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sábado, 15 de julio de 2023

La virgen del abismo



Esta historia la escuché hace tanto tiempo que he perdido casi todos los detalles. Queda, sin embargo, lo más esencial. Se cuenta que un hombre, abatido por las tragedias, salió de su casa con rumbo a un pequeño parque en distrito limeño de Magdalena, que da a un acantilado a varias decenas de metros sobre la rompiente del mar. Va, como todo suicida, solo, mirando al piso y sin ver a nadie. Tampoco hay nadie que lo vea, pues el sitio es desolado y la hora es la de un crepúsculo oscuro. 

Caminando hacia las barandas que dan al barranco, encuentra una pequeña gruta recién construida, y en ella una imagen de la Virgen María, que lo mira como sintiendo lástima por él. El hombre se arrodilla ante la gruta, y recita un Ave María del que casi no recuerda las palabras, que empieza a entremezclar con la historia de los hechos que lo han llevado hasta allí. Llora al narrar su vida, y más al darse cuenta de que la Virgen lo está escuchando, de que no está solo en ese parque, sino que ella lo acompaña y le ofrece consuelo. La Virgen ha triunfado, el hombre se levanta y emprende el camino de regreso, si no con la solución a sus problemas, al menos con el valor para enfrentarlos. 

La gruta de la Virgen fue colocada allí por el sacerdote de la iglesia a pocas cuadras del parque que da al abismo de Magdalena, preocupado por los varios casos de suicidio que sucedieron allí. Tuvo entonces la lucidez de construir la pequeña gruta y tomar la imagen que estaba en su iglesia para llevarla allí, donde más necesaria era su presencia. Desconocemos exactamente cuántas vidas salvó mientras estuvo allí, pero sabemos que fue más efectiva que las barandas, las mejoras en la iluminación y la vigilancia que se puso más tarde ante las quejas de los vecinos. Hoy, que el pequeño parque es el final de una gran avenida, y el sitio ha dejado de ser solitario, la pequeña imagen ha regresado a su iglesia y la municipalidad la ha reemplazado por una enorme estatua de la Virgen que se ve en la imagen de este post, tan grande y lejana que no deja lugar para arrodillarse y contar sus problemas a la gente. Tal vez en la ansiedad por convertirnos en una gran ciudad hemos olvidado las cosas pequeñas que realmente nos escuchan y nos tratan de tú, y que nos ofrecen el consuelo de una madre.

lunes, 15 de mayo de 2023

Las alas caídas



Hace tiempo, cuando yo aún creía en los milagros, recuerdo que vi en la ventana de una tienda del barrio, aquel par de alas. Por esos días no era tan frecuente ver negocios que colocan un par de alas para que la clientela se tome selfies, pero aun así todos podíamos ver que eso no era algo ordinario. Bastaba verlas para darse cuenta de que eran unas alas verdaderas, no eran de fibra sintética, ni mostraban signos de manufactura humana. Eran de una sola pieza, y las plumas parecían verdaderamente haber crecido desde la estructura de carne seca. 

Al preguntar al viejo dueño de la tienda sobre el origen de las alas, no podía obtenerse nunca una respuesta clara. A fuerza de insistir y preguntar, pudimos sacar en claro que un día, alguien llegó a la tienda para tratar de conseguir algunas monedas por las alas. El viejo accedió por pena, por curiosidad, o por no ver aquellas magníficas alas perderse quién sabe dónde. Fue solo después de un tiempo que accedió a colocarlas en la ventana para permitir a los clientes tomarse fotos fingiendo ser ángeles, siempre bajo la promesa de tener el máximo cuidado. Era una precaución inútil, pues aunque las alas eran muy livianas y tenían un aspecto delicado, demostraron ser bastante fuertes, y nunca recibieron un verdadero daño por parte de aquellos clientes descuidados que nunca faltan. 

Una vez, alguien del barrio llevó a la tienda a una estudiante de veterinaria, para revisar cuidadosamente las alas. Al llegar, declaró que demostraría que solo se trataba de un producto hábilmente manufacturado, o al menos un par de alas de albatros tratado con pericia para evitar su descomposición. Luego del examen, realizado ante los ojos de la multitud expectante, el estudiante declaró que las alas no eran falsas, pero era incapaz de identificar el tipo de ave al que pertenecían. No conocía ave alguna con alas de esa forma y de ese color blanco. 

La leyenda de que eran verdaderas alas de ángel las que estaban colgadas en la ventana de la tienda se difundió y fue objeto de acaloradas discusiones entre el gentío que abarrotaba el establecimiento. Se formaron entonces los partidos de quienes creían en una intervención milagrosa y la extrapolaban a una prueba de la existencia de Dios, los ángeles y los espíritus; y aquellos que lo descalificaban como un simple truco para obtener mayor clientela. 

Se recordó por entonces un confuso episodio de pocos meses atrás, en que personas afirmaron haber visto en una mañana de lunes a un hombre que apareció de pronto en una calle, que también portaba unas alas semejantes, y que salió volando antes de responder a la multitud que se congregó en aquel momento. 

La fábula del ángel caído despertó tantas controversias y discusiones que el viejo propietario se vio obligado a sacar las alas de la ventana y colocarlas en el techo sobre el mostrador, lejos del alcance de los clientes, ante el temor de un atentado. 

Poco a poco, la novedad fue pasando, la gente volvió a hablar de deportes y política, y los ánimos se calmaron a tal punto que fuimos pocos los que preguntamos cuando las alas desaparecieron del techo sobre el mostrador. Nuevamente preguntamos y repreguntamos hasta que el viejo tendero nos confió que una mañana un hombre apareció en la tienda y pidió comprar el par de alas. El viejo accedió de inmediato, pues reconoció en el hombre a aquel a quien había comprado las alas hacía ya tiempo, pero no aceptó ningún pago a cambio, por vergüenza, por honor, o porque simplemente sintió que no era correcto. 

Entre todas las vueltas y medias respuestas que nos daba el viejo cuando insistíamos en que nos cuente la historia, nunca pudimos saber si era verdad o solo había imaginado o deseado que el desconocido, al recibir las alas, se las colocó en la espalda y, después de agradecer al tendero, salió a la calle y levantó un vuelo tranquilo hasta perderse en el cielo gris de la ciudad.

miércoles, 4 de mayo de 2022

Magia


Hay gente que cree que existe la magia en el mundo. Y por magia se refiere a esas acciones que hacen las personas. Acciones bondadosas. Inesperadas. Alguna vez hubo en que ese tipo de gente esperaba que la magia proviniera de mis acciones. Y yo, que nunca he tenido espíritu para decepcionar a las personas, lo intenté y saqué, con gran sorpresa de mi parte, algunos conejos de mi sombrero, hice aparecer cosas que antes no estaban, logré lo imposible. ¿Cómo explicar en ese momento que la magia no residía en mí, sino en quienes me tuvieron fe?

domingo, 3 de marzo de 2019

Milagros apócrifos


I 
En aquel tiempo, Jesús pasó todo un día caminando y predicando a los pobres, curando leprosos y ciegos, hablando del Reino de los Cielos y del amor al prójimo. Caía ya la tarde cuando le venció el cansancio y el hambre, pues no había comido ni descansado en todo el día. Al llegar a las puertas de un pueblo se le oyó decir “Tengo mucha sed”. Uno de los pobladores, vestido como samaritano, le alcanzó un gran jarro de barro lleno de agua. Jesús tomó el jarro con gran alegría y lo bebió con avidez hasta dejarlo casi seco. Gracias, hermano, es bueno encontrar gente que no niega la hospitalidad al recién llegado – dijo. El dueño del jarro miró a Jesús con rostro atónito. - ¡El agua de ese jarro no era para tomar! -Exclamó. - Entonces, ¿Para qué me lo alcanzaste? Le respondió Jesús. - Era para que la convirtieras en vino...
Todos los presentes fueron en ese momento testigos del milagro de que Jesús no le rompió el jarro en la cabeza, ni lo fulminó con un rayo, ni lo arrojó al pozo de agua. Palabra de Dios.

II 
En aquel tiempo, llegó Jesús a una aldea en donde pronto se dio aviso de su llegada, la gente llegó en multitud para verlo y escuchar sus prédicas. Pero esta vez, a diferencia de todos los pueblos que había pasado, no había un ciego, ni un leproso, ni un enfermo a quien curar. Es extraño – dijo Jesús – Sé que alguien me necesita aquí, pero no puedo distinguir a quién. De pronto vio en la puerta de una de las casas a un anciano sentado en el piso. Algunos de los pobladores intentaron prevenir a Jesús. – No te acerques a él, Maestro, es un hombre odioso, que trata mal a todos, no recibe a nadie en su casa y niega el saludo y hasta el agua a quien pasa por su puerta. Jesús no hizo caso y se detuvo junto al hombre. – Veo que has sufrido, y que llegaste a esta aldea donde la gente no te conoce ¿Tienes fe?. El hombre se levantó y le dijo: Hasta hoy solo había esperado la muerte, ya que no se me ha concedido el olvido, pero ahora te veo y te pido que perdones mis pecados. Sí, tengo fe.
Jesús tocó la frente del anciano con su mano, diciendo: Tus pecados han sido perdonados. Podrás vivir en paz desde ahora.
Todos los presentes vieron como el anciano se ponía erguido y parecía crecer. De pronto, la risa iluminó su rostro, la risa se convirtió en carcajada, y la carcajada en un llanto de felicidad. Así estuvo un largo rato después de que Jesús se fuera, dejando a todo el pueblo sorprendido, pues nadie había visto antes sonreír al anciano. Desde entonces el anciano abrió su casa, que se llenó de luz, y saludó a todos con una gran sonrisa, y jamás se le volvió a ver con la tristeza en el rostro.
Los discípulos de Jesús le preguntaron qué era lo que había pasado, y el Maestro solo respondió que eso era lo que había venido a hacer en esa aldea, y que no sólo los leprosos y los ciegos necesitan curarse.

domingo, 5 de julio de 2015

Yo leí la Biblia y me reí


Sí, pues, un día me puse a leer la Biblia. Mucha gente le tiene miedo a leer la Biblia, y los causantes de ese miedo son justamente los que insisten en convencer a todo el que tengan enfrente de que hay que leerla para obtener la salvación. Y es cierto, han logrado convencer a todo el mundo que el que lee la Biblia se convierte en un estúpido monotemático que no sabe hablar de otra cosa. A esa clase de gente le recomiendo siempre tratar de leer El Quijote, que también tiene muchas enseñanzas y es bastante divertido.

Como decía, me puse un día a leer la Biblia, y como todo un tonto, prefiero las historias a las enseñanzas, y las historias divertidas a las historias serias. ¿Qué? ¿Hay historias divertidas en la Biblia? Claro que las hay. Lo que pasa, nuevamente, es que la gente, sobre todo los que se la toman al pie de la letra, cree que es un libro totalmente solemne, muy serio, no se hacen chistes sobre esto, que es sagrado, te vas al infierno si te ríes. No, no es así, y lo voy a demostrar.

¿Han leído la historia de Sodoma y Gomorra? Pues era un lugar donde se hacían fiestas legendarias, algo así como las after party del jet set. Pues Dios al ver tanto desmadre se puso a pensar seriamente en cerrarles el negocio a los promotores de tanta diversión pecaminosa. Así que buscó a Lot y le dio el encargo de buscarse 50 personas buenas a ver si se salvaban las dos ciudades. ¿Y cuál fue la reacción de Lot? Discutirle a Dios hasta que consiguió dejarle la cuota en diez personas buenas, e incluso pensando que con su familia, que eran todos decentes, completaba la cuota. Debo admitir que cuando leí este pasaje me moría de la risa al imaginar la escena de Lot regateándole a Dios como quien le regatea el precio al bodeguero de la esquina. Definitivamente este Lot era judío, pensé.

La otra muestra de que la Biblia fue escrita por judíos es el libro de Números. Nunca ningún pueblo antes o después se puso a sacar cuentas en un libro sagrado. ¿Será que el que armó la Biblia dejó el registro para impuestos traspapelado allí? Me imagino que se quedó allí por el efecto sedante que tiene en quien lo lee, es imposible terminar una página sin quedarse dormido, debió haber sido el equivalente en los tiempos antiguos de leerse la guía telefónica o contar ovejas para conciliar el sueño.

Pasando al Nuevo Testamento hay otras historias que parecen más episodios de sitcom que una historia seria. El primer milagro de Jesús fue en una fiesta de bodas. No fue planeado, y si uno lo mira bien, no era de lo más cristiano malgastar el primer milagro convirtiendo el agua en vino habiendo tanto ciego, paralítico o leproso en donde podía haber dado un mejor ejemplo. Pero no, Jesús, como buen hijo, le hizo caso a su mamita y salvó a los novios de la deshonra que significaba – igual que ahora – que en una fiesta se acabe el licor. Pero lo más cómico ocurrió después, cuando algunos de los invitados empezaron a quejarse de que habían guardado el mejor vino para después. 

La lectura de este pasaje me convenció primero de que Jesús era conocedor de los buenos vinos, y segundo, de que ya para entonces era todo bondad y compasión, porque yo en su lugar hubiera fulminado con un rayo a los quejosos. Ese, creo yo, debe haber sido el segundo milagro, dejar tranquila a esa gente que está viendo que le hacen el milagro y todavía reclama. No hemos cambiado mucho desde entonces.

El leer la Biblia me ha ganado entonces algunas sonrisas impensadas, para escándalo de algunos, como cuando trataba de conversar con alguien de esos que no aceptan otro tema de conversación. Para tratar de llegar a un punto medio, le dije: “Mira, a ti te gusta hablar de la Biblia y a mí me gusta hablar de música ¿Qué te parece si hablamos del rey David, que también era músico? ¿Qué opinas de su música?”

viernes, 13 de marzo de 2015

De santos y milagros


En estos tiempos tan difíciles, la gente está volviendo a pedir milagros a los santos. Esto no sería una mala noticia si no fuera porque la repentina demanda está creando una congestión en las oficinas de trámites celestiales, además de una competencia entre los santos que tratan de atraer a los pecadores a su lista de clientes. El caso es que el desorden administrativo está ocasionando más problemas de los que soluciona en el caso de los milagros. La cosa funciona más o menos así:

Hasta hace poco, los santos tenían cada uno su sector más o menos determinado y teníamos un santo para cada necesidad. Eran los tiempos en que por ejemplo, San Antonio tenía el monopolio del arrejunte de parejas. Claro, no podía él solito atender a tanto roto en busca de descosido, así que San Judas fue el que abrió el mercado agarrando ese tipo de casos, ya que es el encargado de las causas imposibles y por ahí también le entraba a la jarana. Al ver esto, los demás santos también entraron al negocio para no ser menos, de modo que el cielo ha autorizado ahora la libre competencia y todos los santos agarran de todo.

Las personas en necesidad también pusieron su granito de arena en el desorden, ya que nadie se sabe para qué sirve cada santo, las clases de catecismo están cada vez peor en este aspecto. También las personas tienen la idea de que a mayor el milagro, más grande debe ser la vela que prenden al santo. El siguiente feligrés piensa que con una vela más grande el santo le hará el milagro. Esto ha provocado una inflación velística impulsada por los vendedores de velas, que venden velas garantizadas “Si no se le cumple el milagro, le devolvemos su fe”. Así terminamos viendo en los altares unas velas más grandes que el santo, o cambiando calidad por cantidad, los fieles ponen varias velas para pedir un solo milagro, a ver si una de las velas es la que trae el premio. Al final, entre tanta vela, el pobre santo ya no puede ver ni quien le reza.

En estos casos, el santo del costado también tiene que cuidar su negocio y le empieza a hacer ojitos al rezante de los santos más populares, como quien jala para su molino, y evita que lo desalojen de la iglesia en favor de santos de mayor poder vendedor. Yo he visto cómo el santo le susurra al oído del que está en el altar del costado algo así como “No te confíes de este santo, te va a amarrar el servicio y te va a pedir una cuota mensual de velas y avemarías, yo te puedo hacer el milagro sin tanto trámite, ahora estamos en promoción y tenemos milagros pre-aprobados para ti”.

El creyente muerde el anzuelo y acepta un milagro a precio de promoción, con la condición de que lo recomiende a sus amigos, ya se sabe que la publicidad boca a boca es la más efectiva. Una vez pasada esta primera etapa, se pasa a la promoción por los medios tradicionales: estampitas, imágenes, velas personalizadas. Así tenemos a otro competidor en este difícil mercado de los milagros.

La modernidad también ha entrado en este antiguo negocio, y los santos han actualizado los lemas en latín, lengua que no les entiende ni el sacristán, y los han cambiado por slogans comerciales de probada efectividad, del tipo “San Andrés, dos mil años de garantía para usted”, o “Santa Rita, donde otros no pueden, nosotros lo logramos”. También se utilizan las modernas redes sociales en forma de cadenas de WhatsApp o Facebook, el negocio ha evolucionado, sin duda.

Hasta el Vaticano se ha dado cuenta de las posibilidades comerciales y está creando santos casi todas las semanas para atender la demanda. Antes uno tenía que morir quemado, frito en aceite, decapitado, o cualquier otro tipo de muerte espantosa para formar parte del club santo. Ahora pareciera que solamente es requisito portarse un poco bien, de preferencia abrir una orden religiosa, y tener un club de fans lo suficientemente poderosos para que el papeleo salga rápido. En mi tierra hay un par de expedientes de santas que siguen durmiendo el sueño de los justos desde hace tiempo, mientras otros con más influencia están rompiendo récords de celeridad para entrar al Dream Team celestial.

El problema es que la demanda de milagros es tan grande que los santos todavía no se dan abasto para cumplir con todos, con el riesgo de que los clientes insatisfechos se cambien de camiseta y se pasen a la competencia. Como consecuencia se están dando milagros bastante tontos, en verdad. El otro día en la iglesia veía a uno diciendo “San Vito, dame una señal”, y la burocracia celestial le cumplió el milagro haciendo que la iglesia ahora tenga señal wi-fi.

Otros deciden pedir el mismo milagro a varios santos, congestionando las redes celestiales, sin saber al final cuál santo fue el que le hizo caso y recibiendo a veces el mismo milagro repetido, como le pasó a ese que pedía a varios santos por una pareja, y ahora lo están juzgando por poligamia.

Y este problema ya me está afectando a mí, esta semana yo estaba haciendo mis pedidos usuales (no trabajo, que de eso tengo, sino más bien que me paguen por todo el trabajo que hago), cuando el servicio de atención al cliente se equivocó de nuevo y me trajo una bicicleta. Al final tuve que ser yo el que fue a buscar al niñito que había pedido ese milagro, y el mío creo que quedó traspapelado por algún lado. A ver a quién le pido el milagro de que los santos me atiendan rápido ahora.

martes, 18 de septiembre de 2012

La multiplicación de los milagros


Erase una vez que ocurrió un milagro. Un milagro puede ser cualquiera, no importa cual. Puede ser acaso una multiplicación de los panes, o caminar sobre el agua, tal vez un milagro que no esté mencionado en la Biblia. El hecho es que fue un milagro. Los milagros no ocurren todos los días, y es por eso que se les llama milagros. La verdad es que los milagros son tan raros que para que ocurra uno es necesario otro milagro. Entonces sucede que en realidad no ha sucedido un milagro, sino dos. El milagro original y la ocurrencia del mismo, como acabamos de descubrir. Luego nos damos cuenta de que si la ocurrencia de un milagro ya es un hecho rarísimo, el que ocurran dos milagros es aún un hecho más sorprendente, por lo que podemos afirmar que esta ocurrencia es ya un tercer milagro. En consecuencia, tenemos que ha ocurrido no un milagro sino tres. Continuando con estos razonamientos, podemos seguir multiplicando los milagros hasta el número que queramos. Pero esto nos lleva a una paradoja. Mientras más apliquemos este ejercicio, más milagros encontraremos, y si llegamos a un número suficientemente alto (digamos, unos cuantos cientos o miles), descubriremos que en realidad la ocurrencia de tales milagros no es en absoluto un acontecimiento infrecuente, ya que hemos demostrado la existencia de un número alto de milagros ocurridos. Siendo así, el hecho deja de ser un milagro, ya que la característica esencial para calificar a un hecho como un milagro es precisamente el que no ocurra con frecuencia. Por consiguiente, solo podemos llegar a la conclusión de que ninguno de los encontrados fue realmente un milagro, sino un hecho común y corriente. Entonces, ¿Cómo es que llegamos de un número muy grande de milagros a no tener ningún milagro? Es este el verdadero milagro. Como corolario, podemos afirmar con toda veracidad que los milagros realmente existen.
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