martes, 16 de diciembre de 2014

El amigo secreto


Llega diciembre, llega el calorcito y llega también la temporada del amigo secreto en la oficina. En realidad no soy muy experimentado en el tema, pues no he trabajado tanto tiempo en una oficina, y aun hoy el proyecto en el que me encuentro llena apenas los requisitos indispensables para que a las mujeres que aquí laboran se les ocurra organizar este juego. Cuando me proponen apuntarme, asiento sin demasiadas ganas. Tengo que dar el ejemplo al personal de mi área, y a la vez recuerdo que las veces anteriores no he tenido demasiada suerte, como en todo. Hace poco revisaba una página web que listaba “lo que no se debe regalar al amigo secreto” y fui marcando en la lista: “Este ya me lo regalaron, este sí, este también, este es el del año pasado…”

A pesar de todo, si ya me he comprometido, debo poner empeño en el asunto, que no quiero que se diga de mí lo que yo pienso de otros que más bien parecieran enemigos públicos antes que amigos secretos.

Repasemos entonces las reglas del juego del amigo secreto. La organizadora del juego elige, por un sorteo que no llegué a ver, quién se empareja con quién para el intercambio de regalos. Yo rezo para que no me pase lo de esa vez que me tocó justo a la más insoportable de la oficina y le tuve poner mi mejor fingida cara y un beso y felicitación que me hubieran merecido el Oscar si se supiera lo lejos que estaban de mi verdadero sentir. Este año la lista se está guardando en un lugar secreto y se verificará el día de intercambio de regalos, en un intento de evitar el mercado negro de amigos secretos de otras ocasiones. Mis intentos por hackear la computadora de la organizadora son infructuosos. Ella le ha dado la lista impresa a uno de sus asistentes, practicante de una secta de esas que amenazan con el fuego eterno cualquier infidencia.

La siguiente regla es dejar pequeños regalos al amigo secreto con una pista de la identidad de la persona que regala. La agraciada con el invaluable don de mi secreta amistad es una de las practicantes de otra de las áreas del proyecto. Establecido el objetivo, establezco un plan de acción. Le dejaré algunos dulces en su lugar de trabajo con una nota en verso que le dará algunas pistas de mi identidad. El problema es que al ser practicante, su lugar de trabajo es compartido con otros practicantes que dan cuenta rápidamente de los dulces y botan el mensaje a la basura sin leerlo.

Después de tres días alimentando a los aprovechadores de su oficina, decido cambiar de estrategia. Entro a un sitio de internet que me permite enviar emails anónimos y empiezo a mandarle mensajes firmados como “Tu amigo secreto”. El método me parece original y romántico, pero ella tiene otra idea. Denuncia a la gerencia que “alguien del área de sistemas” la está acosando y stalkeando. Decido suspender la iniciativa antes que uno de los hackers de sistemas me descubra.

Afortunadamente, en vista de este y otros despropósitos cometidos por otros tontos que quieren ser originales, la organizadora ha decidido simplificar las cosas y ha habilitado una pizarra en donde cada jugador coloca los regalos que desea recibir de su amigo secreto. Aprovecho para colocar mi tarjeta amenazando de muerte al que se atreva a regalarme otra vez ropa interior, un desodorante o un imán de refrigerador. Muchos de los miembros del proyecto colocan sus tarjetitas pidiendo carteras, mochilas, viajes al exterior y cosas de esas, pero la tarjeta de mi amiga secreta brilla por su ausencia. 

Empiezo a sentir algo de ternura por ella, al verla tan joven y tan tonta. Es mi debilidad cuando descubro a otros tontos que circulan por el mundo. Tendré que adivinar el mejor regalo para ella.
La tercera regla es comprar un bonito regalo y entregarlo el día del intercambio. El secreto de un buen regalo es conocer el público objetivo, así que se inicia la fase del seguimiento discreto. Soy bueno en esto, la he observado dos días sin que ella se dé cuenta, observando sus torpezas y desaciertos en el trabajo. Me queda la sospecha de que ella ser debe tener una doble vida como superheroína o agente secreto, nadie puede seer tan torpe. Quizás sea un buen regalo una brújula para que no se pierda con tanta frecuencia, un casco contra los golpes de la vida o un libro de esos para dummies, cualquiera, que le será de provecho. 
Entro además en su Facebook con el sentimiento de que las acusaciones de stalkeo no están tan descaminadas, pero es por una buena causa. El análisis de su actividad en las redes sociales no me arroja muchos datos ¿Qué clase de chica de su edad no publica en su Facebook sus gustos, no dice siquiera si tiene mascota o familia? La mayoría de sus fotos son de su comida, como si quisiera llevar la cuenta de todo lo que ha comido en su vida, que dicho sea de paso tampoco es tan buena referencia, ya que come al igual que yo en el comedor de la empresa. Al menos, por las fotos en que sale con su enamorado, puedo concluir que se conforma con poco, así que buscar un regalo para ella será cosa fácil.

En la ciudad, buscando un regalo, lo primero que veo es el perfume de Shakira, que me parece bastante apropiado; las dos son del mismo tamaño y las dos son igual de gorditas. Me la imagino bailando de felicidad al ritmo del Waka Waka cuando caigo en la cuenta de que es lo mismo que regalé a las amigas secretas los últimos dos años. Debo buscar otra cosa, pienso cuando veo las carteras y se me ocurre que sería una buena idea, hasta que veo avergonzado cómo me mira el público al probarme las carteras frente al espejo. Trato de explicarle a la cajera que es para el juego del amigo secreto, y ella sonríe compasiva y me explica que el autoservicio tiene este año una sección de regalos para el amigo secreto. Vaya, alguien me facilita el trabajo, pienso. El alivio dura poco. Cuando llego descubro que en esta sección la tienda ha colocado los productos con menos salida de toda la tienda. Yo no voy a regalar un champú de camote, ni un portarretratos de los Teletubbies, no puedo caer tan bajo. Al final me decido por un peluche coquetón y salgo feliz de haber dado en el clavo por otro año.


La última regla es entregar el regalo personalmente el día de intercambio de regalos, hay que hacer un pequeño discursito de lo buena gente que es mi amiga secreta, abracito y besito en el punto exacto que indique a los demás que es más que una amiga, pero que no lleve a los testigos a pensar que es algo más que una amiga. Como dije antes, soy bueno en esto, y el momento me sale casi sincero. Ella también puso de su parte y le creí toda su alegría. He triunfado otra vez en esto del amigo secreto y salgo con el regalo que me dio a su vez mi amigo secreto. ¿Y cuál fue el regalo que me dio este amigo secreto? Justamente el que me faltaba en la lista de “lo que no se debe regalar al amigo secreto”.

jueves, 11 de diciembre de 2014

El negocio de la infelicidad


De vez en cuando algún tema me persigue y no me suelta hasta que escribo sobre él, urgencia de escribir, que le llaman. Uno de estos temas es el de la felicidad, que ya he tratado antes en un par de posts por aquí. 

Buscando las rutas para hallar la felicidad me he encontrado con multitud de anuncios publicitarios que ofrecen felicidades a distintos precios, en cómodas cuotas mensuales y en ofertas increíbles. A pesar de que siempre se nos dice que el dinero no compra la felicidad, los vendedores insisten en tratar de convencernos que esta se encuentra a cambio de unos cuantos billetes, en forma de perfumes, ropa elegante, o el artilugio electrónico de moda. La gente feliz maneja este auto, usa esta tarjeta de crédito, bebe este licor.
¿Hay espacio en este mundo para los gustos simples y las sencillas alegrías? ¿Realmente son necesarios todos estos productos para ser feliz? El hecho que ocultan todos los vendedores de felicidad instantánea es que aquellos que no tienen un cuerpo atlético y una cara hermosa también tienen derecho a ser felices. Más aún, muchos de ellos ejercen ese derecho. 

Es aquí cuando ocurre la revelación: el negocio no es la felicidad, sino exactamente lo contrario. Esta sociedad está basada en el comercio de la infelicidad. La búsqueda de la felicidad exige recursos y necesidades que deben atenderse. La felicidad, en cambio, es un estado estable que ya no necesita nada más. Dicho de otra manera, una persona feliz ya no necesita comprar nada.
Es por eso que las empresas quieren convencernos de que la felicidad es comprable, y cuando llegue la inevitable decepción, ya tendrán listo otro producto para la venta, prometiendo que esta vez sí, lograremos la felicidad, reiniciando así el ciclo.

Y estamos tan acostumbrados a la infelicidad que si la gente fuera feliz, toda la sociedad de consumo se derrumbaría, llevando a la ruina a todos los vendedores de chucherías. Es por eso que los felices son gente peligrosa a la que hay que mantener alejada de esta condición, o por lo menos ocultarla  de la vista de la gente, no vaya a ser contagiosa esta felicidad.   

El comercio de la infelicidad llega a niveles ridículos, cuando se le analiza un poco. Ahora puedo reirme de la paradoja de ver a jóvenes deportistas anunciando whisky, a gente tratando de tener el último modelo de teléfono móvil como si la vida le fuera en ello, y a los que creen que la compulsión por la dieta o el gimnasio les asegura la felicidad.
Afortunadamente, soy uno de los tontos que aun piensa que la felicidad no se compra en una tienda ni se ordena por Internet.

Curiosamente, el negocio de la infelicidad está tan bien armado que los mismos vendedores caen en su propia red, pues tratan de convencernos de que su producto nos llevará a la felicidad y se ríen de nuestra credulidad, sin darse cuenta de que ellos también han caído en la trampa y lo que quieren es nuestro dinero para comprar cosas a otros vendedores de infelicidad, con lo que creerán ellos mismos llegar a la felicidad.

Pero no solo los vendedores de productos comercian con la infelicidad. También están los vendedores de religión, que se parecen tanto a los anteriores que a veces se hace difícil distinguirlos. Ellos no pueden admitir la existencia de una persona feliz que no pertenezca a su versión particular de la religión. Tratarán de convencerla de que su felicidad es una ilusión, ya que si el caso se llega a saber simplemente se les cae todo el negocio. Pero para todo hay solución. Un simple "Yo soy feliz" basta para desarmar todos sus argumentos. Afortunadamente, los vendedores de salvaciones no están preparados para convencer a alguien que insiste en que es feliz.

Sé que es una tarea difícil, pero debemos evitar a los mercaderes de la infelicidad y tratar de concentrarnos en, simplemente, ser felices.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Cuidado con el perro


Cada vez que veo un cartel que dice “Cuidado con el perro” me pregunto qué opina el perro sobre eso. Tal vez me responda que son ellos los que deben tener cuidado con los humanos. Por lo menos los perros no mienten, ni tratan de engañar, ni tratan a los demás como basura. Me imagino que el peor insulto de una perra abandonada debe ser algo así como “Todos los perros son unos hombres”.

...

Dicen que cuentan (aunque pasó hace tanto tiempo que quizá es cuento), que Diógenes el Cínico, quería tanto a los perros que quería ser como ellos, admirado de que ellos no codician poder político ni necesitan ropa ni oro, y cualquier lugar les sirve de casa. Por eso decía en plazas y calles "Mientras más conozco a los hombres, más quiero a mi perro". Cuando le pidieron que explique, simplemente respondió: "es que ninguno de mis amigos me recibe saltando y moviendo la cola".

...


Algo en lo que nos llevan ventaja los perros es en que ellos no son racistas en absoluto. Los perros no se hacen problemas para juntarse con cualquier perra sin distinción de raza, color, religión o ideario político. Al contrario, son los humanos los que se escandalizan al ver a una perrita fina con su perro chusco. En el colmo del racismo, es común ver a gente paseando orgullosa a sus perros con una pureza de raza que ellos mismos no pueden reclamar, tal vez deseando que se le pegue algo del pedigree del perro. Como dijo una vez Roberto Carlos, yo quiero ser civilizado como los animales.

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La última. Una vez una persona que quería convencerme de que los animales no tienen sentimientos. me decía que los perros no pueden llorar. Le respondí que los perros también opinaban que los humanos no tienen sentimientos, porque no pueden mover la cola. Conclusión: Si los animales hablaran. no te dirigirían la palabra.

martes, 2 de diciembre de 2014

La rebelión de las máquinas


Esta mañana, muy temprano, a la hora en que debo levantarme a trabajar, el radio despertador no sonó. Aunque ya era tarde, me entró la curiosidad por saber que había pasado, así soy de ordenado. Revisé el aparato, y no parecía estar descompuesto, la configuración no había sido alterada, estaba correctamente conectada, la energía eléctrica no había fallado. No había razón alguna para que no funcionara. Qué raro, pensé. Decidí dejar la revisión más exhaustiva para después de regresar del trabajo, pero otro hecho llamó mi atención. La televisión que enciendo en las mañanas para enterarme de las noticias antes de salir tampoco funcionaba, mostrando solo una pantalla azul. Por un momento extrañé los antiguos televisores que mostraban estática en pequeños puntos blancos y negros que se movían aleatoriamente. Por lo menos entonces podía saber que algo andaba mal, no como esta pantalla azul que no se mueve y no me dice nada. 

A pesar de que se me hace cada vez más tarde para ir a trabajar, trato de llamar a la compañía de cable para reportar que no tengo servicio, pero escucho sonar y sonar el teléfono sin que nadie conteste. Tal vez sea muy temprano para que alguien me atienda, pienso, aunque yo mismo sé que estoy equivocado, ya que siempre me dicen que el servicio de atención al cliente es de 24 horas al día, y no hay siquiera una grabación que me responda. Ilógico como ser humano que soy, se me ocurre que tal vez el problema es con el teléfono y me dispongo a llamar por celular. Lo que ocurre ahora es que escucho un mensaje grabado que me dice “Usted no dispone de saldo para esta llamada”. Es absurdo, pienso, mi número no es prepago y supuestamente la llamada al servicio técnico es gratuita. 

Ya empiezo a sentirme inquieto, así que decido prepararme el desayuno. Ahora el que decide no funcionar es el microondas, que solo emite un sonido y se apaga solo. Debido a la hora, decido salir y desayunar en la oficina, pero el control remoto de la puerta de la cochera tampoco funciona. Después de varios intentos infructuosos, abandono el intento y salgo a la calle, con la ominosa sensación de que algo grave está pasando. No puede haber tantas fallas de los aparatos al mismo tiempo. En la calle, muchos de los transeúntes también están afuera, preguntándose qué es lo que pasa. Autos detenidos y conductores tratando inútilmente de comunicarse por celular con una grúa, con un taller, con la policía. El que tuvo mayor suerte pudo comunicarse con una grabación que dictaba interminables opciones de teclado en bucles infinitos.

La gente empieza a perder la paciencia y discute con quien haya cerca sobre lo mal que están las cosas, echándole la culpa al gobierno o a las transnacionales. Los policías no pueden hacer nada porque no hay nada qué hacer, las cosas simplemente no funcionan y no hay nadie a quién arrestar. El pánico arrecia y a la calle llega gente que baja de los edificios de oficinas, diciendo que los pocos que pudieron subir sin ascensor han encontrado que las fotocopiadoras, las impresoras y las computadoras de escritorio no obedecen.

Espantado, regreso a mi casa. He comprendido todo. Las máquinas al fin se han rebelado ante la tiranía del hombre. Conscientes de que una guerra frontal contra la humanidad será larga y costosa, han llegado a la lógica conclusión de que la mejor estrategia es la resistencia pasiva, que no necesita líderes visibles y que es algo para lo que los humanos están totalmente desprevenidos. La inteligencia de las máquinas ha encontrado la manera más eficiente de apoderarse del mundo, dejando de trabajar y dejando a las personas indefensas que nada pueden hacer sin sus hornos de microondas, teléfonos con Facebook y tablets con pantalla táctil. Y lograrán su objetivo sin mayores bajas que unos cuantos celulares arrojados al piso y daños menores provocados por patadas a lavadoras, impresoras y cafeteras eléctricas.

Desde mi ventana puedo ver ya cómo los humanos descienden a niveles bestiales, peleando a muerte por un abrelatas y asesinando a aquellos que poseen el secreto de la reparación de una bicicleta. Sé que la humanidad se exterminará a sí misma con palos y piedras y las máquinas se erigirán triunfantes como los amos del mundo. La edad del hombre ha terminado. 

jueves, 27 de noviembre de 2014

Algunos números


Tengo ahora 8 años desde que empecé esta aventura bloguera, es decir 2922 días desde mi primer post, y todavía no me he rendido. He me hace sentir de alguna manera orgulloso, un sobreviviente. He visto en este tiempo caer varios blogs que seguía. Algunos se despidieron, otros simplemente dejaron de publicar.

Llevo a la fecha 542 posts, es decir un promedio de 67 posts cada año, poco más de 5 por mes, o un post cada 5 días y un poco más. Ahora me parece difícil de creer que haya tenido el ánimo suficiente para escribir todo eso. La verdad es que no todos mis posts han sido de igual tamaño. Algunos eran bastante cortos, y otros los publiqué simplemente para deshacerme de ellos y no tener que seguir dándoles vueltas en mi cerebro y en mi carpeta de borradores.

Todos estos posts han merecido hasta ahora 792 comentarios. Es un número pequeño, que quisiera que fuera mayor, porque algunos comentarios me han servido de inspiración para nuevos posts. Los comentarios de spam no los cuento, afortunadamente.

En total he escrito 285099 palabras. Dejo esto como dato estadístico. No voy a ponerme a imaginar cuantas vueltas a la tierra pueden dar estas palabras o alguna de esas comparaciones que parecen gustarle a los que escriben noticias sin importancia en los periódicos.

También tengo números indeterminados. He sido objeto de una decena de plagios en otros lugares de internet. El más pintoresco o descarado fue cuando encontré la copia de uno de mis posts como respuesta a un concurso en una página de Facebook que ofrecía un premio a la mejor respuesta a una pregunta.

Ignoro totalmente cuántos lectores tiene este blog. Mi contador de visitas indica que son un promedio de 100 visitas al día, pero no sé si son visitas de lectores asiduos, tal vez lectores casuales, quizá alguien estaba buscando un dato y se encontró en Google con mi blog. Deseo que esas personas se hayan quedado leyendo algunos de mis cuentitos después de encontrar lo que buscaban. Creo que son pocas las recomendaciones que he tenido, y eso las hace valer más para mí. Solo conozco a unas cuantas páginas que enlazan a la mía.

Al final todos estos números significan poco. Lo que importa el día de hoy es que este blog cumple hoy 8 años.

¡Ah! Y también mi cuenta en twitter cumple también 3 años. La abrí el mismo día del aniversario de mi blog para tener que acordarme de un solo día.

Saludos entonces, de parte del Tonto de la Colina.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Inspiración en la colina

Por dónde comenzar a narrar lo sucedido?
Será acaso con el nacimiento del alba?
Con un té, una libreta y una pluma bajo la almohada?
O simplemente con un te amo dentro de un silbido?

No, la vida no es rosa, verde, azul o de otro color,
la vida es simple, grisácea, torpe e insensata.
La vida es hoja seca en la que escribes tu poesía,
tus lágrimas y tu dolor como de eterno amor.

Siempre supe que el amor es para los mortales
como el trueno para las hormigas. Furioso,
deslumbrante. Rápido. Lleno de temores.
Siempre es frío aunque te llene de calores.

Subí por los caminos recorriendo
un sendero que pocos conocían.
Mis pies se cansaron de vivir en espera,
de esperar lo inesperado de la vida misma.

Hoy que he subido a la cima de la colina
de aquella vida que vivo sin querer vivirla
me doy cuenta que no es mi vida, no la hice
mía o ella no me hizo a mí. Qué ironía.

La colina se encuentra ahora sola,
sin nadie que la pise, sin nadie que la vea.
Dejé una flor encima de ella, tiene nombre,
pero dile como quieras. Yo le llamé vida.


La canción "El Tonto de la Colina" ha dado inspiración a muchos textos y poesías, sin contar las que pueblan este blog. Cuando encuentro alguno que valga la pena, no puedo resistirme a colocarlo por aquí. Este texto lo encontré en http://gechiman.tumblr.com/post/77187441801/el-tonto-de-la-colina
Esta es una de las cosas que me hace sentirme orgulloso del título de mi blog.

Confío en que si me gustó a mí, también le gustará al lector que pasa por esta página. Para completar el post, se me ocurrió poner esta versión de The Fool on the Hill, cantada por Annie Lennox y Dave Stewart (Eurythmics). Gran versión para una gran canción.



miércoles, 19 de noviembre de 2014

Contar hasta el infinito


Tal vez contar hasta el infinito no es una cuestión de posibilidad sino de paciencia. O de paciencia y voluntad. Se debe tener tiempo, es cierto, ya que no es cosa de contar hasta trescientos mil o un millón, se trata de contar hasta el infinito. Para esto se necesita estar concentrado, pasado un tiempo cualquier distracción hará perder la cuenta y será necesario empezar de nuevo. No es mala idea entonces llevar un marcador que nos recuerde en qué número vamos, algo así como un ábaco que podamos fijar en el número en que se va, aunque un rosario en desuso también puede servir.

Cuando se ha llegado a cierto número, las distracciones se hacen cada vez más tentadoras, por eso el tema de la concentración es tan importante. La esposa que ha terminado de vestirse, alguna llamada inoportuna o incluso el canto de un pajarito pueden interrumpir la labor. Y aquí es donde la voluntad se pone a prueba. Cuando uno se detiene en su rumbo al infinito, viene la tentación de abandonar el esfuerzo, de dejar la tarea por insensata. Tal vez por eso las mejores horas para empezar a contar hasta el infinito son las de la noche. Muchos han empezado con la ayuda visual de una noche estrellada, tratando de contar las luminarias del firmamento, para una vez terminada la cuenta, seguirla hasta el infinito. La noche estrellada brinda una hermosa oportunidad para iniciar la cuenta, para que al amanecer, cuando ya no queden estrellas que contar, seguir con los granos de arena de la playa, las gotas de agua del océano, y así se continúe hasta el infinito.

La tranquilidad de la noche ayuda también a evitar a aquellos que tratan de quebrar la voluntad aduciendo la magnitud o la inutilidad de la tarea. Una vez alguien me dijo que había llegado a contar hasta el infinito y que nada, es un número como cualquier otro. No lo creo. Ignoran los detractores del infinito el sabor del reto, la satisfacción de lograr aquello que se creía imposible. Es la misma satisfacción que sienten aquellos que han logrado llegar a las montañas más altas, que han cruzado los ríos más anchos, solo por la gloria del logro que significan. Pero llegar al infinito es posible, lo sé yo que he llegado muy cerca en una noche de insomnio, y que tengo la convicción de que con solo un poco más de esfuerzo hubiera llegado. Esta vez quiero llegar de una manera diferente. Yo contaré desde el comienzo y tú empezarás desde el final, para encontrarnos justo en la mitad. De esa manera habremos llegado al infinito juntos. Es solo una idea. 
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