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jueves, 12 de junio de 2025

Minimalismo


En los últimos tiempos, el trabajo se ha vuelto tan escaso que tengo que economizar en todo y comprar lo mínimo. Así, tengo pocos adornos, mi cantidad de ropa está calculada para un uso normal sin que ninguna prenda quede sin usarse en toda la temporada, y la compra se limita a una adecuada reposición. Alguien a quien comentaba esto me dijo que me había vuelto minimalista. En ese momento yo no conocía el término, pero mi curiosidad hizo que esa misma noche buscara en internet información, para saber si me hablaba para expresar elogio, sorpresa, o por el contrario, me estaba ridiculizando o insultando. 
Así descubrí que los gringos (cuándo no) han armado toda una base filosófica que tiene como premisa el tener la mínima cantidad posible de cosas. Valiente filosofía, pensaba yo al leer eso. En mi tierra a eso se le llama hacer economía y ser pobre. 

Rebuscando en los anaqueles de la historia encuentro la biografía de Diógenes el Cínico, que ya era un minimalista hace más de dos mil años, y que cada vez que encontraba algo de lo que podía prescindir, lo tiraba sin más. Tenemos un poco más tarde en la historia a la orden de los franciscanos, que vivían en voto de pobreza, y no tenían más que lo que llevaban puesto. 
Mucho más adelante en el tiempo tenemos los cuartos de estudiante de algunos compañeros míos de la universidad, que eran tan pequeños que para bostezar tenían que abrir la ventana. Tales compañeros no solo practicaban el minimalismo, sino también el versatilismo, que es hacer que todas las cosas tengan muchos usos. Por ejemplo, uno de mis amigos tenía un jarro de fierro aporcelanado que le servía para lavarse los dientes, tomar el café matutino, servía de pisapapeles, vaso de refresco, plato de sopa y hasta ducha, porque hasta su habitación no subía el agua. 

Con todo, después de leer un poco sobre el minimalismo traté de practicarlo de una manera más consistente, y no como medida improvisada o impulsada por la necesidad. Lo primero es deshacerse de todo lo que sea innecesario. Esto no es tan fácil como parece, porque para alguien como yo, que trata de estar preparado para todas las situaciones, la mayoría de las cosas merecen salvarse en el sagrado nombre del “por si acaso”. Así, se salvaron muchos cables de diferentes tipos, libros de conocimientos apenas obsoletos, y una cantidad de CDs que ya no recuerdo qué contienen, pero “un día de estos voy a revisarlos y botar lo que ya no sirve”. 
Lo segundo es deshacerse de lo duplicado. En este punto llego a la conclusión de que el que difunde eso del minimalismo no es un ingeniero, a quien le entregan una casaca impermeable con el logotipo de la empresa en cada obra, a quien todos los vendedores que visitan le regalan un llavero o un lapicero, y que trae como recuerdo de cada curso o congreso al que asiste, un lapicero, una libreta de apuntes y un toma todo. Ya una vez me deshice de la mayoría de útiles de oficina que terminaron en mi casa, para volverme a llenar de cosas al poco tiempo. Hay que cambiar de estrategia, pensé. Tomé una hoja de borrador (una de esas hojas que salieron mal impresas de algún trabajo, y de las que tengo también una cantidad respetable) y me pongo a apuntar lo mínimo de cada cosa que se me ocurriera. Como siempre, empecé a divagar y la lista que obtuve fue la siguiente: 
  • Mínimo triunfo: 1 a 0 
  • Mínima siesta: un pestañeo.
  • Mínimo viaje: asomarse a ver el camino.
  • Mínimo trabajo: levantar la cabeza de la cama.
  • Mínimo almuerzo: oler el plato de otro.
  • Mínimo enamoramiento: Que tú me mires.
  • Mínima ayuda: Citar una frase de autoayuda.
  • Mínimo odio: fruncir el ceño.
  • Mínima escritura: un punto.
  • Mínimo silencio: el que viene después de una coma.
  • Mínimo amor: una sonrisa.
  • Mínima conversación: Hola.
  • Mínimo mensaje: un emojil.
  • Mínima pregunta: “¿Qué?”
  • Lo mínimo que ella se merece: yo.
Ante el fracaso de ser más minimalista de lo que me obliga la falta de dinero, abandono el esfuerzo y no habrá más intento que los que hago cada cambio de estación o el día en que me arrebato y me deshago de todo lo que hace bulto en mi casa, y la dejo lista para recibir otra carga de cosas que no voy a usar, y se repita el ciclo.

jueves, 27 de marzo de 2025

El último en llegar


Aquí estoy, esperando el disparo que indica el inicio de la carrera. Entre tanta gente que quiere batir un récord, probar lo que dijo algún libro de autoayuda, o lograr un selfie que publicar, yo parezco ser uno de los pocos que solamente quiere divertirse. Incluso ahora, estoy a una buena distancia de la línea de largada, siempre llena de gente que quiere verse en las cámaras de televisión, o creen que mientras más cerca estén de la línea más ventaja tendrán sobre los otros corredores. 

Cuando suena el disparo, empiezo a correr a baja velocidad. Hay demasiado tumulto hacia adelante, y quiero librarme de los empujones, tropiezos, y caídas que son cada vez más comunes en este tipo de carrera. 

Como sé que no voy a llegar primero, decido que lo mejor es aprovechar para mirar el paisaje, disfrutar de esta hermosa mañana de domingo. Por eso elijo una posición que no esté tan llena de gente, sin que me importe llegar al pelotón de los líderes. Desde mi privilegiada posición veo alguno de los eventos que han pasado en la carrera. Alcanzo a ver a los médicos que están atendiendo a algunos corredores que han sido empujados o atropellados por esos corredores demasiado ansiosos de probar algo. También veo a los exhibicionistas: los que llevan algún disfraz mientras corren, los que corren acompañados de su perro, o incluso alguna mujer que lleva un carrito de bebé. 

Al ver a tantos corredores que me sobrepasan, debo aceptar el hecho de que no me he preparado adecuadamente para la carrera, que definitivamente no llegaré entre los primeros, ni siquiera entre los de la mitad. Pero esto tiene algunas ventajas. Puedo divertirme saludando a la gente, aceptando los vasos de agua que me ofrecen y escuchar sus gritos de ánimo. Ya que mi idea es disfrutar del viaje, trato, con poco éxito, de entablar alguna conversación con algún colega corredor. Es inútil, al parecer nadie quiere perder su valioso aliento conversando, nadie quiere perder la concentración y todos se alejan de mí tan rápido como pueden. 

Conforme sigue la carrera, veo más espaldas que se alejan de mí. No me importa, ni siquiera cuando me adelantan un ciego con su perro y un hombre en silla de ruedas. El último grupo de corredores ya es apenas visible a lo lejos y ya nadie me adelanta. Ahora tengo toda la pista para mi, como si yo fuera el único corredor. Los espectadores que llenaban la vereda ya se han ido casi todos, y los pocos que quedan tienen cara de aburrimiento. Un par de representantes de los organizadores me hacen señas para que me apure y que ellos puedan también terminar su jornada. Incluso un policía en su moto me informa que por mi culpa no pueden reabrir el tránsito vehicular en la calle. 

Mientras paso por los últimos tramos de la carrera, veo que ya están quitando las barreras que separaban al público de los corredores, ya no hay nadie que me invite un vaso de agua, y la calle se ve ahora como la de cualquier otro domingo. El cansancio me hace correr cada vez más lento y más que correr, estoy caminando, pero sigo avanzando. Por fin veo a lo lejos la meta, cuando un policía me indica que vaya por la vereda, pues ya reabrieron el tránsito en la avenida. 

Cuando llego a la línea de meta, ya todo está vacío, me he perdido la premiación a los ganadores, la celebración y hasta el reparto de recuerdos de los auspiciadores. Los estrados portátiles ya están a medio desarmar y arrumados a un costado esperando que llegue el camión que se los lleve. Descubro entonces que no me importa ser el último, ni que haya nadie para recibirme. Aún así, he vencido a todos los que abandonaron, a los que cayeron por agotamiento, y a los que se fueron discretamente por no pasar la vergüenza de ser el último. 
Hay cierta dignidad en ser el último, y no hacer caso a los que se burlaron, a los que quisieron que me rinda, a los que dijeron que esto no es para mi y que mejor me dedique a otras cosas. Es un triunfo muy personal el haber partido sin esperanzas, y haber terminado, aunque tan atrás de todos que muy pocos recuerdan siquiera haberme visto participar. He llegado, y por eso mismo, esta llegada tiene algo de victoria secreta, no hay más premio que el que yo mismo me asigne, y la recompensa será solo mía.

sábado, 31 de agosto de 2024

Anécdota mal entendida



Dice una famosa historia (que debe ser una mentira, como todas las que nos repiten para tratar de ilustrar un punto) que en 1899, el director de la Oficina de Patentes de los Estados Unidos dimitió de su cargo y recomendó cerrar dicha oficina, porque pensaba que todo lo que podía ser inventado ya estaba inventado. Con todo, esa es una de las historias que capta mi interés, porque se trata de una frase que dice todo el mundo, pero frente a la cual nadie hace nada. Cada vez que alguien anuncia un producto nuevo, todos dicen que ya no saben qué inventar, y esto se viene repitiendo desde siempre, pero ese director es el único del que se sabe que tomó una decisión al respecto. Buena o mala, pero no se quedó repitiendo la frase sin hacer nada como todos los demás.

domingo, 11 de agosto de 2024

Los cuentos de hadas ya no son lo que eran


Los cuentos de hadas ya han perdido su sentido. Nadie los ve como una fuente de fantasía e imaginación, y cuando son leídos, sólo son entendidos de la manera más superficial. Es por eso que las mujeres buscan un príncipe azul, pero también exigen que no les cuenten cuentos. Dicen buscar la magia, pero la confunden con trucos baratos. Quieren la fortuna al final del arcoiris, pero no quieren caminar hacia él y prefieren que alguien se les lleve el arcoiris hasta su casa. 
Los hombres quieren encontrar a una princesa que los bese, aunque ellos se vean como sapos, queriendo ser príncipes, aunque sean solo sapos. En cambio, las que se creen princesas, quieren a un príncipe, sin importarles que este se vea como sapo. Y así quedan buscando a esa cenicienta hermosa y que además sepa limpiar y ordenar. Viven así, creyendo su propio cuento, ignorantes de que en la vida real, el príncipe, cansado de pasar con el zapato de cristal, se quedó con la bruja, porque era la única que sabía cocinar. 

Hoy la gente parece haber convertido los cuentos de hadas en un fanfic en donde se inventan como la princesa, cuando en realidad son la madrastra. Ni son blancas como la nieve, ni tienen el pie tan pequeño que a nadie más le entra su zapato, pero aun así quieren a un príncipe azul. 

Sin hada madrina que las ampare, buscan un final de cuentos que las saque de ese drama de telenovela. Se les reconoce porque confunden el costo con el valor, la apariencia con la esencia, y la riqueza con la felicidad. Dicen que odian la mentira, pero en verdad solo odian la mentira ajena y no la propia. 

Más de una vez me he encontrado con una de ellas, y descubrí lo peligroso que es hacerles notar que su actitud no es la de la inocente princesa que es feliz en su pobreza, sino la de la malvada madrastra que hace todo por aparentar lo que no tiene. En esa ocasión pude ver a una de ellas convertirse en un dragón que escupía fuego, solo por mencionar que la belleza está en el alma. 

Para terminar, diré que aún está pendiente el episodio en que le proponga a una mujer que sea la princesa de mi cuento. Si me acepta, le diré que eso implica ser secuestrada, encerrada, o víctima de algún terrible maltrato mientras espera a que yo llegue.

domingo, 5 de enero de 2020

Donde menos se piensa


Son muchos, se confunden en la multitud y es imposible reconocerlos a simple vista. Son los tontos. A la gente desprevenida los toma por sorpresa. Creen estar ante una persona normal y lo tratan como tal hasta que de pronto, sin previo aviso, sueltan una tontería que los deja en evidencia, pero para entonces ya es demasiado tarde.

Algunos, teóricos de la tontería, han aventurado algunas formas de identificarlos, son aquellos que van con una sonrisa entre la multitud de trabajadores que van al trabajo cada mañana, como si la vida fuera bella a esas horas, dicen, pero nunca encuentran la prueba definitiva. Otros, de aquella raza que le puso etiquetas a a todo lo que existe, tratan de clasificarlos para identificarlos, fracasando al verlos cometer tonterías de nuevos tipos que obligar a replantear cualquier clasificación.

Algunos quisieron marcarlos, colocarles un distintivo que proteja a las personas normales de su contacto, para sufrir la decepción que significa constatar que la tontería es contagiosa y hace a personas comunes cometan acciones tontas, o peor aun, pensamientos tontos. Se dice incluso, aunque no ha podido nunca probarse, que los tontos saben infiltrarse en los equipos de investigación que pretenden estudiarlos.

No hay lugar en donde tarde o temprano no aparezca un tonto, ni proyecto en donde no surja una tontería que introduzca una peligrosa variable de incertidumbre que ponga en riesgo todo el resultado.

Es inútil castigarlos u ofrecer incentivos para evitar que los tontos actúen, porque los tontos son inocentes de su propia tontería y no actúan con mala intención. Los tontos, además son inmunes a la experiencia. pueden repetir las mismas tonterías una y otra vez. Cuando se les impide o se les educa para no cometer una tontería específica, cometen otra que nadie pudo prever, demostrando una inventiva fascinante.

Es imposible censarlos, porque los tontos ni siquiera saben que lo son, y viven desconociendo el efecto que su tontería causa en los demás. Las opiniones de los demás tampoco son confiables, pues muchas veces son interesadas, muchas veces se califica a alguien como tonto sin serlo, e ignorando a los verdaderos tontos. De esta manera nadie conoce su cantidad, no se sabe si son mayoría, como más de uno teme.

Cualquier intento de control tendrá poco o ningún efecto. Las tonterías no pueden ser direccionadas, ni desviadas, ni evitadas. Fluyen de manera natural y como el flujo de un río caudaloso, si encuentran un escollo, lo rodean y vienen desde otro lado.

Son una fuerza impredecible y poderosa que algunos han tratado de aprovechar desde el gobierno, desde los partidos políticos y hasta desde las mafias, con resultados que no han ido más allá de algunos éxitos esporádicos y de corta duración, porque los tontos son la más democrática de las condiciones, sin tener distinción de sexo, edad, condición económica, religión o filiación política. 

¿Qué podemos hacer entonces contra los tontos? Nada. Ni siquiera se puede criticarlos, porque en aras de la corrección política no sería bien visto herir sus sentimientos y en cualquier audiencia, al menos probabilísticamente, hay al menos un tonto. Ya sabemos que donde menos se piensa, hay un tonto.

miércoles, 28 de agosto de 2019

Dos cortitas


Ciclo capitalista 
Buscar trabajo
Tratar de sobrevivir mientras encuentras un trabajo
Obtener un trabajo
Conformarse hasta encontrar un trabajo para el cual se ha estudiado
Tener un trabajo acorde a tus capacidades
Tener un trabajo donde hagas lo que te gusta
Tener un ambiente de trabajo agradable
Encontrar un trabajo donde te paguen lo que mereces
Sobrevivir a la próxima reducción de personal
Repetir el ciclo.


Generaciones
La generación que escuchó a los Beatles, lo único que puedo decir es que tiene un mejor gusto musical.
La generación hippie no logró hacer que triunfe la paz y el amor.
La generación que creía en el socialismo fue la que más rápida y estrepitosamente vio destrozarse sus sueños. Algunos no se recuperan hasta hoy del golpe.
La generación que jugaba con el cubo de Rubik ¿Es más hábil con las manos? ¿Tiene mejor percepción tridimensional?
La generación que jugaba con un Tamagotchi ¿Trata mejor a sus mascotas? ¿Entiende mejor sobre la fragilidad de la vida?
La generación que leía los libros de Harry Potter ¿Tiene mejor comprensión de lectura?
De la generación que hoy escucha reggaetón ¿Qué podremos esperar realmente?

sábado, 15 de diciembre de 2018

Mis sueños pequeños



Tal vez mi falta de éxito en la vida se debe a que nunca he sabido soñar en grande. Si alguna vez pienso que me gustaría ganar la lotería, no pienso en esas loterías mundiales de miles de millones de dólares, sino en esas más provinciales, que alcanzan apenas para salir de deudas, librarse de los vecinos odiosos y darse el gusto de un solo viaje.

En el amor, mi ilusión, es exactamente la que no quiere Joaquín Sabina: un amor civilizado, con recibos, y escena del sofá, alguien que elija mi champú, con sólo la concesión de que se muera conmigo si me mato, y se mate conmigo si me muero.
Será por eso que cuando cojo la guitarra, no me imagino a mí mismo en un estadio repleto de gente que grita mi nombre repitiendo mis acordes en guitarras invisibles. En tales casos, pienso más en que soy ese sonido que suena desde una esquina de un pequeño local, pero que llega al corazón de los pocos que le prestan atención.

Una vez conocí a un ingeniero que se jactaba de haber estado en grandes proyectos, que sólo aceptaba un trabajo si la paga era buena. Lógicamente, esta persona no mostraba empatía alguna en su trabajo, y según él mismo decía, no estaba allí para hacer amigos. A mi siempre me causaba esa repulsión que me han causado desde entonces los mercenarios laborales, y lo comparaba con la forma en que he tratado de llevar mi carrera profesional, tratando siempre de aprender y preguntándome todas las noches si es que mi trabajo ha hecho la diferencia ese día, y si realmente he aportado algo a la meta durante esa jornada.

Será también por eso que en muchas películas que he visto, me he sentido más identificado con alguno de los personajes secundarios que con el héroe. El Neville Longbottom en La saga de Harry Potter, o (horror de horrores) el Hawkeye de los vengadores. Soy un tonto, prefiero el alma al ego, prefiero cuidar un jardín a gobernar un reino. Debe ser eso.

sábado, 27 de octubre de 2018

Dos Anécdotas clarificantes


1
En 1874, un grupo de artistas independientes presentó una exposición en un salón parisino. Las obras mostradas en esa sala tenían en común que todas representaban un rompimiento con la concepción clásica del arte, que buscaba reflejar la naturaleza de la manera más fiel posible. Este grupo de artistas, que contaba a Claude Monet, Pierre Renoir, Edgar Degas, Paul Cezanne y Camille Pissarro, se negaba a seguir los cánones de la Academia Francesa, y perseguía la representación de las emociones antes que las imágenes. Los críticos de arte criticaron ferozmente la exposición, tildando a las obras como vulgares, meros bosquejos. Una de las obras fue atacada especialmente por uno de los críticos. Era una pintura más bien pequeña, que representaba el puerto de Le Havre al amanecer, con el nombre de “Impresión: Sol Naciente”. La frase que el crítico pensó que sería lapidaria fue “¿Impresión? Claro que produce Impresión… el papel pintado en estado embrionario está más terminado que esta marina”. La exposición fue un fracaso que cerró en apenas un mes. No se vendió ningún cuadro y el público y la crítica empezó a llamar despectivamente “impresionistas” a los que habían colaborado en ella. Pero ellos no se rindieron. Siguieron presentándose en exposiciones independientes y pintando. Ninguno de aquellos pintores y escultores volvió a pintar de acuerdo a los cánones clásicos. Más aún, adoptaron con orgullo el mote de “impresionistas”, hasta que poco a poco fueron reconocidos, como lo son hasta el día de hoy.

Esta anécdota me hace pensar en lo que hubiera pasado si esa exposición se realizara en nuestros días. Probablemente los artistas se hubieran quejado de bullying, se habrían rebelado contra ese término ofensivo y hubieran inventado un eufemismo más suave e inclusivo para definirse. Hubieran reclamado por un término despectivo que les significaba agresión psicológica, causa de depresión, daños morales, un término políticamente incorrecto, al fin y al cabo. Hoy que hablamos con tanta frecuencia de lenguajes inclusivos, de expresiones políticamente correctas y de agresiones verbales, conviene recordar estas historias de gente que tomaba un término despectivo y lo convertía en una bandera de victoria. Recordemos que términos como “cristiano”, o “americano”, fueron alguna vez insultos.

2
En los años 60, los suizos inventaron el reloj de cuarzo. La industria relojera suiza no le prestó atención. Cuando uno de los fabricantes de relojes intentó comercializar un modelo de pulsera, la asociación de fabricantes de Suiza impidió el intento. Un reloj debe tener manecillas y cuerda, decían, no se puede romper una tradición de varios siglos de relojeros, decían. Solo quedaba una cosa por hacer con el invento: la patente del reloj de cuarzo fue vendida a los fabricantes japoneses. A la vuelta de diez años, los relojes de cuarzo eran los más vendidos en el mundo y los fabricantes suizos iban camino a la quiebra. Los inventores nunca trataron de obtener notoriedad denunciando la conspiración de las grandes compañías que trataban de ocultar su invento. No culparon a los poderes oscuros que dominan el mundo. Hoy que es fácil encontrar en internet historias de grandes inventos que son ocultados por los monopolios, no se menciona a nadie que haya intentado vender tales inventos a los chinos, a los coreanos o a los japoneses.

sábado, 6 de octubre de 2018

El camino del hombre recto



Hace poco volví a ver “Pulp Fiction” en la televisión. Como suele pasar cuando uno ve algo que no veía hace tiempo, llamaron mi atención cosas que antes había pasado de largo. Una de ellas es el monólogo de Jules Winnfield (Samuel L. Jackson), que dice así:

“El camino del hombre recto está por todos lados rodeado por las injusticias de los egoístas y la tiranía de los hombres malos. Bendito sea aquel pastor que en nombre de la caridad y de la buena voluntad saque a los débiles del valle de la oscuridad. Porque él es el verdadero guardián de su hermano y el descubridor de los niños perdidos. ¡Y os aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquellos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos! ¡Y tú sabrás que mi nombre es Yahvé, cuando caiga mi venganza sobre ti!”

Esta parrafada se supone ser una cita bíblica, y así lo cree hasta hoy mucha gente, que no se ha molestado en buscarla para verificarla. Tal como ha pasado tantas veces, el cine nos miente. O mejor, el cine es un mundo paralelo donde tales cosas son ciertas durante dos horas, con tal sacar a flote nuestras emociones.

Tonto como soy, me puse a analizar la larga apócrifa cita. La cita en verdad tiene el tono del Antiguo Testamento, como que es una variación y una expansión de otro pasaje verdadero, de los muchos que usan en nuestra realidad la gente violenta para justificar sus acciones. El que lo diga un tipo cool como Samuel Jackson la hace más creíble. Estoy seguro que la frase no habría tenido tanto éxito si la hubiera dicho John Travolta.

¿Y que significa la frase? El propio personaje duda de su significado. Tal vez sea yo el pastor y tú el hombre malo, dice; tal vez el mundo es el injusto y está arma es el pastor, pero la verdad es que yo soy el hombre malo, aunque estoy tratando con mucha fuerza de ser el pastor. Al final – y esta es la gracia de la película – la frase no significa nada, y la verdad la dice el propio Jackson al inicio de la escena: sólo es una buena frase que decir a alguien a quien va a matar. Si esto es cierto, entonces Tarantino nos está dejando una lección: una frase por sí sola no tiene un significado más que el que cada uno quiera darle. No seamos tan literales ni siquiera con la Biblia, ya ven que los estoy engañando con una cita falsa. Incluso nos da el número de versículo para que la comprobemos fácilmente.

Debo admitir que la frase me gustó, empieza con una bendición y termina con una maldición, muy propio de Tarantino. Cuenta la historia que al director le gustaba la capacidad de Samuel L. Jackson para memorizar largos parlamentos y escribió este especialmente para él. Y la cita perseguiría al actor un poco más. Podemos ver la primera línea del versículo en la película “Capitán America: Winter Soldier” con la misma falsa referencia bíblica Ezequiel 25:17, en la lápida de Nick Fury, interpretado por el mismo actor, un poco burlándose y recordándonos de nuevo que en el mundo ficticio de las películas, estas cosas son posibles.

Y hay algo más. En la película “Los increíbles”, en la que Samuel L. Jackson es la voz de Frozono, se le escucha criticando a los malvados que recitan un monólogo antes de matar a alguien, tal como lo hiciera su personaje en “Pulp Fiction”.

Sin más que agregar, cierro mi post, guardo mi tablet y me dispongo a encender la televisión, con la esperanza de encontrar un nuevo tema sobre el cual escribir. Buenas Noches.

domingo, 17 de junio de 2018

Los Americanos


- Ingeniero, allá en la planta ¿Hay gringos?
- Sí, hay tres o cuatro americanos.
- Y los americanos ¿Cómo son?

El grupo de ingenieros que nos encontrábamos en la mesa miramos todos al niño, hijo de la dueña del restaurante que nos daba menú en la obra, y que nos hacía la pregunta con total inocencia y atrevimiento.
- Los americanos son más altos que nosotros, más blancos y saben todos hablar inglés – Respondió uno de mis compañeros, más en broma que en serio. Yo por mi parte, caí en la cuenta de que nunca me había hecho esa pregunta, y me puse a pensar en qué es lo que diferencia a los americanos de nosotros. Mientras tanto, otros complementaban la primera respuesta:
 - Los americanos creen realmente que son los dueños del mundo, nos miran por encima del hombro y creen que aquí todavía usamos taparrabos y arcos y flechas.
- Es que ellos no leen libros, sólo ven películas que escribe gente que tampoco lee libros.
- No les hagas caso, en realidad los americanos no existen, ellos mismos se inventaron, todos somos americanos, ellos se creen los únicos americanos, y por eso inventaron que nosotros somos latinos, cuando Latinoamérica es otro invento de ellos...
- Lo más chistoso es cuando creen que están aprendiendo español o cuando creen que están bailando como nosotros y no se dan cuenta de que se ven ridículos.

Aquí fue cuando yo intervine, después de revisar mentalmente todo lo que he visto en todos los americanos que he visto y también lo que recordaba de las películas.
- Yo creo que lo principal que hay que saber de los americanos es que se trata de gente con el alma vacía. El breve silencio incrédulo que siguió me dio la ocasión de completar la idea. - Nosotros tenemos un alma que llenamos con la familia, con los amigos, y hasta con el fútbol y con el baile. Los americanos no tienen eso. Apenas cumplen los 18 años, se van de su casa y no regresan más. Así pierden a su familia. Cuando se mudan, no conocen a sus vecinos, en su trabajo se ocupan tanto de sus labores que no les interesa conocer a sus compañeros. Ha habido casos en los que trabajaban junto a un asesino y nadie se dio cuenta. Así es que no tienen amigos.
- Pero a ellos sí les gusta el deporte, sólo que son otros deportes, les gusta el rugby y el básquetbol – intervino uno de los ingenieros.
- Pero para ellos es diferente – respondí – nosotros vamos en grupo desde temprano, cuando hay un gol nos abrazamos con desconocidos. Allá no existen barras ni hinchadas, cada quien va solo o con uno o dos amigos, sin grandes banderolas, sin bandas, y al final regresan solos como vinieron, sin festejar en las calles como hacemos aquí. Por eso es que decía que los americanos tienen un alma vacía.
- Por eso es que los americanos que están aquí sólo les interesa el trabajo…
- Y a aquellos que no les gusta su trabajo, quieren llenar su alma con otra cosa, y se vuelven fanáticos de cualquier cosa: hay fanáticos de cómics, del ejercicio, de las armas, de la religión, de las dietas, de la Guerra de las Galaxias, del dinero, del sexo, parece que cada americano busca algo a lo que hacerse adicto.

El niño nos miraba a uno y a otro, maravillado de las respuestas que recibía.
- ¿Y no hay gente normal allá?
- Yo creo que para ellos eso es lo normal, y esa es la parte triste…

viernes, 17 de noviembre de 2017

Frases obsoletas


Hay frases que ya no deberían decirse, pero que seguimos escuchando, tal vez más por costumbre que porque reflejen realmente la realidad. Una de estas frases es la de “El capitán se hunde con su barco”. Esta frase proviene, sin duda, de los tiempos antiguos en que l gente viajaba en barco y los capitanes eran gente honorable. Cuando había un accidente, tal como un choque con un arrecife, con otro barco o tal vez un ataque de piratas, el capitán organizaba la defensa y el rescate, y se aseguraba de que todos estén a salvo antes de abandonar el barco. Cuando esto no era posible, prefería no sobrevivir a la pérdida, antes de verse señalado el resto de su vida como el capitán que perdió su barco. Así se decía entonces cada vez que alguien a cargo permanecía en su puesto ante una posición desesperada o una causa perdida. Yo siempre oponía este dicho al otro que dice que las ratas son las primeras en abandonar el barco, hasta que llegaron los tiempos actuales, en que ya no sabemos quién es el capitán y quienes son las ratas. No tengo los datos históricos exactos, pero me parece que el último capitán que se quedó en el barco mientras se hundía fue el del Titanic. Y esa fue justamente la extinción del género. Ahora, los capitanes abandonan el barco sin pudor alguno a la primera señal de peligro, y más de uno ha demostrado tener más olfato que las ratas a la hora de anticipar el desastre. No quiero ponerme a hablar de política, pero hubo una vez en que el capitán dejó el mando del barco a las ratas mientras el barco se hundía, lo cual hubiera sido cómico si no fuera porque los pasajeros éramos todos nosotros. Y esta es historia cierta, no importa en qué país me estén leyendo.

Hablando de frases obsoletas, hace años, en los barrios populares, cuando se dudaba de la integridad de alguien, la frase que se escuchaba siempre era “Yo soy pobre, pero honrado”, o el plural de “Aquí somos pobres, pero honrados”. Es que siempre se pensaba que los pobres eran los que cometían los delitos, y que la “gente honorable” eran los de la clase media para arriba. Ahora los tiempos han cambiado y los delitos se han democratizado, si es que no fue así desde el comienzo, y son los ricos a los que vemos cargar con todo lo que pueden, sin importar la decencia y las buenas costumbres. Son ahora los ricos los que deberían defenderse del prejuicio de clase diciendo: “Soy rico, pero honrado”.

Una última, aunque no venga tan a cuento. Siempre se dice que una imagen vale más que mil palabras. Hagamos un poco de matemáticas. Si yo veo un video a velocidad normal, es decir, a 24 imágenes por segundo, me vale más que 24,000 palabras. Esto significa que en una película de 90 minutos, o sea 5,400 segundos, lo que he visto vale más que 5,400,000 palabras. Esto es más de las que tiene la Biblia, solo por poner un ejemplo. Sin embargo, al ver una película no me siento más culto por haber leído tanto. Por lo tanto, esta frase también deberíamos considerarla como obsoleta. Y ni siquiera he hecho la distinción sobre si la película está en HD o 4K, lo que sin duda debería valer más de 1,000 palabras por cada imagen.

jueves, 13 de agosto de 2015

Qué hacer con una página en blanco


Estoy aquí esperando un trámite que está demorando más de lo debido. El problema es que cuando estoy aburrido soy peligroso, creo que debería haber una ley contra esto. Tampoco tengo ganas de mirar mi correo ni nada que aparezca en una pantalla. Así que miro en mi escritorio y veo varios papeles en blanco o al menos con una cara en blanco. También hay post-its y un taquito de papel para apuntes. Con menos me las he arreglado antes, pero ahora no ando tan inspirado como otras veces.

¿Qué hacer con una hoja en blanco?  En los tiempos antiguos, los escritores se horrorizaban ante la idea de una página en blanco, colocada en la máquina de escribir. Sonrío al pensar en cómo la pasaría la gente de la oficina ahora si me viera escribir en una máquina como la que tenía en mi casa, una pequeña Olivetti Lettera 32. Vendría atraída por el ruido, estoy seguro, y me preguntaría cómo es que puedo escribir usando esas teclas tan duras, se divertirían con la campanita que avisa el final de un reglón y lo compararían con los modernos teclados de computadora, yo explicaría cómo hacía mis tareas escolares en esta máquina y me convertiría en un héroe de los tiempos antiguos ante mis espectadores. No tengo ya esa maquinita, pero tengo ahora más recursos a mi disposición, y mucho más papel reciclado, por supuesto. Tengo que pensar en algo diferente de cuando escribía algunas frases relacionadas con el trabajo utilizando un plumón grueso para después pegarla en la pared junto a mi escritorio y esperar la reacción de la gente. Algunas de las frases me salieron muy buenas, como aquella que decía "Felicitaciones, nuestro proyecto ha sido nombrado la 7,481 maravilla del mundo".

Pensando en lo que puedo hacer, lo primero que se me ocurre es escribir algunos apuntes relacionados con el trabajo, pero desecho la idea al instante, estoy sólo, nadie me mira y sería un tonto si desaprovechara la oportunidad de dedicarme en cuerpo y alma al dulce ejercicio de la procrastinación. 
De todas maneras, mi programación automática de tonto hace que a las primeras palabras escritas me concentre más en la caligrafía que en las frases. Empiezo a repetir las palabras cada vez con mayores lazos, adornos y florituras. Del trazo de las letras paso sin sentirlo a los dibujos: primero flechas y algunos seudo iconos que algún día se popularizarán en las redes sociales. Ya entregado a la tarea, hago verdaderos dibujos de paisajes, máquinas inventadas, cosas de las que estoy seguro un psicólogo tendría mucho que decir. Debo recordar destruir todo cuando termine, no vaya a ser que alguien lo encuentre y me tome por un loco, o peor aún, por un tonto.

Terminada la fase del dibujo, ahora viene la etapa origami. Como es mi costumbre, comienzo por la papiroflexia europea, que consiste en doblar el papel en mitades exactamente alineadas y simétricas, cada vez más pequeñas. Soy bueno en esto, nada tiene que reprocharme el más estricto ingeniero alemán. Pero esto no es un reto para mí, así que paso al origami japonés. Por desgracia, mis pajaritos, sapitos y otros no están a la altura de lo que imagino cuando empiezo a doblar los papeles. Me consuelo pensando en que no soy un estudiante de la famosa escuela Tomehatzu, tan rigurosa con sus alumnos que aquellos que no aprobaban debían cometer sepuku, el ritual del suicidio japonés.
Buscando algo más a mi nivel, acometo los siempre populares avioncitos y barquitos de papel, no hay nada como los grandes éxitos que nunca pasan de moda. Mis obras terminan arrugadas y hechas bolas de papel que representan mi etapa de papiroflexia abstracta.

Ahora viene la etapa del papel cortado, por suerte tenía unas tijeras en un cajón, de las que nunca hasta ahora supe para qué estaban allí. Hacía tiempo que no recortaba muñequitos de papel, lo que se nota al ver el resultado. También he hecho cadenetas, flecos y hasta una cinta de Möbius, que me distrae unos minutos con sus connotaciones filosóficas.

Después de escribir, dibujar, doblar y cortar, al fin he llegado al límite de mi capacidad de perder el tiempo con unos cuantos papeles de mi escritorio, así que reviso mi bandeja de entrada y encuentro por fin la respuesta que esperaba, y también una comunicación de la gerencia sobre la política de reciclaje de papel. Demasiado tarde, pienso, ya encontré mi propia política de reuso y reciclaje.

viernes, 17 de julio de 2015

Huellas en el camino


Hay veces en que es bueno detenerse un momento para ver las huellas que estamos dejando en el camino. Inclinándome un poco, puedo ver todas las huellas que han pasado por este camino. Hay huellas profundas y huellas leves, de gente liviana sin duda. Es fácil ver que alguna vez este camino fue pisado por primera vez por alguien, y luego muchos lo siguieron, algunos de cerca y otros a mayor distancia, hasta que muchos no vieron nunca al que hizo las primeras huellas. Otros fueron por aquí solo porque los demás lo hacían, otros siguieron este camino porque no conocieron otro, por acompañar a alguien, o por flojera de buscar un camino nuevo. Al final todas las huellas están confundidas y nadie sabe cuál huella es de quién.

Naturalmente el camino fácil es el más transitado, pero este camino es de piedra y la gente que pasa por allí no deja huellas. Los que han pasado por aquí vieron lo que todos los demás, un paisaje conocido que nunca cambia, y al final no dejaron huellas y no tuvieron nada qué contar del camino. Hay quien creyó que pintar su nombre en las piedras o dejar un mensaje tallado en un árbol bastaba para ser recordado, pero nadie lee lo que está escrito, lo que importan son las huellas, no que alguien diga lo que hizo.

Hay algunos caminos menos transitados por los que la gente pasa esperando hacer algo diferente. Al inicio del camino puedo ver muchas huellas, pero con cada piedra en el camino se ven huellas que dan la vuelta hacia el camino fácil. Algunos tropiezan más de una vez con la misma piedra, y otros la retiran para ayudar al próximo que pase.Se dice que alguien alguna vez trató de borrar las huellas de otro, pero las huellas se hicieron más profundas y sus propias huellas se desvanecieron rápidamente. Y hay huellas que se encaminan directamente al precipicio, son las de aquellos que no sabían a donde iban, o de los que, incapaces de llegar a su destino, quisieron acabar con todo.

Hay también caminos difíciles con abismos a los costados, piedras obstruyendo, con cactus, caminos en subida y con muchas curvas. Aquellos que lo siguen se ven gratificados con las hermosas vistas desde lo alto y con el honor de lograr lo que pocos pudieron.

Por último, hay los que van por donde no hay huellas, ellos son los que hacen su propio camino que otros seguirán después. No saben lo que encontrarán en el camino, ni siquiera tienen la seguridad de que llegarán a su destino, solamente confían en la dirección que llevan. Ellos serán los primeros en encontrar las dificultades y los que deberán resolverlas para seguir este nuevo camino. Por un tiempo veré sus huellas solitarias en el camino que han hecho al andar.

¿Y mi camino? No estoy aun seguro de cuál de todos ellos es. A veces me parece ir por el camino de piedra, otras veces por un camino nuevo, he preguntado muchas veces cuál sería el mejor camino, pero al final la decisión siempre ha sido solamente mía. Mientras tanto, voy disfrutando del paisaje. He subido y he bajado, he tropezado he dado vueltas para llegar al mismo sitio, aunque no he pasado por el mismo lugar dos veces. Me queda la seguridad de que al menos en algunos tramos del camino mis huellas son las únicas que se ven. Y si alguien me pregunta, no quiero tampoco recomendar mi camino, tal vez no vayamos a mismo destino. Y ya es hora de volver a caminar.

domingo, 22 de febrero de 2015

El líder


Si alguna vez me encuentro a un extraterrestre que me diga “Llévame con tu líder”, obviamente no lo voy a llevar. No voy a dejar que se forme una mala opinión sobre mi planeta. Mejor lo llevaré a un buen restaurante, o mejor aún, lo llevaré a un bar. Le diré que el cantinero es mi líder, con lo cual tampoco estaría faltando demasiado a la verdad.


¿Se imaginan lo que pasaría si en realidad los llevo donde nuestro líder? Si tengo suerte, el jefe de los aliens solamente creerá que le estoy tomando el pelo. Ya pues, en serio, llévame con tu líder, me diría. Tendría entonces que presentarle a La Jefa, o sea la esposa del líder. Creo que al menos con ella tendría un poco más de suerte de que me crean, pero aun así no podría evitar un cuchicheo extraterrestre con algo así como un “Te lo dije, este es un planeta de segunda”.

jueves, 11 de diciembre de 2014

El negocio de la infelicidad


De vez en cuando algún tema me persigue y no me suelta hasta que escribo sobre él, urgencia de escribir, que le llaman. Uno de estos temas es el de la felicidad, que ya he tratado antes en un par de posts por aquí. 

Buscando las rutas para hallar la felicidad me he encontrado con multitud de anuncios publicitarios que ofrecen felicidades a distintos precios, en cómodas cuotas mensuales y en ofertas increíbles. A pesar de que siempre se nos dice que el dinero no compra la felicidad, los vendedores insisten en tratar de convencernos que esta se encuentra a cambio de unos cuantos billetes, en forma de perfumes, ropa elegante, o el artilugio electrónico de moda. La gente feliz maneja este auto, usa esta tarjeta de crédito, bebe este licor.
¿Hay espacio en este mundo para los gustos simples y las sencillas alegrías? ¿Realmente son necesarios todos estos productos para ser feliz? El hecho que ocultan todos los vendedores de felicidad instantánea es que aquellos que no tienen un cuerpo atlético y una cara hermosa también tienen derecho a ser felices. Más aún, muchos de ellos ejercen ese derecho. 

Es aquí cuando ocurre la revelación: el negocio no es la felicidad, sino exactamente lo contrario. Esta sociedad está basada en el comercio de la infelicidad. La búsqueda de la felicidad exige recursos y necesidades que deben atenderse. La felicidad, en cambio, es un estado estable que ya no necesita nada más. Dicho de otra manera, una persona feliz ya no necesita comprar nada.
Es por eso que las empresas quieren convencernos de que la felicidad es comprable, y cuando llegue la inevitable decepción, ya tendrán listo otro producto para la venta, prometiendo que esta vez sí, lograremos la felicidad, reiniciando así el ciclo.

Y estamos tan acostumbrados a la infelicidad que si la gente fuera feliz, toda la sociedad de consumo se derrumbaría, llevando a la ruina a todos los vendedores de chucherías. Es por eso que los felices son gente peligrosa a la que hay que mantener alejada de esta condición, o por lo menos ocultarla  de la vista de la gente, no vaya a ser contagiosa esta felicidad.   

El comercio de la infelicidad llega a niveles ridículos, cuando se le analiza un poco. Ahora puedo reirme de la paradoja de ver a jóvenes deportistas anunciando whisky, a gente tratando de tener el último modelo de teléfono móvil como si la vida le fuera en ello, y a los que creen que la compulsión por la dieta o el gimnasio les asegura la felicidad.
Afortunadamente, soy uno de los tontos que aun piensa que la felicidad no se compra en una tienda ni se ordena por Internet.

Curiosamente, el negocio de la infelicidad está tan bien armado que los mismos vendedores caen en su propia red, pues tratan de convencernos de que su producto nos llevará a la felicidad y se ríen de nuestra credulidad, sin darse cuenta de que ellos también han caído en la trampa y lo que quieren es nuestro dinero para comprar cosas a otros vendedores de infelicidad, con lo que creerán ellos mismos llegar a la felicidad.

Pero no solo los vendedores de productos comercian con la infelicidad. También están los vendedores de religión, que se parecen tanto a los anteriores que a veces se hace difícil distinguirlos. Ellos no pueden admitir la existencia de una persona feliz que no pertenezca a su versión particular de la religión. Tratarán de convencerla de que su felicidad es una ilusión, ya que si el caso se llega a saber simplemente se les cae todo el negocio. Pero para todo hay solución. Un simple "Yo soy feliz" basta para desarmar todos sus argumentos. Afortunadamente, los vendedores de salvaciones no están preparados para convencer a alguien que insiste en que es feliz.

Sé que es una tarea difícil, pero debemos evitar a los mercaderes de la infelicidad y tratar de concentrarnos en, simplemente, ser felices.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Cuidado con el perro


Cada vez que veo un cartel que dice “Cuidado con el perro” me pregunto qué opina el perro sobre eso. Tal vez me responda que son ellos los que deben tener cuidado con los humanos. Por lo menos los perros no mienten, ni tratan de engañar, ni tratan a los demás como basura. Me imagino que el peor insulto de una perra abandonada debe ser algo así como “Todos los perros son unos hombres”.

...

Dicen que cuentan (aunque pasó hace tanto tiempo que quizá es cuento), que Diógenes el Cínico, quería tanto a los perros que quería ser como ellos, admirado de que ellos no codician poder político ni necesitan ropa ni oro, y cualquier lugar les sirve de casa. Por eso decía en plazas y calles "Mientras más conozco a los hombres, más quiero a mi perro". Cuando le pidieron que explique, simplemente respondió: "es que ninguno de mis amigos me recibe saltando y moviendo la cola".

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Algo en lo que nos llevan ventaja los perros es en que ellos no son racistas en absoluto. Los perros no se hacen problemas para juntarse con cualquier perra sin distinción de raza, color, religión o ideario político. Al contrario, son los humanos los que se escandalizan al ver a una perrita fina con su perro chusco. En el colmo del racismo, es común ver a gente paseando orgullosa a sus perros con una pureza de raza que ellos mismos no pueden reclamar, tal vez deseando que se le pegue algo del pedigree del perro. Como dijo una vez Roberto Carlos, yo quiero ser civilizado como los animales.

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La última. Una vez una persona que quería convencerme de que los animales no tienen sentimientos. me decía que los perros no pueden llorar. Le respondí que los perros también opinaban que los humanos no tienen sentimientos, porque no pueden mover la cola. Conclusión: Si los animales hablaran. no te dirigirían la palabra.

martes, 4 de noviembre de 2014

Imaginación y realidad


Siempre escucho que la realidad es más extraña que la ficción. Esto ocurre cuando se descubre la verdad sobre algún asunto, y resulta ser diferente a todas las teorías que se habían formado con anterioridad sobre tal hecho. Es que la imaginación humana está gobernada por los deseos y deformada por la educación recibida.

Cuando somos niños, los mayores empiezan una campaña sistemática por ahogar la imaginación. El cielo debe ser azul, dice la maestra al niño que pinta con crayolas; estas piezas se arman de esta manera, dice el padre. El resultado es un niño que piensa igual a los demás, con la imaginación castrada desde la infancia, con solamente la necesaria para perseguir sueños convencionales, de aquellos que se consiguen con dinero.
Por esto, cuando las personas tratan de utilizar la imaginación, en realidad reflejan sus deseos encuadrados en lo que les permite la educación recibida. Y la realidad no conoce de los sueños o deseos humanos, y puede llegar a donde la imaginación humana no alcanza.

Para quien se da cuenta de ello, la vida se vuelve una carrera hacia atrás, un intento por recuperar aquella imaginación perdida, eso que pinta la realidad de colores increíbles. El problema es que el mundo acepta cada vez menos imaginación. Tener acceso a tanta información, nos hace disfrazar nuestra falta de imaginación con el fácil recurso de cortar y pegar algo que se encontró en otra parte. Incluso la realidad hoy se corta y se pega.

La realidad, además es un concepto que los humanos deforman en todo momento. Al contrario de lo que se piensa, no es inmutable ni única, depende de la percepción de cada uno. El pasado no es inmutable, puede cambiarse de acuerdo a intereses personales, partidarios, religiosos o de otra índole. Tal vez se descubra que este pasado no ocurrió tal como se cuenta, y será entonces remplazado por otro que responda a otros intereses. Ocioso sería enumerar las veces en que se ha cambiado la historia para acomodarla a los intereses en boga. Lo mismo pasa con el presente. Hay tantas percepciones del presente como personas. ¿Cuál es la verdadera? Tal vez todos, tal vez ninguno. Tal vez sea el futuro aun no escrito el que nos invita a tratar de escribirlo con las pobres armas de nuestra imaginación. Y aquí también falla el hombre, pues siempre imagina el futuro como lo desea o lo teme, exagerando el presente o invirtiendo los hechos del pasado. Y la realidad no responde con lo uno ni lo otro, sino con algo distinto. El futuro será algo diferente a lo que imaginaron los que auguraron el triunfo del comunismo, a lo que predijeron el dominio del capitalismo y a lo que hoy predicen los gurús de la tecnología.

Tal vez sea mejor que la imaginación humana no pueda predecir el futuro, que el porvenir nos sorprenda siempre. Necesitamos tener una mejor imaginación, esa que tuvimos de niños, y que yo trato de recrear con estos escritos. Quiero imaginar cosas increíbles, para así acercarme tal vez a la realidad, como Santo Tomás de Aquino, quien decía “Lo creo porque es imposible”. Tal vez entonces imaginar que me quisiste no sea una idea tan descabellada entonces.

sábado, 30 de agosto de 2014

Empezar



A veces es solo cuestión de empezar pero ¡Qué difícil es empezar! Si yo pudiera empezar, ¡Qué de cosas no haría! Nadie podría detenerme, sería invencible. Pero para esto primero hay que empezar. Y no sé cómo empezar. Cuando sepa cómo empezar seré al fin como quiero que sea, seré aquel que hizo lo que se pensaba imposible, el que logró superar toda esperanza. Solo necesito algo, necesito saber cómo empezar...

Por eso me quedo aquí, pensando en lo bonito que sería empezar.

viernes, 11 de julio de 2014

Mundializando 2

Escribo esto antes de la final del mundial de fútbol, así que lo que aquí se lea, cuando alguien lo lea, tal vez ya esté desactualizado, refutado o sea irrelevante. Sin embargo es lo que se me ocurre en este momento. Al igual que la vez anterior, son pensamientos inconexos, tan solo con el ánimo de escribir algo con el tema del mundial de fútbol.

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En todos los mundiales, después de la fase de grupos, aparece siempre la misma discusión: ¿Son los penales la manera más justa de definir al ganador de un partido? Siempre aparece la sospecha de que quienes se quejan en voz más alta son justamente aquellos que perdieron el partido en esta instancia. Con la objetividad que me da ver el mundial desde un país que no participa desde hace tiempo, puedo decir que los penales son cada vez menos una lotería. Hemos visto un entrenador que cambia de arquero minutos antes de la definición por penales, un arquero que ha estudiado a cada jugador para determinar con mayor posibilidad de éxito la dirección en la que va a patear. La tanda de penales, me temo, ha llegado para quedarse, y se ha convertido en parte de la estrategia de los entrenadores. El que tenga una mejor forma de resolver el empate en las instancias de finales de campeonato, puede levantar la mano y proponer su solución.

...
 Este ha sido el mundial del twitter. Los resultados se comentan inmediatamente y los goles se twittean por millones, como si alguna otra persona necesitara enterarse cada vez que hay un gol o termina un partido. ¿Qué piensan todos los que twittean que hubo un gol, un expulsado o un lesionado en el mundial? ¿Qué los demás vivimos incomunicados? Peor son los que fabrican memes apenas terminado el partido. No sé cómo hacen para hacer sus gráficos tan rápido. Tal vez están mirando el partido en una ventana de su computadora, y en otra ventana, están modificando gráficos a toda prisa, lo que les priva de ver realmente el partido y disfrutarlo, como hacemos los hinchas decentes. Ahora vivo con el miedo constante de que alguien esté grabando o apuntando las frases ingeniosas que yo suelto en cada partido para publicarlas en twitter antes que yo y ganarse popularidad a mi costa.

Si me preguntan qué es lo que menos me ha gustado de este mundial, mi respuesta inmediata será los locutores y comentaristas. Por alguna razón los canales (de cable en este caso) creen que nos gusta un locutor gritón y parcializado, y unos comentaristas que se creen dueños de la verdad. Los argentinos en especial, se creen tan simpáticos que piensan que toda América los apoya y sienten la misma pasión por sus jugadores. Y no es así. Yo, por mi parte, después de cada triunfo argentino, no vuelvo a ver ningún canal de deportes en el resto del día.

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En los últimos días, aquellos a quienes no les gusta el fútbol, o quienes quieren diferenciarse del resto, llaman la atención a las diferentes tragedias que existen en el mundo. En estos días he visto a quienes, con la autoridad moral que les da su cuenta de twitter, recriminan al resto del mundo que no le presten la misma atención a lo que pasa en la franja de Gaza. Siempre que escucho uno de estos comentarios recuerdo una frase de Françoise Sagan: “A los enamorados no les importa Biafra”. Es decir, a quien está pasando un momento feliz, no le importa el sufrimiento del mundo. Señores políticamente correctos: Díganme con sinceridad si el día de su matrimonio o en cualquier otra ocasión feliz pensaban en las desgracias del mundo. Tal vez mi justificación tampoco es políticamente correcta, pero así es el mundo.

...
 Posiblemente cuando lean este post el mundial ya haya terminado y estemos en el difícil trance de volver a la vida normal de telenovelas, chismes de farándula y tragedias en el noticiero. Si es así no hagan caso de estas tonterías hasta dentro de cuatro años, cuando vuelvan a ponerse de moda. Chau.

lunes, 23 de junio de 2014

La verdad sobre las personas


De vez en cuando tengo alguna reunión donde las personas no esperan escuchar lo que uno tiene que decirles, sino buscan que uno diga algo que refuerce la posición que han adoptado previamente. Yo trato de cuidarme mucho de estas cosas, presentando los pros y los contras de cada opción, pero ellos simplemente no me escuchan hasta que llego a la parte que ellos quieren oír, cuando uno de los pros o contras coincide con lo que piensa. Ahora, su rostro cambia, y se muestra de acuerdo con ese pequeño pedazo de argumento que le permitirá presentarse a sus superiores con la aprobación de un experto que avale su decisión. Y esta es una verdad sobre las personas. Solo se presta oídos a los argumentos que están de acuerdo a lo que uno piensa. Por eso, y no por otra razón, es que es tan difícil convencer a otra persona de algo, y por eso no se puede razonar con muchas personas especialmente sobre temas de religión o política. Ellos desecharán las veinte razones en contra de su pensamiento y aceptarán la única razón que les favorece.
Esta, y otras razones son las que hacen que en el mundo no podamos entendernos todos, las que hacen que nuestra vida no sea tan fácil. Imagínense que sencilla sería la vida si todos pensaran como nosotros. Sería el paraíso, o sería una dictadura total, pero sería sencillo.

Otra cosa que he aprendido, y me han recordado recientemente, es que las personas no hacen lo que es bueno o malo, sino simplemente lo que piensan que les conviene. Otra vez en una reunión de trabajo, nos pasamos discutiendo un buen rato sobre cómo debería ser tal trámite. Al final de la reunión, todos quedamos de acuerdo sobre cómo debería ser las funciones de todos los que intervenían en ese proceso, hicimos un hermoso diagrama de flujo y reglas claras para que el trámite sea fácil y cumpla con su cometido. A la reunión siguiente tuve que informar del rotundo fracaso del proceso, indicando que la gente simplemente no seguía el proceso. ¡Pero si ya todo está definido, todos tienen sus responsabilidades! Me decía mi superior, casi gritando. Yo solo indiqué, lo más calmo que pude, que estaba describiendo las cosas no como deberían ser, sino cómo se estaban comportando en la realidad. Tuve que llevar a mi superior al campo para que pueda ver personalmente cómo las personas no hacen lo que deben, sino que hacen todo lo posible para no hacerse responsable del proceso que realizan.

Nuevamente, por eso es que los grandes planes se diluyen en las pequeñas responsabilidades que nadie quiere asumir, la gente se conforma con ser dueño de su propia burbuja, sin preocuparse de las grandes visiones corporativas, o del destino de la patria.

¿Por eso estamos como estamos como estamos en este país? El día de mi descanso aproveché para comprar unas películas piratas para ver con los compañeros, cuando a mi lado llegó al puesto una señora para llevarse una cantidad regular de videos. Muy meticulosa, quería que el vendedor le diera una tarjeta para poder ubicarlo y devolverle las películas en caso de que no se vean bien en su casa. Al negarse el vendedor, se retiró ofuscada, diciendo que no sabían tratar a los clientes y que por eso el país no progresaba. Estuve a punto de abrir mi bocota, pero la señora se alejó rápidamente. Veamos la situación: La señora está comprando videos piratas, lo cual es algo ilegal, un delito; quiere un video pirata de calidad y con garantía, quiere que el vendedor se arriesgue a ser encontrado por la policía, tal vez arrestado por su actividad, ¡Y todavía se queja del mal servicio y dice que por eso estamos como estamos en este país!
¿Realmente la señora espera que el país progrese dando garantía y buen servicio un vendedor de videos piratas? Llámenme subversivo, pero creo que las personas como esa señora son las que hacen que el país esté como está.

El último episodio me lo contó mi hermana. Un buen día ella, tal vez sin darse cuenta, empezó a cantar mientras hacía su trabajo. Conociéndola, debió ser un día en que ella se sentía bien, cosa que no me importaría a mí si me pasara. Pero, como dije antes, no todos se portan como lo haría yo. Otra de las personas le reclamó en voz alta que por qué se atrevía a cantar, que cómo se atrevía a cantar en una oficina. Otra de las trabajadoras le tuvo que decir esta verdad sobre las personas: Algunas no soportan que alguien a su alrededor se sienta feliz.

Es que el mundo no es como quisiéramos que fuera, sino sencillamente, es como es.
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