno de nosotros merecía usar un balón nuevo y tan bonito como el que había traído con su esfuerzo. Mi impresión se confirmó cuando me dijo que varios habían propuesto que ya que la pelota la habíamos pagado entre todos, la sortearíamos al final del proyecto para que se la lleve cualquiera. ¡Habrase visto semejante desvergüenza!
Lamentablemente no reaccioné a tiempo y acepté el dinero, impidiendo la posibilidad de quedarme aunque sea con una treintava parte de la pelota. Hasta hoy lamento haberme callado mientras veía alejarse a nuestro amigo convertido en lo que siempre había querido ser: Nada más y nada menos que el dueño de la pelota.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Las damas primero


MEMORANDUM N° 066 

A: Todo el personal.

Nuestra empresa, fiel a su tradición de buen trato a nuestros clientes y a nuestros empleados, ha observado que en casos de aglomeración de personal tales como esperas en el ascensor y subida al bus de la compañía se están suscitando escenas de empujones, atropellos y violencia diversa. Estas actitudes no son tolerables dentro de la ética personal de nuestros empleados, por lo que se expide la normativa desde ahora en adelante que para tales casos los empleados deberán formar una cola ordenada, dando preferencia a las damas, por lo que los caballeros deberán ceder su puesto en la fila cuando una empleada del sexo femenino se acerque.

Notifíquese y cúmplase.


 MEMORANDUM N° 075 

A: Todo el personal.

En vista de las quejas generadas por el cumplimiento del memorándum N° 066, nuestra empresa, siempre a la vanguardia de los derechos laborales y fiel a su política de no discriminación por motivo de la orientación sexual de sus empleados, decide hacer la aclaración siguiente sobre el tema de las colas en ascensores y para la subida al bus de la empresa: Los empleados en caso de aglomeraciones harán una cola ordenadas dando como primera preferencia a las damas, y como segunda preferencia a los homosexuales, por lo que los caballeros deberán ceder su puesto en la fila cuando una empleada del sexo femenino, en primer lugar, y cuando un empleado de orientación homosexual, en segundo lugar, se acerque.

Notifíquese y cúmplase.


 MEMORANDUM N° 081 

A: Todo el personal.

Nuestra empresa, consciente de la diversidad presente en su fuerza laboral, y atendiendo a las quejas y sugerencias de sus empleados, ha decidido modificar las normativas sobre aglomeración de personal definidas en los memorándums N° 066 y N° 075, de la manera siguiente: En caso de aglomeración de personal en ascensores, subida al bus de la empresa y cuando llegan hot dogs al cafetín, los empleados deberán formar una cola ordenada, con el siguiente orden de preferencia: 1. Mujeres 2. Hombres homosexuales 3. Mujeres homosexuales 4. Bisexuales de ambos sexos 5. Metrosexuales 6. Hombres 7. Sexualmente Indecisos Si alguno de los empleados se niega a revelar su orientación sexual, se le asignará la categoría correspondiente a su sexo de nacimiento, o si lo desea, a la de “sexualmente indeciso”.

Notifíquese y cúmplase.


 MEMORANDUM N° 108 

A: Todo el personal.

Nuestra empresa, fiel a sus principios de crear un clima laboral adecuado, ha intentado mediante los memorándums 066, 075, y 081, ordenar el problema de las aglomeraciones de gente, sin resultados positivos hasta la fecha, debido a las quejas presentadas por discriminación sexual por parte de los empleados. Con el fin de evitar que lo empleados declaren su orientación sexual para conseguir un sitio en el ascensor, el bus de la empresa o un hot dog en el cafetín, y en vista de las suplantaciones de orientación sexual que han ocurrido en los últimos días, ha tomado la decisión de dejar sin efecto los memorándums 066, 075, y 081, dejando a los empleados a su libre albedrío para que se empujen, atropellen o se maten si desean un sitio en el ascensor, en el bus o por un miserable hot dog. La empresa abandona todo esfuerzo de implantar un poco de urbanidad y evitar el desorden en esos casos, eximiéndose de responsabilidad alguna de lesiones y peleas ocurridas. Del mismo modo se hace saber al personal que al próximo que se queje de que no le ceden el sitio, tiene la completa libertad de irse donde la madre que lo parió, porque la empresa ya no se quiere meter en esto, tira de atorrantes.

Notifíquese y cúmplase.

viernes, 20 de enero de 2012

El Frente de Defensa de los OVNIS


Dentro de los múltiples problemas por los que atraviesa actualmente mi país, hay uno que me está afectando en mi vida profesional. Es la moda de oponerse a cuanta manifestación de progreso aparezca en los pueblos del Perú. En la planta en cuya construcción estoy trabajando actualmente, ya se están produciendo este tipo de manifestaciones en las que autodenominados representantes del pueblo empiezn a armar lío en nombre de lo que esté de moda.
Esta semana la causa de moda es el izquierdismo-ecológico-espiritualista-ancestral. Antes de que a alguien se le haga un nudo en la lengua por siquiera tratar de pronunciar esto, lo pasaré a explicar:
En estos últimos meses he estado trabajando en la construcción de una moderna planta de energía que beneficiará a una gran parte de la población y a la industria en general. Al menos esto de los beneficios era lo que yo creía hasta ahora, que me he enterado del perjuicio que se está causando a la vida pueblerina del sitio donde se está construyendo la planta.
El pueblo, desde hace algún tiempo, tiene la reputación de ser un lugar de avistamiento de OVNIs, y desde hace tiempo recuerdo haber escuchado de excursiones, caminatas y campamento a las playas del lugar para disfrutar de la vista de platillos interplanetarios que al parecer gustan del lugar o van en busca de las lagunas medicinales que también existen en el área. Pero, según connotados líderes de las organizaciones representativas del pueblo, la construcción de la planta está creando emisiones de energía que alejan a los visitantes galácticos, que ya no se dejan ver en el pueblo. Esto habría dañado sensiblemente el ecosistema económico de la zona, sin mencionar la cuota de secretos del universo que suelen revelar tales visitantes.
El frente de defensa de los OVNIs, integrado por los dueños de los negocios del pueblo, con nombres tales como “Heladería E.T”, “Hotel OVNI”, “Pollería Luciano el Marciano”, ha realizado marchas frente a la planta en construcción, con coloridas pancartas donde se puede leer frases como “Planta Eléctrica Go Home, OVNIS, Come Home”, o “Al infinito y más acá, que la planta se vaya más p’allá”.
Este frente ha logrado ya el apoyo del alcalde del distrito, que ha incluido un OVNI en el escudo del distrito, y ha declarado el verde como el color oficial del distrito. La última acción del burgomaestre ha sido solicitar oficialmente la presencia de los Hombres de Negro, en carácter de mediadores del conflicto.
Los intentos de una solución negociada no han tenido éxito hasta el momento, debido a que el Frente de Defensa de los OVNIs también es presa de rencillas internas. En medio de una de las reuniones de negociación, el presidente del sindicato de trabajadores del turismo intergaláctico acusó al alcalde de ignorar los verdaderos problemas y solo buscar una visa para Ganímedes para él y su familia, a lo que recibió como respuesta la acusación de haber convertido su hotel en una casa de citas de mujeres verdes.
Así las cosas, la población azuzada por estas dirigencias, ha interrumpido la carretera, impidiendo el paso a la planta.
La buena noticia es que se ha concertado una tregua después de arduas negociaciones. Las conversaciones hasta el momento han logrado que se deje trabajar en la planta hasta obtener las declaraciones por parte de los extraterrestres, para conocer sus exigencias. El Frente de Defensa de los OVNIs ha ofrecido obtener esas declaraciones a través de un intérprete telepático que recibirá los mensajes. Mientras tanto la empresa colocará avisos en el pueblo invitando a los aliens a quedarse en el pueblo. Ambas partes confían en llegar a un acuerdo que favorezca por igual a la empresa eléctrica, al pueblo, a los representantes de la nueva era y a los E.T.

domingo, 18 de diciembre de 2011

San Burrito



Entre todo el mobiliario de la oficina donde estoy trabajando, hay uno que destaca nítidamente por su diferencia entre tantos papeles, planos y demás documentos: Un pequeño burro de cerámica que lleva como carga un pequeño cactus, del tamaño exacto para llevarlo en su lomo.
Cuando llegué a la oficina estaba ya plantado en su puesto, junto a una de las computadoras, con su expresión afable, como si estuviera contento de estar en una oficina tan animada (sí, pues, mi oficina es bastante animada).

Yo no sabía entonces de la creencia difundida de que colocar un cactus junta a la computadora sirve para absorber las radiaciones dañinas, y realmente no me importa. Preferiría que eso no fuera verdad, porque eso convertiría al humilde burrito en el único elemento verdaderamente decorativo de nuestro ambiente de trabajo, a diferencia de los lemas corporativos, política de la empresa, o la lapicera con el logo del área, que cumplen de verdad una función, aunque no sea más que hacer creer a la gente que tenemos un área con gente comprometida con el trabajo y la empresa.

El asunto es que llegó a nuestra oficina para proteger a la computadora de todo mal, habiendo cumplido su trabajo admirablemente hasta el momento. Ha salvado a la oficina de los ladrones que se han llevado cosas de otras oficinas, y de la pérdida de datos que también ha atacado a otras áreas de la empresa.
Pero es ahora, cuando el calor atrae insectos, y se enciende un incienso o una vela aromática para alejarlos, cuando la gente que viene de visita a la oficina relaciona la vela con alguna imagen de un santo, y el pequeño animalito se ha convertido oficialmente en San Burrito, con una congregación de fieles compuesta por los que ocupamos la oficina, quienes lo hemos nombrado como la mascota del área y patrono de los que... quieren ser como el burrito, por decirlo de alguna manera.

Como en toda congregación, hay miembros reacios. En este caso era una de las ingenieras, a quien el burrito disgustaba sobremanera. “¡Uno de estos días lo voy a tirar!” era su opinión más común cuando alguien comentaba las cualidades del burrito.

Hasta que un día, con alguna excusa (ya no recuerdo cuál) decidió pasar de las palabras a los hechos y deshacerse del burrito, su sonrisa y su carga. Un grito se escuchó entonces en la oficina ¡¿Por qué no me dijiste que era un cactus de verdad?! ¡Yo creía que era artificial! El burro se había defendido usando su carga contra los dedos desprevenidos de su enemiga. Con esta valiente acción, el burrito se ganó el derecho a permanecer en la oficina y la ingeniera no se atrevió a tocarlo nuevamente. Un par de días llevando una curita la convencieron de que había topado con fuerzas más poderosas que ella misma. Pero el burro tampoco dejó las cosas así. Poco después halló la forma de que la ingeniera abandone el proyecto, dejando en la oficina únicamente a quienes aceptaban su presencia como patrono y protector de la oficina.

Aún sigue aquí, con su sonrisa, su cactus, y una velita o incienso, cuidando la oficina y a quienes trabajamos en ella, dándonos protección y buena vibra, Como tiene que ser.

jueves, 18 de agosto de 2011

El arte del curriculum


Hacer un curriculum es un arte que deben dominar aquellos que buscan un empleo. Es un arte que debería ser reconocido dentro de los géneros literarios, que parte de la verdad para adornarla, embellecerla y hacerla merecedora del máximo premio, que es el trabajo ansiado, deseado, o simplemente que permita sobrevivir.

Al igual que todos los escritores, el postulante debe enfrentarse primero a la hoja en blanco. ¿Qué se deberá poner? ¿De dónde partir? Como en una autobiografía, la materia prima es la propia vida, la que uno debe analizar en busca de los detalles que la engrandezcan y hagan resplandecer. Hay también detalles que no nos enorgullecen. El escritor debe estar consciente de ellos para decidir su inclusión dentro de la obra, si es que son parte del aprendizaje vivencial necesario para poder reforzar nuestras capacidades.

Ya que la gran mayoría de la gente vive vidas comunes, se debe prestar atención a esos detalles que puedan hacer la diferencia. ¿Qué hipérbole utilizar? ¿Qué epíteto será el adecuado para hacer de ese episodio común en nuestras vidas un gran evento capaz de hacer palidecer a las grandes hazañas de otros? Un cachuelo simple de portero se convierte aquí en un envidiable trabajo como ejecutivo de seguridad y experto en privilegios de acceso. El objetivo es despojarse de toda modestia y hacer de la propia carrera algo más grande que la vida misma, sin preocuparse de la contradicción que significa buscar trabajo para alguien con tan brillantes antecedentes. Ya se ha dicho que, al igual que con los créditos bancarios, para solicitarlo uno debe demostrar que no lo necesita.

El curriculum, una vez concluido, puede clasificarse dentro de varios géneros literarios. Dentro de los estantes del archivo de la oficina de recursos humanos, como en los de las librerías, podemos encontrar obras de ficción, fantasía, misterio, infantiles, y hasta de terror, crónicas perodísticas, novelas breves y también novelas de gran formato, epopeyas, sagas y leyendas.

Así como el escritor pone a prueba su obra ante el escrutinio del público y la implacable crítica, el postulante a un empleo prueba su curriculum ante los no menos exigentes ojos de los reclutadores y ejecutivos de la empresa. Y las críticas pueden ser positivas o devastadoras. Se tildará a la obra de aburrida, poco convincente, fantasiosa. Se ha dicho en ocasiones que más que un curriculum, parece un "ridiculum" o hasta un "burriculum". Pero el escritor no debe amilanarse y seguir insistiendo hasta lograr el éxito.

Al final, debe obtenerse un reconocimiento a la obra del escritor. El premio no es un Nobel, ni un premio Cervantes. Es simplemente, un trabajo.

jueves, 21 de julio de 2011

Ataque del Paradigma


A todos los que han trabajado en cualquier empresa, ya deben haber escuchado alguna vez esta palabrita. Esto suele ocurrir como efecto después de un curso de capacitación o algún seminario al que asistió ese protegido del jefe, que nadie sabe que hacía en la empresa antes de esta semana, o a la llegada de un asesor externo que viene con recetas para el éxito inmediato de la empresa, y para hacer que se produzca el doble de trabajo con la mitad de la gente, al mínimo costo de unas horas diarias más a la jornada laboral.

Este efecto consiste en que el recién llegado desde un curso de especialización, seminario, o simplemente después de leer uno de esos libros que te dicen cómo manejar la empresa, decide cambiar totalmente las estructuras establecidas por la nueva y moderna forma tan claramente descrita por ese famoso gurú que escribió el libro en el que se basa ese curso al que fue o ese libro que leyó.
Y esta forma generalmente consiste en rearmar toda la empresa, reunir a todo el personal, y tratar de subirles la moral con una animada reunión que nos haga sentir como futbolistas antes de disputar la Copa Sudamericana, mismo Cienciano del Cusco. La palabrita mágica que se utiliza en estas reuniones es, justamente… ¡Paradigma!

Es que palabras como “moderno” o “actual” ya no despiertan el entusiasmo de antes, es mejor hablar del “viejo paradigma” y el “nuevo paradigma”. Así, el innovador empresarial podrá aparentar un mayor conocimiento del tema ante aquellos que no saben siquiera lo que significa la palabra “paradigma”. Los demás tendrán que preguntar qué diablos significa, lo que dará al nuevo gurú oficinesco la oportunidad de predicar el nuevo credo, o inscribirse en ese curso de “Nuevas tendencias de manejo empresarial” al que fue el ex chupe número 23 y ahora se hace llamar “asesor especializado en empresas del siglo XXI” . Una conversación con el susodicho es ahora una lección sobre viejos y nuevos paradigmas y va más o menos así:
- Oiga ingeniero, ¿Y cómo está planificando el proyecto?
- ¿Cómo que cómo lo estoy planificando? Como se debe hacer, planteando el cronograma de actividades, y distribuyendo a la gente…
- No, no puede ser, Ingeniero, usted todavía está con el viejo paradigma, lo que tiene que hacer es una reestructuración dinámica de recursos de acuerdo a las necesidades del cliente, que deben ser confrontadas con la capacidad física de la empresa, ¡Ese es el nuevo paradigma!

El interlocutor, en este punto, no ha entendido nada de lo que le acaban de decir, pero tiene una idea clara de que le han dicho que sus métodos son antiguos y pasados de moda, y que hay una nueva y moderna forma de hacer las cosas, y que esta maravillosa nueva forma es solo conocida por unos pocos que están a la última moda de la dirección de empresas. ¿Y cómo llega a esta conclusión? Por el uso de la palabra “paradigma”, que parece un adjetivo demoledor a la hora de implantar el progreso y la globalización a su humilde empresa.

De ahora en adelante, todo lo que los otros hacen es “el viejo paradigma” y lo que él hace (aunque generalmente no hace otra cosa que hablar), es el “nuevo paradigma”.
- Y a todo esto, ingeniero ¿Qué es un paradigma?
- Hasta ahora no entiendo bien, pero creo que es algo bueno cuando yo lo tengo y malo cuando lo tiene otro...

Por suerte el efecto "paradigma" es temporal, pues dura hasta que el apóstol de los nuevos paradigmas se da por vencido ante la indiferencia del resto de la gente, o simplemente llegue a la conclusión de que los cambios necesarios solamente los puede hacer el gerente general de la empresa. Allí es cuando empieza el fin de dicho apóstol. Los nuevos conversos suelen ser tan fanáticos que creen que una reunión con el gerente bastará para hacerle ver la luz, y cambiarán todo lo que hay en la empresa en un día. El apóstol se ve a sí mismo después de esta reunión como el líder del movimiento que llevará a la empresa a niveles de eficiencia nunca vistos en este hemisferio, con él al mando, por supuesto.
Naturalmente, nada de esto ocurre, y el enviado de la Buena Nueva se ve separado de la empresa o reducido a su real dimensión dentro del organigrama, comentando solo en voz baja la falta de visión de la Dirección de la empresa que deja pasar tan brillante oportunidad por estar atado a los viejos paradigmas.

Esto debería terminar aquí, pero casi nunca sucede. Poco tiempo después, otro de los empleados irá a otro curso o leerá el nuevo libro, y empezará un nuevo ciclo, donde incluso lo poco que cambió el apóstol anterior se convierte en el “viejo paradigma”, y debe ser cambiado en virtud del “ahora sí, este es el nuevo paradigma”.

- Oye, ¿Y qué tiene tu paradigma que no tenga el mío?
- Que el mío es nuevo y el tuyo es antiguo...
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