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martes, 3 de octubre de 2023
Si los antiguos griegos hubieran conocido el aji
miércoles, 15 de marzo de 2023
La mala comida
sábado, 4 de febrero de 2023
Hablando en comida
jueves, 25 de marzo de 2021
Consejos para caníbales
miércoles, 13 de marzo de 2019
Una historia culinaria
El Perú tiene hoy un ganado prestigio culinario. La gente que viene de visita a nuestro país es advertida (y empieza a aparecer dentro de los folletos de precauciones que se entregan a los viajeros) que regresará a su hogar usando el cinturón un agujero más suelto. Lo que es historia no tan conocida es cómo la cocina peruana fue ganando poco a poco un lugar dentro de nosotros mismos, una historia que tiene que ver con cómo los peruanos empezaron a recuperar la autoestima, de dejar de sentir vergüenza de nosotros mismos. Y no es una sola historia. Hay muchas historias que aguardan al comensal que sepa preguntar en los muchos restaurantes de éxito. Quiero narrar esta hoy, porque es representativa de las muchas historias de éxito, porque conocí la historia cuando aún no estaba completa, y porque me da la oportunidad de añadir algunas cosas para hacerla más surrealista, como a mí me gusta.
A fines de los años setenta, las cosas en el Perú no iban bien. Gobernaba el país un dictadura militar que ya se había ganado una alta cuota de impopularidad, como suele pasar a los gobiernos revolucionarios que empiezan a distribuir la riqueza hasta que ya no queda riqueza por distribuir. Eran los tiempos de la escasez y de la agitación política y sindical. Se sabe que el estómago vacío fomenta el izquierdismo, las marchas y las huelgas. Muchos descubrieron entonces que el sindicalismo era una manera fácil de vivir, sin tanto trabajo físico y con el prestigio que entonces traía entre la comunidad obrera. Muchas huelgas se hicieron entonces no por búsqueda del bienestar del trabajador, ni siquiera como parte de un plan para que las masas tomen el poder, sino para lograr algún puesto en la estructura sindical nacional. En este ambiente un dirigente sindical de mi pueblo obtuvo grandes dividendos políticos organizando marchas y huelgas, aprovechando las últimas innovaciones en la lucha popular: las marchas de sacrificio, el encadenar gente a la reja de la iglesia, y sobre todo, la olla común. Era esta una actividad que consistía en que todos los huelguistas se reunían y cocinaban en enormes ollas para todo el personal. Este dirigente obtuvo el incondicional apoyo de su esposa en estas actividades. La señora, que poseía ese talento transmitido de generación en generación y lo supo aplicar para la cocina en grandes cantidades, se convirtió en parte infaltable del quehacer sindical, al extremo que los obreros le preguntaban cuándo sería la próxima huelga para apuntarse en la olla común. Carapulcras, ají de gallina, causa limeña y anticuchos eran repartidos junto a arengas socialistas y promesas de poder para el pueblo. Se sabe que un estómago lleno es más permeable a recibir ideas políticas, sobre todo si en el evento se comparten las recetas y secretos culinarios y se planifica ya el menú de la siguiente huelga. Mi familia en ese entonces también estaba con la moda del sindicato y nos avisaban de la próxima olla común para inscribirnos sin más cuota que parte de los ingredientes.
El dirigente llegó a la dirigencia nacional del sindicato, con lo que fue requerido cada vez con mayor frecuencia a la capital. La señora fue invitada a participar de un par de ollas comunes a nivel nacional con gran éxito, pero no podía mantener el frente que ya había formado en nuestra provincia, el cual había crecido de ser un grupito de apoyo a todo un club de lucha de madres trabajadoras. El asunto se agravó cuando el esposo, seducido por el brillo de la capital, fue descubierto con las manos en la caja del sindicato, metafóricamente, y con las manos en la secretaria de la tesorería, literalmente. La señora quedó sola en el pueblo, el esposo desapareció y no se le volvió a ver hasta varios años después. El movimiento sindical de la provincia languideció al desaparecer la dictadura y sólo quedó el recuerdo de la gente de lo bien que se comía en la olla común.
Fue entonces que la señora decidió abrir su propio restaurante, con la ayuda de sus dos hijas. Una de ellas trajo a su enamorado, miembro del sindicato pesquero, y con ello llegaron los ceviches fresquitos que ganaron tanta fama como las ollas comunes de la madre. En la enramada con piso de tierra que era el restaurante, se comía bueno, bonito y barato, convirtiéndose en uno de esos lugares turísticos secretos a donde te lleva un conocido de la dueña y de pronto uno mismo lo recomienda. Mi mejor recuerdo es cuando un amigo que estaba trabajando en una de las fábricas pesqueras de la zona me invitó a desayunar allí, creyendo que me iba a sorprender. Yo pedí el desayuno de leche fresca de vaca verdadera con su nata y su capa de grasa flotando (placer que ya no se encuentra en la ciudad) y un café pasado en cafetera antigua hecha de café molido allí mismo. Le conté a mi amigo el embrión de la historia que aquí presento y fue él quien quedó sorprendido.
Hoy la madre está retirada del negocio, aunque no es raro verla todavía en la cocina de donde se ven salir enormes llamaradas, señal de que algo bueno se está cocinando. Las nietas de la señora han estudiado administración de empresas y repostería en institutos reconocidos y son parte del boom de la cocina peruana. Nada mal para una historia que nació en una huelga y que se convirtió en una historia culinaria.
viernes, 21 de julio de 2017
Comida moderna
miércoles, 8 de febrero de 2017
Mil maneras de matarte
Ya llegó el mediodía. ¿Has pensado alguna vez en lo que te dan el comedor de la empresa a la hora del almuerzo? Ellos no tienen tanto cuidado como tú al escoger los alimentos.Y de nada sirve que lleves tu propia comida. Almacenar durante horas la comida en tu lonchera hace crecer a los microorganismos. A propósito ¿Te he mencionado la cantidad de gente que ha muerto atragantada por la comida? Mejor vuelve al trabajo.
jueves, 17 de septiembre de 2015
El índice
Algo que tengo yo, y que muchos ingenieros tenemos, es que tratamos de cuantificar las cosas. No me gustan las opiniones subjetivas, el “yo opino”, o el “a mí me parece”. Todo tiene que ser medible para poder mejorarlo. Medimos longitudes, duraciones, bit por segundo, frecuencias, de manera de poder definir quién es más alto, más resistente, o tiene mejor conexión a internet. Esta necesidad de medir las cosas no es siempre comprendida por las personas normales, que insisten en que hay cosas que no se pueden medir. Tal vez sea cierto, pero también es cierto que muchas cosas que la gente cree que no se pueden medir, en realidad ya tienen unidad de medida y aparatos para medirlas. Y las que no, pues con un poco de ingenio podemos hallar una manera de cuantificarla y compararla con otras.
viernes, 30 de enero de 2015
Asociación
Paso por un restaurante marino que tiene el dibujo de un pez feliz en la puerta.
Paso por un restaurante con el dibujo de un hombre feliz en la puerta y pienso inmediatamente que allí sirven carne humana.
domingo, 8 de julio de 2012
La comida peruana (II)
miércoles, 4 de julio de 2012
La comida peruana (I)
Oiga, Inge, ¿Y cuándo habla de la comida peruana?
Está bien, reconozco que es un tema de moda y que hace tiempo que no escribo nada sobre las costumbres de mi país. Es que he tenido siempre reticencias sobre el tema, pero habiendo pedidos, me lanzo al plato:
Recuerdo en los tiempos pasados que ya parecen edad de piedra con los tantos adelantos que ha habido, en que buscar un sitio donde comer medianamente bien en la ciudad de Lima era tarea titánica. En mi opinión, que expresaba siempre que tenía ocasión, en Lima simplemente no se comía bien, había que salir de la ciudad para darse el gusto. Era cosa sabida que en el mercado de la mayoría de las provincias y pueblitos del Perú se comía mejor que en los mejores restaurantes de la capital, los cuales no servían lo que llamamos “comida criolla” y que más bien se dedicaban a la comida internacional.
Lo más criollo que se podía encontrar era, paradójicamente el chifa. Para los que no lo conocen, el chifa es la comida china aclimatada a nuestras tierras, de modo que se ha creado un híbrido que no es ni chino ni peruano.
Poco a poco y con esfuerzo, se fue creando una cultura del buen comer que incluía dotes investigativas y paciencia para el buscador de buenos restaurantes. Sucedía en ese tiempo que mucha emigró a Lima desde las provincias trayendo sus recetas aquí, y abriendo restaurantes en corralones, garajes y patios cercados. Era entonces una aventura (y lo sigue siendo en muchos casos hasta ahora) ir acompañado de alguien que conocía el secreto de un restaurante sin anuncios ni publicidad, donde atendía la señora de la casa unos platos deliciosos sobre una mesa de tablas en piso de tierra. Era curioso observar elegantes autos que llegaban a barrios pobres o en la periferia de la ciudad a comer sabroso y económico.
Aunque esto sigue sucediendo en pequeña escala, el boom gastronómico peruano ya está traspasando fronteras, ayudado por un esfuerzo que nadie ha pedido, de promocionar ante todo el mundo las bondades de nuestra cocina. Tal vez uno de estos días alguien haga un estudio sobre la relación la pérdida del orgullo por la selección peruana de fútbol y el simultáneo incremento del orgullo por la cocina peruana.
Y también nos hemos vuelto comelones, valgan verdades. Tal vez porque pasamos no hace muchos años una situación donde ser gordo era considerado un signo de riqueza y se debatía en el congreso de aumentar los impuestos a aquellos que se les viera por la calle panzones y contentos. Ahora todo pareciera ser un buen motivo para reunirnos a comer. ¿Te ayudé en algo en el trabajo? Me debes un cebichito; ¿Por fin te decidiste a cambiar de trabajo? ¡Esto se merece una carapulcra!; ¿La señora de la esquina se quedó sin dinero? ¡Hagamos una pollada bailable para ayudarla! La lista de razones para reunirse a comer es tan extensa como la lista de platos en el menú.
Es que otro rasgo de los peruanos es que no comen solos. Tienen que comer hablando, contando chistes, gritando al comensal del otro lado de la mesa, y si es fin de semana, pidiendo una cervecita para ir bajando el ají. Como decía antes, ahora tenemos un inmenso orgullo por nuestra comida, y estamos dispuestos a retar al visitante de cualquier otro país a probar que acá en el Perú es donde se come más rico de todo el mundo.
- Pero… Los grandes expertos mundiales dicen que la mejor comida está en Francia.
- ¡No me venga con esas tonterías, por favor! ¡Mi primo viajó a Francia una vez y me dijo que no pudo encontrar ni un cebiche decente!
domingo, 8 de agosto de 2010
La cita
domingo, 4 de abril de 2010
Hannibal Lecter en el Perú

Después de las lluvias que afectaron tanto al turismo en el Cuzco, las autoridades están en una campaña para invitar a celebridades a que se den una vueltita por esta imperial ciudad, de modo que el turista común y corriente se anime a visitarnos. Así, pues, no fue raro encontrar en un restaurante no tan conocido, pero íntimo y acogedor, nada menos que a Hannibal Lecter. Sin dudarlo me acerqué, armado de mi celular con cámara y mi libreta de autógrafos.
- Dr. Lecter, supongo…
El Dr. Lecter ni siquiera se dignó a mirarme, dejándome en una posición incómoda, sin saber si quedarme o irme. Me quedé, casi hipnotizado al verlo comer. Realmente no he visto, ni creo que vuelva a ver, el raro espectáculo de alguien comiendo carne cruda con tan exquisita fruición y sin romper ninguna de las reglas de la etiqueta.
- Dr. Lecter ¿Me permite acompañarlo?
- Tome asiento, joven, si gusta – Me dijo con una cortesía impecable.
- Es un honor que visite nuestro país… ¿Qué le trae por aquí?
- Hace tiempo que he querido visitarlo… Me han hablando altamente de la cocina peruana y ahora se presentó la ocasión… Confío en encontrar a los peruanos tan deliciosos como me han dicho…
- Ehh… Se refiere a la comida ¿Verdad?
- Los peruanos son tan simpáticos y serviciales… Ayer vino un mozo a preguntarme qué deseaba, y me comí unos riñoncitos con habas, acompañados de un buen pisco… Mmmm…
La conversación estaba tomando un cariz que no me gustaba nada, así que intenté cambiar de tema.
- ¿Y ha venido usted solo, Dr. Lecter?
- En realidad, venía con un amigo, pero él se tuvo que quedar en el aeropuerto… Por alguna razón ya no dejan entrar con lonchera al avión. Motivos de seguridad, supongo.
- Y habrá usted venido a visitar nuestras maravillas arqueológicas, o nuestros bellos paisajes ¿No es cierto?
- ¡Oh, no! En realidad vengo por turismo gastronómico. Soy un gourmet, como usted sin duda sabe, y vengo a probar todo lo que pueda del Perú…
Por alguna razón, el Dr. Lecter, lograba siempre llevar la conversación hacia el tema de la comida, y con un tono que me hacía pensar que lo suyo no era precisamente la comida vegetariana. En eso llegó el mozo con un plato.
- Aquí tiene lo que pidió, Doctor. Unos ricos anticuchos de puro corazón, jugositos, término casi crudo…
Aquí sí me convenció de lo suyo era en verdad turismo gastronómico. Los ojos muy abiertos, y ese rostro de felicidad al ver los anticuchos, denotaban a alguien que se alegraba verdaderamente al llegar el plato.
- Maravilloso… En realidad es un corazón ensartado en una estaca… Es usted un mozo muy atento, igual que el que me atendió ayer, mis felicitaciones…
- Gracias, y a propósito, ¿Qué habrá pasado con el mozo de ayer? – inquirió el mozo – Salió ayer con usted y ya no regresó hoy…
- No se preocupe, ayer tuvimos una larga conversación y se irá conmigo… Salvo, claro, lo que pueda digerir de él hasta el vuelo…
Esta última frase me decidió a despedirme antes de que al Doctor Lecter se le ocurra convertirme en parte del menú como postre o como bocadito para el camino. Pero al menos me debía despedir.
- Ha sido un gusto, quiero decir, un placer, haberlo conocido Doctor Lecter… Espero que lo pase bien durante el resto de su visita a mi país…
- Yo también lo espero… Su país es muy hospitalario, esta noche estoy invitado a una ceremonia, creo que me quieren nombrar pishtaco honorario, o algo así… Entiendo que es ese un gran honor aquí… ¿Me haría el honor de acompañarme?
- Lo siento, Doctor, créame que justo hoy tengo otros compromisos… Adiós…
No sé por qué, pero al salir me dieron ganas de comerme una hamburguesa cruda, y al llegar al McDonalds más cercano vi a algunas guapas chicas que se veían muy ricas, y daban ganas de comérselas…
domingo, 8 de abril de 2007
El Almuerzo Olvidado

Pero... algo empezó a cambiar cuando ingresé a la universidad. A los comentarios inofensivos y al sano raje de los profesores y de los compañeros sucedió la discusión acalorada con quienes veian comedor como centro de adoctrinamiento de sus ideas politicas. En ese tiempo fui acusado de ser un burgués tantas veces que llegué a preguntarme seriamente si había algo malo en ello.
Para los ultimos ciclos, el almuerzo cambió nuevamente. Se convirtió en una carrera contra el tiempo primero y luego en un lujo que muchos obviaban, para poder estudiar, escuchar clases de ese profesor que solo dictaba a esa hora, o para poder terminar con esa bendita monografia.
Al salir de la Uni, las cosas parecieron volver por un tiempo a la normalidad. Comía a la hora (es más, con sirena de aviso) y me di el lujo de hacer algo que antes pense que nunca haria, que es leer el periodico durante el almuerzo.
- Señor, no coma así, que le van a caer mal las noticias con el almuerzo!
Nunca escuché mesera más acertada, así que regresé a la buena senda y no he vuelto a hacerlo desde entonces.
Con el correr del tiempo, he comido en los lugares en que he trabajado almuerzos en todos los valores de la escala: Desde las comidas que les dan a los gringos hasta unas que no las querian comer ni los obreros mas caidos.
Pero poco a poco comenzamos nuevamente a perder la hora del almuerzo. Primero fueron los nextel, con su pitido y la gente que quiere que todos se enteren de sus asuntos de trabajo.
- Oye, deja el nextel, estamos comiendo!
- No compadre, la otra vez el jefe me levantó en peso por no contestarle...
Luego vinieron los celulares y las llamadas y mensajes de texto. No me molesto si alguien aprovecha el tiempo mientras llega el almuerzo, pero eso de mandar mensajes mientra uno está con el tenedor en la otra mano o conversar entre bocado y bocado me parece un verdadero atentado contra la digestion.
El ultimo año ha traido dos nuevos enemigos de una comida tranquila. uno es el "Blackberry". Ya no basta con mandar mensajes de texto por el celular, ahora los empleados "importantes" tienen que revisar su correo entre los platos del almuerzo y contestarlos antes del postre. El otro enemigo son los restaurantes y locales con Wi-Fi. Si antes se veia feo que uno leyera el periodico en la mesa del almuerzo, ahora es peor ver personas con su laptop tan concentrados que hasta se olvidan que vinieron a comer.










