lunes, 22 de mayo de 2017

El pozo de los deseos



Entre las varias historias que me traje del pueblo de Opatambo, está el del pozo de los deseos, que allá se cuenta como ejemplo de lo que puede pasar con el uso irresponsable de las facultades divinas. La historia ocurrió, como dicen allá, “Hace un montonal de tiempo, ni mi padre ni mi abuelo habían nacido”.
Era un año de sequía, en que el arroyuelo que pasaba por el medio de la ciudad estaba seco y el alcalde pidió ayuda a los vecinos para cavar un pozo que proporcionara agua a los sedientos. El lugar elegido en primer lugar estaba, por una curiosidad geográfica, dentro de los terrenos del alcalde. Se cavó mucho pero no se encontró nada, así que se tuvo que buscar otro sitio, con el mismo resultado. Al final se excavó en un sitio cercano a un antiguo puquio o fuente de agua natural, en una tierra de nadie un tanto fuera del pueblo. Sin duda los vecinos consideraron como un milagro el encontrar agua después de las primeras decepciones, así que el pozo desde el inicio tuvo una reputación de tener algo de sobrenatural. El alcalde, picado aún por no tener un pozo dentro de su propiedad, declaró que se había encontrado un pozo santo, y que como en otros lugares del mundo, se podría arrojar una moneda para que los apus proveedores de agua concedieran un deseo.

Mis informantes en Opatambo descartan categóricamente la idea de que todo fuera una treta del alcalde para levantarse unas cuantas monedas por la noche y balancear en algo su presupuesto, y más aún con lo que pasó después. Uno de los vecinos atrapó por fin al zorro que había estado diezmando su gallinero, y atribuyó el hecho a una moneda lanzada en el pozo. El hecho desató una fiebre de deseos sobre el pozo, con una lluvia diaria de monedas. Uniones de parejas que se creían imposibles, ofertas de trabajos, el fin de la sequía, no había día sin que algún hecho fuera atribuido al poder del pozo de los deseos. El cura del pueblo intervino también reclamando que los deseos eran concedidos por el poder de Dios y reclamando también que se construya una capilla en el sitio, exigencia que, ante la desidia de la gente, fue reducida a una gruta para la virgencita, la cual tampoco pudo cumplir.

Hasta aquí todavía el pozo de los deseos era una de esas curiosidades pintorescas que de vez en cuando sacuden la modorra pueblerina, pero faltaba la tragedia para que la historia trascendiera a toda la provincia. El hijo de uno de los hacendados de la región llegó para arrojar su moneda, y dicen que a los tres días justos el hacendado, ya anciano pero a quien se le auguraban todavía varios años de vida, enfermó y murió dejando la jugosa herencia al hijo que había formulado el deseo. El pueblo comprobó horrorizado que el pozo podía convertirse también en un instrumento de muerte. Durante el sepelio, aterrado secretamente por las noticias de que se había visto a sus opositores políticos rondando el pozo, el alcalde anunció públicamente que cerraría el pozo para evitar otros deseos semejantes .
Pero el alcalde comprobaría que era ya imposible detener los hechos. Todo el pueblo se opuso con lampas y palos cuando los empleados del municipio quisieron acercarse al pozo para cerrarlo. Ya la voz se había corrido en los pueblos vecinos y el pozo era más concurrido que nunca, incluso las monedas empezaron a escasear en el pueblo, que llegó a arrojar billetes “para pedir deseos grandes”.

Ante la imposibilidad de cerrar el pozo, en una reunión que se llevó a cabo en la plaza, se decidió que al menos se controlaría su uso. Se destacó a un funcionario que sería el único autorizado a arrojar las monedas en el pozo, previa declaración del deseo por parte del solicitante. De este modo se esperaba que el pozo concediera solamente deseos aprobados por la alcaldía. Pero como en cualquier otro intento de censura, la gente busca maneras de eludirla. Luego de un derrumbe que se llevó la casa de un vecino no muy querido en el pueblo, salieron a la luz versiones de gente que iba al pozo fuera de las horas de atención del encargado, y de personas que llevaban dos monedas, una para el deseo y otra para sobornar al funcionario edil. Como medida adicional, el alcalde colocó letreros a la entrada del pozo que decían cosas tales como “Aquí se prohíben los malos deseos”, “Sea responsable con lo que desea”, y “El pozo no se hace responsable de las consecuencias de sus deseos”.

 El pozo de los deseos terminó siendo alabado y temido a partes iguales. Ni siquiera el alcalde pudo librarse al final del pozo, pues después de una borrachera tropezó y se rompió una pierna, por lo que acusó a sus opositores de atentar contra su vida por medio de los poderes del pozo, y atribuyó su propia supervivencia a que había pedido al pozo sobrevivir a sus enemigos. Lo que cambió la opinión del pueblo con respecto al pozo fue la aparición de un ventarrón frío que voló techos, rompió ventanas y arrancó árboles de sus raíces. Alguien, sin duda había pedido la destrucción del pueblo, y habían librado apenas de la catástrofe. Allí fue el cura diciendo que el pozo era en realidad una treta del demonio y que las monedas arrojadas serían mejor utilizadas como ofrenda en la iglesia. El domingo, después de la misa, todo el pueblo, encabezado por el cura y el alcalde, fue en peregrinación al pozo de los deseos para pedir el deseo final. Con una moneda de oro, el alcalde, aún con muletas, formuló en voz alta y clara el último deseo: “Quiero que desde este momento, dejes de conceder deseos a esta gente que se ha mostrado indigna de tus favores, quiero que nadie que arroje una moneda vea cumplidos sus deseos de ahora en adelante, y que no vuelvas a darnos más que el agua para lo cual fuiste creado”.

Desde ese momento, no se volvió a saber de milagro alguno concedido por el pozo. Algunos todavía en el tiempo que siguió reclamaron algún evento como la intervención del pozo, pero estos hechos eran siempre descartados como casualidades. Hoy el pueblo ha crecido y el antiguo pozo está ahora en un parque pequeñito rodeado de casas, con una cerca destartalada, ya sin los famosos carteles pero todavía con una o dos monedas que pude ver en el fondo cuando me llevaron a conocerlo. Es que nunca se sabe, me dijeron los que me contaron la historia, y todavía puede ser que el pozo olvide su promesa y vuelva a conceder deseos.

Como dije al comienzo, esta es una historia que se cuenta en Opatambo para recordar que los dones divinos deben ser usados con responsabilidad, y para recordar aquella vez que un alcalde prohibió los milagros en el pueblo.

sábado, 13 de mayo de 2017

La invención del lunes


Ocurre todas las semanas. La gente llega al trabajo después del fin de semana cansada y sin ánimos, con la expresión de la derrota reflejada en el rostro, y maldiciendo al lunes. ¿Por qué tenía que ser lunes? ¡Otro lunes! ¡Castigo del cielo! y cosas semejantes se escuchan en todas las instalaciones de la empresa. Yo, por mi parte, trato de acordarme de los tiempos felices en que el lunes era solo otro nombre en el calendario, solo para recibir un golpe de dura realidad al recordar que jamás ha habido época sin lunes en toda mi vida, porque hasta las guarderías inician la semana en lunes, la escuela empieza los lunes, para que los niños aprendan desde temprano lo que significa; cuando conseguí mi primer trabajo me dijeron “empiezas el lunes” con un tono de advertencia ominosa; puedo mencionar que también en el trabajo cuando una labor es especialmente pesada o desagradable, se usa la frase “lo dejamos para el lunes”, y por esta razón el lunes es cuando tenemos que hacer los trabajos más pesados, aquellos que no queremos hacer. Y todo el mundo sabe que los lunes es cuando la gente hace no que no quiere hacer, desde los funcionarios públicos que nos dicen “regrese el lunes” hasta nosotros mismos, que para todas las tareas desagradables, los propósitos personales y todo lo que nos recomienda el médico tenemos la frase “el lunes empiezo”.

Puesto a pensar en el tema, lo que la gente en realidad odia no es el lunes, sino el hecho de que el fin de semana se acabó. Tal vez, y esto es ponerme como abogado del diablo, la intención es que el día de descanso sirva para que uno descanse y llegue al lunes lleno de energía y contento, pero la verdad es que el efecto es exactamente lo contrario. El sábado y el domingo son de descontrol total y uno llega al lunes con el cuerpo cansado, con ganas de esconder la cabeza detrás del monitor de la computadora, poner un cartelito de “No molestar” en la puerta de la oficina y esperar que el jefe esté tan cansado como nosotros y no se asome mientras estamos durmiendo. Es que en un lunes cualquiera no parece haber más ánimo que para tuitear o facebookear lo mucho que uno odia los lunes, alguien debería hacer algo, decretar una ley en contra de los lunes, que tanta baja en la productividad ocasiona.
Así que el lunes pasado, a esa hora en que todavía todos estábamos un 50% zombis se escuchó un grito desgarrador en la quietud de la oficina: ¡¿Quién fue el que inventó los lunes?! Allí fue que me puse a pensar en que esa no era una pregunta tonta, que en verdad necesitamos saber quién fue para acordarnos cada inicio de semana en nuestras oraciones para asegurarnos de que tenga un lugar preferente en el infierno. Y me puse a investigar sobre el tema.

Resulta que la semana de siete días la inventaron los babilonios, quienes decidieron consagrar ese día a la Luna, tal vez por tanta gente alunada que se veía ese día. Pero en ese entonces el lunes era un día como cualquiera otro de la semana, en que no se había inventado todavía de fin de semana ni la jornada laboral, y no existían esas connotaciones negativas. Entonces el inventor del lunes tal como lo conocemos hoy fue nada menos que Constantino el Grande, quien luego de la batalla del puente Milvio, se vio dueño del imperio romano, y con licencia para hacer lo que le pareciera, así que declaró al cristianismo como la religión oficial. Pero como los cristianos tampoco estaban muy organizados, se dio el mismo a la tarea de poner orden y terminó mezclando ideas y liturgias romanas, griegas, y arrianas, para darle forma a la iglesia católica tal como la conocemos hoy. Gracias a él se hizo el primer concilio ecuménico, se ocupó como sede papal lo que hoy es la basílica de San Juan y luego la de San Pedro, se suspendieron las luchas de gladiadores y los leones comiendo cristianos que tanto tema de películas han dado, y por último, decretó que el día santo debería ser el domingo, como primer día de la semana, en vez del sábado como último día, con lo que se formó el fin de semana como hoy lo conocemos. Y fue precisamente el primer lunes laborable en que todos los romanos después de tirarse su merecido bacanal regresaron a sus labores ojerosos y cansados, como lo hacemos hasta el día de hoy.

A Constantino debemos entonces la invención del lunes como ese día odiado por todos y en el que queramos o no, pasamos la séptima parte de nuestras vidas. Ignoro si por esta invención en este momento Constantino está en el infierno o está en el cielo por las demás cosas que hizo, que los historiadores tampoco se ponen de acuerdo sobre si es el héroe o el villano de esta parte de la historia. El hecho es que en nuestra humilde oficina se ha ganado un lugar de preferencia en el tablero de dardos, con esa cara de malvado y con todos intentando darle en el ojo, que los tenía muy grandes.

Feliz Lunes.

jueves, 4 de mayo de 2017

Hablando de Comics

Hasta Superman tiene uno de esos días.

En este tiempo he estado leyendo comics. Y como siempre, me atacan pensamientos tontos, más allá de las preguntas usuales como el por qué Hulk gusta de ponerse pantalones morados. Aquí un par de ellos:

Un tema complejo y hasta con interpretaciones psicológicas es el de Batman y el Joker, dos personalidades tan opuestas que se convierten en complementarias. El Joker con su eterna sonrisa y el Hombre Murciélago que jamás se ríe. El villano que comete fechorías por el puro placer, porque es algo que lo hace feliz, contra el héroe que lo combate como un acto de expiación, como un castigo a sí mismo o al menos como un trabajo que odia pero que tiene que hacer porque nadie más puede hacerlo. El problema es que la fábula tiene una moraleja invertida. El Joker representa la alegría del desorden contra la seriedad del deber. Si es así, es preferible ser malvado pero feliz, en vez de ser correcto e infeliz. Al final, sabemos que el Joker murió joven pero fue feliz. En cambio, Batman vivió para convertirse en un viejo amargado, como lo fue toda su vida. ¿Es esa una buena lección?

... Y hablar de cómics en la actualidad es referirse también a las adaptaciones cinematográficas de los mismos. Viendo varias de ellas, llego a la conclusión de que vivimos mejor en un mundo donde los superhéroes no existen. Si nos atenemos a las películas, la gran mayoría de los desastres de lo que nos salvan son causados por ellos mismos. El Joker fue creado por Batman, Ultron fue creado por Los Vengadores, y es Superman quien trae a la Tierra al supervillano Zod en dos versiones cinematográficas distintas, como para que no nos queden dudas. 
Pero el caso más preocupante es el del Hombre Araña. Todos sus enemigos resultan ser amigos, profesores, compañeros de trabajo o conocidos de Peter Parker. En la vida real Peter debería ser considerado un peligro público, ser vigilado estrechamente o incluso deportado para que se lleve a los villanos a fastidiar a otro lado, lo cual debería ser fácil, porque al menos en las películas, todo el mundo parece saber su identidad secreta.

¿Zona fantasma o Friendzone?

Allá por los años 60, en los comics de Superman apareció la “Zona Fantasma”, que es un lugar donde el Hombre de Acero guarda a la gente que no le cae bien. La tal Zona Fantasma es un lugar horrible, aislado, donde la gente puede ver nuestro mundo pero no puede intervenir en él, y de donde nadie tiene esperanzas de salir. O sea, que Superman se adelantó 50 años a la invención de la Friendzone. Hablando de cómo los comics se adelantan al futuro.
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