viernes, 21 de julio de 2017

Comida moderna


Normalmente no soy muy dado a los restaurantes temáticos, los cuales son muy raros por aquí, dicho sea de paso. Recuerdo una sola vez que me llevaron a un restaurante marino musical, para salir decepcionado al comprobar que ni el Frito Páez, ni el cebiche de Calamaro, ni el Joaquín Sardina valían la pena. Pero ahora voy al que se llama a sí mismo el restaurante del futuro, que ofrece una experiencia de ciencia ficción, con atención de la era digital, un sabor adelantado a su época y varias cosas más, así que al menos por curiosidad decido darle la oportunidad. He aquí la crónica sincera de lo que pasó.

Según el que me invitó, no hace falta apurarse, porque la reserva se hace con un app que te permite avisar de tu llegada y escoger tu mesa. Además, el app te conecta con Uber  para que nos recojan a tiempo. Hasta aquí todo iba bien. Claro, hasta que la teoría empezó a darse de cabezazos contra la realidad. Cuando el Uber llegó retrasado alegando que el tráfico había empeorado desde el momento en que se contactó al servicio, supe que sería uno de esos días en los que todo sale mal y me echan la culpa a mí por ser tan salado y por tener al universo conspirando en mi contra.

A nuestra llegada, mis temores fueron confirmados. Mi amigo el que me llevó casi se va a las manos con el mozo que atiende la entrada, quien le dice que tenemos que esperar a que se desocupe una mesa. Según nos trataban de explicar, la mesa que teníamos reservada ya estaba tomada por alguien con el app premium, que tiene atención preferencial. Cuando por fin logramos ingresar, vemos un enorme lugar decorado con todos los clichés futuristas, sin faltar ninguno. Allí estaban las luces de neón, los adornos plateados, las estrellas y naves espaciales, todo. Nos sentamos en unas sillas de estilo mezcla de Bauhaus y Star Trek, que yo, como alguien que se ha sentado en todo tipo de asientos, reconozco como apropiados para sentarse sólo por cortos espacios de tiempo, sólo para la comida sin nada de charla. Yo esperaba que se acercara alguien para tomarnos el pedido, pero mi amigo me explica que el menú y el pedido aparecen en una pantalla táctil en el centro de la mesa, como parte de la misma, lo que es una forma más rápida y segura de pedir, según el app que tengo aún abierto. En el menú aparecen todas las opciones de comida con un nivel de detalle exasperante. Tenemos que expresar que nadie de los presentes es vegetariano en ninguna de las seis o siete variaciones del término, que nadie quiere comida libre de gluten, ni de lactosa, de sal ni de preservantes artificiales. 

Una vez establecidas las reglas procedemos al pedido. Aquí ocurre lo que siempre me ocurre con las pantallas táctiles: no me obedece, marca cosas que no he pedido y se resiste a confirmar mi orden. Mi amigo tiene mejor suerte que yo y logra hacer el pedido. Las opciones que siempre pide la pareja de mi amigo son exactamente las únicas que no aparecen en el menú de opciones de la pantalla: el pollo debe ser parte pierna, la carne en término 75%, el ají debe venir aparte y la lechuga a un costado, que el refresco debe ser natural y no de sobre. Mientras esperamos, explico a mis acompañantes que los que programan las apps y el sistema de pedidos no conocen la idiosincrasia de nuestro país, que siempre es detallista a la hora de comer y que busca las fallas del sistema para poder decir orgullosamente que los chiches de la modernidad no se aplican aquí.

El hecho de que me dejaran terminar la explicación es un síntoma de que algo anda mal, y que nuestra orden se está demorando más de lo normal. La búsqueda de un mozo que nos atienda es otra prueba de paciencia, de la que ya no tenemos mucha. Una de las parejas pregunta por qué no hicimos el pedido desde el app antes de venir, para recibir la respuesta de que en este país nadie sabe lo que quiere comer hasta que llega al restaurante. En eso llega un mozo que nos informa que se ha caído el sistema y que nos va a tomar la orden personalmente. En ese momento empiezo a extrañar los métodos tradicionales al ver que el mozo está mandando la orden por Whatsapp.

Al estar esperando nuestra comida por segunda vez, me asalta la duda. Si este es un restaurante futurista, ¿No nos irán a traer una comida en pequeñas pastillas, como se ve en las películas de ciencia ficción? Mi amigo entra a la sección de preguntas de la app para hacer la consulta y recibe la respuesta en un par de minutos, diciendo que los alimentos son cocinados con microondas de convección, lo que garantiza una cocción óptima conservando el valor alimenticio. No sé por qué, pero esa conversación no me convence.

Cuando estamos a punto de buscar nuevamente al mozo para reclamar por la demora, vemos llegar nuestra comida. Todos entonces comprendemos porqué hay tan pocos mozos. Nuestra orden está viniendo en un dron. Afortunadamente una vida de accidentes me ha dejado rápidos reflejos y ese sexto sentido que me avisa del desastre inminente. Alerto a todos y busco protección debajo de la mesa justo cuando el dron se estrella contra nuestra mesa en una explosión de sopa, ensalada y platos de fondo.

Aquí fue cuando se armó el escándalo buscando al mozo, al gerente, al dueño y a los accionistas del negocio. Lo único que obtuvimos fue que el mozo nos contacte vía video chat con el encargado, quien nos pidió disculpas por el incidente y nos prometió un descuento y un postre gratis en nuestra próxima visita. Mientras mi amigo gritaba para que todos escuchen que nunca iba a volver y que no iba a pagar, nos dimos cuenta que el importe de la comida ya había sido descontado de su tarjeta de crédito a través del app, autorizado por ese asterisco que lleva a las letras pequeñas al instalar el app. Por mi parte, descubrí que también me habían bloqueado el acceso a los comentarios del app, donde pensaba poner toda la historia que estoy narrando aquí.

La velada terminó con todos nosotros sentados en la carretilla de la Tía Veneno, disfrutando de un cebiche como Dios manda, sin nada que nos recuerde que estamos en el siglo XXI. Como debe ser.

miércoles, 12 de julio de 2017

Fábula sobre la igualdad


A raíz de los últimos acontecimientos, diversas asociaciones están promoviendo una marcha en favor de la igualdad, a la que se espera que acudan miles de personas. Yo, como me considero una persona igual a los demás, he decidido unirme, al tiempo que trato de encontrar a tanta gente que en los días normales se desgañita diciendo que es diferente al resto.

Cuando llego, me uno a un grupo que parece animado, con pancartas y polos alusivos. “Hola, amigos, vengo a unirme a su grupo, ahora que todos somos iguales” digo con mi mejor sonrisa. Recibo una recepción glacial. Sólo uno del grupo se digna a contestarme. “Lo siento, señor, todos aquí somos amigos, ¿Por qué no va a otro grupo?”. “Pero si todos somos iguales, para eso es la marcha”. “Búscate tu propia igualdad” escucho decir mientras todo el grupo se va por su lado.

No me dejo amilanar por las circunstancias y veo a varios que todavía no tienen grupo. Una pareja que se está tomando selfies con el fondo de las pancartas es mi próximo objetivo. “Hola, ¿Nos tomamos fotos por la igualdad?”. La pareja parece un poco más abierta y yo les ayudo con algunas fotos. De pronto se me ocurre llamar a más participantes de la marcha para que las tomas salgan más interesantes. Llamo a gente para que se nos una y viene una variedad de gente. Allí aparecen otros problemas. La chica del selfie no quiere abrazarse con un cholito de camiseta raída y tez morena. Acérquense, para que salgan todos en la foto. Obligada, la chica del selfie le da un abrazo que trata de mantener la máxima distancia posible entre ambos. Una vez hecha la fotografía, se acerca a mí y me dice: “Hazme un favor, esta foto no la publiques”.

Ahora llega un grupito con cámaras y equipos profesionales, tratando de reunir a la gente. El jefe, al que reconozco porque en vez de hablar, grita, se me acerca diciendo “Usted, amigo, ¿Qué opina del hashtag #TodosPorLaIgualdad?” “Yo no vine por ningún hashtag, yo he venido por la igualdad”. El jefe no tiene tiempo de contestarme, pues está tratando de juntar un grupo grande de gente que grite su lema. El ajetreo se incrementa cuando llega otro equipo con pancartas de #SomosIguales y yo quedo en medio de los dos grupos, donde la gente que trata de jalarme cada cual para su respectivo lado se trenza en una batalla campal. De nada sirve que yo grite por enésima vez que si es una marcha por la igualdad da lo mismo el grupo con el que esté.

Al final, me veo en el grupo uno de los hashtag y las justo cuando las cámaras empiezan a filmar, irrumpe un grupo de homosexuales escandalosos con pelucas rubias y maquillajes exagerados que atropellan a todos para colocarse en la primera fila. Encuentro al de la camiseta raída que ha encontrado a un par de amigos tan pobres como él, y decido que me van a ayudar a avanzar. Somos rechazados violentamente por el comando gay, que empieza a gritar que somos unos homófobos que los quieren sacar de la marcha. A los que quieren sacarnos del tumulto les digo que la igualdad también es entre ricos y pobres. El vocero de los homosexuales me grita que esa es otra igualdad, que me vaya a hacer mi propia marcha, que esta es por la igualdad de géneros.

Apartado del grupo en el que estaba, comento a uno que está casualmente a mi lado que la igualdad no hace distingos de ricos y pobres, ni de géneros ni de posiciones políticas ni de razas. Una carcajada es la respuesta de mi interlocutor. “Si, seguro que a ti te gustan los negros”. Sólo entonces me doy cuenta de que estoy en un grupo con pancartas a favor de legalizar la mariguana.
Perdido y a la vez mezclado en la multitud, me junto con dos chicas a las que cuento lo que había pasado hasta el momento. Nuevamente mi relato provoca las risas de quienes me escuchan. “¿No sabes que estas cosas son así? No todas las igualdades son iguales. Hay igualdades e igualdades” me dice una de las chicas antes de perderse entre la muchedumbre.

Al final, me pregunto a favor de qué igualdad estamos marchando, porque cada grupo parece tener una propia. En ese momento se me acerca un hombre en túnica con pancarta de símbolos hindúes, felicitándome por mi presencia y diciéndome que todos somos iguales en el universo. Yo soy Adolfo Hitler, le respondo malhumorado, ¿Quieres ser igual conmigo?

lunes, 3 de julio de 2017

Tres tonterías



¿Qué hacer cuanto tienes pedazos de cuentos, opiniones varias y otras cosas inclasificables que son muy largos para el twitter y muy cortas para un post en el blog? Esperar a que se junten unos cuantos y publicarlos como miscelánea o tormenta de ideas. Aquí hay tres de los retazos que tengo acumulados.

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Un día vi a una persona sobre la baranda del puente, queriendo saltar. Me acerqué e intenté disuadirlo, pero mientras más razonaba de lo bella que es la vida, más determinado parecía a lanzarse. Al final, cansado de tratar de convencerlo, lo empujé al vacío. Es que no quiero que nadie se entere de mis fracasos.

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Viendo un noticiero de la televisión, me doy cuenta de que lo que se publica en los medios de comunicación es solo una pequeña fracción de la verdad. No quiero poner porcentajes, pero las fracciones van algo así:
- La parte de la verdad que solo conocen los directamente implicados.
- La parte de la verdad que no da rating.
- La parte de la verdad que se sabe pero que no se publica por miedo a demandas legales.
- La parte de la verdad que se oculta para proteger a algún poderoso.
- La parte de la verdad que todos saben pero que nadie se atreve a decir en voz alta.
- La parte de la verdad que no puede probarse.
- La parte de la verdad que no conviene decir al propio medio.
- La parte de la verdad que no es políticamente rentable.
- La parte de la verdad que los medios creen que es falsa.
Y solo al final, queda la parte de la verdad que se publica.

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Al despertar esa mañana, sobre la banca del parque, acompañado por el olor solitario y solidario de los árboles, Roy Web sintió el espasmo de algún animal a su alrededor. Al instante no supo de qué se trataba. Estaba solo, como desde hace mucho tiempo lo decidió. ¿Qué era? Se levantó y enjuagó su rostro con la neblina que había atrapado sus mejillas y su gran nariz. Otro ruido. ¿Dónde? Roy sabía que a esa hora era peligroso confiar en los sentidos. Por eso dijo con voz baja "dejen de joder". Se alistaba para abandonar el parque cuando lo notó: huellas de aves sobre la tierra todavía húmeda, flores rojas tendidas sobre el asfalto, que él alguna vez llamó buganvilias. Entonces lo supo. Descubrió lo que era. Había caído, en un momento de debilidad, en la nostalgia. ....
(Encontrado en internet, en un sitio al azar que mi navegador no quiso identificar con precisión)
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