lunes, 13 de mayo de 2013

El regreso



No sé exactamente qué estaba haciendo por allí a esas horas, el caso es que me hallaba en una calle desconocida, pero a la vez con tantos elementos conocidos que me resultaba familiar, de modo que caminaba con cierta inseguridad, pero sin el temor que le provocan a uno las calles desconocidas. Fue entonces cuando la vi. Más exacto sería decir que fue ella la que me vio. Cuando me di cuenta ella ya había recorrido con su caminar apurado la distancia que nos separaba. La situación era extraña, pero al mismo tiempo tan natural, que me quedé inmóvil en la vereda, sin saber qué hacer. Ella se dio cuenta, por supuesto, y parecía gozar íntimamente con mi confusión.
-   ¡Hola! ¿Qué? ¿Ya no te acuerdas?

Su saludo, tan natural como si hubiera sido ayer la última vez que nos vimos, no hizo más que aumentar mi estupor. Solo pude responder con un “Hola” automático y sin fuerza.
-    ¡Vamos! ¡A veces las personas regresan!

Tuve que aceptar su argumento y el abrazo que me ofrecía, tratando de ocultar, sin saber por qué, lo mucho que la había extrañado, esfuerzo inútil, pues ella no había perdido la costumbre de leer todos mis pensamientos como si los tuviera escritos en el rostro. Fuimos caminando como en los viejos tiempos, con su cabeza recostada en mi hombro, recuperando mi andar la firmeza de antaño. En un momento dejé de lado todo lo que había pasado y me entregué a la naturalidad de su conversación casual.
-   Hace mucho que no estábamos así ¿Verdad?
-   Es cierto, te había afectado mucho cuando me fui, y estuviste triste un buen tiempo…
-   ¿Cómo lo sabes?
-   ¡Ah! Te voy a contar un secreto: De vez en cuando regresaba a verte, para ver cómo estabas, pero sin que tú me vieras… Sé que tardaste mucho para volver a sonreír…
-   Es que cuando tú me dejaste…

Una gran sonrisa apareció en su rostro, y yo me rendí ante ella. Ya casi había olvidado el efecto que me causaba su sonrisa, esa sensación de felicidad al ver su rostro. Caminábamos sin prisa, sin rumbo fijo, o al menos eso me parecía al comienzo, pues aunque íbamos juntos sentía que era ella quien guiaba. Pronto tuve la sensación de que íbamos hacia un lugar en especial, el cual no podía determinar. A decir verdad, tampoco le prestaba atención. Solo quería aprovechar este momento de estar juntos otra vez. Nuestra conversación giraba solo alrededor de nosotros, sin pesadumbres, sin remordimientos, sin pasado.
-  Yo nunca te dejé, siempre estuve cerca…
-   ¿Y por qué entonces no me dejaste verte?
-   Donde estoy ahora, tiene otras reglas… No podemos vernos como antes… Tú me entiendes ¿Verdad?
-   No. No entiendo, por qué no podemos volver a estar juntos…
-   Porque no podemos, nada más. Hoy me estoy escapando un rato para estar contigo, alégrate porque no siempre puedo…
-   Quédate conmigo otra vez… Volvamos de nuevo…
-   Sabes que no puedo – me dijo riendo – Eres un tonto…
En ese momento ambos recordamos la frase que ella siempre me decía, y la completamos al mismo tiempo.
-   ¡Pero al menos soy tu tonto!

Hacía mucho tiempo que no soltaba una carcajada así. Aunque no recordaba exactamente cuándo, sabía que la última vez había sido con ella. Y esa vez, como ahora, ella me había acompañado ruidosamente. En ese momento volví a ser el de ese tiempo, como si los meses desde su partida no hubiesen existido, y la felicidad se hubiera convertido en un instante eterno. Nada nos había pasado, éramos nuevamente los dos, nuevamente estábamos juntos y nos amábamos. Pero fue ella quien rompió el momento.
-    Ya está, hemos llegado ¡Y no me preguntes a dónde, porque tú no te has olvidado de este sitio!
Era cierto. Reconocí al instante el lugar. Era nuestro sitio. Un parque no muy grande donde yo la esperaba cada vez que me llamaba diciendo que se escapaba del trabajo, Allí nos sentábamos en la hierba y simplemente dejábamos pasar el tiempo juntos. De pronto comprendí que ella me había llevado hasta aquí para despedirse. Si tenía que irse, no la dejaría irse triste.
-   Gracias por venir a verme… Te extrañaba…

Ella puso su mano en mi pecho.
-   Yo sé lo que pasa aquí dentro. Estoy bien, no llores por mí. Estaré cerca si es que me necesitas alguna vez.
-  Quisiera que no te vayas…
-   Tú sabes cómo son estas cosas… No puedo… Pero, ¿Quién sabe? Tal vez un día de estos me aparezca por aquí… Adiós… Solo había venido para que no te olvides de hoy… Recuerdas ¿Verdad?

Miro el calendario en mi reloj y vuelvo a ver el parque. Todo parece igual. Allí está el árbol, las bancas, las flores en el centro del césped y las que bordean las veredas. El tiempo no ha pasado. Solo la fecha me recuerda que hoy, hace un año, ella murió.

martes, 7 de mayo de 2013

La copa



Dentro de mi investigación sobre la vida de Ibn Abu Navid, el maestro sufí injustamente llamado El Apócrifo, he encontrado en los últimos tiempos información para seguir narrando sus historias. A través de relatos de la época que lo mencionan, no siempre con su verdadero nombre, he podido establecer que en el segundo de sus viajes pasó por Ceuta y que tal vez llegó incluso a Europa a través de Gibraltar, de donde obtuvo algunas de sus ideas y de las que se cuentan varias historias. Esta es una de ellas, que suena bastante europea, por lo que muchos de los estudiosos la consideran falsa o atribuida falsamente al maestro. Sin embargo, la incluyo aquí, porque me parece bastante consecuente con su carácter y el resto de las historias narradas anteriormente:

En una ocasión, el maestro Abu Navid se hallaba en Argel, enseñando en su particular estilo, que era el conversar con la gente y hacer preguntas hasta llegar a una verdad. El Bey Motassim, al ver el alboroto que causaba en la ciudad, se informó a través de sus consejeros sobre quién era. Los consejeros, envidiosos de su sabiduría, informaron al Bey que era un simple farsante que engañaba al pueblo. Incrédulo aún, el Bey lo mandó llamar a su palacio, aconsejado para probar la sabiduría de Navid con la pregunta imposible.
Al llegar, El Bey lo recibió con estas palabras: “He sabido, Abu Navid, que estás en mi ciudad incitando a la rebeldía de los jóvenes, a la desobediencia de las mujeres y a la desconfianza de los mayores. Eso es algo que no puedo permitir. Sin embargo, en vez de mandarte arrojar desde lo alto de la torre de guardia, he decidido darte una oportunidad de probar tu sabiduría. En esta ciudad probamos a aquellos que se dicen sabios con una sola pregunta. Hasta ahora nadie ha podido responder a esta pregunta y por eso se le conoce como la pregunta imposible. Responde a esta pregunta verazmente y podrás continuar tu camino o quedarte en mi ciudad, si es tu deseo. Si tu respuesta no es correcta, te nombraré como farsante y te arrojaré al calabozo del palacio o de la torre, tal como lo he dicho antes. Esa es mi decisión.”
“Si ese es tu deseo, no puedo más que someterme a tu prueba, mi señor” fue la respuesta de Abu Navid.

El consejero principal mandó traer una copa y la llenó de vino hasta la mitad. “Deberás decirme, apócrifo maestro, si esta copa está medio llena o medio vacía”.
Abu Navid se acercó humildemente a la copa. La levantó para verla al sol, la inclinó, la giró y observó atentamente la forma de la copa y sus adornos, para finalmente, después de un largo silencio, tomó un gran trago del vino hasta terminar su contenido. Después de dejar la copa en su sitio, declaró: “En verdad, esta copa está vacía”.

El Bey, que al igual que toda la corte, había observado toda la escena con suma atención, no pudo más que echar a reír con la respuesta. “En verdad eres sabio, Abu Navid, aunque tu sabiduría no es la que se acostumbra en nuestro país. Has respondido la pregunta imposible, y aunque mi deseo es que te quedes en mi palacio compartiendo tus enseñanzas, puedes seguir el camino que te plazca, ya que así fue decretado”.

Fue así que, a pesar de las protestas de los consejeros del Bey, Abu Navid salió del palacio y siguió predicando en la ciudad un par de días más, antes de continuar su viaje, advertido de posibles represalias por parte de los envidiosos consejeros del Bey.

miércoles, 1 de mayo de 2013

La carta




Hoy he decidido escribir una carta. No un correo electrónico, que eso sería muy fácil, sino una carta. Y he decidido hacerlo por un simple afán de ir a contracorriente, por un deseo expreso de sentirme como se sentían aquellos que escribían cartas en los años en que no existían estas facilidades tecnológicas que han hecho las cosas más fáciles, y que por lo mismo han hecho que este tipo de cosas carezcan hoy de significado.

Es hoy muy fácil sentarse al teclado y escribir, en caso necesario cortar y pegar un formato hecho por algún desconocido al que le fue encargada la labor cuando se creó este procesador de texto, o que tuvo la idea de insertar las frases más comunes de las cartas y la publicó en una página web. Escribir una carta, en cambio, exige un esfuerzo físico y mental. El solo hecho de tomar una hoja de papel en blanco debe implicar una intención especial, lejos de la distracción que suponen las múltiples ventanas de un monitor. Sin embargo, las recompensas no tardan en hacerse notar. El simple sonido del lápiz sobre el papel ya es maravilloso para alguien que no los escucha hace ya tiempo. Los dedos tienen que acostumbrarse nuevamente a formar las palabras sobre la hoja. Tal vez al principio se echará de menos la perfección automatizada de la computadora y aparecerán detalles olvidados y que ahora hay que cuidar. Los reglones deben quedan rectos, sin desviarse hacia arriba o hacia abajo; la caligrafía es esencial, ya que debe ser legible y a la vez agradable a la vista. No debe olvidarse que esta debe incitar a continuar con la lectura a la vez que servir para la transmisión del mensaje. Los tipos de letra Calibrí, Arial o Times New Roman pierden aquí su sentido de igualdad e uniformidad por el simple trazo humano. He aquí cuando la carta deja de ser igual a tantas otras y adquiere el sentido personal que me ha hecho emprender esta tarea.
En cuanto a la redacción, no valen ya aquí las trampas a las que estamos acostumbrados. No hay con qué cortar y pegar de otras fuentes. Las metáforas, frases y fórmulas se vuelven borrosas y difíciles de duplicar. Hay que usar la imaginación, lo que me da la ventaja y la dificultad a la vez de parafrasear, de expresar con mis propias palabras lo que he escuchado antes.

Escribir una carta exige también pensar lo que se va a escribir antes de hacerlo. No se debe empezar una frase antes de saber cómo terminarla ya que lo que se escribe no se puede borrar una vez hecho. Unos cuantos borrones y habrá que empezar todo de nuevo. Yo lo he hecho y he tenido que rehacer todos mis pensamientos. Y aquí ocurre otro hecho maravilloso. Aunque intento rehacer lo escrito la primera vez tal como estaba antes, soy incapaz de hacerlo. Nuevas ideas, otras formas de expresar mis ideas parecen mientras escribo, haciendo que la carta cambie su sentido. Me doy cuenta también del efecto estético de un pequeño borrón, de una mancha de tinta, de la forma de una palabra, placer desconocido para aquellos acostumbrados a la frialdad de la máquina, que es como la imagen de un fuego que alumbra pero no calienta.

Al escribir, siento que por fin estoy escribiendo algo en lo que dejo mi verdadero ser, sin el filtro de la tecnología que nos quiere igualar. Recuerdo la emoción cuando una vez hace tiempo, rebuscando libros viejos en una biblioteca encontré una carta entre las páginas de un libro vetusto. Recuerdo de ese entonces la caligrafía decimonónica escrita con una pluma de tinta marrón, el tacto de ese delgado papel antiguo y las frases escritas en él, imaginando que tal vez cuando estaba nueva tenía aún el olor de un perfume o la huella de una lágrima caída sobre el papel al escribir. Quisiera que esta carta despertara ese tipo de emociones. Es por eso que me decidí a escribir en vez de tipear, palabra que suena a automatismo despersonalizante.

 Por último, la firma. Esto es algo que estamos más acostumbrados a hacer, pero que aquí pierde todas sus connotaciones comerciales (que es para lo único que actualmente parecemos usarla) y se vuelve nuevamente algo personal, como si al dejar nuestro nombre dejáramos también algo de nosotros. Esta carta se convierte entonces en algo que ha sido parte de nosotros y que ahora damos a alguien más.

La última oportunidad de pensar en lo que estoy haciendo se presenta al cerrar el sobre. Es entonces cuando debo detenerme a pensar en si realmente quiero que algo como esto te sea confiado, en si lo vas a leer con curiosidad, con extrañeza al saber que empleo este método ya en desuso para hacerte saber mis pensamientos, en si considerarás el detalle de lo que significa, de que con seguridad esta carta no llegará ahogada entre correos de cadenas, emails sobre el trabajo o spam, que será algo personal, solamente para ti, sin copias públicas u ocultas.

Sabiendo todo esto ¿Leerás al fin mi carta?

jueves, 25 de abril de 2013

Párrafos encontrados al azar



En estos días de verano, el cerebro se recalienta, se achicharra y no funciona como acostumbra. Esto alcanza también a la cuota de inspiración. Y cuando no hay ideas, se recurre a lo más fácil, que es mirar lo que ha escrito otro y ponerlo en mi propio blog para ver si consigo algunos lectores y para mantener a los que ya tengo. Solo al último le he dado un mini toque personal, que tampoco es un torrente de creatividad. Así estoy de flojo.

Encontrado en Google+
Como me gustaría que el mundo volviera a ser cursi. Que la humanidad recuperara el sentido romántico de la vida y junto con él, la tradición de los noviazgos largos, las serenatas, los apretones de manos entre las rejas de los balcones. Como me gustaría vivir en un mundo más discreto y decente, donde el amor fuera una necesidad del alma y no un capricho del culo. Pero qué le vamos a hacer: me tocó vivir en una época insensible, deshumanizada, obscena, en la que nadie respeta ya los sentimientos del prójimo.

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Encontrado en un blog
Hace poco compré un par de libros para una pareja amiga de nosotros que nos dio morada recientemente en Nueva York. Suelo regalar libros de poesía que yo misma no he leído pero que en el fondo deseo mucho. Es como mi manera de gritar "sálvate tú".

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Odio a mi computadora
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Puse un 2 entre todos estos números, solo para que mi computadora explote al leerlo.

viernes, 19 de abril de 2013

Antiarjonismo

No me gusta Arjona. Así de simple. Las razones son  las que cualquier persona que sabe algo de música y a la que tampoco le gusta Arjona podría dar. La verdad es que tampoco hace falta un análisis muy profundo para darse cuenta de que no necesito una mala copia de un cantautor pudiendo escuchar a otros que sí valen la pena. Cada vez que escucho una canción de él (a veces es inevitable, nunca falta una oveja descarriada que la pone en su oficina) me imagino a Arjona cuando era niño, sentándose al lado del alumno más aprovechado de la clase y copiando todo lo que hace, cambiando solo algunos detalles. Lo imagino como un adolescente que lee libros de autoayuda y revistas del corazón, hasta que descubre en la calle una colección de resúmenes de libros famosos y frases célebres, y ¡pum! de un momento a otro ya se cree poeta.

Lo que no puedo imaginar, por más que me esfuerzo, es la forma y circunstancias en que descubrió a Silvio Rodriguez ¿Habrá sido al subir a un transporte público o a un taxi donde lo escuchó reproducido en un cassette? ¿Se habrá enamorado alguna vez de una activista política y ella le contagió la música de protesta como si fuera un acné juvenil? ¿Venía acaso alguna de sus canciones con uno de esos folletos de “Aprenda guitarra fácil”? Si alguna vez logro terminar mi máquina del tiempo haré lo posible por determinar ese momento y evitarlo, por el bien de la música y la poesía.

En esos momentos me pongo a pensar también que la gente a la que le gusta este tipo de gente es la misma que lee revistas de chismes, mira reality shows y cree en las promesas de los políticos. Y quedo con la decepción de descubrir la razón por la que el mundo está como está ahora, y que el mundo no se ha acabado porque Dios ha decidido que así sufrimos más.

El problema no es que esta música guste a las adolescentes, que al fin y al cabo tienen aún mucho por aprender y que cuando descubran la verdadera música lo abandonarán. El problema es que a mucha gente con edad de razonar todavía le gusta.  Y ese sí que es un problema (A propósito, este párrafo, que algunos dirían que trata de parecerse a una canción de Arjona, en realidad trata de parecerse a una canción de Silvio Rodriguez, que dejo a continuación).




Como decía, el problema es que uno puede conocer a gente normal, sin ningún rasgo de cursilería demasiado notable, y de pronto, sin que uno vea venir el golpe, te asestan una canción de Arjona tomándote por sorpresa. Hace poco conocí a una chica no mal parecida, simpática y conversadora a la que me dio por visitar. En un momento de distracción, la sorprendí cometiendo ese harakiri musical que es escuchar a Arjona. Peor aún, no se contentaba con escuchar, que eso hubiera sido lo menos. Se atrevía a cantar la canción con un entusiasmo para mí incomprensible. Demás está decir que desde esa ocasión, no he vuelto a ver a esa persona de la misma manera. Algo se ha roto irremediablemente entre los dos. Desde entonces cada vez que me encuentro con ella, la miro con una mezcla de vergüenza ajena y de pena por lo que en algún momento pudo ser y que ahora definitivamente ya no será.

Ahora, como miembro activo de la AAA (Alianza Anti Arjona) me dedico a curar a la gente de esta enfermedad. He tenido éxito en varios casos. Basta colocar en el reproductor un par de canciones de Luis Eduardo Aute, Silvio o Sabina, para curar definitivamente este mal. En realidad, un par de buenos temas de Roberto Carlos bastan para iniciar el proceso de curación, por lo que me sorprende la cantidad de gente que aún sufre y hace sufrir a los demás con esta música. Pero la tarea que aún queda por delante es tremenda. Arjona sigue perpetrando música y mucha gente aún no conoce la luz. Una señora, al enterarse de mi terapia de curación a base de Joan Manuel Serrat, y comentarle los buenos resultados que he obtenido en otros pacientes, me dijo ¡Ay, mejor no me enseñes eso, déjame así nomás! No, Arjona no me la iba a dejar tan fácil.


sábado, 13 de abril de 2013

Frases twitteables 21



  • ¡A trabajar! Esos tweets no se van a escribir solos.
  • Señor Schrödinger, el gato está muerto. - ¿Cómo sabes, si no hemos abierto la caja? – Por el olor.
  • Hay gente que ni siquiera se merece un lugar especial en el infierno.
  • Cuando se subía a su auto y empezaba a manejar, era toda una mujer fatal.
  • En un momento, vi pasar mi vida frente a mis ojos. Fue muy aburrido.
  • Abrí la puerta y pasó el tiempo.
  • Si somos lo que comemos, me falta un poco de ají.
  • Si somos lo que comemos, eres chatarra.
  • Tenía tanto dinero que no vivió para contarlo.
  • Quería comerse el mundo, y empezó por los McDonalds.
  • Subió a una montaña para encontrar el amor de subida.
  • Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, Arcadio recordaría aquel libro de García Márquez que leyó alguna vez.
  • Era tan orgulloso que no se ataba los cordones de los zapatos para no arrodillarse ante nadie.
  • No soy bueno haciendo analogías. Para mí hacer analogías es como…
  • Cansado de tratar de ganarme la vida, decidí jugar al empate.
  • La paloma escritora hace sus escritos al vuelo.
  • Era tan tonto que creyó que la foto de su avatar era de verdad.
  • Cultura es haber leído un libro que no esté de moda o al que no hayan hecho película.

domingo, 7 de abril de 2013

Plantar un árbol, escribir un libro…



La famosa frase de “Todo hombre debe plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro”, se basa en nuestro anhelo de dejar algo que sobreviva después de nuestro paso por este mezquino mundo que gira, gira y no  se acaba. Un árbol vive y sigue dando sombra mucho después de que las personas que lo plantaron están abonando la tierra personalmente. Un hijo prolonga el apellido del progenitor y un libro deja para la posteridad lo que pensaba el escritor, convirtiéndose en una ventana al interior de la mente o el corazón del autor.

Dicho esto, me embarco en la búsqueda de la inmortalidad mediante uno de estos tres métodos.
Lo del árbol lo intenté una vez hace años sin demasiado éxito. Fue cuando yo era niño todavía y no conocía todavía este dicho.  En todo caso, la escuela a donde yo iba apoyó en una campaña de reforestación de un parque cercano a mi casa. Allí planté un arbolito en medio de una hilera de semejantes, plantados cada uno por un alumno. El caso fue que, por esas cosas de la suerte, justo al árbol que me tocó plantar se le ocurrió tomar una foto un periodista que cubría el evento. La foto, conmigo en primer plano, ilustró un artículo en una página perdida en el interior del diario de mayor circulación del país, como una de esas notas destinadas a inspirar ternura en el lector. Un niño plantando un árbol ¡Qué bonito! Deben haber pensado, aunque yo no lo recuerdo.

Un árbol plantado, una fama instantánea entre los chicos de mi escuela y los de mi vecindario. Esto debería haberme asegurado la inmortalidad, pero no fue así. Ya se sabe que la fama impulsada por los periódicos es efímera, ya que estos siempre tienen que inventar nuevas noticias y nuevos héroes. El niño  plantando un árbol es pronto sustituido en el imaginario popular por el perro que salvó a un gato de morir ahogado, o algo por el estilo. El árbol por mí plantado no corrió con mejor suerte. A los pocos años, el alcalde de turno decidió remodelar nuevamente el parque y arrancó limpiamente todo un grupo de aquellos árboles, entre los cuales se encontraba el mío, para colocar una vereda. Mi primer intento  de trascender a mi propia existencia quedó así truncado.

La segunda parte del dicho, la de tener un hijo, fue más difícil. El problema aquí es que para esto se necesita la colaboración de una integrante del sexo opuesto, y hasta todas a quienes he expresado mi deseo de prolongar mi recuerdo y mi apellido se han negado a participar de tan sublime empresa. Por alguna razón, las mujeres parecen tener una lista de todas las cualidades que debe tener un hombre digno de sus afanes de reproducción, es decir que sea amable, atento, sincero, etc., y cuando vengo yo, con un aprobado en todos los ítems, me salen con “la otra lista”, que es lo que realmente buscan es decir, que sea guapo, adinerado, atlético, etc., lista de la cual yo no cumplo ni de cerca. El segundo intento ha sido un estrepitoso fracaso.
Me queda la tercera parte del dicho: escribir un libro. Esto debería dejar constancia ante las futuras generaciones de los pensamientos del autor. Bueno, la mayoría de los libros demuestra que el autor al menos pensaba. Es que me ha tocado también empezar a leer ciertos libros que hablan muy mal de quien lo escribió y que debieron ser anónimos aunque sea por compasión. Y digo que empecé a leerlos porque en tales casos abandono el libro sin terminarlo.

Una vez se me presentó una semilla de oportunidad cuando por razones equis de la empresa en donde trabajaba, trabé relación con un responsable de una pequeña empresa editorial que curiosamente apostaba por los escritores. Esto era abrir un mundo nuevo para mí, algo que desterraba mis ideas de hasta entonces, que creía a los editores más interesados en libros de autoayuda o chismes mal escritos con el nombre de algún famoso. Tal persona me mostró la página web de su editorial, bien presentada y con videos publicitarios de los libros que lanzaba, entrevistas a los autores, y noticias de las presentaciones de los libros. Yo, que metido en los vericuetos de mi profesión no sospechaba  la existencia de ese mundo, me entusiasmé al punto de enseñarle mi blog, el que causó además buena impresión en el novel editor, quien me animó a adaptar mis historias al formato escrito e intentar la publicación impresa. Por un tiempo me animó la idea y me puse a revisar mis escritos, descubriendo la tediosa tarea de la revisión y ampliación de textos que en su tiempo me parecían completos y que ahora veía pálidos y sin brillo. No me volví a contactar con la editora y el intento se desvaneció con el tiempo.

La última vez que hubo un resquicio de oportunidad fue cuando, por una cadena de razones me vi envuelto en una comisión institucional que tenía la intención de editar libros técnicos sobre ingeniería. En tal condición me fueron remitidos para la aprobación algunos borradores de libros para que yo diera el veredicto sobre si merecían ser publicados por aquella institución. Algunos me parecieron francamente penosos y fueron rechazados por mí con un informe demoledor. Curiosamente, los que merecieron mi mejor aprobación fueron los más literarios y menos técnicos. Aparecía otra vez mi vena escritora. En esa condición, y como me lo dijeron los otros miembros de la comisión, me sería mucho más fácil publicar mis cuentos en forma de libro. Rechacé la idea por las razones puristas de que tal publicación no tendría nada de técnico y nada de ingeniería.

Al final, me doy cuenta de que hasta ahora he fracasado en mi intento de dejar algo que haga saber a la posteridad de mi existencia. Lo único que me queda es pensar en que alguna vez dentro de muchos años, algún bibliófilo aficionado encuentre en alguna librería de viejo un tomo descabalado de una pequeña edición de un libro, se pregunte quién habrá sido el autor, y lo hojee durante un rato antes de exclamar: ¡Pero qué historias más tontas!
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