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jueves, 3 de febrero de 2022

El hombre que no era santo



Esta historia la conozco desde hace tanto tiempo que ya no sé si me la contaron o la inventé yo. Probablemente alguien me contó algo muy diferente, y yo la fui cambiando cada vez que la contaba hasta convertirla en lo que es hoy. No importa, porque no hay castigo para quien, como yo, incorpora algo de sí mismo en una historia ajena. 

Cuentan que una vez, la gente del pueblo estaba asustada por un eclipse de sol que había traído fuertes vientos que ya habían arrancado varios techos y roto muchas ventanas. La gente vivía en un estado de temor que el cura del pueblo no podía aplacar, pidiendo que la gente abandone sus casas para ir a la iglesia. Fue entonces cuando llegó ese hombre. Todos abrieron una rendija de la ventana para verlo entrar al pueblo por la solitaria calle principal, que el viento había llenado de polvo y hojas secas. Tuvo que tocar la puerta de la posada varias veces hasta que el atemorizado dueño lo atendió. El forastero saludó con una sonrisa que hizo que el posadero olvidó hacerle firmar el registro. Se dice que al aceptar un cuarto en la posada, el recién llegado dio su nombre, un nombre tan común que era olvidado tan pronto era oído. Con el tiempo la gente le dio el nombre de Diosdado o Benigno, aunque no nos consta que este fuera su nombre verdadero, o siquiera que se refirieran a él de esta manera mientras estuvo en el pueblo. 

La novedad de su visita hizo salir a la calle a los vecinos, que descubrieron entonces que los vientos habían cesado, sin saber si atribuir este hecho a la presencia del forastero. El recién llegado decía que había venido para ciertos negocios que nadie entendió bien, y que nadie pudo verificar después, ya que nadie lo vió hacer otra cosa que pasear por los alrededores. Quien lo encontraba por la calle o por los campos, era saludado con una sonrisa y buenos deseos. Pronto todos notaron que algo de santidad había en aquel hombre, aunque nadie podía definir exactamente qué era. No predicaba el bien, pero quien lo escuchaba, no sentía deseos de hacer el mal; no curaba enfermos, pero quien estrechaba su mano, sentía el bienestar que contagiaba su cuerpo. A pesar de que nadie pudo decir que había realizado un milagro, se hizo común decir que propiciaba prodigios. Se dice que apenas llegado, al pasar por la calle, un gato caminaba y parecía que se atravesaría en su camino, como suelen hacer los gatos, pero se detuvo y lo saludó con un sonoro miau. El desconocido se detuvo y lo saludó a su vez, antes de seguir cada uno su camino. Más tarde se discutió mucho si esto podía ser considerado un milagro, pero solo fue el primero de varios hechos insólitos. Un joven, tras hablar con él , reunió el valor para declararle su amor a una bella señorita, y fue aceptado. El dueño de la maderería del pueblo, hombre malhumorado y taciturno, fue visitado en su tienda por el extranjero, y esa misma noche invitó a todos a su casa en una fiesta improvisada, en donde se le vio por única vez, cantar alegres canciones en un viejo acordeón. En el pequeño restaurante donde almorzaba y tomaba café en la tarde, se corrió la voz de que la sazón había mejorado notablemente. Quienes conversaban con él, o siquiera recibían sus alegres saludos, parecían animarse y alegrarse. Cuando se dieron cuenta, todo el mundo estaba celebrando, aunque nadie supiera el motivo o la excusa. 

La euforia inexplicable duró todavía algunos días, en los que a aquellos que habían tenido contacto con el extraño, sentían que el trabajo no era tan duro, que los alimentos eran más sabrosos, y que la familia era un maravilloso lugar donde vivir. Alguien fue a la posada para agradecerle el haberse reconciliado con su mujer, pero el posadero le informó que el visitante había partido por la mañana, diciendo que sus negocios habían culminado con buen éxito. Cuando se corrió la noticia, todos se sintieron apesadumbrados por no hacerle una despedida digna, aunque la felicidad circundante duró un tiempo más, cada vez con menos fuerza, hasta que la primera lluvia de la estación lavó el sentimiento de bienestar que había dejado en el pueblo. 

Nadie supo decir qué había pasado con el extraño visitante. Ninguno de los que viajaron a los pueblos vecinos, ni los que llegaron después, pudo dar información, ni tuvo noticias de que el hombre hubiera pasado por allí. Solo uno de ellos, un vendedor que llegó poco después de la partida del extraño, dijo, aunque nadie le creyó, que lo vió caminar por el sendero y encontró a una mujer que salía de su casa como cualquier día, y sin embargo, parecía esperarlo. Al encontrarse, el le saludó como solía hacer siempre, y ella le respondió con la misma sonrisa. Ambos se vieron el uno al otro, y descubrieron que compartían la misma felicidad que había invadido al pueblo. Asombrado, el vendedor vio a la mujer entrar a su casa y salir con una maleta apurada y acompañar al extraño por el sendero. 

Hasta el tiempo en que yo llegué al pueblo, y ya hacía mucho desde que ocurrió esa historia, la gente esperaba el regreso nunca prometido del extraño viajero, y se recibe al visitante con alegría y un vaso de chicha. Tal vez entonces, él o alguien de su descendencia reciba algo de eso que no fue un milagro, en agradecimiento a alguien que tampoco era santo.

martes, 11 de febrero de 2020

Un caso muy difícil


Como uno de los propósitos de Año Nuevo, me propuse encontrar una pareja, y como yo sí trato de cumplir con mis propósitos, aún sigo con la misión que me propuse. Investigando sobre el tema, descubrí que Cupido ya no es un niño con los ojos vendados que dispara sus flechas por el bosque. Ahora es un adulto con una esposa y un hijo que mantener. Por eso es que ya no está concentrado en el trabajo y no me manda a nadie desde hace mucho.

Decepcionado de los dioses paganos, tuve entonces que encargarme del asunto personalmente. Los resultados tampoco han sido positivos. Me he plantado con mi mejor sonrisa y he iniciado conversaciones con mis más exitosas ocurrencias, sin tener mayor suerte que antes. Las mujeres simplemente no parecen tener ninguna intención de acercarse a mí. Las pocas que me han dirigido la palabra han preguntado primero “¿A qué te dedicas?” para desecharme al enterarse de que no tengo un alto cargo en alguna gran empresa, y que ni siquiera tengo amigos o relaciones en algún ministerio, que eso se está buscando mucho también en estos días.

La búsqueda en internet tampoco ha dado resultado alguno. Llevo un récord perfecto de ningún “like” en las más conocidas aplicaciones de dating, tal vez porque hasta ahora no he podido hacerme una foto de perfil en donde no salga con cara de tonto. Nadie ha respondido tampoco a mis “likes”, lo que me ha llevado a la conclusión de que solo me gustan las mujeres que no se merecen a alguien como yo. Esto no es tan malo, pienso yo, porque la mayoría de los perfiles que encuentro allí parecen estar cortados con la misma tijera, diciendo que son gente que le gusta la sinceridad (cosa poco creíble con la cantidad de filtros que usan) y que gustan de una buena conversación con una copa de vino (y no mencionan al vino entre sus preferencias). Viendo los perfiles, descubrí además que lo que está de moda ahora para las mujeres no es buscar un “compañero de vida” sino un “Sugar Daddy”, que en castellano significa alguien que les pague todos sus gustos, por caros que sean. Y yo no califico ni para la primera cuota de una mujer así.

Ante la poca efectividad de los intentos anteriores, me he comunicado con algunos altos mandos de la iglesia para ver qué santo es el que tiene la mejor performance en conseguir parejas para gente como yo. Como mi caso es difícil, he recibido confirmación del cura de mi barrio de que las fuerzas celestiales están llamando a su equipo de respuesta especial, algo así como un comando SWAT, o Navy Seals, pero con aureola. Ya me han prometido la asistencia de San Valentín, San Antonio, San José, Santa Rita, y San Judas Tadeo, que es el arma secreta de este Dream Team celestial. Lo único que pide el citado curita es una generosa donación a la parroquia, a lo que he respondido que así como estoy, le pongo una catedral si es que obtengo resultados antes de la próxima boda a la que me inviten, que es la ocasión más a propósito para presentar a la nueva pareja.

El caso es que ya pasó el Año Nuevo, el Año Nuevo chino y todavía no veo resultados. Me informan que los santos han organizado una serie de casualidades de probabilidad ínfima para acercarme con una mujer que no se avergüence de ser vista conmigo en público. Parece que existe la traba burocrática de que lo que para mí sería un premio, para una mujer sería un castigo o una penitencia, y los santos no están autorizados a este tipo de cosas. El hecho es que mi caso tiene a los santos pidiendo milagros. San Valentín ya se ha excusado diciendo que se acerca su propio día y ya no puede descuidar a sus feligreses, San Antonio se hace el desentendido cuando le preguntan, Santa Rita me ha preguntado si mejor no pido un perrito o algo más fácil, como la paz mundial por ejemplo, y el cura de mi parroquia ha vuelto a pasar el cesto de las limosnas, abandonado el sueño de una nueva catedral.
Me hacen difícil conservar la esperanza.

viernes, 13 de marzo de 2015

De santos y milagros


En estos tiempos tan difíciles, la gente está volviendo a pedir milagros a los santos. Esto no sería una mala noticia si no fuera porque la repentina demanda está creando una congestión en las oficinas de trámites celestiales, además de una competencia entre los santos que tratan de atraer a los pecadores a su lista de clientes. El caso es que el desorden administrativo está ocasionando más problemas de los que soluciona en el caso de los milagros. La cosa funciona más o menos así:

Hasta hace poco, los santos tenían cada uno su sector más o menos determinado y teníamos un santo para cada necesidad. Eran los tiempos en que por ejemplo, San Antonio tenía el monopolio del arrejunte de parejas. Claro, no podía él solito atender a tanto roto en busca de descosido, así que San Judas fue el que abrió el mercado agarrando ese tipo de casos, ya que es el encargado de las causas imposibles y por ahí también le entraba a la jarana. Al ver esto, los demás santos también entraron al negocio para no ser menos, de modo que el cielo ha autorizado ahora la libre competencia y todos los santos agarran de todo.

Las personas en necesidad también pusieron su granito de arena en el desorden, ya que nadie se sabe para qué sirve cada santo, las clases de catecismo están cada vez peor en este aspecto. También las personas tienen la idea de que a mayor el milagro, más grande debe ser la vela que prenden al santo. El siguiente feligrés piensa que con una vela más grande el santo le hará el milagro. Esto ha provocado una inflación velística impulsada por los vendedores de velas, que venden velas garantizadas “Si no se le cumple el milagro, le devolvemos su fe”. Así terminamos viendo en los altares unas velas más grandes que el santo, o cambiando calidad por cantidad, los fieles ponen varias velas para pedir un solo milagro, a ver si una de las velas es la que trae el premio. Al final, entre tanta vela, el pobre santo ya no puede ver ni quien le reza.

En estos casos, el santo del costado también tiene que cuidar su negocio y le empieza a hacer ojitos al rezante de los santos más populares, como quien jala para su molino, y evita que lo desalojen de la iglesia en favor de santos de mayor poder vendedor. Yo he visto cómo el santo le susurra al oído del que está en el altar del costado algo así como “No te confíes de este santo, te va a amarrar el servicio y te va a pedir una cuota mensual de velas y avemarías, yo te puedo hacer el milagro sin tanto trámite, ahora estamos en promoción y tenemos milagros pre-aprobados para ti”.

El creyente muerde el anzuelo y acepta un milagro a precio de promoción, con la condición de que lo recomiende a sus amigos, ya se sabe que la publicidad boca a boca es la más efectiva. Una vez pasada esta primera etapa, se pasa a la promoción por los medios tradicionales: estampitas, imágenes, velas personalizadas. Así tenemos a otro competidor en este difícil mercado de los milagros.

La modernidad también ha entrado en este antiguo negocio, y los santos han actualizado los lemas en latín, lengua que no les entiende ni el sacristán, y los han cambiado por slogans comerciales de probada efectividad, del tipo “San Andrés, dos mil años de garantía para usted”, o “Santa Rita, donde otros no pueden, nosotros lo logramos”. También se utilizan las modernas redes sociales en forma de cadenas de WhatsApp o Facebook, el negocio ha evolucionado, sin duda.

Hasta el Vaticano se ha dado cuenta de las posibilidades comerciales y está creando santos casi todas las semanas para atender la demanda. Antes uno tenía que morir quemado, frito en aceite, decapitado, o cualquier otro tipo de muerte espantosa para formar parte del club santo. Ahora pareciera que solamente es requisito portarse un poco bien, de preferencia abrir una orden religiosa, y tener un club de fans lo suficientemente poderosos para que el papeleo salga rápido. En mi tierra hay un par de expedientes de santas que siguen durmiendo el sueño de los justos desde hace tiempo, mientras otros con más influencia están rompiendo récords de celeridad para entrar al Dream Team celestial.

El problema es que la demanda de milagros es tan grande que los santos todavía no se dan abasto para cumplir con todos, con el riesgo de que los clientes insatisfechos se cambien de camiseta y se pasen a la competencia. Como consecuencia se están dando milagros bastante tontos, en verdad. El otro día en la iglesia veía a uno diciendo “San Vito, dame una señal”, y la burocracia celestial le cumplió el milagro haciendo que la iglesia ahora tenga señal wi-fi.

Otros deciden pedir el mismo milagro a varios santos, congestionando las redes celestiales, sin saber al final cuál santo fue el que le hizo caso y recibiendo a veces el mismo milagro repetido, como le pasó a ese que pedía a varios santos por una pareja, y ahora lo están juzgando por poligamia.

Y este problema ya me está afectando a mí, esta semana yo estaba haciendo mis pedidos usuales (no trabajo, que de eso tengo, sino más bien que me paguen por todo el trabajo que hago), cuando el servicio de atención al cliente se equivocó de nuevo y me trajo una bicicleta. Al final tuve que ser yo el que fue a buscar al niñito que había pedido ese milagro, y el mío creo que quedó traspapelado por algún lado. A ver a quién le pido el milagro de que los santos me atiendan rápido ahora.

lunes, 14 de abril de 2014

En lo alto de una columna


Hay momentos en que uno, cansado del mundo, decide alejarse, aunque no lo logra. Siempre queda alguito que te amarra y te deja conectado a la gente, pues nadie está solo, aunque lo intente. Esta vez, y como historia para esta semana santa, voy a contar la historia de uno de los tontos famosos que hace mucho que no cuento. Es la historia de Simeón.

Hace muchos años, cuando la Edad Media era todavía muy joven, Simeón era un niñito que pastoreaba ovejas en los campos cerca de Tarso, en lo que antes era Europa, pero que hoy es Siria. Un día escuchó un sermón en el pueblo cercano que hablaba de Dios, para enterarse que Jesús de Nazaret se consideraba también a sí mismo pastor de ovejas y consideraba a la pobreza como una virtud. Esto fue una revelación para Simeoncito y decidió dedicar su vida a la oración. Pronto daría abundantes muestras de que en cuanto tomaba una decisión la llevaba hasta las últimas consecuencias.
Conocedor de que había un monasterio de anacoretas enclavado en una montaña cercana, fue a pedir su admisión, deseoso de iniciar una nueva vida. Los monjes no le aceptaron en ese momento, considerándolo apenas un mocoso malcriado. No sabían que tenían que vérselas con un mocoso verdaderamente testarudo. Simeón insistió e insistió hasta que lo aceptaron, llegada la edad en que uno pasa de ser un mocoso y se convierte en un mozalbete.
En el monasterio pronto se hizo conocido por su afición de llevar las cosas al extremo. Era el primero en levantarse, hacer sus deberes, hacer las oraciones y sobre todo las penitencias. Aprendió a leer y se aprendió de memoria los 150 salmos, que repetía todos los días en voz alta.
Durante la cuaresma, que era su época favorita del año, se negaba a probar alimento y se dedicaba solamente a la oración, a tal punto que hasta el abad del monasterio le reprochó la exageración y le sugirió salir al mundo para servir mejor al Señor, y también para que su ejemplo no contagie a los demás monjes, ya que Simeón se había hecho popular debido a su piedad.

Por un tiempo Simeón se instaló en una cueva, imitando a los monjes ermitaños. De allí salía de vez en cuando a predicar, cosa que hacía tan bien que pronto no necesitó ya salir, pues venían a buscarlo multitud de personas ansiosas de consejo y de bendición. Simeón gracias a su vida piadosa y su prédica luminosa se convirtió en algo así como el rockstar de la cristiandad. Los peregrinos y la gente de los pueblos le iban a buscar a todas horas, a pesar del difícil acceso de su cuevita, sin dejarle tiempo para la oración y la reflexión.
Buscando una manera de orar en paz pensaba en qué era más inaccesible que una cueva en el desierto, hasta que se le ocurrió una brillante idea. Mandó a construirse una columna de tres metros de alto con una pequeña plataforma en el tope y se instaló allí. Pero los admiradores aún trepaban para pedir autógrafos, bendíceme la estampita, aconséjame si debo casar a mi hija y cosas por el estilo.  

La idea de la columna es buena, pensaba Simeón, pero falta afinarla un poco. La siguiente columna que habilitó (gracias a la incondicional ayuda de su club de fans) era de siete metros. Esto todavía era insuficiente, así que la próxima y final era de 17 metros de alto. La subida fue muy difícil, pero solo necesitó hacerla una sola vez, ya que Simeón no bajó jamás y pasó el resto de su vida encima de la columna. No sabemos si esta altura le pareció suficiente o si no consiguió una columna más alta. Desde allí predicaba a todos los que se congregaban alrededor. Sus seguidores organizaron todo para que Simeón se sintiera cómodo: Había un servicio de delivery para la poca comida con que se alimentaba, atendían con una escalera a los fieles que eran permitidos de conversar con él y evitaban que los fans no autorizados treparan a la columna sin permiso.

Con todo, la vida de Simeón no era fácil. Después de todo, vivir en lo alto de una columna era una penitencia por los pecados del mundo, que al igual que hoy, se porta muy mal, oiga usted. Había que soportar el frío de las noches y el calor del mediodía. Un ventarrón podía bajarlo de la columna por la vía rápida y la lluvia molestaba mucho cuando caía. También estaban los detractores, que lo hostilizaban desde abajo, tratando de hacerlo bajar.
-  ¡Simeón!
-  ¿Qué queréis?
-   ¡Baja inmediatamente!
-   Nones, aquí estoy tranquilo…
-  ¿Por qué te gusta estar allá arriba como pájaro aliquebrado?
-   No es que me guste, es que allá abajo fastidian mucho…

Además, Simeón no pudo dejar de enterarse que le aparecieron varios imitadores, cada cual en su columna. Los monjes estilitas, como se les llamaba, se pusieron de moda, aunque no todos con igual éxito. Algunos pagaron caro una mala ubicación de la columna y fueron impactados por un rayo, cayendo en el descrédito y también de la columna. De todos modos, la mayoría de la gente todavía prefería al original.


La fama de Simeón se expandió a toda Europa. Su columna se convirtió en punto de peregrinación, y los imitadores se multiplicaron al punto de que cada ciudad quería tener a su propio estilita. Sus prédicas sobre muchos temas eran escuchadas con interés, no estoy seguro pero creo que de allí salió el término “columna de opinión”, pues incluso lo solicitaban para interceder en pleitos entre personas.

Cuando Simeón murió, sin haber bajado jamás de su columna, fue reconocido como hombre sabio, a quien acudían altos dignatarios en busca de consejo. Quedó entonces como ejemplo de los sabios que en el mundo han sido y que han buscado alejarse del mundo, no como los de ahora, que se mueren si se les cae el Facebook. Algo exagerado para irse a vivir hasta arribota de su columna, pero ejemplo al fin para la gente como yo que al menos tiene su colinita desde dónde opinar.

miércoles, 4 de febrero de 2009

El santo de los tontos



Buscando en las interminables páginas del santoral, encontramos santos para todos los gustos, colores y sabores. Santos que murieron por las causas naturales de aquel entonces, es decir: quemados, colgados, apedreados, etc.
Hacer un mártir y un santo en aquellos tiempos era cosa más bien fácil, al parecer:
- Mi señor, hemos encontrado a este cristiano predicando en la plaza…
- A ver… Esta semana hemos matado cristianos a flechazos, hachazos, en la hoguera, descuartizado… ¿Qué nos toca hoy día? ¡Ah ya sé! ¡A este lo vamos a sancochar en aceite hirviendo!

Y la cristiandad tiene un nuevo mártir, que se convertirá en el patrono de los cocineros que hacen frituras. Así funcionaba la cosa. Cada santo está dedicado a una actividad comercial. Así tenemos al santo de los marinos, de los comerciantes, de los caminantes, de los médicos… Pero no teníamos un santo de los tontos, a pesar de que la cantidad de tontos que van al cielo es altísima, sobrepasando a las demás disciplinas profesionales. Eso hasta ahora en que la presión popular eleva a los altares al patrono de los Tontos. Con ustedes, la vida de San Pazguato, el santo de los tontos:

Pazguato nació en un pueblo pobre del sur de Italia. Era el hijo mayor de una familia acomodada que abandonó todas sus riquezas para hacerse ermitaño justo un mes antes de la muerte de su padre, lo que lo privó de la herencia, pero le ganó una fama de tonto que lo acompañó hasta el fin de sus días.
Así pues, vivía en el bosque, de donde salía una vez por semana a predicar y a hacer mercado, pues era una nulidad para las labores agrícolas. Allí se hizo conocido por intentar hacer milagros famosos, con suerte variada. Intentó convertir el agua en vino, pero la transformación no fue completa y los clientes del mercado casi lo linchan por culpa del vino aguado que terminaron tomando.
También intentó multiplicar los peces, pero este milagro fue boicoteado por los comerciantes para que el precio no baje. Está visto que un mercado no es el mejor sitio para predicar y hacer milagros. Se dedicó entonces a predicar en la plaza. Lamentablemente no tenía el don de la palabra de otros santos y era víctima de confusiones:

- Hermano, ¡Arrepiéntete!
- ¿Y cómo hago para arrepentirme?
- Escúchame… ¡Y te arrepentirás!

- Hermano mío, entrega tu vida y tus riquezas al Señor…
- ¡Auxilio, Policía, que me asaltan!

Por aquel tiempo, pasó por el pueblo Estólito, santo de gran fama, realizando milagros. Pazguato se dedicó entonces a curar a aquellos enfermos rechazados por Estólito. Su más famoso milagro en esta época fue curar a los estreñidos, prodigio realizado de manera tan fulminante que fue condenado por la comuna a limpiar la plaza de los efectos de tan milagrosa curación. Por presión del pueblo, se vió obligado a realizar su siguiente milagro, que fue precisamente curar a los diarreicos.
Despreciado, se quedó en su ermita en el bosque, donde predicaba a los animales, logrando la conversión de muchos de ellos. Aunque este milagro no fue considerado para los trámites de canonización, ya que no se pudo establecer que religión obedecían las palomas antes de su conversión.
Pazguato murió a una avanzada edad, después de realizar milagros tales como devolver el habla a la esposa del alcalde, con lo cual se ganó el odio eterno de este último. En venganza, el alcalde convirtió la ermita donde moraba en un sanatorio para locos, y rechazó todo pedido del pueblo para convertirlo en santo.
Precisamente en el sanatorio Pazguato de Poveria comenzó el culto a Pazguato, a cargo de los tontos injustamente encerrados en el sanatorio. Se sabe de varios milagros concedidos a los tontos encerrados en el sanatorio, y al igual que lo hizo en vida, se ganó la fama de conceder solamente los pedidos más tontos, aquellos milagros que los demás santos se rehusan a conceder. Se sabe, por ejemplo que hizo el milagro de cortar el agua a la hora en que bañaban a los locos del sanatorio, y de convertir el jugo del almuerzo en vino (al menos esto es lo que los locos declararon para explicar la misteriosa aparición de dicho licor dentro del sanatorio). Así hasta el día de hoy, en que es aceptado universalmente como el santo de los Tontos.

¿La Moraleja de la historia? Como todo tonto, Pazguato vivió una vida difícil, pero que al final se ve recompensada por el reconocimiento y la aceptación pública. Hasta la próxima.
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