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sábado, 25 de abril de 2015

El sapo equivocado


La historia no es como la cuentan los libros infantiles. Al menos no lo es totalmente. Es verdad que había una princesa, y es verdad que había un príncipe convertido en sapo. Lo que no han recogido esas historias es que la magia residía no en el sapo, sino en la princesa. La princesa tenía el poder, otorgado sin pedirlo e ignorado por ella misma, de convertir en humano a aquel a quien diera un beso de amor. La leyenda de aquel príncipe castigado por su orgullo y condenado a tomar la forma de un sapo era solo el complemento de la historia.

Aquella tarde en el estanque, el príncipe lamentaba tener que vivir atrapando moscas con su lengua cuando llegó la bella princesa. El príncipe le habló, pues no había perdido la facultad del habla, y le contó sobre el cruel hechizo. Nada le dijo sobre el hecho que no se le había dicho nunca cómo revertir el embrujo, y que los demás animales le habían hablado sobre la leyenda de la princesa que tenía la facultad de convertir en humanos a los animales con un beso. Porque los animales también tienen leyendas y cuentos de hadas que no comparten con los humanos, que no comprenden que la magia no se limita a la gente, y que también afecta a los animales y a las plantas.

Quedaron en que la princesa regresaría a la tarde siguiente a besar al sapo, cumpliendo la promesa dada, que un miembro de la nobleza no puede romper. Pero algo pasó poco antes de la hora acordada, no se sabe bien qué pasó exactamente, algún contratiempo, tal vez una serpiente que apareció en el estanque y que hizo ocultarse a todos los batracios, quizá pasó que era un día nublado y no se veía el sol y el principesco sapo no podía saber a ciencia cierta si la hora de la cita ya había pasado. Lo que sí sabemos es que la princesa acudió puntual a la cita y vio a un sapo sentado sobre una de las piedras que afloraban a la superficie del agua. Incapaz de diferenciar a un sapo de otro lo tomó por aquel con el que había hablado el día anterior y lo cogió para besarlo. El sapo se encontró de repente rodeado de unas manos pálidas, largas y duras. Se vio cerca de un rostro liso y pecoso, horroroso para los gustos de los sapos, y protestó croando enérgica e inútilmente, pues los humanos no comprenden el idioma de los animales. De nada sirvieron los intentos de zafarse de ni sus quejas. La determinación de la joven, su deseo de acabar con la tarea lo antes posible y el desconocido poder de transformación hicieron el prodigio de transformar a un sapo en hombre.

El verdadero príncipe vio como la princesa se marchaba con un desconocido con dirección al castillo para no volver jamás. No se supo, pues la historia no lo cuenta, si el príncipe hizo algún esfuerzo para aclarar el error, para llegar al castillo, o si se conformó con su suerte el resto de su vida como sapo.
El sapo tomado por príncipe tampoco tuvo muchas oportunidades de aclarar el error, pues no conocía todavía el lenguaje de los hombres, circunstancia que los demás atribuyeron a ser un príncipe de un reino lejano y que hablaba otro idioma. Más tarde decidió callar, presa del temor de todos los animales de ser muerto por los humanos, que matan a todos los animales que no les son útiles.

Hoy la princesa se ha convertido en reina y el sapo se ha convertido en rey, casado hace ya muchos años con quien lo convirtiera en humano. Pero aún extraña su vida como sapo, sin más preocupaciones que cazar algunas moscas con las que alimentarse, sin tener que ocuparse en cuestiones de protocolo, en problemas de estado y sin tener que convivir con los humanos de piel dura y blanca, que no gustan del agua ni del placer de croar en las noches de luna. Ha vuelto varias veces al estanque de donde saliera una vez, pero ya nadie lo conoce allí, y el príncipe que debió ocupar su lugar no ha vuelto a aparecer, devorado tal vez por una serpiente o aplastado por algún niño travieso que escapó de la escuela. No puede hablar con los animales del campo y preguntarles si conocen un beso mágico, una caricia o un pellizco con la facultad de retornarlo a su condición original. A nadie puede contar que la magia estaba en realidad en la princesa y que él era simplemente un sapo equivocado en un estanque equivocado.

domingo, 15 de enero de 2012

La princesa que besaba sapos

Erase una vez, en un tiempo tan antiguo que los cuentos aún no eran cuentos, sino historias de esas que le han pasado al amigo de un amigo, en que había una princesa aficionada a tales chismes y habladurías sobre cenicientas, enanos y dragones.

Uno de aquellos relatos hablaba sobre un príncipe, que pasaba por el más apuesto de la región, pero que había sido convertido en sapo a causa de su desmedido orgullo, y a quien solamente salvaría el beso de una princesa. Ante tan atrayente historia, nuestra princesa mostró el interés propio de su edad, inquiriendo más datos ante las ancianas del lugar.
La investigación aportó algunos datos adicionales, comenzando por la absoluta veracidad de la historia, e información de que el reino en donde el desgraciado sapo habría alguna vez de reinar era rico y próspero, gracias a su ventajosa ubicación para el comercio y sus fértiles valles. La princesa, desanimada hasta ese momento por una decepción amorosa que la historia no ha recogido, tal vez por considerarla aburrida, decidió buscar a tan maravilloso ejemplar, segura de hallar un buen partido, y con la esperanza de que el castigo hiciera efecto para convertir su orgullo en humildad y el agradecimiento al deshacer el hechizo en amor.

La búsqueda se inició en el propio estanque junto al palacio donde habitaba. Allí, con ayuda de una pelota dorada (se sabe que a los príncipes convertidos en sapo les gustan las cosas brillantes) dio comienzo a la búsqueda. Fue entonces cuando encontró los primeros problemas. No sabía distinguir una rana de un sapo, ni podía diferenciar entre los ejemplares jóvenes y los viejos, o entre las hembras y los machos. Unas adecuadas lecciones de los guardabosques solucionaron este problema, para después caer en la cuenta de lo desagradable y poco estético que resulta besar a un animal verde, verrugoso y resbaladizo.

El primer sapo fue una verdadera tortura para la joven y no mal presentada princesa. El sapo no parecía querer ayudar a deshacer el hechizo y no se dejaba atrapar, y se resistía a ser besado por una princesa. A la princesa tampoco le parecía en ese momento tan buena idea besar a un sapo. Necesitó un tiempo y muchos revolcones en el fango para obtener las destrezas necesarias para atrapar a tan escurridizo animal. Y aún quedaba el problema de consumar el beso. Tuvo que cerrar los ojos con todas sus fuerzas para hacerlo, y aun así sintió tanto asco que huyó corriendo a su palacio para vomitar.

Cuando regresó al estanque, comprobó con desilusión que el esfuerzo había sido inútil, no había ni príncipe, ni nada. Solo un horrible sapo aún con una pequeña mancha de lápiz de labios. Pasó un tiempo antes de que la princesa se armara del valor suficiente para hacer un nuevo intento. Poco a poco fue dominando el difícil arte de atrapar sapos y besarlos. Empezó a recorrer el reino preguntando dónde estaban los estanques y la clase de sapos que contenían. A los pobladores les decía que se trataba simplemente de un interés científico y zoológico, en un inútil intento de acallar las habladurías que ya circulaban sobre ella.

Hasta su padre, el anciano rey le pidió explicaciones cuando en una visita a uno de los poblados encontró la imagen del escudo de armas de la princesa en la que el ingenio popular había cambiado la imagen del león rampante por la de un sapo. El rey envió un emisario a seguir a la princesa. No pasó mucho tiempo antes de la princesa fuera sorprendida en un pantano, con una canasta llena de sapos y en pleno acto de besar a uno de ellos.
Fue llevada al palacio ante la vergüenza general. No hizo falta la real reprimenda. Ya la princesa se había dado cuenta de la ridícula pretensión de querer convertir a un sapo en príncipe con solamente un beso, de que esas cosas eran solamente historias que la gente del pueblo cuenta para no aburrirse en las noches de primavera. Para demostrar ante toda la corte su arrepentimiento, la princesa cogió el último sapo que había quedado en la canasta y lo aplastó con su zapato hasta dejar solamente una mancha roja sobre el piso.

Para acallar las historias y convertirlas en un cuento de hadas, el rey casó a su hija con el más acaudalado comerciante de un reino vecino, un viejo gordo, fofo y verrugoso, y declaró que aquel era el príncipe hechizado. La gente del pueblo tomó esta historia como cierta, y la corte hizo el juramento de ocultar la verdad, de que el último sapo de la canasta, aplastado por la princesa, por la noche tomó su verdadera forma como el cadáver de un príncipe sobre el piso ensangrentado del palacio.
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