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jueves, 31 de julio de 2014

El Burro y el Filósofo


Un aspirante a filósofo tenía que dar una conferencia ante las más altas autoridades académicas y, si obtenía su aprobación, se convertiría en uno de los grandes sabios que administran la verdad desde sus cátedras. Sin embargo, aquella mañana se había despertado con un terrible dolor de cabeza que coronaba el más absoluto vacío conceptual. Él, que se había preparado como debe hacerse para alcanzar los altos puestos, que se había abierto camino a codazos sin respeto a lealtades ni principios, que había aprendido a base de tesón los excelsos tecnicismos con los que los verdaderos sabios ocultan su saber al vulgo, como por arte de magia lo había olvidado todo, y se encontraba tan a oscuras como antes de emprender el difícil sendero del conocimiento –si no más. ¿Qué malvado maleficio provocado por la envidia podía ser el causante de su amnesia? ¿Acaso era justo, después de tantos desmanes y desvelos?

Desolado se hallaba en estos tristes pensamientos, cuando llegó bajo una encina donde un burro se refugiaba del inclemente sol del mediodía. El filósofo se metió bajo la misma sombra y, mirando con envidia al burro, le dijo: "Afortunado tú, noble animal, que no tienes que preocuparte más que de llenar la barriga y protegerte del calor, y no cargas con el terrible peso del conocimiento, ni sufres en tu corazón los aguijones del olvido".

El burro abrió la boca como si fuera a burlarse de las penas del hombre con un sonoro rebuzno pero, en vez de eso, empezó a decir: "Hombre, te aseguro que son muchos los conocimientos que mi paciente cerebro atesora y, aún así, no me honran con cátedras ni sillones, tan solo recibo cargas y palos en los riñones". El filósofo, atónito, no podía creer lo que estaba oyendo, mas el burro, impertérrito, le contó cómo había descifrado los algoritmos que se ocultan en las circunvalaciones de las abejas, le habló del devenir de los arroyos y de lo que en ellos permanece y, en fin, de tantos y tan originales conceptos, que al instante una luz se encendió en el cerebro del humano.

"¿Querrás sustituirme esta noche? Te ocultaré tras las cortinas y, cuando me oigas toser, repite ante el auditorio lo que me has contado. A cambio, te prometo colchón de plumas y caricias para tus riñones". El burro aceptó encantado y, paseando uno al lado del otro como iguales, se encaminaron a la ciudad.

El filósofo avanzó hacia la tarima confiado y sin papeles en las manos, lo que levantó sospechas entre el auditorio: "Otro joven heterodoxo", rumiaban los más viejos. Pero, cuando tras los carraspeos convenidos con el burro para avisarle de que era su turno, un bestial rebuzno atravesó como un cuchillo los oídos del público, aquello fue considerado un insulto intolerable y una lluvia de prosaicos improperios cayó sobre el abochornado filósofo, que tuvo que salir de allí corriendo.

Ni que decir tiene que el filósofo no logró sillón alguno, pero alcanzó gran fama en ferias y locales de mala nota como asnal ventrílocuo.

Nunca podremos estar suficientemente agradecidos al burro, por librarnos de un sabio y desvelarnos a un genio. 

Buscando en Internet los datos que indicaban que alguien (otra vez) había plagiado uno de mis textos, encontré esta historia que pinta semejante a mi post "El burro filósofo", pero que está también muy bueno. No podía dejar pasar la oportunidad de ponerlo por aquí.
La nota original está en esta dirección: http://cibernous.com/perifericos/mparalelos/burro.html

lunes, 3 de marzo de 2014

El príncipe orgulloso


Que Alá el Poderoso, el Sabio, el Benéfico, me ilumine para narrar esta historia de uno de tus mayores siervos. Esta historia, ejemplo para todos los creyentes, le aconteció al gran Abu Navid, aquel maestro tan sin razón ignorado y aún confundido con otros menos sabios. Mas la voluntad de Alá es oscura y la ha dejado como ejemplo para que los humildes cronistas prueben su valer, desentrañando la verdad y mostrándola a quienes en verdad creen. La historia acontece durante uno de los viajes de Abu Navid, dicen que el primero, cuando su fama crecía como la enredadera en el más fértil de los jardines. Abu Navid el Apócrifo llegó a la ciudad de Karmabad, a la sazón regida por Abenjacán el Magnificente. Mas quiso Alá el Todovidente que acertara a suceder que en aquel momento el Sultán se encontrara fuera de la ciudad. De esta suerte, el maestro Navid fue recibido por el príncipe heredero. Este tal príncipe, sabedor de su fama y sabiduría, lo invitó cual se merecía a una espléndida cena y luego lo invitó a dar un paseo por el pueblo. Fue entonces que habló de esta guisa:
- Observa, maestro, como en este reino el príncipe es respetado y adorado por el pueblo, contempla como todos se inclinan a mi paso y me saludan con reverencia – le dijo – Esto muestra el gran poder que tiene aquí la casa real, y la gran valía de mi persona.

Abu Navid, el Sutil, contemplaba la escena con interés, pero sin decir palabra alguna que mostrase aprobación o rechazo a lo que veía. Solo al final del paseo, mostró Abu Navid su sabiduría al decir:
¡Oh! Principe, he observado atentamente lo que me dices, pero no creo que estas personas se inclinen ante ti, tal como afirmas.
El príncipe, de quien ya se decía que tenía el defecto del orgullo, se atrevió a decir:
Tal vez, maestro, tus ojos no han visto lo mismo que los míos, o tu sabiduría está embotada por el almuerzo; si no es así, la sutileza de tu sabiduría escapa a mi entendimiento ¿A quién estaba reverenciando el pueblo entonces? ¿Es verdad acaso que tu conocimiento es apócrifo e injusto de tu fama?
Eso lo vamos a discernir en este momento, dijo Abu Navid. Tan solo necesito que me prestes un momento tu corona y tu cetro de príncipe. Al tenerlos, y ante la mirada curiosa del príncipe, pidió a uno de los sirvientes que le trajera a un burro. Ante el pasmo de los presentes, el maestro Navid colocó la corona en la cabeza del burro y el cetro real sobre su lomo. Dándole una palmada, hizo que el burro caminara de este talante por la calle principal de la ciudad. Al ver al burro caminar llevando la corona y el cetro, los habitantes se inclinaban y reverenciaban como lo hicieran antes con el propio príncipe. Abu Navid y el príncipe caminaban un poco atrás, sin ser reconocidos y sin ser saludados por nadie.
- Ves, mi joven príncipe, que la gente de esta ciudad no saluda al príncipe, sino a quien lleva los adornos del poder, aunque este no sea más que un burro. Todo este tiempo en que creías que la gente te saludaba, en realidad estaba saludando a una corona y a un cetro.

El príncipe conoció la verdad de las palabras del maestro Abu Navid, y se sintió apenado del orgullo que había mostrado hasta entonces. Bajo el consejo de Navid el príncipe conservó al burro en su palacio, tratándolo con holganza y sin encargarle grandes trabajos. Cada vez que sentía caer nuevamente en el pecado de la soberbia, la presencia del burro le hacía recapacitar y volver a su nueva y humilde actitud. Y dice más la historia: que este príncipe no era sino Salafir, quien sucedió años después a su padre Abenjacán y alcanzara justa fama por su discreción y humildad durante su corto reinado. Alá el misericordioso ilumine a los que lean esta historia y les guíe en la búsqueda de las siete virtudes sagradas, les dé templanza y les aleje de pecados como el de la soberbia, que pertenece solo a Alá el Todopudiente.


Dentro de los tomos antiguos que reviso para mi información sobre el tiempo en que vivió Abu Navid el Apócrifo, encontré esta historia, equívocamente citada y casi perdida entre otros relatos y cartas dentro de un libro llamado “Historias marroquíes” impreso en España por encargo de la orden franciscana durante el tiempo de la evangelización de ese territorio. El hallazgo de este libro, de una manera totalmente casual, y el haber encontrado en él una historia de Abu Navid, cuando ya creía haber agotado las fuentes sobre su vida, renueva mi confianza en que podré rescatar la verdad sobre las enseñanzas de este maestro, y me da la impresión de que su espíritu me guía de alguna manera a encontrar el material para ejemplo de mis lectores, contra lo que quisieran aquellos que lo tildan de falso y quieren atribuir sus enseñanzas a otros filósofos o autores de los nocivos libros de autoayuda.

jueves, 17 de octubre de 2013

La lección de Abu Navid


En aquellos tiempos en que Abu Navid El Apócrifo no era aún muy conocido, antes de sus primeros viajes, no era raro encontrarlo ejerciendo el oficio de tejedor al frente de su casa. Los caminantes que lo conocían se detenían para conversar con él y obtener algo de su sabiduría, que ya era conocida en el pueblo. En uno de esos días en que el maestro Navid se encontraba ocupado en su labor, se le acercó un joven.
-   Salve, maestro – Le saludó - He venido en busca de tu consejo, pues se dice que eres el más sabio de este pueblo, y…
Navid le interrumpió rápidamente: -  Tal vez sea conocido en este pueblo por mi poca o mucha sabiduría, pero también me estoy haciendo conocido como un tejedor que no entrega a tiempo sus encargos, y esta fama suele ser más duradera que la otra.  Vuelve, pues, mañana, y te daré la lección que buscas.
Navid El Apócrifo continuó con su trabajo sin dar oportunidad al joven para siquiera despedirse.

Al día siguiente, el joven regresó y encontró a Abu Navid aun tejiendo la pieza del día anterior. Apenas levantó la mirada para ver al joven, haciendo una seña para que guardara silencio y esperara. El joven se sentó en el piso y esperó, tal como se le había indicado. Así pasó una hora, y otra más. El joven, que había tratado de mantenerse paciente durante ese tiempo, no pudo contenerse más y se levantó para hablar. Nuevamente, si levantar la vista de su trabajo, Navid le indicó con un gesto que esperase. Así pasó otra hora hasta que el maestro terminó al fin su trabajo. Casi al mismo tiempo, llegó el mercader que había entregado el trabajo. Después de un rápido examen de la prenda el mercader se retiró tras pagarle el precio acordado. Abu Navid quedó solo con el joven.
-  Estoy fatigado, ya puedes retirarte – Le dijo al joven – Yo entraré a mi casa y comeré algo, luego descansaré un poco.
-  Pero… ¿Y la lección que me prometiste? – dijo el joven, sorprendido y molesto.
- Te acabo de dar una lección importante – respondió el maestro – Si tienes un deber que realizar, no dejes que nada te interrumpa, luego podrás disfrutar de los frutos de tu labor. Ahora, con tu permiso, me retiraré a dormir – Dijo, levantándose y entrando en la casa.

martes, 7 de mayo de 2013

La copa



Dentro de mi investigación sobre la vida de Ibn Abu Navid, el maestro sufí injustamente llamado El Apócrifo, he encontrado en los últimos tiempos información para seguir narrando sus historias. A través de relatos de la época que lo mencionan, no siempre con su verdadero nombre, he podido establecer que en el segundo de sus viajes pasó por Ceuta y que tal vez llegó incluso a Europa a través de Gibraltar, de donde obtuvo algunas de sus ideas y de las que se cuentan varias historias. Esta es una de ellas, que suena bastante europea, por lo que muchos de los estudiosos la consideran falsa o atribuida falsamente al maestro. Sin embargo, la incluyo aquí, porque me parece bastante consecuente con su carácter y el resto de las historias narradas anteriormente:

En una ocasión, el maestro Abu Navid se hallaba en Argel, enseñando en su particular estilo, que era el conversar con la gente y hacer preguntas hasta llegar a una verdad. El Bey Motassim, al ver el alboroto que causaba en la ciudad, se informó a través de sus consejeros sobre quién era. Los consejeros, envidiosos de su sabiduría, informaron al Bey que era un simple farsante que engañaba al pueblo. Incrédulo aún, el Bey lo mandó llamar a su palacio, aconsejado para probar la sabiduría de Navid con la pregunta imposible.
Al llegar, El Bey lo recibió con estas palabras: “He sabido, Abu Navid, que estás en mi ciudad incitando a la rebeldía de los jóvenes, a la desobediencia de las mujeres y a la desconfianza de los mayores. Eso es algo que no puedo permitir. Sin embargo, en vez de mandarte arrojar desde lo alto de la torre de guardia, he decidido darte una oportunidad de probar tu sabiduría. En esta ciudad probamos a aquellos que se dicen sabios con una sola pregunta. Hasta ahora nadie ha podido responder a esta pregunta y por eso se le conoce como la pregunta imposible. Responde a esta pregunta verazmente y podrás continuar tu camino o quedarte en mi ciudad, si es tu deseo. Si tu respuesta no es correcta, te nombraré como farsante y te arrojaré al calabozo del palacio o de la torre, tal como lo he dicho antes. Esa es mi decisión.”
“Si ese es tu deseo, no puedo más que someterme a tu prueba, mi señor” fue la respuesta de Abu Navid.

El consejero principal mandó traer una copa y la llenó de vino hasta la mitad. “Deberás decirme, apócrifo maestro, si esta copa está medio llena o medio vacía”.
Abu Navid se acercó humildemente a la copa. La levantó para verla al sol, la inclinó, la giró y observó atentamente la forma de la copa y sus adornos, para finalmente, después de un largo silencio, tomó un gran trago del vino hasta terminar su contenido. Después de dejar la copa en su sitio, declaró: “En verdad, esta copa está vacía”.

El Bey, que al igual que toda la corte, había observado toda la escena con suma atención, no pudo más que echar a reír con la respuesta. “En verdad eres sabio, Abu Navid, aunque tu sabiduría no es la que se acostumbra en nuestro país. Has respondido la pregunta imposible, y aunque mi deseo es que te quedes en mi palacio compartiendo tus enseñanzas, puedes seguir el camino que te plazca, ya que así fue decretado”.

Fue así que, a pesar de las protestas de los consejeros del Bey, Abu Navid salió del palacio y siguió predicando en la ciudad un par de días más, antes de continuar su viaje, advertido de posibles represalias por parte de los envidiosos consejeros del Bey.

domingo, 4 de marzo de 2012

El sabelotodo

Todos conocen a una de estas personas. Están en todas partes, mezclados entre la gente, y sin embargo, tratando de hacerse notar por su pretendida sabiduría. Son aquellos que no importa lo que pase, ya lo sabían desde antes. Cuando el superhéroe se quita la máscara dicen que ya sabían que era él, cuando ven alguna telenovela, en el momento más emocionante dicen en voz alta “Ahora le dirá que espera un hijo de él” (Aunque aquí su porcentaje de aciertos es sorprendentemente alto), cuando alguien es asesinado, invariablemente señalan al mayordomo como el culpable, y al final del partido, puntualizan triunfantes “sabía que terminaría cero a cero”.

Los sabelotodos tienen esa tendencia exasperante a demostrar su sapiencia a partir de los detalles más mínimos. Cuando conocen a alguien, y con solo verlo por unos segundos, descifran sus secretos más íntimos, y su opinión típica será algo como esto: “Esa cara me parece un poco sospechosa, creo que no es de fiar, se le nota que no es feliz en su matrimonio, tal vez su esposa lo engaña cuando él sale en sus viajes, además parece que es una de esas personas que no se fija en la legalidad para obtener lo que quiere, vamos a tener problemas con él, mejor hay que cuidarse y tomar las medidas para vigilarlo”.

Cuidado con invitar a uno de los sabelotodos al cine. Interrumpirá constantemente nuestra atención para contarnos lo que va a pasar en la siguiente escena, y si no se le detiene, no tendrá ningún reparo en contarnos el final antes de la mitad de la película, ocultando el hecho de que antes de ir ya consultó ese final en internet, contado por otros sabelotodos que vieron el estreno y no tardaron en tuitearlo para demostrar al mundo que ellos también son sabelotodos.

Incluso las historias periodísticas son predichas por el sabelotodo antes de que los diarios publiquen el desenlace. Quién fue el asesino en ese crimen, quién será expulsado en el reality show de moda y cómo acabará el último escándalo político. El truco aquí es cubrir con sus predicciones todas las posibilidades, y cuando al fin se conoce el final, podrá afirmar triunfante “¡Yo lo dije!”.

Por lo tanto, debemos tener cuidado con el sabelotodo, o por lo menos debemos mantenerlo controlado para que no nos revele todas las cosas que, al fin y al cabo, no nos interesa conocer.

- Oiga, Inge, seguro que usted conoce a varios de ellos y los conoce bien… 
- ¿Conocer? ¡No! ¡Eso es lo que la gente dice de mí!

viernes, 29 de julio de 2011

El maestro Abu Navid


Buscando nuevas historias del maestro Abu Navid el Apócrifo, me puse a buscar entre las librerías antiguas, ayudado por referencias de algunos de los descendientes que hay en el país. La historia de estas búsquedas es tan apasionante como poco divertida para ponerla aquí. Baste decir que como resultado, he hallado un libro editado en Alemania el siglo pasado, con el título de “Wahre Geschichten von Kleinasien und den Sufi-Meister”, el cual contiene relatos escritos por Salim, quien fuera uno de sus discípulos y que lo acompañara durante dos de sus viajes. En este momento me encuentro traduciendo el libro, para publicar las historias del maestro Navid en este blog. Para hoy he escogido tres de las historias narradas allí:

Al pasar por la puerta de la magnífica biblioteca del sultán Al-Nazir, Abu Navid no pudo evitar decir a los guardias que cuidaban las puertas: Es mejor estar aquí que en el harem, ¿verdad?
Ante la mirada interrogante de sus discípulos, Navid explicó:
- Es que los guardias que tan celosamente cuidan la biblioteca, no son más que los eunucos que guardan el harem del sultán. Cuidan lo que no pueden aprovechar, e impiden que otros lo usen también.
….

Cierto día Abu Navid llevó a una reunión una caja de madera hermosamente labrada y la mostró a los asistentes. Todos quedaron maravillados y preguntaron qué contenía. Navid no quiso revelarlo, pero en cambio, la dejó en el centro de la mesa principal.
- Una caja así solamente puede contener preciosas esencias aromáticas de la India – dijo uno de los asistentes.
- No, esa caja contiene una joya propia de un sultán – intervino otro.
- La caja contiene una de las piedras sagradas de la Qaa’ba – opinó un tercero.


Durante el resto de la reunión, todos los asistentes estuvieron discutiendo sobre el contenido de la misteriosa caja. Unos decían que contenía un frasco del famoso veneno Jaruqa, otros decía que era una de las joyas robadas del palacio. No faltó quien afirmara que contenía el famoso Papiro del Saber, de donde se decía que había adquirido Navid su sabiduría. Solamente al final de la noche, el Maestro accedió revelar su contenido.

- Esta caja contiene la Verdad.
Todos los asistentes quedaron atónitos.
- Es cierto. En esta caja se encuentra la verdad, y ustedes han actuado como siempre que se encuentran frente a la verdad. Han estado discutiendo por horas sobre lo que sería, y nadie se ha atrevido a acercarse y abrir la caja para descubrir lo que realmente contiene.

Dicho esto, cogió la caja sin abrirla y se retiró del lugar.

….

Cuando Abu Navid regresaba de su tercer viaje, que fue el más largo de todos, llegó al puerto de Zanyeb, desde donde pensaba tomar un barco que lo lleve al fin a su tierra. Como el Maestro no tenía dinero para costear el pasaje, se ofreció como marinero en uno de los barcos que salían del puerto. En eso fue reconocido por un rico mercader que también salía en uno de sus propios barcos.
- ¿Cómo puede ser que el gran Maestro viaje como un simple marinero, pudiendo hacerlo como huésped en mi barco? Yo te llevaré y te daré mi propio camarote, no tendrás que trabajar y compartirás tus enseñanzas con nosotros durante las noches.
- ¿Y qué aprenderé durante el viaje? – fue la respuesta de Navid.
El mercader no supo que responder.

- Si he emprendido tan largo viaje, es para aprender sobre la gente, contar con las experiencias que tienen otras personas y escuchar lo que tienen que decirme. Es por eso que prefiero ir como marinero aprendiendo en un pequeño barco que sin aprender en tu gran barco. Así, podré cumplir con el propósito de mi viaje, que es llegar más sabio de lo que era al partir.



Aún queda mucho por contar, pues mi imaginaria búsqueda de información sobre este maestro no acaba todavía. El libro anteriormente mencionado, parece hacer referencia a escritos hechos por Tariq, uno de los hijos de Navid, de quien sabemos fue calígrafo del sultán Aziz Faoud. Confío en inventar noticias de ese libro en futuros posts. Esperemos.

miércoles, 4 de agosto de 2010

El filósofo y su alumno

Esta es otra de las historias que he recopilado sobre Abu Navid, aquel antiguo filósofo sufí a quien se atribuyen todas las historias morales que han pasado por mi cabeza a través de los siglos. En el tiempo en que Abu Navid, el apócrifo, se había establecido como tejedor en la aldea de Hazir, concurrían a su casa muchas personas en busca de su sabiduría. Uno de ellos, un muchacho, iba todos los días con alguna pregunta que Navid contestaba con cada vez menos ánimo. Un día, el muchacho le preguntó:
- ¿Cómo puedo, Oh Maestro, hallar la sabiduría y convertirme en un hombre tan sabio como tú lo eres?
- Es fácil - le respondió – Pero debes analizar las cosas hasta hallar su esencia. Esto necesita paciencia y práctica.

Ante el rostro incrédulo de su aprendiz, Abu Navid le dio un pedazo de papel con un símbolo escrito en él.

- Estudia este papel y regresa en una semana. Entonces me dirás lo que has aprendido de él.

A la semana siguiente regresó el estudiante.
- Maestro, he estudiado lo que me diste y he encontrado que representa el valle sagrado de Herión, con el río Anfeles corriendo por él. Es en este valle en donde nació el profeta Salaam, y se inició el camino de la sabiduría de nuestro pueblo. Significa que para obtener la sabiduría debemos regresar a nuestros orígenes y aprender del pasado, aprendiendo de nuestros antiguos maestros.
- No has aprendido aún lo bastante, muchacho
– Le replicó Abu Navid. – Llévate nuevamente el papel y regresa la próxima semana, después de estudiarlo.

Otra semana pasó, y el joven regresó a la tienda de Abu Navid.
- Maestro, tenías razón. No había aprendido lo suficiente. He estudiado nuevamente el papel y he aprendido que representa los tres caminos de la vida. Los caminos de los lados son los caminos del mal. Son sinuosos y llevan a la perdición. Pero entre ellos se encuentra el camino del bien, que es recto y lleva hacia el paraíso. La sabiduría consiste en encontrar el camino recto y no desviarse de él, evitando los desvíos.
- Has progresado, ciertamente
– respondió Abu Navid – pero aún no has encontrado el verdadero sentido contenido en ese papel. Estúdialo una semana más y regresa con la respuesta.

A la tercera semana regresó el joven.
- Maestro, me avergüenza decirte lo equivocado que estaba antes, pero ahora he hallado realmente la sabiduría contenida en ese papel. En realidad es un símbolo que representa las tres partes del universo. Vemos el mundo infernal debajo, y la orbe celeste arriba. Entre ellos está nuestro mundo. Eso significa que nuestro mundo está entre el paraíso y el infierno, y que somos nosotros quienes debemos decidir hacia cuál de ellos se inclinará nuestra vida. Solo de nosotros depende la sabiduría.
- Veo que ya estás en el camino a la sabiduría
– Le dijo Abu Navid – Ahora devuélveme el papel.

De pronto, el rostro de Abu Navid se puso pálido al ver el papel, lo volteó varias veces, y lo observó fijamente, lleno de confusión. Al fin solamente pudo decir:
- ¡Vaya, me equivoqué de papel! Este es el dibujito que me dió el mercader Farid para que se lo teja en una manta. Vuelve mañana, que te daré el papel que debí haberte dado hace tres semanas...

miércoles, 6 de enero de 2010

Abu Navid, el Apócrifo


Después de un tiempo, vuelvo a contar historias sobre Abu Navid, El maestro sufí que inventé hace algunos posts, y cuya existencia es tan discutida que ya en sus tiempos se le llamaba “El Apócrifo”. Es que Navid nació en una época en que los maestros no escribían libros, ni vivían de dar conferencias. Incluso sabemos que en aquella época no existía ni siquiera el Powerpoint. Vayamos a las historias.

Una persona se acercó a Navid mientras caminaba hacia el próximo pueblo.

- Maestro, quiero que me enseñes el camino del bien…
Navid le señaló el desierto.
- Allí está el camino ¿Lo puedes ver?
- Sólo veo la arena y las dunas… Ni siquiera hay huellas en esa dirección…
- Todo eso es el camino, así de ancho es el camino del bien… No importa por dónde vayas, ni si tu camino no ha sido hollado antes por otras huellas… Si sabes donde está tu destino final, aún te llevará a donde quieres ir.


…….

En una ocasión, al llegar a una ciudad, los mendigos del lugar se le acercaron antes que nadie, y Abu Navid se quedó con ellos todo un día, hablándoles de sus viajes, y compartiendo con ellos muy feliz sus panes rancios y su carne de camello reseca, y tomando agua directamente de un sucio pozo. En eso le halló uno de los mercaderes, quien le conocía.
- ¿Como puede ser que tú, Abu Navid, el famoso maestro, esté comiendo con los mendigos esa comida tan mala?
- Hoy no me toca alimentar a mi cuerpo, Hoy me toca alimentar a mi alma – Fue la respuesta.

…….

Mientras estaba en un pueblo, un joven le increpó:

- Otros maestros han llegado antes aquí, y hablaban mejor que tú, y reunían más gente a su alrededor. ¿Qué te hace pensar que la verdad está de tu parte?

Después de una gran carcajada, Navid le contestó:
- Y si esos otros maestros te hubieran dicho que el sol sale por el norte ¿Les hubieras creído? Pues la verdad no depende de quien la dice, y el demonio es también muy hábil en la palabra. Depende de tí reconocer la verdad cuando la escuchas. Para demostrar lo que digo, haré una predicción: Lo próximo que saldrá de tu boca, será una verdad.

El joven, no queriendo caer en la trampa, dijo: “Declaro que una serpiente ha de venir volando a llevarme a su guarida, donde me dejará prisionero en una jaula de oro”

En eso se escuchó la voz de la madre del joven, quien lo llamaba.
- He aquí como lo que este joven ha dicho es la verdad –Dijo Navid, al verlo alejarse entre la risa general.

Aún quedan muchas historias sobre Abu Navid el Apócrifo, historias sobre la vez que el sultán le hizo dueño de 7 hermosas esclavas, sobre el viaje que realizó con su hijo Ibn, y otras que aún no se me ocurren. Ya habrá tiempo de contarlas…

lunes, 13 de julio de 2009

El burro filósofo



En uno de los viajes que suelo hacer por motivos de trabajo, llegué a un pueblo de la sierra de esos que están colgados de una montaña, y a los que llegar es una historia por sí misma. El trabajo, como de costumbre, se retrasó, y me ví yendo de un lado a otro de la obra para disimular que no tenía nada que hacer. Por suerte, vino a mi encuentro uno de los técnicos, conocedor de la zona.
- Justo te estaba buscando, ingeniero, acompáñame para que veas algo…
- ¿Qué cosa?
- Una sorpresa, yo sé que te gustan las cosas simpáticas, chistosas…

Seguí al técnico, picado de curiosidad. Ya me había enseñado otras cosas antes, así que no había temor de que enseñara algo inconveniente o a algo de lo que me tuviera que arrepentir al día siguiente. Llegamos a un corralón propiedad de uno de los campesinos de la zona, quien nos esperaba en la puerta.

- ¿Y, Don Meridiano? ¿Lo tiene aquí?
- Sí… Acaba de llegar de la chacra de trabajar…
- Que bueno… Vamos a verlo…
El problema es que yo no veía más que un corralón con un burro comiendo un montón de alfalfa.
- ¿Qué se supone que hemos venido a ver?
- El Burro, pues, Inge, el Burro…
- ¿Y qué tiene el burro?
- Es el burro filósofo, Ingeniero…
Yo no veía más que un burro marrón, con el pelo largo, como lo llevan los burros en la sierra, pero nada parecía diferenciarlo de cualquier otro burro que uno ve por las chacras.
- Me están vacilando ustedes, este burro no tiene nada de especial…
- Espérese ingeniero, ahorita va a ver… ¡Burro! ¡A ver, dile algo inteligente al ingeniero, que viene de la capital!
- ¡Oiga!
– le interrumpí – ¡No va a esperar que el burro le responda! ¿Verdad?
- Tiene Usted razón, Ingeniero – respondió el burro – No es educado interrumpir a alguien cuando está comiendo…
El burro terminó tranquilamente con su alfalfa en el tiempo en que yo terminaba de recuperarme de la impresión.
- ¡No es posible! ¡Un burro hablando! ¡Pero si los burros no hablan!
- Claro que hay burros que hablan, así como hay hombres que rebuznan… ¿Qué tiene de extraño?

- Es que nunca he escuchado a un burro antes hablar… Los burros… ¡Son burros!
- Los burros son muy inteligentes… Lo que pasa es que cuando un burro se detiene a pensar, el hombre lo golpea para que siga trabajando…
- Es cierto, y eres un burro filósofo, además…
- Con el tipo de trabajo que tengo, y con los humanos con lo que estoy rodeado, solo me queda ser filósofo de la escuela estoica…
- Pero… ¡Tú podrías ser famoso…! Podrías dejar de trabajar…
- Los burros no tenemos las fatuas ambiciones de los hombres… Tenemos el sentido de la responsabilidad… Hacemos el trabajo que nos corresponde hacer, y no aspiramos a la comodidad…
- Pero aquí te hacen trabajar como un burro, sin descanso y comiendo alfalfa.
- La alfalfa es buena para el cerebro, aquí puedo disfrutar de un paisaje que en la ciudad desconocen, y tengo cada día la satisfacción del deber cumplido… Además, una vez le ofrecieron a Don Meridiano mucho dinero por mí, para ser la mascota de un equipo de fútbol, pero no lo aceptamos...
- ¿Por qué?
- No me gusta es fútbol, me parece un deporte para animales… Además, habría sido el único que hablara en una multitud que rebuzna…
- Pero… ¿Acaso eres feliz aquí?
- El hombre es el único animal que cree que puede alcanzar la felicidad… Todos los animales sabemos que tenemos que cumplir nuestra misión en la vida, para que este mundo sea un lugar que podamos dejar a nuestros hijos, si sentimos que lo hemos logrado, entonces habremos conseguido eso que ustedes llaman felicidad, que será sentirse en paz con nosotros mismos y con los demás…

Al final de la tarde, conversé con Don Meridiano sobre el burro.
- ¿En verdad no lo ha querido vender nunca, Don Meridiano?
- ¿Quiere saber la verdad, Ingeniero? Nadie me lo quiere comprar, y tienen razón, pues… ¿A quién le interesaría un burro que prefiere filosofar a trabajar?
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