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sábado, 13 de agosto de 2022

El infierno de Dante


Hace mucho tiempo, me embarqué en la lectura de La Divina Comedia. Como a todos, me atrajo la atención su descripción del infierno. Pero ya en ese entonces, algo no me cuadraba. Años después descubrí el porqué. El infierno de Dante es demasiado organizado: Siempre hay un lugar para cada cosa y cada cosa está en su lugar. Todo funciona correctamente, incluso el sistema de justicia. Tal perfección parecería divina, si no fuera porque el lugar es justamente la antítesis del cielo. No parece sino que Dios lo hubiera creado y convertido a Lucifer en un mero administrador. Tal vez por eso se me hizo tan falso, tan irreal. A ese infierno le falta una dosis de imperfección. Tal vez castigos que cambian, condenas injustas, errores en algún lugar, algo que agregue a la tortura de las almas la tortura de la incertidumbre, el temor de que el castigo cambie para peor en cualquier momento.
Con todo, los castigos no han de ser tan terribles si las almas pueden darse un tiempo para conversar con Dante y contarle su historia y hasta darle consejos. Quizás Virgilio pidió las autorizaciones correspondientes para transitar en el periodo de descanso de los castigos eternos, tal vez en algún momento a Satanás se le ocurrió hacer visitas guiadas por el infierno y tras el rechazo de la idea sólo quedó la vereda de la ruta del azufre.
Al igual que todo el mundo que ha leído la obra en los últimos siglos, me quedé con la impresión de que el infierno es un bonito lugar para hacer turismo, pero no para quedarse a vivir. Al fin y al cabo, yo sólo quería llegar a la casa de una amiga.
- ¡Hola, Beatriz! Muy bonito tu barrio, pero para llegar aquí hay que pasar por unos sitios bien feos, no sabes todo lo que he pasado para venir, invítame algo bien helado para beber y te cuento…

viernes, 14 de septiembre de 2012

Castigos divinos


El suplicio de Tántalo
Tántalo se encontró de pronto en un lujoso restaurante y sentado en una mesa. Tántalo ve pasar a los mozos con bandejas llenas de las comidas más apetitosas y los vinos más exquisitos. Llama a uno de los mozos y le pide que lo atienda. – Esta no es mi mesa – Es la única respuesta que obtiene. Ve pasar a los mozos y cada plato que ve pasar incrementa más su apetito y su sed.
Esta vez llama a una anfitriona que va ordenando mesas a los que llegan. - El mozo que le corresponde debe estar por aquí, espere un momento, ya no tarda en llegar – Es la respuesta.
Tántalo no puede creer que esté pasando hambre en un restaurante lleno de comida. Decide irse, pero el maitre se le interpone en el camino. - Señor, no puede abandonar este establecimiento, aún no ha consumido, por favor espere en su asiento –
Parece extraño que no haya nadie que siquiera se acerque a su mesa para dejarle el agua o los panecillos de cortesía, nadie se acerca a tomar su orden ni a preguntarle si lo están atendiendo bien. Otros comensales vienen, son atendidos, tienen tiempo de conversar y alabar la comida del restaurante, pero nadie se fija en Tántalo.
Empieza a gritar a los mozos, a las anfitrionas, al maitre. Nadie le hace caso. Desesperado y hambriento, intenta coger algo de la comida delas mesas vecinas, pero el personal de seguridad interviene para impedirlo y lo regresa a su mesa, con la promesa que pronto vendrá un mozo para atenderlo. Solo después de mucho tiempo Tántalo se da cuenta de que en realidad está muerto, y este es el castigo que le han deparado los dioses por toda la eternidad, estar rodeado de comida y bebida, pero morir de hambre y sed sin poder probarla ni acercarse a ella.


El suplicio de Prometeo
Prometeo despertó en un lugar desconocido, lleno de sucios edificios y gente de mal talante. Desorientado, empieza a caminar buscando una calle conocida o al menos bien iluminada. Solo recuerda vagamente haber tomado hace mucho tiempo el fuego de casa de los dioses y haberlo entregado a los hombres. Luego, solo puede pensar que este es la pena que le reservan los dioses, pero no puede imaginar aún de qué se trata este castigo. Sin querer, Prometeo ha llegado a un callejón cerrado con una reja. Da vuelta para salir, pero cuatro hombres le cortan el paso amenazándolo con sus cuchillos. Hablan de la suerte que tienen al encontrar un individuo sano y de lo bien que les pagarán por su riñón. Golpean salvajemente a Prometeo, pero a pesar de que lo intenta, no logra quedar inconsciente. Inmovilizado por el dolor, puede ver cómo es llevado a un sucio cuarto, y es tendido sobre una camilla. Entonces llega un hombre con instrumentos quirúrgicos. La poca anestesia que le aplican lo deja inmóvil pero lúcido, por lo que puede ver con claridad cómo el bisturí corta su interior y cómo su riñón es extraído. El proceso sigue a pesar de las muestras de dolor que la anestesia no ha suprimido. Solo al final de la operación Prometeo es abandonado en el mismo callejón donde fue asaltado. Poco a poco el dolor va cediendo y Prometeo se da cuenta de que el órgano extraído se está regenerando en su interior, y la cicatriz está desapareciendo poco a poco. Aunque apenas puede caminar, Prometeo trata de salir de allí, a pesar de que ya sabe que no podrá encontrar la salida de este barrio, que pronto volverá a encontrar a aquellos asaltantes que los golpearán y lo llevarán a ese sucio cuarto donde le extraerán uno de sus órganos y lo volverán a dejar abandonado en la calle, porque es ese el castigo de los dioses, que deberá soportar por toda la eternidad.
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