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jueves, 15 de mayo de 2025

El reloj



En casa hay un reloj, de esos tan antiguos que ya nadie recuerda cómo llegó a la pared, tal vez una enrevesada cadena de herencias lo dejó allí, a falta de un mejor lugar, tal vez a la espera de que se defina su real propietario. Sé que en algún tiempo estuvo en un vestíbulo de un hotel de provincia que algún pariente tenía, o administraba. Tampoco se ha conservado el dato de si estaba allí en préstamo, propiedad, o en simple espera de un lugar mejor en donde colocarlo. El caso es que ahora está en una de nuestras paredes, enorme, y desentonando un poco con el moderno mobiliario que hoy habita la sala. 

Es que el reloj es una enorme caja de madera tallada, con una puerta que deja ver el péndulo a través de un vidrio. La cara del reloj está en números romanos y pequeñas inscripciones en letras góticas acreditan a su fabricante. El caso es que el reloj no deja de ocasionar cierta incomodidad. Ya la humanidad ha perdido la costumbre de darle cuerda cada cierto tiempo, desechando este rito por repetitivo y anticuado, sin caer en la cuenta de que es el mismo rito que les hace conectar a la corriente el smartphone. Por eso, es frecuente verlo detenido por falta de atención y de cuerda. Además, ya no se estila escuchar los sonidos del reloj, y el efecto que este causa en las personas. 

Durante el día, los sonidos cotidianos ahogan o distraen de su sonido, pero en las noches, o incluso en la tranquilidad de un fin de semana, puede escucharse al tiempo que pasa a través de él. Los segundos tienen un sonido grave y casi ominoso, y la regularidad de su campana que marca los cuartos, las medias horas y las horas pueden sorprender al visitante casual. Afortunadamente, las campanadas no suenan muy fuerte, o al menos así nos parece a quienes vivimos en este mundo que se ha vuelto tan estruendoso. Cuando llegan visitas, los niños quedan fascinados ante la extraña máquina y esperan a escuchar las campanas que suenan a pasado. Alguna vez un visitante comparó su sonido con campanas tibetanas usadas para la meditación. 

Ahora, tener un reloj en la sala nos parece un anacronismo, pues la vida nos ha rodeado de relojes: los celulares, los microondas, el televisor y hasta la refrigeradora tienen relojes luminosos, y ya ni siquiera se estila llevar un reloj en la pulsera. Sin embargo, este antiguo reloj parece marcar un tiempo diferente al de todos estos sustitutos modernos. Cuando uno lo observa, el tiempo parece correr más despacio, y el sonido de su maquinaria parece tomarse su tiempo para marcar cada segundo. El mueble en el que está montado también le da un carácter de importancia antigua, que recuerda todos los segundos, minutos y horas que ha sobrevivido, viendo a la gente detenerse, apurarse, esperar o simplemente pasar el rato. Tal vez por eso es que cuando se le agota la cuerda emite un sonido raro, como si quisiera decir “Ya no puedo más”. 

Tiempo ha pasado desde sus días de gloria. La vida se ha vuelto desde entonces más rápida, y los relojes que nos rodean nos gobiernan: hay que ir al trabajo, tienes una cita, despierta de tu sueño, tu taxi llegará en 3 minutos. Pero este antiguo reloj no buscaba gobernar al hombre, era simplemente un testigo del tiempo que pasaba. No te ordenaba levantarte, simplemente decía la hora, sin insistir, ni recordarte las citas con treinta, diez, y cinco minutos de anticipación. Pero algo ha quedado de los tiempos pasados en el reloj. En una noche tranquila, uno puede apagar la música, y prestar atención al sonido del segundero. Con un poco de concentración, el reloj se convierte en una máquina del tiempo y se podrá ver una sala de enormes cortinas y muebles tallados, alumbrado por candelabros. Hasta se puede oler la cera sobre los pisos cubiertos con largas tablas de madera y sentir el aroma de un pequeño fogón de carbón que cocina una leche fresca que se servirá en una vajilla de porcelana decorada con dibujos azules. 

 Hoy toca darle cuerda al viejo reloj. Y no puedo hacerlo sin dejar de pensar que, aunque el tiempo es fugaz, a veces hay que darle tiempo al tiempo.

viernes, 18 de octubre de 2019

La hora lunes


Todos los días, hay una hora en que me tengo que levantar, escuchar un rato el noticiero mientras me preparo el café para enterarme que el mundo sigue igual o peor que ayer, salgo a la calle para maldecir al tráfico, llego a la oficina, donde me dicen que hay que rehacer ese trabajo que me ha tenido sufriendo toda la semana, y donde descubro todos los problemas que me han ocultado el día anterior.
Todo esto ocurre en el lapso de una hora o un poco más, y todos los días tienen esa hora. Es la hora lunes del día. Es en esa hora lunes cuando las noticias te dicen que el mal no descansa, ni duerme, ni toma vacaciones. Cuando te das cuenta que las cosas no se resuelven mágicamente en una noche, porque los responsables, al igual que tú, al llegar a casa se desconectaron totalmente del trabajo.

Durante esa hora, descubro todo lo que debí hacer el día anterior y que no hice, y me pregunto cómo es que hace tan solo una hora estaba durmiendo tranquilamente y ahora estoy tan enredado, y como es que en algún momento pensé que sería buena idea venir a trabajar.

Felizmente la hora lunes solo dura una hora, y le sigue la rutina, que no es mejor, pero al menos tiene el consuelo de lo conocido. A tirar para adelante nomás, que ya vendrán horas mejores.

miércoles, 23 de octubre de 2013

El reloj cucú


En las casas antiguas, o en aquellas que se quieren dar algo de distinción antigua, están los relojes cucú, que marcan la hora con el canto de un pequeño pájaro mecánico. Siempre me dio la impresión de que estos son la versión light de los grandes relojes de pedestal, que parecían una columna y marcaban hasta los cuartos de hora con campanadas. Hoy en día estos han sido reemplazados por versiones chinas a pilas que marcan la hora con una larguísima canción electrónica, o una voz femenina de acento chino inocultable que te dice “Son las Cuatlo y cualto”. El chiste normalmente es divertido por uno o dos días, después este sonido llega a convertirse en insoportable y es desconectado de cualquier manera.
Y estos, los relojes que marcan la hora con algún sonido mecánico o eléctrico, han hallado siempre su lugar en la tranquilidad de las casas, lejos del mundanal ruido, listos para arruinar las siestas de la gente decente. 

Hasta ahora, que tenemos un reloj cucú en nuestra propia oficina.
En realidad, nadie pidió, que yo sepa, un reloj en la oficina. Los relojes en la oficina deben ser silenciosos. Los jefes y gerentes han sido enseñados en sus Universidades de Administración de Negocios que los relojes de oficina deben ser discretos, con un tictac inaudible, para no interrumpir la concentración de los trabajadores. Marcar las horas con un dindón, canto o semejante tampoco es aconsejable, no sea que los trabajadores se den cuenta de la hora que es y se les ocurra irse a sus casas a la hora de salida.

Pero ahora tenemos un reloj cucú en la oficina: Nadie lo pidió, como hemos dicho, pero allí está. La primera vez que lo escuché, me pareció uno de los ruidos que suele escucharse en cualquier oficina, así que no le presté mayor atención. A la hora siguiente, lo volví a escuchar, y ya me pareció algo diferente, algo fuera de lugar en medio del ruido de llamadas telefónicas, voces de mando ordenando que el trabajo se termine lo antes posible y la ocasional visita de la señora que viene a negociar dulces, chocolates y jugos. Fue entonces que me di a la tarea de ubicar la fuente de aquella voz que marcaba cada hora, sin mucha precisión, en verdad. El canto del cucú no tiene una exactitud inglesa ni mucho menos, pero se acerca dentro de los 3 o 4 minutos de la hora exacta. Los de la oficina ya hemos aprendido en estos días a bajar el volumen más o menos a la hora, hasta escuchar a nuestro reloj cucú recitar la hora en la mañana, con su canto agrio y rasposo:
-   Pucha, ya son las diez, y no he avanzado nada…
Una hora después, minuto más, minuto menos, lo escucharemos nuevamente con su canción:
-  ¡Las once! Y yo sigo aquí…
Todos en la oficina seguimos trabajando, hasta que llega la siguiente hora:
-   Ya son las doce, vamos a almorzar, después seguimos trabajando.

Y esta voz se convierte en una orden más autorizada que la del jefe, que al vernos a todos saliendo tan disciplinadamente, no le queda más que seguirnos hacia el almuerzo también.
A l regreso, el reloj cucú se convierte en una cuenta regresiva hacia la hora de salida, y a cada hora cambia su canto hacia algo así como:
-  ¡Todavía faltan tres horas para la salida!
-  ¡Dos horas!
-  ¡Menos mal que ya solo falta una hora!

Curiosamente, estas alarmas horarias han causado un efecto positivo en la productividad, pues la gente, al ver que falta menos para la hora de salida, redoblan sus esfuerzos para acabar con el trabajo del día, hasta que llega la última campanada:
-  ¡Por fin! ¡Ya nos podemos ir!

Y el reloj cucú, que se ha convertido en el guardián de las horas dentro de la oficina, ha ordenado a todos que se retiren pacíficamente. Los jefes tienen que poner todo su empeño cuando quieren que alguien se quede después de esa hora, ya que es muy difícil quedarse después de que el reloj ha hablado y dicho su última palabra.

Y ese justamente es el problema. La gerencia aún no decide si la presencia de un reloj cucú en nuestro lugar de trabajo es beneficiosa o perjudicial para el logro de los objetivos de la empresa. Y debe tomar una decisión radical cuanto antes, pues el ejemplo está cundiendo. Son ya varios los que cada hora empiezan a hacerle coro al reloj cucú, marcando las horas con su canto.

Mientras tanto, aquí seguimos esperando la hora exacta para escuchar a nuestro reloj cucú.
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