viernes, 15 de enero de 2021

El microchip



Las primeras noticias del año 2021 se refieren al inicio de la vacunación contra el Coronavirus. Y en estos días es cuando aparece la gente que tiene miedo de que le inyecten un microchip disfrazado de vacuna contra el coronavirus. Cuando leo una de esas cosas que me envían como cadenas en las redes sociales me da vergüenza ajena y pienso qué voy a decirle a los extraterrestres cuando me secuestren y me pidan contarles sobre la gente de mi planeta. Afortunadamente tengo un generador de ucronías que todavía funciona y me permite saber que es lo que pasaría si en realidad se pudiera inventar un microchip que se pueda inyectar con una jeringa. A continuación, como primicia mundial, les presento cómo será la vida con un microchip insertado dentro de cada uno de nosotros. 

A mediados del año 2021, se anunció que los primeros microchips intracorporales ya están listos para su distribución. Como suele ocurrir, los primeros en probarlos son los ricos y famosos, que brindan entrevistas para mostrar las ventajas del chip. Son seguros en caso de secuestro, pues pueden enviar señales de localización, y se les puede rastrear igual como se hace con los teléfonos móviles. Pueden servir como identificador, eliminando la necesidad de cargar con documentos de identidad y tarjetas de crédito. 
Como consecuencia, muchas personas hacen cola en los centros de distribución para inyectarse la moda del microchip. Pronto salen al mercado los artefactos compatibles con el chip intracorporal. Puertas de garage, sistemas de iluminación y aire acondicionado, televisores y sistemas de sonido activados al detectar la cercanía del microchip, con los ajustes personalizados dependiendo de la persona. Pero como siempre, una cosa es lo que dice la publicidad y otra muy diferente es lo que pasa en la realidad. 

Salgo a la calle con mi microchip a hacer las compras de la semana, para enterarme cuando ya estoy en la cola de la caja que mi microchip no es compatible con el sistema de caja del establecimiento. Lo siento, nuestro sistema es IOS y usted tiene microchip Android, me trata de explicar la cajera cuando le estoy haciendo un escándalo por no aceptar mis compras. Otro cliente en otra caja se queja de que le han hackeado el microchip, mientras la cajera le dice que tiene que cambiar de microchip, porque el sistema no lo lee. 

Al llegar a casa, veo en los noticieros sobre el último hackeo de Anonymous a los microchips, han divulgado el historial de ubicaciones de miles de personas, incluyendo a autoridades y respetable gente que ha estado en lugares nada respetables. 
Cuando al otro día le comento este tipo de noticias a un compañero de trabajo, este me dice que esas noticias son totalmente confiables, incluso su esposa ha descargado el programa de rastreo de microchips, y lo ha cargado con sus datos. Ahora no puede escaparse de la casa ni decir que se queda tarde en el trabajo, porque su mujer tiene su ubicación controlada a todas horas. Ese maldito microchip me ha desgraciado la vida, concluye. 

Otro de los problemas del microchip es que, como ha sido introducido al cuerpo por el torrente sanguíneo, puede salir de la misma manera. Hay noticias de personas que han donado sangre y su microchip ha terminado en el cuerpo de otra persona, y han realizado compras a cuenta ajena. En uno de tales casos, la policía fue a arrestar a una persona basándose en la ubicación que le daba el chip, y arrestaron a otra que había recibido la transfusión. Se dice que algunos han expulsado el microchip por alguna lesión con sangrado, o incluso por el sistema digestivo. 

Los chinos también han hecho su versión del microchip, más barato y con mejores prestaciones, y los han empezado a vender en todo el mundo. El intento de los norteamericanos de volver el microchip chino ilegal solo ha hecho al negocio más rentable. Las ventajas del chip chino es su mayor capacidad de memoria y la capacidad de apagar el microchip mediante un app. Cuando las autoridades se dieron cuenta, encontraron personas con más de un microchip, cada uno con datos personales diferentes. 
Apareció así la clonación de microchips. En una operación policial se encontraron traficantes que llevaban en su torrente sanguíneo decenas de microchips. 

Mientras tanto, yo sigo luchando para que en algún establecimiento puedan leer mi microchip. Tienen que pasarme la maquinita lectora varias veces y siempre sale error. Cuando voy a reclamar, me dicen que por error me han puesto el microchip de mi perrito. El funcionario que me atiende me dice que aproveche para pedir un seguro o un crédito bancario, porque si mi microchip se lo pusieron al perro, los bancos y las aseguradoras creen que yo estoy la mayor parte del tiempo en mi casa y solo salgo al parque un par de veces al día, y ese tipo de personas son las que obtienen los mejores créditos y seguros de vida. Al final, me dicen que no pueden solucionar mi problema porque los microchip para reinstalar se han agotado, y no van a llegar hasta el otro mes. Lo que pueden hacer, me explicar, es inyectarme un chip provisional, que dura un mes, hasta que llegue la nueva remesa. Cuando salgo, entro a un comercio para probar, y recibo una respuesta que ya no me sorprende: “Lo siento, señor, no podemos atenderlo, el chip que usted tiene es una versión antigua, nuestro sistema solo atiende chips con la versión de hardware 4.0 o superior”. 

Con cosas como estas, sé que debería sentirme mal, pero me consuelo pensando en todos aquellos que están empezando a aparecer tumbados en la calle, y que son atendidos por empleados desmotivados que solo explican a los transeúntes “Es que se le cayó el sistema a su chip”.

miércoles, 6 de enero de 2021

El reencuentro olvidado



No soy de las personas que recuerdan todos los nombres y caras de la gente que conocen. Dentro de mi entorno de barrio, los cambios, mudanzas y transformaciones han sido tan frecuentes que me perdido el rastro a muchos conocidos. Y en lo que respecta a mi trabajo, es usual formar equipos que durarán unos cuantos meses hasta que el proyecto termine y me integre a otro equipo. Puede ser que encuentre entonces en un nuevo entorno con personas con las que he tenido anteriormente contacto. Por eso me suelen suceder esos episodios embarazosos en que otra persona me saluda con entusiasmo y hasta se lamenta de no contar conmigo en su propio equipo, mientras yo trato desesperadamente de recordar su nombre y de dónde nos conocemos, hasta que alguna palabra de la efusiva bienvenida me da una pista que desenrede el hilo de esa madeja en que se ha vuelto mi cerebro.
 Como esto me ha sucedido no una, sino varias veces, ya estoy más o menos acostumbrado a este tipo de escenas, aceptándome a mí mismo como alguien que no se acordará de la mitad de las personas que ha conocido en su vida. Para lo que no estaba preparado era para lo que me sucedió hace algunos meses, que es la historia de este cuento.

Cuando todavía podía encontrarse mucha gente en las calles que paseaba solo por el gusto de hacerlo, sin necesidad de mascarillas que hacen hoy tan difícil identificar a alguien conocido, escuché en una tarde perdida una voz que me saludaba cálidamente. Al voltear a ver el rostro de quien me llamaba vi una cara con una sonrisa que activó el modo de búsqueda en mi cerebro. Evidentemente conocía a esa persona, pero no podía recordar su nombre ni circunstancia alguna en nos hubiéramos conocido. Respondí con un “Hola” automático que escondió muy bien mi falta de memoria, como ya he hecho antes en situaciones similares, y esperé una respuesta que me traiga el recuerdo correcto para identificarla. Ella siguió la conversación con un par de comentarios atemporales que no ayudaron en nada, pero que me dejaron en claro la verdad. Ella tampoco podía recordar quién era yo, y trataba, al igual que yo, de que una palabra mía le refresque la memoria. 

Durante un par de minutos sostuvimos una conversación tan impersonal como amena, sin que nadie mencione el nombre del otro, sin que ninguno de los dos admita que no lograba recordar con quién estaba hablando. Lo único que sacamos en claro era que ambos efectivamente nos habíamos conocido alguna vez y que nos habíamos llevado bien, a juzgar por la sonrisa de viejos amigos que teníamos los dos. Yo le dije que había sido un gusto verla, y ella remató con un “Ya nos veremos por ahí” antes de alejarse y perderse nuevamente entre la multitud. 

No pude recordar después nada de ella, solo una vaga sensación, más que un recuerdo, de que ella tal vez vivía en algún lugar no lejos de mi casa. Este episodio me dejó varias cosas en qué pensar. Primero, que no soy el único despistado que olvida a la gente que no ve todos los días, lo que me causó cierto alivio. También estaba la cuestión de cómo es que terminamos conversando.Tal vez mi rostro le activó cierta parte del cerebro, y ella me saludó como un acto reflejo y después no pudo más que seguirme la corriente. Luego, me puse a pensar qué pasará si nos volvemos a encontrar otra vez. ¿A alguien más le ha sucedido algo como esto, o yo soy el único tonto?

lunes, 28 de diciembre de 2020

Balance del año 2020



Este ha sido el año en que aquellos que decían frases como “Vive cada día como si fuera el último”, o “de algo hay que morirse” han tenido que reconsiderar seriamente sus palabras. Si algún lugar común es aplicable, será decir a todas las víctimas del coronavirus que se contagiaron por divertirse en una fiesta, que efectivamente, nadie les quitará lo bailado. 

Los que gustan de hacer predicciones apocalípticas también han quedado con los crespos hechos, pues lo que amenaza acabar con la humanidad no ha sido un meteorito, ni una explosión nuclear, ni una invasión de aliens. Peor aún, este fin del mundo no se parece en nada a lo predicho en la Biblia, sin importar lo mucho que se intente dar vuelta a las palabras allí escritas. A propósito ¿Qué habrá pasado con aquellos que decían que todo estaba predicho en las centurias de Nostradamus? 

En cambio, para los que creen en teorías conspirativas, este ha sido su año. Si hemos de creer lo que se dice en internet, los chinos crearon un virus en un laboratorio con apoyo de los americanos, y lo han transmitido a través de las redes 5G, para que Bill Gates nos inserte un chip dentro de una vacuna y pueda dominar el mundo. Si esto es cierto, la guerra fría entre Estados Unidos y China es puro cuento, y la vacuna de los rusos no existe, sino que es pura propaganda comunista. 

En lo que sí todos parecemos estar de acuerdo es en que este ha sido un año para el olvido. Nos ha hecho falta el Doc Brown y su coche que nos lleve al pasado para arreglar lo que sea que haya salido mal para no estar como estamos. Ya no pediremos matar al bebé Hitler ni volver a ese día nefasto en que elegimos a ese presidente, queremos encontrar a ese chino que lo empezó todo y dejarlo amarrado en medio de la carretera en plena hora punta del tráfico de camiones. 

Al menos este año, los pesimistas han ganado la partida a los optimistas. Los que veían el vaso medio lleno han visto cómo se vaciaba rápidamente. Recordemos cómo al inicio del encierro obligatorio decían que saldríamos en poco tiempo convertidos en mejores personas, más conscientes con el mundo y con la humanidad, que ahora sí a aprenderíamos la lección, en un ánimo de esperanza que no se veía desde el verano del amor de los 60s. Ahora nos preguntamos qué es lo que en realidad hace falta para que aprendamos, después de esto. 

Ahora vemos el paisaje citadino con otros ojos. En mi caso, con lentes empañados por el uso de la mascarilla. Al principio creía que tras los rostros semiocultos por la mascarilla había rostros que se reían de mí, o caras con gestos de desaprobación, incluso de desagrado. Luego caí en la cuenta de que la gente sigue siendo la misma y si les quitara las máscaras, seguiría viendo en las calles la misma inexpresiva cara de palo que siempre he visto. 

Algo que no sé si celebrarlo o no, es la comprobación es que en materia de educación política, las distancias entre nosotros y Estados Unidos se han acortado muchísimo. Y no es que nosotros hayamos progresado, sino que las noticias que han venido de USA este año son iguales a las que tenemos cada vez que hay elecciones en nuestro país. Invocaciones a la amenaza izquierdista, el candidato que no quiere aceptar su derrota, denuncias de fraude, llamados a “defender la democracia”. Me pregunto si los migrantes que pasaron por esto antes de ir a vivir en los EEUU se sentirán más en casa después de esto. 

Este año he descubierto que las tendencias en Twitter son un buen indicativo de lo interesante que está la situación en mi país. Si al ver la lista de tendencias veo solo hashtags sobre grupos de pop coreano, puedo confiar en que nada interesante ha pasado por aquí. Así, empezaremos el próximo año con esperanza, pero también con el miedo a que llegue alguien y nos diga que ahora sí, recién ahora van a empezar los malos tiempos.

lunes, 21 de diciembre de 2020

Carta a Papa Noel


Estimado Santa, 

Antes que nada, quisiera que arreglemos lo que pasó el año pasado, en que la burocracia navideña me impidió recibir mi merecido regalo, yo que me había portado tan bien. Al parecer la tramitología y la logística navideña no está funcionando por algún sitio, porque a mi carta del año pasado me llegó una respuesta diciendo que por motivos de reorganización, la atención de mi carta había sido asignada a los Reyes Magos, y que debía redireccionarla a las instancias correspondientes. Tú ya me conoces, yo soy respetuoso de las normas, así que tal como indicado, envié nuevamente mi carta con atención a los Reyes Magos de Oriente, con el resultado de que mi carta fue nuevamente rechazada en Mesa de Partes, diciendo que no habían recibido instrucción alguna para atender mi caso y que aún estaba yo asignado a Papa Noel. De nada sirvió reclamar, mandar memos a las instancias superiores, y amenazar con pasarme a las celebraciones de Hannukah, porque al final no recibí nada. 

Bueno, ya lo pasado, pasado, y este año, espero que ya se haya arreglado el organigrama celestial y la asignación de personal para atención navideña. No estaría de más recordarte que revises tu carpeta de spams, algunos conocidos míos se han estado quejando de que no has leído sus cartas, y han recibido el regalo genérico de un par de calcetines, que es como decir “no has especificado nada, así que toma para que no fastidies”. 

La lista de buenos y malos también parece que la hubieras subcontratado a alguien sin experiencia, a juzgar por lo visto el año pasado. No quiero pecar de chismoso, pero si yo te contara lo que sé de algunos que han recibido buenos regalos, te caes de espaldas y reclamas que devuelvan todos los regalos que han recibido desde la década de los 80. 

Espero entonces un buen detalle de tu parte para mí y para todos los míos, tú sabes que aquí la mayoría de la gente es buena y se porta bien, sin contar que por ser peruano me corresponde un bono por lo aguantadores que somos, eso es más que sabido. 
En cuanto al regalo, no pido mucho. Que tengamos trabajo, que haya felicidad de esa que no se compra en las tiendas, y que los maleteros, picones y mala leches se tomen un año de vacaciones. El resto, las cosas materiales, ya se las encargué al amigo secreto, que a estas horas ya debe estar bien aleccionado, y a mis amigos y familia, que dan de todo y si no, se lo inventan. 

Muchos saludos y Feliz Navidad a ti también. 

YO.

lunes, 14 de diciembre de 2020

El perdido arte de dedicar una canción



“Ahora, quiero dedicar esta canción a xxx que me está escuchando…”

Hace tiempo, escuchar esta frase era común en cualquier reunión, o en algún restaurante con música en vivo, antes de empezar una canción que todo el mundo conocía y que posiblemente no tenía nada en común con el destinatario más allá del título o algún detalle secundario. En ese momento, y hasta ahora, el dedicar una canción es el mínimo y más fácil sustituto a una serenata o a escribir una canción. 

El dedicar canciones, como casi todo, ha cambiado con el tiempo y el avance de la tecnología. Antes, para hacerlo, uno tenía que llevar los músicos hasta el balcón de la destinataria, y gastarse la garganta para hacerse escuchar entre el ladrido de los perros, las quejas de los vecinos y los gritos del padre amenazando con traer a la policía. Una vez conocí en un congreso a una persona que me contó que su padre le llevaba serenata a su futura esposa para enamorarla, con ayuda de unos amigos de la universidad. El asunto resultó tan bien que terminaron casándose y convirtiéndose en sus padres, y en cuanto a los amigos, se dedicaron a la música de manera profesional, con el nombre de Los Kjarkas, así que esta persona podía decir con orgullo que su padre le llevaba a su madre a Los Kjarkas para darle serenata. ¡A ver quién supera eso! 

El problema con dedicar canciones es que se debe escoger muy lo que se va a dedicar, y no caer en las canciones que todo el mundo dedica, y que por lo mismo, ya no significan nada especial. Hace tiempo, con ocasión del día de la madre, asistimos a un almuerzo en un conocido local. Como suele suceder en estos acontecimientos, el local estaba lleno a reventar, con mesas animadas donde se juntan las generaciones celebrando el día el que nuestras respectivas progenitoras no tienen que lavar platos ni recoger la mesa. En el local en cuestión tenían a un conjuntito musical compuesto por un organista y dos cantantes, que hacían su trabajo a pesar de que cada mesa parecía estar mas ocupada en sus propias conversaciones que en la música que tocaban. Bueno, por lo menos había un tonto que escuchaba de vez en cuando. Ya saben, el tonto era yo. El conjunto en cuestión interpretaba el clásico repertorio "dedicado a mamá" que escuchamos todos los años, a saber: "Corazón de Dios" (Madrecita linda, corazón de Dios...), "Amor Eterno" y dos o tres canciones más. Como las canciones para la madre son en realidad pocas, estas canciones eran intercaladas con otras que eran precedidas invariablemente con la frase "Esta canción va dedicada a todas las madres". El problema era que atendiendo a las letras de las canciones, las mismas no eran muy dedicables que digamos. Canciones como "Mamarracho", u "Odiame" como que no cuadran del todo en la ocasión. Incluso el tema de Juan Gabriel "Amor Eterno" no me parece como para cantárselo a mi madre en un almuerzo, pues se trata de una canción para una madre que ha fallecido. Si fuéramos consecuentes resultaría algo así: - Escucha, Madre, esta canción tan bonita, no puedo esperar a que te mueras para poder dedicártela... 
 Mi padre, con más sentido en estas cosas, por ejemplo, se molestaba cuando le cantaban "Mi Viejo": - No me cantes esa canción, que es para viejos!!! 

No, pues, para dedicar una canción hay que saber, para no meter las cuatro. Mi padre me contaba en alguna ocasión de una radio en la selva que hacía dedicatorias tales como esta: - Esta canción va con mucho cariño de parte de su esposa para Don XXX, que está en el monte: "Que te coma el tigre" 
 Las serenatas hoy son una actividad casi extinta, que no ha podido revivir ni siquiera en esta época de pandemia, en donde se han visto tantas comunicaciones inter balcones. Lo que se había utilizado en su lugar son las sesiones de karaoke, en que uno escoge una canción y se la dedica a alguien como muestra de amor desafinado. A mí no me pregunten si funciona, porque nunca lo he hecho, aunque varios me han visto cantar con tanto sentimiento que aseguran que alguien de la concurrencia tenía que darse por aludida.  

Otra forma musical de demostración de amor era dedicar una canción por la radio, o mejor aún, por televisión, a la persona amada, al padre o a la amistad con quien se quería “algo más”. El problema era que la persona tenía que saberlo por anticipado y estar pendiente de la mención, pues en un momento de distracción el momento podía perderse irremediablemente. Hasta hace poco había programas de videos musicales que aceptaban dedicatoria, y en donde podían verse patinadas épicas como Shakira cantando "Bruta, Ciega, Sordomuda" y abajo una cinta que decía "De Paquito para Yessy" o algo por el estilo.
 Ahora es muy fácil usar el internet para dedicar una canción o todo un playlist de Spotify, con lo que se ha perdido mucho del significado de dedicar una canción, al punto de que mucha gente considera esto como algo obsoleto y anacrónico. Esta facilidad hace también mucho más fácil meter la pata, dedicando un reggaetón de esos que dicen cosas como “Agresiva me choca, grita como loca, mientras la devoro ella se toca”. ¿De verdad habrá gente que le dedica a alguien un reggaetón?
 Se pueden encontrar en internet listas de canciones que NO se deben dedicar a nadie, debido al contenido de sus letras, y que incluyen canciones muy conocidas como “Roxanne” (canción de amor a una prostituta), “Every Breathe you Take” (acoso, relación tóxica) o “You’re Beautiful” (acoso callejero). 

La gente que dedica canciones en estos tiempos la suele pasar por whatsapp u otra red que permita mensajes privados, aunque si son como yo, deben rescatarla de entre la marea de videos dizque graciosos, fotos de gatitos y fake news que llenan mi celular a diario. 

Y al final, o lo más importante: ¿Qué piensa la persona a la que le dedican la canción? ¿Se sentirá identificada? Si es que no le da importancia al gesto y sólo tienen un desganado “Ah, qué bien” al escucharla, no me lo digan. Si alguien pasa horas buscando la canción perfecta para dedicar y dedica una joya poco conocida para que la aludida no se fije en la letra ni en la hermosa armonía, no quiero saberlo. En serio, déjenme con mi ilusión.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

El columpio



De todos los juguetes, el columpio es el que más daño hace a las esperanzas de los niños. Comienza primero sentándose cómodamente y alguien que te da un pequeño empujón. Si así quedara la cosa, no habría daño, pero no es así. Uno quiere más. Quiere llegar más alto, balancearse más rápido. Por un momento, menos de un segundo, crees que estás volando a gran velocidad, pero en realidad no te estás moviendo de tu lugar, es todo una ilusión. No estás volando, no estás cayendo, no estás avanzando, cuando retrocedes tampoco te mueves de tu sitio en realidad. Cuando el niño baja, cree que ha volado y que ha hecho un viaje a gran velocidad, cuando en verdad todo aquello ha sido solo una ilusión. ¿Quién podrá después evitar decepcionarse? Claro, cuando uno es muy pequeño no se da cuenta de esas cosas y piensa que en la vida real podrá volar, y avanzar velozmente, porque ya olvidó que la mitad del tiempo estuvo bajando y regresando a su mismo sitio. Cuando uno se hace mayor recién se da cuenta de lo tonto que era todo esto, y se pone triste, pensando en lo que será el resto de su vida en un mundo que es como ese columpio que lo ilusiona por un momento, pero que al final le devuelve los pies a la tierra.

domingo, 29 de noviembre de 2020

Yo, lector


Hubo una vez, en un pueblo pequeño en donde Dios había decidido que la maravillosa vista del mar debería compensar todas las demás carencias, una mujer esperaba un hijo. Los doctores le dijeron que el embarazo estaba comprometido, por lo que le recomendaron guardar reposo. Esto, obviamente, era más fácil decirlo que hacerlo, habida cuenta que habían otros dos pequeños que cuidar y el esposo estaba viajando continuamente a la capital buscando un trabajo que les permitiera mudarse. La mujer continuó haciendo su vida normal hasta que los malestares la pusieron realmente en riesgo. Obligada a guardar cama, sin que la dejen ver a sus otros hijos ni a la pariente que vino a casa a ayudar en las tareas, se vio obligada a coger un libro, uno de esos que por su tamaño y su peso imponen respeto y hasta miedo de emprender la lectura. El libro fue despachado en apenas tres días, y toda la familia se dio a la tarea de buscar otros libros para que leyera. 
Al cabo de pocos días, en su cuarto había dos enormes pilas de libros, una de los que ya había leído y otra de los que aún le faltaba leer. Se dice que por allí pasaron El Quijote, Las Mil y una Noches, El Conde de Montecristo, los nueve libros de Herodoto, Balzac, Julio Verne, tragedias griegas, novelas del Siglo de Oro español y colecciones varias de literatura, además de muchas novelitas románticas de Corin Tellado y cuanto periódico llegara al pueblo. Como si hubiera sido adrede, el parto se adelantó hasta justo el día en que ya no quedaba en el pueblo libro que no haya pasado por su habitación. Después del nacimiento, ya sea por las labores propias de la maternidad o por falta de algo nuevo que leer, la compulsión lectora cesó para siempre. La familia consideró el evento como una versión algo rara de los clásicos antojos de embarazada, opinando que era el bebé quien en realidad leyó todos esos libros, por lo que nadie se extrañó cuando el hijo aprendió a leer antes de lo usual y no podía salir a la calle sin leer en voz alta todos los carteles y anuncios que veía. 

En cuanto al niño, que terminé siendo yo, mantuvo la avidez de la lectura, impulsado por sus padres y la competencia con sus hermanos, que luchaban por terminar el libro antes que los otros para narrar el final a los demás. Con el tiempo, adquirí la habilidad de leer con rapidez comics y revistas en los estantes de las librerías para terminarlos antes de que el dueño se diera cuenta de que estaba leyendo gratis y que no pensaba comprar nada. El bus también se convirtió para mí en una biblioteca ambulante. Me sentaba o incluso me quedaba de pie junto a quien estuviera leyendo una revista o libro para leer durante el viaje. 
Cuando la situación económica, aún muy comprometida, lo permitió, me trasladaron a un colegio que tenía una biblioteca muy surtida. Fue uno de los descubrimientos que cambió mi vida. Allí leí por primera vez a Borges, Vargas Llosa, Vallejo y Goethe. Recuerdo que durante las vacaciones extrañaba la biblioteca y sus libros, y al volver a clases emprendía furiosas sesiones de lectura para saciar el síndrome de abstinencia. 

En la universidad, ya me consideraba un lector muy competente, hasta que conocí gente que me decía que lo había estado mal toda mi vida. Los libros, me decían, estaban hechos para ser subrayados, anotados y comentados. Esto para mí era casi una herejía, acostumbrado como estaba a compartir libros con mis hermanos o tomarlos prestados de las bibliotecas. Mi mérito era más bien conservar los libros limpios y sin señas de que alguien hubiera pasado por allí, para que el siguiente en leerlos tuviera la misma sensación de descubrimiento que yo tuve. Había también gente que se escandalizaba al saber que yo no había leído a Sartre, ni a Marx, profesores que urgían a sus alumnos a leer a Lenin. Una vez alguien me alcanzó una lectura de Stalin y me causó tal desagrado que no pude comprender la adoración que causaba en otras personas. Consideré suficiente las lecturas de Bertolt Brecht en la biblioteca de mi escuela y nunca volví a leer esa literatura panfletaria de izquierda que se empeñaban en pasarme. Afortunadamente, también había algunos aficionados a la ciencia ficción, a cuyo grupo me agregué con entusiasmo. 

La biblioteca de la Facultad de Ingeniería se volvió también el lugar a donde quien me buscaba podía encontrarme. Tomaba entonces los libros de los cursos que llevaba, pero me detenía mucho tiempo también en aquellos que narraban la historia de la ciencia y la técnica. Algunos compañeros encontré que compartían mi gusto por la literatura, y el afán competitivo propio de la Universidad nos hacía vanagloriarnos de los libros que habíamos leído. A quien enseñaba orgulloso "El Lobo Estepario", otro respondía con "Crimen y Castigo", y a quien presumía de haber leído "La Divina Comedia", respondía con "Fausto". No faltó en ese tiempo quien me recomendara un curso de lectura rápida. Aunque yo puedo leer bastante rápido, siempre tuve miedo de esos cursos, temiendo que la rapidez me quite el placer de la lectura. Ignoro aún si los que han seguido tales cursos pueden gobernar su velocidad de lectura, dependiendo de si leen por placer o necesidad. 

De vuelta al mundo real, el trabajo se hizo tan exigente que no dejaba tiempo para nada. El periódico dominical me duraba varios días, de tan cansado que llegaba a dormir. Poco a poco fui mejorando y cuando quise volver a tomar el hábito de la lectura, descubrí que todos parecían estar leyendo libros de autoayuda. Con solo hojear uno de esos libros, sentí lástima por los lectores. Después de haber leído “El Aleph” simplemente no podía descender a esas pobres imitaciones. A todos los que leían a Paulo Coelho les recomendaba “El Nombre de la Rosa”, y a los que leían “Caballo de Troya” les recomendaba “El Evangelio según Jesucristo” de Saramago. Con algunos tuve éxito. 

Ahora ya no leo tan vorazmente como antes, aunque tengo algunos libros a los que regreso. Aunque tengo una tablet en la que descargo algo de vez en cuando, no es lo mismo, porque no me es tan fácil regresar páginas para entender mejor, que es algo que hago mucho con los libros de papel. Todavía soy incapaz de tomar un lápiz para profanar un libro y anotarlo, o peor aún, subrayarlo, perversión de fanáticos religiosos que tienen su biblia llena de líneas con colores fosforescentes. Tampoco he logrado nunca terminar un libro de Cortázar, aunque respete a quienes lo han logrado. No sé todavía si soy un buen o mal lector, creo que simplemente soy un lector.
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