jueves, 24 de agosto de 2023

La carta automática



Desde que se puso de moda el ChatGPT, varios me han pedido mi opinión, y aunque ya hice un post antes sobre el tema, todavía me quedaban algunas cosas por decir. 
Cómo expresé antes, no le veo lo novedoso a la inteligencia artificial, porque basado en las respuestas que he obtenido hasta ahora, yo he conocido a algunos que me daban respuestas semejantes cada vez que alguien les encargaba un trabajo, carta o informe. 
Esto me he puesto a pensar con cierta seriedad en que, aunque no soy muy dado a las teorías de conspiración, sí creo que alguien en algún lugar ha logrado traspasar el cerebro de algunas personas que he conocido a la red digital de internet y la ha convertido en el chat GPT. Personas he conocido a las que sus escritos me dejaban esa sensación de haberlas visto antes, de tantos lugares comunes que utilizaban. Con uno de ellos, en especial, las empresas públicas y oficinas de atención al cliente tomaron ejemplo para escribir esas cartas masivas de respuesta a cualquier reclamo que hacen los clientes, y que se veían más o menos así: 

De mi consideración: 
Esperando se encuentre usted bien, quiero decirle, con el respeto que me merece, que, en mi humilde opinión, a mi parecer, creo que, me corrige si me equivoco, pienso que, como están los tiempos, llegada la ocasión, tengo derecho a opinar, en mi condición de ser humano, y le hago saber que, no obstante, por razones ajenas a nuestra voluntad, qué más quisiera que sea así, pero obligado por las circunstancias, en vista de lo ocurrido, se hizo lo humanamente posible, por lo tanto, de ahora en adelante, era cuestión de tiempo, lo lamentamos profundamente, y de manera temporal, hasta nuevo aviso, que sea lo que ha de ser. Con relación al objeto de la referencia, como es público y notorio, sin lugar a duda, no hay motivo para pensar que, a pesar de las evidencias, no hay forma en que los eventos ocurridos, por las razones arriba indicadas, lleven a pensar que, los hechos consumados han tenido como fruto tal consecuencia. No quisiera terminar sin mencionar que, a su debido momento, el tiempo nos dará la razón, en estos tiempos difíciles, nuestra razón de ser nos hará más fuertes, y miraremos con confianza hacia el futuro. El día de mañana será brillante, la ruta que nos hemos trazado será el camino a seguir, sin dudas ni vacilaciones, sin miedo al éxito, el día llegará. 
Esperando seguir contando con su preferencia, me despido de usted. 

Como ven la carta en mención sirve para todo, suena a conocido, da abundante información sobre nada, y es completamente inútil. Igual que esa persona, e igual que el ChatGPT.

lunes, 14 de agosto de 2023

Leyendas Peruanas: El pago a la tierra



Dentro de las costumbres y manías que tenemos los peruanos está la de compartir el vaso de cerveza o licor con los amigos. Esta costumbre, aunque muy desacreditada desde la aparición del Covid, se sigue usando sobre todo fuera de Lima. Y en esas ocasiones siempre hay alguien que derrama accidentalmente algo de la bebida en el piso. Los demás, nunca se molestan por ello, más bien lo aceptan, y aceptan la disculpa del culpable que dice: “es el pago a la Pachamama”. Incluso hay quien, al empezar la ronda de bebidas (siempre que sea en exteriores) derrama intencionalmente un pequeño chorrito “como pago a la tierra”. Esta costumbre es en realidad muy antigua en la parte andina del Perú y está presente hoy con mucha frecuencia, e influye en la vida diaria, como voy a contar ahora. 

En el antiguo Perú, se tenía mucha consideración a la Pachamama, o Madre Tierra, considerada la proveedora de alimentos y riquezas. La Pachamama no es una diosa en el sentido que hoy conocemos, sino una presencia dadora de bienes. No se encontrará en el antiguo Perú un templo dedicado a ella, o representación alguna de su aspecto más allá de la metáfora. Para un pueblo agrícola como el nuestro, la relación es de agradecimiento e intercambio. Si la tierra da algo, hay que retribuirle algo. Por eso en las grandes fiestas de cosecha o al inicio del año (que coincidía con el solsticio de invierno, en junio) la celebración iniciaba derramando un vaso de chicha en la tierra, como pago por todos los beneficios que los hombres recibían de ella. El ritual, a cargo de un alto sacerdote, incluía otros sacrificios que hoy varían con la zona del Perú. 

Hoy, en el Perú, la costumbre sigue practicándose cada vez que hay una fiesta, o cuando se inicia una obra pública o privada, desde una casa familiar hasta las grandes obras estatales. Y aquí entran mis experiencias personales. 

En la construcción de una gran planta eléctrica de la cual tomé parte, los obreros insistieron en realizar la ceremonia de pago a la tierra al inicio de los trabajos. La dirección del proyecto, compuesta por extranjeros y limeños cosmopolitas, se negó por considerarla supersticiosa, innecesaria y una pérdida de tiempo que distraería al personal. Los obreros y aún los capataces y jefes de obra obedecieron la orden de seguir trabajando, aunque comentando en voz alta que era una mala idea. Esa misma semana empezaron a ocurrir accidentes en la obra: Una excavadora tropezó con una tubería, rompiéndola; una grúa dañó una pieza de concreto en una mala maniobra; y por último, un trabajador se salvó apenas de una caída en altura. Toda la gente empezó a inquietarse y la solicitud a la gerencia fue renovada, para ser negada igualmente. La situación ya había dejado de ser anecdótica y se hablaba de que en cualquier momento ocurriría un accidente verdaderamente grave; los obreros, por su parte, ya amenazaban con paralizar la obra si no se cumplía con la ceremonia del pago a la tierra. Incluso yo me sentía intranquilo de lo que pudiera pasar, hasta que el Jefe de Campo me informó, en tono confidencial, que ya había contratado a un chamán de la zona, y habían hecho la ceremonia de pago a la tierra ese mismo día muy temprano, antes de que la gente llegue a trabajar, y que la noticia se estaba pasando de boca en boca para evitar mayores problemas. No sé si la gerencia llegó a enterarse de este desacato, pero sí estoy seguro de que notaron que los accidentes se detuvieron, y ya no hubo mayores problemas hasta el final de la obra.

En la obra en la que estoy ahora, a mucha más distancia de la capital, en la construcción de unos colegios, el pago a la tierra es una ceremonia mucho más pública y aceptada. El ritual esta vez se realizó como parte de la ceremonia de la primera piedra de la construcción, con presencia del alcalde y las autoridades educativas. La ceremonia, mucho más cercana a los rituales milenarios, se hizo como se debe: En el lugar en donde se colocaría la primera piedra, se hizo un pequeño hoyo en donde colocar primero una manta y sobre ella ofrendas, que son productos de la tierra, como alimentos y, en este caso, también una pequeña alpaca (Afortunadamente, esta parte ya se está perdiendo y hoy no es frecuente hacerlo). Estas ofrendas se envuelven en la manta junto con hojas de coca. Por último, se prende fuego en el hoyo con ayuda de algunas maderas secas, y mientras las ofrendas arden, los invitados a la ceremonia brindan con chicha, aunque también puede hacerse con cerveza. El primer vaso de licor es para la Pachamama, por lo que se vierte sobre el suelo. El detalle del sacrificio de una cría de alpaca hizo arquear las cejas a más de uno en esta época de conciencia sobre el maltrato a los animales, pero tuvo que aceptarse en aras de las buenas relaciones comunitarias. 

Esperamos entonces una construcción feliz y sin incidentes, con gente de buen ánimo y en paz con la Pachamama, y sobre todo, con ganas de que la construcción se termine pronto para celebrar en otra fiesta de las que se acostumbran acá, acompañada de sus propios rituales, y que contaré en otra ocasión. Salud con chicha derramada al piso.

viernes, 4 de agosto de 2023

La trampa de la empatía


Empatía. Término de moda, o al menos uno que me persigue desde hace tiempo. Con frecuencia lo veo en los artículos profesionales que leo, lo escucho en los noticieros cada vez que alguien se queja de la falta de solución a sus problemas, y en las conversaciones coloquiales. Yo mismo, a veces, he sido acusado de falta de empatía por alguien que no se siente satisfecho de mi desempeño. Es que, en realidad, más que de empatía, de lo que se habla es de la falta de empatía. Yo, que me autoanalizo al menos una vez al día, creo que no es que a mí me falte empatía, sino que yo entiendo la empatía de una manera diferente al resto del mundo. 
La primera vez que me encontré con el concepto de empatía fue hace mucho, cuando conversaba con un colega. Él me contó que su jefe le encargó un plan para disminuir los costos de operación de la empresa. Mi colega analizó los puestos de trabajo, las formas de trabajar y las instalaciones de la empresa, pero no pudo encontrar una forma de ahorrar dinero. Cuando su jefe le pidió un avance de sus resultados, tuvo que admitir su falta de progreso. El jefe, molesto, lo llevó a la planta de producción y le dijo: "Imagina que eres el dueño de esta empresa y que todo esto lo has pagado con tu plata. ¿Qué harías?". Desde ese momento mi colega empezó a ver todos los procesos con otros ojos, y vio tantas oportunidades de mejora que se sorprendió de haberlas pasado por alto anteriormente. 
La idea me pareció desde entonces algo poderoso: ponerme en el lugar del otro para darle lo que necesita. Empatía, en vez de la "distancia profesional" que me habían enseñado hasta ese momento. Me propuse usar esa idea en cuanto tuviera oportunidad. Así, la siguiente vez en que tuve que enviar un currículum para postular a un trabajo, me visualicé como el encargado del proceso de selección y sobre lo que le gustaría encontrar en ese documento. Desde entonces, cuando tengo que escribir un informe o un documento que será utilizado por otro, trato de ponerme en su lugar, qué es lo que quiere encontrar allí, o qué es lo que necesita saber. Así, mi trabajo trata más de ayudar al usuario que de contentar al jefe, y puedo defender mi opinión si es necesario. 

Pero ahora que la empatía es una palabra de moda, veo que no todos entienden lo mismo que yo. Lo que veo que los demás entienden como empatía para mí es un sentimiento de superioridad disfrazado, una forma de decir "pobre de esta otra persona, hay que ayudarlo a salir de su miseria". Siempre que escucho de sentir empatía, es por alguien que sufre de alguna manera. Esto significa que para sentir empatía primero hay que juzgar y calificar. Solo se siente empatía por quien, a nuestro juicio, lo merece. En todos los artículos que he encontrado se habla de la empatía desde una posición de superioridad moral o de poder. Y al hacerlo están obteniendo una visión sesgada del problema. Cómo ejemplo, si yo pido empatía con un ladrón, la gente se va a negar, va a pensar que quiero justificar su delito, o que soy tan malvado como él. ¿Cómo ponerme en el lugar de otro que no comparte mis valores morales? He aquí la trampa de la empatía tal como se entiende hoy. Hay que entender que no se trata de una forma políticamente correcta de la lástima, sino de entender las necesidades del otro. Y esto precisa de información. Tengo que conocer algo de la persona antes de sentir empatía, y sobre todo, reconocer que el otro no tendrá necesariamente los mismos valores morales que yo. Tal vez sea yo el que no entiende lo que significa la empatía. Yo seguiré poniéndome en el lugar de mi jefe, del poblador que nos impidió el paso a la obra, y hasta de la compañera de trabajo que me odia sin razón aparente, porque así obtengo mejores resultados.

Por último, un ejercicio de empatía, para introducirlo en una conversación: Si fueras otra persona ¿Qué opinarías de ti?

martes, 25 de julio de 2023

El Descubrimiento del Fuego



Hace mucho tiempo, uno de los exploradores de la tribu Chltuxlu encontró en el bosque un árbol al que le había caído un rayo durante la tormenta de la noche anterior. Una de las ramas ardía y emitía un calor agradable. El individuo (cuyo nombre se ha perdido, pero no importa, porque seguramente su nombre es hoy impronunciable) tomó la rama y la llevó a su aldea. Orgulloso, la mostró a todos como la solución a las frías noches. Toda la tribu celebró el descubrimiento, excepto los ancianos augures, que decretaron que el fuego pertenecía solo a los dioses solares, y que portarlo era una blasfemia. Sin embargo, su calor era tan agradable que decidieron conservarlo, con la condición de que fueran los augures quienes se encargaran de administrarlo. 
Lo llevaron a la choza del augur principal, con tan poco cuidado que su choza ardió en llamas. El segundo augur anunció el hecho como prueba de que los dioses no querían que el hombre tuviera tal poder, por lo que el descubridor fue sacrificado para aplacar a los dioses y así poder conservar el fuego. El fuego fue colocado ahora en el centro de la aldea, y el augur encargó a una joven para alimentarlo continuamente con leña. A todos se permitió acercarse al fuego, pero no tocarlo. 

Un grupo observó que el fuego no tenía forma física, ni se podía palpar, ni guardar en una vasija, y tampoco tenía peso. Ellos declararon que entonces que en realidad el fuego no existía y que todo era un truco del augur para dominar la aldea y ser dueño de la mujer que cuidaba la fogata. Muchos los siguieron y se formó el grupo de los negacionistas. Uno de ellos se arrojó a la fogata para demostrar que el fuego no existía, muriendo quemado. Así se descubrió que el fuego servía también para mejorar el sabor de la carne y demorar su descomposición. 

El pueblo celebró este nuevo descubrimiento, aunque muchos todavía creían que el fuego era un engaño y que el mártir de este primer negacionismo había sido asesinado de alguna manera para impedir que se supiera la verdad. Este pensamiento también llevó a algunos mayores a decir que el fuego había hecho las cosas demasiado fáciles en la aldea, y que esto les llevaría a perder la fuerza que les había llevado antes a la prosperidad. Iniciaron un movimiento de vuelta a las raíces, durmiendo lejos de la fogata y negándose a comer la carne cocida. Ellos advertían además de lo peligroso que era el fuego, avisando de los crecientes casos de quemaduras e incendios, y difundiendo la predicción de que un día el fuego se saldría de control y terminaría quemando la aldea, luego el bosque y al final el mundo entero. 
Como resultado, los jefes de la tribu decretaron que solo debía haber una fogata en la aldea, a cargo de una sola persona. Esta disposición solo empeoró las cosas, pues los demás habitantes sobornaron al cuidador con collares y alhajas, y en todas las chozas ya había una pequeña fogata. 

Pronto aparecieron otras tribus, atraídas por el resplandor que en las noches podía verse a gran distancia. Los líderes de la tribu temían una invasión, y se prepararon, enseñando a su gente a usar el fuego como arma. El primer intento de invasión tuvo un resultado horrible. El fuego fue usado sin reparo y se provocó un incendio que destruyó buena parte del bosque antes de ser apagado por la lluvia, dejando decenas de cadáveres quemados en ambos bandos. Nuevamente los partidarios de la vuelta a las raíces cobraron fuerza, anunciando que pronto toda discusión acabaría en el uso del fuego, que el hermano quemaría la casa del hermano, y que ya estaba cerca el día en que el fuego consumiría al mundo. 

El partido de los pacifistas, como ahora se les llamaba, logró al fin que el fuego fuera abolido de la aldea. Los pacifistas entraron a todas las casas a apagar las fogatas, matando a aquellos que se resistían. El jefe de los pacifistas declaró que el hombre no tenía la inteligencia para gobernar el fuego, y que desde hoy volvería la felicidad, y otra vez tendrían la bendición de los dioses, ahora que estaban libres de toda blasfemia. 

La paz en la aldea duró muy poco. Apenas dos días después, otra de las tribus que había llegado al bosque los atacó y convirtió en esclavos a los pocos que sobrevivieron, usando el fuego que les había llevado un desertor de la aldea, y por el que se dijo que había recibido dos mujeres y diez ovejas como pago por su traición. Ellos se atribuyeron el descubrimiento del fuego desde entonces, negando a sus verdaderos descubridores.

sábado, 15 de julio de 2023

La virgen del abismo



Esta historia la escuché hace tanto tiempo que he perdido casi todos los detalles. Queda, sin embargo, lo más esencial. Se cuenta que un hombre, abatido por las tragedias, salió de su casa con rumbo a un pequeño parque en distrito limeño de Magdalena, que da a un acantilado a varias decenas de metros sobre la rompiente del mar. Va, como todo suicida, solo, mirando al piso y sin ver a nadie. Tampoco hay nadie que lo vea, pues el sitio es desolado y la hora es la de un crepúsculo oscuro. 

Caminando hacia las barandas que dan al barranco, encuentra una pequeña gruta recién construida, y en ella una imagen de la Virgen María, que lo mira como sintiendo lástima por él. El hombre se arrodilla ante la gruta, y recita un Ave María del que casi no recuerda las palabras, que empieza a entremezclar con la historia de los hechos que lo han llevado hasta allí. Llora al narrar su vida, y más al darse cuenta de que la Virgen lo está escuchando, de que no está solo en ese parque, sino que ella lo acompaña y le ofrece consuelo. La Virgen ha triunfado, el hombre se levanta y emprende el camino de regreso, si no con la solución a sus problemas, al menos con el valor para enfrentarlos. 

La gruta de la Virgen fue colocada allí por el sacerdote de la iglesia a pocas cuadras del parque que da al abismo de Magdalena, preocupado por los varios casos de suicidio que sucedieron allí. Tuvo entonces la lucidez de construir la pequeña gruta y tomar la imagen que estaba en su iglesia para llevarla allí, donde más necesaria era su presencia. Desconocemos exactamente cuántas vidas salvó mientras estuvo allí, pero sabemos que fue más efectiva que las barandas, las mejoras en la iluminación y la vigilancia que se puso más tarde ante las quejas de los vecinos. Hoy, que el pequeño parque es el final de una gran avenida, y el sitio ha dejado de ser solitario, la pequeña imagen ha regresado a su iglesia y la municipalidad la ha reemplazado por una enorme estatua de la Virgen que se ve en la imagen de este post, tan grande y lejana que no deja lugar para arrodillarse y contar sus problemas a la gente. Tal vez en la ansiedad por convertirnos en una gran ciudad hemos olvidado las cosas pequeñas que realmente nos escuchan y nos tratan de tú, y que nos ofrecen el consuelo de una madre.

martes, 4 de julio de 2023

¿Por qué no escribes un libro?



Fruto de la experiencia escribiendo estas líneas descuidadas cada cierto tiempo y que publico aquí, llevo un registro de las historias que he escrito en formas de cuentos y opiniones. Con el tiempo he llegado a juntar más de 500 de estos cuentos que han logrado pasar el primer filtro, los que con el tiempo he reescrito y modificado varias veces. Esto ya es un número imponente, que me obliga a preguntarme qué puedo hacer con todo este material. La respuesta lógica sería buscar una manera de publicar estos relatos en forma de libro, como me recomendó alguien en los comentarios a uno de mis posts. Lamento decir que esa posibilidad no solo no la considero, sino que la he rechazado por exceso de modestia o por miedo. Explicaré esos casos. 

Ya he contado antes (hace mucho, así no que no hay problema en contar la historia otra vez) que una vez conocí a un editor de una pequeña empresa independiente que me impresionó porque publicaba trailers de sus libros en YouTube, y porque los libros que editaba pretendían ser vanguardistas, pero no tanto que impidiera una lectura ágil. En cuanto a la calidad literaria, no me impresionó demasiado, y me pareció que mis cuentos podían soportar airosos la comparación, y así se lo hice saber al editor. Su respuesta fue de interés y le echó una ojeada a mi blog, dándole una aprobación provisional. Me dejó sus datos de contacto con el compromiso de mostrarle la versión más acabada de los cuentos que ya tenía y ver la posibilidad de una publicación. Nunca me contacté con él, las responsabilidades de mi trabajo y la conciencia de que mis cuentos necesitaban todavía otra pulida me lo impidieron. 

Después de un tiempo, por una de esas recomendaciones que uno no comprende bien de dónde vinieron, me vi envuelto en una comisión que editaba libros en mi Colegio Profesional. Allí se dio la oportunidad (que más de uno me hizo notar) de publicar mis cuentos, ya que mi otra colección de artículos técnicos no estaba tan desarrollada como hoy. Rechacé la opción, dándome a mí mismo la excusa de que no era ético ser al mismo tiempo escritor y editor. Segunda oportunidad perdida. 

Con el tiempo, apareció el sitio Wattpad, abierto a colaboraciones literarias. El tema me interesó, hasta que hice una vista extensiva al sitio. No encontré más que fanfics adolescentes. Apareció además el problema de determinar a qué género pertenecían mis cuentos. El que haya leído mi blog sabrá que no son artículos de fantasía, ni de opinión, ni humor ni ficción, pero son todo eso junto y más. Revisando la sección de humor, que decidí como la más cercana, solo encontré chistes sacados de internet. Recordé entonces la idea de un libro que tenía desde hace tiempo. Se trataba de una historia novelada de las andanzas del antiguo maestro Abu Navid, alternada con la narración en primera persona de un personaje que iba recopilando los datos sobre su vida, como una crítica/parodia a los libros de autoayuda. A falta de una mejor clasificación, lo empecé a colocar en la sección de “Autoayuda” de Wattpad, pero solo llegué a los cinco primeros capítulos. No me gustó cómo estaba quedando y los capítulos publicados no recibieron visitas. Hasta hoy están allí abandonados y sin nadie que los haya visto. 

La última oportunidad hasta hoy se dio en una feria del libro a la que llegué por casualidad. En uno de los puestos trabé conversación con la persona que atendía, y le mencioné la existencia de mi blog. Ella me dijo entonces que habían editados varios libros escritos por blogueros, y en respuesta le mostré en mi celular mi archivo de 500 cuentos. Leyó dos de ellos, diciéndome que le gustaba uno de ellos, pero el otro no, añadiendo consejos para la hora de escribir. Me señaló entonces a una persona sentada en un aparte leyendo un libro. Ese es el dueño de la editora, muéstrale este cuento, y si lo convences, lo publicará, me dijo. Miré al personaje: un señor de edad, con cara de estar juzgando severamente el libro que tenía en las manos. Hice una rápida búsqueda entre mi archivo de cuentos, pero de repente no pude encontrar ninguno con el brillo suficiente para ablandar esa cara de pocos amigos. Ante mi duda, la vendedora me dijo que no tenga miedo, y me animó a avanzar esos pocos pasos que nos separaban, antes de voltear para atender a otros clientes. Mi cobardía terminó tomando la decisión de dar la vuelta y alejarme del puesto de libros, dejando a la vendedora con su cliente y al editor con su libro, ignorando mi presencia. 

Así, hasta la fecha de hoy, el mundo no tiene más testigo de mi presencia que el blog que sigo alimentando, y mis cuentos no ven todavía la luz pública en otro formato. Estoy consciente de que las oportunidades que he contado, otro con más determinación las hubiera aprovechado, pero no me arrepiento. Tal vez algún día tome el camino de otros que han hecho alguna publicación de reducido tiraje, con ejemplares solo para regalar a los amigos más selectos. Mientras tanto sigo escribiendo cada vez que me llega la inspiración, sin más aspiraciones que mi satisfacción personal.

sábado, 24 de junio de 2023

Historia de una carta



Había sido un día normal hasta ese momento, en que llegó a su casa y encontró un sobre bajo la puerta. Extrañada, lo levantó del suelo y vio que era una carta. Hacía demasiado tiempo desde que no recibía una. Es más, en ese momento no recordaba haber recibido una jamás, tal vez aquella postal que una prima suya le escribiera desde su viaje de vacaciones, cuando niña. Pero esta carta era muy diferente a las que normalmente encontraba en su puerta, a donde llegaban solo volantes de los negocios vecinos, o las impersonales cartas de los bancos, que tan pronto ofrecen el cielo de los préstamos y tarjetas de crédito, como el infierno de las acciones por falta de pago. El sobre era de aquellos delgados, con su nombre escrito en una cuidada caligrafía e incluso sellada y timbrada con estampillas, como si hubiera viajado en una máquina del tiempo desde hace quién sabe cuándo. Solamente el nombre del remitente faltaba. 

Indecisa, preguntó en su casa si alguien sabía algo de la carta. Nadie pudo dar una respuesta, nadie la había visto y nadie sabía en qué momento había llegado. El cartero que la trajo, sin duda solo la pasó por debajo de la puerta y se fue sin más. Ante la presencia de tal misterio, le invadió la aprehensión de la duda que le hizo quedarse mirando el sobre sin abrirlo. A la mañana siguiente, en la oficina, seguía aún con la inquietud de qué hacer con la carta. Consultó con el abogado de la empresa, quien le aseguró que los abogados no suelen tomarse tantas atenciones para enviar una carta, y que los extorsionadores tampoco son tan delicados para dejar una carta con estampillas y caligrafía, por lo que no debería tener nada que temer. Otros compañeros de trabajo intervinieron entonces en la conversación. Es una broma de alguno de tus amigos, o de un pariente, dijo uno. Yo recibí una vez una carta así, y resultó ser una cadena, dijo otro. El caso fue circulando de boca en boca y de escritorio en escritorio hasta que llegó a mí y fue requerida mi opinión. Ante la falta de más información, dije, solo queda aplicar el sentido común: hay que abrir la carta y leer su contenido. Como siempre, mi opinión fue rechazada y tachada de simplista. 

Ante la disparidad de opiniones, solicitadas e inopinadas, ella optó por la inacción. Pero la carta ya había comenzado a hacer efecto. No se lo había dicho a nadie, pero había traído la carta en su bolso, y cuando se creía no observada, metía la mano para sentirla, como si tuviera miedo de que desapareciera mágicamente. Sin darse cuenta, se empezó a sentir importante. Alguien se había tomado el trabajo de escribirle una carta a mano, en estos tiempos en que es tan fácil enviarle un correo electrónico o dejarle un mensaje en sus redes sociales. Alguien quería enviarle un mensaje de puño y letra (pues estaba segura de que la carta en el interior del sobre estaba también manuscrita), con todo lo personal que ello significa. Alguien tenía algo importante que decirle, algo que no podía transmitirse por otro medio. 

Fue en ese momento en que sintió un estremecimiento que le hizo comprender el miedo que le había impedido abrir el sobre hasta ahora. La persona que había escrito la carta sabía. Tal vez esa carta había sido escrita para recordarle ese episodio que trataba de olvidar, y que solo en ese momento comprendía que no estaba totalmente enterrado. Asustada, entró al baño con la intención de abrir la carta y acabar con la duda, pero llegado el momento fue incapaz de hacerlo. Solo la arrugó hasta convertirla en una bola de papel. Pensó por un momento en arrojarla a la papelera, pero se detuvo pensando en lo que pasaría si alguien, tal vez la empleada de la limpieza, la encontraba y la abría por curiosidad. Salió del baño temblando, y se dirigió a donde estaba su superior para avisarle que se sentía mal y que pediría permiso por el resto del día. Su rostro desencajado y la voz quebrada hicieron innecesarias mayores explicaciones. 

Una vez en la calle, pidió un taxi, pero le indicó al chofer que tomara otra ruta a la que habitualmente tomaba. En una avenida divisó un basural, abrió la ventanilla y arrojó la bola de papel arrugado. Ya nadie sabría nada y podría volver a su vida. Llegó a su casa, y lloró unos minutos hasta caer dormida. 

Al día siguiente, volvió al trabajo. Los compañeros de trabajo se mostraron preocupados solamente por su repentino malestar del día anterior, y todos recibieron una respuesta convencional. Solo yo, después del almuerzo, me animé a preguntar por el destino de la carta. Ella me contó entonces la historia bajo juramento de silencio, solo porque necesitaba desahogarse con alguien. ¿Qué habrías hecho tú? me preguntó al final. Yo lo solo me encogí de hombros, mirando al piso, antes de balbucear que no sabía. 

Ella se alejó para terminar con su jornada laboral, algo más aliviada. Yo me quedé solo en la mesa, pensando en que ella nunca sabrá lo que siento por ella, nunca leerá los poemas que compuse pensando en ella, y que nunca seremos otra cosa que unos conocidos que casualmente trabajan en el mismo lugar.
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