domingo, 15 de octubre de 2017

Escribiendo con la izquierda


Hace un tiempo fue el día de los zurdos. Como me ocurre todos los años, yo no me he enterado hasta que alguien que lo vio en internet me lo recordó. Y como siempre, no sé qué sentir al respecto, ya nunca he considerado mi condición de zurdo como algo que deba ser reconocido y celebrado. Y no es que me sienta diferente por el hecho de usar “la otra mano”, sino porque me parece que tengo muchas cosas más por las cuales ser recordado. Cuando me abandona la modestia, pienso que no es nada fácil encontrar a un ingeniero que pueda hablar con soltura de literatura, música, cine, historia y todas las cosas que saco a relucir cuando el momento es apropiado. Además, para mi, ser zurdo no ha sido nunca una sensación solitaria, siempre he encontrado compañeros de estudios, amigos, y colaboradores zurdos. No hay sitio en el que haya estado como único zurdo.

Y ser zurdo para mí es algo tan natural que no caigo en la cuenta de ello. Son las demás personas las que se sorprenden, se maravillan y empiezan a difundir a los cuatro vientos qué hay un zurdo en la habitación. Es entonces cuando tengo que responder preguntas hechas con mucho, poco o ningún tacto:
- ¿Eres zurdo?
- ¿Cómo se siente ser zurdo?
- ¿Puedes escribir con la derecha?
- ¿Sabes que dicen que los zurdos son más creativos?

Así que tengo que responder o inventar datos o anécdotas sobre la difícil vida de un zurdo que vive en un mundo al revés. Es por esto que escribo estas líneas, con la intención de imprimirlas y repartirlas como volantes la próxima vez que alguien me señale como fenómeno de circo.

En principio, debo decir que hay varios tipos de zurdos, no todos somos iguales. Yo los reconozco por varios detalles, como la forma de escribir. El que agarra el lápiz como si fuera un puñal y escribe con la hoja perpendicular a la mesa, es generalmente es un zurdo ultraizquierdista, que tiene todo el lado derecho inútil, incapaz de usar la derecha para nada. Es este un tipo que no quiero juzgar, porque estoy seguro que existen muchos derechos que podrían perder la mano izquierda y no se darían cuenta, y que pasan desapercibidos porque nadie les pide que escriban con la otra mano, como a nosotros. Hay otros zurdos que pueden hacer algunas cosas con la derecha, ya sea por talento o por presión social. Yo pertenezco a esta categoría. Me han contado, y recuerdo vagamente, que cuando aprendí a escribir o a usar cubiertos, lo hacía con las dos manos indistintamente, y aún después, cuando empecé a jugar tenis de mesa también lo hacía con las dos manos hasta que me decantaba por el uso de la mano izquierda. Ese es uno de las pocas cosas que me hacen sentir especial, el que yo pude, si hubiera querido, ser ambidiestro, y en que soy zurdo por propia elección.

¿Son los zurdos más inteligentes que el resto de las personas? Cuando me hacen este tipo de preguntas, siento que efectivamente, soy más inteligente que el que me hace la pregunta. Pero, yo que he conocido a muchos zurdos, me pesa decir que como con los diestros, los hay inteligentes y también los que son definitivamente tontos. El ser zurdo no es garantía de imaginación o creatividad desbordantes. Tal vez incluso yo me he vuelto imaginativo y creativo por culpa de los diestros, que siempre esperan de mí una idea brillante sólo porque soy zurdo.

Otro tema tópico es el de los zurdos famosos. Los nombres de Charles Chaplin, Leonardo da Vinci (que en realidad no era zurdo sino ambidiestro), Maradona, y algunos más son los que me dice la gente, con el candor de quien cree darme la gran novedad. Yo personalmente, acepto la admiración por Paul McCartney, y el placer de tener algo en común con Scarlett Johanson. Como en todo, hay de todo, y tengo que justificar que Vladimir Putin, George Bush y Osama Bin Laden también escribían con la izquierda.

¿Y los problemas al utilizar herramientas? Aquí si he tenido mi porción de problemas. No tanto al escribir, porque he aprendido a hacerlo sin mancharme mucho de tinta, ni al usar cuchillos, pero si con otros artefactos, como los teléfonos fijos. Pocos saben que los teléfonos están diseñados para diestros que cogen el auricular con la mano izquierda y teclean o escriben con la derecha. Otro problema que tengo es que hasta hoy, y con toda mi experiencia como ingeniero, nunca sé hacia dónde dar vuelta un destornillador para aflojar un tornillo. Al menos una de las pocas cosas que me quedan de mi pasado ambidiestro es poder manejar las tijeras con cualquier mano.

Como se ve, para un zurdo, al menos para este zurdo, las cosas no son ni tan difíciles ni tan color de rosa como cree la gente. Y tal vez por eso es que no soy de la izquierda militante, de esos que quieren que todos se enteren qué hay un zurdo presente.

Saludos desde la izquierda.

jueves, 5 de octubre de 2017

Mi nombre famoso



Hoy me he despertado con ansias de posteridad, con ganas de hacer mi nombre inmortal. Más de uno pensará seguramente que hoy día es muy fácil ser famoso, que para eso existen hoy los videos virales, los memes, los reality shows y los chismes del espectáculo, que en estos tiempos ya no tiene chiste ser famoso, pero eso no es cierto. La fama que obtienen los personajes de internet viven una fama instantánea, quince minutos de fama que se van tan rápido como llegan. ¿Quién recuerda hoy a los que fueron famosos tan solo el año pasado? No, mi fama debe perdurar por siempre, esa fama que traspasa los periódicos y llega a los libros de historia. Aunque en la mayoría de los libros de historia se encuentra gente que llegó allí convirtiéndose en héroe, proceso que implica la muerte en el común de los casos. Hay mejores maneras de eternizar mi nombre. Y no es tan difícil, según veo al investigar un poco y encontrar que muchas de las cosas que vemos en nuestra vida diaria llevan el nombre de su creador. Por ejemplo ¿saben quién inventó el turrón? Pues un barcelonés llamado Turró. ¿Quién inventó el condón? El doctor Condom. Los nombres están allí, clavados en la posteridad. Lo mismo se puede decir del saxofón, inventado por Sax, y de los taxis, que fueron inventados por el príncipe Von Thurm und Taxis.

Leyendo un poco más, encuentro que los griegos antiguos tuvieron más suerte en dejar su nombre dentro del uso diario del idioma. Encuentro a Anfitrión, griego que daba tan buenas fiestas en la antigüedad, que ahora se llama así al dueño de casa en cualquier evento; también a Mentor, que era el maestro del hijo de Ulises. Los antiguos romanos no se quedaron muy atrás y nos dejaron personajes como Mecenas, Tácito y Severo.

Tal vez tenga el ingenio suficiente para inventar un movimiento, como Schubert Gambetta, quien inventó la gambeta, o aquellos que le dieron su nombre a la maniobra Heimlich o la llave Nelson. Tal vez tenga que descubrir algo para darle mi nombre, como Dahl, que difundió la Dalia en Europa.

Por otro lado, hay famosos desconocidos. Mi investigación encontró que Kame Hame Ha no es en realidad ese golpe que asesta Gokú a sus más poderosos enemigos en la serie Dragón Ball, sino un personaje real, que fue el unificador y primer rey de las islas Hawaii.

Pero así como estoy, creo que es más probable que mi nombre acabe usándose para designar una enfermedad, y termine junto a Alzheimer o Tourette. ¿Verdad que daría mucho miedo padecer del “Síndrome del Tonto de la Colina?

martes, 26 de septiembre de 2017

La historia del Rey Midas


En el tiempo en que los dioses aún se dejaban ver por la gente, vivía Midas. Era este un joven pastor que sobrellevaba su pobreza con dificultades, y que soñaba con el golpe de suerte que le diera la riqueza y la felicidad. Un día llegó al pueblo diciendo que los dioses habían concedido su deseo. La gente que le conocía no le hizo mayor caso, pensando que era esta una nueva manera de llamar la atención, acostumbrados a los falsos ciegos y a aquellos que contaban historias fantásticas a cambio de alguna moneda.

Cansado de gritar sin que nadie le prestara atención, tocó con sus manos un vellocino de oveja de un pastor que pasaba y lo convirtió en oro. En pocos minutos ya había una muchedumbre contemplando el prodigio. Midas trató de empezar a contar la extraña historia de cómo un dios le concedió el poder de convertir en oro todo lo que tocara. Pero nadie parecía querer escuchar el relato, todos se agolpaban exigiendo nuevas demostraciones del maravilloso don.

Al atardecer, todo el pueblo estaba en la plaza, festejando a Midas. Los ancianos sabios decretaron que ese poder lo hacía acreedor al título de rey. A la mañana siguiente, ya estaba Midas instalado en el palacio con una corona en la sien. Su responsabilidad real, le explicaron, era compartir sus dones con su pueblo convirtiendo en oro las posesiones de sus habitantes. Con ese oro, decían, incluso ese pobre pueblo podría convertirse en una potencia y conquistar a toda Grecia.

Esa mañana aparecieron los parientes de Midas: tíos, primos y toda clase de parientes que jamás había visto llegaron para reclamar derechos familiares cargando toda clase de objetos que Midas no se negaría – decían – a convertir en oro. También llegaron viejos amigos, vecinos y antiguos amores que Midas no lograba recordar a pesar de todos sus esfuerzos. Asesorado por los sabios, Midas los despidió sin recibirlos. Amigos y parientes rechazados se unieron para decir a quien pudiera escucharlos que los dioses habían cometido un error dando dones a quien no lo merecía, que Midas se había corrompido por su nuevo poder, y que tal vez esos eran poderes malignos que condenarían al pueblo con su riqueza maldita.

Eran tantas las emociones recibidas en tan poco tiempo, que Midas no podía detenerse a pensar. Por todos lados y en todo momento aparecía alguien queriendo ofrecer un objeto que transformar, gente que quería aconsejarlo a cambio de la riqueza que a él tan poco le costaba, sin dejarlo siquiera un instante a solas y en calma.

Así llegó el mediodía y unos criados que no conocía le anunciaron que debía estar en el gran banquete en su honor que daría a todo el pueblo. Midas se vio arrastrado a una enorme mesa llena de gente, con todos esperando que pruebe el primer bocado para iniciar el banquete. Midas cogió un pedazo de carne y vio con horror cómo se convertía en oro antes de llegar a su boca. El líquido de una copa se solidificaba en sus labios, los alimentos se tornaban duros e incomibles, pero nadie parecía darse cuenta, todos comían, festejaban y tomaban cuanto Midas tocaba, celebrando la riqueza y haciendo planes de conquista amparados en el nuevo poder económico.

Midas trató de llamar la atención del pueblo, y pedir ayuda para solucionar el problema de su alimentación, pero nadie lo dejaba hablar, los sabios decían que era un problema menor, y que podrían ocupase de eso después, ya que habían asuntos de mayor importancia. El rey, le dijeron, debía escoger una esposa que lo acompañe, quien le dé una descendencia que tal vez pudiera heredar el áureo don, y que al final heredaría sus riquezas a su muerte. Al instante se presentaron las más bellas hijas de las mejores familias del pueblo esperando la real elección. Por un momento Midas olvidó el hambre y la sed, y maravillado escogió una de ellas, la más hermosa mujer que había visto en su vida. Ven conmigo, le dijo tomándola de la mano. Todo el pueblo vio entonces horrorizado a la muchacha convertirse en una estatua dorada. El rey quiso decretar en ese instante que toda persona se aleje al menos cuatro pasos de él, y que se conserve en palacio la estatua, como recordatorio de lo peligroso de su poder. La primera orden no fue necesaria, ya todos se habían alejado diez pasos, y la segunda orden fue desoída inmediatamente, cuando la familia de la muchacha se llevó la estatua diciendo que el oro calmaría la pena de la pérdida.

Confundido y asustado, Midas vio a todos los del pueblo formar una muralla frente a él, el más viejo de los ancianos le explicó lo peligroso de su don, y que por su propia seguridad y la de todo el pueblo, se le encerraría en un calabozo cargado de cadenas, con solo el consejo del reino autorizado a darle los objetos que debía convertir en oro.

Lo único que pensaba Midas era en lo feliz que había sido siendo un pobre pastor, que podía al menos comer su mísera comida. Avanzó sin importarle nada hacia el bosque buscando a su rebaño abandonado, dejando en el camino unas cuantas estatuas de oro, alguna columna y varios árboles de oro. Nadie se atrevió a seguir las huellas doradas que iba dejando.

Aunque nadie volvió a ver jamás al rey Midas, y aunque se aceptó en ese tiempo que murió de hambre y sed al no poder alimentarse, todavía se dice en el pueblo que pudo recuperar la normalidad, pero vivió escondido el resto de su vida. Durante mucho tiempo se encontraron pepitas de oro en el río donde llevaba su rebaño de ovejas, y hay aún quien afirma haber encontrado un vellocino de oro en lo profundo del bosque.

Cuentan desde entonces que fue el rey Midas el primero que dijo que la riqueza no da la felicidad.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Libros para una isla desierta


He aquí una pregunta que todo el mundo ha escuchado ¿Qué libros te llevarías a una isla desierta? Es una pregunta antigua, así que no la podemos calificar como meme. Yo imagino que esa pregunta la inventó la policía en los tiempos en que se acostumbraban las islas prisión y a los presos había que mantenerlos entretenidos para que no pasen el tiempo cavando túneles con cucharitas. No es tampoco una pregunta con truco, ni una adivinanza, porque no hay una respuesta correcta. Ni siquiera es una pregunta filosófica, que lleve a los filósofos a una larga disertación que termine hablando de Dios. Es simplemente, una pregunta irreal, porque la gente no va a leer a una isla. No me imagino a un crucero con una biblioteca realmente surtida en caso de naufragio, tal vez porque nunca he subido a uno.

Lo que a  la gente le interesa es la lista que el interrogado es capaz de producir, para ver si ese alguien es tan culto como nosotros o si, por el contrario, sólo puede mencionar las tonterías de moda. Esto me lleva a pensar también que la famosa pregunta es una suerte de test de inteligencia para dummies, una forma de ver si piensa igual que nosotros, y darnos la oportunidad de sacar a relucir nuestra cultura y reclamar por qué no ha incluido los libros que a mi me gustan.

Afortunadamente, nadie me ha hecho nunca esta pregunta, aunque sí he respondido a las variantes que preguntan sobre las películas o discos apropiados para una isla desierta. Pero como lo que interesa ahora son los libros, me he puesto a pensar sobre el tema.

Supongo que cada uno tiene sus necesidades personales que influirán en la lista. Algunos, pensando en que los van a dejar solos en una isla, elegirán literatura pornográfica para matar el rato, como quien dice. Otros, con ese razonamiento que vemos en los certámenes de belleza, elegirán nombres de autores famosos como si fueran títulos de libros. Algunos, me temo, se sentirán más que tranquilos con libros para colorear. ¿Y qué es lo que elegiría alguien como yo? Veamos.

En primer lugar, el chiste es que tienen que ser libros, no se vale kindle ni iPads, por muy provistos de libros que estén, ya que supuestamente no vamos a encontrar un enchufe en una isla desierta para conectar el cargador. Aquí tendría que preguntar de qué tamaño es la isla desierta en la que me piensan abandonar ¿Tiene palmeras o algo que haga sombras? Si no es así, conviene llevar un libro grande que me sirva de parasol. Los libros de gran dimensión tienen además la ventaja de tener letras grandes, lo que será muy útil para seguir leyendo aún si una tormenta abate mi isla.

En una isla desierta no encontraré comodidades, así que tal vez sea una buena idea llevar algún libro que pueda quemar para hacer una buena fogata. Ya se me están ocurriendo varios autores de libros de autoayuda que parecen a propósito para este fin.

Otra pregunta que haría sería cuánto tiempo me piensan dejar en dicha isla. Si la estadía es corta, bastarán algunos cómics o una antología de chistes de náufragos. Si por el contrario, piensan dejarme y olvidarse de mí (lo que suena más probable), hay varios libros de longitud intimidante que siempre dejo para después cuando tenga tiempo. Balzac, Tolstoi o esa edición crítica de El Quijote vienen a mi mente. Se me ocurre ahora un detalle. La lectura no debe ser muy absorbente, no vaya a ser que pase un barco y no me dé cuenta por estar leyendo.

Pero si me pongo a pensar que la mía será una estadía larga debería llevar libros que me ayuden a sobrellevar el trance, algo así como “Robinson Crusoe” o “El señor de las moscas”. Aunque sería mejor todavía el libro de cocina de las 100 recetas de algas y cangrejos, el que enseña a hacer manualidades con cocos, o "Construcción de balsas para Dummies".

Si me dejan tranquilo el tiempo suficiente en una isla desierta, puedo emprender la tarea de encontrar los mensajes ocultos en algunos de los libros más conocidos, como “Alicia en el País de las Maravillas” o “Ulises”, que tengo para mí que es una broma descomunal que nos quiso jugar Joyce. Vamos, con bastante tiempo, incluso puedo descifrar el manuscrito de Voynich, las centurias de Nostradamus y un par de palimpsestos de yapa.

La última pregunta, que debió ser la primera, es si se vale llevar libros que uno ya ha leído, o debo indicar libros que me falta por leer. Lo lógico sería lo segundo, aunque a mí no me molestaría releer algunos que no visito hace tiempo.

Ya decidida mi lista de libros, me pongo mis pantalones cortos, gorro y anteojos de sol, y mi paquete de libros para emprender viaje a aquella isla. Por desgracia, ninguna agencia de viajes me ofrece un tour con naufragio incluido. Para qué preguntan si no van a cumplir, pues.

jueves, 7 de septiembre de 2017

El gurú de la autoayuda


Todo sucedió tan rápido que todavía no logro entender lo qué pasó. Escribo esto con la esperanza de ordenar mis ideas y tratar de discurrir una solución.

Juro que el embrollo empezó de una manera totalmente inocente. Yo estaba apoyando en la organización de un evento profesional, una de esas labores que uno realiza sin poner demasiada pasión, más por no perder una amistad que por verdadera vocación. Solo estaba ayudando en los arreglos previos, probando sistemas para los eventos del día siguiente. Allí fue cuando vino uno de los encargados del auditorio, visiblemente alterado. El conferencista de esa noche, había tenido un contratiempo y no podría presentarse esa noche. El auditorio estaba lleno y ya estaban retrasados, con la gente impaciente. Avisar en ese momento que la conferencia programada se suspendía hubiera causado un tumulto de proporciones. Alguien entonces sugirió que yo podría tomar el lugar del ausente en el escenario. De repente me vi rodeado de cuatro o cinco personas que me trataban de convencer de que era la mejor opción, de que sólo se trataba de seguir la presentación que había dejado lista y de dar la cara en una emergencia.

Acepté sin saber a lo que me exponía, a cambio de un certificado y una pequeña retribución. Una vez confirmada mi participación, pedí el archivo de la presentación para al menos darle una ojeada antes de salir. Al instante me di cuenta de mi error. El tema de la conferencia era sobre autoayuda, el título era una de esas variaciones del “tú puedes”, y el archivo de presentación se limitaba a unas cuantas fotos sin aparente relación entre sí, no muy diferentes a lo que uno encuentra al buscar fondos de pantalla para el computador. No tuve tiempo de retractarme, ya estaban anunciándome y tres personas me empujaban hacia el escenario.

Sin saber muy bien cómo, me encontraba de pie en un auditorio lleno de gente que esperaba palabras que les cambien la vida, y que me escucharían con el respeto con el que se escuchaba a los profetas bíblicos. De repente tuve ese instante de claridad, que confundí en ese momento con iluminación. Sentí que el destino me había llevado hasta allí para acabar con la plaga de la autoayuda, que podía, como Cervantes, acabar con las novelas de caballería con una parodia que ponga al descubierto su irrealidad. En cuestión de un segundo, ya había recordado todas las anécdotas que tenía recolectadas sobre Abu Navid, las inconsistencias de los famosos autores y la forma de refutarlos utilizando la lógica y el sentido común. Que la conferencia resultara dispersa y tal vez contradictoria ayudaría a reforzar el verdadero mensaje, pensé yo, que la haría que la gente se dé cuenta de lo falso de la situación.

Como se estila, comencé haciendo una pregunta general: ¿Cuántos de ustedes quieren tener felicidad? Muchos levantaron la mano. ¡Pues no! ¡Ustedes no sabrían qué hacer con la felicidad! Les contaré una historia: Un hombre rico se dio cuenta de que no era feliz, y llamó al famoso maestro Abu Navid. Muéstrame la forma en que seré feliz, no importa lo que cueste, le dijo al llegar. Te mostraré a tres personas felices y tú encontrarás el camino a la felicidad, le dijo el maestro. Abu Navid llevó al rico a un campo donde estaba un niño jugando. - He aquí a la primera persona feliz, dijo. - ¿Quieres acaso que sea como el niño, sin responsabilidad alguna y sin conocimiento de la vida? - Esta es la primera lección: la felicidad significa olvidarse de todo, debes estar dispuesto a ello si quieres ser feliz.
Luego lo llevó a la ciudad donde le mostró a una mujer que cantaba mientras abrazaba a su pequeño hijo. He aquí a la segunda persona feliz, le dijo. El rico le dijo que esa felicidad le duraría poco, pues el niño crecería y la abandonaría, y haría cosas que no agraden.  - Esa es la segunda lección: la felicidad tiene un precio que no se paga en dinero. Abu Navid llevó al rico a la parte más pobre de la ciudad, donde le mostró a un anciano loco que se revolcaba en la basura. - Aquí tienes a la tercera persona, le dijo. - De ninguna manera voy a ser como ese pobre loco, dijo el rico. El maestro se despidió entonces del rico: Es por esto que no hallarás la felicidad, porque no quieres perder nada de lo que tienes y no aceptas la felicidad en otras personas.

Al narrar este ejemplo me sentí dueño del escenario y ya nada podía detenerme. Entonces ustedes, como el rico del cuento, quieren que la felicidad se adapte a lo que ustedes quieren, en realidad ustedes no buscan la felicidad, buscan algo que se acomode a sus caprichos. Por eso todos los libros de autoayuda no los ayudarán, ellos también confunden la felicidad con el dinero: “Piense y hágase rico”, Padre rico, padre pobre” son títulos que ustedes encontrarán, donde les querrán convencer que la felicidad incluye una abultada cuenta en el banco.

Otra cosa de la que nos quieren convencer los autores de estos libros es qué hay reglas para el éxito. Repítete a ti mismo siete veces al día lo bueno que eres y triunfarás, sigue estos siete hábitos de la gente exitosa y serás uno de ellos. Pues señores, les tengo malas noticias: hay tantas maneras de tener éxito como personas en el mundo. Y por una sencilla ley de proporciones, no todos lo obtendrán. ¿Quieren otra historia de autoayuda? Un gurú de autoayuda tenía un pollo al que repetía todos los días “puedes volar, tienes alas, eres como un águila”. Por supuesto, el pollo nunca voló. Peor aún, el pollo le dijo a su dueño “me pides que sea como un águila pero jamás he visto una”, así que el dueño lo llevó al campo y le enseñó en lo alto a un águila. El águila descendió velozmente y se llevó al pollo entre sus garras para comérselo. Hasta aquí el ejemplo, y aprovecharé para una pequeña reflexión: ¿Han notado que los autores de autoayuda quieren compararnos con el león, el tigre, el águila o algo semejante? Pues les diré algo, todos esos animales están peligro de extinción, porque nada gusta tanto a los hombres que eliminar a los mejores, mientras más éxito tengas, más gente habrá que quiera acabar contigo. Piensen si el éxito es algo tan deseable.

Aquí me detuve un momento y miré a la audiencia. Realmente me habían prestado atención, y estaban pendientes de mis palabras. Me di cuenta del porqué tantos caen presa de esa droga que es la popularidad y la adulación. Y aún me quedaban muchos minutos de conferencia. No podía hacer otra cosa que seguir.

Otra cosa que no nos dicen los autores de autoayuda es el verdadero fin de sus esfuerzos. Es el dinero. El puro, egoísta, materialista dinero. Estoy seguro que si la autoayuda no diera dinero, todos esos autores se dedicarían a otra cosa, a las ventas con seguridad. Porque lo que quieren es vender. Los libros y conferencias se convierten en dinero, al igual que los likes y compartir en los que ustedes caen diariamente en el Facebook, sepan que cada click y compartir de esos videos, imágenes y memes se convierten en dinero. ¿Algunas vez han visto ustedes alguna vez una noticia que diga algo así como “La señora X recibió tal cantidad de dinero producto de sus likes en Facebook para su noble causa”? No ¿verdad? Es porque el dinero de sus clics no le llega nunca y se queda en los “community managers”. Otra historia: Un niño era abusado por sus compañeros en la escuela. Su madre pudo verlo una vez y lo grabó con su celular. Al día siguiente el niño regresó golpeado y sucio. No te sientas mal, le dijo su madre, mira cuántos likes obtuviste en Facebook. Y estoy seguro que muchos de los aquí presentes piensa así, que con los likes han solucionado el problema.

Recuerdo que conté aún otras historias, como la de la caja de Abu Navid, y la historia de la vaca que corría más que un auto. Al final de la conferencia me sentía como un rockstar bañado de aplausos. Me sentí un triunfador, todo un gurú. A la salida me esperaba un grupo de gente para felicitarme y decirme que me admiraban y seguirían mis consejos.

Y ese es el problema. Ahora me están llamando para dar otras conferencias, quieren que escriba artículos, tal vez un libro, quieren convertirme en eso que criticaba esa noche. Y me ofrecen la mejor razón que tienen, que es el dinero. Y no veo forma de salir de esto. Incluso si declarara que en realidad soy solo un tonto al que una noche pusieron en un estrado, si dijera que todo es mentira, dirían que es mi forma de enseñar y que soy un sabio modesto. Es que así funciona el mundo.

martes, 29 de agosto de 2017

Mientras veo las noticias


Me gustaría pensar que los medios de comunicación nos llenan de malas noticias porque las noticias son aquellos sucesos que salen de lo común, algo de lo cual la gente habla porque no es lo normal. Si eso fuera cierto, significaría que la bondad de las personas es la regla y no la excepción. Significaría que la gente feliz es tan común que no constituye una noticia, algo de interés público.

Tal vez también signifique que la felicidad no puede narrarse ni contarse, que no habría manera de colocarla dentro del formato de una noticia. Es por eso que los cuentos terminan con la frase “Y fueron felices por siempre”, porque una vez que se ha logrado la felicidad, ya no hay más que contar. Mejor aún, tal vez la felicidad es un estado que no se puede describir, y que cuando alguien lo intenta, el resultado es la incredulidad y la incomprensión.

Tal vez en realidad las historias felices no dan rating, no son comerciales, porque la gente infeliz rechaza escuchar buenas noticias y a la gente feliz no le interesa conocer más que su propia historia.

Sería bueno que fuera así.

domingo, 20 de agosto de 2017

La creación del mundo


Yo lo sé, porque Él me lo dijo. Dios creó los cielos y la tierra, y colocó al hombre para que la cuidase. Pero algo pasó. El hombre se corrompió y destruyó la Tierra. Apenado, Dios destruyó su creación para empezar de nuevo. Esta vez hizo al hombre menos poderoso para que no destruyera todo. Pero se multiplicó rápidamente y su muchedumbre agotó la Tierra hasta destruirla. Con gran pesar se vio obligado nuevamente a destruir otra vez cuanto había creado. Esta vez hizo al hombre en un clima más frío para que no se reprodujera con tanta rapidez, y las mujeres solo tenían un hijo a la vez. Pero ellos crearon máquinas que mataban a todos los animales y a ellos mismos. Avergonzado, destruyó todo por tercera vez, porque no es bueno que se sepa que Dios se ha equivocado tan gravemente. Tal vez la siguiente vez pueda sentirme realmente orgulloso de mi creación, pensaba. Así que hizo al hombre insignificante y débil, con apenas la chispa de inteligencia necesaria para sobrevivir. Esta vez parecía que resultaría, el hombre fue bueno por un tiempo, pero nuevamente se fue pervirtiendo y a reclamarle por qué no lo hizo más poderoso, más resistente, más duradero. Poco a poco se fue apoderando del planeta, destruyendo todo lo que hallaba a su paso. Dios estuvo a punto de destruir toda la creación una vez más, pero se detuvo. Ya no quería pasar por el trance de crear todo el universo nuevamente. Sintió pena de sí mismo. Ahora se dice a sí mismo que lo mejor es dejar que el hombre se dé cuenta de sus propios errores antes de destruir el mundo, y que el castigo para los malvados es el seguir viviendo, sin un fin del mundo que acabe con su miseria. Eso fue lo que me dijo, y sé que es la verdad, porque nadie, ni siquiera Dios, puede mentir con una mirada de tan profunda tristeza... 
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