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martes, 3 de octubre de 2023

Si los antiguos griegos hubieran conocido el aji



Entre las ideas filosóficas que se me ocurren a la hora del almuerzo, hace poco se me ocurrió una ucronía que ahora trataré de desarrollar. ¿Qué hubiera pasado si los antiguos griegos hubieran conocido el ají? Como la mayoría de mis ideas, aunque parece una tontería, tiene más trascendencia de lo que se ve a simple vista. Primero, para ubicarnos en la época, recordemos que los griegos tenían una variedad limitada de condimentos: un poco de mostaza, sésamo, azafrán y una que otra hierba aromática, nada que realmente pueda retar al paladar, pues no se conocía la canela ni la pimienta. Los únicos alimentos de sabor fuerte eran el queso y el yogurt, nada que pueda ser usado para probar voluntades o ganar campeonatos de resistencia. Imaginemos ahora que algún viajero haya traído en remotos tiempos una cantidad de ajíes o chiles, y las semillas de estos frutos hayan podido germinar en los valles helenos. 
Sin duda los griegos habrían creado una leyenda sobre su origen, tal vez hubieran dicho que fue un regalo de Hefestos, el dios de los volcanes, para los hombres, ya que comerlos es como comer el fuego ardiente de un volcán. Tal vez Homero habría contado la leyenda de Chileón, rey de Agias, quien cultivaba frutos tan dulces en sus jardines, que se jactaba de que ni en el Olimpo se hallaba manjar semejante. Al saberlo Zeus, lanzó furioso uno de sus rayos sobre el rey cuando cuidaba de uno de sus arbustos, y el rayo lo fundió a él con la planta, que desde entonces dio frutos que, al comerlos, uno podía sentir aún el rayo que había caído sobre él. 

El ají, como es natural, se habría convertido en el condimento preferido de los arcadios primero, para extender luego su consumo hasta Esparta, en donde se hubiera usado para probar la valentía de los guerreros, y aun se la habría reservado como un alimento para comer antes de las batallas, para aumentar la ferocidad de los soldados. Al expandirse a toda Grecia, el consumo de ají habría sido parte de los Juegos Olímpicos, y se recordaría a Arquilao, como el único capaz de comer dos platos llenos de ajíes, lo que le valió la corona de laurel, al costo de no poder probar alimentos sólidos por el resto de su vida. 

Pero la contribución más importante del ají hubiera sido en la filosofía griega. Nuestro pensamiento y filosofía serían distintos si los antiguos filósofos griegos hubieran conocido el ají. Todos nuestros conceptos sobre el dolor y el placer serían diferentes, y no se verían hoy como sentimientos contrarios. Eros y Tánatos tendrían un significado diferente, El ají, por su sola existencia, habría hermanado las filosofías del hedonismo y el estoicismo. 

Estas y otras cosas semejantes estaba pensando, y ya meditaba sobre la influencia del ají en la política y el comercio griegos, cuando llegó el mozo con mi orden en el restaurante. 
- Aquí está señor, su cebiche con bastante ají, bien picantito, como a usted le gusta…

miércoles, 15 de marzo de 2023

La mala comida



Ya he mencionado antes que la comida peruana se ha convertido en una atracción para el turista que visita nuestro país, y los peruanos son incansables promotores de su comida. Yo he escuchado decir que hasta la comida italiana sabe mejor aquí, entre otras hipérboles que pueden hacer creer al extranjero que incluso el huevo frito sabe mejor aquí, y que cualquier cosa que le ofrezcan a uno en la calle será un manjar. Muchas veces esto no está lejos de la verdad, pero esto puede llevar a pensar que en el Perú no existe mala comida. He visto gente romantizar la comida callejera vendida en una carretilla, tal vez porque lo han hecho solo ocasionalmente, y porque no han comido lo que yo he comido. Contaré entonces algo para hacer recordar a mis paisanos que si no existiera la mala comida, no sabríamos apreciar lo bueno.

Quien haya vivido o trabajado en zonas pobres (y algunas no tan pobres) sabe que hay sitios donde la comida no es nada buena, pero aun así tiene que consumirla, porque no hay otra. En todos los lugares del Perú hay al menos un sitio de estos, que son conocidos con el nombre genérico de “Tía Veneno”. En este lugar, regentado siempre por una señora ayudada por su hija, no se debe preguntar sobre la procedencia de los ingredientes, y uno debe comer a su propio riesgo, pues las consecuencias son imprevisibles para un estómago que no esté endurecido por la pobreza. 
Cuando yo estudiaba en la universidad había uno de estos locales en donde los estudiantes almorzaban y conversaban de las cosas que conversan los universitarios pobres. Las veces que pasé por allí me preguntaba cómo mis compañeros podían comer eso sin quejarse como yo. Recuerdo que me servían un guiso con tan poca carne que casi podía pasar como un plato vegetariano, con una cantidad exagerada de condimento para disimular el sabor. Adicional a esto, había que echarle mucho ají, “para que pase”, como decían todos. Yo trataba de evitar siempre ese sitio, o pedir allí solo galletas y una gaseosa, algo que haya sido fabricado y empaquetado en otra parte. Desde esa época ya no he podido comer en lugares así, mi estómago ya no es lo que fue en ese tiempo. Con todo, no hay lugar en el Perú en donde uno no pueda preguntar por “La Tía Veneno” sin ser dirigido a un lugar específico, conocido por todos, muy barato pero muy malo. 

Con el tiempo he conocido otros lugares así, muy a mi pesar siempre, por ejemplo uno a donde siempre me invitaban, pero a donde nunca fui, que ofrecía chanfainita a un sol cincuenta. La chanfainita es uno de esos platos muy populares que no se encontrarán en un restaurante siquiera de mediana calidad, hecho a base de pulmón de vaca. El hecho es que un plato que se ofrecía a sol cincuenta en un tiempo en que un menú para obreros estaba a ocho soles encendía todas mis alarmas. 

Otro lugar conocido en todo el Perú es “Los Agachados”. Esta es una carretilla o triciclo en donde se acomodan unos bancos chatos que dan la impresión al transeúnte de ver a los comensales comiendo agachados. Estos lugares son una lotería, puede tocarte un plato bueno o uno muy malo, solo los habituales pueden guiarte en la elección de la mejor carretilla de comida. Yo he compartido estos sitios cuando he acompañado a obreros en algún trabajo. Sabido es que los obreros no son para nada gourmets y su recomendación es casi otra lotería, pero en ocasiones no hay de otra. Hay gente que celebra a estos restaurantes ambulantes, y algunos empezaron así, y que progresaron hasta tener un restaurante legal, con local, mesas y todo, pero aún siguen sirviendo en la vieja carretilla, porque comer en “Los Agachados” no solo es un almuerzo, es también una experiencia. 

Y ya que he mencionado que los obreros no son las personas más indicadas para recomendar un lugar bueno para comer, imagínense ahora un lugar en donde los obreros más aguantadores se quejan de lo malo que está un almuerzo. Esto me ocurrió hace tiempo. Yo acababa de llegar a una obra en un pueblo y teníamos que organizar la logística de los empleados. Al ingeniero a cargo lo convenció uno de los obreros de contratar a su pareja ocasional para cocinar a todo el grupo, que era más de una veintena, la mayoría obreros. En menos de una semana, los obreros abandonaban el lugar a la hora del almuerzo y preferían irse a cualquier otro sitio. La cocinera se quejaba de que le sobraba comida, y se le tuvo que explicar que para que un obrero mal pagado rechace una comida y prefiera pagar en otro lado, se necesita una comida en verdad mala, sin considerar los problemas estomacales que también aparecieron. 

Con todo, es probable que esta experiencia no haya sido la peor comida que he probado, aunque esté entre los primeros (o últimos, según se mire) lugares del ranking. En otra obra, ubicada en una mina en la cordillera de los Andes, la minera tenía un trato con la comunidad vecina para contratar la mayor cantidad posible de personal de la zona. A tales personas las metieron con una mínima preparación a la cocina. Hasta hoy estoy convencido de que a estos cocineros improvisados les dieron una foto del plato con la única instrucción de que el plato debía parecerse al de la foto. Lo que se suponía que era una sopa oriental, era un menjunje con todos los ingredientes equivocados y reemplazados por lo que pudieron encontrar en el pueblo a seis horas de la ciudad, y que se pareciera mínimamente a lo que debía ser. 

La última experiencia la tuve hace poco, nuevamente en un pequeño pueblo, aunque esta vez a solo dos horas de la ciudad. El sitio tenía varios restaurantes, pero éstos solo abrían los fines de semana, para la gente que salía a pasear a la campiña. Los demás días solo me quedaban dos alternativas, cada una peor de la otra. Me tuve que decantar por la opción donde me servían sin cara de alguien que odia su trabajo. En dos ocasiones después de dos cucharadas me declaré incapaz de continuar. Mientras pensaba en qué hacer con ese plato que me resistía a llamar comida, hice un descubrimiento inquietante: además de la calidad de la comida, se notaba una falta de higiene, y todo estaba lleno de moscas que ya no hacían caso cuando las trataba de espantar, invadiendo la mesa, los cubiertos y las servilletas. Todo menos un lugar. Las moscas evitaban cuidadosamente posarse sobre la propia comida. Y esta no era una casualidad, porque el prodigio se repitió todas las veces que estuve en el pueblo. Es la primera vez que veo una comida tan mala que ni las moscas se interesan por ella. 

Como dije al inicio, estas son las cosas que me hacen apreciar cuando me sirven un buen plato de comida peruana.

sábado, 4 de febrero de 2023

Hablando en comida



Si hay algo de lo que todos los peruanos se sienten orgullosos, es de su comida. El extranjero que llega a estas tierras es advertido que aquí va a comer mucho, que no hay mayor placer para los peruanos que invitar comida, y que debe resignarse a subir al menos un par de kilos de peso antes de regresar a su país. Los bocados universalmente consumidos, como hamburguesas, pollo frito y pizza, no tienen aquí sino un éxito mediano, avasallados por sus sustitutos locales, e incluso las pastas y la comida china han hallado aquí un sabor propio y distinto. 
El éxito de la cocina en el Perú ha rebasado el ámbito culinario y se estudia como un caso social e incluso (y esto no es tan conocido) ha llegado a influir en el lenguaje. Nosotros tenemos un nutrido conjunto de frases referidas a la comida que confunden al extranjero e identifican al peruano en cualquier parte del mundo. Quiero poner aquí algunos ejemplos de cómo el peruano se expresa, y que podría hacer pensar que está pensando siempre en la comida, lo que tal vez no está muy alejado de la realidad. 

Supongamos una conversación normal y corriente en el Perú, o mejor aún, una conversación con un extranjero desprevenido, que oye mencionar papas, ollucos, paltas, y cree que ya se acerca la hora del almuerzo y su interlocutor se muere de hambre. Al comentar esto, recibirá como respuesta un “no entiendes ni papa”, dicho entre risas. Otro peruano agregará: “estás mezclando papas con camotes”, equiparando su confusión con la semejanza entre estos dos tubérculos peruanos, conocidos en otros países como patatas y batatas. 

El pobre extranjero, tratando de aclarar su confusión, preguntará si la papa y el camote sirven como verbo o adjetivo en este país. Los peruanos, siempre orgullosos de su comida, le aclararán que ambas opciones son ciertas. Al almuerzo o a cualquier comida, se le conoce como “papeo”, por lo que almorzar o cenar también es “papear”. Y alguien orgulloso de su estado físico declarará: “Este pechito come papa”. El extranjero, ya mareado por estas referencias, tratará de cambiar de tema y comentará el chisme de moda sobre esa pareja a la que se ve en todo momento haciéndose cariñitos. “Es que están encamotados” sentencia el peruano, volviendo al tema de los camotes. Es que decir “tenerle camote” a algo indica para los peruanos predilección o cariño. 

El extranjero piensa que ya es hora de ponerle algo de racionalidad a esta conversación, y preguntará sobre la causa de tanta alusión culinaria. Aquí es cuando los peruanos sueltan la carcajada, pues la palabra “causa” indica aquí tanto un plato de papas amasadas, como un término para referirse a un amigo de confianza. “Tú eres mi causa”, es una frase declarativa de amistad, la que pasa después como fórmula de saludo: “Habla, causa”. 

Incapaz de desviar el tema hacia algo que no tenga que ver con comida, el extranjero, ya con un poco de hambre a raíz de esta conversación, pide que le enseñen este dialecto peruano. “Es papaya”, le responderán, como cuando el peruano quiere resaltar la facilidad de algo. Por el contrario, si algo presenta dificultad, dirá “está yuca”, aludiendo a otro tubérculo peruano. La cara del extranjero es notada por uno de los peruanos, que advertirá: “está palteado”. Los otros peruanos confirmarán la apreciación diciendo “está con la palta”, para indicar que han notado su confusión. Afortunadamente esta es una situación temporal que se resuelve con una explicación. Hay que cuidarse, le advierten, de que le digan que es un “caído del palto”, pues esta frase se reserva para calificar a alguien irremediablemente tonto. 

En adelante, los peruanos lanzarán todos al mismo tiempo una palabra diferente referida a la comida que se usa también como jerga peruana. Se hablará de la “Pachamanca”, mezcla de muchos alimentos diferentes cocinados con piedras calientes dentro de un agujero en la tierra, y también palabra usada para un grupo de muchas cosas diferentes sin orden ni concierto, al igual que las palabras “sancochado”, o “chanfaina”, usadas con el mismo fin. Otro hablará (al mismo tiempo) del “anticucho”, como trozos de corazón de res marinados y cocinados en parrilla, y también como las cosas ocultas y vergonzosas, que alguien no quiere que nadie sepa. Esa persona “tiene sus anticuchos”, se dirá en ese caso. 

Para este momento, el extranjero ya no sabe a quién prestarle atención ante varios peruanos hablando al mismo tiempo, en una polifonía culinaria de la que distingue las palabras “mazamorra”, “tamal” y “chicharrón”. Rendido, el extranjero pedirá a sus amigos peruanos que lo lleven al restaurante más cercano para sucumbir nuevamente al encanto de la comida peruana, que no admite disculpas de dietas o intolerancia al picante. 

Entonces, cuando llegue un visitante a nuestro país y escuche nombres de platos y alimentos en conversaciones cotidianas, no piense que le están recitando el menú del día, ni que es una indirecta para hacerle notar que se acerca la hora del almuerzo, es que así hablamos los peruanos, hablamos en comida.

jueves, 25 de marzo de 2021

Consejos para caníbales



En estos tiempos difíciles, no pasará mucho tiempo antes de que la humanidad vuelva al canibalismo, abandonado injustamente por dudosas cuestiones morales. Y que no se escandalicen los moralistas, porque hoy vemos cómo actitudes que hace pocos años eran rechazadas, hoy se tienen por normales, o al menos se lucha para quitarles el estigma de tiempos inmemoriales. 

La carne humana es un alimento rico en proteínas, nadie jamás ha discutido su valor nutricional. Numerosos casos ha habido en la historia en que el canibalismo ha sido practicado en caso de necesidad, sin efectos adversos sobre la salud. Visto desde el punto de vista ético, tampoco presenta obstáculos insalvables. Se sabe que somos lo que comemos, por lo tanto, el canibalismo nos hace más humanos. Solo esta debería ser razón suficiente, no seamos vacas, pollos o pescados, seamos humanos. 

Claro, muchos de los reparos a la ingestión de la carne humana se deben a que alguien podría conocer a quien se está comiendo, pero es el mismo caso de los animales que uno cría en su propia granja o en su jardín. Los niños siempre han pasado por la experiencia de cuidar y alimentar conejos o gallinas que después han terminado en su plato. En cambio, se muestran más que dispuestos a comerse anónimos animales con quienes jamás han tenido relación. 

Lo importante es entonces, comerse a humanos desconocidos. El otro error que se tiene sobre los caníbales es creer que estos comen a cualquier ser humano. Lo cierto es que como con cualquier otro alimento, hay que saber de dónde proviene, cómo ha sido criado y cómo ha sido su alimentación.
Al momento de escoger el producto, debemos verificar que haya sido bien alimentado. La carne de pobre, aunque abundante en las ciudades (llamadas también “granjas de humanos”) no es buena para el consumo. Los pobres traen poca carne, son bajos en proteínas y su fibra es dura, hay que cocinarlos durante mucho tiempo para que se ablanden. La carne de rico, en cambio, es muy suave debido a su falta de ejercicio, y tienen mucha pulpa. El problema es que suelen ser grasosos y tienden a llevar tatuajes. Los tatuajes hacen que la piel tenga un sabor raro, desagradable al gusto. 

La alimentación de los humanos es muy importante. Los vegetarianos son los que tienen mejor sabor. Es sabido que los animales carnívoros se alimentan de herbívoros. Los humanos normales prefieren vacas, conejos, y pollos, todos herbívoros, y rechazan gatos y perros, que son carnívoros. El sabor de la comida que el humano ha consumido se impregna en su propia carne. Por eso, dependiendo del lugar de origen, se encontrará en la carne humana un regusto a cebolla, a pescado o a pollo. Es conocido en los círculos gourmet que los mejicanos tienen un regusto picante, los hindúes saben a curry y los italianos a tomate. Se tiende a evitar también, siempre que sea posible, a los que hacen mucho ejercicio. Estos tienen la carne dura, y muchos de ellos la contaminan con hormonas, que son dañinas para la salud. 

Resumiendo, se encontrará un buen sabor en una persona de posición acomodada, un pequeño burgués vegetariano y que no haga mucho ejercicio. Una presa como esta tiene la ventaja adicional de que cuida mucho su prestigio, y cuando uno de ellos es atrapado para destasarlo y cocinarlo, su familia ocultará el hecho y dirá que simplemente desapareció, para evitar la vergüenza de admitir que ha acabado en un delicioso plato de fricasé. 

Dejemos de pensar en el canibalismo como un lujo reservado solo para el Doctor Hannibal Lecter, y democraticemos este gusto natural y muy nuestro.

miércoles, 13 de marzo de 2019

Una historia culinaria


El Perú tiene hoy un ganado prestigio culinario. La gente que viene de visita a nuestro país es advertida (y empieza a aparecer dentro de los folletos de precauciones que se entregan a los viajeros) que regresará a su hogar usando el cinturón un agujero más suelto. Lo que es historia no tan conocida es cómo la cocina peruana fue ganando poco a poco un lugar dentro de nosotros mismos, una historia que tiene que ver con cómo los peruanos empezaron a recuperar la autoestima, de dejar de sentir vergüenza de nosotros mismos. Y no es una sola historia. Hay muchas historias que aguardan al comensal que sepa preguntar en los muchos restaurantes de éxito. Quiero narrar esta hoy, porque es representativa de las muchas historias de éxito, porque conocí la historia cuando aún no estaba completa, y porque me da la oportunidad de añadir algunas cosas para hacerla más surrealista, como a mí me gusta.

A fines de los años setenta, las cosas en el Perú no iban bien. Gobernaba el país un dictadura militar que ya se había ganado una alta cuota de impopularidad, como suele pasar a los gobiernos revolucionarios que empiezan a distribuir la riqueza hasta que ya no queda riqueza por distribuir. Eran los tiempos de la escasez y de la agitación política y sindical. Se sabe que el estómago vacío fomenta el izquierdismo, las marchas y las huelgas. Muchos descubrieron entonces que el sindicalismo era una manera fácil de vivir, sin tanto trabajo físico y con el prestigio que entonces traía entre la comunidad obrera. Muchas huelgas se hicieron entonces no por búsqueda del bienestar del trabajador, ni siquiera como parte de un plan para que las masas tomen el poder, sino para lograr algún puesto en la estructura sindical nacional. En este ambiente un dirigente sindical de mi pueblo obtuvo grandes dividendos políticos organizando marchas y huelgas, aprovechando las últimas innovaciones en la lucha popular: las marchas de sacrificio, el encadenar gente a la reja de la iglesia, y sobre todo, la olla común. Era esta una actividad que consistía en que todos los huelguistas se reunían y cocinaban en enormes ollas para todo el personal. Este dirigente obtuvo el incondicional apoyo de su esposa en estas actividades. La señora, que poseía ese talento transmitido de generación en generación y lo supo aplicar para la cocina en grandes cantidades, se convirtió en parte infaltable del quehacer sindical, al extremo que los obreros le preguntaban cuándo sería la próxima huelga para apuntarse en la olla común. Carapulcras, ají de gallina, causa limeña y anticuchos eran repartidos junto a arengas socialistas y promesas de poder para el pueblo. Se sabe que un estómago lleno es más permeable a recibir ideas políticas, sobre todo si en el evento se comparten las recetas y secretos culinarios y se planifica ya el menú de la siguiente huelga. Mi familia en ese entonces también estaba con la moda del sindicato y nos avisaban de la próxima olla común para inscribirnos sin más cuota que parte de los ingredientes.

El dirigente llegó a la dirigencia nacional del sindicato, con lo que fue requerido cada vez con mayor frecuencia a la capital. La señora fue invitada a participar de un par de ollas comunes a nivel nacional con gran éxito, pero no podía mantener el frente que ya había formado en nuestra provincia, el cual había crecido de ser un grupito de apoyo a todo un club de lucha de madres trabajadoras. El asunto se agravó cuando el esposo, seducido por el brillo de la capital, fue descubierto con las manos en la caja del sindicato, metafóricamente, y con las manos en la secretaria de la tesorería, literalmente. La señora quedó sola en el pueblo, el esposo desapareció y no se le volvió a ver hasta varios años después. El movimiento sindical de la provincia languideció al desaparecer la dictadura y sólo quedó el recuerdo de la gente de lo bien que se comía en la olla común.

Fue entonces que la señora decidió abrir su propio restaurante, con la ayuda de sus dos hijas. Una de ellas trajo a su enamorado, miembro del sindicato pesquero, y con ello llegaron los ceviches fresquitos que ganaron tanta fama como las ollas comunes de la madre. En la enramada con piso de tierra que era el restaurante, se comía bueno, bonito y barato, convirtiéndose en uno de esos lugares turísticos secretos a donde te lleva un conocido de la dueña y de pronto uno mismo lo recomienda. Mi mejor recuerdo es cuando un amigo que estaba trabajando en una de las fábricas pesqueras de la zona me invitó a desayunar allí, creyendo que me iba a sorprender. Yo pedí el desayuno de leche fresca de vaca verdadera con su nata y su capa de grasa flotando (placer que ya no se encuentra en la ciudad) y un café pasado en cafetera antigua hecha de café molido allí mismo. Le conté a mi amigo el embrión de la historia que aquí presento y fue él quien quedó sorprendido.

Hoy la madre está retirada del negocio, aunque no es raro verla todavía en la cocina de donde se ven salir enormes llamaradas, señal de que algo bueno se está cocinando. Las nietas de la señora han estudiado administración de empresas y repostería en institutos reconocidos y son parte del boom de la cocina peruana. Nada mal para una historia que nació en una huelga y que se convirtió en una historia culinaria.

viernes, 21 de julio de 2017

Comida moderna


Normalmente no soy muy dado a los restaurantes temáticos, los cuales son muy raros por aquí, dicho sea de paso. Recuerdo una sola vez que me llevaron a un restaurante marino musical, para salir decepcionado al comprobar que ni el Frito Páez, ni el cebiche de Calamaro, ni el Joaquín Sardina valían la pena. Pero ahora voy al que se llama a sí mismo el restaurante del futuro, que ofrece una experiencia de ciencia ficción, con atención de la era digital, un sabor adelantado a su época y varias cosas más, así que al menos por curiosidad decido darle la oportunidad. He aquí la crónica sincera de lo que pasó.

Según el que me invitó, no hace falta apurarse, porque la reserva se hace con un app que te permite avisar de tu llegada y escoger tu mesa. Además, el app te conecta con Uber  para que nos recojan a tiempo. Hasta aquí todo iba bien. Claro, hasta que la teoría empezó a darse de cabezazos contra la realidad. Cuando el Uber llegó retrasado alegando que el tráfico había empeorado desde el momento en que se contactó al servicio, supe que sería uno de esos días en los que todo sale mal y me echan la culpa a mí por ser tan salado y por tener al universo conspirando en mi contra.

A nuestra llegada, mis temores fueron confirmados. Mi amigo el que me llevó casi se va a las manos con el mozo que atiende la entrada, quien le dice que tenemos que esperar a que se desocupe una mesa. Según nos trataban de explicar, la mesa que teníamos reservada ya estaba tomada por alguien con el app premium, que tiene atención preferencial. Cuando por fin logramos ingresar, vemos un enorme lugar decorado con todos los clichés futuristas, sin faltar ninguno. Allí estaban las luces de neón, los adornos plateados, las estrellas y naves espaciales, todo. Nos sentamos en unas sillas de estilo mezcla de Bauhaus y Star Trek, que yo, como alguien que se ha sentado en todo tipo de asientos, reconozco como apropiados para sentarse sólo por cortos espacios de tiempo, sólo para la comida sin nada de charla. Yo esperaba que se acercara alguien para tomarnos el pedido, pero mi amigo me explica que el menú y el pedido aparecen en una pantalla táctil en el centro de la mesa, como parte de la misma, lo que es una forma más rápida y segura de pedir, según el app que tengo aún abierto. En el menú aparecen todas las opciones de comida con un nivel de detalle exasperante. Tenemos que expresar que nadie de los presentes es vegetariano en ninguna de las seis o siete variaciones del término, que nadie quiere comida libre de gluten, ni de lactosa, de sal ni de preservantes artificiales. 

Una vez establecidas las reglas procedemos al pedido. Aquí ocurre lo que siempre me ocurre con las pantallas táctiles: no me obedece, marca cosas que no he pedido y se resiste a confirmar mi orden. Mi amigo tiene mejor suerte que yo y logra hacer el pedido. Las opciones que siempre pide la pareja de mi amigo son exactamente las únicas que no aparecen en el menú de opciones de la pantalla: el pollo debe ser parte pierna, la carne en término 75%, el ají debe venir aparte y la lechuga a un costado, que el refresco debe ser natural y no de sobre. Mientras esperamos, explico a mis acompañantes que los que programan las apps y el sistema de pedidos no conocen la idiosincrasia de nuestro país, que siempre es detallista a la hora de comer y que busca las fallas del sistema para poder decir orgullosamente que los chiches de la modernidad no se aplican aquí.

El hecho de que me dejaran terminar la explicación es un síntoma de que algo anda mal, y que nuestra orden se está demorando más de lo normal. La búsqueda de un mozo que nos atienda es otra prueba de paciencia, de la que ya no tenemos mucha. Una de las parejas pregunta por qué no hicimos el pedido desde el app antes de venir, para recibir la respuesta de que en este país nadie sabe lo que quiere comer hasta que llega al restaurante. En eso llega un mozo que nos informa que se ha caído el sistema y que nos va a tomar la orden personalmente. En ese momento empiezo a extrañar los métodos tradicionales al ver que el mozo está mandando la orden por Whatsapp.

Al estar esperando nuestra comida por segunda vez, me asalta la duda. Si este es un restaurante futurista, ¿No nos irán a traer una comida en pequeñas pastillas, como se ve en las películas de ciencia ficción? Mi amigo entra a la sección de preguntas de la app para hacer la consulta y recibe la respuesta en un par de minutos, diciendo que los alimentos son cocinados con microondas de convección, lo que garantiza una cocción óptima conservando el valor alimenticio. No sé por qué, pero esa conversación no me convence.

Cuando estamos a punto de buscar nuevamente al mozo para reclamar por la demora, vemos llegar nuestra comida. Todos entonces comprendemos porqué hay tan pocos mozos. Nuestra orden está viniendo en un dron. Afortunadamente una vida de accidentes me ha dejado rápidos reflejos y ese sexto sentido que me avisa del desastre inminente. Alerto a todos y busco protección debajo de la mesa justo cuando el dron se estrella contra nuestra mesa en una explosión de sopa, ensalada y platos de fondo.

Aquí fue cuando se armó el escándalo buscando al mozo, al gerente, al dueño y a los accionistas del negocio. Lo único que obtuvimos fue que el mozo nos contacte vía video chat con el encargado, quien nos pidió disculpas por el incidente y nos prometió un descuento y un postre gratis en nuestra próxima visita. Mientras mi amigo gritaba para que todos escuchen que nunca iba a volver y que no iba a pagar, nos dimos cuenta que el importe de la comida ya había sido descontado de su tarjeta de crédito a través del app, autorizado por ese asterisco que lleva a las letras pequeñas al instalar el app. Por mi parte, descubrí que también me habían bloqueado el acceso a los comentarios del app, donde pensaba poner toda la historia que estoy narrando aquí.

La velada terminó con todos nosotros sentados en la carretilla de la Tía Veneno, disfrutando de un cebiche como Dios manda, sin nada que nos recuerde que estamos en el siglo XXI. Como debe ser.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Mil maneras de matarte


- ¿Te vas a comer eso?
- Claro que sí ¿Por qué?
- Tiene colesterol, produce cáncer, te vas a morir si no te cuidas...
- No creas todo lo que te dicen o que te mandan por internet, que matarse uno mismo es más difícil de lo que la gente cree. Y te lo digo yo, que he puesto mi vida en peligro innumerables veces sin ser una persona arriesgada ni un adicto al peligro. Sin ir más lejos, yo no necesito que me manden cadenas en Facebook para saber cómo se hace todo lo que comemos, y no hay alimento que se salve, si crees que dejando de comer carnes y grasas te salvarás, lamento decirte que los vegetarianos también se mueren, se enferman y les da cáncer. Así que si de todas maneras he de morirme, por lo menos disfrutaré un poco. Y puedo contarte cómo se producen esos vegetales que comes, para que se te quiten las ganas de comerlos.
- O sea que quieres morirte...
- No es cuestión de querer, sino que es algo inevitable, y ahora todos los días nos enteramos de algún nuevo peligro, de que algo que creíamos inocuo provoca alguna terrible enfermedad, hasta que descubrimos que no hay actividad que no nos lleve tarde o temprano a la muerte.
- Pero no es lo mismo morirse antes de tiempo...
- Nadie sabe cuándo va a morirse, así que nadie sabe si murió antes o después, simplemente se muere. Y como te decía, te puedo decir todas las veces que arriesgas tu vida a diario, observa:

Cada vez que te levantas de la cama, debes verificar cuántas horas has dormido, si duermes menos o más horas estás acortando tu vida, como lo demuestran los más recientes estudios. Al ducharte, revisa las etiquetas de tu jabón y tu champú para ver si no tienen elementos cancerígenos. No tomes agua del grifo, que contiene bacterias y metales pesados que los filtros no detienen. ¡Y cuidado al salir del baño, que un resbalón mal dado te golpeará la cabeza matándote al instante. ¿Que ya es hora de desayunar? La leche y el café son dañinos, y los cereales provienen todos de plantas transgénicas, ni pienses en tomarlos. Solo nos quedaría tomar jugo de frutas, pero con cuidado, que la frutas no hayan sido regadas con aguas contaminadas ni su cultivo se haya hecho con fertilizantes sintéticos y aplicando insecticidas, que todo eso acabará en tu cuerpo envenenándote lentamente. Y de todas maneras no podrás evitar los preservantes y colorantes que contienen.

Ya saliste de tu casa, así que debes tener cuidado con el tráfico. Las estadísticas dicen que los accidentes fatales ocurren en un radio de 5 km de tu casa, pero tampoco te alejes muy rápido, porque la velocidad es la principal causa de accidentes. Trata de no respirar en la calle, que la contaminación en las calles produce enfermedades respiratorias, y protégete de los rayos ultravioleta que causan daños a la piel. Si llegaste con vida a tu lugar de trabajo, no cantes victoria, pues no estás a salvo. Cuídate del aire acondicionado, la recirculación del aire produce el contagio de enfermedades, y el cambio de temperatura ocasiona daños pulmonares, La oficina es una trampa mortal esperando atraparte, los químicos usados por la impresora son altamente venenosos, los insectos microscópicos que viven en las alfombras y los químicos utilizados en la fumigación están allí para dañarte. El trabajo en una computadora te expone a la radiación y a daños en la vista, la mala postura y las horas sentada te cobrarán la factura con dolores musculares mas temprano que tarde.
Ya llegó el mediodía. ¿Has pensado alguna vez en lo que te dan el comedor de la empresa a la hora del almuerzo? Ellos no tienen tanto cuidado como tú al escoger los alimentos.Y de nada sirve que lleves tu propia comida. Almacenar durante horas la comida en tu lonchera hace crecer a los microorganismos. A propósito ¿Te he mencionado la cantidad de gente que ha muerto atragantada por la comida? Mejor vuelve al trabajo.

Y no importa el trabajo que hagas, serás víctima del stress y de las enfermedades ocupacionales, el reumatismo, el síndrome del túnel carpiano o la hipertensión. Solo te queda rezar para que el día termine pronto.

Al fin terminaste tu trabajo y regresas a tu hogar, pero antes debes cuidarte de lo insegura que es la ciudad. A esta hora crece la cantidad de asaltos, robos y asesinatos, y se pone  peor conforme se acerca la noche.
Llega la noche y quieres salir a divertirte, y te maquillarás con productos cancerígenos, para luego elegir a qué peligro te expondrás. Puede ser el alto volumen de la música, daños musculares por los bailes de moda, el alcohol o el humo del tabaco, que respirarás aunque tú no fumes.

Al final del día solamente quieres dormir, y hasta en eso has de tener cuidado. Mucho gente ha muerto mientras dormía por atorarse con su propia saliva, un paro cardíaco o una fuga de gas inadvertida. Aprovecha en tener felices sueños, porque esta noche puede ser tu última. Y si has sobrevivido al día de hoy, no importa, mañana está también lleno de riesgos.

- ¿Sabes qué? Ya me quitaste él hambre...

- Qué bueno, porque la obesidad conduce a la muerte a la larga, verás, te contaré que...

jueves, 17 de septiembre de 2015

El índice


Algo que tengo yo, y que muchos ingenieros tenemos, es que tratamos de cuantificar las cosas. No me gustan las opiniones subjetivas, el “yo opino”, o el “a mí me parece”. Todo tiene que ser medible para poder mejorarlo. Medimos longitudes, duraciones, bit por segundo, frecuencias, de manera de poder definir quién es más alto, más resistente, o tiene mejor conexión a internet. Esta necesidad de medir las cosas no es siempre comprendida por las personas normales, que insisten en que hay cosas que no se pueden medir. Tal vez sea cierto, pero también es cierto que muchas cosas que la gente cree que no se pueden medir, en realidad ya tienen unidad de medida y aparatos para medirlas. Y las que no, pues con un poco de ingenio podemos hallar una manera de cuantificarla y compararla con otras.

Esa es una de mis últimas manías, establecer formas de comparar y medir cosas que hasta ahora no tienen manera de ser medidas. Empecé con un incidente en el cual un turista de visita en mi país decía que podía comer comida picante. El problema es que en Europa creen que la pimienta es picante, y no tienen idea de lo que hace el ají en paladares no entrenados. ¿Cómo explicar a un extranjero lo que es el ají y el rocoto sin que crea que estamos exagerando? La inspiración la encontré al ver la cara de mi amigo al tomar un vaso de leche de tigre. Crearía una escala de picante basada en el color de la cara del turista al probar distintos grados de picante, yendo desde la tez blanca del europeo hasta el rojo fuego, que es precisamente el valor que tomó la cara de mi amigo al tomar la leche de tigre creyendo que era leche de vaca. Ya pensaba hacer cartillas de colores con el nivel de picante, cuando caí en la cuenta de que esta valoración también es subjetiva y hay gringos que aguantan más que otros. Pensé entonces en una escala de picante basada en el pH. El valor cero, por supuesto, corresponde al agua, siguiendo con la pimienta, que sería el valor uno, y así seguir subiendo hasta llegar al “pipí de mono”, que es un ajicito pequeño que cuando se los damos a un turista le hacemos firmar primero una declaración liberando de responsabilidad al cocinero y dando fe de que la está probando libremente sin ser obligado por nadie. Lamentablemente, no puedo avanzar demasiado en probar esta escala porque no encuentro otro turista que me sirva de conejillo de indias para que pruebe todas las escalas de picante.

Otro de mis intentos es el de crear un índice que me indique la calidad de las canciones basado en la cantidad de taconeos por minuto que da la gente al escucharla. El problema es que hay gente que le gusta el reggaetón, lo cual echa por tierra todas mis teorías sobre la calidad de la música.

El mayor éxito que me he anotado hasta el momento me vino en un momento de inspiración al escuchar a una amiga lamentarse de que está gorda. Yo le hice notar que en realidad no la veía gorda sino mal distribuida. Para ponerlo de manera simple, ella usaba una camisa talla S pero con pantalón corto talla L, creo que con eso se entiende. Eso del 90-60-90 solo sirve para las modelos europeas de un metro ochenta de estatura, no para nuestras bellezas latinas, que son más despachaditas. Nos urge entonces una nueva escala de medición. Después de un cuidadoso análisis de las formas femeninas (trabajo duro, pero que alguien tenía que hacer, y al no confiar en la cinta métrica, preferí hacer las mediciones por palmos) llegué a lo que llamé el “índice de quiebre” que es la relación entre la medida de cintura y la medida de la cadera. Un índice de quiebre de 1, por ejemplo, significa que la silueta en cuestión toma una forma plana; un valor mayor de 1 se ve gordo, siendo el valor ideal obtenido empíricamente el de 0.66. A mi amiga le salió un índice correspondiente a la figura en forma de huevo, lo cual tampoco estaba tan mal en comparación con su grupo de amigas, a las que transmitió entusiastamente mi descubrimiento. El índice de quiebre ha sido acogido entonces por un grupo de personas cada vez mayor, ya empieza a difundirse en gimnasios y a tomarse como requisito para entrar a las discotecas de moda, aunque pocas personas me dan hoy el crédito.

Todavía no me canso de buscar relaciones numéricas para explicar y medir esas cosas que el resto de la gente califica todavía de acuerdo a su mejor parecer, sin la ayuda de la ciencia. Estoy tratando ahora de crear una escala para medir el nivel de aburrimiento, para los momentos en que estoy aburrido, poder decir “Este trabajo me causa un aburrimiento de nivel 4” o algo así. También busco la forma de medir la nada, es decir, desde esa nada que hay en el ropero cuando una mujer dice “no tengo nada que ponerme”, cuando alguien dice que no está haciendo nada pero en realidad está haciendo algo, hasta cuando no se está haciendo realmente nada. Les mantendré informado de mis progresos.

viernes, 30 de enero de 2015

Asociación



Paso por un restaurante que sirve chicharrones, que tiene un dibujo de un chancho feliz en la puerta. 

Paso por un restaurante marino que tiene el dibujo de un pez feliz en la puerta. 

Paso por un restaurante con el dibujo de un hombre feliz en la puerta y pienso inmediatamente que allí sirven carne humana.

domingo, 8 de julio de 2012

La comida peruana (II)



En el post anterior hablaba de lo orgullosos que nos sentimos los peruanos por nuestra comida. Y la mejor manera de demostrarlo es cuando un extranjero se pone al alcance de nuestras manos.

Así pues, no hay extranjero hoy en día que no sea atacado por todos los peruanos que lo rodean, insistiendo en que pruebe la comida peruana. No digo que eso sea malo, pero últimamente estamos llegando a la exageración. A los pobres extranjeros los estamos atacando con tres o cuatro platos  a la vez, con una vehemencia que les hace pensar que una negativa es una ofensa a lo más sagrado que tiene nuestro país, y que de no llenarse de todos los platos se harán acreedores a un linchamiento o al menos una deportación.
- Pruebe este plato, don gringo, que también está muy rico…
- Sorry, I’m stuffed, estoy lleno…
- Pero si todavía no ha probado este cebiche, la chanfainita, su pachamanca, el olluquito y la causa rellena… ¡Que gringo tan zonzo!

Conversando con extranjeros que suelen visitar el país, me comentan que ya se corre la voz de que antes de venir al país se recomienda una preparación previa de una semana de dieta estricta, que lo haga soportar todas las invitaciones a comer que recibirá, so pena de regresar a su país llevándose como souvenir 3 o 4 kilos de más en una semana, además de un dolor de estómago que le hará recordar los momentos felices vividos en esta la tierra de los incas.

Dentro del orgullo por nuestra comida, se le debe demostrar además a los visitantes de otros países que nosotros podemos comer cosas que ellos no pueden. Es común retar al turista a comer el ají picante, ya sea en salsa o dentro de un cebiche. La vista del sudor corriendo por la frente del extranjero, el cambio de color en su cara y su desesperación por conseguir un poco de agua para pasar el picante, nos hace sentir peruanos superiores, frente a los débiles turistas que no pueden despachar un rocoto relleno.
¿Y si no le gustó la comida? Miradas de desaprobación, sentimientos de ofensa, o pena ajena por el pobre gringo que no sabe comer. Hasta que a alguien se le ocurre que la razón es porque no ha comido el plato adecuado.
¡Ah, es que está comiendo comida de Lima! ¡Tiene que probar la comida del norte! Y si no es la comida del norte, entonces que pruebe la comida de Ica, de la selva, del Cuzco, de Arequipa… Al peruano no se le mete en la cabeza que no pueda haber algún lugar del Perú que no tenga una comida que le agrade.

Culmino mencionando la historia de un peruano que viajó hace años a los Estados Unidos y puso una pollería de éxito por allá. Cada año regresaba y comía todos los días pollo a la brasa. Cuando le preguntaron por qué el dueño de una pollería en Estados Unidos venía aquí a comer pollo a la brasa, el respondía: Es que los gringos no saben comer… Allá les sirvo a su gusto pero aquí es más rico… 

miércoles, 4 de julio de 2012

La comida peruana (I)



Oiga, Inge, ¿Y cuándo habla de la comida peruana? 
Está bien, reconozco que es un tema de moda y que hace tiempo que no escribo nada sobre las costumbres de mi país. Es que he tenido siempre reticencias sobre el tema, pero habiendo pedidos, me lanzo al plato:

Recuerdo en los tiempos pasados que ya parecen edad de piedra con los tantos adelantos que ha habido, en que buscar un sitio donde comer medianamente bien en la ciudad de Lima era tarea titánica. En mi opinión, que expresaba siempre que tenía ocasión, en Lima simplemente no se comía bien, había que salir de la ciudad para darse el gusto. Era cosa sabida que en el mercado de la mayoría de las provincias y pueblitos del Perú se comía mejor que en los mejores restaurantes de la capital, los cuales no servían lo que llamamos “comida criolla” y que más bien se dedicaban a la comida internacional.
Lo más criollo que se podía encontrar era, paradójicamente el chifa. Para los que no lo conocen, el chifa es la comida china aclimatada a nuestras tierras, de modo que se ha creado un híbrido que no es ni chino ni peruano.

Poco a poco y con esfuerzo, se fue creando una cultura del buen comer que incluía dotes investigativas y paciencia para el buscador de buenos restaurantes. Sucedía en ese tiempo que mucha emigró a Lima desde las provincias trayendo sus recetas aquí, y abriendo restaurantes en corralones, garajes y patios cercados. Era entonces una aventura (y lo sigue siendo en muchos casos hasta ahora) ir acompañado de alguien que conocía el secreto de un restaurante sin anuncios ni publicidad, donde atendía la señora de la casa unos platos deliciosos sobre una mesa de tablas en piso de tierra. Era curioso observar elegantes autos que llegaban a barrios pobres o en la periferia de la ciudad a comer sabroso y económico.

Aunque esto sigue sucediendo en pequeña escala, el boom gastronómico peruano ya está traspasando fronteras, ayudado por un esfuerzo que nadie ha pedido, de promocionar ante todo el mundo las bondades de nuestra cocina. Tal vez uno de estos días alguien haga un estudio sobre la relación la pérdida del orgullo por la selección peruana de fútbol y el simultáneo incremento del orgullo por la cocina peruana.
Y también nos hemos vuelto comelones, valgan verdades. Tal vez porque pasamos no hace muchos años una situación donde ser gordo era considerado un signo de riqueza y se debatía en el congreso de aumentar los impuestos a aquellos que se les viera por la calle panzones y contentos. Ahora todo pareciera ser un buen motivo para reunirnos a comer. ¿Te ayudé en algo en el trabajo? Me debes un cebichito; ¿Por fin te decidiste a cambiar de trabajo? ¡Esto se merece una carapulcra!; ¿La señora de la esquina se quedó sin dinero? ¡Hagamos una pollada bailable para ayudarla! La lista de razones para reunirse a comer es tan extensa como la lista de platos en el menú.

Es que otro rasgo de los peruanos es que no comen solos. Tienen que comer hablando, contando chistes, gritando al comensal del otro lado de la mesa, y si es fin de semana, pidiendo una cervecita para ir bajando el ají. Como decía antes, ahora tenemos un inmenso orgullo por nuestra comida, y estamos dispuestos a retar al visitante de cualquier otro país a probar que acá en el Perú es donde se come más rico de todo el mundo.

- Pero… Los grandes expertos mundiales dicen que la mejor comida está en Francia. 
- ¡No me venga con esas tonterías, por favor! ¡Mi primo viajó a Francia una vez y me dijo que no pudo encontrar ni un cebiche decente!

domingo, 8 de agosto de 2010

La cita

Otro video que encontré navegando por ahí.
También me ha pasado así una que otra vez...

domingo, 4 de abril de 2010

Hannibal Lecter en el Perú

Después de las lluvias que afectaron tanto al turismo en el Cuzco, las autoridades están en una campaña para invitar a celebridades a que se den una vueltita por esta imperial ciudad, de modo que el turista común y corriente se anime a visitarnos. Así, pues, no fue raro encontrar en un restaurante no tan conocido, pero íntimo y acogedor, nada menos que a Hannibal Lecter. Sin dudarlo me acerqué, armado de mi celular con cámara y mi libreta de autógrafos.

- Dr. Lecter, supongo…

El Dr. Lecter ni siquiera se dignó a mirarme, dejándome en una posición incómoda, sin saber si quedarme o irme. Me quedé, casi hipnotizado al verlo comer. Realmente no he visto, ni creo que vuelva a ver, el raro espectáculo de alguien comiendo carne cruda con tan exquisita fruición y sin romper ninguna de las reglas de la etiqueta.

- Dr. Lecter ¿Me permite acompañarlo?

- Tome asiento, joven, si gusta – Me dijo con una cortesía impecable.

- Es un honor que visite nuestro país… ¿Qué le trae por aquí?

- Hace tiempo que he querido visitarlo… Me han hablando altamente de la cocina peruana y ahora se presentó la ocasión… Confío en encontrar a los peruanos tan deliciosos como me han dicho…

- Ehh… Se refiere a la comida ¿Verdad?

- Los peruanos son tan simpáticos y serviciales… Ayer vino un mozo a preguntarme qué deseaba, y me comí unos riñoncitos con habas, acompañados de un buen pisco… Mmmm…

La conversación estaba tomando un cariz que no me gustaba nada, así que intenté cambiar de tema.

- ¿Y ha venido usted solo, Dr. Lecter?

- En realidad, venía con un amigo, pero él se tuvo que quedar en el aeropuerto… Por alguna razón ya no dejan entrar con lonchera al avión. Motivos de seguridad, supongo.

- Y habrá usted venido a visitar nuestras maravillas arqueológicas, o nuestros bellos paisajes ¿No es cierto?

- ¡Oh, no! En realidad vengo por turismo gastronómico. Soy un gourmet, como usted sin duda sabe, y vengo a probar todo lo que pueda del Perú…

Por alguna razón, el Dr. Lecter, lograba siempre llevar la conversación hacia el tema de la comida, y con un tono que me hacía pensar que lo suyo no era precisamente la comida vegetariana. En eso llegó el mozo con un plato.

- Aquí tiene lo que pidió, Doctor. Unos ricos anticuchos de puro corazón, jugositos, término casi crudo…

Aquí sí me convenció de lo suyo era en verdad turismo gastronómico. Los ojos muy abiertos, y ese rostro de felicidad al ver los anticuchos, denotaban a alguien que se alegraba verdaderamente al llegar el plato.

- Maravilloso… En realidad es un corazón ensartado en una estaca… Es usted un mozo muy atento, igual que el que me atendió ayer, mis felicitaciones…

- Gracias, y a propósito, ¿Qué habrá pasado con el mozo de ayer? – inquirió el mozo – Salió ayer con usted y ya no regresó hoy…

- No se preocupe, ayer tuvimos una larga conversación y se irá conmigo… Salvo, claro, lo que pueda digerir de él hasta el vuelo…

Esta última frase me decidió a despedirme antes de que al Doctor Lecter se le ocurra convertirme en parte del menú como postre o como bocadito para el camino. Pero al menos me debía despedir.

- Ha sido un gusto, quiero decir, un placer, haberlo conocido Doctor Lecter… Espero que lo pase bien durante el resto de su visita a mi país…

- Yo también lo espero… Su país es muy hospitalario, esta noche estoy invitado a una ceremonia, creo que me quieren nombrar pishtaco honorario, o algo así… Entiendo que es ese un gran honor aquí… ¿Me haría el honor de acompañarme?

- Lo siento, Doctor, créame que justo hoy tengo otros compromisos… Adiós…

No sé por qué, pero al salir me dieron ganas de comerme una hamburguesa cruda, y al llegar al McDonalds más cercano vi a algunas guapas chicas que se veían muy ricas, y daban ganas de comérselas…

domingo, 8 de abril de 2007

El Almuerzo Olvidado


[Musica de fondo: La Fiesta de Pilito - El Gran Combo]


Desde que tengo uso de razón (la fecha exacta es aún tema de discusion, y hay quien afirma que ello no ocurre todavía) a la hora de comer... se comía. Lo que quiero decir es que se realizaba el ritual que la gente normal y corriente hace para comer: Deja uno de hacer lo que estaba haciendo, se sienta en una silla ante una mesa, espera que le traigan un plato y luego empieza la lucha contra el pollo, carne, pescado o lo que tenga a bien darnos la cocinera. En esta lucha, que ha de terminar cuando el enemigo ha sido totalmente barrido del campo de batalla, se usan las eficientes armas del cuchilo y tenedor, y se tiene como incondicional aliado al ají, que es una especie de lubricante que ayuda a que el enemigo se vaya como por un tubo por el tubo digestivo.
Pero... algo empezó a cambiar cuando ingresé a la universidad. A los comentarios inofensivos y al sano raje de los profesores y de los compañeros sucedió la discusión acalorada con quienes veian comedor como centro de adoctrinamiento de sus ideas politicas. En ese tiempo fui acusado de ser un burgués tantas veces que llegué a preguntarme seriamente si había algo malo en ello.
Para los ultimos ciclos, el almuerzo cambió nuevamente. Se convirtió en una carrera contra el tiempo primero y luego en un lujo que muchos obviaban, para poder estudiar, escuchar clases de ese profesor que solo dictaba a esa hora, o para poder terminar con esa bendita monografia.
Al salir de la Uni, las cosas parecieron volver por un tiempo a la normalidad. Comía a la hora (es más, con sirena de aviso) y me di el lujo de hacer algo que antes pense que nunca haria, que es leer el periodico durante el almuerzo.
- Señor, no coma así, que le van a caer mal las noticias con el almuerzo!
Nunca escuché mesera más acertada, así que regresé a la buena senda y no he vuelto a hacerlo desde entonces.
Con el correr del tiempo, he comido en los lugares en que he trabajado almuerzos en todos los valores de la escala: Desde las comidas que les dan a los gringos hasta unas que no las querian comer ni los obreros mas caidos.
Pero poco a poco comenzamos nuevamente a perder la hora del almuerzo. Primero fueron los nextel, con su pitido y la gente que quiere que todos se enteren de sus asuntos de trabajo.
- Oye, deja el nextel, estamos comiendo!
- No compadre, la otra vez el jefe me levantó en peso por no contestarle...
Luego vinieron los celulares y las llamadas y mensajes de texto. No me molesto si alguien aprovecha el tiempo mientras llega el almuerzo, pero eso de mandar mensajes mientra uno está con el tenedor en la otra mano o conversar entre bocado y bocado me parece un verdadero atentado contra la digestion.
El ultimo año ha traido dos nuevos enemigos de una comida tranquila. uno es el "Blackberry". Ya no basta con mandar mensajes de texto por el celular, ahora los empleados "importantes" tienen que revisar su correo entre los platos del almuerzo y contestarlos antes del postre. El otro enemigo son los restaurantes y locales con Wi-Fi. Si antes se veia feo que uno leyera el periodico en la mesa del almuerzo, ahora es peor ver personas con su laptop tan concentrados que hasta se olvidan que vinieron a comer.

- Vamos, que tenemos un almuerzo de trabajo...

- Yo traigo mi lonchera, ¿Que tal si tu vas y yo me conecto al chat desde aquí?

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