domingo, 5 de mayo de 2019

Lecciones aprendidas


Dentro de las tareas titánicas que emprendemos los tontos día a día, está la de educar a la gente en las cosas simples, esas que no aparecen en los grandes cursos de capacitación ni pueden ponerse en la hoja de vida para conseguir un mejor trabajo. Por eso de vez en cuando suelto una de esas frases que me han hecho conocido en mi entorno (tristemente célebre, dirían algunos) y que son pedazos de la sabiduría que he estado acumulando en estos últimos años. Son las lecciones aprendidas que la vida me ha enseñado, y que pongo aquí porque no voy a tener tiempo de decírselas personalmente a tanta alma perdida que encuentro:
  • Nadie es tan feo como se ve en su foto carnet, ni tan feliz como se ve en su Facebook. 
  • Para ser un ciudadano del mundo, hace falta primero tener visa. 
  • Los plazos no tienen términos medios: O están muy lejos o están demasiado cerca. 
  • Nunca vuelvas a llevar el celular y la billetera a la reunión de cleptómanos anónimos. 
  • Ser zurdo no significa nada sobre el carácter de una persona. Hay zurdos muy derechos y diestros muy siniestros. 
  • Hay una línea muy delgada entre lo que está de moda y lo exclusivo. 
  • El único modo infalible de predecir el futuro es esperar a que las cosas pasen y luego decir “¡Yo lo dije!”. 
  • No hay decepción tan grande como comprobar que el prólogo es mejor que el libro. 
  • Hay mujeres que esperan a un príncipe azul que las lleve a un palacio encantado, pero no quieren que les cuenten cuentos. 
  • Así como está el mundo, es mejor ser bueno. Para ser malvado hay mucha competencia. 
  • El que lo hagas todo de la misma manera no te hace tener un estilo. 
  • Un verdadero amigo es aquel que piensa en ti tanto como lo hacen tus enemigos. 
  • El que todo pase por una razón, no significa que sea la razón correcta. 
  • No importa a quien le preguntes, los buenos tiempos nunca fueron estos. 
  • Hay mujeres que se merecen una canción desafinada. 
  • Madrugar por haber estado de fiesta no cuenta para que Dios te ayude. 
  • Cuando un pobre infringe la ley, es castigado. Cuando un poderoso infringe la ley, se cambia la ley.
  • Aquellos que dicen que la vida es corta suelen tener una vida corta. 
  • Los que causan los problemas no son los que no saben, sino los que no aprenden. 
  • Las letras, al contrario que las personas, no hay que hacerles caso cuando son grandotas y hay que temerles cuando son pequeñitas. 
  • No es cierto que no hay mal que dure cien años. Lo que pasa es que nos acostumbramos y ya no le vemos lo malo. 
  • Todas esas frases que comienzan con un “a veces” significan eso mismo. Que la mayoría de las veces no se cumple. 
  • Uno sabe que está cerca de tocar fondo porque los que ya están allí te tratan de jalar hacia abajo. 
  • Las personas se dividen entre los que quieren cambiar el mundo y los que quieren cambiarse de mundo.

miércoles, 24 de abril de 2019

Una pluma y un grano de arena


Anubis, el primer juez de las almas que llegan al inframundo, recibió a Tay, el constructor de templos. Debes saber – dijo Anubis al alma recién llegada – que aquí tu alma será pesada en la balanza del bien. Tay fue llevado a una habitación donde por todo mobiliario había un pequeño pedestal con una balanza dorada. En uno de los platos colocó una pluma. – Este es el peso del bien – Luego tomó una pequeña figura de arcilla en forma de corazón que su familia había colocado en su tumba y la puso en el plato. – Este es el peso de tu alma – dijo Anubis mientras ambos observaban cómo el platillo se inclinaba levemente hacia la izquierda, en donde se encontraba el alma de Tay. - Esto significa que no tienes derecho a llegar al País de los Cielos.

Tay intervino tímidamente. – El platillo está casi equilibrado, puede ser que puedas hacer algo. - Es cierto – respondió Anubis, - Pero aún no hemos terminado, hay algunas cosas que han dejado quienes te precedieron en el camino al inframundo – tomó un ladrillo y lo colocó en el platillo izquierdo junto a su alma. – Este ladrillo representa las veces que engañaste a tu señor para hacerle creer que el avance de las obras era mayor – El fiel de la balanza se inclinó definitivamente hacia la izquierda. – Para ahorrar material y tiempo, tus paredes eran más delgadas y los andamios más débiles. Eso ocasionó que se derrumbaran, matando y mutilando a varios de tus obreros, aquí está uno de los brazos de tus obreros como símbolo de las vidas que arruinaste, y esta barra de oro como testigo del dinero que cobraste a tu señor haciendo trampas. ¿Tienes algo que decir?

Tay sintió el miedo apoderarse de él. No ingresaría al País de los Cielos y en cambio su alma sería entregada a Ammyt, el monstruo que devora las almas de los impíos. Paralizado por la posibilidad, recordó de pronto lo que durante sus últimos días de agonía, le dijo el sacerdote que lo asistió. Debía recordar todas sus buenas obras para el momento del juicio, pero no podía recordar nada realmente importante, nada que pudiera equilibrar su corazón contra un ladrillo, un lingote de oro y un miembro humano. De pronto, se escuchó a sí mismo hablar atropelladamente, de modo que su voz parecía casi un chillido. – Todo lo hice para complacer a mi Señor, él siempre me apuraba, nunca se quejó de lo que hacía, siempre tuve su confianza, traed sus palabras y colocadlas en la balanza junto a la pluma, por favor…

Anubis colocó un papiro, símbolo de las palabras, en el platillo derecho de la balanza, pero el fiel apenas se movió.
- Además todo lo que hice fue para dar a mis hijos una vida mejor, soy todo lo que ellos tienen ¿Acaso el amor no tiene valor cuando se juzga un alma? –
Al decir esto Tay sintió su corazón encogerse, al igual que el corazón de arcilla en el plato de la balanza.
- Ya ves que sí, el amor puede mover la balanza, pero no es suficiente ese amor por tus hijos, como puedes ver, el fiel aún está inclinado hacia la izquierda – dijo Anubis.

En ese momento se escuchó otra voz en la habitación.
– Tienes razón, gran Dios. El amor por sus hijos, aunque grande, es muy pequeño en comparación al que sintió por su esposa, a quien acompañó fielmente hasta el día en que ella murió al dar a luz al último de sus hijos. Yo soy el alma de aquella por quien este hombre hizo todo lo que hizo, y como prueba presento este grano de arena de la playa del río en que nos conocimos, y en el que me juró amor eterno. Si el inframundo es todavía parte de la eternidad, ese juramento es válido aún.
Colocó el grano de arena en el platillo derecho, y la balanza se equilibró perfectamente. Anubis asintió e inclinó la cabeza.
– Es grande el peso del amor, sin duda, capaz de equilibrar el alma de este hombre. Puedes pasar, te guiaré al País de los Cielos, tu alma ha sido salvada.

domingo, 14 de abril de 2019

Tierras lejanas



Viajando en avión, y ya sin sueño que me ayude a soportar el largo viaje, me pongo a pensar en que siempre el hombre ha buscado en las tierras lejanas las maravillas que no encuentra en su propio hogar. A lo largo de la historia, siempre se ha hablado de tierras mágicas que pocos pueden visitar, haciendo nacer leyendas que en varios casos perduran hasta hoy.

En la antigüedad, los griegos y otros pueblos hablaban de Egipto como un país fantástico, donde el oro era tan común como la arena, donde podía encontrarse al ave Fénix y las esfinges eran monstruos que asolaban los pueblos. A su vez, en Egipto se hablaba del país del Punt, un reino que existía hacia el oeste, con grandes riquezas y en donde la gente era inmortal. Más tarde, se hablaba también de que en Nubia existía un gran reino habitado por gorilas.
En Europa, se hablaba de la India y sus maravillas, de sus grandes riquezas y construcciones, de los anímales que podían encontrarse allí. Las descripciones de la India en ese tiempo no eran muy diferentes de lo que se decía del reino perdido de la Atlántida. Tales eran las historias que Alejandro Magno emprendió la conquista y llevó cronistas en la expedición para registrar las maravillas que encontrara.

Con el tiempo, el mundo se fue agrandando y se descubrió la verdad de muchas de las leyendas. Los camellos y los elefantes dejaron de ser animales míticos, al mismo nivel que el ave roj y las arpías. Pero el hombre siguió buscando en la lejanía nuevas tierras fantásticas.
En la Edad Media, se hablaba de un reino cristiano en el corazón del Africa, gobernado por el Preste Juan, además del País de la Cucaña, en las montañas del Asia. El reino de la China era objeto de tantas leyendas que cuando Marco Polo lo visitó realmente y lo describió en un libro, muchos creyeron que eran más de las muchas maravillas que se inventaban en aquel tiempo.

Con el descubrimiento de las Indias, se popularizó todo un conjunto de descripciones de reinos llenos de oro y grandes construcciones. En América se volvió a hablar del Reino del Preste Juan, y de nuevos lugares como El Dorado, el País de la Canela, el Reino de Jauja, el País de Los Chunchos, el Paititi. Todos estos lugares tenían algo en común aparte de sus grandes riquezas: no habían sido visitados por los europeos. El único país que existía realmente y que incluso sobrepasó las leyendas que se contaban anteriormente fue el Perú. En ese tiempo las crónicas de viajes a tierras lejanas se convirtieron en un género literario, donde las descripciones reales se mezclaban con las invenciones. Shangri-La, las selvas al sur de las tierras antárticas se volvieron comunes en la literatura.

Hoy que el mundo ya ha sido conquistado, cuando ya no nos quedan reinos lejanos por inventar, hay todavía quien sueña con lugares inaccesibles y maravillosos. Hasta el siglo XIX se hablaba muy seriamente de las civilizaciones que existían en el lado oculto de la luna, y hoy se puede encontrar en internet sobre gente que habita en el interior de la tierra hueca, cuyo orificio de entrada está en otro lugar inaccesible, que es el polo norte. Siempre hemos buscado lo maravilloso en tierras lejanas, y soñado con ser los primeros en llegar, tal vez esa sea la razón de todos los viajes.
Y lo digo yo, que vivo en uno de esos países maravillosos a los que llegan los turistas en busca de la verdad de las leyendas que han escuchado.

jueves, 4 de abril de 2019

Frases Twitteables 50



Así como quien no quiere la cosa, ya he llegado a la rendición número 50 de estas frases twitteables (que dicho sea de paso, empecé a publicar desde antes que tuviera una cuenta en twitter). A un mínimo de 20 frases por vez, resulta que ya pasé del millar de frases. La tontería, sin duda es infinita, y eso de tonterías, las justas, no pasa de ser un cuento de viejas.  
  • Por motivos de trabajo, he tenido que dejar de hacer tonterías por varios días. Hoy ya no puedo con el síndrome de abstinencia.
  • El caballero se acercó respetuosamente y le dijo con voz pausada: Me dicen que usted está a cargo aquí, vengo a explicarle que aquí ha habido un error, yo no debería estar aquí. Lucifer ni siquiera levantó la mirada. - Otro que cree que puede reclamar, llévenselo de aquí.
  • Hoy me dijeron que soy muy inteligente. La verdad es que soy un tonto que pasa por inteligente. Soy un tonto en la clandestinidad.
  • “Ha sido una malinterpretación, se me ha citado fuera de contexto, eso no fue lo que quise expresar” - Dijo el emojil.
  • Mahoma no puede ir a la montaña, así que no sé dónde va a pasar la navidad este año.
  • Buscando qué comprar, descubrí me ofrecen lo que todo el mundo tiene diciendo que está de moda y me ofrecen lo que no está de moda diciendo que es exclusivo.
  • Yo, tratando de ligar: - ¿Recuerdas cuando nos encontramos en otra vida? Ella: – Si, te mandé ejecutar.
  • Encontrado en internet: “Cuando llegue el momento, deja ir a tus hijos como los árboles dejan ir las hojas en el otoño”. Me pareció una bonita frase hasta que caí en la cuenta de que las hojas que dejan el árbol son las que están muertas.
  • Una vez un gran sabio dijo… Aquí puse mi frase, y todos asintieron. Todo lo contrario de cuando dije que la frase era mía.
  • Cada vez que leo un libro, algo de él se queda en mí. Por eso hoy soy un poquito Don Quijote, un poquito D’Artagnan, un poquito Aureliano Buendía.
  • No soy de los que está siempre pendiente del celular, pero cuando voy en el transporte público, reviso mis redes sociales, solo para sentirme parte del grupo.
  • Hoy me tocó ser árbitro de una discusión entre los que se quejan que este mes ha pasado demasiado rápido y los que se alegran de que acabe este mes tan largo.
  • Es increíble lo fácil que se vuelve lo imposible después de que alguien lo ha hecho por primera vez.
  • Hay quien cree estar escribiendo una historia de amor, y solamente está llenando un checklist.
  • A estas alturas, todavía no sé si para San Valentin voy a comprar un oso de peluche o un muñeco vudú.
  • Tal vez en un planeta de Alfa Centauri, alguien ve nuestro sol y lo muestra a su enamorada diciéndole “Esa es nuestra estrella”.
  • Solo un recordatorio: La corrección política hizo que el papa mandara cubrir los desnudos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.
  • Círculo vicioso: Hacer que un intolerante escuche razones implica que el intolerante esté dispuesto a escuchar.
  • En alguna parte alguien escribió (y me consta porque lo escribí yo mismo) que la vida es un self-service en donde puedes servirte lo que gustes pero siempre tienes que pagar lo que te estás llevando.
  • Charla pueblerina: ¿Quién fue primero, el huevo o la gallina? – No lo sé, joven, de eso fue hace tanto tiempo que ya nadie se acuerda.
  • Curiosamente, en aquel tiempo los diarios decían que la cueva mágica era un almacén con licencia del gobierno, los 40 ladrones eran un club de gente honorable y Alí Babá un peligroso criminal contratado por un imperio extranjero para desestabilizar al gobierno.

sábado, 23 de marzo de 2019

Historia en un aeropuerto


Un aeropuerto es por definición, el lugar donde ocurren todo tipo de historias. Separaciones, reuniones, tránsitos, esperas, rutinas y sucesos extraordinarios pueden ocurrir en cualquier momento, contando con los ingredientes emocionales, legales, o políticos para ello. Solo uno de ellos contaré hoy aquí.

Entre toda la gente que se afana en la cola del registro, se podía ver ese día a los que llevan varias maletas y luchan para que la improvisada torre que han hecho con ellas no se desplome y se caiga. Otros tratan de distraerse mirando su celular. Otro más vigila siempre aprensivo la maleta, temiendo que desaparezca y avanzando con cada milímetro que le permite la cola. Por mi parte, yo miraba el reloj cada 30 segundos, volviendo a verificar el horario de mi vuelo, no sea que un extraño agujero negro absorba el tiempo y me haga perder el vuelo. Entre todos, pasan oficiales verificando que todo está en orden, y un policía con un perro de raza mezclada, pero algún visible ascendiente de pastor alemán, pasea y de vez en cuando dedica un completo olfateo a una maleta escogida al azar por su dueño. Debo confesar que me sentí algo aprensivo cuando tocó el turno de mi propia maleta. Muchas historias de encargos que resultaron contener sustancias ilegales he escuchado, y a pesar de todas las precauciones, nunca se sabe. Afortunadamente mi maleta pasó el examen y el perro ni siquiera hizo comentario alguno sobre los sobres de crema de ají y las botellas de pisco que llevaba. Pero a otro de los pasajeros no le ocurrió lo mismo. Cuando empezó con el examen olfativo, el perro, hasta ese entonces muy vivaz y concentrado, bajó las orejas y entró en un estado de melancolía, sollozando desconsoladamente. Hasta donde yo he sabido, cuando un perro encuentra droga ladra fuertemente y avisa a su dueño, pero ponerse a llorar no estaba dentro de las instrucciones de lo que se hace con un perro policía en el aeropuerto.

El oficial estaba a la vista tan sorprendido como yo, porque se quedó impávido observando un espectáculo de tristeza que me gustaría mostrar a todo aquel que diga que los animales no tienen sentimientos. Cuando empezaron los aullidos, el asunto se salió de control. El pasajero insistía en que no procedía ser llevado a la oficina de control y el oficial no podía dar una razón válida para hacerlo. Otro perro fue traído para una revisión que se repitió dos veces sin resultados anormales. Luego el primer perro hizo una nueva revisión que renovó su llanto. El pasajero fue llevado finalmente al control del aeropuerto, para una revisión más exhaustiva, pero que no duró mucho, porque vi al pasajero poco después en la sala de espera. No pude resistir la tentación de acercarme a preguntar qué había pasado. El pasajero me dijo que en la oficina le hicieron abrir la maleta y sacar todo, trajeron a un tercer perro, posiblemente el más calificado para encontrar drogas, que hizo un olfateo minucioso de las pertenencias sin resultado alguno. Tras unas sinceras disculpas, el pasajero fue dejado ir sin más castigo que la difícil labor de meter nuevamente todas sus pertenencias en su maleta. Mientras me narraba su aventura, uno de los oficiales con su perro se acercó un poco, dudando entre si acercarse a nosotros o dejarnos tranquilos. Al final, decidió tomar otra ruta, pero sin quitarnos la mirada.

Durante el resto del viaje me quedé pensando qué habría pasado. ¿Algún olor le habría recordado al perro algo de su difícil pasado? ¿Sería acaso que el pasajero sin saberlo tenía relación con el antiguo dueño del perro? ¿Alguna marca de perfume está provocando este tipo de reacciones en animales, como se dice que ha pasado antes?

Termino aquí mi historia, sin un final, porque nadie sabe lo que realmente pasó, y el único que podría decirnos lo sucedido no puede hacerlo. Porque lo que indiqué al comienzo no es cierto, un aeropuerto no es un lugar en donde las historias ocurren, las historias aquí no empiezan ni acaban, el aeropuerto solo es el escenario de uno de los capítulos, uno que solo casualmente podemos ver.

miércoles, 13 de marzo de 2019

Una historia culinaria


El Perú tiene hoy un ganado prestigio culinario. La gente que viene de visita a nuestro país es advertida (y empieza a aparecer dentro de los folletos de precauciones que se entregan a los viajeros) que regresará a su hogar usando el cinturón un agujero más suelto. Lo que es historia no tan conocida es cómo la cocina peruana fue ganando poco a poco un lugar dentro de nosotros mismos, una historia que tiene que ver con cómo los peruanos empezaron a recuperar la autoestima, de dejar de sentir vergüenza de nosotros mismos. Y no es una sola historia. Hay muchas historias que aguardan al comensal que sepa preguntar en los muchos restaurantes de éxito. Quiero narrar esta hoy, porque es representativa de las muchas historias de éxito, porque conocí la historia cuando aún no estaba completa, y porque me da la oportunidad de añadir algunas cosas para hacerla más surrealista, como a mí me gusta.

A fines de los años setenta, las cosas en el Perú no iban bien. Gobernaba el país un dictadura militar que ya se había ganado una alta cuota de impopularidad, como suele pasar a los gobiernos revolucionarios que empiezan a distribuir la riqueza hasta que ya no queda riqueza por distribuir. Eran los tiempos de la escasez y de la agitación política y sindical. Se sabe que el estómago vacío fomenta el izquierdismo, las marchas y las huelgas. Muchos descubrieron entonces que el sindicalismo era una manera fácil de vivir, sin tanto trabajo físico y con el prestigio que entonces traía entre la comunidad obrera. Muchas huelgas se hicieron entonces no por búsqueda del bienestar del trabajador, ni siquiera como parte de un plan para que las masas tomen el poder, sino para lograr algún puesto en la estructura sindical nacional. En este ambiente un dirigente sindical de mi pueblo obtuvo grandes dividendos políticos organizando marchas y huelgas, aprovechando las últimas innovaciones en la lucha popular: las marchas de sacrificio, el encadenar gente a la reja de la iglesia, y sobre todo, la olla común. Era esta una actividad que consistía en que todos los huelguistas se reunían y cocinaban en enormes ollas para todo el personal. Este dirigente obtuvo el incondicional apoyo de su esposa en estas actividades. La señora, que poseía ese talento transmitido de generación en generación y lo supo aplicar para la cocina en grandes cantidades, se convirtió en parte infaltable del quehacer sindical, al extremo que los obreros le preguntaban cuándo sería la próxima huelga para apuntarse en la olla común. Carapulcras, ají de gallina, causa limeña y anticuchos eran repartidos junto a arengas socialistas y promesas de poder para el pueblo. Se sabe que un estómago lleno es más permeable a recibir ideas políticas, sobre todo si en el evento se comparten las recetas y secretos culinarios y se planifica ya el menú de la siguiente huelga. Mi familia en ese entonces también estaba con la moda del sindicato y nos avisaban de la próxima olla común para inscribirnos sin más cuota que parte de los ingredientes.

El dirigente llegó a la dirigencia nacional del sindicato, con lo que fue requerido cada vez con mayor frecuencia a la capital. La señora fue invitada a participar de un par de ollas comunes a nivel nacional con gran éxito, pero no podía mantener el frente que ya había formado en nuestra provincia, el cual había crecido de ser un grupito de apoyo a todo un club de lucha de madres trabajadoras. El asunto se agravó cuando el esposo, seducido por el brillo de la capital, fue descubierto con las manos en la caja del sindicato, metafóricamente, y con las manos en la secretaria de la tesorería, literalmente. La señora quedó sola en el pueblo, el esposo desapareció y no se le volvió a ver hasta varios años después. El movimiento sindical de la provincia languideció al desaparecer la dictadura y sólo quedó el recuerdo de la gente de lo bien que se comía en la olla común.

Fue entonces que la señora decidió abrir su propio restaurante, con la ayuda de sus dos hijas. Una de ellas trajo a su enamorado, miembro del sindicato pesquero, y con ello llegaron los ceviches fresquitos que ganaron tanta fama como las ollas comunes de la madre. En la enramada con piso de tierra que era el restaurante, se comía bueno, bonito y barato, convirtiéndose en uno de esos lugares turísticos secretos a donde te lleva un conocido de la dueña y de pronto uno mismo lo recomienda. Mi mejor recuerdo es cuando un amigo que estaba trabajando en una de las fábricas pesqueras de la zona me invitó a desayunar allí, creyendo que me iba a sorprender. Yo pedí el desayuno de leche fresca de vaca verdadera con su nata y su capa de grasa flotando (placer que ya no se encuentra en la ciudad) y un café pasado en cafetera antigua hecha de café molido allí mismo. Le conté a mi amigo el embrión de la historia que aquí presento y fue él quien quedó sorprendido.

Hoy la madre está retirada del negocio, aunque no es raro verla todavía en la cocina de donde se ven salir enormes llamaradas, señal de que algo bueno se está cocinando. Las nietas de la señora han estudiado administración de empresas y repostería en institutos reconocidos y son parte del boom de la cocina peruana. Nada mal para una historia que nació en una huelga y que se convirtió en una historia culinaria.

domingo, 3 de marzo de 2019

Milagros apócrifos



En aquel tiempo, Jesús pasó todo un día caminando y predicando a los pobres, curando leprosos y ciegos, hablando del Reino de los Cielos y del amor al prójimo. Caía ya la tarde cuando le venció el cansancio y el hambre, pues no había comido ni descansado en todo el día. Al llegar a las puertas de un pueblo se le oyó decir “Tengo mucha sed”. Uno de los pobladores, vestido como samaritano, le alcanzó un gran jarro de barro lleno de agua. Jesús tomó el jarro con gran alegría y lo bebió con avidez hasta dejarlo casi seco. Gracias, hermano, es bueno encontrar gente que no niega la hospitalidad al recién llegado – dijo. El dueño del jarro miró a Jesús con rostro atónito. - ¡El agua de ese jarro no era para tomar! -Exclamó. - Entonces, ¿Para qué me lo alcanzaste? Le respondió Jesús. - Era para que la convirtieras en vino...
Todos los presentes fueron en ese momento testigos del milagro de que Jesús no le rompió el jarro en la cabeza, ni lo fulminó con un rayo, ni lo arrojó al pozo de agua. Palabra de Dios.

II 
En aquel tiempo, llegó Jesús a una aldea en donde pronto se dio aviso de su llegada, la gente llegó en multitud para verlo y escuchar sus prédicas. Pero esta vez, a diferencia de todos los pueblos que había pasado, no había un ciego, ni un leproso, ni un enfermo a quien curar. Es extraño – dijo Jesús – Sé que alguien me necesita aquí, pero no puedo distinguir a quién. De pronto vio en la puerta de una de las casas a un anciano sentado en el piso. Algunos de los pobladores intentaron prevenir a Jesús. – No te acerques a él, Maestro, es un hombre odioso, que trata mal a todos, no recibe a nadie en su casa y niega el saludo y hasta el agua a quien pasa por su puerta. Jesús no hizo caso y se detuvo junto al hombre. – Veo que has sufrido, y que llegaste a esta aldea donde la gente no te conoce ¿Tienes fe?. El hombre se levantó y le dijo: Hasta hoy solo había esperado la muerte, ya que no se me ha concedido el olvido, pero ahora te veo y te pido que perdones mis pecados. Sí, tengo fe.
Jesús tocó la frente del anciano con su mano, diciendo: Tus pecados han sido perdonados. Podrás vivir en paz desde ahora.
Todos los presentes vieron como el anciano se ponía erguido y parecía crecer. De pronto, la risa iluminó su rostro, la risa se convirtió en carcajada, y la carcajada en un llanto de felicidad. Así estuvo un largo rato después de que Jesús se fuera, dejando a todo el pueblo sorprendido, pues nadie había visto antes sonreír al anciano. Desde entonces el anciano abrió su casa, que se llenó de luz, y saludó a todos con una gran sonrisa, y jamás se le volvió a ver con la tristeza en el rostro.
Los discípulos de Jesús le preguntaron qué era lo que había pasado, y el Maestro solo respondió que eso era lo que había venido a hacer en esa aldea, y que no sólo los leprosos y los ciegos necesitan curarse.
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