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miércoles, 13 de diciembre de 2023

Yo no pedí nacer



Era un día normal en la oficina. Obviamente, lo normal en una oficina como en la que trabajo es que haya apuros, sobresaltos, amenazas, gente presionando y reuniones acaloradas. Por lo mismo, son toleradas ciertas actitudes para desahogarse, o algunas expresiones verbales, como para que no terminemos asesinándonos unos a otros, además de que nos han advertido que si alguien vuelve a romper la ventana para arrojarse desde el quinto piso, toda el área pagará por los vidrios rotos. Ese día, como decía, la normalidad dictaba que la mitad de la gente persiga a la otra mitad para que cumpla su parte y poder entregar las tareas y resultados de fin de mes, y los que no tenían a quién presionar, se lamenten en voz alta con frases como “¿Por qué a mí?”, “Yo no firmé para esto”, o “Si quieren todo a tiempo, contraten más gente”. 

Quien peor la pasaba en todo ese laberinto era una chica que sufría especialmente el cambio de pasar de una empresa estatal al ámbito privado, lo que en este país significa pasar de trabajar de 10 a 100 kilómetros por hora. Ella fue la que soltó el grito más ingenioso del día: “¿Para qué tengo que hacer todo esto, si yo ni siquiera pedí nacer?”. Yo, ocupado como estaba en mis propias labores, no tuve tiempo en ese momento para darle una respuesta, pero el lamento me dejó pensando. Al día siguiente, cuando ya casi había olvidado el episodio, volvió a la carga con esa frase “Yo no pedí nacer”. Ahí fue que me puse a pensar. Pude haber respondido que nadie de los presentes había pedido nacer tampoco, y que, en la mayoría de los casos, los padres tampoco estaban pensando en traer otro niño al mundo cuando los estaban concibiendo, pero no lo hice, el asunto requiere de un análisis más minucioso. 

El hecho es que, pensándolo bien, ella sí había pedido nacer, de lo contrario sus padres no hubieran desaprovechado tantas oportunidades como tuvieron para evitar que ella venga al mundo a armar expedientes en nuestra oficina. Y lo demuestro a continuación: 

La primera oportunidad para no nacer que ignoraron sus padres fue muy temprano, en aquella fiesta en que a su futura madre le presentaron a ese joven y se empezaron a mirar con ojos hambrientos. En ese momento su madre pudo rechazar cortésmente los requiebros, acordarse de los consejos paternos, portarse como una señorita decente, o al menos no fiarse de esa actitud de lobo acechando a su presa que tenía su futuro padre. Pero no, se perdió esa ocasión. 

Hubo más ocasiones ignoradas activamente por sus padres en las semanas siguientes, como cuando su futuro padre dejó todo tirado para pasar ese fin de semana con su nueva conquista, cuando su madre se escapó a esa fiesta, dejando de lado otras responsabilidades, y un largo etcétera. En el tiempo de su relación, ella pudo haber dicho que no, que debían darse un tiempo, que estaba muy jovencita para esas cosas. Del mismo modo, él pudo pedir algo de espacio, hacerle caso a esa otra señorita que lo miraba con apetito, o elegir su libertad. Tantas oportunidades perdidas nos llevan a pensar que en ese momento había realmente alguien pidiendo nacer. 

Pero todas estas oportunidades fueron mínimas comparadas con aquella cuando él olvidó, o le dio flojera, llevar un preservativo a la cita culminante, cuando ella aceptó seguir adelante a pesar de que el calendario indicaba el riesgo alto. No conocemos los detalles, pero estadísticamente podemos decir que no era la primera vez que confluían un período fértil y la ausencia de un preservativo, y que tal vez el que no haya pasado nada una vez, les haya llevado a pensar que ambos eran invencibles. En fin, los dos decidieron ignorar todas las oportunidades, hasta que los astros se alinearon, el universo conspiró a favor de mi futura compañera de trabajo, y un saludable embrión apareció gritando “Sorpresa, ya llegué” al organismo de la madre, alborotando su vida como indicativo de que ya se había divertido lo suficiente. 

Por muy católicos, apostólicos y romanos que sean los jóvenes, la evidencia de un embarazo les pone a pensar en qué tiene que meterse el Papa en mi vida privada, en cómo voy a sacrificar mi juventud criando a un hijo cuando mi irresponsabilidad indica que ni siquiera han terminado de criarme a mí, y en vamos a buscar a esa chica que también pasó por eso y se consiguió un doctor que le extrajo hasta los remordimientos de conciencia y las consideraciones éticas. El rechazo a esta posibilidad para seguir adelante es otra prueba de que, a pesar de lo que dice, mi compañera sí pidió nacer, por más que el plan era ponerse a jugar con muñecas, en vez de estar aguantando jefes explotadores. 

La última oportunidad de no nacer se presentó en el consultorio médico, después de ver en las ecografías a una bebita ansiosa de nacer y de comerse el mundo, siempre que no represente demasiado trabajo. Allí se discutieron las opciones del nacimiento. Por un lado, la forma natural, llena de dolor y con el apoyo de unos forceps que son el último recurso para los que a última hora no quieren nacer. La otra opción era una cesárea que evita los sobresaltos, no hace trabajar en la madrugada a los médicos y a los padres les permite hacer que su hija nazca bajo el signo de capricornio en vez de escorpio, que tanta gente insoportable ha dado al mundo. En este momento fue cuando se descartó firmemente la alternativa de arreglar las cosas por lo bajo, fingir que aquí no pasó nada y continuar con sus vidas. La decisión de seguir adelante con el proceso natural implica una voluntad de nacer, además de una conspiración entre médico, padres, y los padres de los padres, tal vez consolados por la posibilidad de que la futura niña termine trabajando conmigo y aprovechando los beneficios de mi sabiduría.

Al fin, después de tantas oportunidades no aprovechadas, nació esta niña, no hay vuelta atrás, que los padres se preparen para todo lo que significa traer una niña al mundo en estos tiempos, y que ella se haga a la idea desde ahora de que esos expedientes los debe tener listos para esta semana, y que después no se ande lamentando con eso de que no pidió nacer, que si hubiera querido no existir, oportunidades no le faltaron, que no me venga con vainas.

miércoles, 22 de diciembre de 2021

Versos navideños



¿CÓMO VAMOS A FALTAR? 
Bueno, ¿vamos o no vamos? 
La duda ofende Gaspar, 
Súbete ya al dromedario 
Que nos están aguardando 
¿Cómo vamos a faltar? 
Si a Dios fuimos a buscarlo 
Tras una estrella fugaz, 
Sorteando los palacios 
Y llegando hasta un establo, 
Arrodillarnos sin más. 
Si quisieron engañarnos 
Y acabar con todo el mal. 
Y nos preguntas si vamos? 
¿Cómo vamos a faltar? 
¿Acaso no somos magos? 
Con todo lo que pasamos 
¿Qué más nos puede pasar? 
La inocencia está esperando 
Ansiosa por despertar 
Y descubrir los regalos 
Que en sueños han implorado, 
Sueños de felicidad. 
Y ese es nuestro trabajo 
¿Cabe mayor dignidad? 
Hacer felices a tantos, 
No importa ni dónde ni cuántos, 
Lo que importa es llegar. 
Y en el silencio del claustro, 
Oír el timbre sonar 
Y escucharse los aplausos 
Es sentir cuando llegamos 
Que las rejas ya no están. 
Así que estamos tardando, 
Se necesita soñar 
Sueños que hablen de abrazos 
Y nosotros somos magos 
Para hacerlos realidad. 
Fuimos testigos de algo 
Que cambió la Humanidad, 
Hoy necesita otro cambio 
Que consuele tanto llanto 
¿Cómo vamos a faltar? 

Cristóbal Navarro 

 APREMIA, JOSÉ 
Apremia José, que ya viene. 
No encuentro posada, María, 
Me dicen que no les conviene 
Un parto que altere sus vidas, 
Que busque y no les moleste. 
Hay un establo allí enfrente, 
No es la casa que yo quería 
Ni el palacio que se merece, 
Este Hijo que ya porfía 
Con nacer, pese a quien pese. 
Será la humedad del relente 
Que ha vuelto la noche fría, 
Una hoguera que nos caliente, 
 Un caldero de agua tibia 
Y la mano de Dios presente. 
Y María se hizo fuerte, 
Con tanta fe, nada temía. 
José acaricia su vientre 
Mientras su esposa paría. 
Nació el Amor, sencillamente. 

Cristóbal Navarro

jueves, 25 de diciembre de 2014

Navidad en la oficina


Ya terminó la semana navideña, ahora puedo sentarme a hacer balance de todo lo que pasó en esta ajetreada semana. Es que lo que ha pasado merece un apunte que sirva como experiencia para el próximo año. Aquí va la historia.

Algo de lo que no me puedo quejar en mi oficina es de la falta de espíritu navideño. Aquí la gente se ilusiona y quiere participar, no como en otras oficinas en donde el grinch ha establecido su residencia y el espíritu navideño no lo encuentran ni con ouija. Así pues, encuentro gente dispuesta a defender el trofeo a la mejor decoración navideña que obtuvimos el año pasado. Empezamos en la quincena de diciembre con una reunión para definir la mejor estrategia. A mí me gusta romper el hielo en la reunión mencionando las barbaridades que hicieron el año pasado en otras oficinas (fue una muy mala idea esa de hacer un muñeco de nieve hecho de papel higiénico), y recordando esa otra oficina en donde nos han adelantado tanto la navidad que nunca quitaron los adornos del año pasado.

La primera idea que surge para este año es la de hacer un nacimiento en vivo. La idea parece buena. Tenemos un chato que cuadraría muy bien como Niño Dios, a un técnico que ha sido pastor de llamas hasta hace muy poco y a un metrosexual al que le encantará vestirse de ángel. El problema surge cuando caemos en la cuenta que nos sobran burros, y nos faltan San Josés. Pero estos problemas no son nada comparados a los que se presentaron al momento de elegir a una Virgen. Hay varias voluntarias, y yo debo buscar una excusa para no decir directamente que la gente se va a reír de alguna de ellas al verla disfrazada de virgen. Para empeorar las cosas, el jefe del proyecto entra en la oficina cuando en medio de la discusión una de ellas gritaba “Solo quiero saber si soy Virgen o no”. 

Al final, el jefe ordena que sea yo quien decida quien de todas las chicas de la oficina es la más virgen. Sí, suena feo, pero eso fue lo que dijo exactamente. Para evitar herir susceptibilidades, decido que lo del nacimiento en vivo es una mala idea, y que este año haremos una decoración hecha de materiales reciclados.

Encaminado el proyecto “Navidad 2014”, agarramos folletos antiguos, planos en desuso y folders de colores para hacer adornos navideños. Un par de pancartas usadas de la oficina de seguridad nos sirven para hacer dibujos de un Papa Noel y del árbol, que tendrá cajas de agua forradas con  papel regalo para completar el efecto. Como jefe, es también mi responsabilidad desechar las malas ideas, así que este año no tendremos un nacimiento de gatitos ni un muñeco del grinch ahorcado en la puerta. Hemos terminado a tiempo y solo nos hemos quedado hasta la una de la mañana.

La revisión general va bien. Solo hay algunas cosas que afinar. Felicito a la gente por el detalle de colocar a las figuras del nacimiento cascos de ingenieros para darle un toque personal, hasta que me doy cuenta de las sonrisas que despierta el burro con casco de ingeniero. Me impiden sacarlo porque se ha convertido en la figura preferida y hasta nombre le han puesto, en honor a uno que todos conocemos. Cuando me pregunten, diré que es porque los ingenieros trabajamos como burros en este proyecto. El trofeo de la oficina mejor decorada ya lo tenemos en la bolsa.


Después de las fotos del personal de la oficina junto a la flamante decoración, voy a la oficina de personal a presentar mi inscripción. Al llegar, veo las caras de envidia de los que me conocen y ya saben a qué voy. Para mi es simple formalidad la inscripción, deberían darme el premio directamente y ahorrarse todo el trámite. Al menos eso creía, hasta que me dijo la jefa de personal con su mejor cara de hipócrita “¿Qué? ¿No sabías? Este año no hay concurso de decoración de oficinas” No hace falta que me lo diga, han suspendido el concurso para que no lo ganemos otra vez. Qué falta de espíritu navideño, digo yo.

domingo, 22 de diciembre de 2013

El Nacimiento


Hacer el nacimiento en mi casa siempre había sido una tradición en mi casa. Desde mi niñez, recordaba el armado del nacimiento como un acontecimiento importante, que marcaba más que ninguna otra señal, la llegada de la época navideña. Aunque esta tradición se ha ido devaluando con los años. Mi padre en esos años recordaba que en su niñez, allá en la provincia, el nacimiento ocupaba toda una habitación de la casa de mis abuelos y era motivo de visitas de la gente de la vecindad, la que todas las noches era recibida con chocolate y galletas. Había algunos que colocaban casas iluminadas, trenes que daban la vuelta a la montaña imaginaria hecha de papel grueso pintado que formaba el nacimiento, dejando una cueva donde se colocaban las figuras de arcilla de la Sagrada Familia. 
Nuestra migración a la capital redujo el nacimiento a una esquina de la casa, donde aún había lugar para rebaños de ovejas, pastores, soldados romanos y ángeles. La modernidad nos ha dejado, a la vez que casas cada vez más pequeñas, menos espacio para el nacimiento, aparte de la competencia con los árboles navideños recubiertos de nieve falsa. El pesebre ocupa ahora una repisa pequeña en una esquina adornada con luces hechas en China que cantan una canción mientras se encienden y se apagan. La gente también ha cambiado. Ya no se hacen recorridos para visitar los nacimientos del vecindario. Apenas algunas visitas de los amigos y parientes más próximos, donde nadie pregunta por el pesebre, pero se quejan si es que no hay un árbol de navidad, y critican la falta de espíritu navideño de quienes no lo ponen.

Este año, que tan especial ha sido para mí, no dejé de colocar un árbol, pero quise recuperar algo de la tradición del nacimiento, ahora que mi hijo ya tiene edad para ayudarme. Ayudado por los recuerdos, traté de acomodar papeles y cartones para dar una impresión de una montaña rodeando una especie de cabaña de ramas que compró mi esposa en el mercado navideño, donde apenas entraban las figuras de María, José, el Burro y el Buey. Lo endeble de mi construcción impedía colocar rebaños de ovejas bajando de la montaña como los que veía en mi niñez. No hay tanto sitio tampoco, solo para el ángel y para la Estrella de Belén. Los Reyes Magos han quedado al filo de la repisa, con riesgo de caerse en cualquier momento. 

Mientras colocaba con mi pequeño hijo las figuras de tamaños desiguales que había conseguido, trataba de contarle el tiempo en que toda una familia compartía este momento, del tamaño de las figuras de antes, y de que esto era la navidad, no esa versión que nos han vendido las películas, con árbol, con Santa Claus y sin Niño Jesús. Para mi alegría, mi niño me ayuda con entusiasmo a colocar las figuras e incluso me sugiere los mejores lugares para colocar las luces y las figuras. Sin embargo se siente muy decepcionado al saber que todavía no vamos a colocar al Niño. Trato de explicarle que todavía no ha nacido, que la colocación del Niño en el pesebre se hará a la medianoche de Navidad. De nada sirve ofrecerle que siendo el menor de la familia, le corresponderá el honor de colocarlo en su sitio cuando llegue el momento.
-          ¡Pero La Virgen y San José van a estar solos mirando la cuna vacía! ¡Van a pensar que el niño se les ha perdido! Llora desconsolado.
Decido que es una buena razón para romper un poco la tradición y dejo que ponga la figura de Jesús en el pesebre.

Al día siguiente, apurado por las compras navideñas, recoger el vale del pavo y otras ocupaciones de la temporada, me sorprendo al llegar a casa y encontrar a mi hijo triste, con una lágrima a punto de salir.
-          ¡El Niño Jesús se está muriendo de frío! ¡Se va a enfermar!
La figura del Niño Jesús es, en efecto una que solo tiene puesto una especie de pañal. Decidimos entonces cortar una tela blanca para envolver al niño, de manera que forme una cobija. Poco a poco, me voy acostumbrando a no hacer mucho ruido en la sala para que el Niño Jesús no se asuste y se ponga a llorar, a apagar las luces cuando se hace tarde para que pueda dormir, y a escuchar a mi hijo cantarle para que se duerma.

Este año, ha sido mi hijo el que me ha enseñado una lección. Nuevamente creo en la Navidad. Hay algo más allá del marketing, de la locura por comprar cosas que tal vez no necesitemos. El armar un nacimiento y compartirlo con tu hijo, el contarle la historia de los Reyes Magos, el volver a recordar a Jesús en un pesebre.

Feliz Navidad.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Una carta a Papa Noel


Querido Papa Noel:

Ojalá que te encuentres bien, aunque mi hermano mayor siempre me dice que te pregunte en la carta si es que ya empezaste tu dieta porque estás hecho un chancho. No importa, porque yo sé que a ti te gusta estar así. Este año me he portado bien, tengo buenas notas en el colegio, y la profesora me sacó a cantar en la actuación de fin de año. Canté la ranchera del Amor Eterno y me aplaudieron mucho las mamás.

Lo que quería decirte es que este año ya no te voy a pedir como los otros años que me traigas un terminator T-100 para que me defienda de los otros niños que me hacen bullying, ni tampoco te voy a pedir que la chica de la carpeta de la primera fila me acepte. Ahora ella está con Ramiro, que está en el otro salón, y se les ve tan tontos juntos que ya no me gusta. Este año no quiero otro MP3, que el que me trajiste el año pasado se rompió cuando los otros niños me lo quitaron y se cayó y lo pisaron cuando trataba de recuperarlo. No, este año quiero otra cosa.

Este año nos contaron la historia de Jesús. La verdad es que ya nos la habían contado el año pasado, pero no estaba prestando atención y estaba pensando en el recreo y en cómo hacer que los demás me acepten para jugar fulbito. El año pasado estaba más chico y no me escogían, y me dejaban solo sin jugar. Ahora ya me escogen a veces que no hay más jugadores. Bueno, te estaba diciendo que nos contaron que Jesús cuando nació era tan pobrecito que lo acostaron en una cama llena de paja junto con un burro y un buey, que es así como un toro pero más tonto. Y que sus padres no tenían dinero para ponerle pañales, ni globitos de corazón.

Entonces se me ocurrió que sería una buena idea que todos los regalos que me ibas a dar este año se los des a él que está tan pobrecito y que los necesita más que yo. Yo tengo un nacimiento en mi casa y allí se ve al niño Jesús que está más que con un pañal de trapo,  así que debe tener frío por las noches, además que está junto a ese burro que me han contado que huele bien feo. Yo no he visto nunca un burro de verdad, nomás en la televisión, pero se ve que son animales peludos y carachosos y llenos de pulgas. La Virgen y San José están ahí nomás mirando sin hacer nada, sin ponerle ni siquiera una frazada para que duerma tranquilito.

Este año no me traigas nada, en vez de eso tráele al niño Jesús una cuna con mecedora y unas frazadas y unos juguetes para que juegue y se ponga contento. Yo te pido esto porque los demás ni se ocupan de él.  

Los demás niños se fijan más en el árbol que el Nacimiento y está que esperan los regalos que les van a dar y las muñecas y los juegos de Nintendo. Nadie se acuerda del niñito que está en el pesebre y todos dicen que Papa Noel, o sea tú, les vas a traer un montón de cosas que van a romper esa misma noche. ¿Por qué les traes un montón de cosas a esos niños que se portan mal y les pegan a los que son más pequeños?
Por eso es que este año voy a darle todos mis regalos a Jesús, que los necesita más que yo, y que ojalá que cuando tenga mi edad tenga muchos amigos y muchos juguetes y le vaya bien en la escuela y que la profesora lo saque en las actuaciones porque seguro que también le va a gustar mucho cantar.

Te dejo muchos saludos y no le hagas caso a mi hermano que tú estás bien así gordito.

Con muchos cariños,
Un niño.

martes, 22 de diciembre de 2009

Historia de Navidad


Así, como le cuento, fue… Éramos jóvenes entonces, pero lo recuerdo todo muy bien… En ese tiempo viajábamos mucho, buscando nuevas rutas y mercados… Y usted sabe, por el desierto es mejor viajar de noche... hace frío, si, pero de día el calor impide caminar y las bestias se cansan rápido… Además, por esta parte, cuando hay luna, se ve bastante, casi como de día…

Yo fui el primero que la vió, la estrella… Los viajeros sabemos, conocemos todas las estrellas, las constelaciones… Es importante para no perdernos… Le puedo contar varias historias de viajeros que se extraviaron de noche cuando el cielo estaba nublado… Pero no, esas historias las dejaré para después, ahora estoy contando lo de la estrella… Le decía, pues, que yo fui el primero que la vió… Una estrella grande, bonita… Ojalá la hubiera usted visto, joven… y era una estrella que no estaba antes allí, de verdad… apareció así como así nomás… Y yo sabía que había que seguir el camino que marcaba la estrella… ¿Qué cómo lo supe? Lo supe, nada más ¿Nunca le ha pasado algo así? Es algo muy bonito, de pronto uno ya sabe lo que tiene que hacer, y sabe que nada le impedirá lograrlo…

Pero fue difícil al comienzo, no crea que todo fue ir nomás y seguir a la estrella… Tuve que convencer primero a los demás que iban conmigo… Que locura, me decían, seguir a una estrella… Tuve que hablarles mucho… les ofrecí mi parte de las ganancias del viaje y ni así querían acompañarme… Al final seguimos unos cuantos nomás… El resto siguió nuestra ruta original en cuanto llegamos a la primera ciudad… Pero los que seguimos, estábamos convencidos de que encontraríamos algo… No teníamos idea de qué sería, pero sabíamos que sería algo que valdría la pena todo el viaje y los esfuerzos…


Así, pues, seguimos a la estrella varias semanas… estuvimos a punto de quedarnos sin comida un par de veces, pues nos habíamos desviado del camino de las caravanas… Pero nunca dudamos de que valdría la pena… Y la estrella estaba allí, brillando y guiándonos… Le juro, joven, que cuando viajábamos, la estrella nos sonreía… cuando nos parábamos, medio que se escondía y dejaba de brillar… Y eso nos animaba a seguir…

Y viajando, viajando, nos dimos cuenta de que el invierno se nos venía, y el cielo se empezaba a nublar… La estrella algunos días se escondía, pero otros días sí nos sonreía y nos confortaba ¡Hasta calor nos daba la bandida! Sí… ya le veo la cara de que no me cree todo lo que le digo, pero así era… Para cuando nos acercamos al pueblito ese, el cielo ya estaba nublado y no se veía… Nos estábamos cruzando con otras caravanas y les preguntábamos si habían visto la estrella… ¡Nos miraban con una cara…! Y tampoco podíamos enseñarle la estrella, porque el cielo estaba nublado. A los últimos que preguntamos fue a unos guardias del rey, que cuidaban la entrada del pueblo. Creo que ellos fueron los que avisaron que estábamos locos y después vinieron otros preguntándonos, pero bien prepotentes, todos patanes, diciendo que venían de parte del rey… No les dijimos nada, tampoco…


Y entonces nos quedamos todos tristes en el pueblo… Algunos de nuestra caravana nos dijeron que hasta allí nomás, que se regresaban… Es que la estrella ya no se veía y yo no sabía qué hacer… Les decía a mis compañeros que todo era mi culpa, que yo vería la forma de pagarles el viaje y las molestias, pero los que se quedaron conmigo me dijeron que no, que todos me habían seguido por su voluntad, que nadie los había obligado, y que se quedaban por su gusto… Eso me alivió un poquito… Esa noche salimos a dar una vuelta por las afueras del pueblo, por no dejar… Y allí fue cuando pasó… El cielo se aclaró todito, como verano, y la estrella nos alumbró… Ese fue el milagro, y no los otros, joven… Claro, la estrella brillaba media molesta, por haber dudado de ella, pero allí estaba, llamamos a los demás, y vinieron, pues… No todos, pero en el camino se les unieron varios pastores que andaban por allí, que querían saber qué pasaba… Seguimos, y la estrella dejó de brillar al rato… Nos paramos junto a unas cuevas, que los pastores nos dijeron que las usaban como establo los del pueblo… Y justo la estrella empezó a brillar allí, ahora sí contenta… Nos bajamos a ver qué había en el establo… Y fíjese que allí había un señor con su esposa, que acababa de dar a luz… Se notaba que venían de viaje, y que no tenían otro sitio a dónde ir…


Yo no sabía que hacer… Había hecho un viaje de tan lejos para llegar a una cueva con un recién nacido… El señor, eso sí, muy amable, salió y nos preguntó en qué podía servirnos, que esa no era su casa pero trataría de darnos los dones de la hospitalidad… No, le dijimos, somos nosotros los que hemos venido a verlos a ustedes… Yo saqué entonces de mis alforjas algunas cositas que pensaba comerciar, y se las di… No me las quiso aceptar, al comienzo, pero yo le dije que habíamos viajado mucho para traérselas… Allí todos mis compañeros sacaron sus cosas y se las ofrecieron al señor… Los pastores también sacaron sus panes y sus quesos y leche… Armamos una pequeña fogata y nos reunimos todos… La madre salió también a agradecernos, con el niño en brazos, que reía igual que la estrella… Fue la noche más bonita que pasé en mi vida, con la fogata, los cuentos que contábamos de nuestra tierra y los cantos de los pastores…

Al amanecer, nos despedimos de todos y nos regresamos a nuestra tierra… No habíamos logrado nada, pero estábamos felices, como quien había cumplido por fin con su misión…
Después, me enteré que en el pueblo la gente hablaba de los extranjeros que llegaron al establo, que eran reyes, que trajeron tesoros, y que sé yo… Pero esta es la historia, joven, cuéntela a la gente para que la sepa…
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