viernes, 7 de abril de 2017

La conspiración del café


Hace un tiempo viví una experiencia aterradora, de esas que cambian vidas y crean revoluciones. Fui invitado a una exposición de productores de café, y cometí, no sé si el error o el acierto, de asistir. En ese tiempo yo no tenía gran experiencia como consumidor, limitado exclusivamente a una taza de café con leche de vez en cuando, así que fui con gran entusiasmo y total inocencia. La exposición se veía animada (no podía ser de otra manera, ahora lo sé) y quienes atendían eran bastante amables, con una actitud de Doña Florinda repitiendo a todo aquel que pasaba “¿No gusta pasar a tomar una tacita de café?”. Yo, entusiasmado, acepté una atractiva taza de moka de uno de los más reconocidos productores del país, con todo y su dibujito en la espuma. El efecto fue inmediato y contundente, como entrar a un nuevo y fascinante mundo del que yo nada conocía hasta ese momento. Y era sólo el primer stand de la exposición. 
Con la intrepidez que da la ignorancia, fui probando café tras café de muestra de la mayoría de los stands: café expresso, capuchino, latté, orgánico, arábigo, de altura, mezclas, productos de los más conocidos valles cafetaleros, incluso ese café que es digerido y excretado por un bicho antes de ser molido, el cual era el más caro y celebrado de toda la exposición. El dato que me dio uno de mis acompañantes, de que en Italia una de las tacitas de muestra que me daban a degustar no valía menos de 3 euros me daba ánimos adicionales. Sacando la cuenta, debo haber probado unas dieciséis tazas antes de decirme a mí mismo que ya basta, estás exagerando con esto de la degustación. Recuerdo que regresé a mi casa en un estado de euforia que me tuvo dos días sin dormir, y lleno de ideas que jamás hubiera tenido estando sobrio.

Desde entonces he estado pensando en la influencia del café en la civilización occidental, para llegar a aterradoras conclusiones, descubriendo la verdad sobre la conspiración mundial del café, conspiración que por su efectividad deja en ridículo a todas las otras teorías de los iluminatis, los reptilianos, y demás. Y esta es la verdad que paso a describir a continuación:

Hoy en día es difícil imaginar una oficina que no tenga una cafetera en algún lugar. Esto empezó en los años 40, con el objeto de mantener a los empleados despiertos durante las largas jornadas de trabajo que nos impone el sistema capitalista. Anteriormente, el café se tomaba solo como una bebida caliente para soportar el frío, al igual que el chocolate. Las propiedades estimulantes del café le han asegurado hasta el día de hoy carta blanca para permitir su uso, a diferencia de otras drogas. Porque el café es una droga, como he podido comprobar personalmente el día que en mi oficina se malogró la cafetera. Ese día hubo escándalos, carreras urgentes y un síndrome de abstinencia general que duró hasta que un técnico llamado de urgencia pudo reparar la cafetera, recibiendo una ovación de pie de todo el personal por tal hazaña. Nunca he visto reacción tal cuando se malograba la impresora o cuando se cortó la electricidad en la empresa.

Por esta razón los gobiernos ocultan la información sobre los peligros del consumo del café y sus efectos a largo plazo sobre la salud, tal como se hizo por mucho tiempo con el tabaco. Pero el café es mucho más peligroso, ya que lo han convertido en una droga social sin límite de edad, todo para que los empleados puedan producir y seguir siendo explotados por las inmisericordes compañías. La conspiración está tan bien organizada que son los propios trabajadores los que defienden el statu quo que permite el libre consumo de café.

Imaginemos ahora qué pasaría si el café fuera prohibido como la coca (La comparación no es gratuita, desde hace siglos la gente de mi país masca las hojas para conseguir exactamente el mismo efecto). La producción caería en picada en todas las actividades productivas y en las de servicios, las empresas quedarían inmovilizadas todos los días durante las primeras horas de la mañana y las últimas de la tarde, lo que obligaría a la desaparición de las horas extra en el trabajo. ¿Se imaginan la revolución que causaría esto? Por eso las grandes potencias tratan de tener de su lado a los centros mundiales de producción de café, tratando de evitar que estos países se den cuenta del poder que tienen, de que la mayor parte del progreso mundial del último siglo se debe a uso del café.

Esta es la verdad que se trata de ocultar. Lamentablemente hay poco por hacer, ya que tenemos a todo un planeta adicto, y aquellos que han logrado sacudirse de este yugo invisible son ridiculizados y segregados por la sociedad. Esta es la verdad, el resto son fantasías conspirativas.

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