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domingo, 24 de octubre de 2021

El origen de los monstruos


Hollywood nos ha lavado el cerebro en muchos temas. Muchas de las cosas que creemos saber sobre la historia, sobre ciencia y leyes no proviene del esfuerzo de historiadores y sabios, sino que fue inventado en oscuras habitaciones llenas de tabaco, alcohol y drogas, por ignotos guionistas ansiosos de vender un libreto a productores de Hollywood que tampoco tenían respeto alguno por la verdad. Por eso hoy quiero poner un poco de verdad sobre el origen de las historias de terror más populares del cine, como ejemplo de lo anterior. 

Drácula: A cualquiera que se le pregunte dirá que la versión moderna del vampiro fue creada por el irlandés Bram Stoker, sobre la base de un personaje histórico llamado Vlad Dracul o Vlad Tepes. El problema es que esto es solo una verdad a medias en el mejor de los casos. El verdadero Vlad Tepes,  tiene poco en común el con el vampiro de la novela. Aunque se le reconoció una extremada crueldad, nunca se le atribuyó a Vlad Dracul poderes sobrenaturales, nunca vivió en Transilvania, no fue conde y nunca tuvo un castillo. El tema de los vampiros como criaturas maléficas que succionan sangre para vivir era ya popular en Europa en el siglo XVIII. En diversos ámbitos, circulaban historias sobre casos de vampirismo, con testigos académicos y jurídicos confirmados, en varios lugares de Europa Oriental. En 1656 se registró el caso del croata Jure Grando, un campesino que, según sus familiares, salía de su tumba en las tinieblas buscando saciar su sed de sangre. Según la historia, este hombre aterrorizó a todos en su pueblo aproximadamente durante 16 años, hasta que nueve hombres lo decapitaron con un hacha y lo enterraron de nuevo. 
Sabemos que Bram Stoker conoció a Arminius Vámbéry, un intelectual procedente de Hungría, que reunía información para Inglaterra sobre esas regiones, y quien le hizo conocer el caso de un informe médico de 1732 perteneciente al ejército serbio y en el que se describía un caso de vampirismo ocurrido en una aldea llamada Medvedjia, en la que presuntamente una plaga de vampiros dirigida por un tal Arnod Paole asoló a la población hasta que se exhumó su cadáver y se le atravesó con una estaca. 
Otra inspiración fue el caso de Elisabeth Báthory, en la Hungría del siglo XVI, que creía que bañarse en la sangre de doncellas vírgenes conservaría su belleza. Con el tiempo más de seiscientas jóvenes fueron víctimas de sus sesiones de magia. 

Frankenstein: De este monstruo también sabemos que la joven Mary Shelley Wollstonecraft lo creó como una apuesta en la tranquilidad de un lago suizo. Menos conocida es la fuente de su inspiración. Por un lado está la leyenda del Golem, criatura que, según varios relatos medievales, fue creada por un rabino en Praga a partir de barro y semen humano. Incapaz de hablar y de pensar por sí mismo, sólo obedecía órdenes literales. En una ocasión, la esposa del rabino le ordenó recoger agua del río, y el Golem repitió la labor una y otra vez hasta inundar la ciudad. 
La otra inspiración, y la que le daba sustento científico a la historia, fueron los experimentos del italiano Luigi Galvani. Galvani descubrió que si colocaba elementos de cobre a las patas de una rana muerta y aplicaba una pequeña descarga eléctrica, estas se movían como si estuvieran vivas. Con el tiempo, Galvani repitió el experimento con cadáveres humanos, logrando mover sus extremidades, atribuyendo el hecho a que los seres vivos creaban su propia electricidad y eso los hacía moverse. Con el tiempo, se sostenía, se podría aplicar electricidad para crear movimientos coordinados y hacer a los cuerpos caminar y lograr hacer tareas simples. Por esta razón, en el libro de Mary Shelley, el monstruo es activado por un rayo. Este origen con alguna base científica acerca al libro más a la ciencia ficción que al terror gótico, como podrá observarse.

Los Zombies: Estos son parte del folklore de Haití, en donde no se les considera personajes de ficción, sino un riesgo real, con casos en que se reportan personas secuestradas y convertidas en zombies para realizar trabajos de agricultura. El proceso incluye sesiones de magia vudú, creación de pociones para inducir la muerte, el desentierro y la programación para realizar las tareas encomendadas. Los zombies permanecen en este estado mientras no prueben la sal, símbolo de ofrenda a los dioses. las leyendas de zombies en Haití también son diferentes a lo que nos han contado las películas. Se dice que zombies fueron parte de los ejércitos de esclavos que participaron en la independencia de Haití, y que incluso fueron utilizados por los Tonton-Macoutes, la policía política que mantuvo a Francois Duvalier y a su hijo en el poder hasta los años 80. Estoy seguro que a los que van a Rumania nadie les pedirá estar alerta a ataques de vampiros, ni en Europa se teme la aparición en un bosque del monstruo de Frankenstein, pero en Haití sí nos advertirán muy seriamente cuidarnos para no acabar cultivando la tierra como zombies.

jueves, 29 de octubre de 2020

Leyendas peruanas: Sarah Ellen



Para la historia de miedo este año, voy a contar una que ocurrió en mi pueblo, y de la que incluso puedo decir que formé parte. Como tal, la contaré no como se cuenta en libros, periódicos y sitios de internet, sino como yo la viví, que fue más o menos así: 

En 1993, yo estaba sufriendo para pasar los cursos de la universidad a la que asistía en Lima, pero regresaba con cierta frecuencia a mi ciudad natal de Pisco. No era un viaje especialmente difícil, unas cuatro horas en bus, a recargar energías en la playa, y a visitar a la familia. En un viaje en ese año, encontré la ciudad en estado de agitación. En las calles podía verse mucha gente llevando una cadena en el cuello con una cruz de hierro como dije. Cuando encontré a uno de mis primos con esa moda, no perdí tiempo en preguntarle la razón, y fue así como tomé contacto con la historia de Sarah Ellen. 

En febrero de ese año, en un programa de televisión de una de las cadenas latinas de Estados Unidos (nadie me supo siquiera decir con seguridad cuál era) se emitió la historia de una mujer acusada de brujería que fue ejecutada en Inglaterra, y a quien negaron sepultura en su ciudad. Su esposo cargó con el cadáver en un barco, y fue de puerto en puerto buscando un sitio en donde le permitieran enterrarla. Así llegó al puerto de Pisco en 1913, en donde aceptaron enterrarla en el cementerio que en ese entonces marcaba el límite de la ciudad. La condición para aceptarla fue que en la lapida no se consignara su apellido, para que el demonio no pudiera encontrarla. El cementerio en ese entonces era nuevo, así que la tumba no estaba lejos de la puerta principal, y yo debo haber pasado muchas veces por allí antes, sin que esa tumba me llamara la atención más que cualquiera de los nichos de ese pabellón, lleno de lápidas antiguas. Se decía que algunos jóvenes de vez en cuando visitaban esa tumba y hacían invocaciones al demonio en ciertas noches especiales, según me enteré después. 

Volviendo al programa de televisión que puso en ascuas a toda la ciudad, allí se dijo que Sarah Ellen había jurado venganza cuando se cumplieran 80 años de su muerte, fecha que se cumpliría en junio de ese mismo año. El tema era la comidilla de toda la ciudad, y una tienda en la plaza empezó a vender las mencionadas cruces de hierro, que aseguraba el vendedor, protegería a su portador de la demoníaca venganza. Cuando llegué a Pisco, ya no solo se vendían libremente las cruces, sino también frascos de agua bendita, y un kit anti demonios, que consistía en la susodicha cruz, una estaca de madera y un martillo para enfrentarse a los vampiros cuerpo a cuerpo. ¿Mencioné que para entonces ya Sarah Ellen se había convertido en una mujer vampiro amante del mismísimo Conde Drácula? 

Al poco tiempo de mi regreso, la noticia llegó a los diarios de la capital. De pronto, se hacían reportajes sobre el tema, y especialistas de lo oculto daban su versión en los programas periodísticos. El cementerio de Pisco se volvió de repente en un lugar turístico, al punto que la municipalidad tuvo que poner vigilantes para evitar daños a la lápida, pues entre los visitantes había también quienes querían destruir la tumba. En Pisco y en Lima no parecía hablarse de otra cosa, olvidándose los problemas políticos del momento, lo que motivó a más de uno a pensar que se trataba de un esfuerzo del gobierno para distraer a la gente de sus problemas. 
Un par de reportajes serios encontraron en el municipio pisqueño la partida de defunción de Sarah Ellen Roberts, nacida en Inglaterra y fallecida en Pisco a causa de una enfermedad al corazón. Nadie le prestó atención a este dato, ya se sabe que la verdad es aburrida y no da rating ni tema de conversación. 

El clímax de la historia se dio la noche en que se cumplirían los 80 años de la muerte de Sarah Ellen y su anunciada resurrección, trayendo muerte y venganza a su paso. Una muchedumbre se dio cita en el cementerio aguardando la medianoche. En primera fila estaban brujos, chamanes, astrólogos, todos ellos haciendo rituales de purificación y de defensa contra el propio demonio que vendría a sacar a Sarah Ellen de su tumba para cumplir con la vampírica profecía. Todos los canales de televisión interrumpieron su programación para transmitir en directo el evento, con el reloj en cuenta regresiva a la medianoche, comentaristas y narradores. 
Se especulaba qué ocurriría en ese momento. Uno decía que la señal sería un rayo desde el cielo, en una ciudad en donde jamás antes ha caído uno, otro afirmaba que la tierra se abriría para dejar salir a Sarah Ellen triunfante sobre sus verdugos. Todo el país observaba expectante: 4...3...2...1. En el momento cumbre, pasó lo que en realidad tenía que pasar… Nada. 
En ese momento toda la concurrencia, hasta entonces en silencio, estalló en júbilo. Los ritos de los chamanes habían tenido éxito y habían impedido el regreso de Sarah Ellen desde el mundo de los muertos. Como suele suceder en mi pueblo, y en mi país, todo terminó en fiesta, con gente abrazándose y felicitándose por haber evitado el fin del mundo. 

Poco a poco, la vida retomó su habitual transcurrir, y la gente volvió a ocuparse de sus propios asuntos. La tumba de Sarah Ellen siguió siendo un lugar turístico, con un pisqueño siempre dispuesto a contar esta historia. Años después, el terremoto de 2007 destruyó gran parte del cementerio de Pisco, dejando el pabellón donde se encontraba la tumba en peligro. La municipalidad decidió derribarlo, pero se encontró con oposición de la gente del pueblo. Al final, se derribó en pabellón, pero la tumba de Sarah Ellen fue retirada de su nicho para colocarla en un pequeño mausoleo, en donde se encuentra hasta hoy. 

El visitante que llegue al cementerio de Pisco ahora verá el sencillo mausoleo con flores y algunas placas agradeciendo favores concedidos, tal vez vea a alguien rezando por su alma y pidiendo su intercesión para la obtención de algún favor o incluso un milagro. Es que así es la vida en el pueblo de Pisco, donde un vampiro puede convertirse en santo, si se le da un poco de tiempo.

domingo, 27 de octubre de 2019

Leyendas peruanas: Criaturas fantásticas


En esta época de Halloween, las personas piensan en brujas, zombis y vampiros, olvidando las criaturas que tenemos en el Perú. La razón, creo yo, es que el Halloween es un evento festivo, y en realidad nos burlamos de los monstruos, ya que solamente los hemos visto en películas extranjeras. Nuestros monstruos, en cambio, si nos causan miedo, porque son historias que hemos escuchado de nuestros abuelos, o en mi caso, tenemos testimonios de primera mano e incluso hemos vivido algunas de ellas. Para peruanizar este día, y como aporte para la mitología del terror, paso revista a algunas de las criaturas fantásticas que habitan mi tierra:

Los duendes: Estas criaturas aquí son un poco diferentes a los que nos cuentan las historias europeas. No son habitantes de los bosques, sino de los cerros, y como tales, tienen el color de la tierra, por lo que es muy difícil encontrarlos. Algunos dicen que son las almas de los niños que han muerto sin haber sido bautizados, y por eso buscan llevarse a los bebés e incluso a los niños pequeños para convertirlos también en duendes. Es por eso que no se debe dejar a los niños solos, dicen en los pueblos. Los duendes también gustan de tomar pequeños utensilios de las casas. Alguna vez me contó un amigo del duende que vivía en su casa y que siempre movía tijeras y herramientas de sitio, por lo que no era raro encontrarlas en rincones y hasta dentro del refrigerador.

El Muqui: Este es un tipo especial de duende, que vive en las minas, protegiendo los minerales que hay dentro de las montañas. También se le llama Chinchilico en el sur del país. Los mineros que han logrado ver a estos duendes, los describen como un ser de estatura pequeña, vestido con overol, casco y linterna de minero. En un sitio en el que trabajé, me contaban que uno de los trabajadores se separó del grupo y no sabía dónde estaba, cuando vio lo que creyó que era uno de sus compañeros llamándolo. Lo siguió por la voz y la luz de su linterna, aunque no lo podía ver. Cuando la cuadrilla que lo buscaba lo encontró, se encontraba muy profundo, el obrero les explicó que creía que uno de sus compañeros lo llamaba hasta que le dijeron que en ese sector no había nadie y al iluminar el piso encontraron las pequeñas huellas del Muqui. Allí fue cuando le dijeron que estos duendes llevan a los obreros a los sitios más profundos, donde mueren de asfixia. Algunos cuentan historias de gente que lo ha encontrado, lo ha aprisionado y castigado con correas hasta que el Muqui ofrece riquezas a cambio de su vida.

El Pishtaco: Un amigo me contó una vez que perdió el rumbo en los caminos andinos, hasta que encontró a otro caminante, quien le ofreció su casa para descansar un poco, ya que se hacía tarde. Al llegar le sorprendió encontrar la casa llena de machetes y cuchillos. Un viajante que pasó poco después le saludó: “¡Hola, Pishtaco!”. Mi amigo inmediatamente se disculpó con su anfitrión, y emprendió camino a toda prisa, olvidado el cansancio. Es que el Pishtaco mata personas para extraerles la grasa corporal, que después vende. Una de las teorías conspirativas que se cuenta en el Perú, es que en la Segunda Guerra Mundial, los norteamericanos tenían escasez de lubricantes para sus armas, y enviaron personas a nuestro país para obtener grasa humana, la cual tiene buenas propiedades. Por eso hasta hoy se dice que los Pishtacos tienen aspecto de extranjeros.

El Jarjacha: En los pueblos más aislados, o en casas solitarias de las montañas, no es raro saber de relaciones incestuosas. Pero este pecado conlleva un castigo horrible. El culpable se convierte en un ser con rasgos de llama o alpaca, con dos cabezas, que paraliza a la gente para matarla y comer su cerebro, a cambio de salvar su propia alma.

El Antimonio: En el Perú hay muchos vestigios prehispánicos, llamados aquí “huacas”, que son tumbas de personajes que fueron enterrados con sus tesoros. Estos sitios son guardados por los espíritus de sus muertos, que a veces se manifiestan como una llamarada que sale de las Huacas. Este es el antimonio, que mata a los que quieren desenterrar los tesoros, volviéndolos locos u ocasionándoles ataques mortales al corazón. Para poder sacar los tesoros se debe hacer un ritual con comida, que pueden ser habas, pallares o maíz fermentado. Entonces se verá su sombra comiendo los alimentos y es cuando el “huaquero” aprovecha para cavar y extraer el oro enterrado.

Estos son las historias que tengo de primera mano. Otras he sabido por libros u otras fuentes, y que pueden encontrarse en internet. No tenemos en el Perú que buscar en otros sitios para encontrar monstruos y criaturas fantásticas.

lunes, 18 de mayo de 2015

La chica de la curva


Dentro de las reuniones que tenemos de vez en cuando para aliviar la lejanía del hogar, siempre en algún momento la conversación se vuelve hacia las historias de fantasmas. En uno de mis primeros trabajos, uno de nosotros contó la historia del tesoro enterrado, otro la de los duendes que roban niños, yo contaba aquella del antimonio, al pedirle a una de nuestras compañeras, ingeniera ya de edad madura, que cuente su historia, accedió a relatarla, con la siguiente aclaración: “Esta no sé si es una historia de miedo o de fantasmas, pero lo que sí es cierto es que la gente se asusta mucho al escucharla. Es raro que cuando se cuentan historias de fantasmas, la gente la cree, pero cuento ésta nadie es capaz de creerla. La contaré, y ustedes decidirán si la toman como verdadera o no”. Así empezó su relato, el que trato de reproducir aquí:

Hace ya varios años, yo era la representante de ventas de una importadora de repuestos, la que me obligaba a viajar por todo el país. Visitaba asientos mineros, cooperativas en el interior, plantas de producción en la selva. Cada vez que creía conocer todos los caminos y pueblitos, llegaba el pedido de una visita a algún sitio desconocido, un viaje en camioneta por un camino lleno de recovecos en el cual era muy fácil perdernos. Y eso fue lo que pasó una vez en que iba a unos molinos de mineral con un técnico que a la vez me hacía de chofer, y eso era una suerte, porque yo le tengo miedo a los caminos de la sierra, como todos saben. En el camino ya se nos había tarde cuando una piedra cayó del cerro y rebotó en el capó. El golpe hizo perder el control al técnico, que chocó con una peña al borde del camino, doblando la rótula de la camioneta, además de darnos un golpazo y un susto de muerte.

Sin saber exactamente dónde estábamos, tratamos de mover el carro fuera del camino, pues no teníamos triángulo de señalizar, se hacía de noche, estábamos cerca de una curva y un chofer desprevenido nos podría chocar, agravando nuestra situación. A duras penas pudimos mover la camioneta lo suficiente, pues el eje estaba casi en el piso. El técnico salió a ver si había algún poblado cerca o alguien que nos pudiera ayudar. Yo me quedé a descansar, porque en el choque me había golpeado la cabeza y me había hecho un chichón que empezaba a verse feo. Después de una hora estaba sola e inquieta, ya se había hecho de noche. En ese tiempo solamente había pasado un carro por el camino, pero no pude reaccionar a tiempo para pedir ayuda y se fue antes de que pudiera salir del carro. Ahí fue que me di cuenta también que la camioneta había quedado oculta por unos arbustos y que nadie que pase nos vería. Me pareció que lo mejor sería esperar afuera por si pasaba alguien más. Después de un rato vi las luces de un auto y salí al camino. El carro casi frena en seco al verme. Eran dos técnicos del molino, que me hicieron pasar al asiento trasero, lleno de paquetes y bolsas. 

Ahora sé que tenía un aspecto terrible en ese momento, golpeada, pálida y asustada. Sé también que la forma en que les conté nuestra peripecia no fue la mejor. Recuerdo haberles dicho literalmente que nos habíamos sacado la mierda contra una roca, recuerdo también que ya que faltaba todavía un poco para el molino, descansaría un poco, porque estaba muerta. Así fue, cogí un costalillo que había como cobija y me recosté un rato. No debo haberme quedado dormida más de unos minutos, pero cuando desperté, estaba sola en el carro, las puertas delanteras abiertas. Me asusté inmediatamente y bajé del carro, dándome cuenta recién en ese momento de lo tonta que había sido al subir al carro, y lo fácil que hubiera sido para ellos abusar de una mujer sola en un descampado. Así que traté de ocultarme hasta que vi a los del carro regresar subir de nuevo y emprender la marcha. Afortunadamente ya se veían las luces de un pueblito y llegué después de unos pocos minutos de caminata. Allí encontré a mi técnico, peleando en un almacén por el precio de unos alimentos que pensaba llevarme. Ya se había comunicado con nuestra oficina, había hablado con un mecánico con camioneta (no encontró grúa) para recogerme y remolcar  nuestra camioneta. Cuando me vio y supo cómo había llegado, no podía creerme y me habló de historias de mujeres que habían sido violadas y asesinadas por abordar el carro de un desconocido.

Pasé la noche en un albergue del pueblo, en un cuarto con doble llave y poniendo un armario en la puerta como tranca, así de asustada estaba. Al día siguiente regresé a la capital por indicación de la oficina, por el susto y para que me vieran la contusión que tenía en la cabeza.

Una vez en la oficina, después de unos días de descanso, no salí de viaje por un tiempo, mitad por recomendación de mi jefe, mitad por mi propio susto. Pasados más de tres meses, uno de los compañeros que acababa de llegar de viaje al molino al que yo nunca llegué, me vino con la noticia. En el molino le habían contado la historia de dos técnicos que hacía poco habían recogido a una mujer blanca en el camino, que se sentó en el asiento de atrás, les dijo que había muerto en un accidente en una curva, que ellos no le habían creído y que se habían reído de eso hasta que cuando voltearon la chica ya no estaba. Bajaron del carro pensando que la chica había saltado del carro o se habría caído, pero no encontraron nada, y cuando llegaron pueblo y al molino preguntaron si alguien había visto a una mujer blanca con sangre en la frente. Les respondieron que no había nadie, solo un chofer que se le había malogrado la camioneta en el camino, pero que ya se la habían llevado a la ciudad.

Al terminar el relato, todos los presentes nos quedamos callados, sin saber qué decir ni qué pensar ¿Era verdad todo aquello? Nuestra compañera insistió en que todo era verdad, que le había ocurrido hace años. Uno de los ingenieros dijo que la historia de la chica de la curva había ocurrido en otro país, hace bastante más tiempo, pero nadie podía decir a ciencia cierta el origen de la historia. Nuestra compañera terminó diciendo lo mismo que dijo al empezar: que sabía que no le íbamos a creer, y que era una historia de fantasmas más increíble que todas, porque era la pura verdad.


Yo no quiero afirmar ni negar nada, tal vez sea cierto o no que una vez conocí a la chica, o al fantasma de la curva. 

jueves, 30 de octubre de 2014

El Muqui


Ya es época de Halloween, que es otra de esas fiestas importadas que, más allá de estar a favor o en contra, es algo de lo que mucha gente habla. Y es época también de contar cuentos de miedo. Lamentablemente, el cine y la televisión nos han atrofiado la imaginación, y ahora la gente parece aceptar solamente cuentos que tengan zombies, vampiros y cosas que nada tienen que ver con nuestra idiosincrasia. Sí, pues faltan espantos peruanos que agregar al menú de Halloween. Y el Perú es un país donde las criaturas terroríficas abundan, con el agregado de que todas ellas son reales, no la imaginación de un europeo trasnochado. 
A lo largo de mi trabajo en las provincias del Perú he escuchado historias como para aterrar a los paseantes durante varios Halloweens seguidos, modestia aparte. Historias del antimonio, los espíritus de las huacas, los brujos y brujas, jarjachas, duendes, fantasmas, sirenas, todas ellas he escuchado, con testimonios de personas que lo han vivido en carne propia, de esas historias que comienzan siempre con la frase “Yo no creía en esas cosas, pero…”. Esa es la diferencia con las historias que nos llegan desde otros lugares. No creo que ningún norteamericano vea como cierta la posibilidad de ser atacado por un zombie o se resista a entrar en un bosque por temor a encontrar a un duende. En cambio ese tipo de encuentros con criaturas de fantasmales son casi cosa de todos los días por aquí. Voy a contar algunas de estas historias, las referidas al Muqui.

El Muqui es un duende de las minas, que vive en el interior de los socavones. Es del tamaño de un niño pequeño y se le ve vestido como minero, con casco, pico y linterna. En el trabajo en el que me encuentro actualmente, donde se han cavado buena cantidad de túneles, varios de los trabajadores dijeron haberlo visto en las noches. El Muqui hace perder el camino a los trabajadores, quienes lo persiguen creyendo que los conducirá hacia algún tesoro. Lo que ha pasado en realidad, es que el Muqui guiaba a los trabajadores a un área oscura del túnel para que no pueda salir, o los llevaba a una parte con poco oxígeno para que se asfixie. Este fue el caso de uno de los trabajadores de la obra, quien vio la luz de la linterna que llevaba el Muqui, y la siguió, confundiéndola con la de uno de sus compañeros. Como la luz se adentraba cada vez más en los túneles, el trabajador creyó – y así lo dijo después – que su compañero le estaba jugando una broma escondiéndose y apareciendo la luz.  Afortunadamente una cuadrilla encontró al trabajador antes de que se perdiera definitivamente. Esta cuadrilla fue la que encontró la causa de la casi desaparición del aquel trabajador. Unas huellas pequeñas que no podían pertenecer al personal de la obra, debido a su tamaño y a que solo una de las huellas era humana, la otra era de un animal, tal como se dice del Muqui, que tiene patas de animal. En esta obra, el caso era tan real que se dio la orden de que ningún trabajador ingresara solo a los túneles, y se tomó la precaución adicional de repartir caramelos a los obreros para que los dejaran en el túnel, pues al Muqui le gustan mucho y así se le tiene contento para que no moleste a la gente.

El Muqui gusta también de llevarse las herramientas de los trabajadores, especialmente aquellas de metal brillante. No sé si en otros países se encuentra en los reportes de salida de herramientas del almacén la anotación “reemplazo por robo del Muqui” pero eso era lo que pasaba.

El tema de aplacar al Muqui con caramelos yo ya lo había escuchado anteriormente en otra mina a varios cientos de kilómetros, lo que descarta la posibilidad de una creencia local. En esta otra mina, me contó la ingeniera de seguridad de la resistencia del personal a hacer trabajos nocturnos por la presencia del Muqui. Los conductores de camiones, los pocos que hacían tales trabajos, llevaban siempre una bolsa de caramelos y dejaban caer unos cuantos en el camino cada cierto tramo. La ingeniera, que no creía en estas cosas, pidió que se detenga esta costumbre, obteniendo una oposición total, por el miedo a que el Muqui causara accidentes. Se decía que ya entonces el Muqui había ocasionado un par de accidentes a los camiones antes de que los choferes adoptaran esta práctica preventiva. Al día siguiente, la ingeniera pidió a uno de los choferes que se detuviera en el lugar donde la noche anterior arrojara los caramelos. No encontró ninguno. “El Muqui se los ha llevado, pues”, era la explicación que le dieron los choferes.

Nosotros los ingenieros educados y globalizados, supuestamente no creemos sino en aquello en lo que podemos comprobar su existencia, hasta que encontramos este tipo de cosas que nos hacen comprender que no todo se trata de números de niveles de productividad y planeamiento de recursos. También hay cosas desconocidas de las que se cuentan en las noches no para asustar a la gente, sino para prevenirla en caso de que se encuentre uno con el Muqui en uno de los túneles.

Nuevamente, en esta historia no he inventado nada, solo cuento lo que me han dicho testigos presenciales de los eventos. Mucha gente que trabaja en las minas del Perú puede contar más de lo que yo pongo aquí. En esta época de contar historias de miedo, yo cuento solo algunas de las muchas que se pueden encontrar en el Perú.

martes, 30 de octubre de 2012

La noche de los muertos


La noche de halloween, todos los muertos se levantan de sus tumbas para espantar a los vivos. Muchos se disfrazan de niños pidiendo caramelos por las calles. Otros se levantan como zombies buscando cerebros para comérselos, búsqueda cada año más inútil gracias al buen trabajo que hacen el reggaetón y la televisión para descerebrar a la gente.

Los mounstruos tampoco pasan una buena época en estos días. Al pobre Frankenstein los niños lo confunden con uno de los muñecos disfrazados que se ven en los centros comerciales y lo agarran a patadas. Drácula se ha ido a ver a un abogado para demandar a los productores de "Crepúsculo", que tan mala fama le están haciendo. El otrora digno conde ya no puede salir a la calle sin que las niñas le pregunten si conoce o tiene algo que ver con el flaco paliducho de las películas. Además está el riesgo de que en una mala mordida le toque un portador de VIH, ahora que el seguro médico está tan caro y las empresas de salud no lo quieren atender con la tonta excusa de que el señor vampiro ya está muerto, y por lo tanto el seguro ya no lo puede cubrir. Por último, al hombre lobo da pena verlo ahora, sarnoso y con pulgas, como perro callejero, y con funcionarios municipales persiguiéndolo para castrarlo.

Así las cosas, me voy al lugar más animado está noche, que es paradójicamente el cementerio. Al llegar me encuentro con un flashmob del video de "Thriller" de Michael Jackson. Ah, no, son los muertos que se están levantando en protesta por el costo de vida. Son zombies que están buscando cerebros, y acaban de pasar por una dependencia estatal, que es como un restaurante de comida chatarra para ellos, porque es pura comida que llena un rato, pero en realidad no alimenta. Afortunadamente mi condición de tonto me salva de molestos apetitos. Los zombies saben muy bien que uno es lo que come, y nadie quiere comerse el cerebro de un tonto. Aprovecharé para hacerles unas preguntas a los muertos.

- Don zombie, Don zombie, contésteme ¿Qué hay más allá de la muerte?
- A mí me mató la mafia por saber demasiado... ¿Y todavía quieres que te conteste?
Este no me salió muy colaborador. Vamos a ver este otro.

- Y usted, señor, ¿Por qué se ha levantado de la tumba?
- Yo morí de amor y voy en busca de mi amada...
- No es que le quiera desanimar, pero... Si la mujer no le hacía caso cuando estaba vivo y sano ¿Cree que le va a corresponder ahora que está muerto y putrefacto?
Que curioso, nunca había visto a un zombie suicidándose.

Decido cambiar de estrategia y pregunto en voz alta a todo el espectral grupo: ¿No hay nadie famoso por aquí? ¿De repente Michael Jackson o Elvis Presley?
- No seas tonto - Me replica un muerto - Todos saben que Elvis está vivo y vive en una casa de retirados en California...

Se me ocurre otra idea. - Oigan, ¿Nadie quiere ir a la discoteca de la esquina a mover el esqueleto?
- Yo me morí de artritis...
- No sean así, ¡Hay que vivir la vida!
- Otro chistoso...
Nada que hacer, estos muertos no son muy animados.

Ante la poca respuesta de los muertos, me fui a celebrar el día de la canción criolla en un sitio muy bueno donde se tocaba el cajón y cantaba el Zambo Cavero.
- ¡Oiga Inge, ese ya está muerto!
- ¡A la pucha, que me he estado divirtiendo con los muertos toda la noche!

lunes, 13 de agosto de 2012

La criatura del supermercado



Nadie sabe exactamente lo que sucedió, ni por qué sucedió. Simplemente sucedió. Aquel supermercado hasta entonces no se había distinguido especialmente por nada, dentro de la gran cadena de autoservicios. No era el más concurrido ni el peor de la cadena, no tenía ninguna característica que lo hiciera único. Hasta que empezaron a ocurrir cosas extrañas.

Una mañana, uno de los empleados encontró el estante de fideos totalmente desordenado y lleno de paquetes rotos. Aunque los empleados del turno anterior juraron y rejuraron que habían dejado todo en orden a la hora de retirarse, fueron amonestados por su falta a las normas de la cadena. Cuando esto volvió a ocurrir a los pocos días en el estante de los pescados en conserva, el administrador del local tomó la decisión de remplazar al personal de limpieza del turno noche, y tomar a un personal más comprometido con su trabajo. Esto no detuvo los incidentes. Se empezó a pensar en actos de vandalismo, en algún empleado descontento o en una broma complicada. Empezó la investigación de los antecedentes del personal actual y antiguo. Esto llevó a nuevos despidos, ocasionando desconfianza entre el personal, pero no a la disminución de los incidentes.

Los investigadores enviados por la oficina principal tampoco encontraron responsables. Las cámaras de seguridad no pudieron dilucidar el misterio. En la cinta de video más clara se podía ver cómo el estante de verduras parecía estallar por dentro, arrojando tomates, alverjas y coliflores en todas direcciones. Una investigación de la escena del crimen arrojó datos inquietantes: pequeñas mordidas en los vegetales y extrañas huellas que no se pudieron identificar. Se pensó ahora en una plaga de ratas, por lo que se llamó a un exterminador. El exterminador contratado por la empresa comenzó su tarea con gran profesionalismo y pidió quedarse en la noche. A la mañana siguiente lo encontraron paralizado de terror, incapaz de pronunciar una palabra. Ninguna otra empresa de exterminación de plagas quiso tomar el caso, a pesar de las ofertas económicas de la casa matriz. A falta de una mejor medida para solucionar el caso, el administrador del local fue despedido por su incompetencia en solucionar el problema.

A pesar de todo, el supermercado siguió funcionando casi con normalidad. El nuevo personal de limpieza se acostumbró a limpiar los estropicios que encontraba cada cierto tiempo en cualquiera de los pasillos. El nuevo administrador se preocupó de mantener la calma en el personal e hizo que tomaran las cosas como una peculiaridad sin importancia. Así se mantuvieron las cosas durante un tiempo, hasta que un día, una clienta acudió airada a la recepción, quejándose del disfraz tan horrible de uno de los dependientes que promocionaba algún producto. Llamado el administrador inmediatamente, se llamó a todos los vendedores disfrazados que había en el supermercado. Aunque acudieron los representantes disfrazados de la mascota de un dentífrico, una marca de celulares, un preparado para bebés y una línea de galletas, ninguno coincidía con las señas dadas por la clienta, señora de edad que tampoco parecía del tipo de los que gastan bromas en los establecimientos públicos.

Fue entonces que salieron a flote todas las habladurías que ya circulaban desde antes entre empleados y proveedores del supermercado. La gente especulaba sobre el posible efecto del yogurt caducado derramado sobre los alimentos transgénicos, sobre la mutación producida en las ratas alimentadas con hamburguesas llenas de preservantes artificiales y cosas por el estilo. No tardó la noticia en llegar a los oídos de los clientes. Se sabe que la mejor manera de hacer que todo el mundo se entere de algo es obligar a la gente a guardar el secreto.

Si no se puede guardar el secreto, entonces hay que utilizarlo en nuestro favor, pensó el administrador, hombre educado en las últimas tendencias de la administración de autoservicios. Se dijo a los periodistas que venían a cubrir la noticia que se trataba de la nueva campaña publicitaria de la cadena de autoservicios, y se lanzó la promoción “Encuentre al monstruo”, con jugosos premios en vales de compra y productos seleccionados. El supermercado de pronto se llenó de gente que compraba, paseaba por todos los pasillos y revisaba los estantes en busca de la elusiva criatura. Al poco tiempo los empleados ya no sabían si los destrozos encontrados eran causados por la criatura o por los clientes que la buscaban. Pero el pequeño supermercado se convirtió en el más rentable de la cadena, así que el detalle fue pasado por alto. Los gastos de la mercadería perdida, la limpieza de las huellas que cada vez se hacían más grandes y los estropicios de los clientes en su búsqueda eran recuperados ampliamente por el incremento de las ventas.

Hoy, la cadena de autoservicios ha adoptado como mascota corporativa a un monstruo que recuerda vagamente a la descripción dada por la clienta que lo vio por primera vez; los pasillos están siempre llenos, la gente no deja de comprar y el éxito económico es innegable. A nadie parece importarle que de vez en cuando se escuche por la perifonía del supermercado: “Atención, personal de limpieza, acercarse al pasillo 7, apareció otro cadáver”.

lunes, 18 de junio de 2012

Mostrando los dientes


Hoy me toca ir a visitar a la única mujer que me deja siempre con la boca abierta. O sea, a la consulta con mi dentista. Tal vez para otras personas esto sea de lo más normal, pero no para mí. Es que siempre he tenido temor a los dentistas, desde que en mi más temprana infancia, mis padres me amenazaban con que si no me portaba bien, me quitarían los dientes, me pondrían puentes para alinearlos y otras amenazas que terminaron cumpliendo escrupulosamente a pesar de mis esfuerzos por comer bien y cepillarme los dientes cada mañana.
Afortunadamente, y desde hace algún tiempo, tengo una dentista a la que llegué a través de una complicada cadena de recomendaciones, que es más o menos lo que se acostumbra por estos lares. No negaré que parte de mi preferencia se debe a la simpatía personal de la dentista, quien es una chica de buen ver y agradable trato, lo cual me hace más fácil el tradicionalmente escabroso momento de pedirle una cita. Es decir, todo se hace más fácil hasta el momento de llegar a su consultorio, en que me olvido de que la considero amiga mía y pienso en ella como una dentista. Aquí es donde empieza la aventura que se repite con pocas variantes cada cierto tiempo:


Nos saludamos amicalmente, normalmente después de una cortísima espera. Tal vez sea porque ella es una persona muy organizada con sus citas, o por su método de ir directo a la tortura, sin espera ni tiempo de preparación. Porque no conozco cosa más estresante que la espera en el consultorio del dentista, que es cuando mi mente empieza a divagar siempre con los temas de todas las películas de terror sangriento que he visto en los últimos cinco años.


Al entrar en la sala de torturas, quiero decir, el consultorio, ella trata de bajar la tensión del momento con un poco de conversación mientras prepara su arsenal, quiero decir, sus instrumentos. En el momento en que me pide que me siente en la silla es cuando se disparan todas las alarmas, y me doy cuenta de que estoy sentado indefenso ante una mujer con máscara, armada y con licencia. En ese momento espero que en el tiempo que llevo sin verla, su vida sentimental haya transcurrido sin novedades, y sobre todo, sin nada que la haya hecho odiar a los representantes del sexo masculino. La usual reprimenda de por qué ha pasado tanto tiempo desde nuestra última cita y de lo mal que me he estado cuidando no me tranquiliza mucho tampoco.


Afortunadamente parece estar de buen humor y me sigue conversando, preguntando por mi familia y contándome acerca de la suya, a lo que no puedo más que asentir con sonidos guturales, ya que durante todo este proceso mi boca está abierta y cabeza está inmóvil, mientras ella me realiza una limpieza dental.
Mi dentista tiene la facultad de hablar y hablar y seguir hablando mientras trabaja, en lo que pienso en que solo es una maniobra para distraerme del horroroso sonido de su taladro. Yo solo espero que su charla no le haga perder la concentración y le haga atacar al diente equivocado. Mis alarmas se van apagando poco a poco hasta el momento en que, acabados los temas familiares, empieza a hablarme de su vida sentimental, justo en el peligroso momento en que está atacando a mis dientes del fondo. De pronto aparece ante mí la imagen de ella guardando en una caja y en perfecto orden los dientes de todos sus ex, incautados como trofeos de guerra. Trato inútilmente de distinguir su sonrisa sádica a través de su máscara, inmóvil ante el temor de ver en cualquier momento un chorro de sangre y a ella cambiando el torno de dentista por una sierra eléctrica. Me agarro fuertemente a la silla hasta que me anuncia que ha terminado y que me enjuague la boca, momento en que aprovecho también para limpiarme las lágrimas que han salido de mis ojos. Me cae simpática mi dentista, aunque siempre me haga llorar.


Ya más repuesto, y terminada la sesión de tortura, digo la consulta, puedo conversar un poco y darle algunas respuestas al larguísimo monólogo, que no conversación, que hizo durante la atención. No es que desconfíe, pero por seguridad, doy una mirada a su mandil para verificar la cantidad de sangre derramada. Para demostrar que no me afectó la sesión, bromeo un poco y le cuento el chiste del dentista que quiso instalar un soporte para el televisor de la sala de espera de su consultorio e hizo huir a sus pacientes cuando llegó con un enorme taladro a la consulta.


Me despido de mi dentista esperando que no note el temblor que aún no abandona mis piernas.
-          Adiós, hasta la próxima…

martes, 14 de junio de 2011

El fantasma

Después de retirarse la policía, el asesino se sentó tranquilamente en el sillón. Estaba seguro de que no volverían. La explicación había sido convincente, la coartada perfecta, y el cadáver debería estar siendo entregado este momento a los familiares, después de que los médicos legistas lo hubieran examinado sin encontrar rastro alguno que los llevara hacia él. Satisfecho, encendió un cigarrillo y empezó a pensar en sus próximos pasos.

Cuando se dio cuenta, ya era pasada la medianoche. Se levantaba ya para irse a dormir, cuando lo vió aparecer de la nada. Estaba más pálido que nunca, al punto de transparentarse, y traía la misma cara de confusión de cuando murió. Se quedó mirando a su asesino por un buen rato antes de hablar. Su voz sonaba lejana, como si estuviera hablando desde la otra habitación.
- Tú… ¡Me mataste!

El asesino se quedó un instante paralizado ante la aparición, pero se recompuso inmediatamente. Era esa rapidez de pensamiento la que le había dado siempre ventaja sobre él, acompañado de esa sangre fría que lo había hecho cometer el asesinato con tanta eficiencia. Analizó la situación rápidamente y decidió que nada perdía contestando a un muerto.
- Sí… Yo te maté… Y debo admitir que fue más fácil de lo que pensaba… No pusiste mucha resistencia… Tal vez querías que yo te matara… Tal vez ya te habías dado cuenta de lo inútil que era tu vida…
- ¡No es cierto! – alcanzó a responder débilmente – No quería morir… Y nunca creí que fueras capaz de hacerlo…
- ¿En serio? Tú siempre supiste a quién habías contratado…
El fantasma se puso aún más pálido, si eso era posible, como si temiera que aún después de muerto, le pudiera hacer daño.

- ¿Por qué? ¿Por qué me mataste?
- Por el dinero… ¿Por qué otra cosa iba a ser? Ahora será solo cuestión de tiempo para hacer que Arístides, tu abogado, me dé el control de tus cuentas bancarias y el título de todos tus negocios…
Una leve sonrisa apareció al fin en el rostro fantasmal, pero no fue tan rápida como para que el asesino dejara de notarla.
- …Entonces no es Arístides quien tiene tus claves y poderes legales… ¡Es el Doctor Lezcano! Gracias, era lo único que me faltaba por saber…
Un gemido fantasmal se escuchó por toda la sala. El rostro del muerto indicaba claramente que aún no podía creer lo sucedido. Al fin pudo esbozar una amenaza.
- No te saldrás con la tuya…
- ¿Y qué harás? La policía no encontró nada, ya cerraron el caso, y dudo mucho que acepten la declaración de un fantasma si es que se les aparece alguna vez… Tal vez quieras venir a lamentarte por aquí de vez en cuando, pero eso no me importará, pues desde mañana venderé esta casa, las oficinas, y todo lo tuyo, y me iré a vivir al extranjero, no sea que a tu familia se le ocurra sospechar… Y no puedes hacer nada para evitarlo… Estás muerto ¿Recuerdas?
El muerto no contestó, pero su gesto de impotencia mostraba a las claras que aún después de muerto, se veía vencido.
- Adiós, socio… Creo que esta noche iré a dormir a un hotel… Tal vez mañana venda esta casa para hacer un edificio o un centro comercial… Será divertido enterarme dentro de algunos años del fantasma del centro comercial… Adiós…
- No, no puedes irte… Regresa…

Mientras caminaba, encendió otro cigarrillo, sin poder evitar una sonrisa.
- Pobre… Hasta después de muerto sigue siendo un tonto…
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