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miércoles, 14 de junio de 2023

Leyendas peruanas: El ajedrez de los incas



Una de esas historias que uno conoce desde niño, y que acepta como un cuento más, es la del inca ajedrecista. Como a la mayoría de los peruanos, esta historia me llegó a través de la narración que de ella hace Ricardo Palma, en una de sus “Tradiciones Peruanas”. La resumo aquí, para que el lector no se moleste en buscarla en internet. 

Cuando los conquistadores españoles, en un golpe de audacia inimaginable, capturaron al Inca Atahualpa, este les ofreció a cambio de su libertad “dos veces la habitación en que se encontraban, llena de plata, y una de oro, hasta la altura de su mano levantada”. Así, el Inca ordenó a sus súbditos de todo el imperio traer el tesoro, más grande que el que podían reunir entonces todos los reyes de Europa juntos. Pero mientras llegaba el oro y la plata, los españoles no tenían mucho que hacer. Fue entonces que algunos españoles destacados para acompañar al Inca en su prisión ingeniaron con una tabla un tablero de ajedrez y unas piezas de barro, y se entretenían jugando ante la mirada indiferente del Inca. Con el tiempo, algunos españoles ganaron más confianza con el inca, con quien se comunicaban a través del intérprete Felipillo. En una de tales partidas, entre Hernando de Soto y el Capitán Riquelme, de Soto estaba a punto de mover su caballo, cuando Atahualpa lo tomó del brazo y le dijo en voz baja: “No, ese no, el castillo”. De Soto, mirando nuevamente el tablero, retrocedió y movió su torre, con lo que aseguró su victoria un par de movimientos después. Sorprendido de que aprendiera un juego tan complejo sólo mirando, Hernando de Soto animó al inca a jugar unas partidas con él, obteniendo un oponente competente. 

Podemos decir que, gracias a ese consejo, el Inca ganó esa batalla, pero perdió al final la guerra, pues Francisco Pizarro, viendo que la llegada del tesoro estaba tardando demasiado, y crecía el temor de que llegara un ejército a liberar al Inca, discutió con su plana mayor el destino de Atahualpa, que decidió a favor de su ejecución por una ajustada mayoría, con Hernando de Soto votando a favor del Inca, y con Riquelme, el perdedor de aquella partida, votando por su muerte. 

Como dije, yo consideraba esta historia como mitad real, mitad invento, igual que tantas leyendas que tiene la historia peruana, hasta que me tocó visitar el nuevo Museo Nacional del Perú. El museo no está todavía completo, pero tiene abiertas un par de exposiciones, y una de ellas era precisamente sobre los juegos que jugaban los peruanos antes de la llegada de los españoles. Allí conocí el juego del zorro y las ovejas. Este es un juego que, para un observador moderno, tiene semejanzas con las damas chinas, pero precisa de un pensamiento estratégico como en el ajedrez. Se juega en un tablero con una parte triangular y otra rectangular, con líneas interiores cuyas intersecciones son las posiciones que pueden ocupar de un lado un zorro y del otro, trece ovejas. El objetivo del juego es que las ovejas pasen al lado opuesto del tablero sin ser devoradas por el zorro, moviendo las piezas de manera análoga a las damas chinas. 
El juego es atrapante, y no me resistí a tomarle una foto al tablero para reproducir el juego en alguna ocasión. Más importante, en ese momento comprendí la historia del inca ajedrecista. Atahualpa sin duda, jugaba también a este juego, y por eso se le hizo más fácil comprender las reglas del ajedrez español y poder discurrir la jugada que haría vencedor a su captor y después defensor Hernando de Soto. 

Tal vez el juego del zorro y las ovejas no haya sido exactamente como lo vimos en el museo, ya que tantas cosas se han perdido en los casi quinientos años desde la conquista española, pero me parece maravilloso un juego de mesa jugado por los antiguos peruanos, y me parece increíble que nadie haya pensado en comercializarlo, y que ni siquiera haya encontrado en ese internet que se ufana de saberlo todo, mayores detalles o historia de este juego. Quisiera que este fuera el inicio de la difusión de este juego, este ajedrez incaico, y que se dé a mis antepasados el reconocimiento por esto. Ha sido este el mayor conocimiento que he obtenido en los últimos tiempos en un museo.

martes, 1 de noviembre de 2022

Leyendas peruanas: Manco Capac



El gran lago Titicaca es el más grande de Sudamérica, y hoy está compartido entre Perú y Bolivia. El lago se ubica en un altiplano de la cordillera de los Andes, a una altura de 3,800 metros, en una zona que sería casi inhabitable de no ser por el lago, que regula la temperatura entre el día y la noche. La leyenda más importante sobre este lago es la del origen del reino de los Incas, que contaré hoy:

Hace mucho tiempo, en el Perú, los hombres vivían en la barbarie. La prosperidad que habían vivido alguna vez había sido ya olvidada y ya ni siquiera se conservaba como leyenda. En los alrededores del gran lago Titicaca, la gente vivía ausente del gran milagro que significaba el propio lago, que permitía la vida a una altura en donde no debería crecer sino musgo. Allí la gente vivía en cuevas, pasando frío en las noches, y se mantenía con los pocos frutos que podían encontrar en las alturas, o con los pescados que sacaban del lago y que devoraban crudos. Aquella gente que tan pobremente vivía, sin esperanza de redención, los que vivían a las orillas del gran lago Titicaca, fueron testigos de un espectáculo impresionante. Un gran rayo de sol atravesó las nubes y cayó sobre el gran mar interior que es el lago. En el lugar en donde el haz de luz tocó la superficie del apareció una pequeña isla, que quedó iluminada con un brillo tan resplandeciente que los ojos apenas podían soportarlo. En el punto más alto de la isla podían distinguirse dos figuras humanas.

Con miedo y curiosidad, los habitantes de la ribera se aglomeraron para ver aquel prodigio. Para mayor asombro de los espectadores, los dos personajes bajaron de la isla y empezaron a caminar sobre el agua para llegar a la orilla. Conforme se acercaban, se pudo distinguir que eran una pareja de hombre y mujer, con ropas de una riqueza nunca vista en esos lugares. Las prendas eran de lana de vicuña, y las joyas y adornos eran de oro y plata. Con solo verlos, los hombres se sintieron avergonzados de sus propios trajes hechos de cortezas vegetales o incluso quienes vivían en desnudez. El prodigio fue tal que muchos huyeron asustados, otros sin embargo tuvieron la entereza para acercarse a la orilla, conscientes de que los llegados eran merecedores de respeto.

Al llegar a la orilla del lago, el hombre habló con una voz que pudo ser escuchada por todos, no importa la distancia a la que estaban: "Mi padre me ha enviado, pues siente pena de la barbarie en que viven, y desea que ustedes dejen sus costumbres salvajes". Al oír esto, muchos gritaron, otros salieron huyendo, algunos simplemente quedaron paralizados al escuchar su voz. Pero también muchos se acercaron para escucharlos, aun sin saber si eran hombres o dioses quienes así hablaban. El hombre siguió hablando ante quienes se acercaron, con un acento dulce que suavizaba la dureza de su voz de mando. Al día siguiente era ya una muchedumbre la que se había acercado a ver a los recién llegados, y se había aglomerado alrededor de la pareja, aunque nadie se atrevía a acercarse a menos de tres pasos, por miedo a manchar las divinas ropas o a empañar el brillo de los adornos de oro. Uno de ellos se atrevió a preguntar cuál era su nombre y quién era ese padre que los había enviado. El hombre levantó el báculo de oro con el que había salido del lago Titicaca, y señaló al sol del mediodía. Mi nombre es Ayar, y mi padre es Inti, aquel que ven allí y que ilumina al mundo y lo calienta. Al escuchar esto, muchos se arrodillaron en señal de respeto y preguntaron qué podían hacer para lograr su favor. Por respuesta, Ayar les dijo que no necesitaban hacer nada, pues era él quien venía a salvarlos de su ignorancia, y que pronto partiría, porque para iniciar su reino necesitaba llegar al centro del mundo, y quería hacerlo con todos los que quisieran acompañarlo. La respuesta fue entusiasta entre quienes lo escucharon. ¡El centro del mundo! No debería haber mejor lugar para vivir y establecerse.

Ayar dio indicaciones a la gente durante varios días sobre cómo recolectar alimentos, y cómo secar pescados, llamas y alpacas para tener provisiones para el viaje. Mientras tanto, la noticia se esparció por los sitios vecinos y cada vez había más gente ansiosa de seguir a Ayar. La magnificencia del líder no podía menos que prometer un gran reino para aquellos que lo siguieran, y se hablaba de grandes ciudades llenas de oro con grandes almacenes de alimentos. Muchos, aun avergonzados, se mantenían a distancia de ellos y los seguían a lo lejos. 

Al fin llegó el día de la partida y Ayar empezó su camino seguido de una muchedumbre que lo reconocía como hijo del Sol, con rumbo al norte. Todos los seguían con alegría, incluso muchos de los que huyeron de su presencia en el primer momento. Conforme avanzaban, se unía más gente de los lugares por donde pasaban, convencidos por su aspecto noble y por la sabiduría que emanaba de él cada vez que hablaba. Durante el día caminaban, en un viaje que nadie sabía cuánto duraría y que era sostenido solo por la admiración al nuevo líder. Por las noches, al calor de las fogatas, Ayar hablaba a los hombres sobre cómo organizarse en familias y comunidades. Su pareja, Uqllu, se reunía con las mujeres y les enseñaba a cortar la lana de las llamas e hilarla, a hacer vasijas de barro y a cocinar los alimentos. Ayar contaba también a la gente sobre su padre Inti, el sol; sobre su madre Killa, la luna, y su heraldo Illapa, el rayo; sobre los hermanos Achkay, el lucero de la mañana y el lucero de la tarde, y sobre la gran serpiente luminosa del cielo nocturno que es la Vía Láctea. Hablaba también sobre cómo quería hacer un mundo a semejanza del que habitaban los dioses. 

El camino hacia el centro del mundo duró muchos días, y algunos empezaron a preguntar si faltaba mucho para llegar. En respuesta, Ayar subió a la parte alta de la montaña en la que estaban, y golpeó la roca con la base de su báculo de oro. El báculo generó un sonido al golpear la roca, y Ayar bajó con los demás. Explicó: Este báculo me fue dado por mi padre para buscar el centro del mundo. Cuando lleguemos, el báculo se hará uno con la montaña, esa será la señal de que hemos llegado a nuestro nuevo hogar.
 
Tres meses duró el peregrinaje. Cada vez que llegaban a un sitio nuevo, Ayar golpeaba la roca con la base del báculo dorado, ante la mirada esperanzada de la multitud, pero la varilla no se hundía para unirse a la montaña. A pesar del tiempo transcurrido, nadie desesperaba, y todos seguían dispuestos, alimentados por la esperanza de un grandioso futuro. Así, llegaron a un hermoso valle, y Ayar subió al Apu (cerro) Wanacauri, y golpeó la roca. Todos vieron el báculo hundirse en la roca y desaparecer. Un grito resonó en la multitud, y Ayar se inclinó con las manos hacia el sol en agradecimiento. Habían llegado al centro del mundo. 

Cuando bajaron al valle, Ayar empezó a dirigir a la gente para tomar posesión del sitio sobre el que construirían la ciudad. Cuando trazaron las líneas para formar la ciudad, todas las familias fueron reunidas, y ante ellas habló: Desde hoy cumplo con la voluntad de mi padre, les enseñaré a construir casas y templos, y mi nombre desde ahora será Manko Qapaq, que significa señor de vasallos, mi esposa será conocida como Mama Ocllo, y esta ciudad tomará el nombre de Qosqo, que significa ombligo o centro.
 
Durante el resto de su vida, Manko Qapaq se dedicó a enseñar a los hombres a construir en piedra, a organizar las comunidades. Recomendaba a los jefes de familia ser amables y justos con los suyos, así como él lo era con ellos, y como lo era el sol con todos, a quienes brindaba luz y calor por igual. Mama Ocllo enseñó a las mujeres a cocinar, a hilar y tejer, y a administrar la casa. Cuando después de muchos años, sintió acercarse la muerte, encargó a su hijo y sucesor Sinchi Roca seguir con su ejemplo, y además encargó construir el primer camino inca, siguiendo la ruta que él había seguido desde el lago Titicaca. 

Con el tiempo, los incas hicieron del Cusco la ciudad más grande de América, llena de palacios y templos de piedra que impresionaron a los españoles tanto como el orgullo que sentían sus habitantes por su ciudad, y por la moral que guardaban, que hacía que la mentira y el latrocinio fueran desconocidos, gracias a las enseñanzas de Manko Qapaq.

Así fue la vida del primer Inca, gobernante y fundador del imperio más grande de la América.
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