sábado, 1 de febrero de 2014

Suicidio


Todo empezó un día en que me sentía totalmente desanimado, sin ganas de vivir. Decidí entonces acabar con todo. Un frasco completo de pastillas seria suficiente. Una rápida revisión en mi botiquín reveló una nueva decepción: con solamente pastillas purgantes, píldoras naturistas y vitaminas milagrosas el resultado no es la muerte sino el ridículo o la muerte civil, que no es lo mismo. En la farmacia no tuve mayor problema para comprar el frasco más grande de calmantes que encontré. Al ser requerido por la receta por el empleado, bastó con decirle que tenia dos hijos y tres sobrinos en la casa. 

Una vez en mi casa me dispuse a partir de este mundo sin más contratiempos. Tomé una pastilla, luego otra y otra más. Al tomar la cuarta ya me sentía mucho mejor. Estos calmantes son realmente buenos, creo que voy a recomendarlos. Así que dejé por esa ocasión la idea del suicidio. Sin embargo, en los días siguientes me quedó la sensación de una tarea inacabada. La idea del suicidio fallido me empezó a atormentar, tenia que acabar lo que había empezado. 

Esto de elegir la mejor manera de matarse no es tarea fácil, dependiendo de cómo quiera uno que lo encuentren, o de cuánto dolor es capaz de aguantar en el intento. Entre los suicidas existe desde hace mucho tiempo la leyenda de aquel que encontró la manera perfecta de suicidarse, pero que lamentablemente, se llevó el secreto a la tumba.
Así que, después de pensarlo un poco, mi siguiente intento fue dirigirme a ese puente que tanta fama ha tenido en los últimos meses como lugar donde los suicidas hacen su ultimo clavado artístico. Llegué allí en las ultimas horas de la tarde, para darme con la sorpresa de que han puesto un guardia para evitar que la gente se lance al vacío. Parece que se ha declarado el suicidio como ilegal, cosa que me tendría sin cuidado si estuviera penado con la muerte, pero al parecer es una multa fuerte como para quitarle a uno las ganas de matarse. Esperé pacientemente a que el guardia se retire, mientras disfrutaba del paisaje del atardecer. Qué lugar tan bonito para suicidarse, pensaba mientras esperaba, con razón la gente se mata aquí. Cuando el guardia se fue, era ya de noche. Menos mal, ya me estaba dando frío. Al acercarme al puente, fui interceptado por dos matones que me quitaron todo lo que tenia, hasta las ganas de saltar. Inútil llamar al guardia para pedir ayuda, porque ya se había ido.

Desengañado por este intento,  busqué otra forma de irme del este mundo. Buscando un enfoque más tradicional, decidí tomar una siesta tumbado sobre las vías del tren. El caso es que me dormí, me desperté y no había ni rastros del tren, a pesar de haber considerado que los trenes aquí siempre se retrasan. Tuve que ir a la estación a poner mi queja por el mal servicio, solo para enterarme que los trabajadores están en huelga desde hace tres días. Ahora resulta que no me puedo suicidar por culpa del gobierno.
No habiendo posibilidades por ese lado, decidí intentar colgarme de una cuerda. No es el tipo de muerte que mas me gusta, eso de andarle sacando la lengua a la gente después de muerto no es mi estilo, pero es lo que hay. El intento fue otro fracaso, estos albañiles de ahora no saben ni hacer un techo sin que se caiga al menor peso, casi me rompo la espalda con la caída.

La siguiente vez tiene que resultar, si sigo fracasando en mi empeño voy a ser el hazmerreir en el club de suicidas en el que me he inscrito. Afortunadamente, en cada reunión veo a menos gente. Ya me quieren elegir presidente del club por ser el socio mas antiguo. Allí comparto algunas ideas con otros postulantes a muertos por propia mano, pero la mayoría de ideas son bastante desagradables. No estoy yo para tomarme un trago de insecticida o para hacerme la manicure en las muñecas con una hoja de afeitar. 
En una de las reuniones supe de uno que tuvo éxito yendo a la tribuna norte del estadio con una camiseta del otro equipo, pero el cuerpo quedó irreconocible. No, creo que iré a los acantilados de la playa a dar un salto a la eternidad. Si no me rompo la cabeza con las rocas, moriré ahogado, ya que no sé nadar.

Voy con la confianza de que esta vez no voy a fallar, pero al llegar encuentro una cola de gente con las mismas intenciones que yo. Es temporada alta de suicidios, me explica uno. El gobierno está haciendo un buen trabajo quitándole a la gente las ganas de vivir, acota otro. Cuando llega mi turno, por primera vez tengo dudas. Producto de la lucha interior entre saltar y no saltar, me quedo dudando unos momentos, hasta que me despierta el escándalo de los demás que están en la cola reclamando ¡Apúrese, señor, que estamos en la cola desde hace rato! ¡Oiga, tírese de una vez, que no tenemos todo el día! Producto de la presión popular, y antes de que algún impaciente me lance de un empujón que no he pedido, me preparo a saltar con muy pocas ganas. Doy un salto tan pequeño que no logro ganar altura y aterrizo en una saliente a pocos metros abajo de donde empecé. Justo en ese momento llega la policía, los bomberos y los reporteros de televisión. El rescate fue transmitido en la edición estelar del noticiero, editando el momento en que pasé de intento de suicidio a intento de asesinato de la reportera que me empezó a hacerme preguntas estúpidas del tipo ¿Se estaba usted suicidando? ¿Por qué se quiere suicidar? ¿Qué le diría a sus amigos?

Después de todo esto, lo único que me queda es buscar a un psicólogo en el hospital del seguro, donde un doctor mal pagado me escucha con cara de aburrido mientras empiezo con mi historia: Doctor, estas ganas de suicidarme me están matando...

2 comentarios:

  1. No todos estamos listos para partir tan pronto...

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  2. Primera vez que caigo por aqui... Buen post. Saludos desde Trujillo.

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