lunes, 28 de diciembre de 2020

Balance del año 2020



Este ha sido el año en que aquellos que decían frases como “Vive cada día como si fuera el último”, o “de algo hay que morirse” han tenido que reconsiderar seriamente sus palabras. Si algún lugar común es aplicable, será decir a todas las víctimas del coronavirus que se contagiaron por divertirse en una fiesta, que efectivamente, nadie les quitará lo bailado. 

Los que gustan de hacer predicciones apocalípticas también han quedado con los crespos hechos, pues lo que amenaza acabar con la humanidad no ha sido un meteorito, ni una explosión nuclear, ni una invasión de aliens. Peor aún, este fin del mundo no se parece en nada a lo predicho en la Biblia, sin importar lo mucho que se intente dar vuelta a las palabras allí escritas. A propósito ¿Qué habrá pasado con aquellos que decían que todo estaba predicho en las centurias de Nostradamus? 

En cambio, para los que creen en teorías conspirativas, este ha sido su año. Si hemos de creer lo que se dice en internet, los chinos crearon un virus en un laboratorio con apoyo de los americanos, y lo han transmitido a través de las redes 5G, para que Bill Gates nos inserte un chip dentro de una vacuna y pueda dominar el mundo. Si esto es cierto, la guerra fría entre Estados Unidos y China es puro cuento, y la vacuna de los rusos no existe, sino que es pura propaganda comunista. 

En lo que sí todos parecemos estar de acuerdo es en que este ha sido un año para el olvido. Nos ha hecho falta el Doc Brown y su coche que nos lleve al pasado para arreglar lo que sea que haya salido mal para no estar como estamos. Ya no pediremos matar al bebé Hitler ni volver a ese día nefasto en que elegimos a ese presidente, queremos encontrar a ese chino que lo empezó todo y dejarlo amarrado en medio de la carretera en plena hora punta del tráfico de camiones. 

Al menos este año, los pesimistas han ganado la partida a los optimistas. Los que veían el vaso medio lleno han visto cómo se vaciaba rápidamente. Recordemos cómo al inicio del encierro obligatorio decían que saldríamos en poco tiempo convertidos en mejores personas, más conscientes con el mundo y con la humanidad, que ahora sí a aprenderíamos la lección, en un ánimo de esperanza que no se veía desde el verano del amor de los 60s. Ahora nos preguntamos qué es lo que en realidad hace falta para que aprendamos, después de esto. 

Ahora vemos el paisaje citadino con otros ojos. En mi caso, con lentes empañados por el uso de la mascarilla. Al principio creía que tras los rostros semiocultos por la mascarilla había rostros que se reían de mí, o caras con gestos de desaprobación, incluso de desagrado. Luego caí en la cuenta de que la gente sigue siendo la misma y si les quitara las máscaras, seguiría viendo en las calles la misma inexpresiva cara de palo que siempre he visto. 

Algo que no sé si celebrarlo o no, es la comprobación es que en materia de educación política, las distancias entre nosotros y Estados Unidos se han acortado muchísimo. Y no es que nosotros hayamos progresado, sino que las noticias que han venido de USA este año son iguales a las que tenemos cada vez que hay elecciones en nuestro país. Invocaciones a la amenaza izquierdista, el candidato que no quiere aceptar su derrota, denuncias de fraude, llamados a “defender la democracia”. Me pregunto si los migrantes que pasaron por esto antes de ir a vivir en los EEUU se sentirán más en casa después de esto. 

Este año he descubierto que las tendencias en Twitter son un buen indicativo de lo interesante que está la situación en mi país. Si al ver la lista de tendencias veo solo hashtags sobre grupos de pop coreano, puedo confiar en que nada interesante ha pasado por aquí. Así, empezaremos el próximo año con esperanza, pero también con el miedo a que llegue alguien y nos diga que ahora sí, recién ahora van a empezar los malos tiempos.

lunes, 21 de diciembre de 2020

Carta a Papa Noel


Estimado Santa, 

Antes que nada, quisiera que arreglemos lo que pasó el año pasado, en que la burocracia navideña me impidió recibir mi merecido regalo, yo que me había portado tan bien. Al parecer la tramitología y la logística navideña no está funcionando por algún sitio, porque a mi carta del año pasado me llegó una respuesta diciendo que por motivos de reorganización, la atención de mi carta había sido asignada a los Reyes Magos, y que debía redireccionarla a las instancias correspondientes. Tú ya me conoces, yo soy respetuoso de las normas, así que tal como indicado, envié nuevamente mi carta con atención a los Reyes Magos de Oriente, con el resultado de que mi carta fue nuevamente rechazada en Mesa de Partes, diciendo que no habían recibido instrucción alguna para atender mi caso y que aún estaba yo asignado a Papa Noel. De nada sirvió reclamar, mandar memos a las instancias superiores, y amenazar con pasarme a las celebraciones de Hannukah, porque al final no recibí nada. 

Bueno, ya lo pasado, pasado, y este año, espero que ya se haya arreglado el organigrama celestial y la asignación de personal para atención navideña. No estaría de más recordarte que revises tu carpeta de spams, algunos conocidos míos se han estado quejando de que no has leído sus cartas, y han recibido el regalo genérico de un par de calcetines, que es como decir “no has especificado nada, así que toma para que no fastidies”. 

La lista de buenos y malos también parece que la hubieras subcontratado a alguien sin experiencia, a juzgar por lo visto el año pasado. No quiero pecar de chismoso, pero si yo te contara lo que sé de algunos que han recibido buenos regalos, te caes de espaldas y reclamas que devuelvan todos los regalos que han recibido desde la década de los 80. 

Espero entonces un buen detalle de tu parte para mí y para todos los míos, tú sabes que aquí la mayoría de la gente es buena y se porta bien, sin contar que por ser peruano me corresponde un bono por lo aguantadores que somos, eso es más que sabido. 
En cuanto al regalo, no pido mucho. Que tengamos trabajo, que haya felicidad de esa que no se compra en las tiendas, y que los maleteros, picones y mala leches se tomen un año de vacaciones. El resto, las cosas materiales, ya se las encargué al amigo secreto, que a estas horas ya debe estar bien aleccionado, y a mis amigos y familia, que dan de todo y si no, se lo inventan. 

Muchos saludos y Feliz Navidad a ti también. 

YO.

lunes, 14 de diciembre de 2020

El perdido arte de dedicar una canción



“Ahora, quiero dedicar esta canción a xxx que me está escuchando…”

Hace tiempo, escuchar esta frase era común en cualquier reunión, o en algún restaurante con música en vivo, antes de empezar una canción que todo el mundo conocía y que posiblemente no tenía nada en común con el destinatario más allá del título o algún detalle secundario. En ese momento, y hasta ahora, el dedicar una canción es el mínimo y más fácil sustituto a una serenata o a escribir una canción. 

El dedicar canciones, como casi todo, ha cambiado con el tiempo y el avance de la tecnología. Antes, para hacerlo, uno tenía que llevar los músicos hasta el balcón de la destinataria, y gastarse la garganta para hacerse escuchar entre el ladrido de los perros, las quejas de los vecinos y los gritos del padre amenazando con traer a la policía. Una vez conocí en un congreso a una persona que me contó que su padre le llevaba serenata a su futura esposa para enamorarla, con ayuda de unos amigos de la universidad. El asunto resultó tan bien que terminaron casándose y convirtiéndose en sus padres, y en cuanto a los amigos, se dedicaron a la música de manera profesional, con el nombre de Los Kjarkas, así que esta persona podía decir con orgullo que su padre le llevaba a su madre a Los Kjarkas para darle serenata. ¡A ver quién supera eso! 

El problema con dedicar canciones es que se debe escoger muy lo que se va a dedicar, y no caer en las canciones que todo el mundo dedica, y que por lo mismo, ya no significan nada especial. Hace tiempo, con ocasión del día de la madre, asistimos a un almuerzo en un conocido local. Como suele suceder en estos acontecimientos, el local estaba lleno a reventar, con mesas animadas donde se juntan las generaciones celebrando el día el que nuestras respectivas progenitoras no tienen que lavar platos ni recoger la mesa. En el local en cuestión tenían a un conjuntito musical compuesto por un organista y dos cantantes, que hacían su trabajo a pesar de que cada mesa parecía estar mas ocupada en sus propias conversaciones que en la música que tocaban. Bueno, por lo menos había un tonto que escuchaba de vez en cuando. Ya saben, el tonto era yo. El conjunto en cuestión interpretaba el clásico repertorio "dedicado a mamá" que escuchamos todos los años, a saber: "Corazón de Dios" (Madrecita linda, corazón de Dios...), "Amor Eterno" y dos o tres canciones más. Como las canciones para la madre son en realidad pocas, estas canciones eran intercaladas con otras que eran precedidas invariablemente con la frase "Esta canción va dedicada a todas las madres". El problema era que atendiendo a las letras de las canciones, las mismas no eran muy dedicables que digamos. Canciones como "Mamarracho", u "Odiame" como que no cuadran del todo en la ocasión. Incluso el tema de Juan Gabriel "Amor Eterno" no me parece como para cantárselo a mi madre en un almuerzo, pues se trata de una canción para una madre que ha fallecido. Si fuéramos consecuentes resultaría algo así: - Escucha, Madre, esta canción tan bonita, no puedo esperar a que te mueras para poder dedicártela... 
 Mi padre, con más sentido en estas cosas, por ejemplo, se molestaba cuando le cantaban "Mi Viejo": - No me cantes esa canción, que es para viejos!!! 

No, pues, para dedicar una canción hay que saber, para no meter las cuatro. Mi padre me contaba en alguna ocasión de una radio en la selva que hacía dedicatorias tales como esta: - Esta canción va con mucho cariño de parte de su esposa para Don XXX, que está en el monte: "Que te coma el tigre" 
 Las serenatas hoy son una actividad casi extinta, que no ha podido revivir ni siquiera en esta época de pandemia, en donde se han visto tantas comunicaciones inter balcones. Lo que se había utilizado en su lugar son las sesiones de karaoke, en que uno escoge una canción y se la dedica a alguien como muestra de amor desafinado. A mí no me pregunten si funciona, porque nunca lo he hecho, aunque varios me han visto cantar con tanto sentimiento que aseguran que alguien de la concurrencia tenía que darse por aludida.  

Otra forma musical de demostración de amor era dedicar una canción por la radio, o mejor aún, por televisión, a la persona amada, al padre o a la amistad con quien se quería “algo más”. El problema era que la persona tenía que saberlo por anticipado y estar pendiente de la mención, pues en un momento de distracción el momento podía perderse irremediablemente. Hasta hace poco había programas de videos musicales que aceptaban dedicatoria, y en donde podían verse patinadas épicas como Shakira cantando "Bruta, Ciega, Sordomuda" y abajo una cinta que decía "De Paquito para Yessy" o algo por el estilo.
 Ahora es muy fácil usar el internet para dedicar una canción o todo un playlist de Spotify, con lo que se ha perdido mucho del significado de dedicar una canción, al punto de que mucha gente considera esto como algo obsoleto y anacrónico. Esta facilidad hace también mucho más fácil meter la pata, dedicando un reggaetón de esos que dicen cosas como “Agresiva me choca, grita como loca, mientras la devoro ella se toca”. ¿De verdad habrá gente que le dedica a alguien un reggaetón?
 Se pueden encontrar en internet listas de canciones que NO se deben dedicar a nadie, debido al contenido de sus letras, y que incluyen canciones muy conocidas como “Roxanne” (canción de amor a una prostituta), “Every Breathe you Take” (acoso, relación tóxica) o “You’re Beautiful” (acoso callejero). 

La gente que dedica canciones en estos tiempos la suele pasar por whatsapp u otra red que permita mensajes privados, aunque si son como yo, deben rescatarla de entre la marea de videos dizque graciosos, fotos de gatitos y fake news que llenan mi celular a diario. 

Y al final, o lo más importante: ¿Qué piensa la persona a la que le dedican la canción? ¿Se sentirá identificada? Si es que no le da importancia al gesto y sólo tienen un desganado “Ah, qué bien” al escucharla, no me lo digan. Si alguien pasa horas buscando la canción perfecta para dedicar y dedica una joya poco conocida para que la aludida no se fije en la letra ni en la hermosa armonía, no quiero saberlo. En serio, déjenme con mi ilusión.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

El columpio



De todos los juguetes, el columpio es el que más daño hace a las esperanzas de los niños. Comienza primero sentándose cómodamente y alguien que te da un pequeño empujón. Si así quedara la cosa, no habría daño, pero no es así. Uno quiere más. Quiere llegar más alto, balancearse más rápido. Por un momento, menos de un segundo, crees que estás volando a gran velocidad, pero en realidad no te estás moviendo de tu lugar, es todo una ilusión. No estás volando, no estás cayendo, no estás avanzando, cuando retrocedes tampoco te mueves de tu sitio en realidad. Cuando el niño baja, cree que ha volado y que ha hecho un viaje a gran velocidad, cuando en verdad todo aquello ha sido solo una ilusión. ¿Quién podrá después evitar decepcionarse? Claro, cuando uno es muy pequeño no se da cuenta de esas cosas y piensa que en la vida real podrá volar, y avanzar velozmente, porque ya olvidó que la mitad del tiempo estuvo bajando y regresando a su mismo sitio. Cuando uno se hace mayor recién se da cuenta de lo tonto que era todo esto, y se pone triste, pensando en lo que será el resto de su vida en un mundo que es como ese columpio que lo ilusiona por un momento, pero que al final le devuelve los pies a la tierra.

domingo, 29 de noviembre de 2020

Yo, lector


Hubo una vez, en un pueblo pequeño en donde Dios había decidido que la maravillosa vista del mar debería compensar todas las demás carencias, una mujer esperaba un hijo. Los doctores le dijeron que el embarazo estaba comprometido, por lo que le recomendaron guardar reposo. Esto, obviamente, era más fácil decirlo que hacerlo, habida cuenta que habían otros dos pequeños que cuidar y el esposo estaba viajando continuamente a la capital buscando un trabajo que les permitiera mudarse. La mujer continuó haciendo su vida normal hasta que los malestares la pusieron realmente en riesgo. Obligada a guardar cama, sin que la dejen ver a sus otros hijos ni a la pariente que vino a casa a ayudar en las tareas, se vio obligada a coger un libro, uno de esos que por su tamaño y su peso imponen respeto y hasta miedo de emprender la lectura. El libro fue despachado en apenas tres días, y toda la familia se dio a la tarea de buscar otros libros para que leyera. 
Al cabo de pocos días, en su cuarto había dos enormes pilas de libros, una de los que ya había leído y otra de los que aún le faltaba leer. Se dice que por allí pasaron El Quijote, Las Mil y una Noches, El Conde de Montecristo, los nueve libros de Herodoto, Balzac, Julio Verne, tragedias griegas, novelas del Siglo de Oro español y colecciones varias de literatura, además de muchas novelitas románticas de Corin Tellado y cuanto periódico llegara al pueblo. Como si hubiera sido adrede, el parto se adelantó hasta justo el día en que ya no quedaba en el pueblo libro que no haya pasado por su habitación. Después del nacimiento, ya sea por las labores propias de la maternidad o por falta de algo nuevo que leer, la compulsión lectora cesó para siempre. La familia consideró el evento como una versión algo rara de los clásicos antojos de embarazada, opinando que era el bebé quien en realidad leyó todos esos libros, por lo que nadie se extrañó cuando el hijo aprendió a leer antes de lo usual y no podía salir a la calle sin leer en voz alta todos los carteles y anuncios que veía. 

En cuanto al niño, que terminé siendo yo, mantuvo la avidez de la lectura, impulsado por sus padres y la competencia con sus hermanos, que luchaban por terminar el libro antes que los otros para narrar el final a los demás. Con el tiempo, adquirí la habilidad de leer con rapidez comics y revistas en los estantes de las librerías para terminarlos antes de que el dueño se diera cuenta de que estaba leyendo gratis y que no pensaba comprar nada. El bus también se convirtió para mí en una biblioteca ambulante. Me sentaba o incluso me quedaba de pie junto a quien estuviera leyendo una revista o libro para leer durante el viaje. 
Cuando la situación económica, aún muy comprometida, lo permitió, me trasladaron a un colegio que tenía una biblioteca muy surtida. Fue uno de los descubrimientos que cambió mi vida. Allí leí por primera vez a Borges, Vargas Llosa, Vallejo y Goethe. Recuerdo que durante las vacaciones extrañaba la biblioteca y sus libros, y al volver a clases emprendía furiosas sesiones de lectura para saciar el síndrome de abstinencia. 

En la universidad, ya me consideraba un lector muy competente, hasta que conocí gente que me decía que lo había estado mal toda mi vida. Los libros, me decían, estaban hechos para ser subrayados, anotados y comentados. Esto para mí era casi una herejía, acostumbrado como estaba a compartir libros con mis hermanos o tomarlos prestados de las bibliotecas. Mi mérito era más bien conservar los libros limpios y sin señas de que alguien hubiera pasado por allí, para que el siguiente en leerlos tuviera la misma sensación de descubrimiento que yo tuve. Había también gente que se escandalizaba al saber que yo no había leído a Sartre, ni a Marx, profesores que urgían a sus alumnos a leer a Lenin. Una vez alguien me alcanzó una lectura de Stalin y me causó tal desagrado que no pude comprender la adoración que causaba en otras personas. Consideré suficiente las lecturas de Bertolt Brecht en la biblioteca de mi escuela y nunca volví a leer esa literatura panfletaria de izquierda que se empeñaban en pasarme. Afortunadamente, también había algunos aficionados a la ciencia ficción, a cuyo grupo me agregué con entusiasmo. 

La biblioteca de la Facultad de Ingeniería se volvió también el lugar a donde quien me buscaba podía encontrarme. Tomaba entonces los libros de los cursos que llevaba, pero me detenía mucho tiempo también en aquellos que narraban la historia de la ciencia y la técnica. Algunos compañeros encontré que compartían mi gusto por la literatura, y el afán competitivo propio de la Universidad nos hacía vanagloriarnos de los libros que habíamos leído. A quien enseñaba orgulloso "El Lobo Estepario", otro respondía con "Crimen y Castigo", y a quien presumía de haber leído "La Divina Comedia", respondía con "Fausto". No faltó en ese tiempo quien me recomendara un curso de lectura rápida. Aunque yo puedo leer bastante rápido, siempre tuve miedo de esos cursos, temiendo que la rapidez me quite el placer de la lectura. Ignoro aún si los que han seguido tales cursos pueden gobernar su velocidad de lectura, dependiendo de si leen por placer o necesidad. 

De vuelta al mundo real, el trabajo se hizo tan exigente que no dejaba tiempo para nada. El periódico dominical me duraba varios días, de tan cansado que llegaba a dormir. Poco a poco fui mejorando y cuando quise volver a tomar el hábito de la lectura, descubrí que todos parecían estar leyendo libros de autoayuda. Con solo hojear uno de esos libros, sentí lástima por los lectores. Después de haber leído “El Aleph” simplemente no podía descender a esas pobres imitaciones. A todos los que leían a Paulo Coelho les recomendaba “El Nombre de la Rosa”, y a los que leían “Caballo de Troya” les recomendaba “El Evangelio según Jesucristo” de Saramago. Con algunos tuve éxito. 

Ahora ya no leo tan vorazmente como antes, aunque tengo algunos libros a los que regreso. Aunque tengo una tablet en la que descargo algo de vez en cuando, no es lo mismo, porque no me es tan fácil regresar páginas para entender mejor, que es algo que hago mucho con los libros de papel. Todavía soy incapaz de tomar un lápiz para profanar un libro y anotarlo, o peor aún, subrayarlo, perversión de fanáticos religiosos que tienen su biblia llena de líneas con colores fosforescentes. Tampoco he logrado nunca terminar un libro de Cortázar, aunque respete a quienes lo han logrado. No sé todavía si soy un buen o mal lector, creo que simplemente soy un lector.

jueves, 19 de noviembre de 2020

Perú: Políticos vs Pueblo (parte 3)



Después de 8 días en que en mi país ha habido 3 presidentes, o incluso 4, si nos ponemos legalistas, me tomo un respiro para tratar de extraer las conclusiones y las lecciones aprendidas, que espero que aún se recuerden en unos pocos meses, cuando nos toque elegir nuevamente presidente. Esta experiencia nos ha mostrado cómo somos, nuestro mejor y peor lado al mismo tiempo, dependiendo del lugar de las protestas en que estuvimos. 

En primer lugar, hemos descubierto la espantosa desconexión entre la mayoría de quienes nos gobiernan, diciendo representarnos, y las personas del pueblo, que trabajamos, circulamos, y tratamos de sobrevivir en este país. La clase política que no escucha a la calle dejó de ser una metáfora esta semana y se convirtió en un episodio real: Después de decidida la vacancia presidencial, una muchedumbre se congregó frente al edificio del Congreso, gritando arengas contra el atropello legal que esto significaba. La respuesta fue ordenar a la policía que alejara a la gente hasta donde los gritos no se escucharan. Al día siguiente, la gente llegó con bocinas cuyo sonido atravesó la plaza que separa la avenida y el Palacio Legislativo, y también las gruesas paredes del centenario edificio. El Congreso sesionó por tres días escuchando a toda hora las bocinas que les recordaban que allá afuera había un pueblo al que escuchar. Una de las frases que se han esparcido por todas las redes sociales, es “que nadie te diga que las protestas no solucionan nada”. 
Por mucho tiempo, se ha aplicado aquí la política de los hechos consumados, donde se esperaba que la gente acepte lo que hagan desde el Gobierno, y las protestas duren uno o dos días y después no pase nada. Debo admitir que yo también creí que ahora sería igual. Pero no fue así. La protesta ha funcionado. Espero que desde hoy esto sea tomado en cuenta por quienes dirigen el país. 

Otra de las lecciones aprendidas de esta semana, aunque yo ya la sabía desde antes, es que, al menos en el Perú, o en su clase política, las ideologías han muerto desde hace tiempo. Ya no existe derecha ni izquierda, solo intereses personales o de grupo. Aquellos que se reclaman (o son tildados) de derecha, son en realidad defensores de las grandes empresas; y los opositores a estas mismas empresas son quienes serán asignados a la izquierda. No hay más. Y la gente desconfía de quien se reclama de izquierda y teme a los representantes de los ricos (porque nadie se identifica a sí mismo como derechista). 

Esta falta de ideología hace que en este país hayamos normalizado a los políticos que cambian de partido con facilidad, y que los veamos con la misma cara con la que vemos a los futbolistas que cambian de club. Existen aquí políticos que han cambiado cinco o seis veces de partido a lo largo de su carrera, siempre siguiendo a quien según ellos, tienen mayor oportunidad de llegar al poder. Es por eso también que generó tanto rechazo la designación como premier de Antero Flores Araoz, que había pasado ya por cuatro partidos políticos, siendo gobierno en dos de ellos, lo que, según él, daba fe de su experiencia política. 

Si fue penoso saber de dos muertes durante las protestas, también lo fue el comportamiento de los candidatos presidenciales que ya estaban en campaña desde una semana antes, y que guardaron silencio cómplice ante las acciones del Congreso, ante la represión policial, y ante los reclamos de toda la gente que llenaba las calles. Ya mencioné a uno de tales candidatos cambiar de posición tres veces en un día, pero los demás tampoco tuvieron una posición hasta que se supo de los fallecidos, solo entonces se mostraron en contra del presidente impuesto por el Congreso y pidieron su renuncia. Que alguien me muestre un mejor ejemplo de oportunismo político. ¿Tenían que morir dos personas para obtener de ellos una opinión? 

Como en cualquier acontecimiento político, los políticos tratan de acomodar los hechos a su conveniencia. Pero eso jamás lo había visto tan torpemente hecho como ahora. Al verlos en televisión (pues ninguno salió jamás a la calle, y el que lo intentó fue rechazado vergonzosamente), no podía creer que sean tan ciegos, pues donde las cámaras mostraban pancartas contra el Congreso, ellos veían defensa al presidente depuesto, y donde se leía “Fuera Merino”, ellos interpretaban “La gente quiere una nueva Constitución”. El propio Premier veía una plaza llena de manifestantes y decía que “solo eran unos cuantos”. 

Tal vez la lección más clara de estos días es que los políticos desprecian a los jóvenes. Ya desde antes, cuando había una protesta, a los jóvenes se les llamaba despectivamente “pulpines”. Y como en esta ocasión, la mayoría de los que salieron a protestar son jóvenes, desde el primer momento se les descalificó como seres incapaces de pensar por sí mismos. Se les acusó de ser manipulados por movimientos terroristas, o por un partido político de escaso arraigo nacional. Aquí en el Perú, la mayoría de edad y el derecho a voto se obtiene a los 18 años, por lo que se supone que tiene el discernimiento para tomar una posición política, pero escuchando a algunos analistas políticos, podría pensarse que estaban hablando de minusválidos mentales. Afortunadamente, ahora ya se los empieza a reconocer como una fuerza a tomar en cuenta, con el nombre que se han ganado esta semana: “La generación del bicentenario”, en alusión a que el año 2021 se cumplen 200 años de nuestra independencia. 

Ahora el nuevo Presidente interino ha asumido sus funciones, con un discurso con tintes literarios (distancia sideral con los balbuceos de Manuel Merino) que ha gustado mucho a la gente, pero que no ha hecho olvidar que esta vez no le daremos carta blanca, que estaremos vigilando y saldremos a la calle cuantas veces sea necesario, y que ya no nos distraerán ni siquiera los partidos de la selección de fútbol, que por primera vez desde que tengo memoria han pasado casi desapercibidos en beneficio de temas más importantes. 

 La historia todavía no termina, hay mucho por hacer. Los políticos se recompondrán después de esto, sin duda, el Congreso sigue allí con la misma gente que nos metió en todos estos problemas, algunos ya tratan de limpiarse la cara, y nadie dice que los meses que siguen serán fáciles, pero hay algo de esperanza, que esa es la palabra más escuchada en estos últimos dos días. Por mi parte, volveré a mis tonterías hasta que se vuelva a necesitar una voz que deje la historia por escrito para que no sea olvidada.

martes, 17 de noviembre de 2020

Perú: Políticos vs Pueblo (parte 2)


Escribir sobre lo que ha pasado en estos últimos días en el Perú es una buena forma de ver las cosas con algo de perspectiva, de pensar en el porqué pasa lo que está pasando, y me servirá después para recordar lo que pasó en esta semana en que las noticias se volvían obsoletas a cada minuto, atropelladas por las nuevas que iban llegando. 

Cuando el lunes pasado se votaba la vacancia presidencial de Martín Vizcarra, nadie parecía mostrar demasiado interés. La gente no se agolpaba frente a los televisores de las tiendas, y en las conversaciones era solo un tema más. Al fin y al cabo, Vizcarra ya había superado con éxito otro proceso de vacancia apenas un mes antes, las encuestas le daban aceptación, ya se habían convocado elecciones para sucederlo y de todas maneras se iba a ir en cinco meses. Los congresistas no van a ser tan tontos para vacarlo, se decía, y muchos congresistas declaraban a la prensa que votarían en contra de la destitución. 

Había tranquilidad en la calle, así que la noticia de que el Congreso declaraba la vacancia presidencial nos cayó a todos como un baldazo de agua fría. Solo entonces prestamos atención a los detalles y fue allí cuando la calle se sublevó. De acuerdo a ley, a falta de vicepresidentes (la vicepresidenta había renunciado hace meses, luego del fiasco del Congreso anterior), correspondía asumir la presidencia al presidente del Congreso, Manuel Merino, el mismo que había dirigido el proceso de vacancia. No hacía falta mucha suspicacia para concluir que había muchas cosas turbias allí, el cambio de votos también nos hizo preguntar las razones que habrían detrás. Por último, el Presidente del Congreso que asumió el cargo, era uno de los 68 congresistas con juicio pendiente que había mencionado Vizcarra en su defensa. 

Al peruano de a pie, como he dicho, solo le interesa que lo dejen trabajar o estudiar tranquilo, sin sobresaltos, y que los políticos no lo molesten. Pero esto ya era demasiado. La gente se organizó rápidamente en las redes sociales para salir. La gente se convocaba para salir a protestar esa misma noche, utilizando la inmediatez de la tecnología. Apenas conocido el resultado de la votación, decenas de personas ya estaban protestando frente al edificio del Congreso. La proporción de la respuesta popular tomó por sorpresa a los políticos, que ignoraban totalmente la existencia de redes como instagram o tiktok, y que apenas saben utilizar whatsapp. 
Nadie de la casta política podía explicar la rapidez de la reacción, anclados como están a las ideas del siglo pasado. Peor aún, todos descubrimos que habían estado viviendo todo este tiempo en su burbuja de privilegios, vanidades y pequeñas ambiciones. La respuesta de los políticos fue la del manual: había que culpar a “alguien”, y decir que ya todo estaba preparado, que era un plan terrorista. 

Supongo que para un testigo externo sería un espectáculo extraño ver que caía un presidente acusado de corrupción y nadie salía a celebrarlo, sino a protestar contra los que lo destituyeron. La sorpresa sería mayor aún cuando nadie fue al Palacio de Gobierno para defender al presidente. Vizcarra, junto a todos sus ministros, anunció que se retiraba a su casa esa misma noche. Algunos criticaron la acción, fue acusado de rendirse sin presentar batalla, pero a la vista de lo que pasó después, tal vez evitó un desastre mucho mayor. Alguien preguntará también cómo es que un presidente sin historial de populismo, y con acusaciones de corrupción, mantenía el apoyo del pueblo. La respuesta puedo ensayar es que desde el inicio de su gobierno se le vió animoso para trabajar a pesar de todas las trabas que le ofrecía el Congreso, y durante la pandemia tomó decisiones firmes. Es cierto que muchas de las medidas tomadas estuvieron equivocadas, pero por lo menos la impresión que dejaba era que estaba haciendo algo. El Congreso, en cambio, era visto como el que obstruía todo lo que se quería hacer, y que solo demostraba ganas de trabajar cuando se trataba de defender de las acusaciones a sus miembros, lo que ocurría con alarmante frecuencia. 

Al día siguiente de la vacancia, en el Palacio de Gobierno veíamos el penoso espectáculo de la toma de posesión con menos apoyo popular en la historia peruana, una ceremonia apurada, que se adelantó para evitar el levantamiento popular. Pero las manifestaciones ya habían empezado desde temprano. Nadie celebraba la caída de Vizcarra, aunque tampoco eran muchos los que lo defendían. Los mensajes en las pancartas de los protestantes eran claros: Merino no es mi presidente, Que se investigue a Vizcarra. 

Aquellos que no conocían antes a Manuel Merino, no pudieron llevarse una peor impresión. Con un parecido físico a Nicolás Maduro, apenas podía leer bien un discurso hecho a la apresurada, lleno de generalidades y lugares comunes, sin nada de sustancia, y totalmente ajeno a lo que pasaba en la calle. Mientras juraba, la Plaza Mayor y todos los accesos al Palacio de Gobierno estaban cerrados por la policía para impedir que la gente se acercara. Todos los analistas políticos coincidían en que la composición del gabinete ministerial sería clave para dar tranquilidad a la gente y acabar con las protestas, que iban creciendo a cada hora. El problema era lo difícil de encontrar gente dispuesta a ser parte de un gobierno al que ya se acusaba de ilegalidad. Se hablaba de golpe de estado. 

Las declaraciones de los congresistas que apoyaron la vacancia demostraban que no tenían idea alguna de qué hacer. Se trató de hacer ver a los manifestantes mayoritariamente jóvenes como niños manipulados por las organizaciones terroristas que azotaron al Perú en los años 80, mientras esperaban que las protestas perdieran fuerza por sí solas y desaparecieran por sí solas. La respuesta de las pancartas se convirtió en el resumen del movimiento: “Se metieron con la generación equivocada”. 
Fue esa noche en que la policía, que hasta ese momento no había hecho más que acompañar las marchas, empezó a responder con gases lacrimógenos y rifles de perdigones. Alguien había dado la orden, sin duda, y ante la ausencia de un Ministro de Interior, la responsabilidad cayó sobre el propio Merino. 

En la mañana, cuando se esperaba la asunción del nuevo gabinete de ministros, solamente juramentó el Presidente del Consejo de Ministros. Fue otro espectáculo de vergüenza ajena ver a un presidente jurar a un Premier sin ministros. El nuevo Premier era Antero Flores Araoz, un viejo aristócrata de la política que ya había servido a otros gobiernos de diferentes ideologías, y que ahora se le encargó la tarea de completar el gabinete. Los nuevos ministros llamados por Flores Araoz (cuyo apellido compuesto es casi una declaración de su derechismo anacrónico) fueron casi todos de la vieja guardia de la política, derechistas a ultranza a los que las redes sociales llamaron inmediatamente “Jurassic Park”. Ese mismo día Antero Flores dio muestra de no entender lo que pasaba en el país que estaba llamado a gobernar. Declaró que no tenía idea de porqué los jóvenes protestaban. Tal vez es porque están cansados de la cuarentena, dijo. Cuando una periodista le mencionó que lo estaban dejando “en visto”, respondió extrañado que no tenía idea de lo que significaba eso. 

Mientras tanto, las marchas de protesta crecían día a día, y ya era la manifestación más grande de la historia en el país, pues no solo se realizaba en la capital, sino en cada ciudad grande del Perú, en muchos de los pueblos, y hasta en el extranjero. La protesta convocada por redes sociales y sin cabezas visibles, desconcertó a toda la clase política, que veía aparecer marchas como por arte de magia. No sabían que los influencers de todo tipo estaban llamando a las calles. Redes de grupos K-Pop, equipos de fútbol, anime, tomaban partido y saboteaban los hashtags de twitter a favor tanto de Vizcarra como de Merino. Los candidatos a las próximas elecciones estaban igual de confundidos que el gobierno y el congreso. La mayoría guardó silencio, sin saber qué posición tomar. Uno de ellos, George Forsyth, a quien algunas encuestas daban la preferencia una semana antes, trató de tomar posición a favor del Gobierno en la mañana, para tomar una posición neutra en la tarde y estar en contra en la noche. Otra candidata, Verónica Mendoza, apareció en una marcha en Cuzco, su ciudad natal y su fortín electoral, y fue rechazada entre abucheos. Apenas Jorge Guzmán, quien llamó a marchar desde el comienzo, fue tolerado en las marchas, aunque nunca las dirigió y solo se le permitió ser uno más en el movimiento. Nadie hasta hoy, puede decir que obtuvo beneficios políticos de las protestas. 

La represión policial se hacía cada noche más violenta, y la negación del gobierno de los excesos era desmentida inmediatamente por los periodistas nacionales y extranjeros que cubrían las manifestaciones. El saldo del día sábado fue dos jóvenes muertos por perdigones disparados a corta distancia, y decenas de desaparecidos. Apenas se supo la noticia, lo poco que quedaba del gobierno se derrumbó. La mayoría de los ministros renunciaron esa misma noche, dos días después de haber jurado, al igual que la Mesa Directiva del Congreso. Todos los que habían callado hasta entonces, políticos, congresistas y expertos en política, empezaron recién a criticar a Manuel Merino pidiendo su renuncia. 

El día sábado, apenas seis días después de jurar como presidente, Manuel Merino renunció, en un mensaje a la nación tan confuso que tuvo que decir explícitamente que renunciaba para que la gente supiera de qué estaba hablando. 

Sin embargo, la crisis no terminaba con la renuncia de Merino. El mismo Congreso que no supo medir las consecuencias de sus actos (y que ni siquiera aceptaba responsabilidad alguna), tenía que decidir quién sería el próximo gobernante, a falta de Presidente, Vicepresidente, y Mesa Directiva del Congreso. De acuerdo a la ley, correspondía elegir a un nuevo Presidente del Congreso, que se convertiría inmediatamente en Presidente del Perú. La ocasión requería un consenso entre todos los partidos para elegir una Mesa Directiva sin personajes cuestionados, y por primera vez, uno de los factores era la aceptación popular. Ni siquiera eso se logró. Las enemistades políticas y ambiciones lograron el milagro de sabotear una elección en donde se presentaba una lista única que al final no apoyaron los que la habían propuesto. Solo al día siguiente se pudo lograr un consenso para elegir como Presidente de la Mesa, y Presidente del Perú, a Francisco Sagasti. 

Detendré por hoy aquí esta historia, consciente de que no he contado sino una pequeña parte de todo lo que pasó. En uno o dos días terminaré expresando mis opiniones personales, con la cabeza más fría y pensando un poco. Al igual que a todos el Perú, me es necesario un pequeño tiempo para esperar y procesar todo lo que hemos pasado.
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