- Eso de Papa Noel es solo una leyenda urbana, le dije al viejo del trineo que aterrizó en mi techo.
- Historia que no ocurrió nunca: Le pregunté a un mendigo cómo le iba el negocio. Fantástico, me dijo, tengo más de 3 mil likes en Facebook.
- Hubo una vez una mañana tan larga que se hizo tarde.
- Latinoamérica tiene mucho que enseñar a Estados Unidos sobre cómo lidiar con presidentes que no nos agradan.
- La Muerte llegó y lo miró. - Por fin vienes por mí. - Pero vine a decirte que no te llevaré conmigo aún, así que empieza a vivir de una vez.
- Hoy en nuestra clase de geografía: ¿Cómo se reproducen en Las Islas Vírgenes?
- Encontré al monstruo debajo de mi cama. Él tampoco tenía nada que hacer un fin de semana en la noche.
- Esa película, que fue un fracaso de taquilla y de crítica, la anuncian hoy en TV como el gran estreno, y tú la ves. Igual en el amor.
- La pregunta tonta de hoy: ¿Prefieres ser feliz o tener éxito escribiendo sobre tu infelicidad?
- Algún día se descubrirá que en un universo paralelo las cosas tampoco son como queremos que sean.
- La tristeza de encontrar un 15 de febrero en la calle un muñeco de peluche roto.
- A veces uno escucha una canción, se da cuenta de que ya no siente nada y se pregunta qué fue lo que pasó.
- Yo he visto una lavadora en modo centrifuga, no me hablen de artefactos poseídos por el demonio.
- Prefiero leer un libro en el transporte público que estar chateando con el celular. Es menos probable que me roben el libro.
- Oiga, Don Nietzche, sepa que yo que por hacerme más fuerte casi me mato.
- Si prestas atención en un restaurante, podrás escuchar el ruido de todas las dietas al romperse.
- En mi defensa, diré que también dice mucho de ti, a quién consideras tonto.
- Corazón roto que deja los bordes afilados para el próximo que llegue.
- Leído en una lápida: “No creas todo lo que dicen en los epitafios”.
- El amor es ciego. – No es cierto, el amor es sordo - me corrigió el invidente.
- Todo es según el color del cristal con que se mire. - No es cierto, depende del tono en que se escuche - Me corrigió el ciego.
- Cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana, decía. Ahora está preso por entrar a robar en una casa.
- Si todos los caminos llevan a Roma, tengo miedo de llegar allá y luego no poder salir.
¿Quieren saber lo que piensan los tontos? Aquí hay información de primera mano.
domingo, 30 de julio de 2017
Frases twitteables 44
viernes, 21 de julio de 2017
Comida moderna
Normalmente no soy muy dado a los restaurantes temáticos,
los cuales son muy raros por aquí, dicho sea de paso. Recuerdo una sola vez que
me llevaron a un restaurante marino musical, para salir decepcionado al
comprobar que ni el Frito Páez, ni el cebiche de Calamaro, ni el Joaquín
Sardina valían la pena. Pero ahora voy al que se llama a sí mismo el
restaurante del futuro, que ofrece una experiencia de ciencia ficción, con
atención de la era digital, un sabor adelantado a su época y varias cosas más, así
que al menos por curiosidad decido darle la oportunidad. He aquí la crónica
sincera de lo que pasó.
Según el que me invitó, no hace falta apurarse, porque la
reserva se hace con un app que te permite avisar de tu llegada y escoger tu
mesa. Además, el app te conecta con Uber
para que nos recojan a tiempo. Hasta aquí todo iba bien. Claro, hasta
que la teoría empezó a darse de cabezazos contra la realidad. Cuando el Uber
llegó retrasado alegando que el tráfico había empeorado desde el momento en que
se contactó al servicio, supe que sería uno de esos días en los que todo sale
mal y me echan la culpa a mí por ser tan salado y por tener al universo
conspirando en mi contra.
A nuestra llegada, mis temores fueron confirmados. Mi amigo
el que me llevó casi se va a las manos con el mozo que atiende la entrada,
quien le dice que tenemos que esperar a que se desocupe una mesa. Según nos
trataban de explicar, la mesa que teníamos reservada ya estaba tomada por
alguien con el app premium, que tiene atención preferencial. Cuando por fin
logramos ingresar, vemos un enorme lugar decorado con todos los clichés
futuristas, sin faltar ninguno. Allí estaban las luces de neón, los adornos
plateados, las estrellas y naves espaciales, todo. Nos sentamos en unas sillas
de estilo mezcla de Bauhaus y Star Trek, que yo, como alguien que se ha sentado
en todo tipo de asientos, reconozco como apropiados para sentarse sólo por
cortos espacios de tiempo, sólo para la comida sin nada de charla. Yo esperaba
que se acercara alguien para tomarnos el pedido, pero mi amigo me explica que
el menú y el pedido aparecen en una pantalla táctil en el centro de la mesa,
como parte de la misma, lo que es una forma más rápida y segura de pedir, según
el app que tengo aún abierto. En el menú aparecen todas las opciones de comida
con un nivel de detalle exasperante. Tenemos que expresar que nadie de los
presentes es vegetariano en ninguna de las seis o siete variaciones del
término, que nadie quiere comida libre de gluten, ni de lactosa, de sal ni de
preservantes artificiales.
Una vez establecidas las reglas procedemos al pedido.
Aquí ocurre lo que siempre me ocurre con las pantallas táctiles: no me obedece,
marca cosas que no he pedido y se resiste a confirmar mi orden. Mi amigo tiene
mejor suerte que yo y logra hacer el pedido. Las opciones que siempre pide la
pareja de mi amigo son exactamente las únicas que no aparecen en el menú de
opciones de la pantalla: el pollo debe ser parte pierna, la carne en término
75%, el ají debe venir aparte y la lechuga a un costado, que el refresco debe
ser natural y no de sobre. Mientras esperamos, explico a mis acompañantes que
los que programan las apps y el sistema de pedidos no conocen la idiosincrasia
de nuestro país, que siempre es detallista a la hora de comer y que busca las
fallas del sistema para poder decir orgullosamente que los chiches de la
modernidad no se aplican aquí.
El hecho de que me dejaran terminar la explicación es un
síntoma de que algo anda mal, y que nuestra orden se está demorando más de lo
normal. La búsqueda de un mozo que nos atienda es otra prueba de paciencia, de
la que ya no tenemos mucha. Una de las parejas pregunta por qué no hicimos el
pedido desde el app antes de venir, para recibir la respuesta de que en este
país nadie sabe lo que quiere comer hasta que llega al restaurante. En eso
llega un mozo que nos informa que se ha caído el sistema y que nos va a tomar
la orden personalmente. En ese momento empiezo a extrañar los métodos
tradicionales al ver que el mozo está mandando la orden por Whatsapp.
Al estar esperando nuestra comida por segunda vez, me asalta
la duda. Si este es un restaurante futurista, ¿No nos irán a traer una comida
en pequeñas pastillas, como se ve en las películas de ciencia ficción? Mi amigo
entra a la sección de preguntas de la app para hacer la consulta y recibe la
respuesta en un par de minutos, diciendo que los alimentos son cocinados con
microondas de convección, lo que garantiza una cocción óptima conservando el
valor alimenticio. No sé por qué, pero esa conversación no me convence.
Cuando estamos a punto de buscar nuevamente al mozo para
reclamar por la demora, vemos llegar nuestra comida. Todos entonces
comprendemos porqué hay tan pocos mozos. Nuestra orden está viniendo en un dron.
Afortunadamente una vida de accidentes me ha dejado rápidos reflejos y ese
sexto sentido que me avisa del desastre inminente. Alerto a todos y busco protección
debajo de la mesa justo cuando el dron se estrella contra nuestra mesa en una
explosión de sopa, ensalada y platos de fondo.
Aquí fue cuando se armó el escándalo buscando al mozo, al gerente,
al dueño y a los accionistas del negocio. Lo único que obtuvimos fue que el
mozo nos contacte vía video chat con el encargado, quien nos pidió disculpas por
el incidente y nos prometió un descuento y un postre gratis en nuestra próxima
visita. Mientras mi amigo gritaba para que todos escuchen que nunca iba a
volver y que no iba a pagar, nos dimos cuenta que el importe de la comida ya
había sido descontado de su tarjeta de crédito a través del app, autorizado por
ese asterisco que lleva a las letras pequeñas al instalar el app. Por mi parte,
descubrí que también me habían bloqueado el acceso a los comentarios del app,
donde pensaba poner toda la historia que estoy narrando aquí.
La velada terminó con todos nosotros sentados en la
carretilla de la Tía Veneno, disfrutando de un cebiche como Dios manda, sin nada
que nos recuerde que estamos en el siglo XXI. Como debe ser.
miércoles, 12 de julio de 2017
Fábula sobre la igualdad
A raíz de los últimos
acontecimientos, diversas asociaciones están promoviendo una marcha en favor de
la igualdad, a la que se espera que acudan miles de personas. Yo, como me
considero una persona igual a los demás, he decidido unirme, al tiempo que
trato de encontrar a tanta gente que en los días normales se desgañita diciendo
que es diferente al resto.
Cuando llego, me uno a
un grupo que parece animado, con pancartas y polos alusivos. “Hola, amigos,
vengo a unirme a su grupo, ahora que todos somos iguales” digo con mi mejor
sonrisa. Recibo una recepción glacial. Sólo uno del grupo se digna a
contestarme. “Lo siento, señor, todos aquí somos amigos, ¿Por qué no va a otro
grupo?”. “Pero si todos somos iguales, para eso es la marcha”. “Búscate tu
propia igualdad” escucho decir mientras todo el grupo se va por su lado.
No me dejo amilanar
por las circunstancias y veo a varios que todavía no tienen grupo. Una pareja
que se está tomando selfies con el fondo de las pancartas es mi próximo
objetivo. “Hola, ¿Nos tomamos fotos por la igualdad?”. La pareja parece un poco
más abierta y yo les ayudo con algunas fotos. De pronto se me ocurre llamar a
más participantes de la marcha para que las tomas salgan más interesantes.
Llamo a gente para que se nos una y viene una variedad de gente. Allí aparecen
otros problemas. La chica del selfie no quiere abrazarse con un cholito de
camiseta raída y tez morena. Acérquense, para que salgan todos en la foto.
Obligada, la chica del selfie le da un abrazo que trata de mantener la máxima
distancia posible entre ambos. Una vez hecha la fotografía, se acerca a mí y me
dice: “Hazme un favor, esta foto no la publiques”.
Ahora llega un grupito
con cámaras y equipos profesionales, tratando de reunir a la gente. El jefe, al
que reconozco porque en vez de hablar, grita, se me acerca diciendo “Usted,
amigo, ¿Qué opina del hashtag #TodosPorLaIgualdad?” “Yo no vine por ningún
hashtag, yo he venido por la igualdad”. El jefe no tiene tiempo de contestarme,
pues está tratando de juntar un grupo grande de gente que grite su lema. El
ajetreo se incrementa cuando llega otro equipo con pancartas de #SomosIguales y
yo quedo en medio de los dos grupos, donde la gente que trata de jalarme cada
cual para su respectivo lado se trenza en una batalla campal. De nada sirve que
yo grite por enésima vez que si es una marcha por la igualdad da lo mismo el
grupo con el que esté.
Al final, me veo en el
grupo uno de los hashtag y las justo cuando las cámaras empiezan a filmar,
irrumpe un grupo de homosexuales escandalosos con pelucas rubias y maquillajes
exagerados que atropellan a todos para colocarse en la primera fila. Encuentro
al de la camiseta raída que ha encontrado a un par de amigos tan pobres como
él, y decido que me van a ayudar a avanzar. Somos rechazados violentamente por
el comando gay, que empieza a gritar que somos unos homófobos que los quieren
sacar de la marcha. A los que quieren sacarnos del tumulto les digo que la
igualdad también es entre ricos y pobres. El vocero de los homosexuales me
grita que esa es otra igualdad, que me vaya a hacer mi propia marcha, que esta
es por la igualdad de géneros.
Apartado del grupo en
el que estaba, comento a uno que está casualmente a mi lado que la igualdad no
hace distingos de ricos y pobres, ni de géneros ni de posiciones políticas ni
de razas. Una carcajada es la respuesta de mi interlocutor. “Si, seguro que a
ti te gustan los negros”. Sólo entonces me doy cuenta de que estoy en un grupo
con pancartas a favor de legalizar la mariguana.
Perdido y a la vez
mezclado en la multitud, me junto con dos chicas a las que cuento lo que había pasado
hasta el momento. Nuevamente mi relato provoca las risas de quienes me
escuchan. “¿No sabes que estas cosas son así? No todas las igualdades son
iguales. Hay igualdades e igualdades” me dice una de las chicas antes de
perderse entre la muchedumbre.
lunes, 3 de julio de 2017
Tres tonterías
¿Qué hacer cuanto tienes pedazos de cuentos, opiniones varias y otras cosas inclasificables que son muy largos para el twitter y muy cortas para un post en el blog? Esperar a que se junten unos cuantos y publicarlos como miscelánea o tormenta de ideas. Aquí hay tres de los retazos que tengo acumulados.
....
Un día vi a una persona sobre la baranda del puente, queriendo saltar. Me acerqué e intenté disuadirlo, pero mientras más razonaba de lo bella que es la vida, más determinado parecía a lanzarse. Al final, cansado de tratar de convencerlo, lo empujé al vacío. Es que no quiero que nadie se entere de mis fracasos.
....
Viendo un noticiero de la televisión, me doy cuenta de que lo que se publica en los medios de comunicación es solo una pequeña fracción de la verdad. No quiero poner porcentajes, pero las fracciones van algo así:
- La parte de la verdad que solo conocen los directamente implicados.
- La parte de la verdad que no da rating.
- La parte de la verdad que se sabe pero que no se publica por miedo a demandas legales.
- La parte de la verdad que se oculta para proteger a algún poderoso.
- La parte de la verdad que todos saben pero que nadie se atreve a decir en voz alta.
- La parte de la verdad que no puede probarse.
- La parte de la verdad que no conviene decir al propio medio.
- La parte de la verdad que no es políticamente rentable.
- La parte de la verdad que los medios creen que es falsa.
Y solo al final, queda la parte de la verdad que se publica.
....
Al despertar esa mañana, sobre la banca del parque, acompañado por el olor solitario y solidario de los árboles, Roy Web sintió el espasmo de algún animal a su alrededor. Al instante no supo de qué se trataba. Estaba solo, como desde hace mucho tiempo lo decidió. ¿Qué era? Se levantó y enjuagó su rostro con la neblina que había atrapado sus mejillas y su gran nariz. Otro ruido. ¿Dónde? Roy sabía que a esa hora era peligroso confiar en los sentidos. Por eso dijo con voz baja "dejen de joder". Se alistaba para abandonar el parque cuando lo notó: huellas de aves sobre la tierra todavía húmeda, flores rojas tendidas sobre el asfalto, que él alguna vez llamó buganvilias. Entonces lo supo. Descubrió lo que era. Había caído, en un momento de debilidad, en la nostalgia. ....
(Encontrado en internet, en un sitio al azar que mi navegador no quiso identificar con precisión)
Etiquetas:
microcuento,
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tonterías
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