domingo, 7 de abril de 2013

Plantar un árbol, escribir un libro…



La famosa frase de “Todo hombre debe plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro”, se basa en nuestro anhelo de dejar algo que sobreviva después de nuestro paso por este mezquino mundo que gira, gira y no  se acaba. Un árbol vive y sigue dando sombra mucho después de que las personas que lo plantaron están abonando la tierra personalmente. Un hijo prolonga el apellido del progenitor y un libro deja para la posteridad lo que pensaba el escritor, convirtiéndose en una ventana al interior de la mente o el corazón del autor.

Dicho esto, me embarco en la búsqueda de la inmortalidad mediante uno de estos tres métodos.
Lo del árbol lo intenté una vez hace años sin demasiado éxito. Fue cuando yo era niño todavía y no conocía todavía este dicho.  En todo caso, la escuela a donde yo iba apoyó en una campaña de reforestación de un parque cercano a mi casa. Allí planté un arbolito en medio de una hilera de semejantes, plantados cada uno por un alumno. El caso fue que, por esas cosas de la suerte, justo al árbol que me tocó plantar se le ocurrió tomar una foto un periodista que cubría el evento. La foto, conmigo en primer plano, ilustró un artículo en una página perdida en el interior del diario de mayor circulación del país, como una de esas notas destinadas a inspirar ternura en el lector. Un niño plantando un árbol ¡Qué bonito! Deben haber pensado, aunque yo no lo recuerdo.

Un árbol plantado, una fama instantánea entre los chicos de mi escuela y los de mi vecindario. Esto debería haberme asegurado la inmortalidad, pero no fue así. Ya se sabe que la fama impulsada por los periódicos es efímera, ya que estos siempre tienen que inventar nuevas noticias y nuevos héroes. El niño  plantando un árbol es pronto sustituido en el imaginario popular por el perro que salvó a un gato de morir ahogado, o algo por el estilo. El árbol por mí plantado no corrió con mejor suerte. A los pocos años, el alcalde de turno decidió remodelar nuevamente el parque y arrancó limpiamente todo un grupo de aquellos árboles, entre los cuales se encontraba el mío, para colocar una vereda. Mi primer intento  de trascender a mi propia existencia quedó así truncado.

La segunda parte del dicho, la de tener un hijo, fue más difícil. El problema aquí es que para esto se necesita la colaboración de una integrante del sexo opuesto, y hasta todas a quienes he expresado mi deseo de prolongar mi recuerdo y mi apellido se han negado a participar de tan sublime empresa. Por alguna razón, las mujeres parecen tener una lista de todas las cualidades que debe tener un hombre digno de sus afanes de reproducción, es decir que sea amable, atento, sincero, etc., y cuando vengo yo, con un aprobado en todos los ítems, me salen con “la otra lista”, que es lo que realmente buscan es decir, que sea guapo, adinerado, atlético, etc., lista de la cual yo no cumplo ni de cerca. El segundo intento ha sido un estrepitoso fracaso.
Me queda la tercera parte del dicho: escribir un libro. Esto debería dejar constancia ante las futuras generaciones de los pensamientos del autor. Bueno, la mayoría de los libros demuestra que el autor al menos pensaba. Es que me ha tocado también empezar a leer ciertos libros que hablan muy mal de quien lo escribió y que debieron ser anónimos aunque sea por compasión. Y digo que empecé a leerlos porque en tales casos abandono el libro sin terminarlo.

Una vez se me presentó una semilla de oportunidad cuando por razones equis de la empresa en donde trabajaba, trabé relación con un responsable de una pequeña empresa editorial que curiosamente apostaba por los escritores. Esto era abrir un mundo nuevo para mí, algo que desterraba mis ideas de hasta entonces, que creía a los editores más interesados en libros de autoayuda o chismes mal escritos con el nombre de algún famoso. Tal persona me mostró la página web de su editorial, bien presentada y con videos publicitarios de los libros que lanzaba, entrevistas a los autores, y noticias de las presentaciones de los libros. Yo, que metido en los vericuetos de mi profesión no sospechaba  la existencia de ese mundo, me entusiasmé al punto de enseñarle mi blog, el que causó además buena impresión en el novel editor, quien me animó a adaptar mis historias al formato escrito e intentar la publicación impresa. Por un tiempo me animó la idea y me puse a revisar mis escritos, descubriendo la tediosa tarea de la revisión y ampliación de textos que en su tiempo me parecían completos y que ahora veía pálidos y sin brillo. No me volví a contactar con la editora y el intento se desvaneció con el tiempo.

La última vez que hubo un resquicio de oportunidad fue cuando, por una cadena de razones me vi envuelto en una comisión institucional que tenía la intención de editar libros técnicos sobre ingeniería. En tal condición me fueron remitidos para la aprobación algunos borradores de libros para que yo diera el veredicto sobre si merecían ser publicados por aquella institución. Algunos me parecieron francamente penosos y fueron rechazados por mí con un informe demoledor. Curiosamente, los que merecieron mi mejor aprobación fueron los más literarios y menos técnicos. Aparecía otra vez mi vena escritora. En esa condición, y como me lo dijeron los otros miembros de la comisión, me sería mucho más fácil publicar mis cuentos en forma de libro. Rechacé la idea por las razones puristas de que tal publicación no tendría nada de técnico y nada de ingeniería.

Al final, me doy cuenta de que hasta ahora he fracasado en mi intento de dejar algo que haga saber a la posteridad de mi existencia. Lo único que me queda es pensar en que alguna vez dentro de muchos años, algún bibliófilo aficionado encuentre en alguna librería de viejo un tomo descabalado de una pequeña edición de un libro, se pregunte quién habrá sido el autor, y lo hojee durante un rato antes de exclamar: ¡Pero qué historias más tontas!

4 comentarios:

  1. Me gusta lo que has escrito, aunque no fuera tu intención. Creo que de Tonto no tienes ni un pelo.Saludos.

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    1. ¿Y cuál habrá sido mi intención? Al menos eso es lo que me pregunto cada vez que escribo y cada vez que releo mis escritos. tal vez tan solo sea para sacar de mi cabeza las ideas que se me ocurren. Otras veces pienso que escribo para que los que me leen piensen algo, lo que sea, en vez de leer tanta basura para descerebrados. Al final creo que es el lector quien decidirá a su gusto la razón por la que escribo, yo no la confirmaré ni la negaré. Así somos los tontos.

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    2. Será que los tontos no piensan en el qué dirán los demás. O mejor dicho, los tontos no piensan... ¡actúan! (o escriben) ;-)

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  2. Lo de tonto imagino que sera autoironico con la sutil intencion de dar pena con un toque de victimismo...

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