domingo, 20 de agosto de 2017

La creación del mundo


Yo lo sé, porque Él me lo dijo. Dios creó los cielos y la tierra, y colocó al hombre para que la cuidase. Pero algo pasó. El hombre se corrompió y destruyó la Tierra. Apenado, Dios destruyó su creación para empezar de nuevo. Esta vez hizo al hombre menos poderoso para que no destruyera todo. Pero se multiplicó rápidamente y su muchedumbre agotó la Tierra hasta destruirla. Con gran pesar se vio obligado nuevamente a destruir otra vez cuanto había creado. Esta vez hizo al hombre en un clima más frío para que no se reprodujera con tanta rapidez, y las mujeres solo tenían un hijo a la vez. Pero ellos crearon máquinas que mataban a todos los animales y a ellos mismos. Avergonzado, destruyó todo por tercera vez, porque no es bueno que se sepa que Dios se ha equivocado tan gravemente. Tal vez la siguiente vez pueda sentirme realmente orgulloso de mi creación, pensaba. Así que hizo al hombre insignificante y débil, con apenas la chispa de inteligencia necesaria para sobrevivir. Esta vez parecía que resultaría, el hombre fue bueno por un tiempo, pero nuevamente se fue pervirtiendo y a reclamarle por qué no lo hizo más poderoso, más resistente, más duradero. Poco a poco se fue apoderando del planeta, destruyendo todo lo que hallaba a su paso. Dios estuvo a punto de destruir toda la creación una vez más, pero se detuvo. Ya no quería pasar por el trance de crear todo el universo nuevamente. Sintió pena de sí mismo. Ahora se dice a sí mismo que lo mejor es dejar que el hombre se dé cuenta de sus propios errores antes de destruir el mundo, y que el castigo para los malvados es el seguir viviendo, sin un fin del mundo que acabe con su miseria. Eso fue lo que me dijo, y sé que es la verdad, porque nadie, ni siquiera Dios, puede mentir con una mirada de tan profunda tristeza... 

jueves, 10 de agosto de 2017

Correspondencia



Ellos se escribían, casi que a diario, casi que varias veces al cabo del día. Hasta terminar en algo casi casi que compulsivo, hasta olvidar el motivo que había originado su correspondencia electrónica.

Un tecleo constante a través de un ordenador, sustituto del método “vieja escuela” (papel, sobre, lapicero y sello) pero que, sin embargo, también recorría el mundo, sino uniéndolo, por lo menos acercándolo, hasta casi que casi fundiéndolo en una especie de anulación espacio tiempo.

Sus vidas, sus espacios, sus tiempos se interconectaban como imágenes en movimiento yuxtapuestas, como fragmentos o samples animados de películas o cortos de vida cotidiana No solamente habían olvidado los motivos que originó esa conversación escrita, solamente escrita y salpicada, salutariamente, por instantáneas Polaroid, nunca webcam, que sí se enviaban, estas si, por vía “convencional”. También habían olvidado dónde vivían y desde dónde escribían o enviaban sus fotos.
Muchos años después alguien encontró, apiladas, varias cajas de cartón con correos electrónicos impresos en papel y varias polaroids, unidos, pegados y entrelazados en una especie de álbum de recuerdos, donde al parecer, dos personas, desde una misma habitación, habían intentado comunicarse durante largo tiempo....


Hace mucho que no me dedicaba al noble arte del cortipegado de historias que me hubiera gustado escribir, no por flojera o falta de malicia, sino porque simplemente no encontraba algo digno de colocar aquí. Ahora que lo he encontrado, es mi deber darle una nueva oportunidad a este texto que encontré buscando aleatoriamente otros blogs. Que lo disfruten.

domingo, 30 de julio de 2017

Frases twitteables 44


  • Eso de Papa Noel es solo una leyenda urbana, le dije al viejo del trineo que aterrizó en mi techo.
  • Historia que no ocurrió nunca: Le pregunté a un mendigo cómo le iba el negocio. Fantástico, me dijo, tengo más de 3 mil likes en Facebook.
  • Hubo una vez una mañana tan larga que se hizo tarde.
  • Latinoamérica tiene mucho que enseñar a Estados Unidos sobre cómo lidiar con presidentes que no nos agradan.
  • La Muerte llegó y lo miró. - Por fin vienes por mí. - Pero vine a decirte que no te llevaré conmigo aún, así que empieza a vivir de una vez.
  • Hoy en nuestra clase de geografía: ¿Cómo se reproducen en Las Islas Vírgenes?
  • Encontré al monstruo debajo de mi cama. Él tampoco tenía nada que hacer un fin de semana en la noche.
  • Esa película, que fue un fracaso de taquilla y de crítica, la anuncian hoy en TV como el gran estreno, y tú la ves. Igual en el amor.
  • La pregunta tonta de hoy: ¿Prefieres ser feliz o tener éxito escribiendo sobre tu infelicidad?
  • Algún día se descubrirá que en un universo paralelo las cosas tampoco son como queremos que sean.
  • La tristeza de encontrar un 15 de febrero en la calle un muñeco de peluche roto.
  • A veces uno escucha una canción, se da cuenta de que ya no siente nada y se pregunta qué fue lo que pasó.
  • Yo he visto una lavadora en modo centrifuga, no me hablen de artefactos poseídos por el demonio.
  • Prefiero leer un libro en el transporte público que estar chateando con el celular. Es menos probable que me roben el libro.
  • Oiga, Don Nietzche, sepa que yo que por hacerme más fuerte casi me mato.
  • Si prestas atención en un restaurante, podrás escuchar el ruido de todas las dietas al romperse.
  • En mi defensa, diré que también dice mucho de ti, a quién consideras tonto.
  • Corazón roto que deja los bordes afilados para el próximo que llegue.
  • Leído en una lápida: “No creas todo lo que dicen en los epitafios”.
  • El amor es ciego. – No es cierto, el amor es sordo - me corrigió el invidente.
  • Todo es según el color del cristal con que se mire. - No es cierto, depende del tono en que se escuche - Me corrigió el ciego.
  • Cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana, decía. Ahora está preso por entrar a robar en una casa.
  • Si todos los caminos llevan a Roma, tengo miedo de llegar allá y luego no poder salir.

viernes, 21 de julio de 2017

Comida moderna


Normalmente no soy muy dado a los restaurantes temáticos, los cuales son muy raros por aquí, dicho sea de paso. Recuerdo una sola vez que me llevaron a un restaurante marino musical, para salir decepcionado al comprobar que ni el Frito Páez, ni el cebiche de Calamaro, ni el Joaquín Sardina valían la pena. Pero ahora voy al que se llama a sí mismo el restaurante del futuro, que ofrece una experiencia de ciencia ficción, con atención de la era digital, un sabor adelantado a su época y varias cosas más, así que al menos por curiosidad decido darle la oportunidad. He aquí la crónica sincera de lo que pasó.

Según el que me invitó, no hace falta apurarse, porque la reserva se hace con un app que te permite avisar de tu llegada y escoger tu mesa. Además, el app te conecta con Uber  para que nos recojan a tiempo. Hasta aquí todo iba bien. Claro, hasta que la teoría empezó a darse de cabezazos contra la realidad. Cuando el Uber llegó retrasado alegando que el tráfico había empeorado desde el momento en que se contactó al servicio, supe que sería uno de esos días en los que todo sale mal y me echan la culpa a mí por ser tan salado y por tener al universo conspirando en mi contra.

A nuestra llegada, mis temores fueron confirmados. Mi amigo el que me llevó casi se va a las manos con el mozo que atiende la entrada, quien le dice que tenemos que esperar a que se desocupe una mesa. Según nos trataban de explicar, la mesa que teníamos reservada ya estaba tomada por alguien con el app premium, que tiene atención preferencial. Cuando por fin logramos ingresar, vemos un enorme lugar decorado con todos los clichés futuristas, sin faltar ninguno. Allí estaban las luces de neón, los adornos plateados, las estrellas y naves espaciales, todo. Nos sentamos en unas sillas de estilo mezcla de Bauhaus y Star Trek, que yo, como alguien que se ha sentado en todo tipo de asientos, reconozco como apropiados para sentarse sólo por cortos espacios de tiempo, sólo para la comida sin nada de charla. Yo esperaba que se acercara alguien para tomarnos el pedido, pero mi amigo me explica que el menú y el pedido aparecen en una pantalla táctil en el centro de la mesa, como parte de la misma, lo que es una forma más rápida y segura de pedir, según el app que tengo aún abierto. En el menú aparecen todas las opciones de comida con un nivel de detalle exasperante. Tenemos que expresar que nadie de los presentes es vegetariano en ninguna de las seis o siete variaciones del término, que nadie quiere comida libre de gluten, ni de lactosa, de sal ni de preservantes artificiales. 

Una vez establecidas las reglas procedemos al pedido. Aquí ocurre lo que siempre me ocurre con las pantallas táctiles: no me obedece, marca cosas que no he pedido y se resiste a confirmar mi orden. Mi amigo tiene mejor suerte que yo y logra hacer el pedido. Las opciones que siempre pide la pareja de mi amigo son exactamente las únicas que no aparecen en el menú de opciones de la pantalla: el pollo debe ser parte pierna, la carne en término 75%, el ají debe venir aparte y la lechuga a un costado, que el refresco debe ser natural y no de sobre. Mientras esperamos, explico a mis acompañantes que los que programan las apps y el sistema de pedidos no conocen la idiosincrasia de nuestro país, que siempre es detallista a la hora de comer y que busca las fallas del sistema para poder decir orgullosamente que los chiches de la modernidad no se aplican aquí.

El hecho de que me dejaran terminar la explicación es un síntoma de que algo anda mal, y que nuestra orden se está demorando más de lo normal. La búsqueda de un mozo que nos atienda es otra prueba de paciencia, de la que ya no tenemos mucha. Una de las parejas pregunta por qué no hicimos el pedido desde el app antes de venir, para recibir la respuesta de que en este país nadie sabe lo que quiere comer hasta que llega al restaurante. En eso llega un mozo que nos informa que se ha caído el sistema y que nos va a tomar la orden personalmente. En ese momento empiezo a extrañar los métodos tradicionales al ver que el mozo está mandando la orden por Whatsapp.

Al estar esperando nuestra comida por segunda vez, me asalta la duda. Si este es un restaurante futurista, ¿No nos irán a traer una comida en pequeñas pastillas, como se ve en las películas de ciencia ficción? Mi amigo entra a la sección de preguntas de la app para hacer la consulta y recibe la respuesta en un par de minutos, diciendo que los alimentos son cocinados con microondas de convección, lo que garantiza una cocción óptima conservando el valor alimenticio. No sé por qué, pero esa conversación no me convence.

Cuando estamos a punto de buscar nuevamente al mozo para reclamar por la demora, vemos llegar nuestra comida. Todos entonces comprendemos porqué hay tan pocos mozos. Nuestra orden está viniendo en un dron. Afortunadamente una vida de accidentes me ha dejado rápidos reflejos y ese sexto sentido que me avisa del desastre inminente. Alerto a todos y busco protección debajo de la mesa justo cuando el dron se estrella contra nuestra mesa en una explosión de sopa, ensalada y platos de fondo.

Aquí fue cuando se armó el escándalo buscando al mozo, al gerente, al dueño y a los accionistas del negocio. Lo único que obtuvimos fue que el mozo nos contacte vía video chat con el encargado, quien nos pidió disculpas por el incidente y nos prometió un descuento y un postre gratis en nuestra próxima visita. Mientras mi amigo gritaba para que todos escuchen que nunca iba a volver y que no iba a pagar, nos dimos cuenta que el importe de la comida ya había sido descontado de su tarjeta de crédito a través del app, autorizado por ese asterisco que lleva a las letras pequeñas al instalar el app. Por mi parte, descubrí que también me habían bloqueado el acceso a los comentarios del app, donde pensaba poner toda la historia que estoy narrando aquí.

La velada terminó con todos nosotros sentados en la carretilla de la Tía Veneno, disfrutando de un cebiche como Dios manda, sin nada que nos recuerde que estamos en el siglo XXI. Como debe ser.

miércoles, 12 de julio de 2017

Fábula sobre la igualdad


A raíz de los últimos acontecimientos, diversas asociaciones están promoviendo una marcha en favor de la igualdad, a la que se espera que acudan miles de personas. Yo, como me considero una persona igual a los demás, he decidido unirme, al tiempo que trato de encontrar a tanta gente que en los días normales se desgañita diciendo que es diferente al resto.

Cuando llego, me uno a un grupo que parece animado, con pancartas y polos alusivos. “Hola, amigos, vengo a unirme a su grupo, ahora que todos somos iguales” digo con mi mejor sonrisa. Recibo una recepción glacial. Sólo uno del grupo se digna a contestarme. “Lo siento, señor, todos aquí somos amigos, ¿Por qué no va a otro grupo?”. “Pero si todos somos iguales, para eso es la marcha”. “Búscate tu propia igualdad” escucho decir mientras todo el grupo se va por su lado.

No me dejo amilanar por las circunstancias y veo a varios que todavía no tienen grupo. Una pareja que se está tomando selfies con el fondo de las pancartas es mi próximo objetivo. “Hola, ¿Nos tomamos fotos por la igualdad?”. La pareja parece un poco más abierta y yo les ayudo con algunas fotos. De pronto se me ocurre llamar a más participantes de la marcha para que las tomas salgan más interesantes. Llamo a gente para que se nos una y viene una variedad de gente. Allí aparecen otros problemas. La chica del selfie no quiere abrazarse con un cholito de camiseta raída y tez morena. Acérquense, para que salgan todos en la foto. Obligada, la chica del selfie le da un abrazo que trata de mantener la máxima distancia posible entre ambos. Una vez hecha la fotografía, se acerca a mí y me dice: “Hazme un favor, esta foto no la publiques”.

Ahora llega un grupito con cámaras y equipos profesionales, tratando de reunir a la gente. El jefe, al que reconozco porque en vez de hablar, grita, se me acerca diciendo “Usted, amigo, ¿Qué opina del hashtag #TodosPorLaIgualdad?” “Yo no vine por ningún hashtag, yo he venido por la igualdad”. El jefe no tiene tiempo de contestarme, pues está tratando de juntar un grupo grande de gente que grite su lema. El ajetreo se incrementa cuando llega otro equipo con pancartas de #SomosIguales y yo quedo en medio de los dos grupos, donde la gente que trata de jalarme cada cual para su respectivo lado se trenza en una batalla campal. De nada sirve que yo grite por enésima vez que si es una marcha por la igualdad da lo mismo el grupo con el que esté.

Al final, me veo en el grupo uno de los hashtag y las justo cuando las cámaras empiezan a filmar, irrumpe un grupo de homosexuales escandalosos con pelucas rubias y maquillajes exagerados que atropellan a todos para colocarse en la primera fila. Encuentro al de la camiseta raída que ha encontrado a un par de amigos tan pobres como él, y decido que me van a ayudar a avanzar. Somos rechazados violentamente por el comando gay, que empieza a gritar que somos unos homófobos que los quieren sacar de la marcha. A los que quieren sacarnos del tumulto les digo que la igualdad también es entre ricos y pobres. El vocero de los homosexuales me grita que esa es otra igualdad, que me vaya a hacer mi propia marcha, que esta es por la igualdad de géneros.

Apartado del grupo en el que estaba, comento a uno que está casualmente a mi lado que la igualdad no hace distingos de ricos y pobres, ni de géneros ni de posiciones políticas ni de razas. Una carcajada es la respuesta de mi interlocutor. “Si, seguro que a ti te gustan los negros”. Sólo entonces me doy cuenta de que estoy en un grupo con pancartas a favor de legalizar la mariguana.
Perdido y a la vez mezclado en la multitud, me junto con dos chicas a las que cuento lo que había pasado hasta el momento. Nuevamente mi relato provoca las risas de quienes me escuchan. “¿No sabes que estas cosas son así? No todas las igualdades son iguales. Hay igualdades e igualdades” me dice una de las chicas antes de perderse entre la muchedumbre.

Al final, me pregunto a favor de qué igualdad estamos marchando, porque cada grupo parece tener una propia. En ese momento se me acerca un hombre en túnica con pancarta de símbolos hindúes, felicitándome por mi presencia y diciéndome que todos somos iguales en el universo. Yo soy Adolfo Hitler, le respondo malhumorado, ¿Quieres ser igual conmigo?

lunes, 3 de julio de 2017

Tres tonterías



¿Qué hacer cuanto tienes pedazos de cuentos, opiniones varias y otras cosas inclasificables que son muy largos para el twitter y muy cortas para un post en el blog? Esperar a que se junten unos cuantos y publicarlos como miscelánea o tormenta de ideas. Aquí hay tres de los retazos que tengo acumulados.

....
Un día vi a una persona sobre la baranda del puente, queriendo saltar. Me acerqué e intenté disuadirlo, pero mientras más razonaba de lo bella que es la vida, más determinado parecía a lanzarse. Al final, cansado de tratar de convencerlo, lo empujé al vacío. Es que no quiero que nadie se entere de mis fracasos.

....
Viendo un noticiero de la televisión, me doy cuenta de que lo que se publica en los medios de comunicación es solo una pequeña fracción de la verdad. No quiero poner porcentajes, pero las fracciones van algo así:
- La parte de la verdad que solo conocen los directamente implicados.
- La parte de la verdad que no da rating.
- La parte de la verdad que se sabe pero que no se publica por miedo a demandas legales.
- La parte de la verdad que se oculta para proteger a algún poderoso.
- La parte de la verdad que todos saben pero que nadie se atreve a decir en voz alta.
- La parte de la verdad que no puede probarse.
- La parte de la verdad que no conviene decir al propio medio.
- La parte de la verdad que no es políticamente rentable.
- La parte de la verdad que los medios creen que es falsa.
Y solo al final, queda la parte de la verdad que se publica.

....
Al despertar esa mañana, sobre la banca del parque, acompañado por el olor solitario y solidario de los árboles, Roy Web sintió el espasmo de algún animal a su alrededor. Al instante no supo de qué se trataba. Estaba solo, como desde hace mucho tiempo lo decidió. ¿Qué era? Se levantó y enjuagó su rostro con la neblina que había atrapado sus mejillas y su gran nariz. Otro ruido. ¿Dónde? Roy sabía que a esa hora era peligroso confiar en los sentidos. Por eso dijo con voz baja "dejen de joder". Se alistaba para abandonar el parque cuando lo notó: huellas de aves sobre la tierra todavía húmeda, flores rojas tendidas sobre el asfalto, que él alguna vez llamó buganvilias. Entonces lo supo. Descubrió lo que era. Había caído, en un momento de debilidad, en la nostalgia. ....
(Encontrado en internet, en un sitio al azar que mi navegador no quiso identificar con precisión)

lunes, 26 de junio de 2017

Lo que no te mata



Hace tiempo vivió en Alemania un señor llamado Friedrich Nietzsche, quien concluyó que la dificultad para deletrear o siquiera pronunciar correctamente su nombre era un anticipo de su destino, por lo cual se dedicó al estudio de la filosofía. Algo así como: Si crees que mi nombre es difícil, espera a que leas mis libros. Ignoro si Don Federico estaba al tanto de que solo con ser alemán y además filósofo ya tenía la mitad de la tarea hecha, pero igual se dio a la tarea con un entusiasmo y una disciplina admirables. Fruto de este esfuerzo fue ese famoso libro llamado “Así hablaba Zaratustra”, piedra angular de la civilización moderna, o sea que es un libro sólido, denso, pesado y duro, como corresponde a toda piedra angular que se respete.

El problema es que sus libros, y en realidad sus ideas no son para nada interneteables o fáciles de digerir sobre todo en esta generación que se conforma con Paolo Coelho y la literatura de autoayuda. Lo único que queda son unas cuantas frases, invariablemente malinterpretadas en la red. Por ejemplo, la frase “Dios ha muerto”, ha servido para justificar cualquier cosa en nombre del ateísmo. Pero Nietzsche también desarrolló el concepto del “übermensch”, que es el hombre bueno, cuya moralidad y escala de valores sustituye al Dios castigador y vengativo para impulsar la bondad en las acciones humanas. Lo malo es que la errónea traducción del término y la unión con la idea anterior termina para muchos en el absurdo simplismo de decir que según Nietsche, Dios ha muerto, pero aún nos queda Superman.

La otra frase célebre que nos dejó es “was uns nicht umbringt, macht uns stärker”, pero, claro, como lo dijo en alemán, no le hicieron tanto caso por acá hasta que lo tradujeron a “Lo que no nos mata, nos hace más fuertes”. A esta frase sí le han sacado el jugo los autores de libros de autoayuda, la han exprimido, trivializado, empaquetado y la han vendido como el remedio universal contra las penas. La influencia de esta frasecita sirvió además para cosas tales como crear el guión de todos los enemigos de Gokú, para justificar que aguantemos calladitos un montón de cosas en los últimos treinta gobiernos, y para hacer una que otra burrada a lo largo de nuestras vidas.

Yo no soy un filósofo, ni he estudiado la obra de Nietzsche, pero estoy seguro de que cuando escribió esta frase no estaba pensando en las mujeres con desengaños amorosos ni en aquellos que han tenido un contratiempo en la oficina, como si hubiera gente que de verdad se muriera por esas cosas.

Pero como esta es una página de tonterías, y ya he hablado en difícil un buen rato, me decidí a escribí y a buscar malinterpretaciones de esta frase, para ver si aunque sea por reacción, nos ponemos a investigar un poco que quiso decir Nietzsche cuando dijo lo que dijo:
  • Lo que no te mata, debería.
  • Lo que no te mata, está ganando experiencia para tener éxito la próxima vez.
  • Lo que no mata, engorda.
  • Lo que no te mata, es que falló por poquito.
  • Lo que no te mata, es lo que te dejó hecho una piltrafa.
  • Si lo que no me mata me hace más fuerte, esa diarrea me va a dejar convertido en Hércules.
  • Lo que no nos mata nos hace más fuertes, pero lo que no nos mata, también se hace más fuerte.
  • Lo que no te mata, te deja tan apaleado que luego aceptas cualquier maltrato y terminas diciéndote a ti mismo que eso te fortalece.
  • Lo que no te mata te hace más fuerte, o te deja más tonto.
  • Lo que no te mata, te vuelve insoportable pidiendo likes en facebook.
  • Lo que no te mata, te hará empezar a buscar las esferas de dragón.
  • Lo que no te mata te hace más fuerte, lo que sí te mata, pues ni modo.
  • Lo que no te mata, ya tendrá otra oportunidad más adelante.
  • Lo que no nos mata, nos hace más fuertes, excepto al Coyote, que sigue igual de flaco.
  • Lo que no te mata, te hace pedir tragos más fuertes.
  • Lo que no te mata te hace más fuerte, ahora dile eso a tu hígado.
  • Lo que no te mata, te hace más fuerte. Y yo voy a hacerte más fuerte, y si no lo logro, pues...
  • Lo que no nos mata, nos da excusa para andar presumiendo de que nos hizo más fuertes.
Al final, la moraleja de todo esto es que lo que no nos mata, al menos nos da tema para escribir esta noche…
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