viernes, 15 de diciembre de 2017

Mahoma en la montaña


Si Mahoma no puede ir a la montaña, la montaña va a Mahoma. Desde hace mucho que he escuchado esta frase, pero no siempre he entendido lo que significa. A veces lo interpreto como que cuando hay que hacer algo se hace de una manera u otra. Quieras o no quieras, acabarás en la montaña. Otras veces pienso en que ya que Mahoma vivía en el desierto, de repente le daban miedo las montañas y sus seguidores le trajeron una para que le vaya perdiendo el temor. Habrá sido algo así, yo supongo:

- Maestro Mahoma, somos su equipo de campaña, vamos a planificar la agenda de la semana.
- Está bien, ¿Qué tenemos?
- Hay una invitación a la montaña para el martes…
- No, no, a la montaña no…
- Pero Maestro, tenemos allí un club de fans muy fuerte, y nos lo llevan pidiendo desde hace tiempo.
- Nones…
- La montaña es muy bonita, hay mucho verde y bonito clima, yo fui de vacaciones el año pasado y me fue muy bien…
- He dicho que no.
- ¿Qué tiene de malo la montaña? Yo nací allí, podemos ir a donde mi abuela, que hace un queso de cabra muy rico…
- Que no.
- Maestro, que la montaña se va a sentir despreciada…
- La verdad es que no me gusta la idea de ir hasta allá.
- ¿Y qué hacemos entonces? ¿No va a querer que se la traigamos?
- Eso sí podría ser…

Ahora que la información es tan fácil de conseguir, me he puesto a investigar de dónde salió esta frase, sabiendo que en ninguna de las biografías oficiales de Mahoma se encuentra referencia a alguna ocasión en que no pudo ir a la montaña. Buscando en la Santa Wikipedia, que tiene todas las respuestas, encuentro en que la famosa frase la inventó Francis Bacon, ya mucho tiempo después, cuando Mahoma ya estaba muerto y no podía decir nada para defenderse. Y si él pudo, yo también puedo inventar mis variaciones a la frase, a ver si a mí también me queda algo bonito:
  • En un universo paralelo, Mahoma sí llegó a la montaña. 
  • Hay días en que todo se te viene encima. Y todo porque Mahoma no pudo ir ese día a la montaña.
  • Mahoma, estamos esperándote aquí en la montaña. ¿Puedes venir o no?
  • Si Mahoma no puede ir a la montaña, pues él se lo pierde.
  • Si Mahoma no va a la montaña… Sus razones tendrá…
  • ¡Alto! ¿A dónde está usted llevando esa montaña? – Es para Mahoma, que no puede ir…
  • Me fui a la montaña para no ver a Mahoma. Total, él nunca viene hasta aquí.
  • Tengo tan mala suerte que para un día que voy a la montaña, resulta que se ha ido a ver a Mahoma.
  • Yo tenía una casa en la montaña, pero un día Mahoma no pudo venir. Ahora tengo una casa de playa.
  • Si Mahoma no puede ir a la montaña… ¿Es por arresto domiciliario o impedimento de salida?
  • Oye, Mahoma ¿Este finde tu esposa si te deja ir con nosotros a la montaña?
  • Se hace entrega delivery de montañas. Preguntar por Mahoma.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Diciembre


Como todos los años, en esta época del año, ha empezado diciembre. Y es en estos días en que la gente toma conciencia de que el año ya se acaba y empieza a portarse diferente haciendo una rutina especial que se repite todos los años con pocas variaciones.

Digamos que diciembre empieza igual a cualquier otro mes, con gente en Twitter escribiendo “ya empezó diciembre”, como si los demás no tuviéramos calendarios. En la primera semana ya se empiezan a notar los cambios. El sol aparece con mayor fuerza cada día, para anunciar que el verano se acerca, para desesperación de muchas mujeres que buscan ahora las ofertas de gimnasios y la forma de quedar con un bronceado veraniego antes de que empiece el verano. De pronto, la demanda de bocadillos de media mañana y media tarde disminuye a la mitad, impulsada por las declaraciones públicas de dieta. Hasta yo le entro al juego, después de sacar la cuenta de lo que voy a engordar entre navidades y Año Nuevo.

Es en estos días en que aparecen en la oficina las convocatorias al concurso de nacimientos y decoración navideña. Me alegro de ya no tener la responsabilidad de comandar el grupo este año, no me gusta pasar otra vez por el trance de empezar como tío amistoso y terminar como comandante nazi del personal del área.

En la segunda semana aparecen los avisos y correos anunciando en la oficina el juego del amigo secreto. Yo, que he tenido suerte variada en los últimos años, sólo me queda esperar que me toque alguien con un mínimo de gusto que me regale algo que pueda usar. Y lo mismo aplica al regalo que yo tengo que comprar. Estas noches debo afinar los detalles de mi plan para que me toque esa arquitecta y poder darle uno de esos abrazos apachurrantes que se están convirtiendo en mi marca personal.

Los niños son los que más se entusiasman a la llegada de diciembre, porque es el último mes del año, llega la navidad y los regalos, previo tormento de la semana de exámenes de fin de año. Por esa misma razón, los padres temen a este mes, en qué hay que gastar para los regalos de los hijos. La televisión no ayuda, pues esta también es la época en que la publicidad de las grandes tiendas nos ataca por todos lados, al punto que los avisos promocionando el juguete de moda parecieran ser la única programación.

Pero no solo los juguetes nos acechan a la vuelta de cada esquina, los juguetes para adultos también están a la orden del día. Televisores y celulares tienen también su temporada alta en estos días. En un prodigio de obsolescencia programada, hasta mi propio celular se ha negado a trabajar para que compre el último modelo que me durará un año exacto, hasta que caduque la garantía.

Conforme se acerca la quincena, se notan ya los rostros nerviosos del personal, todos haciendo planes y sacando cuentas para decidir el destino de la gratificación de fin de año. Aprovechando la ocasión, aparecen también los que quieren obtener alguito vendiendo pequeñas artesanías y bocaditos, rifas y colaboraciones diversas. La gratificación no puede salir de esta oficina, parece ser la consigna.

La última semana es el desmadre. Nadie se concentra en el trabajo, todos están pensando en el viaje a su tierra, en la visita de los parientes y en los preparativos de la cena navideña. La euforia de navidad da paso a la euforia de Año Nuevo hasta que termina el mes y el año apenas sobrevivientes a la aventura que ha significado este 2017. Como dije al comienzo, es una rutina.

lunes, 27 de noviembre de 2017

La lucha contra mí mismo


¿Mencioné alguna vez que no creo en las frases de autoayuda? Y el problema no son solamente las frases, sino la gente que cree haber encontrado en ellas el secreto de la sabiduría en pequeñas cuotas. Una de estas personas es hoy la encargada de Recursos Humanos en la empresa donde trabajo. Esta persona es una convencida de que dentro de sus funciones está la labor de bombardearnos todas las mañanas con una frase extraída de internet y enviada por el correo corporativo a todos los empleados.

Ante tal situación, ya he respondido más de una vez al dichoso correo expresando mi opinión y dejando en claro que todas las frases de Will Smith que nos envía son falsas, informándole de la opinión que tienen de Jodorowski en su propio país, incluso sugiriendo algunas de mis frases twitteables, que son más apropiadas a los ires y venires dentro de las oficinas. Muy poco caso me ha hecho.

Solo en una ocasión la tal frase diaria me ha dejado pensando. Hoy no recuerdo textualmente la frase, pero era algo así como “Para triunfar, debes vencerte a ti mismo cada día”. Veamos ¿Cómo hago para vencerme a mí mismo? Aquí empecé a pensar seriamente en el tema.

Primero me puse a pensar en el enemigo a vencer. O sea yo. Nunca me había detenido a pensar en que soy mi propio enemigo, yo que me llevaba tan bien conmigo mismo. ¿Qué pude haber hecho para pelearme conmigo? Alguna tontería, sin duda. ¿Vale la pena combatir por una tontería? Mirándolo bien, todas las guerras han empezado así, por lo que tengo que admitir a mi pesar que tengo causas justificadas. Ahora pienso en el enemigo, y me doy cuenta de que el desafío no es fácil. Mi oponente es tan fuerte, ágil y preparado como yo. Ya sé que eso no significa mucho, porque es de mí de quien estoy hablando, pero de todas maneras representa un reto para mí. Tal vez me vaya mejor si elijo las armas del ingenio y la inteligencia. Nuevamente no tengo mucho que ofrecer. Empiezo a pensar que es fácil vencerme, y eso me llena de esperanzas. O de pesimismo, según como lo mire.

Una vez definida la estrategia, me siento listo para el combate. Lógicamente, no me revelaré mi estrategia, no sea que yo me entere y pueda planificar el contraataque. La lucha que tiene por escenario mi mente (es que allí hay mucho espacio) está a punto de empezar.
Cuando veo a mi oponente, comprendo la razón de esta pelea, de verdad tengo un aspecto que da ganas de golpear. Sin embargo, mi plan es esperar a que ataque primero y usar el contraataque. Me doy cuenta de que yo he tenido la misma idea porque los dos nos quedamos quietos esperando la arremetida.

Durante varios minutos he estado esperando mi ataque hasta que decido que es el momento de atacar. Yo pienso lo mismo y corro al ataque. Me ataco con furiosos golpes, que respondo con otros igualmente furiosos. La pelea es difícil. Por cada golpe, recibo uno igual. No puedo sorprenderme, porque puedo anticipar cada golpe. Asesto puños, patadas, ataques, rodillazos, cabezazos, codazos, llaves, hasta que se me acaban los sustantivos. La pelea es pareja, pero no me rindo, el problema es que yo tampoco me doy por vencido y sigo luchando. La lucha se hace enredada porque entre tanto golpe, ya no sé quién está golpeando a quién.

Ante la dificultad de vencerme, decido atacar mi espíritu. Eres un tonto, no puedes vencerme, me digo. La treta me está resultando, porque empiezo a desanimarme, ahora me veo de rodillas, pero no puedo acabarme porque estoy desanimado. Caigo al piso y yo también. Ambos nos damos cuenta que no puedo vencerme y que si insisto en luchar conmigo, solo podré obtener un empate. Lo bueno es que no seré derrotado, lo malo es que no podré vencer. Me levanto y me ayudo a levantarme, vamos por una cerveza, me digo, lo cual es lo mismo que yo estaba pensando.

- Ingeniero, ingeniero ¿Se ha quedado dormido? ¿En qué estaba pensando?
- No es nada, estaba viendo esta frase que han mandado por el correo…

viernes, 17 de noviembre de 2017

Frases obsoletas


Hay frases que ya no deberían decirse, pero que seguimos escuchando, tal vez más por costumbre que porque reflejen realmente la realidad. Una de estas frases es la de “El capitán se hunde con su barco”. Esta frase proviene, sin duda, de los tiempos antiguos en que l gente viajaba en barco y los capitanes eran gente honorable. Cuando había un accidente, tal como un choque con un arrecife, con otro barco o tal vez un ataque de piratas, el capitán organizaba la defensa y el rescate, y se aseguraba de que todos estén a salvo antes de abandonar el barco. Cuando esto no era posible, prefería no sobrevivir a la pérdida, antes de verse señalado el resto de su vida como el capitán que perdió su barco. Así se decía entonces cada vez que alguien a cargo permanecía en su puesto ante una posición desesperada o una causa perdida. Yo siempre oponía este dicho al otro que dice que las ratas son las primeras en abandonar el barco, hasta que llegaron los tiempos actuales, en que ya no sabemos quién es el capitán y quienes son las ratas. No tengo los datos históricos exactos, pero me parece que el último capitán que se quedó en el barco mientras se hundía fue el del Titanic. Y esa fue justamente la extinción del género. Ahora, los capitanes abandonan el barco sin pudor alguno a la primera señal de peligro, y más de uno ha demostrado tener más olfato que las ratas a la hora de anticipar el desastre. No quiero ponerme a hablar de política, pero hubo una vez en que el capitán dejó el mando del barco a las ratas mientras el barco se hundía, lo cual hubiera sido cómico si no fuera porque los pasajeros éramos todos nosotros. Y esta es historia cierta, no importa en qué país me estén leyendo.

Hablando de frases obsoletas, hace años, en los barrios populares, cuando se dudaba de la integridad de alguien, la frase que se escuchaba siempre era “Yo soy pobre, pero honrado”, o el plural de “Aquí somos pobres, pero honrados”. Es que siempre se pensaba que los pobres eran los que cometían los delitos, y que la “gente honorable” eran los de la clase media para arriba. Ahora los tiempos han cambiado y los delitos se han democratizado, si es que no fue así desde el comienzo, y son los ricos a los que vemos cargar con todo lo que pueden, sin importar la decencia y las buenas costumbres. Son ahora los ricos los que deberían defenderse del prejuicio de clase diciendo: “Soy rico, pero honrado”.

Una última, aunque no venga tan a cuento. Siempre se dice que una imagen vale más que mil palabras. Hagamos un poco de matemáticas. Si yo veo un video a velocidad normal, es decir, a 24 imágenes por segundo, me vale más que 24,000 palabras. Esto significa que en una película de 90 minutos, o sea 5,400 segundos, lo que he visto vale más que 5,400,000 palabras. Esto es más de las que tiene la Biblia, solo por poner un ejemplo. Sin embargo, al ver una película no me siento más culto por haber leído tanto. Por lo tanto, esta frase también deberíamos considerarla como obsoleta. Y ni siquiera he hecho la distinción sobre si la película está en HD o 4K, lo que sin duda debería valer más de 1,000 palabras por cada imagen.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Cuando era izquierdista


Una de las ideas que he tenido siempre, y que ha gobernado mi vida, es la de que el hombre nace izquierdista, y la vida lo va derechizando. Desde que estaba en la escuela primaria, siempre había alguien tratando de adoctrinarme sobre la lucha de clases, el glorioso socialismo o el antiimperialismo. Aunque estaba de acuerdo con muchas de esas ideas, nunca llegué a pasar de ser un izquierdista tibio, siempre había algo que no me cuadraba en esas ideologías. Cuando llegué a la universidad, ya la cosas estaban cambiando. La perestroika nos decía que dentro del socialismo las cosas no eran color de rosa, y podía discrepar abiertamente con amigos que profesaban un comunismo cavernícola. Fueron ellos los que iniciaron mi camino al liberalismo económico, cuando negaban las contradicciones de su pensamiento, que para mí eran tan claras. Por qué, si el socialismo es tan bueno, tanta gente arriesga la vida para escapar y nadie huye de un país capitalista hacia uno socialista, por qué un universitario me hablaba de una dictadura del proletariado que en donde no habría lugar para los universitarios, porque allí un graduado valdría lo mismo que un obrero. 

Recuerdo que en esas discusiones era tachado de burgués, con la pasión de quien cree hacerme un insulto terrible. Yo no sabía entonces muy bien lo que significaba esa palabra, y pronto me dieron explicaciones detalladas sobre cómo los pequeños burgueses vivían un mundo de comodidades a espaldas del pueblo. Esas explicaciones cambiaron mi rumbo. Mi aspiración fue desde entonces convertirme en un burgués. Soñaba con tener una hermosa casa y salir en un auto nuevo por las calles, mientras todos los comunistas me gritaban improperios desde sus ropas desgastadas y harapientas.

Afortunadamente, para entonces ya había llegado la Generación X. Ese movimiento sin ideología se convirtió en mi ideología, y de pronto me vi colaborando para desterrar la política de la vida universitaria. Así fui testigo de la primera vez en la historia universitaria en que hubo elecciones estudiantiles sin una lista afiliada a algún movimiento político. Mi camino hacia la derecha estaba ya marcado.

En el mundo real fuera del claustro universitario, tuve la suficiente percepción para ver cómo el capitalismo nos tendía trampas para abandonar el izquierdismo. El pago de los primeros sueldos y las responsabilidades familiares lo vuelven a uno capitalista. Por primera vez podía comprar cosas que yo quería, y no sólo aquellas que necesitaba. Por su parte, aquellos amigos que un día quisieron hacer la revolución mundial, poco a poco se limitaban a querer cambiar al país, para terminar queriendo solamente poder vivir tranquilo con su familia, con el único consuelo de estar lo suficientemente tranquilos para poder criticar al gobierno.

Con el tiempo, hasta el socialismo pasó de moda. Los que hoy se llaman a sí mismos “socialistas” o “izquierdistas” ya no son ni la sombra de los que yo llegué a conocer, aquellos que al escucharlos hablar parecía que al día siguiente abandonarían todo y se irían a la selva a iniciar la revolución. Pero el mercantilismo liberal tampoco es lo que nos prometieron que sería, no es por lo que creímos luchar. Al final, he vuelto a no creer en nada, he vuelto a ser un Generación X en medio de los millennials. Pero por alguna razón ya no puedo volver a ser un izquierdista, y me tengo que conformar con ser un liberal ortodoxo con unas pocas opiniones de izquierda.

Es que, como dije al principio, el hombre nace izquierdista y la vida lo va derechizando.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Frases twitteables 45


Mirando el número del título, me pongo a sacar cuentas y me he dado cuenta de que debo haber publicado alrededor de 1000 frases twitteables en 45 posts. Esto sería motivo para enorgullecerse, si no fuera por el hecho de que hace tiempo que la inspiración no me hace el favor de poner más frases en mi twitter. Así ando. Y hasta que la musa twittera se le ocurra darse una vuelta por aquí, me conformo recordando las últimas frases que mi pobre cerebro pudo inventar.
  • El amor es ciego. – No es cierto, el amor es sordo - me corrigió el invidente.
  • Todo es según el color del cristal con que se mire. - No es cierto, depende del tono en que se escuche - Me corrigió el ciego.
  • Cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana, decía. Ahora está preso por entrar a robar en una casa.
  • Si todos los caminos llevan a Roma, tengo miedo de llegar allá y luego no poder salir.
  • ¿Nunca te ha tocado ser el monstruo bajo la cama de alguien?
  • Curioso que aquellos que se dan cuenta de que ya no son niños son los que empiezan a portarse como niños.
  • ¿Será verdad que los que tocan instrumentos en el transporte público los echaron de sus casas para que hagan escándalo en otra parte?
  • La verdad es que nos creó Hánuman, el Dios Mono, evolucionamos, nos convertimos en humanos y creamos un Dios a nuestra imagen y semejanza.
  • Clapton is God. Entonces escucharlo durante Semana Santa es religiosamente correcto.
  • Qué mala nos parece la poesía que no está dedicada a nosotros.
  • La tristeza de entender que aquel que nos dice que no cree en el futuro es porque alguna vez creyó en el futuro.
  • No recuerdo si el ángel que me habla lo hace desde la izquierda o la derecha. Tampoco recuerdo cuál es mi izquierda o mi derecha.
  • ¿Qué haces? - Aquí, matando el tiempo. - Muy bien, ahora me toca a mí - Le respondió el Tiempo.
  • Madurar es aceptar que hay canciones que jamás van a gustarte.
  • La gente se divide en dos, aunque a veces en tres o cuatro, me explicaba el destripador.
  • ¿Cómo es eso de que eres el empleado del mes? - Es que cada mes despiden a uno y contratan a otro.
  • Lo que no te mata... Déjamelo a mí, que yo sí cumplo.
  • Le clavé un cuchillo y le arranqué el corazón. Ella tenía razón, yo ya no estaba allí.
  • Nunca falta un millennial que me hace recordar que soy de la generación X.
  • La pregunta que jamás he sabido responder es: ¿Qué se siente ser tú?

domingo, 15 de octubre de 2017

Escribiendo con la izquierda


Hace un tiempo fue el día de los zurdos. Como me ocurre todos los años, yo no me he enterado hasta que alguien que lo vio en internet me lo recordó. Y como siempre, no sé qué sentir al respecto, ya nunca he considerado mi condición de zurdo como algo que deba ser reconocido y celebrado. Y no es que me sienta diferente por el hecho de usar “la otra mano”, sino porque me parece que tengo muchas cosas más por las cuales ser recordado. Cuando me abandona la modestia, pienso que no es nada fácil encontrar a un ingeniero que pueda hablar con soltura de literatura, música, cine, historia y todas las cosas que saco a relucir cuando el momento es apropiado. Además, para mi, ser zurdo no ha sido nunca una sensación solitaria, siempre he encontrado compañeros de estudios, amigos, y colaboradores zurdos. No hay sitio en el que haya estado como único zurdo.

Y ser zurdo para mí es algo tan natural que no caigo en la cuenta de ello. Son las demás personas las que se sorprenden, se maravillan y empiezan a difundir a los cuatro vientos qué hay un zurdo en la habitación. Es entonces cuando tengo que responder preguntas hechas con mucho, poco o ningún tacto:
- ¿Eres zurdo?
- ¿Cómo se siente ser zurdo?
- ¿Puedes escribir con la derecha?
- ¿Sabes que dicen que los zurdos son más creativos?

Así que tengo que responder o inventar datos o anécdotas sobre la difícil vida de un zurdo que vive en un mundo al revés. Es por esto que escribo estas líneas, con la intención de imprimirlas y repartirlas como volantes la próxima vez que alguien me señale como fenómeno de circo.

En principio, debo decir que hay varios tipos de zurdos, no todos somos iguales. Yo los reconozco por varios detalles, como la forma de escribir. El que agarra el lápiz como si fuera un puñal y escribe con la hoja perpendicular a la mesa, es generalmente es un zurdo ultraizquierdista, que tiene todo el lado derecho inútil, incapaz de usar la derecha para nada. Es este un tipo que no quiero juzgar, porque estoy seguro que existen muchos derechos que podrían perder la mano izquierda y no se darían cuenta, y que pasan desapercibidos porque nadie les pide que escriban con la otra mano, como a nosotros. Hay otros zurdos que pueden hacer algunas cosas con la derecha, ya sea por talento o por presión social. Yo pertenezco a esta categoría. Me han contado, y recuerdo vagamente, que cuando aprendí a escribir o a usar cubiertos, lo hacía con las dos manos indistintamente, y aún después, cuando empecé a jugar tenis de mesa también lo hacía con las dos manos hasta que me decantaba por el uso de la mano izquierda. Ese es uno de las pocas cosas que me hacen sentir especial, el que yo pude, si hubiera querido, ser ambidiestro, y en que soy zurdo por propia elección.

¿Son los zurdos más inteligentes que el resto de las personas? Cuando me hacen este tipo de preguntas, siento que efectivamente, soy más inteligente que el que me hace la pregunta. Pero, yo que he conocido a muchos zurdos, me pesa decir que como con los diestros, los hay inteligentes y también los que son definitivamente tontos. El ser zurdo no es garantía de imaginación o creatividad desbordantes. Tal vez incluso yo me he vuelto imaginativo y creativo por culpa de los diestros, que siempre esperan de mí una idea brillante sólo porque soy zurdo.

Otro tema tópico es el de los zurdos famosos. Los nombres de Charles Chaplin, Leonardo da Vinci (que en realidad no era zurdo sino ambidiestro), Maradona, y algunos más son los que me dice la gente, con el candor de quien cree darme la gran novedad. Yo personalmente, acepto la admiración por Paul McCartney, y el placer de tener algo en común con Scarlett Johanson. Como en todo, hay de todo, y tengo que justificar que Vladimir Putin, George Bush y Osama Bin Laden también escribían con la izquierda.

¿Y los problemas al utilizar herramientas? Aquí si he tenido mi porción de problemas. No tanto al escribir, porque he aprendido a hacerlo sin mancharme mucho de tinta, ni al usar cuchillos, pero si con otros artefactos, como los teléfonos fijos. Pocos saben que los teléfonos están diseñados para diestros que cogen el auricular con la mano izquierda y teclean o escriben con la derecha. Otro problema que tengo es que hasta hoy, y con toda mi experiencia como ingeniero, nunca sé hacia dónde dar vuelta un destornillador para aflojar un tornillo. Al menos una de las pocas cosas que me quedan de mi pasado ambidiestro es poder manejar las tijeras con cualquier mano.

Como se ve, para un zurdo, al menos para este zurdo, las cosas no son ni tan difíciles ni tan color de rosa como cree la gente. Y tal vez por eso es que no soy de la izquierda militante, de esos que quieren que todos se enteren qué hay un zurdo presente.

Saludos desde la izquierda.

jueves, 5 de octubre de 2017

Mi nombre famoso



Hoy me he despertado con ansias de posteridad, con ganas de hacer mi nombre inmortal. Más de uno pensará seguramente que hoy día es muy fácil ser famoso, que para eso existen hoy los videos virales, los memes, los reality shows y los chismes del espectáculo, que en estos tiempos ya no tiene chiste ser famoso, pero eso no es cierto. La fama que obtienen los personajes de internet viven una fama instantánea, quince minutos de fama que se van tan rápido como llegan. ¿Quién recuerda hoy a los que fueron famosos tan solo el año pasado? No, mi fama debe perdurar por siempre, esa fama que traspasa los periódicos y llega a los libros de historia. Aunque en la mayoría de los libros de historia se encuentra gente que llegó allí convirtiéndose en héroe, proceso que implica la muerte en el común de los casos. Hay mejores maneras de eternizar mi nombre. Y no es tan difícil, según veo al investigar un poco y encontrar que muchas de las cosas que vemos en nuestra vida diaria llevan el nombre de su creador. Por ejemplo ¿saben quién inventó el turrón? Pues un barcelonés llamado Turró. ¿Quién inventó el condón? El doctor Condom. Los nombres están allí, clavados en la posteridad. Lo mismo se puede decir del saxofón, inventado por Sax, y de los taxis, que fueron inventados por el príncipe Von Thurm und Taxis.

Leyendo un poco más, encuentro que los griegos antiguos tuvieron más suerte en dejar su nombre dentro del uso diario del idioma. Encuentro a Anfitrión, griego que daba tan buenas fiestas en la antigüedad, que ahora se llama así al dueño de casa en cualquier evento; también a Mentor, que era el maestro del hijo de Ulises. Los antiguos romanos no se quedaron muy atrás y nos dejaron personajes como Mecenas, Tácito y Severo.

Tal vez tenga el ingenio suficiente para inventar un movimiento, como Schubert Gambetta, quien inventó la gambeta, o aquellos que le dieron su nombre a la maniobra Heimlich o la llave Nelson. Tal vez tenga que descubrir algo para darle mi nombre, como Dahl, que difundió la Dalia en Europa.

Por otro lado, hay famosos desconocidos. Mi investigación encontró que Kame Hame Ha no es en realidad ese golpe que asesta Gokú a sus más poderosos enemigos en la serie Dragón Ball, sino un personaje real, que fue el unificador y primer rey de las islas Hawaii.

Pero así como estoy, creo que es más probable que mi nombre acabe usándose para designar una enfermedad, y termine junto a Alzheimer o Tourette. ¿Verdad que daría mucho miedo padecer del “Síndrome del Tonto de la Colina?

martes, 26 de septiembre de 2017

La historia del Rey Midas


En el tiempo en que los dioses aún se dejaban ver por la gente, vivía Midas. Era este un joven pastor que sobrellevaba su pobreza con dificultades, y que soñaba con el golpe de suerte que le diera la riqueza y la felicidad. Un día llegó al pueblo diciendo que los dioses habían concedido su deseo. La gente que le conocía no le hizo mayor caso, pensando que era esta una nueva manera de llamar la atención, acostumbrados a los falsos ciegos y a aquellos que contaban historias fantásticas a cambio de alguna moneda.

Cansado de gritar sin que nadie le prestara atención, tocó con sus manos un vellocino de oveja de un pastor que pasaba y lo convirtió en oro. En pocos minutos ya había una muchedumbre contemplando el prodigio. Midas trató de empezar a contar la extraña historia de cómo un dios le concedió el poder de convertir en oro todo lo que tocara. Pero nadie parecía querer escuchar el relato, todos se agolpaban exigiendo nuevas demostraciones del maravilloso don.

Al atardecer, todo el pueblo estaba en la plaza, festejando a Midas. Los ancianos sabios decretaron que ese poder lo hacía acreedor al título de rey. A la mañana siguiente, ya estaba Midas instalado en el palacio con una corona en la sien. Su responsabilidad real, le explicaron, era compartir sus dones con su pueblo convirtiendo en oro las posesiones de sus habitantes. Con ese oro, decían, incluso ese pobre pueblo podría convertirse en una potencia y conquistar a toda Grecia.

Esa mañana aparecieron los parientes de Midas: tíos, primos y toda clase de parientes que jamás había visto llegaron para reclamar derechos familiares cargando toda clase de objetos que Midas no se negaría – decían – a convertir en oro. También llegaron viejos amigos, vecinos y antiguos amores que Midas no lograba recordar a pesar de todos sus esfuerzos. Asesorado por los sabios, Midas los despidió sin recibirlos. Amigos y parientes rechazados se unieron para decir a quien pudiera escucharlos que los dioses habían cometido un error dando dones a quien no lo merecía, que Midas se había corrompido por su nuevo poder, y que tal vez esos eran poderes malignos que condenarían al pueblo con su riqueza maldita.

Eran tantas las emociones recibidas en tan poco tiempo, que Midas no podía detenerse a pensar. Por todos lados y en todo momento aparecía alguien queriendo ofrecer un objeto que transformar, gente que quería aconsejarlo a cambio de la riqueza que a él tan poco le costaba, sin dejarlo siquiera un instante a solas y en calma.

Así llegó el mediodía y unos criados que no conocía le anunciaron que debía estar en el gran banquete en su honor que daría a todo el pueblo. Midas se vio arrastrado a una enorme mesa llena de gente, con todos esperando que pruebe el primer bocado para iniciar el banquete. Midas cogió un pedazo de carne y vio con horror cómo se convertía en oro antes de llegar a su boca. El líquido de una copa se solidificaba en sus labios, los alimentos se tornaban duros e incomibles, pero nadie parecía darse cuenta, todos comían, festejaban y tomaban cuanto Midas tocaba, celebrando la riqueza y haciendo planes de conquista amparados en el nuevo poder económico.

Midas trató de llamar la atención del pueblo, y pedir ayuda para solucionar el problema de su alimentación, pero nadie lo dejaba hablar, los sabios decían que era un problema menor, y que podrían ocupase de eso después, ya que habían asuntos de mayor importancia. El rey, le dijeron, debía escoger una esposa que lo acompañe, quien le dé una descendencia que tal vez pudiera heredar el áureo don, y que al final heredaría sus riquezas a su muerte. Al instante se presentaron las más bellas hijas de las mejores familias del pueblo esperando la real elección. Por un momento Midas olvidó el hambre y la sed, y maravillado escogió una de ellas, la más hermosa mujer que había visto en su vida. Ven conmigo, le dijo tomándola de la mano. Todo el pueblo vio entonces horrorizado a la muchacha convertirse en una estatua dorada. El rey quiso decretar en ese instante que toda persona se aleje al menos cuatro pasos de él, y que se conserve en palacio la estatua, como recordatorio de lo peligroso de su poder. La primera orden no fue necesaria, ya todos se habían alejado diez pasos, y la segunda orden fue desoída inmediatamente, cuando la familia de la muchacha se llevó la estatua diciendo que el oro calmaría la pena de la pérdida.

Confundido y asustado, Midas vio a todos los del pueblo formar una muralla frente a él, el más viejo de los ancianos le explicó lo peligroso de su don, y que por su propia seguridad y la de todo el pueblo, se le encerraría en un calabozo cargado de cadenas, con solo el consejo del reino autorizado a darle los objetos que debía convertir en oro.

Lo único que pensaba Midas era en lo feliz que había sido siendo un pobre pastor, que podía al menos comer su mísera comida. Avanzó sin importarle nada hacia el bosque buscando a su rebaño abandonado, dejando en el camino unas cuantas estatuas de oro, alguna columna y varios árboles de oro. Nadie se atrevió a seguir las huellas doradas que iba dejando.

Aunque nadie volvió a ver jamás al rey Midas, y aunque se aceptó en ese tiempo que murió de hambre y sed al no poder alimentarse, todavía se dice en el pueblo que pudo recuperar la normalidad, pero vivió escondido el resto de su vida. Durante mucho tiempo se encontraron pepitas de oro en el río donde llevaba su rebaño de ovejas, y hay aún quien afirma haber encontrado un vellocino de oro en lo profundo del bosque.

Cuentan desde entonces que fue el rey Midas el primero que dijo que la riqueza no da la felicidad.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Libros para una isla desierta


He aquí una pregunta que todo el mundo ha escuchado ¿Qué libros te llevarías a una isla desierta? Es una pregunta antigua, así que no la podemos calificar como meme. Yo imagino que esa pregunta la inventó la policía en los tiempos en que se acostumbraban las islas prisión y a los presos había que mantenerlos entretenidos para que no pasen el tiempo cavando túneles con cucharitas. No es tampoco una pregunta con truco, ni una adivinanza, porque no hay una respuesta correcta. Ni siquiera es una pregunta filosófica, que lleve a los filósofos a una larga disertación que termine hablando de Dios. Es simplemente, una pregunta irreal, porque la gente no va a leer a una isla. No me imagino a un crucero con una biblioteca realmente surtida en caso de naufragio, tal vez porque nunca he subido a uno.

Lo que a  la gente le interesa es la lista que el interrogado es capaz de producir, para ver si ese alguien es tan culto como nosotros o si, por el contrario, sólo puede mencionar las tonterías de moda. Esto me lleva a pensar también que la famosa pregunta es una suerte de test de inteligencia para dummies, una forma de ver si piensa igual que nosotros, y darnos la oportunidad de sacar a relucir nuestra cultura y reclamar por qué no ha incluido los libros que a mi me gustan.

Afortunadamente, nadie me ha hecho nunca esta pregunta, aunque sí he respondido a las variantes que preguntan sobre las películas o discos apropiados para una isla desierta. Pero como lo que interesa ahora son los libros, me he puesto a pensar sobre el tema.

Supongo que cada uno tiene sus necesidades personales que influirán en la lista. Algunos, pensando en que los van a dejar solos en una isla, elegirán literatura pornográfica para matar el rato, como quien dice. Otros, con ese razonamiento que vemos en los certámenes de belleza, elegirán nombres de autores famosos como si fueran títulos de libros. Algunos, me temo, se sentirán más que tranquilos con libros para colorear. ¿Y qué es lo que elegiría alguien como yo? Veamos.

En primer lugar, el chiste es que tienen que ser libros, no se vale kindle ni iPads, por muy provistos de libros que estén, ya que supuestamente no vamos a encontrar un enchufe en una isla desierta para conectar el cargador. Aquí tendría que preguntar de qué tamaño es la isla desierta en la que me piensan abandonar ¿Tiene palmeras o algo que haga sombras? Si no es así, conviene llevar un libro grande que me sirva de parasol. Los libros de gran dimensión tienen además la ventaja de tener letras grandes, lo que será muy útil para seguir leyendo aún si una tormenta abate mi isla.

En una isla desierta no encontraré comodidades, así que tal vez sea una buena idea llevar algún libro que pueda quemar para hacer una buena fogata. Ya se me están ocurriendo varios autores de libros de autoayuda que parecen a propósito para este fin.

Otra pregunta que haría sería cuánto tiempo me piensan dejar en dicha isla. Si la estadía es corta, bastarán algunos cómics o una antología de chistes de náufragos. Si por el contrario, piensan dejarme y olvidarse de mí (lo que suena más probable), hay varios libros de longitud intimidante que siempre dejo para después cuando tenga tiempo. Balzac, Tolstoi o esa edición crítica de El Quijote vienen a mi mente. Se me ocurre ahora un detalle. La lectura no debe ser muy absorbente, no vaya a ser que pase un barco y no me dé cuenta por estar leyendo.

Pero si me pongo a pensar que la mía será una estadía larga debería llevar libros que me ayuden a sobrellevar el trance, algo así como “Robinson Crusoe” o “El señor de las moscas”. Aunque sería mejor todavía el libro de cocina de las 100 recetas de algas y cangrejos, el que enseña a hacer manualidades con cocos, o "Construcción de balsas para Dummies".

Si me dejan tranquilo el tiempo suficiente en una isla desierta, puedo emprender la tarea de encontrar los mensajes ocultos en algunos de los libros más conocidos, como “Alicia en el País de las Maravillas” o “Ulises”, que tengo para mí que es una broma descomunal que nos quiso jugar Joyce. Vamos, con bastante tiempo, incluso puedo descifrar el manuscrito de Voynich, las centurias de Nostradamus y un par de palimpsestos de yapa.

La última pregunta, que debió ser la primera, es si se vale llevar libros que uno ya ha leído, o debo indicar libros que me falta por leer. Lo lógico sería lo segundo, aunque a mí no me molestaría releer algunos que no visito hace tiempo.

Ya decidida mi lista de libros, me pongo mis pantalones cortos, gorro y anteojos de sol, y mi paquete de libros para emprender viaje a aquella isla. Por desgracia, ninguna agencia de viajes me ofrece un tour con naufragio incluido. Para qué preguntan si no van a cumplir, pues.

jueves, 7 de septiembre de 2017

El gurú de la autoayuda


Todo sucedió tan rápido que todavía no logro entender lo qué pasó. Escribo esto con la esperanza de ordenar mis ideas y tratar de discurrir una solución.

Juro que el embrollo empezó de una manera totalmente inocente. Yo estaba apoyando en la organización de un evento profesional, una de esas labores que uno realiza sin poner demasiada pasión, más por no perder una amistad que por verdadera vocación. Solo estaba ayudando en los arreglos previos, probando sistemas para los eventos del día siguiente. Allí fue cuando vino uno de los encargados del auditorio, visiblemente alterado. El conferencista de esa noche, había tenido un contratiempo y no podría presentarse esa noche. El auditorio estaba lleno y ya estaban retrasados, con la gente impaciente. Avisar en ese momento que la conferencia programada se suspendía hubiera causado un tumulto de proporciones. Alguien entonces sugirió que yo podría tomar el lugar del ausente en el escenario. De repente me vi rodeado de cuatro o cinco personas que me trataban de convencer de que era la mejor opción, de que sólo se trataba de seguir la presentación que había dejado lista y de dar la cara en una emergencia.

Acepté sin saber a lo que me exponía, a cambio de un certificado y una pequeña retribución. Una vez confirmada mi participación, pedí el archivo de la presentación para al menos darle una ojeada antes de salir. Al instante me di cuenta de mi error. El tema de la conferencia era sobre autoayuda, el título era una de esas variaciones del “tú puedes”, y el archivo de presentación se limitaba a unas cuantas fotos sin aparente relación entre sí, no muy diferentes a lo que uno encuentra al buscar fondos de pantalla para el computador. No tuve tiempo de retractarme, ya estaban anunciándome y tres personas me empujaban hacia el escenario.

Sin saber muy bien cómo, me encontraba de pie en un auditorio lleno de gente que esperaba palabras que les cambien la vida, y que me escucharían con el respeto con el que se escuchaba a los profetas bíblicos. De repente tuve ese instante de claridad, que confundí en ese momento con iluminación. Sentí que el destino me había llevado hasta allí para acabar con la plaga de la autoayuda, que podía, como Cervantes, acabar con las novelas de caballería con una parodia que ponga al descubierto su irrealidad. En cuestión de un segundo, ya había recordado todas las anécdotas que tenía recolectadas sobre Abu Navid, las inconsistencias de los famosos autores y la forma de refutarlos utilizando la lógica y el sentido común. Que la conferencia resultara dispersa y tal vez contradictoria ayudaría a reforzar el verdadero mensaje, pensé yo, que la haría que la gente se dé cuenta de lo falso de la situación.

Como se estila, comencé haciendo una pregunta general: ¿Cuántos de ustedes quieren tener felicidad? Muchos levantaron la mano. ¡Pues no! ¡Ustedes no sabrían qué hacer con la felicidad! Les contaré una historia: Un hombre rico se dio cuenta de que no era feliz, y llamó al famoso maestro Abu Navid. Muéstrame la forma en que seré feliz, no importa lo que cueste, le dijo al llegar. Te mostraré a tres personas felices y tú encontrarás el camino a la felicidad, le dijo el maestro. Abu Navid llevó al rico a un campo donde estaba un niño jugando. - He aquí a la primera persona feliz, dijo. - ¿Quieres acaso que sea como el niño, sin responsabilidad alguna y sin conocimiento de la vida? - Esta es la primera lección: la felicidad significa olvidarse de todo, debes estar dispuesto a ello si quieres ser feliz.
Luego lo llevó a la ciudad donde le mostró a una mujer que cantaba mientras abrazaba a su pequeño hijo. He aquí a la segunda persona feliz, le dijo. El rico le dijo que esa felicidad le duraría poco, pues el niño crecería y la abandonaría, y haría cosas que no agraden.  - Esa es la segunda lección: la felicidad tiene un precio que no se paga en dinero. Abu Navid llevó al rico a la parte más pobre de la ciudad, donde le mostró a un anciano loco que se revolcaba en la basura. - Aquí tienes a la tercera persona, le dijo. - De ninguna manera voy a ser como ese pobre loco, dijo el rico. El maestro se despidió entonces del rico: Es por esto que no hallarás la felicidad, porque no quieres perder nada de lo que tienes y no aceptas la felicidad en otras personas.

Al narrar este ejemplo me sentí dueño del escenario y ya nada podía detenerme. Entonces ustedes, como el rico del cuento, quieren que la felicidad se adapte a lo que ustedes quieren, en realidad ustedes no buscan la felicidad, buscan algo que se acomode a sus caprichos. Por eso todos los libros de autoayuda no los ayudarán, ellos también confunden la felicidad con el dinero: “Piense y hágase rico”, Padre rico, padre pobre” son títulos que ustedes encontrarán, donde les querrán convencer que la felicidad incluye una abultada cuenta en el banco.

Otra cosa de la que nos quieren convencer los autores de estos libros es qué hay reglas para el éxito. Repítete a ti mismo siete veces al día lo bueno que eres y triunfarás, sigue estos siete hábitos de la gente exitosa y serás uno de ellos. Pues señores, les tengo malas noticias: hay tantas maneras de tener éxito como personas en el mundo. Y por una sencilla ley de proporciones, no todos lo obtendrán. ¿Quieren otra historia de autoayuda? Un gurú de autoayuda tenía un pollo al que repetía todos los días “puedes volar, tienes alas, eres como un águila”. Por supuesto, el pollo nunca voló. Peor aún, el pollo le dijo a su dueño “me pides que sea como un águila pero jamás he visto una”, así que el dueño lo llevó al campo y le enseñó en lo alto a un águila. El águila descendió velozmente y se llevó al pollo entre sus garras para comérselo. Hasta aquí el ejemplo, y aprovecharé para una pequeña reflexión: ¿Han notado que los autores de autoayuda quieren compararnos con el león, el tigre, el águila o algo semejante? Pues les diré algo, todos esos animales están peligro de extinción, porque nada gusta tanto a los hombres que eliminar a los mejores, mientras más éxito tengas, más gente habrá que quiera acabar contigo. Piensen si el éxito es algo tan deseable.

Aquí me detuve un momento y miré a la audiencia. Realmente me habían prestado atención, y estaban pendientes de mis palabras. Me di cuenta del porqué tantos caen presa de esa droga que es la popularidad y la adulación. Y aún me quedaban muchos minutos de conferencia. No podía hacer otra cosa que seguir.

Otra cosa que no nos dicen los autores de autoayuda es el verdadero fin de sus esfuerzos. Es el dinero. El puro, egoísta, materialista dinero. Estoy seguro que si la autoayuda no diera dinero, todos esos autores se dedicarían a otra cosa, a las ventas con seguridad. Porque lo que quieren es vender. Los libros y conferencias se convierten en dinero, al igual que los likes y compartir en los que ustedes caen diariamente en el Facebook, sepan que cada click y compartir de esos videos, imágenes y memes se convierten en dinero. ¿Algunas vez han visto ustedes alguna vez una noticia que diga algo así como “La señora X recibió tal cantidad de dinero producto de sus likes en Facebook para su noble causa”? No ¿verdad? Es porque el dinero de sus clics no le llega nunca y se queda en los “community managers”. Otra historia: Un niño era abusado por sus compañeros en la escuela. Su madre pudo verlo una vez y lo grabó con su celular. Al día siguiente el niño regresó golpeado y sucio. No te sientas mal, le dijo su madre, mira cuántos likes obtuviste en Facebook. Y estoy seguro que muchos de los aquí presentes piensa así, que con los likes han solucionado el problema.

Recuerdo que conté aún otras historias, como la de la caja de Abu Navid, y la historia de la vaca que corría más que un auto. Al final de la conferencia me sentía como un rockstar bañado de aplausos. Me sentí un triunfador, todo un gurú. A la salida me esperaba un grupo de gente para felicitarme y decirme que me admiraban y seguirían mis consejos.

Y ese es el problema. Ahora me están llamando para dar otras conferencias, quieren que escriba artículos, tal vez un libro, quieren convertirme en eso que criticaba esa noche. Y me ofrecen la mejor razón que tienen, que es el dinero. Y no veo forma de salir de esto. Incluso si declarara que en realidad soy solo un tonto al que una noche pusieron en un estrado, si dijera que todo es mentira, dirían que es mi forma de enseñar y que soy un sabio modesto. Es que así funciona el mundo.

martes, 29 de agosto de 2017

Mientras veo las noticias


Me gustaría pensar que los medios de comunicación nos llenan de malas noticias porque las noticias son aquellos sucesos que salen de lo común, algo de lo cual la gente habla porque no es lo normal. Si eso fuera cierto, significaría que la bondad de las personas es la regla y no la excepción. Significaría que la gente feliz es tan común que no constituye una noticia, algo de interés público.

Tal vez también signifique que la felicidad no puede narrarse ni contarse, que no habría manera de colocarla dentro del formato de una noticia. Es por eso que los cuentos terminan con la frase “Y fueron felices por siempre”, porque una vez que se ha logrado la felicidad, ya no hay más que contar. Mejor aún, tal vez la felicidad es un estado que no se puede describir, y que cuando alguien lo intenta, el resultado es la incredulidad y la incomprensión.

Tal vez en realidad las historias felices no dan rating, no son comerciales, porque la gente infeliz rechaza escuchar buenas noticias y a la gente feliz no le interesa conocer más que su propia historia.

Sería bueno que fuera así.

domingo, 20 de agosto de 2017

La creación del mundo


Yo lo sé, porque Él me lo dijo. Dios creó los cielos y la tierra, y colocó al hombre para que la cuidase. Pero algo pasó. El hombre se corrompió y destruyó la Tierra. Apenado, Dios destruyó su creación para empezar de nuevo. Esta vez hizo al hombre menos poderoso para que no destruyera todo. Pero se multiplicó rápidamente y su muchedumbre agotó la Tierra hasta destruirla. Con gran pesar se vio obligado nuevamente a destruir otra vez cuanto había creado. Esta vez hizo al hombre en un clima más frío para que no se reprodujera con tanta rapidez, y las mujeres solo tenían un hijo a la vez. Pero ellos crearon máquinas que mataban a todos los animales y a ellos mismos. Avergonzado, destruyó todo por tercera vez, porque no es bueno que se sepa que Dios se ha equivocado tan gravemente. Tal vez la siguiente vez pueda sentirme realmente orgulloso de mi creación, pensaba. Así que hizo al hombre insignificante y débil, con apenas la chispa de inteligencia necesaria para sobrevivir. Esta vez parecía que resultaría, el hombre fue bueno por un tiempo, pero nuevamente se fue pervirtiendo y a reclamarle por qué no lo hizo más poderoso, más resistente, más duradero. Poco a poco se fue apoderando del planeta, destruyendo todo lo que hallaba a su paso. Dios estuvo a punto de destruir toda la creación una vez más, pero se detuvo. Ya no quería pasar por el trance de crear todo el universo nuevamente. Sintió pena de sí mismo. Ahora se dice a sí mismo que lo mejor es dejar que el hombre se dé cuenta de sus propios errores antes de destruir el mundo, y que el castigo para los malvados es el seguir viviendo, sin un fin del mundo que acabe con su miseria. Eso fue lo que me dijo, y sé que es la verdad, porque nadie, ni siquiera Dios, puede mentir con una mirada de tan profunda tristeza... 

jueves, 10 de agosto de 2017

Correspondencia



Ellos se escribían, casi que a diario, casi que varias veces al cabo del día. Hasta terminar en algo casi casi que compulsivo, hasta olvidar el motivo que había originado su correspondencia electrónica.

Un tecleo constante a través de un ordenador, sustituto del método “vieja escuela” (papel, sobre, lapicero y sello) pero que, sin embargo, también recorría el mundo, sino uniéndolo, por lo menos acercándolo, hasta casi que casi fundiéndolo en una especie de anulación espacio tiempo.

Sus vidas, sus espacios, sus tiempos se interconectaban como imágenes en movimiento yuxtapuestas, como fragmentos o samples animados de películas o cortos de vida cotidiana No solamente habían olvidado los motivos que originó esa conversación escrita, solamente escrita y salpicada, salutariamente, por instantáneas Polaroid, nunca webcam, que sí se enviaban, estas si, por vía “convencional”. También habían olvidado dónde vivían y desde dónde escribían o enviaban sus fotos.
Muchos años después alguien encontró, apiladas, varias cajas de cartón con correos electrónicos impresos en papel y varias polaroids, unidos, pegados y entrelazados en una especie de álbum de recuerdos, donde al parecer, dos personas, desde una misma habitación, habían intentado comunicarse durante largo tiempo....


Hace mucho que no me dedicaba al noble arte del cortipegado de historias que me hubiera gustado escribir, no por flojera o falta de malicia, sino porque simplemente no encontraba algo digno de colocar aquí. Ahora que lo he encontrado, es mi deber darle una nueva oportunidad a este texto que encontré buscando aleatoriamente otros blogs. Que lo disfruten.

domingo, 30 de julio de 2017

Frases twitteables 44


  • Eso de Papa Noel es solo una leyenda urbana, le dije al viejo del trineo que aterrizó en mi techo.
  • Historia que no ocurrió nunca: Le pregunté a un mendigo cómo le iba el negocio. Fantástico, me dijo, tengo más de 3 mil likes en Facebook.
  • Hubo una vez una mañana tan larga que se hizo tarde.
  • Latinoamérica tiene mucho que enseñar a Estados Unidos sobre cómo lidiar con presidentes que no nos agradan.
  • La Muerte llegó y lo miró. - Por fin vienes por mí. - Pero vine a decirte que no te llevaré conmigo aún, así que empieza a vivir de una vez.
  • Hoy en nuestra clase de geografía: ¿Cómo se reproducen en Las Islas Vírgenes?
  • Encontré al monstruo debajo de mi cama. Él tampoco tenía nada que hacer un fin de semana en la noche.
  • Esa película, que fue un fracaso de taquilla y de crítica, la anuncian hoy en TV como el gran estreno, y tú la ves. Igual en el amor.
  • La pregunta tonta de hoy: ¿Prefieres ser feliz o tener éxito escribiendo sobre tu infelicidad?
  • Algún día se descubrirá que en un universo paralelo las cosas tampoco son como queremos que sean.
  • La tristeza de encontrar un 15 de febrero en la calle un muñeco de peluche roto.
  • A veces uno escucha una canción, se da cuenta de que ya no siente nada y se pregunta qué fue lo que pasó.
  • Yo he visto una lavadora en modo centrifuga, no me hablen de artefactos poseídos por el demonio.
  • Prefiero leer un libro en el transporte público que estar chateando con el celular. Es menos probable que me roben el libro.
  • Oiga, Don Nietzche, sepa que yo que por hacerme más fuerte casi me mato.
  • Si prestas atención en un restaurante, podrás escuchar el ruido de todas las dietas al romperse.
  • En mi defensa, diré que también dice mucho de ti, a quién consideras tonto.
  • Corazón roto que deja los bordes afilados para el próximo que llegue.
  • Leído en una lápida: “No creas todo lo que dicen en los epitafios”.
  • El amor es ciego. – No es cierto, el amor es sordo - me corrigió el invidente.
  • Todo es según el color del cristal con que se mire. - No es cierto, depende del tono en que se escuche - Me corrigió el ciego.
  • Cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana, decía. Ahora está preso por entrar a robar en una casa.
  • Si todos los caminos llevan a Roma, tengo miedo de llegar allá y luego no poder salir.

viernes, 21 de julio de 2017

Comida moderna


Normalmente no soy muy dado a los restaurantes temáticos, los cuales son muy raros por aquí, dicho sea de paso. Recuerdo una sola vez que me llevaron a un restaurante marino musical, para salir decepcionado al comprobar que ni el Frito Páez, ni el cebiche de Calamaro, ni el Joaquín Sardina valían la pena. Pero ahora voy al que se llama a sí mismo el restaurante del futuro, que ofrece una experiencia de ciencia ficción, con atención de la era digital, un sabor adelantado a su época y varias cosas más, así que al menos por curiosidad decido darle la oportunidad. He aquí la crónica sincera de lo que pasó.

Según el que me invitó, no hace falta apurarse, porque la reserva se hace con un app que te permite avisar de tu llegada y escoger tu mesa. Además, el app te conecta con Uber  para que nos recojan a tiempo. Hasta aquí todo iba bien. Claro, hasta que la teoría empezó a darse de cabezazos contra la realidad. Cuando el Uber llegó retrasado alegando que el tráfico había empeorado desde el momento en que se contactó al servicio, supe que sería uno de esos días en los que todo sale mal y me echan la culpa a mí por ser tan salado y por tener al universo conspirando en mi contra.

A nuestra llegada, mis temores fueron confirmados. Mi amigo el que me llevó casi se va a las manos con el mozo que atiende la entrada, quien le dice que tenemos que esperar a que se desocupe una mesa. Según nos trataban de explicar, la mesa que teníamos reservada ya estaba tomada por alguien con el app premium, que tiene atención preferencial. Cuando por fin logramos ingresar, vemos un enorme lugar decorado con todos los clichés futuristas, sin faltar ninguno. Allí estaban las luces de neón, los adornos plateados, las estrellas y naves espaciales, todo. Nos sentamos en unas sillas de estilo mezcla de Bauhaus y Star Trek, que yo, como alguien que se ha sentado en todo tipo de asientos, reconozco como apropiados para sentarse sólo por cortos espacios de tiempo, sólo para la comida sin nada de charla. Yo esperaba que se acercara alguien para tomarnos el pedido, pero mi amigo me explica que el menú y el pedido aparecen en una pantalla táctil en el centro de la mesa, como parte de la misma, lo que es una forma más rápida y segura de pedir, según el app que tengo aún abierto. En el menú aparecen todas las opciones de comida con un nivel de detalle exasperante. Tenemos que expresar que nadie de los presentes es vegetariano en ninguna de las seis o siete variaciones del término, que nadie quiere comida libre de gluten, ni de lactosa, de sal ni de preservantes artificiales. 

Una vez establecidas las reglas procedemos al pedido. Aquí ocurre lo que siempre me ocurre con las pantallas táctiles: no me obedece, marca cosas que no he pedido y se resiste a confirmar mi orden. Mi amigo tiene mejor suerte que yo y logra hacer el pedido. Las opciones que siempre pide la pareja de mi amigo son exactamente las únicas que no aparecen en el menú de opciones de la pantalla: el pollo debe ser parte pierna, la carne en término 75%, el ají debe venir aparte y la lechuga a un costado, que el refresco debe ser natural y no de sobre. Mientras esperamos, explico a mis acompañantes que los que programan las apps y el sistema de pedidos no conocen la idiosincrasia de nuestro país, que siempre es detallista a la hora de comer y que busca las fallas del sistema para poder decir orgullosamente que los chiches de la modernidad no se aplican aquí.

El hecho de que me dejaran terminar la explicación es un síntoma de que algo anda mal, y que nuestra orden se está demorando más de lo normal. La búsqueda de un mozo que nos atienda es otra prueba de paciencia, de la que ya no tenemos mucha. Una de las parejas pregunta por qué no hicimos el pedido desde el app antes de venir, para recibir la respuesta de que en este país nadie sabe lo que quiere comer hasta que llega al restaurante. En eso llega un mozo que nos informa que se ha caído el sistema y que nos va a tomar la orden personalmente. En ese momento empiezo a extrañar los métodos tradicionales al ver que el mozo está mandando la orden por Whatsapp.

Al estar esperando nuestra comida por segunda vez, me asalta la duda. Si este es un restaurante futurista, ¿No nos irán a traer una comida en pequeñas pastillas, como se ve en las películas de ciencia ficción? Mi amigo entra a la sección de preguntas de la app para hacer la consulta y recibe la respuesta en un par de minutos, diciendo que los alimentos son cocinados con microondas de convección, lo que garantiza una cocción óptima conservando el valor alimenticio. No sé por qué, pero esa conversación no me convence.

Cuando estamos a punto de buscar nuevamente al mozo para reclamar por la demora, vemos llegar nuestra comida. Todos entonces comprendemos porqué hay tan pocos mozos. Nuestra orden está viniendo en un dron. Afortunadamente una vida de accidentes me ha dejado rápidos reflejos y ese sexto sentido que me avisa del desastre inminente. Alerto a todos y busco protección debajo de la mesa justo cuando el dron se estrella contra nuestra mesa en una explosión de sopa, ensalada y platos de fondo.

Aquí fue cuando se armó el escándalo buscando al mozo, al gerente, al dueño y a los accionistas del negocio. Lo único que obtuvimos fue que el mozo nos contacte vía video chat con el encargado, quien nos pidió disculpas por el incidente y nos prometió un descuento y un postre gratis en nuestra próxima visita. Mientras mi amigo gritaba para que todos escuchen que nunca iba a volver y que no iba a pagar, nos dimos cuenta que el importe de la comida ya había sido descontado de su tarjeta de crédito a través del app, autorizado por ese asterisco que lleva a las letras pequeñas al instalar el app. Por mi parte, descubrí que también me habían bloqueado el acceso a los comentarios del app, donde pensaba poner toda la historia que estoy narrando aquí.

La velada terminó con todos nosotros sentados en la carretilla de la Tía Veneno, disfrutando de un cebiche como Dios manda, sin nada que nos recuerde que estamos en el siglo XXI. Como debe ser.

miércoles, 12 de julio de 2017

Fábula sobre la igualdad


A raíz de los últimos acontecimientos, diversas asociaciones están promoviendo una marcha en favor de la igualdad, a la que se espera que acudan miles de personas. Yo, como me considero una persona igual a los demás, he decidido unirme, al tiempo que trato de encontrar a tanta gente que en los días normales se desgañita diciendo que es diferente al resto.

Cuando llego, me uno a un grupo que parece animado, con pancartas y polos alusivos. “Hola, amigos, vengo a unirme a su grupo, ahora que todos somos iguales” digo con mi mejor sonrisa. Recibo una recepción glacial. Sólo uno del grupo se digna a contestarme. “Lo siento, señor, todos aquí somos amigos, ¿Por qué no va a otro grupo?”. “Pero si todos somos iguales, para eso es la marcha”. “Búscate tu propia igualdad” escucho decir mientras todo el grupo se va por su lado.

No me dejo amilanar por las circunstancias y veo a varios que todavía no tienen grupo. Una pareja que se está tomando selfies con el fondo de las pancartas es mi próximo objetivo. “Hola, ¿Nos tomamos fotos por la igualdad?”. La pareja parece un poco más abierta y yo les ayudo con algunas fotos. De pronto se me ocurre llamar a más participantes de la marcha para que las tomas salgan más interesantes. Llamo a gente para que se nos una y viene una variedad de gente. Allí aparecen otros problemas. La chica del selfie no quiere abrazarse con un cholito de camiseta raída y tez morena. Acérquense, para que salgan todos en la foto. Obligada, la chica del selfie le da un abrazo que trata de mantener la máxima distancia posible entre ambos. Una vez hecha la fotografía, se acerca a mí y me dice: “Hazme un favor, esta foto no la publiques”.

Ahora llega un grupito con cámaras y equipos profesionales, tratando de reunir a la gente. El jefe, al que reconozco porque en vez de hablar, grita, se me acerca diciendo “Usted, amigo, ¿Qué opina del hashtag #TodosPorLaIgualdad?” “Yo no vine por ningún hashtag, yo he venido por la igualdad”. El jefe no tiene tiempo de contestarme, pues está tratando de juntar un grupo grande de gente que grite su lema. El ajetreo se incrementa cuando llega otro equipo con pancartas de #SomosIguales y yo quedo en medio de los dos grupos, donde la gente que trata de jalarme cada cual para su respectivo lado se trenza en una batalla campal. De nada sirve que yo grite por enésima vez que si es una marcha por la igualdad da lo mismo el grupo con el que esté.

Al final, me veo en el grupo uno de los hashtag y las justo cuando las cámaras empiezan a filmar, irrumpe un grupo de homosexuales escandalosos con pelucas rubias y maquillajes exagerados que atropellan a todos para colocarse en la primera fila. Encuentro al de la camiseta raída que ha encontrado a un par de amigos tan pobres como él, y decido que me van a ayudar a avanzar. Somos rechazados violentamente por el comando gay, que empieza a gritar que somos unos homófobos que los quieren sacar de la marcha. A los que quieren sacarnos del tumulto les digo que la igualdad también es entre ricos y pobres. El vocero de los homosexuales me grita que esa es otra igualdad, que me vaya a hacer mi propia marcha, que esta es por la igualdad de géneros.

Apartado del grupo en el que estaba, comento a uno que está casualmente a mi lado que la igualdad no hace distingos de ricos y pobres, ni de géneros ni de posiciones políticas ni de razas. Una carcajada es la respuesta de mi interlocutor. “Si, seguro que a ti te gustan los negros”. Sólo entonces me doy cuenta de que estoy en un grupo con pancartas a favor de legalizar la mariguana.
Perdido y a la vez mezclado en la multitud, me junto con dos chicas a las que cuento lo que había pasado hasta el momento. Nuevamente mi relato provoca las risas de quienes me escuchan. “¿No sabes que estas cosas son así? No todas las igualdades son iguales. Hay igualdades e igualdades” me dice una de las chicas antes de perderse entre la muchedumbre.

Al final, me pregunto a favor de qué igualdad estamos marchando, porque cada grupo parece tener una propia. En ese momento se me acerca un hombre en túnica con pancarta de símbolos hindúes, felicitándome por mi presencia y diciéndome que todos somos iguales en el universo. Yo soy Adolfo Hitler, le respondo malhumorado, ¿Quieres ser igual conmigo?

lunes, 3 de julio de 2017

Tres tonterías



¿Qué hacer cuanto tienes pedazos de cuentos, opiniones varias y otras cosas inclasificables que son muy largos para el twitter y muy cortas para un post en el blog? Esperar a que se junten unos cuantos y publicarlos como miscelánea o tormenta de ideas. Aquí hay tres de los retazos que tengo acumulados.

....
Un día vi a una persona sobre la baranda del puente, queriendo saltar. Me acerqué e intenté disuadirlo, pero mientras más razonaba de lo bella que es la vida, más determinado parecía a lanzarse. Al final, cansado de tratar de convencerlo, lo empujé al vacío. Es que no quiero que nadie se entere de mis fracasos.

....
Viendo un noticiero de la televisión, me doy cuenta de que lo que se publica en los medios de comunicación es solo una pequeña fracción de la verdad. No quiero poner porcentajes, pero las fracciones van algo así:
- La parte de la verdad que solo conocen los directamente implicados.
- La parte de la verdad que no da rating.
- La parte de la verdad que se sabe pero que no se publica por miedo a demandas legales.
- La parte de la verdad que se oculta para proteger a algún poderoso.
- La parte de la verdad que todos saben pero que nadie se atreve a decir en voz alta.
- La parte de la verdad que no puede probarse.
- La parte de la verdad que no conviene decir al propio medio.
- La parte de la verdad que no es políticamente rentable.
- La parte de la verdad que los medios creen que es falsa.
Y solo al final, queda la parte de la verdad que se publica.

....
Al despertar esa mañana, sobre la banca del parque, acompañado por el olor solitario y solidario de los árboles, Roy Web sintió el espasmo de algún animal a su alrededor. Al instante no supo de qué se trataba. Estaba solo, como desde hace mucho tiempo lo decidió. ¿Qué era? Se levantó y enjuagó su rostro con la neblina que había atrapado sus mejillas y su gran nariz. Otro ruido. ¿Dónde? Roy sabía que a esa hora era peligroso confiar en los sentidos. Por eso dijo con voz baja "dejen de joder". Se alistaba para abandonar el parque cuando lo notó: huellas de aves sobre la tierra todavía húmeda, flores rojas tendidas sobre el asfalto, que él alguna vez llamó buganvilias. Entonces lo supo. Descubrió lo que era. Había caído, en un momento de debilidad, en la nostalgia. ....
(Encontrado en internet, en un sitio al azar que mi navegador no quiso identificar con precisión)

lunes, 26 de junio de 2017

Lo que no te mata



Hace tiempo vivió en Alemania un señor llamado Friedrich Nietzsche, quien concluyó que la dificultad para deletrear o siquiera pronunciar correctamente su nombre era un anticipo de su destino, por lo cual se dedicó al estudio de la filosofía. Algo así como: Si crees que mi nombre es difícil, espera a que leas mis libros. Ignoro si Don Federico estaba al tanto de que solo con ser alemán y además filósofo ya tenía la mitad de la tarea hecha, pero igual se dio a la tarea con un entusiasmo y una disciplina admirables. Fruto de este esfuerzo fue ese famoso libro llamado “Así hablaba Zaratustra”, piedra angular de la civilización moderna, o sea que es un libro sólido, denso, pesado y duro, como corresponde a toda piedra angular que se respete.

El problema es que sus libros, y en realidad sus ideas no son para nada interneteables o fáciles de digerir sobre todo en esta generación que se conforma con Paolo Coelho y la literatura de autoayuda. Lo único que queda son unas cuantas frases, invariablemente malinterpretadas en la red. Por ejemplo, la frase “Dios ha muerto”, ha servido para justificar cualquier cosa en nombre del ateísmo. Pero Nietzsche también desarrolló el concepto del “übermensch”, que es el hombre bueno, cuya moralidad y escala de valores sustituye al Dios castigador y vengativo para impulsar la bondad en las acciones humanas. Lo malo es que la errónea traducción del término y la unión con la idea anterior termina para muchos en el absurdo simplismo de decir que según Nietsche, Dios ha muerto, pero aún nos queda Superman.

La otra frase célebre que nos dejó es “was uns nicht umbringt, macht uns stärker”, pero, claro, como lo dijo en alemán, no le hicieron tanto caso por acá hasta que lo tradujeron a “Lo que no nos mata, nos hace más fuertes”. A esta frase sí le han sacado el jugo los autores de libros de autoayuda, la han exprimido, trivializado, empaquetado y la han vendido como el remedio universal contra las penas. La influencia de esta frasecita sirvió además para cosas tales como crear el guión de todos los enemigos de Gokú, para justificar que aguantemos calladitos un montón de cosas en los últimos treinta gobiernos, y para hacer una que otra burrada a lo largo de nuestras vidas.

Yo no soy un filósofo, ni he estudiado la obra de Nietzsche, pero estoy seguro de que cuando escribió esta frase no estaba pensando en las mujeres con desengaños amorosos ni en aquellos que han tenido un contratiempo en la oficina, como si hubiera gente que de verdad se muriera por esas cosas.

Pero como esta es una página de tonterías, y ya he hablado en difícil un buen rato, me decidí a escribí y a buscar malinterpretaciones de esta frase, para ver si aunque sea por reacción, nos ponemos a investigar un poco que quiso decir Nietzsche cuando dijo lo que dijo:
  • Lo que no te mata, debería.
  • Lo que no te mata, está ganando experiencia para tener éxito la próxima vez.
  • Lo que no mata, engorda.
  • Lo que no te mata, es que falló por poquito.
  • Lo que no te mata, es lo que te dejó hecho una piltrafa.
  • Si lo que no me mata me hace más fuerte, esa diarrea me va a dejar convertido en Hércules.
  • Lo que no nos mata nos hace más fuertes, pero lo que no nos mata, también se hace más fuerte.
  • Lo que no te mata, te deja tan apaleado que luego aceptas cualquier maltrato y terminas diciéndote a ti mismo que eso te fortalece.
  • Lo que no te mata te hace más fuerte, o te deja más tonto.
  • Lo que no te mata, te vuelve insoportable pidiendo likes en facebook.
  • Lo que no te mata, te hará empezar a buscar las esferas de dragón.
  • Lo que no te mata te hace más fuerte, lo que sí te mata, pues ni modo.
  • Lo que no te mata, ya tendrá otra oportunidad más adelante.
  • Lo que no nos mata, nos hace más fuertes, excepto al Coyote, que sigue igual de flaco.
  • Lo que no te mata, te hace pedir tragos más fuertes.
  • Lo que no te mata te hace más fuerte, ahora dile eso a tu hígado.
  • Lo que no te mata, te hace más fuerte. Y yo voy a hacerte más fuerte, y si no lo logro, pues...
  • Lo que no nos mata, nos da excusa para andar presumiendo de que nos hizo más fuertes.
Al final, la moraleja de todo esto es que lo que no nos mata, al menos nos da tema para escribir esta noche…

sábado, 17 de junio de 2017

El gato que hablaba


Al llegar a mi casa, encontré un gato sentado junto a la ventana. En ese momento no se me ocurrió pensar en cómo había entrado a la casa, y por un acto reflejo, hice señas para que se fuera. “Vamos, gato, fuera, ve a tu casa”. El gato ni siquiera se dignó a mirarme y siguió observando el jardín. Ya estaba tomando una escoba cuando el gato, sin apartar la vista de la ventana, me dijo “¿Quieres dejar eso? No tengo nada contra ti y tú tampoco deberías tener nada contra mí “.

Me quedé de pie en mi sitio, como dándole la razón. En alguna parte de mi cerebro, no me parecía tan descabellada la idea de que los gatos pudieran hablar, y más bien mi sorpresa se debía a que sólo después de tantos años pudiera comprobarlo.
- Es verdad entonces, que los gatos pueden hablar...
El gato seguía observando a través de la ventana, y hablaba sin mirarme, como si hablara para sí mismo.
- Tú señalas lo obvio, como todo humano que no sabe usar sus propios sentidos y no confía en ellos. Sé que dirás que es increíble y querrás decírselo a otros humanos para que tú mismo puedas creerlo. Pero no te fatigues, nadie te creerá, porque los hombres solo creen aquello con lo que se sienten cómodos.
- ¿Entonces has venido a hablar conmigo, a compartir tus secretos?
- No te sientas especial, eres sólo otro humano para mí... He venido porque este es un buen sitio para observar. Me acerqué a la ventana para ver aquello que captaba su atención, pero no logré ver nada, sólo el mismo jardín de siempre.
- ¿Qué es lo que observas?
- Aquellas palomas. Un cazador debe siempre estudiar a sus presas... Mira cómo se mueven, se agrupan, cuáles son los lugares que usan para comer y cuáles son las ramas donde se posan... Será una buena caza hoy.
Esa respuesta me pareció cruel. - No necesitas matar a las palomas de mi jardín... Ven, tengo algo de atún enlatado...
- Los humanos creen que somos mascotas, creen que al alimentarnos nos volvemos obedientes y dependientes... Has de saber que para nosotros aceptar sus alimentos es una afrenta... Quien lo acepta es considerado entre nosotros como un ser inferior...
 - Pero hay gatos que lo aceptan... Yo he visto...
- Hay gatos sin respeto por sí mismos, no todos los gatos son iguales, así como no hay humanos iguales... He observado a los humanos... los hay ignorantes, sumisos, cobardes, vanidosos... Muy pocos de ustedes son aptos para dirigir una manada. Ahora aleja ese plato, no me ofendas, no eres digno de servirme.
- Pues esa manera de hablar es una falta de respeto, estás en mi casa. Por primera vez el gato volteó a mirarme un segundo, con los ojos casi cerrados, de una forma que era fácil identificar como desprecio.
- Humanos, siempre creyendo que poseen cosas, hasta creen que poseen a otros humanos y a otros animales. Para nosotros, ustedes no poseen nada, para nosotros, solo se posee lo que se puede defender. ¿Serías capaz de defender esta casa que dices que es tuya si otro viniera? No, lo que harías sería hablar en vez de atacar, y lo más probable es que otro humano te escuche y te deje sin atacarte. He visto humanos incapaces de defender su casa frente a un ratón, alborotarse con un insecto. Su tamaño de nada les vale. Mira esas palomas, crees que son tuyas porque están en un jardín que crees que es tuyo. ¿Podrás defenderlas esta noche cuando venga por una de ellas?
- Tal vez tú seas un gato cazador, pero la mayoría de los gatos no son como tú, son flojos, viven en nuestras casas y se la pasan durmiendo, así que ese orgullo tuyo es exagerado.
- Eso prueba lo poco que conocen a los gatos. Nosotros conocemos a los humanos más de lo que ustedes mismos se conocen. Sé que ustedes dicen que los gatos tienen siete vidas, pero entre los gatos se dice que los humanos solo usan la mitad de la suya. Miran, pero no ven; tocan, pero no sienten; oyen pero no escuchan; peor aún, no hacen caso a sus propios sentidos y prefieren creer lo que otro les ha dicho. Ustedes viven de día y duermen de noche, los gatos buscamos dónde sentirnos seguros durante el día y vivimos de noche. ¿No es cierto que me vería ridículo cazando a tus palomas de día?

Por toda respuesta abrí la ventana e hice una seña al gato para que se fuera. Me miró una última vez.
- Sé que mis palabras te ofenden, es por eso que los gatos no hablamos a los humanos. Yo no los odio, sólo me causa pena verlos tratando de ser cazadores solitarios que cazan con palabras y actitudes. Ustedes no son cazadores solitarios, son cazadores en manada, por eso se llevan bien con los perros. Recuerda eso, un humano no puede cazar solo ni defender lo que tiene sin ayuda. Busca tu manada y lograrás lo que quieras, así lo ha hecho tu especie a lo largo de tu historia. Adiós.
- ¿Qué pasará con las palomas?
- Depende de ellas. Si pueden defenderse, no podré cazarlas. Es la ley de la Naturaleza, y tú deberías recordarla más a menudo.

Cuando el gato de fue, me quedé pensando en si me habría dicho la verdad o todo había sido un engaño.
- Bah, los gatos no hablan...

jueves, 8 de junio de 2017

Mis vidas pasadas



Tratando de resolver uno de los grandes misterios de la humanidad, que es saber cómo es posible que haya gente así de tonta en el mundo, se me ha dicho que lo mío es una extraña predisposición genética, una mutación tipo X-Men, o simplemente una probabilidad casi imposible, acompañada de una innegable vocación. Otra explicación un poco más mística que ha formulado un amigo que dice que yo puedo competir con tontos de talla mundial (o sea que soy algo así como el Messi de los tontos) es que estoy pagando los pecados de mis vidas pasadas.

Debo aclarar que no creo en la reencarnación, y esta teoría me parece un insulto, un intento de quitarme originalidad e ignorar el esfuerzo que cuesta ser un tonto en una sola vida. Pero, me dicen que mi espíritu científico no puede negarse a la posibilidad, cuando ahora se ofrecen servicios de prestigiados chamanes que te hacen recordar las vidas pasadas.

Sobre el tema de las regresiones a vidas pasadas, siempre me ha parecido sospechoso que la gran mayoría de los que dicen haber tenido alguna han resultado ser personas importantes en su anterior reencarnación. Casi todos fueron de la nobleza, grandes sacerdotes, nadie dice algo como “en mi vida anterior fui campesino de la tribu de los huitotos” o “fui un mendigo que se sentaba en la plaza de Katmandu”.

Aquí en el Perú tenemos varias formas de saber lo que hemos hecho antes de nacer en este tiempo, incluyendo verificar en las oficinas estatales las deudas pendientes en el sistema financiero, donde siempre aparecen cosas que has hecho en vidas anteriores y en lugares donde nunca has estado. Pero no, mis amigos quieren probar la teoría en vivo. Obviamente, yo no recuerdo mucho de lo qué pasó en la sesión, pero me dicen que mi historia estaba tan buena que todos los presentes se revolcaban de la risa, e incluso me ofrecieron otro viaje a precio rebajado con la condición de darle tiempo a llamar gente y cobrar la entrada esta vez.

Haciendo recuento de mis vidas pasadas, resulta que soy un tonto de antiguo linaje y rancio abolengo, pues todas mis vidas anteriores han sido gobernadas por la tontería. Dicen los que estuvieron en la ocasión antes mencionada – sobre todo el que se puso a apuntar todo – que he vivido una treintena de vidas y he sido un tonto en cada una de ellas. Mi vida anterior más famosa fue en la antigua Grecia, donde fui el famoso filósofo Crísipo de Solos, que se especializaba en decir y hacer tonterías, como cuando filosofando defendía una idea y acababa argumentando en contra de sí mismo. También escribía mucho, pero nada de ello se ha conservado hasta hoy, con lo que nos hemos perdido de sus sabrosos textos. Tal vez es por eso que yo también escribo y con dos respaldos además. La última y más famosa de sus tonterías fue la de darle a beber vino a un burro para ver cómo tropezaba y caía, con tan cómicos resultados que las carcajadas le produjeron la muerte, dando origen a la expresión “muerto de risa”.

Otra de mis vidas anteriores fue la de Garcí Calatayudano, marinero español que trató de llegar al Perú a principios del siglo XVI. Y digo que trató porque nunca hubo pruebas hasta ahora de que realmente haya llegado a estas tierras. Resulta que Garcí era un tonto a quien no podía encargársele tarea tan sencilla que no pudiera hacer mal. Se dice que se hizo marinero debido a que nadie lo quería en su pueblo y un día amaneció misteriosamente a bordo de un barco. Allí se hizo conocido por el empeño que ponía en sus tareas. Le ordenaron amarrar las velas, y lo hizo con tal pasión que sus artísticos nudos no podían ser desechos. A la hora de limpiar la cubierta, descubrió las virtudes disolventes del alcohol sobre las manchas difíciles, y casi acaba con el ron antes de que los demás se dieran cuenta. El capitán del barco tomó la sana decisión de abandonarlo en el siguiente puerto, donde Garcí se las arregló para abordar otro navío, que lo llevó hasta el siguiente puerto, donde fue abandonado por razones parecidas. A poco de su llegada a Panamá ya era conocido como el marinero más tonto de Las Indias y Europa, y fue enrolado en una de las expediciones de conquista del entonces mítico Reino del Sur, con la esperanza de que fuera la primera baja contra los indígenas. Durante el viaje en barco, se le ordenó tirar redes para pescar, a falta de una tarea mejor, pero al no lograr nada, pensó que sí los gatos gustan del pescado y son cazadores, bien podría funcionar arrojar uno al mar para que cace unos pescados. El castigo esta vez fue abandonarlo en una isla que encontraron de camino. Allí sobrevivió comiendo pescado y huevos de aves hasta qué pasó el siguiente barco que lo recogió y lo abandonó igualmente en la siguiente isla. Poco a poco fue llegando cada vez más al sur, siendo ya conocido como “el naufrago”, inspirador sin duda de la historia de Robinson Crusoe. Aquí la historia pierde su rastro, pero sé ahora que la última isla en donde fue abandonado no estaba lejos de la costa, adonde pudo llegar nadando, con tan mala suerte que al llegar a la playa fue mordido por una tortuga, que le dejó una herida que al infectarse causó su muerte.

Otra de mis vidas, de gran éxito entre los presentes a la sesión de regresión fue la de Kenosuke, un samurai del señor Toshiuda, a quien le fue encargado durante la era Meiji hacer los preparativos para recibir al shogun y al embajador norteamericano, demostrando tan poca capacidad para la tarea que el maestro de ceremonias venido de Yedo se quejó ante Toshiuda de que Kenosuke “era un tonto”. Toshiuda mandó llamar a su samurai, y le ordenó seguir las órdenes del maestro como si fueran las suyas propias. La primera orden del severo maestro fue “que dejara de ser un tonto”. Kenosuke pensó durante la noche en cómo obedecer la orden y solo se le ocurrió una salida para dejar satisfecho a su señor. Al amanecer cometió el suicidio ritual sepuku. Tal gesto mereció la admiración del maestro, quien reconoció que efectivamente había dejado de ser un tonto, y la del señor Toshiuda, quien enterró con honores al samurai fiel, honorable, pero tonto.

Otras vidas incluyeron un soldado portugués muerto la víspera de una batalla por un golpe asestado por una bacinica, según confirmó después el físico del batallón; un oscuro maestro sufí llamado Abu Navid el Apócrifo; y un hijo de hacendado en Mérida que cometió el error de ganar una partida de cartas al famoso bandolero “Mundofeo”.

A todo esto, el misterio de la tontería sigue sin resolverse, la teoría del castigo arrastrado por múltiples vidas queda descartada, así como la teoría de que solo muerto se me acabará lo tonto, porque como ya hemos visto, esto seguirá hasta mi próxima vida. 
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