sábado, 25 de marzo de 2023

Leyendas peruanas: El señor de Sipán



En el norte del Perú florecieron siglos atrás varias civilizaciones que nos han dejado impresionantes restos de construcciones y muestras de arte que han sido desenterradas durante mucho tiempo. Antes de la llegada de los arqueólogos a comienzos del siglo XX, el desentierro de tesoros funerarios era una industria en esa parte del país, que vendía esos tesoros a extranjeros, o fundía el metal para venderlo al peso. Esta actividad, llamada “huaqueo” continúa hasta hoy de manera ilegal, y es parte importante de esta historia del mayor tesoro encontrado en mi país, y que contaré tal como me la contaron a mí, con algunos detalles que difieren de la versión oficial. 

Mi historia comienza en el año 1987. En la zona llamada “Sipán” corrían, como en todo el norte del Perú, leyendas de tesoros escondidos aún por descubrir, pero también había gente que creía que todo ya había sido saqueado en los 5 siglos anteriores, y que se conformaba con trabajar la tierra sin más molestias que ocasionales “huaqueros”, buscadores de tesoros. Uno de aquellos agricultores tenía una pequeña “chacra” o campo de cultivo en donde también criaba gallinas y conejos, como es común en aquellos sitios. Un día, este agricultor descubrió que sus conejos habían desaparecido. Como es natural, lo primero que pensó fue en un robo, pero no parecía haber señales de alguien que hubiera entrado en la noche. Encontró un agujero excavado por los conejos para huir y se convenció que no había razón para culpar a los niños del lugar, los primeros sospechosos cuando desaparecen conejos de una casa. Se dedicó entonces a registrar el campo en busca de sus conejos. Un par de días después, el agricultor encontró a los conejos cerca de un montículo de tierra que era una antigua huaca que se creía ya saqueada hace mucho, llamada “Huaca Rajada”. Recuperar conejos que han huido no es tan fácil, pues ellos cavan sus madrigueras en la tierra, y hay que cavar para sacarlos. Grande fue la sorpresa del agricultor cuando, al cavar con una pala, encontró una pieza de oro. No había tiempo que perder, tenía que sacar todo lo que pudiera antes que otros se dieran cuenta y le quitaran el tesoro que acababa de encontrar. 

La tarea fue fructífera, el agricultor encontró algunas piezas de oro y plata. Ahora se enfrentaba al siguiente problema, que era cómo vender el metal encontrado. Alguien le contactó a un traficante conocido que podría comprarlo. El asunto era delicado, no podía revelar el lugar del hallazgo y debía cuidarse de no ser seguido para descubrir de dónde provenían las piezas, de lo contrario su vida correría peligro. Se acordó una reunión en un restaurante de la zona. Tal vez fue la inexperiencia del agricultor al tratar con este tipo de gente, tal vez el precio ofrecido fue muy poco, el hecho es que la negociación terminó en una discusión abierta que hizo al dueño llamar a la policía. En la comisaría, el traficante soltó todo lo que sabía y esa misma noche se esparció la noticia, ocurriendo lo que el agricultor temía: una multitud de huaqueros invadió su propiedad en busca del tesoro enterrado. Por su parte, la policía dio aviso al arqueólogo Walter Alva, director del museo Bruning, el más importante de la vecina ciudad de Lambayeque, para identificar las piezas.

El director Walter Alva se dio cuenta de la importancia del hallazgo y pidió un contingente policial para proteger la zona. El comisario se mostró reticente a enviar un escuadrón a un lugar, hasta que Walter Alva le explicó los antiguos peruanos enterraban a sus dignatarios en varios niveles, siendo el entierro principal el más profundo. Esto significaba que el tesoro principal no había sido hallado, y que, si se encontraba, podía ser el más grande del que se tuviera noticia. El contingente enviado tuvo que hacer uso de la fuerza para dispersar a la multitud que para entonces ya había encontrado en lugar del hallazgo. La policía se retiró una vez despejado el lugar, a pesar de las protestas de Alva, para encontrar al día siguiente que el terreno había sido excavado nuevamente durante la noche. Se tuvo que dejar unos policías de forma permanente, y aun así, Walter Alva tuvo que pedir apoyo al ejército, improvisar allí un campamento, y quedarse a dormir con una escopeta al costado, temiendo un ataque de los huaqueros y traficantes ilegales. 

Es aquí donde la historia oficial se hace cargo. Las excavaciones encontraron abundantes piezas de oro y plata, y todas las momias del entierro. El personaje enterrado, llamado desde entonces “Señor de Sipán” había sido un gobernante del siglo III, sepultado con una magnificencia que hizo inevitables las comparaciones con el descubrimiento de la tumba de Tutankamón. El descubrimiento es hasta ahora el más importante hallado en toda América, y el Señor de Sipán hoy tiene su propio museo en la ciudad de Lambayeque, donde se encuentran todos los tesoros encontrados y las piezas que pudieron recuperarse del agricultor y los traficantes que llegaron primero. Hoy el mundo reconoce a Walter Alva como el descubridor de este tesoro, olvidando al agricultor, y más aún, a sus humildes conejos, que realmente encontraron este tesoro escondido. 

Aquí podría terminar este relato, pero agregaré mi experiencia personal con el Señor de Sipán. Desde que su descubrimiento saltó a las primeras planas, se fueron organizando exposiciones del tesoro encontrado, habiendo salido a diferentes países y despertando la admiración en todos ellos. La primera vez que lo vi fue en la exposición en el Museo de la Nación, en Lima, en donde se exhibía mientras se construía su Museo permanente en Lambayeque. La segunda vez fue cuando me tocó hacer un trabajo en una ciudad cercana, y no desaproveché la oportunidad de tomarme una tarde para visitar el Museo del Señor de Sipán. En estas dos ocasiones, me decomisaron cámaras y celular en la entrada. La tercera vez fue la que se convirtió en una experiencia que muy pocos han tenido.

Yo trabajaba entonces en la organización de los Juegos Panamericanos, y fui asignado al edificio en donde sería la sede de prensa. Aquí se aprovechó para dar a conocer a los periodistas extranjeros los atractivos turísticos del país. Dentro de las varias exposiciones que se hicieron, la principal fue la del Señor de Sipán. Yo ignoraba todo esto hasta que llegué al edificio y vi que estaban despejando un lugar en uno de los ambientes principales. Yo pensé que sería otra exhibición de fotos o de comida, como las que ya estaban instaladas en ese momento, pero al día siguiente me encontré con que estaban desempacando las piezas de oro y plata de la exposición. 
Armado de mi pase especial que me daba acceso libre, me acerqué a contemplar las piezas, sin vidrios que se interpusieran, literalmente al alcance de mi mano. Aproveché para tomar fotos con mi celular de algunas piezas, a escasos centímetros de ellas, lamentando no tener una mejor cámara, hasta que el celular me traicionó e iluminó el recinto con un flash impertinente. Allí me descubrió uno de los guardias y me ordenó alejarme de allí. No hubo otra oportunidad. En la tarde las piezas ya estaban protegidas dentro de sus vitrinas y separadas del público por cintas que impedían acercarse. 

Desde entonces puedo enorgullecerme de haber estado a escasos centímetros del tesoro más grande encontrado en el Perú, y de que hubiera podido tocarlo si hubiera querido.

miércoles, 15 de marzo de 2023

La mala comida



Ya he mencionado antes que la comida peruana se ha convertido en una atracción para el turista que visita nuestro país, y los peruanos son incansables promotores de su comida. Yo he escuchado decir que hasta la comida italiana sabe mejor aquí, entre otras hipérboles que pueden hacer creer al extranjero que incluso el huevo frito sabe mejor aquí, y que cualquier cosa que le ofrezcan a uno en la calle será un manjar. Muchas veces esto no está lejos de la verdad, pero esto puede llevar a pensar que en el Perú no existe mala comida. He visto gente romantizar la comida callejera vendida en una carretilla, tal vez porque lo han hecho solo ocasionalmente, y porque no han comido lo que yo he comido. Contaré entonces algo para hacer recordar a mis paisanos que si no existiera la mala comida, no sabríamos apreciar lo bueno.

Quien haya vivido o trabajado en zonas pobres (y algunas no tan pobres) sabe que hay sitios donde la comida no es nada buena, pero aun así tiene que consumirla, porque no hay otra. En todos los lugares del Perú hay al menos un sitio de estos, que son conocidos con el nombre genérico de “Tía Veneno”. En este lugar, regentado siempre por una señora ayudada por su hija, no se debe preguntar sobre la procedencia de los ingredientes, y uno debe comer a su propio riesgo, pues las consecuencias son imprevisibles para un estómago que no esté endurecido por la pobreza. 
Cuando yo estudiaba en la universidad había uno de estos locales en donde los estudiantes almorzaban y conversaban de las cosas que conversan los universitarios pobres. Las veces que pasé por allí me preguntaba cómo mis compañeros podían comer eso sin quejarse como yo. Recuerdo que me servían un guiso con tan poca carne que casi podía pasar como un plato vegetariano, con una cantidad exagerada de condimento para disimular el sabor. Adicional a esto, había que echarle mucho ají, “para que pase”, como decían todos. Yo trataba de evitar siempre ese sitio, o pedir allí solo galletas y una gaseosa, algo que haya sido fabricado y empaquetado en otra parte. Desde esa época ya no he podido comer en lugares así, mi estómago ya no es lo que fue en ese tiempo. Con todo, no hay lugar en el Perú en donde uno no pueda preguntar por “La Tía Veneno” sin ser dirigido a un lugar específico, conocido por todos, muy barato pero muy malo. 

Con el tiempo he conocido otros lugares así, muy a mi pesar siempre, por ejemplo uno a donde siempre me invitaban, pero a donde nunca fui, que ofrecía chanfainita a un sol cincuenta. La chanfainita es uno de esos platos muy populares que no se encontrarán en un restaurante siquiera de mediana calidad, hecho a base de pulmón de vaca. El hecho es que un plato que se ofrecía a sol cincuenta en un tiempo en que un menú para obreros estaba a ocho soles encendía todas mis alarmas. 

Otro lugar conocido en todo el Perú es “Los Agachados”. Esta es una carretilla o triciclo en donde se acomodan unos bancos chatos que dan la impresión al transeúnte de ver a los comensales comiendo agachados. Estos lugares son una lotería, puede tocarte un plato bueno o uno muy malo, solo los habituales pueden guiarte en la elección de la mejor carretilla de comida. Yo he compartido estos sitios cuando he acompañado a obreros en algún trabajo. Sabido es que los obreros no son para nada gourmets y su recomendación es casi otra lotería, pero en ocasiones no hay de otra. Hay gente que celebra a estos restaurantes ambulantes, y algunos empezaron así, y que progresaron hasta tener un restaurante legal, con local, mesas y todo, pero aún siguen sirviendo en la vieja carretilla, porque comer en “Los Agachados” no solo es un almuerzo, es también una experiencia. 

Y ya que he mencionado que los obreros no son las personas más indicadas para recomendar un lugar bueno para comer, imagínense ahora un lugar en donde los obreros más aguantadores se quejan de lo malo que está un almuerzo. Esto me ocurrió hace tiempo. Yo acababa de llegar a una obra en un pueblo y teníamos que organizar la logística de los empleados. Al ingeniero a cargo lo convenció uno de los obreros de contratar a su pareja ocasional para cocinar a todo el grupo, que era más de una veintena, la mayoría obreros. En menos de una semana, los obreros abandonaban el lugar a la hora del almuerzo y preferían irse a cualquier otro sitio. La cocinera se quejaba de que le sobraba comida, y se le tuvo que explicar que para que un obrero mal pagado rechace una comida y prefiera pagar en otro lado, se necesita una comida en verdad mala, sin considerar los problemas estomacales que también aparecieron. 

Con todo, es probable que esta experiencia no haya sido la peor comida que he probado, aunque esté entre los primeros (o últimos, según se mire) lugares del ranking. En otra obra, ubicada en una mina en la cordillera de los Andes, la minera tenía un trato con la comunidad vecina para contratar la mayor cantidad posible de personal de la zona. A tales personas las metieron con una mínima preparación a la cocina. Hasta hoy estoy convencido de que a estos cocineros improvisados les dieron una foto del plato con la única instrucción de que el plato debía parecerse al de la foto. Lo que se suponía que era una sopa oriental, era un menjunje con todos los ingredientes equivocados y reemplazados por lo que pudieron encontrar en el pueblo a seis horas de la ciudad, y que se pareciera mínimamente a lo que debía ser. 

La última experiencia la tuve hace poco, nuevamente en un pequeño pueblo, aunque esta vez a solo dos horas de la ciudad. El sitio tenía varios restaurantes, pero éstos solo abrían los fines de semana, para la gente que salía a pasear a la campiña. Los demás días solo me quedaban dos alternativas, cada una peor de la otra. Me tuve que decantar por la opción donde me servían sin cara de alguien que odia su trabajo. En dos ocasiones después de dos cucharadas me declaré incapaz de continuar. Mientras pensaba en qué hacer con ese plato que me resistía a llamar comida, hice un descubrimiento inquietante: además de la calidad de la comida, se notaba una falta de higiene, y todo estaba lleno de moscas que ya no hacían caso cuando las trataba de espantar, invadiendo la mesa, los cubiertos y las servilletas. Todo menos un lugar. Las moscas evitaban cuidadosamente posarse sobre la propia comida. Y esta no era una casualidad, porque el prodigio se repitió todas las veces que estuve en el pueblo. Es la primera vez que veo una comida tan mala que ni las moscas se interesan por ella. 

Como dije al inicio, estas son las cosas que me hacen apreciar cuando me sirven un buen plato de comida peruana.

domingo, 5 de marzo de 2023

La vida de las moscas



Aprovecha cada minuto, que la vida es corta, me dices. Permíteme discrepar, porque pocos animales hay con una vida más larga que los humanos, y nadie envidia a las tortugas por vivir 150 años. Son los otros animales los que deben aprovechar su tiempo, solo piensa en lo que daría un perro por vivir un poco más de sus 15 años. 

Para darte un mejor ejemplo, te contaré la vida de las moscas. Tal vez ya sabes que las moscas sólo disponen de un mes, para nacer, crecer, reproducirse y morir, y eso no les da tiempo para pensar ni esperar tiempos mejores. 
Las moscas (y esto me lo han contado otros insectos muy documentados) se manejan movidas casi siempre por el instinto, por lo que cuando se posan en tu plato lo hacen únicamente por hambre. No tienen nada contra ti, ni es su interés amargarte la vida como piensas, y por lo mismo no hacen caso de tus insultos. 
¿Qué pueden hacer las moscas en un mes de vida? Te diré más bien lo que no hacen: No pierden el tiempo en probar pareja tras pareja buscando requisitos imposibles. El amor de su vida es la primera pareja que encuentran, no hay tiempo para más. Tampoco buscan la acumulación de riqueza, pues el mundo es grande y lleno de comida. No tienen tiempo para fingir ante otras moscas que son mejores, bastante tienen con buscar el propio sustento y cumplir con la necesidad de la reproducción. 

Con un mes de vida, las moscas ven el mundo de manera muy diferente a los humanos. Para ellas los árboles son eternos e inmutables, como para nosotros las montañas, ya que nadie ha vivido lo bastante para verlos cambiar. Las casas humanas son para ellas accidentes geográficos que aceptan sin cuestionar, y las calles, parte del mundo tal como fue creado por alguna deidad ignota. 

Lo anterior podría llevar a pensar que las moscas creen en algún dios, pero eso no es cierto. La religión no es algo que se puede aprender en un mes, y hay cosas más importantes. Esto no significa que a un nivel instintivo no tengan conocimiento de un ser superior. Lo tienen, y este ser superior, la deidad suprema que reconocerían si tuvieran tiempo para pensarlo, es el hombre, gran dador de alimentos y brindador de refugio, aquel que moldeó el mundo a su voluntad y dejó un lugar para que las moscas vivan protegidas de las inclemencias del clima y de las aves devoradoras de insectos. Como dios caprichoso, brinda alimento, pero también reparte la muerte por razones que sólo él conoce. Usando el sagrado matamoscas, castiga con la muerte a quien deja de agradarle, y deja vivir a otros sin justificación de juicios morales que tampoco las moscas tendrían tiempo de entender si quisieran hacerlo. 

Con todo, las moscas no son insensibles a la belleza, aunque sus cánones estéticos no sean iguales a los nuestros. Valoran la hermosura de un plato de comida, al igual que la de un basural fresco y oloroso. Aprecian también a un ejemplar fuerte con quien aparearse. Si otra mosca rechaza un requerimiento amoroso, la mosca no se lamenta ni espera que cambie de opinión, simplemente busca otra pareja, el mundo está lleno de moscas, y alguien la aceptará tal como es. 

Al igual que el amor, la amistad es un sentimiento un poco diferente entre las moscas. Cualquiera con quien se comparta una manzana podrida, o un pedazo de basura, es un amigo, sin importar que sea una mosca roja, verde o azul. Las moscas no tienen tiempo para juzgar el pasado de nadie. Tampoco les afectan las traiciones, ya que no se sabe si quien los abandona es por haber encontrado algo mejor, o por haber caído prisionero en una telaraña, comido por un ave o condenado a muerte por el sagrado matamoscas. 

Por eso, déjame aprovechar mi ociosidad, que la vida humana es larga, no como la de la mosca. Deja el “Carpe Diem” para otro que en verdad lo necesite.

sábado, 25 de febrero de 2023

Leyendas peruanas: Las aguas termales de Churin



En Churín, a 200 km al norte de Lima, existen unas famosas aguas termales a donde va la gente a relajarse y disfrutar de sus aguas medicinales. Una de las fuentes es llamada "Mamahuarmi", cuyo nombre proviene de la leyenda que presento a continuación:

Hace unos 500 años vivía en Churín el curaca Runa Kachi (Hombre Sal), quien tenía una esposa y una hija. Ella creció en el campo, paseaba entre los árboles y se bañaba en el río, conversaba con las aves y contemplaba a los cóndores. En el día el Inti (Sol) la admiraba y durante la noche la Killa (Luna) envidiaba la belleza de Urpi (paloma), que tal era el nombre de la doncella. 

Pero en ese tiempo llegaron los españoles, vestidos de armadura y montados sobre sus caballos. La misión de los soldados era encontrar oro y plata para enriquecer a los soldados y enviar a España. Llegaban cansados después del largo camino que los había llevado desde Pachacamac, por eso cuando el curaca Runa Kachi recibió con hospitalidad a los extranjeros, se sintieron en el paraíso. Runa Kachi hizo honores a los hispanos e incluso ordenó a su hija atenderlos. 

El capitán, al ver a Urpi, se enamoró inmediatamente de ella. El romance fue apasionado, pero tuvo que llegar a su fin cuando el veedor le ordenó partir para integrarse al resto del ejército conquistador. El capitán prometió volver mientras Urpi se quedó llorando desconsolada. Urpi descubrió que estaba esperando un hijo del español, y temiendo la cólera de su padre Runa Kachi, acudió a su madre. Ella le aconsejó huir. "Escóndete en las cuevas cerca de aquí, allí enviaré a atenderte" - le dijo. Cuando Runa Kachi se enteró, montó en cólera y juró venganza contra el español, por abusar de su confianza y dejarlo en vergüenza. No pudo averiguar en dónde estaba su hija y su hijo recién nacido, y mientras esperaba una pista sobre su paradero, preparó una flecha untada con veneno vegetal para cuando supiera la verdad. 

Meses después el capitán español regresó por su amada. Evitó encontrarse con Runa Kachi, buscando en cambio a la madre de Urpi. Ella le confió la ubicación de la cueva en donde se encontraba, sin saber que el curaca Runa Kachi los estaba espiando. El propio curaca siguió al capitán hasta la cueva. El español, ansioso, llegó a la entrada de la cueva gritando: ¡Urpi!. Ella salió corriendo con el niño en brazos, gritando a su vez: "¡Churique! ¡Churique!" (Este es tu hijo). Runa Kachi, que había seguido sigilosamente al español, no había sido visto por ninguno de los dos amantes, ciego de ira tensó el arco con la flecha envenenada y disparó. Pero la flecha, en vez de acertar al capitán que ya abrazaba a Urpi, atravesó al niño que Urpi le mostraba. Urpi, loca de dolor gritaba al ver morir a su hijo en sus brazos y se internó en la cueva para jamás volver a ser vista. 

Desde entonces dentro de la cueva se ve el agua gotear desde las rocas como las lágrimas de Urpi, que sigue llorando a su hijo muerto. Con el tiempo, los españoles conocieron primero al pueblo con el nombre de "Churique", el que poco a poco se fue convirtiendo en el nombre actual de Churín, que permanece hasta hoy. De vez en cuando, en las noches de luna llena, hay quien dice haber visto aparecer a Urpi en la entrada de la cueva, desnuda y con una larga cabellera, para sumergirse en una de las lagunas de aguas termales que hay fuera de la cueva, la que hoy es conocida como "Mamawarmi", que significa "Mujer madre".

miércoles, 15 de febrero de 2023

Engaños



El amor es difícil y complicado, decía Rovira, con esa sabiduría que surgía en él al segundo vaso de cerveza. Todo es un enrevesado juego de engaños y mentiras, vea usted: 

Un hombre o una mujer nunca se ven a sí mismos como son, sino como cada uno, en su poca o mucha soberbia, cree que es. Aun así, nadie cree ser lo suficientemente bueno para la persona que ha escogido, entonces el hombre intenta cambiar para convertirse en aquello que cree que la mujer va a admirar, y la mujer quiere cambiar al hombre en algo que pueda manejar. Nada de esto es posible, porque ni el punto de partida ni el resultado de llegada existen. Ambos terminan tratando de convertir una imagen falsa en una utopía inalcanzable. 
No digo que el esfuerzo sea en vano, porque las parejas terminan juntándose, pero como todas las ilusiones, son destruidas por el choque con la realidad. Allí se dan cuenta de que todo su esfuerzo estaba dirigido a alguien a quien en realidad no conocían, y muchos caen en la cuenta de que su pareja estaba mal escogida desde el principio. La posibilidad de que esa pareja que se ha escogido sea lo que buscaban, o al menos algo con lo que puedan conformarse es la misma que la de sacarse la lotería. 

¿Qué se puede hacer entonces? Cada uno tratará de cambiar al otro, con menos expectativas que al inicio, pero con los mismos resultados. A su vez, el otro fingirá haber cambiado, y lo hará con tanto éxito que terminará engañándose a sí mismo. 

Al tiempo que uno pierde en todo este juego de engaños en el que uno se engaña a sí mismo y a la vez engaña al otro, se le llama la vida en pareja.

sábado, 4 de febrero de 2023

Hablando en comida



Si hay algo de lo que todos los peruanos se sienten orgullosos, es de su comida. El extranjero que llega a estas tierras es advertido que aquí va a comer mucho, que no hay mayor placer para los peruanos que invitar comida, y que debe resignarse a subir al menos un par de kilos de peso antes de regresar a su país. Los bocados universalmente consumidos, como hamburguesas, pollo frito y pizza, no tienen aquí sino un éxito mediano, avasallados por sus sustitutos locales, e incluso las pastas y la comida china han hallado aquí un sabor propio y distinto. 
El éxito de la cocina en el Perú ha rebasado el ámbito culinario y se estudia como un caso social e incluso (y esto no es tan conocido) ha llegado a influir en el lenguaje. Nosotros tenemos un nutrido conjunto de frases referidas a la comida que confunden al extranjero e identifican al peruano en cualquier parte del mundo. Quiero poner aquí algunos ejemplos de cómo el peruano se expresa, y que podría hacer pensar que está pensando siempre en la comida, lo que tal vez no está muy alejado de la realidad. 

Supongamos una conversación normal y corriente en el Perú, o mejor aún, una conversación con un extranjero desprevenido, que oye mencionar papas, ollucos, paltas, y cree que ya se acerca la hora del almuerzo y su interlocutor se muere de hambre. Al comentar esto, recibirá como respuesta un “no entiendes ni papa”, dicho entre risas. Otro peruano agregará: “estás mezclando papas con camotes”, equiparando su confusión con la semejanza entre estos dos tubérculos peruanos, conocidos en otros países como patatas y batatas. 

El pobre extranjero, tratando de aclarar su confusión, preguntará si la papa y el camote sirven como verbo o adjetivo en este país. Los peruanos, siempre orgullosos de su comida, le aclararán que ambas opciones son ciertas. Al almuerzo o a cualquier comida, se le conoce como “papeo”, por lo que almorzar o cenar también es “papear”. Y alguien orgulloso de su estado físico declarará: “Este pechito come papa”. El extranjero, ya mareado por estas referencias, tratará de cambiar de tema y comentará el chisme de moda sobre esa pareja a la que se ve en todo momento haciéndose cariñitos. “Es que están encamotados” sentencia el peruano, volviendo al tema de los camotes. Es que decir “tenerle camote” a algo indica para los peruanos predilección o cariño. 

El extranjero piensa que ya es hora de ponerle algo de racionalidad a esta conversación, y preguntará sobre la causa de tanta alusión culinaria. Aquí es cuando los peruanos sueltan la carcajada, pues la palabra “causa” indica aquí tanto un plato de papas amasadas, como un término para referirse a un amigo de confianza. “Tú eres mi causa”, es una frase declarativa de amistad, la que pasa después como fórmula de saludo: “Habla, causa”. 

Incapaz de desviar el tema hacia algo que no tenga que ver con comida, el extranjero, ya con un poco de hambre a raíz de esta conversación, pide que le enseñen este dialecto peruano. “Es papaya”, le responderán, como cuando el peruano quiere resaltar la facilidad de algo. Por el contrario, si algo presenta dificultad, dirá “está yuca”, aludiendo a otro tubérculo peruano. La cara del extranjero es notada por uno de los peruanos, que advertirá: “está palteado”. Los otros peruanos confirmarán la apreciación diciendo “está con la palta”, para indicar que han notado su confusión. Afortunadamente esta es una situación temporal que se resuelve con una explicación. Hay que cuidarse, le advierten, de que le digan que es un “caído del palto”, pues esta frase se reserva para calificar a alguien irremediablemente tonto. 

En adelante, los peruanos lanzarán todos al mismo tiempo una palabra diferente referida a la comida que se usa también como jerga peruana. Se hablará de la “Pachamanca”, mezcla de muchos alimentos diferentes cocinados con piedras calientes dentro de un agujero en la tierra, y también palabra usada para un grupo de muchas cosas diferentes sin orden ni concierto, al igual que las palabras “sancochado”, o “chanfaina”, usadas con el mismo fin. Otro hablará (al mismo tiempo) del “anticucho”, como trozos de corazón de res marinados y cocinados en parrilla, y también como las cosas ocultas y vergonzosas, que alguien no quiere que nadie sepa. Esa persona “tiene sus anticuchos”, se dirá en ese caso. 

Para este momento, el extranjero ya no sabe a quién prestarle atención ante varios peruanos hablando al mismo tiempo, en una polifonía culinaria de la que distingue las palabras “mazamorra”, “tamal” y “chicharrón”. Rendido, el extranjero pedirá a sus amigos peruanos que lo lleven al restaurante más cercano para sucumbir nuevamente al encanto de la comida peruana, que no admite disculpas de dietas o intolerancia al picante. 

Entonces, cuando llegue un visitante a nuestro país y escuche nombres de platos y alimentos en conversaciones cotidianas, no piense que le están recitando el menú del día, ni que es una indirecta para hacerle notar que se acerca la hora del almuerzo, es que así hablamos los peruanos, hablamos en comida.

miércoles, 25 de enero de 2023

Horóscopos



Ahora que ha empezado el Año Nuevo chino, es buen momento para dejar en claro que no creo en los horóscopos. Hay muchas razones físicas, astronómicas y de sentido común que me impiden creer en los horóscopos. Sin ir más lejos, puedo mencionar la ocasión en que tuve que ir a visitar la maternidad. Allí pude ver a todos los recién nacidos que habían nacido en el mismo lugar (metros más, metros menos) y a la misma hora (minutos más, minutos menos). Lo lógico es preguntarse si ya que todos tendrán el mismo signo y la misma carta astral ¿tendrán todos el mismo destino y el mismo carácter? Desde entonces cada vez que encuentro a una de esas personas que me manda Dios para poner a prueba mí paciencia, no le echo la culpa a unos astros tan lejanos que ni siquiera saben que existimos, sino a los padres que no saben criar a un humano decente.

Afortunadamente todos saben en el fondo que ninguna predicción zodiacal sirve para algo, y por eso nunca ha habido alguien que demande a ningún astrólogo por incumplimiento de horóscopo, y nadie ha presentado como atenuante de algún delito que su horóscopo le dijo que era una buena idea. Por eso cuando leo un horóscopo de los que salen en periódicos y revistas, me río pensando en lo que dirá un anciano leyendo que conocerá a un nuevo interés amoroso, un desempleado leyendo que tendrá un ascenso, o yo mismo cuando lea que me llegará una sorpresa, ahora que estoy tan aburrido que todos los días me parecen iguales. 
Aun así, siempre hay gente tan creyente en este tipo de cosas que ya no me extrañará cuando alguien pida licencia o justifique su bajo rendimiento en el trabajo aduciendo que son días en que mercurio está retrógrado, o que el sol ha entrado en aries, lo que sea que eso signifique. 

Ahora existen variaciones de los horóscopos para escoger el que más guste, todos igual de inefectivos en la precisión de sus predicciones. El más conocido es el horóscopo chino, el cual me ha traído algunos problemas cuando alguien me dice su signo, y yo, acucioso siempre, saco la cuenta para obtener su verdadero año de nacimiento. A mi vez, cuando yo declaro mi signo en el horóscopo chino, y lo comparo con mi signo zodiacal occidental, aparecen interesantes similitudes, pero que tampoco coinciden con lo que mis amigos piensan sobre mi carácter y manías. 

Esta comparación entre la forma en que debería ser según las estrellas, y lo que soy en realidad, en la autorizada opinión de mis amigos y compañeros de trabajo, me ha llevado a la conclusión de que tendría que salir del closet como un trans signo, un géminis encerrado en el cuerpo de un virgo, o alguien nacido como escorpio, pero se siente y se identifica como un aries. Tal vez tendré que iniciar un movimiento para que el mundo respete mis derechos, inventar un símbolo y una bandera, e invadir las grandes reuniones internacionales para exigir la inclusión de mi agenda transzodiacal, como parte de la agenda 2030. 

Menos mal que no creo en los horóscopos, y no me entran ansiedades suicidas al saber que vivo con un mercurio eternamente retrógrado, en medio de una guerra civil entre Marte y Júpiter, que ignora ascendentes y conjunciones. A veces, solo a veces, salgo a la calle y miro al cielo nocturno, y mi falta de conocimientos astronómicos me impiden identificar las constelaciones zodiacales para levantarles mi puño en señal de ira, o tan siquiera hacerles un gesto obsceno.
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