viernes, 16 de septiembre de 2011

Los últimos años de Matusalén

Es fama que cuando el venerable Matusalén vivió sus últimos años, su avanzada edad fue la causante de muchos problemas, no solamente para él, sino para toda la familia. Veamos el relato:

Al final de su vida, el viejo se transformó en una carga para la familia, pues había que contratarle una enfermera para que lo cuide. En su caso tuvo al principio dos enfermeras que se jubilaron atendiendo al anciano. La tercera se murió de vieja antes que él.
Conforme avanzaba en edad, se volvió solitario y malhumorado. Lo de solitario es comprensible, pues los amigos de la infancia, los amigos de la juventud y hasta los amigos de su madurez ya habían pasado a mejor vida hace rato. El malhumor vino a consecuencia de lo primero, con el problema adicional de que no se le podían contar chistes para animarlo, pues ya se los sabía. Es que siempre ha habido gente que trata de contar los mismos chistes viejos, y en eso no se podía engañar a Don Matusalén. Supongo que también contribuía mucho a su malhumor encontrar más gente conocida en el cementerio que en la calle.

Tampoco le emocionaban ya los cumpleaños, costumbre que veía aburrida y pasada de moda. La última vez que su familia intentó celebrarlo pasó gran trabajo tratando de encender las velas de la torta, pues las primeras se consumían cuando aún faltaba por encender buena parte de las que representaban los últimos años.
Por otro lado, los hijos y hasta los nietos se consumieron de vejez esperando que el viejo estire la pata para tomar su parte de la herencia. La fortuna de Matusalén era casi tan famosa como su edad. La costumbre del ahorro mantenida durante tanto tiempo hizo que los ahorros más insignificantes ganaran una fortuna en intereses. Algunos de sus descendientes, a falta de otras cualidades, enamoraban a las mujeres con la promesa de la fortuna de la herencia, y quedaban viejos y desengañados, pero pasando a los nietos la codicia del tesoro como una antorcha generacional.

Claro que Matusalén se enfermaba de vez en cuando. Algún resfrío o problema digestivo de vez en cuando alteraba la centenaria rutina de la casa para ser reemplazada por las correrías a la casa del médico y el aviso a los parientes para que estén preparados para el inevitable final. Después de una o dos semanas, el viejo emergía triunfante a pesar de los esfuerzos de los médicos, que competían por el honor de firmar el certificado de defunción. Ante esto, el veterano tomó la sana costumbre de rechazar a los médicos y sus medicinas, lo que sin duda contribuyó a su larga vida.

Así pues, se convirtió en costumbre que la familia se levantara cada mañana para constatar que el viejo seguía tan vivo como el día anterior, y volviera a sacar cuentas y recuentas de su edad, y terminara el día firmemente convencida de que el inquebrantable anciano los enterraría a todos.

Cada vez que llegaba la noticia de la muerte de alguien en su pueblo, todos preguntaban si no había sido de casualidad el viejo Matusalén, para luego cambiar la conversación hacia el tema de la increíble resistencia del viejo, de quien se decía que había sobrevivido a cuatro dinastías de reyes, cinco terremotos, once guerras, siete temporadas de sequías y diecisiete anuncios del fin del mundo, que en ese tiempo también estaban muy de moda.

Al final, cuando todo el mundo había asumido seriamente la idea de la inmortalidad del anciano, un día no apareció como siempre a la hora del desayuno despotricando contra la juventud moderna y añorando los siglos pasados. La noticia corrió como reguero de pólvora y pronto se armó una muchedumbre de vecinos en la puerta de la casa, deseosos todos de comprobar que el viejo inextinguible había al fin ido a descansar al otro lado del paraíso. La gente venía con esquelas de pésame preparadas hace tanto tiempo que el papel estaba ya amarillento. Las dos florerías del pueblo, preparadas desde hace mucho para tan magno evento, se apresuraron a alistar las largamente encargadas coronas florales. Sin embargo, a eso del mediodía, cuando ya había llegado el cajón comprado desde hace décadas y la descendencia preparaba ya el café y los bocaditos del velorio, el viejo emitió un sonoro eructo para demostrar que aún era capaz de burlar a la muerte y no tenía aún intenciones de convertirse en inquilino del camposanto.

Matusalén había sobrevivido un día más.

6 comentarios:

  1. Este relato esta muy completo e imaginativo. Ese monito que se alimenta de comentarios esta muy flaquito..jiii.

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  2. Gracioso y entrañable a partes iguales!!!Me ha encantado!!! Me arrancaste más de una sonrisa, y más de dos.... he recordado todas las veces que he pronunciado "tiene/s más años que Matusalén" y ya ves, lo has descrito tan bien, que hasta he sentido melancolía :)
    Un besazo enorme!!!

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  3. Una frase tonta.... Me la dijo una amiga en secundaria...

    "el amor no es de tontos... Tonto se vuelve el que se enamora."

    Que "tonterías"

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  4. Sobre los tontos... Algo de experiencia tengo, y aquí está este blog para demostrarlo. Te podría decir que he conocido personas que ya eran tontas desde antes de enamorarse, otros que se volvieron tontos más bien cuando se separaron, y otros a los que el amor hizo salir del closet de la tontería y no tuvieron más vergüenza de exhibir su tontera ante todo el mundo.
    Gracias por tu visita. Tal vez podamos volvernos tontos juntos alguna vez.

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  5. jajajaja que buen post que buen blog!! les dejo el mio recien creado : http://blogeandoenlaweb.blogspot.com

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