viernes, 5 de mayo de 2023

La experiencia Chat GPT



El tema de moda entre los que están pegados a una computadora todo el día es el Chat GPT. Desde que salió al uso público, los detractores de todo lo que signifique progreso empezaron a predecir el fin de la civilización, el triunfo de las máquinas sobre el hombre, el reemplazo de todos los empleos y cosas semejantes. Ante todas estas predicciones apocalípticas, voy a recordar, por enésima vez, que lo mismo dijeron de la imprenta, de las máquinas de vapor, del automóvil y de la computadora. 

Solo cuando escuché que el famoso Chat GPT puede escribir informes, libros y hasta cuentos, me empecé a preocupar ¿Habrá inteligencia artificial que escriba las refinadas tonterías que pongo en mi blog? ¿Los nuevos Cortázar, Borges o García Marquez no serán humanos, sino computadoras? Hay que probar, antes de cerrar mi blog a causa de la competencia desleal. 

Primero me puse a investigar un poco el tema. Resulta que los ingenieros de sistemas se embarcaron un buen día en un proyecto monstruoso: Enseñar a las computadoras a escribir tal como lo hace un humano. Para esto tomaron billones (si, billones) de textos para que la computadora aprenda a redactar, y luego, la instruyeron para que, a partir de los resultados obtenidos de un buscador, redacte párrafos completos imitando a como lo haría un humano. 
Aquí encontré la primera falla de concepto, que renueva la confianza en el ser humano. Si la computadora redacta a partir de resultados en un buscador, la base de lo que escribe proviene de lo que el buscador piensa que son los resultados más relevantes. Y cualquiera que haya hecho una búsqueda en Google o Bing, sabe que los resultados más relevantes casi nunca son los que buscamos. ¿Cuántas veces hemos tenido que buscar entre varias páginas de resultados para encontrar lo que queremos en el buscador? Pues esa es la efectividad que nos dará el Chat GPT. 

La segunda conclusión de este algoritmo es que el programa devolverá lo que la mayoría de la gente piensa. Es decir, los resultados serán el promedio del pensamiento existente en internet. En primer lugar, dejará de lado la genialidad humana, pues esta es escasa. En segundo lugar, si la mayoría de la gente que publica en internet es machista, clasista y retrógrada, el buscador entregará un artículo machista, clasista y retrógrado. Y ya se han escuchado quejas contra el Chat GPT por este motivo. 

Esto me hizo recordar una serie de eventos hace varios años, donde grandes ajedrecistas se enfrentaban a una computadora que elegía las jugadas de acuerdo a las sugerencias de miles de ajedrecistas. Los grandes maestros vencían fácilmente a la computadora, porque el promedio de jugadas era mediocre para un Gran Maestro Internacional. Faltaba la genialidad. Solo en el último evento, llamado “Kasparov contra el mundo” representó dificultad para el maestro, porque los organizadores cambiaron las reglas para favorecer a la máquina, e introdujeron en el “equipo mundo” a varios ajedrecistas de élite. A pesar de ello, Kasparov ganó la partida. Sospecho que algo así está pasando ahora. 

Pero todo esto no es más que teoría, y hay que contrastar esta teoría con la realidad. Curioso siempre, me puse a probar la versión ligera que ahora viene con el buscador de Microsoft para ver si pasa la prueba del tonto, o por lo menos, la de este tonto. 

Primero le pedí que redacte un procedimiento o manual de instrucciones técnico como los que yo hago en mi trabajo. Como resultado, me entregó un documento no muy largo con lo mínimo indispensable para cumplir con lo que yo había pedido, pero escrito en un tono que dejaba a las claras su procedencia. Si yo fuera profesor, y uno de mis alumnos me entregara esto, lo aprobaría con la nota mínima y lo miraría con esa cara que se pone cuando sabemos que alguien está haciendo trampa, pero no puede demostrarlo. 

La segunda tarea fue la escritura creativa. Le pedí al Chat GPT que escriba un cuento. Sin razón alguna, me acordé de Jorge Luis Borges y le pedí que el tema fuera sobre un milagro secreto. El producto fue una decepción, una pena y a la vez un alivio. Lo que hizo la famosa inteligencia artificial fue contarme la historia de la Virgen de Fátima, solo cambiando algunos detalles. Y yo que esperaba algo más borgiano, quedé nuevamente con ganas de un poco más de esfuerzo. Otra vez me quedó la impresión del alumno que hace las tareas con desgano y que aprueba con lo mínimo. 

Por último, con ayuda de algunos compañeros de trabajo, hicimos tema libre. No contaba con que mis compañeros se portaran igual que con cualquier tecnología nueva, y pidieran escribir sobre ellos mismos, como cuando salió Google Earth y lo primero que hicieron fue buscar su propia casa. Yo también cedí y pedí al Chat GPT que escriba mi biografía. Nuevamente quedé aliviado al saber lo poco que sabe internet sobre mí, con solo dos párrafos escritos en un estilo de tarea escolar y un tono a medio camino entre lo informal y lo serio. 

Como conclusión, creo que al Chat GPT todavía le falta personalidad para escribir y en este momento solo servirá a los escolares perezosos para hacer sus tareas. Mi blog no corre peligro de ser reemplazado por una inteligencia artificial, y mis informes técnicos seguirán siendo escritos a la antigua. Lo más importante, falta la chispa de originalidad del ser humano, la sorpresa y la genialidad. Me despido con el consuelo de que todavía una inteligencia artificial no puede competir con mi tontería natural.

martes, 25 de abril de 2023

Leyendas peruanas: La arcilla de los Awajun



El pueblo Awajún, que vive en la selva del Perú, acostumbra a hacer vasijas de arcilla decoradas. El proceso es recoger arcilla del río, molerla y mezclarla con cenizas, darle forma con piedras y secarlas al sol, logrando productos muy elegantes y livianos. Sobre la arcilla que usan, que es especial y que llaman “duwe”, tienen una leyenda que presento en esta ocasión. 

Hace mucho tiempo, Luna (que es deidad masculina para los awajun) solía pasar tiempos en la tierra, en donde gustaba de vivir y dedicarse a la caza. Luna gustaba mucho de los zapallos, por eso abrió una chacra (campo de cultivo), y dejó a su esposa Ayaymama sembrando zapallos. Siempre le preguntaba a su mujer si los zapallos estaban maduros, y siempre recibía por respuesta “No, todavía están verdes”. 

Un día, pasó por la chacra y vio los zapallos maduros. Cuando vio a su mujer le dijo: "Los zapallos están maduros, tráelos y cocínalos. Después de prepararlos, espérame que yo regresaré después de cazar". Ayamama se fue entonces a la chacra con su tinaja y una taza para recoger todos los zapallos. Así, al regresar, preparó y cocinó todo el zapallo, pero le quedó tan sabroso que en el acto se lo comió y terminó todo. Cuando cayó en la cuenta de que su esposo llegaría, cogió el zapallo verde y lo cocinó para su esposo. Cuando llegó Luna, comió y preguntó a su mujer: "¿Dónde están los zapallos maduros? ¿Por qué has traído zapallos verdes? Yo he visto zapallos maduros. Había bastante". La mujer negaba todo, solo había estos zapallos, decía. En todo momento afirmaba lo mismo, que todos estaban verdes. 
Luna, furioso, se fue a la chacra para encontrar que los zapallos maduros que había visto ya no estaban.

Decidió volver a su casa en silencio. Entonces, espiando encontró a Ayaymama, cogiendo una tinaja escondida, con los zapallos maduros. Regresó molesto a casa, y cuando llegó encontró a su hijo, al que le dijo: cuando llegue tu madre dile que voy al cielo. Y se fue. Cuando la esposa Ayaymama regresó de la chacra preguntó a sus hijos por su padre. Ellos le respondieron: ¨Papá se fue al cielo¨. Entonces Ayaymama dijo: "¡Va aishua, aishua! ¡Ay, mi esposo! ¿Qué voy a hacer? Mi esposo se fue al cielo". 

Luna regresaba al cielo subiendo por una soga que llegaba al firmamento, y cuando iba llegando vio a lo lejos que Ayaymama lo estaba siguiendo, subiendo por la misma soga. Furioso, Luna cortó la soga y Ayaymama, que estaba a la mitad, cayó al suelo. Como estaba tan llena por el zapallo, al caer se reventó la barriga y el zapallo se esparció al suelo. Para entonces ya había aparecido el Sol, el gran justiciero. Al enterarse de la situación conjuró: “Por tomar zapallo mezquinando a su esposo, la barriga derramada de zapallo se convertirá en arcilla”. Luna desde entonces ya no puede regresar a la tierra, pues la soga estaba cortada. Ayaymama se transformó en pájaro y se fue volando. Desde entonces, cada vez que hay luna llena el ave Ayaymama se lamenta a su esposo y llora diciendo: ¡¡¡va aishua, va aishua, aishua, aishua!!!. 

Por eso cuando sale la luna llena, en el lugar en donde se posa el ave ayaymama, para llorar, es donde se puede encontrar buena arcilla para la cerámica de los Awajun.

sábado, 15 de abril de 2023

Que se vaya al infierno



Mandar a alguien al infierno es un arte practicado por muchos, pero dominado por pocos, más o menos como el uso de las redes sociales. El truco es enviar a alguien a quien realmente se lo merece, no a quien nos cae mal o a quien nos hace un daño menor y ocasional. Si realmente funcionara ese tipo de maldiciones, muchos irían al rato al infierno a pedir que le devuelvan la mercadería, así somos de volubles y contradictorios. 

Hay personas cuyo nombre la historia no ha guardado, pero que merecen un lugar preferente en el infierno, en ese sitio que tiene el aire acondicionado malogrado y tiene vista directa al trasero de Satanás. Por ejemplo, el que inventó la pizza hawaiana, no solamente por el invento en sí, sino por todas las discordias que ha ocasionado. Es imposible enumerar todas las peleas, enemistades y amistades rotas que ha causado la inclusión de la piña en una pizza. Bien mirado, uno se pregunta porque no se ha iniciado una guerra en ninguna parte por esta razón, habiendo tantas guerras que han empezado por menos. 

Pensando en eso, y como ejemplo de a quienes debemos mandar al diablo, dejo aquí una lista de esas personas que han hecho daños a escala mundial y que no son lo suficientemente reconocidos: 
  • El inventor del spam. 
  • El chino que pensó que era una buena idea hacer una sopa de murciélago. 
  • El primero que dijo: “Ya tú sabe” 
  • El que le puso un nombre de perro a su gato. 
  • El que llamó a la policía para suspender el último concierto de los Beatles en la azotea. 
  • Al que le comenté que había perdido el olfato por el COVID y me recomendó aromaterapia. 
  • A esos que cada vez que ven a una persona feliz, le recuerdan que existe el hambre, la guerra y todas las demás tragedias del mundo. 
  • Los que van al cine el día de estreno en una película, y cuentan el final en todas sus redes sociales. 
  • A los que critican la zona de confort ajena, porque les gustaría vivir allí. 
  • Al que coloca en sus redes sociales frases sacadas de internet como si fueran citas de “El principito”, o de García Márquez. 
  • Esos políticos que juran inocencia y dicen que se allanarán a todas las investigaciones, teniendo ya el billete de avión en el bolsillo para fugarse al paraíso fiscal de moda.
  • El que quiere cambiar el mundo con frases de autoayuda.
Espero comentarios sobre aquellos desconocidos que se merecen pasar la eternidad en el sitio más caliente del infierno.

miércoles, 5 de abril de 2023

Personas



Hay personas que son personas, y personas que solo son números. 
Hay personas que son gente, y personas que son pueblo. 
Hay personas que son humanas, y personas que son animales políticos. 
Hay personas que creen en Dios, y hay personas que creen en ti. 
Hay personas que se han rendido, y personas que mueren en el intento. 
Hay personas que se sacrifican, y hay personas que sacrifican a otras. 
Hay personas que son letra, y hay personas que son música. 
Hay personas que son camino, y hay personas que son destino. 
Hay personas que viven, y hay personas que sobreviven. 
Hay personas que luchan un día, y luego se la pasan repitiendo aquel dicho de Bertolt Brecht.

sábado, 25 de marzo de 2023

Leyendas peruanas: El señor de Sipán



En el norte del Perú florecieron siglos atrás varias civilizaciones que nos han dejado impresionantes restos de construcciones y muestras de arte que han sido desenterradas durante mucho tiempo. Antes de la llegada de los arqueólogos a comienzos del siglo XX, el desentierro de tesoros funerarios era una industria en esa parte del país, que vendía esos tesoros a extranjeros, o fundía el metal para venderlo al peso. Esta actividad, llamada “huaqueo” continúa hasta hoy de manera ilegal, y es parte importante de esta historia del mayor tesoro encontrado en mi país, y que contaré tal como me la contaron a mí, con algunos detalles que difieren de la versión oficial. 

Mi historia comienza en el año 1987. En la zona llamada “Sipán” corrían, como en todo el norte del Perú, leyendas de tesoros escondidos aún por descubrir, pero también había gente que creía que todo ya había sido saqueado en los 5 siglos anteriores, y que se conformaba con trabajar la tierra sin más molestias que ocasionales “huaqueros”, buscadores de tesoros. Uno de aquellos agricultores tenía una pequeña “chacra” o campo de cultivo en donde también criaba gallinas y conejos, como es común en aquellos sitios. Un día, este agricultor descubrió que sus conejos habían desaparecido. Como es natural, lo primero que pensó fue en un robo, pero no parecía haber señales de alguien que hubiera entrado en la noche. Encontró un agujero excavado por los conejos para huir y se convenció que no había razón para culpar a los niños del lugar, los primeros sospechosos cuando desaparecen conejos de una casa. Se dedicó entonces a registrar el campo en busca de sus conejos. Un par de días después, el agricultor encontró a los conejos cerca de un montículo de tierra que era una antigua huaca que se creía ya saqueada hace mucho, llamada “Huaca Rajada”. Recuperar conejos que han huido no es tan fácil, pues ellos cavan sus madrigueras en la tierra, y hay que cavar para sacarlos. Grande fue la sorpresa del agricultor cuando, al cavar con una pala, encontró una pieza de oro. No había tiempo que perder, tenía que sacar todo lo que pudiera antes que otros se dieran cuenta y le quitaran el tesoro que acababa de encontrar. 

La tarea fue fructífera, el agricultor encontró algunas piezas de oro y plata. Ahora se enfrentaba al siguiente problema, que era cómo vender el metal encontrado. Alguien le contactó a un traficante conocido que podría comprarlo. El asunto era delicado, no podía revelar el lugar del hallazgo y debía cuidarse de no ser seguido para descubrir de dónde provenían las piezas, de lo contrario su vida correría peligro. Se acordó una reunión en un restaurante de la zona. Tal vez fue la inexperiencia del agricultor al tratar con este tipo de gente, tal vez el precio ofrecido fue muy poco, el hecho es que la negociación terminó en una discusión abierta que hizo al dueño llamar a la policía. En la comisaría, el traficante soltó todo lo que sabía y esa misma noche se esparció la noticia, ocurriendo lo que el agricultor temía: una multitud de huaqueros invadió su propiedad en busca del tesoro enterrado. Por su parte, la policía dio aviso al arqueólogo Walter Alva, director del museo Bruning, el más importante de la vecina ciudad de Lambayeque, para identificar las piezas.

El director Walter Alva se dio cuenta de la importancia del hallazgo y pidió un contingente policial para proteger la zona. El comisario se mostró reticente a enviar un escuadrón a un lugar, hasta que Walter Alva le explicó los antiguos peruanos enterraban a sus dignatarios en varios niveles, siendo el entierro principal el más profundo. Esto significaba que el tesoro principal no había sido hallado, y que, si se encontraba, podía ser el más grande del que se tuviera noticia. El contingente enviado tuvo que hacer uso de la fuerza para dispersar a la multitud que para entonces ya había encontrado en lugar del hallazgo. La policía se retiró una vez despejado el lugar, a pesar de las protestas de Alva, para encontrar al día siguiente que el terreno había sido excavado nuevamente durante la noche. Se tuvo que dejar unos policías de forma permanente, y aun así, Walter Alva tuvo que pedir apoyo al ejército, improvisar allí un campamento, y quedarse a dormir con una escopeta al costado, temiendo un ataque de los huaqueros y traficantes ilegales. 

Es aquí donde la historia oficial se hace cargo. Las excavaciones encontraron abundantes piezas de oro y plata, y todas las momias del entierro. El personaje enterrado, llamado desde entonces “Señor de Sipán” había sido un gobernante del siglo III, sepultado con una magnificencia que hizo inevitables las comparaciones con el descubrimiento de la tumba de Tutankamón. El descubrimiento es hasta ahora el más importante hallado en toda América, y el Señor de Sipán hoy tiene su propio museo en la ciudad de Lambayeque, donde se encuentran todos los tesoros encontrados y las piezas que pudieron recuperarse del agricultor y los traficantes que llegaron primero. Hoy el mundo reconoce a Walter Alva como el descubridor de este tesoro, olvidando al agricultor, y más aún, a sus humildes conejos, que realmente encontraron este tesoro escondido. 

Aquí podría terminar este relato, pero agregaré mi experiencia personal con el Señor de Sipán. Desde que su descubrimiento saltó a las primeras planas, se fueron organizando exposiciones del tesoro encontrado, habiendo salido a diferentes países y despertando la admiración en todos ellos. La primera vez que lo vi fue en la exposición en el Museo de la Nación, en Lima, en donde se exhibía mientras se construía su Museo permanente en Lambayeque. La segunda vez fue cuando me tocó hacer un trabajo en una ciudad cercana, y no desaproveché la oportunidad de tomarme una tarde para visitar el Museo del Señor de Sipán. En estas dos ocasiones, me decomisaron cámaras y celular en la entrada. La tercera vez fue la que se convirtió en una experiencia que muy pocos han tenido.

Yo trabajaba entonces en la organización de los Juegos Panamericanos, y fui asignado al edificio en donde sería la sede de prensa. Aquí se aprovechó para dar a conocer a los periodistas extranjeros los atractivos turísticos del país. Dentro de las varias exposiciones que se hicieron, la principal fue la del Señor de Sipán. Yo ignoraba todo esto hasta que llegué al edificio y vi que estaban despejando un lugar en uno de los ambientes principales. Yo pensé que sería otra exhibición de fotos o de comida, como las que ya estaban instaladas en ese momento, pero al día siguiente me encontré con que estaban desempacando las piezas de oro y plata de la exposición. 
Armado de mi pase especial que me daba acceso libre, me acerqué a contemplar las piezas, sin vidrios que se interpusieran, literalmente al alcance de mi mano. Aproveché para tomar fotos con mi celular de algunas piezas, a escasos centímetros de ellas, lamentando no tener una mejor cámara, hasta que el celular me traicionó e iluminó el recinto con un flash impertinente. Allí me descubrió uno de los guardias y me ordenó alejarme de allí. No hubo otra oportunidad. En la tarde las piezas ya estaban protegidas dentro de sus vitrinas y separadas del público por cintas que impedían acercarse. 

Desde entonces puedo enorgullecerme de haber estado a escasos centímetros del tesoro más grande encontrado en el Perú, y de que hubiera podido tocarlo si hubiera querido.

miércoles, 15 de marzo de 2023

La mala comida



Ya he mencionado antes que la comida peruana se ha convertido en una atracción para el turista que visita nuestro país, y los peruanos son incansables promotores de su comida. Yo he escuchado decir que hasta la comida italiana sabe mejor aquí, entre otras hipérboles que pueden hacer creer al extranjero que incluso el huevo frito sabe mejor aquí, y que cualquier cosa que le ofrezcan a uno en la calle será un manjar. Muchas veces esto no está lejos de la verdad, pero esto puede llevar a pensar que en el Perú no existe mala comida. He visto gente romantizar la comida callejera vendida en una carretilla, tal vez porque lo han hecho solo ocasionalmente, y porque no han comido lo que yo he comido. Contaré entonces algo para hacer recordar a mis paisanos que si no existiera la mala comida, no sabríamos apreciar lo bueno.

Quien haya vivido o trabajado en zonas pobres (y algunas no tan pobres) sabe que hay sitios donde la comida no es nada buena, pero aun así tiene que consumirla, porque no hay otra. En todos los lugares del Perú hay al menos un sitio de estos, que son conocidos con el nombre genérico de “Tía Veneno”. En este lugar, regentado siempre por una señora ayudada por su hija, no se debe preguntar sobre la procedencia de los ingredientes, y uno debe comer a su propio riesgo, pues las consecuencias son imprevisibles para un estómago que no esté endurecido por la pobreza. 
Cuando yo estudiaba en la universidad había uno de estos locales en donde los estudiantes almorzaban y conversaban de las cosas que conversan los universitarios pobres. Las veces que pasé por allí me preguntaba cómo mis compañeros podían comer eso sin quejarse como yo. Recuerdo que me servían un guiso con tan poca carne que casi podía pasar como un plato vegetariano, con una cantidad exagerada de condimento para disimular el sabor. Adicional a esto, había que echarle mucho ají, “para que pase”, como decían todos. Yo trataba de evitar siempre ese sitio, o pedir allí solo galletas y una gaseosa, algo que haya sido fabricado y empaquetado en otra parte. Desde esa época ya no he podido comer en lugares así, mi estómago ya no es lo que fue en ese tiempo. Con todo, no hay lugar en el Perú en donde uno no pueda preguntar por “La Tía Veneno” sin ser dirigido a un lugar específico, conocido por todos, muy barato pero muy malo. 

Con el tiempo he conocido otros lugares así, muy a mi pesar siempre, por ejemplo uno a donde siempre me invitaban, pero a donde nunca fui, que ofrecía chanfainita a un sol cincuenta. La chanfainita es uno de esos platos muy populares que no se encontrarán en un restaurante siquiera de mediana calidad, hecho a base de pulmón de vaca. El hecho es que un plato que se ofrecía a sol cincuenta en un tiempo en que un menú para obreros estaba a ocho soles encendía todas mis alarmas. 

Otro lugar conocido en todo el Perú es “Los Agachados”. Esta es una carretilla o triciclo en donde se acomodan unos bancos chatos que dan la impresión al transeúnte de ver a los comensales comiendo agachados. Estos lugares son una lotería, puede tocarte un plato bueno o uno muy malo, solo los habituales pueden guiarte en la elección de la mejor carretilla de comida. Yo he compartido estos sitios cuando he acompañado a obreros en algún trabajo. Sabido es que los obreros no son para nada gourmets y su recomendación es casi otra lotería, pero en ocasiones no hay de otra. Hay gente que celebra a estos restaurantes ambulantes, y algunos empezaron así, y que progresaron hasta tener un restaurante legal, con local, mesas y todo, pero aún siguen sirviendo en la vieja carretilla, porque comer en “Los Agachados” no solo es un almuerzo, es también una experiencia. 

Y ya que he mencionado que los obreros no son las personas más indicadas para recomendar un lugar bueno para comer, imagínense ahora un lugar en donde los obreros más aguantadores se quejan de lo malo que está un almuerzo. Esto me ocurrió hace tiempo. Yo acababa de llegar a una obra en un pueblo y teníamos que organizar la logística de los empleados. Al ingeniero a cargo lo convenció uno de los obreros de contratar a su pareja ocasional para cocinar a todo el grupo, que era más de una veintena, la mayoría obreros. En menos de una semana, los obreros abandonaban el lugar a la hora del almuerzo y preferían irse a cualquier otro sitio. La cocinera se quejaba de que le sobraba comida, y se le tuvo que explicar que para que un obrero mal pagado rechace una comida y prefiera pagar en otro lado, se necesita una comida en verdad mala, sin considerar los problemas estomacales que también aparecieron. 

Con todo, es probable que esta experiencia no haya sido la peor comida que he probado, aunque esté entre los primeros (o últimos, según se mire) lugares del ranking. En otra obra, ubicada en una mina en la cordillera de los Andes, la minera tenía un trato con la comunidad vecina para contratar la mayor cantidad posible de personal de la zona. A tales personas las metieron con una mínima preparación a la cocina. Hasta hoy estoy convencido de que a estos cocineros improvisados les dieron una foto del plato con la única instrucción de que el plato debía parecerse al de la foto. Lo que se suponía que era una sopa oriental, era un menjunje con todos los ingredientes equivocados y reemplazados por lo que pudieron encontrar en el pueblo a seis horas de la ciudad, y que se pareciera mínimamente a lo que debía ser. 

La última experiencia la tuve hace poco, nuevamente en un pequeño pueblo, aunque esta vez a solo dos horas de la ciudad. El sitio tenía varios restaurantes, pero éstos solo abrían los fines de semana, para la gente que salía a pasear a la campiña. Los demás días solo me quedaban dos alternativas, cada una peor de la otra. Me tuve que decantar por la opción donde me servían sin cara de alguien que odia su trabajo. En dos ocasiones después de dos cucharadas me declaré incapaz de continuar. Mientras pensaba en qué hacer con ese plato que me resistía a llamar comida, hice un descubrimiento inquietante: además de la calidad de la comida, se notaba una falta de higiene, y todo estaba lleno de moscas que ya no hacían caso cuando las trataba de espantar, invadiendo la mesa, los cubiertos y las servilletas. Todo menos un lugar. Las moscas evitaban cuidadosamente posarse sobre la propia comida. Y esta no era una casualidad, porque el prodigio se repitió todas las veces que estuve en el pueblo. Es la primera vez que veo una comida tan mala que ni las moscas se interesan por ella. 

Como dije al inicio, estas son las cosas que me hacen apreciar cuando me sirven un buen plato de comida peruana.

domingo, 5 de marzo de 2023

La vida de las moscas



Aprovecha cada minuto, que la vida es corta, me dices. Permíteme discrepar, porque pocos animales hay con una vida más larga que los humanos, y nadie envidia a las tortugas por vivir 150 años. Son los otros animales los que deben aprovechar su tiempo, solo piensa en lo que daría un perro por vivir un poco más de sus 15 años. 

Para darte un mejor ejemplo, te contaré la vida de las moscas. Tal vez ya sabes que las moscas sólo disponen de un mes, para nacer, crecer, reproducirse y morir, y eso no les da tiempo para pensar ni esperar tiempos mejores. 
Las moscas (y esto me lo han contado otros insectos muy documentados) se manejan movidas casi siempre por el instinto, por lo que cuando se posan en tu plato lo hacen únicamente por hambre. No tienen nada contra ti, ni es su interés amargarte la vida como piensas, y por lo mismo no hacen caso de tus insultos. 
¿Qué pueden hacer las moscas en un mes de vida? Te diré más bien lo que no hacen: No pierden el tiempo en probar pareja tras pareja buscando requisitos imposibles. El amor de su vida es la primera pareja que encuentran, no hay tiempo para más. Tampoco buscan la acumulación de riqueza, pues el mundo es grande y lleno de comida. No tienen tiempo para fingir ante otras moscas que son mejores, bastante tienen con buscar el propio sustento y cumplir con la necesidad de la reproducción. 

Con un mes de vida, las moscas ven el mundo de manera muy diferente a los humanos. Para ellas los árboles son eternos e inmutables, como para nosotros las montañas, ya que nadie ha vivido lo bastante para verlos cambiar. Las casas humanas son para ellas accidentes geográficos que aceptan sin cuestionar, y las calles, parte del mundo tal como fue creado por alguna deidad ignota. 

Lo anterior podría llevar a pensar que las moscas creen en algún dios, pero eso no es cierto. La religión no es algo que se puede aprender en un mes, y hay cosas más importantes. Esto no significa que a un nivel instintivo no tengan conocimiento de un ser superior. Lo tienen, y este ser superior, la deidad suprema que reconocerían si tuvieran tiempo para pensarlo, es el hombre, gran dador de alimentos y brindador de refugio, aquel que moldeó el mundo a su voluntad y dejó un lugar para que las moscas vivan protegidas de las inclemencias del clima y de las aves devoradoras de insectos. Como dios caprichoso, brinda alimento, pero también reparte la muerte por razones que sólo él conoce. Usando el sagrado matamoscas, castiga con la muerte a quien deja de agradarle, y deja vivir a otros sin justificación de juicios morales que tampoco las moscas tendrían tiempo de entender si quisieran hacerlo. 

Con todo, las moscas no son insensibles a la belleza, aunque sus cánones estéticos no sean iguales a los nuestros. Valoran la hermosura de un plato de comida, al igual que la de un basural fresco y oloroso. Aprecian también a un ejemplar fuerte con quien aparearse. Si otra mosca rechaza un requerimiento amoroso, la mosca no se lamenta ni espera que cambie de opinión, simplemente busca otra pareja, el mundo está lleno de moscas, y alguien la aceptará tal como es. 

Al igual que el amor, la amistad es un sentimiento un poco diferente entre las moscas. Cualquiera con quien se comparta una manzana podrida, o un pedazo de basura, es un amigo, sin importar que sea una mosca roja, verde o azul. Las moscas no tienen tiempo para juzgar el pasado de nadie. Tampoco les afectan las traiciones, ya que no se sabe si quien los abandona es por haber encontrado algo mejor, o por haber caído prisionero en una telaraña, comido por un ave o condenado a muerte por el sagrado matamoscas. 

Por eso, déjame aprovechar mi ociosidad, que la vida humana es larga, no como la de la mosca. Deja el “Carpe Diem” para otro que en verdad lo necesite.
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