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jueves, 15 de mayo de 2025

El reloj



En casa hay un reloj, de esos tan antiguos que ya nadie recuerda cómo llegó a la pared, tal vez una enrevesada cadena de herencias lo dejó allí, a falta de un mejor lugar, tal vez a la espera de que se defina su real propietario. Sé que en algún tiempo estuvo en un vestíbulo de un hotel de provincia que algún pariente tenía, o administraba. Tampoco se ha conservado el dato de si estaba allí en préstamo, propiedad, o en simple espera de un lugar mejor en donde colocarlo. El caso es que ahora está en una de nuestras paredes, enorme, y desentonando un poco con el moderno mobiliario que hoy habita la sala. 

Es que el reloj es una enorme caja de madera tallada, con una puerta que deja ver el péndulo a través de un vidrio. La cara del reloj está en números romanos y pequeñas inscripciones en letras góticas acreditan a su fabricante. El caso es que el reloj no deja de ocasionar cierta incomodidad. Ya la humanidad ha perdido la costumbre de darle cuerda cada cierto tiempo, desechando este rito por repetitivo y anticuado, sin caer en la cuenta de que es el mismo rito que les hace conectar a la corriente el smartphone. Por eso, es frecuente verlo detenido por falta de atención y de cuerda. Además, ya no se estila escuchar los sonidos del reloj, y el efecto que este causa en las personas. 

Durante el día, los sonidos cotidianos ahogan o distraen de su sonido, pero en las noches, o incluso en la tranquilidad de un fin de semana, puede escucharse al tiempo que pasa a través de él. Los segundos tienen un sonido grave y casi ominoso, y la regularidad de su campana que marca los cuartos, las medias horas y las horas pueden sorprender al visitante casual. Afortunadamente, las campanadas no suenan muy fuerte, o al menos así nos parece a quienes vivimos en este mundo que se ha vuelto tan estruendoso. Cuando llegan visitas, los niños quedan fascinados ante la extraña máquina y esperan a escuchar las campanas que suenan a pasado. Alguna vez un visitante comparó su sonido con campanas tibetanas usadas para la meditación. 

Ahora, tener un reloj en la sala nos parece un anacronismo, pues la vida nos ha rodeado de relojes: los celulares, los microondas, el televisor y hasta la refrigeradora tienen relojes luminosos, y ya ni siquiera se estila llevar un reloj en la pulsera. Sin embargo, este antiguo reloj parece marcar un tiempo diferente al de todos estos sustitutos modernos. Cuando uno lo observa, el tiempo parece correr más despacio, y el sonido de su maquinaria parece tomarse su tiempo para marcar cada segundo. El mueble en el que está montado también le da un carácter de importancia antigua, que recuerda todos los segundos, minutos y horas que ha sobrevivido, viendo a la gente detenerse, apurarse, esperar o simplemente pasar el rato. Tal vez por eso es que cuando se le agota la cuerda emite un sonido raro, como si quisiera decir “Ya no puedo más”. 

Tiempo ha pasado desde sus días de gloria. La vida se ha vuelto desde entonces más rápida, y los relojes que nos rodean nos gobiernan: hay que ir al trabajo, tienes una cita, despierta de tu sueño, tu taxi llegará en 3 minutos. Pero este antiguo reloj no buscaba gobernar al hombre, era simplemente un testigo del tiempo que pasaba. No te ordenaba levantarte, simplemente decía la hora, sin insistir, ni recordarte las citas con treinta, diez, y cinco minutos de anticipación. Pero algo ha quedado de los tiempos pasados en el reloj. En una noche tranquila, uno puede apagar la música, y prestar atención al sonido del segundero. Con un poco de concentración, el reloj se convierte en una máquina del tiempo y se podrá ver una sala de enormes cortinas y muebles tallados, alumbrado por candelabros. Hasta se puede oler la cera sobre los pisos cubiertos con largas tablas de madera y sentir el aroma de un pequeño fogón de carbón que cocina una leche fresca que se servirá en una vajilla de porcelana decorada con dibujos azules. 

 Hoy toca darle cuerda al viejo reloj. Y no puedo hacerlo sin dejar de pensar que, aunque el tiempo es fugaz, a veces hay que darle tiempo al tiempo.

jueves, 10 de abril de 2025

El Cuerpo


El corazón y el cerebro empezaron a discutir, y no lograron ponerse de acuerdo, así que llamaron al hígado y a los ojos para mediar, sin obtener resultados. Al debate se unieron el estómago, el tacto, la sangre y los labios, aumentando el desconcierto. El olfato, la bilis y los pulmones también dieron su opinión. Incluso el páncreas intervino, cuando ya los ánimos estaban caldeados, pero fue el riñón el primero que cedió a la violencia, iniciando la gresca de todos contra todos. 
El cuerpo entero, incapaz de soportar tanta disputa y agresiones mutuas, se dio por vencido y cayó, justo cuando la mano trataba de alcanzar el teléfono. 
El médico sentenció una falla general, pero los amigos más íntimos sabían la verdad, y así lo dijeron a la familia: aún hay gente que muere de amor.

miércoles, 18 de diciembre de 2024

Viejo cuento navideño



Cuando me siento a escribir, simplemente escribo lo que se me pasa por la cabeza. A veces me sale un artículo técnico, a veces un cuento. Muchas veces empiezo con una idea en la mente, y mientras escribo, la historia se va por donde quiere y termino con algo muy diferente a mi idea inicial. Por eso, cuando esta semana me senté para escribir algo con el tema de la navidad... No salió nada. Así que tomé la solución más fácil, que fue plagiarme a mi mismo y repostear una historia que escribí hace ya tiempo, y que, modestia aparte, me salió muy bonita. Sirva esta como saludo navideño a los pocos que me leen.

Así, como le cuento, fue… Que después otros cuentan la historia de otra forma, no lo sé, pero yo estuve allí y lo vi, lo vi todo, a mí no me van a decir otras cosas, pues… Éramos jóvenes entonces, pero lo recuerdo todo muy bien… En ese tiempo viajábamos mucho, buscando nuevas rutas y mercados… Y usted sabe, por el desierto es mejor viajar de noche... hace frío, sí, pero de día el calor impide caminar y las bestias se cansan rápido… Además, por esta parte, cuando hay luna, se ve bastante, casi como de día… Yo fui el primero que la vio, la estrella… Los viajeros sabemos, conocemos todas las estrellas, las constelaciones… Es importante para no perdernos… Le puedo contar varias historias de viajeros que se extraviaron de noche cuando el cielo estaba nublado… Pero no, esas historias las dejaré para después, ahora estoy contando lo de la estrella… Le decía, pues, que yo fui el primero que la vio… Una estrella grande, bonita… Ojalá la hubiera usted visto, joven… y era una estrella que no estaba antes allí, de verdad… apareció, así como así nomás… Y yo sabía que había que seguir el camino que marcaba la estrella… ¿Qué cómo lo supe? Lo supe, nada más ¿Nunca le ha pasado algo así? Es algo muy bonito, de pronto uno ya sabe lo que tiene que hacer, y sabe que nada le impedirá lograrlo… Pero fue difícil al comienzo, no crea que todo fue ir nomás y seguir a la estrella… Tuve que convencer primero a los demás que iban conmigo… Qué locura, me decían, seguir a una estrella… Tuve que hablarles mucho… les ofrecí mi parte de las ganancias del viaje y ni así querían acompañarme… Al final seguimos unos cuantos nomás… El resto siguió nuestra ruta original en cuanto llegamos a la primera ciudad… Pero los que seguimos, estábamos convencidos de que encontraríamos algo… No teníamos idea de qué sería, pero sabíamos que sería algo que valdría la pena todo el viaje y los esfuerzos… Así, pues, seguimos a la estrella varias semanas… estuvimos a punto de quedarnos sin comida un par de veces, pues nos habíamos desviado del camino de las caravanas… Pero nunca dudamos de que valdría la pena… Y la estrella estaba allí, brillando y guiándonos… Le juro, joven, que cuando viajábamos, la estrella nos sonreía… cuando nos parábamos, medio que se escondía y dejaba de brillar, esperaba a que descansemos y luego se ponía a brillar otra vez… Y eso nos animaba a seguir… Y viajando, viajando, nos dimos cuenta de que el invierno se nos venía, y el cielo se empezaba a nublar… La estrella algunos días se escondía, pero otros días sí nos sonreía y nos confortaba ¡Hasta calor nos daba, la bandida! Sí… ya le veo la cara de que no me cree todo lo que le digo, pero así era… Para cuando nos acercamos al pueblito ese, el cielo ya estaba nublado y no se veía… Nos estábamos cruzando con otras caravanas y les preguntábamos si habían visto la estrella… ¡Nos miraban con una cara…! Y tampoco podíamos enseñarle la estrella, porque el cielo estaba nublado. A los últimos que preguntamos fue a unos guardias del rey, que cuidaban la entrada del pueblo. Creo que ellos fueron los que avisaron que estábamos locos porque después vinieron otros preguntándonos, pero bien prepotentes, todos patanes, diciendo que venían de parte del rey… No les dijimos nada, tampoco…… Después nos enteramos de que el rey tenía miedo de una profecía, que nos quería matar para que no contemos lo que habíamos visto, lo de la estrella, pero eso fue después, cuando ya nos habíamos ido… Y entonces nos quedamos todos tristes en el pueblo… Algunos de nuestra caravana nos dijeron que hasta allí nomás, que se regresaban… Es que la estrella ya no se veía y yo no sabía qué hacer… Les decía a mis compañeros que todo era mi culpa, que yo vería la forma de pagarles el viaje y las molestias, pero los que se quedaron conmigo me dijeron que no, que todos me habían seguido por su voluntad, que nadie los había obligado, y que se quedaban por su gusto… Eso me alivió un poquito… Esa noche salimos a dar una vuelta por las afueras del pueblo, por no dejar… Y allí fue cuando pasó… El cielo se aclaró todito, como verano, y la estrella nos alumbró… Ese fue el milagro, y no los otros, joven… Claro, la estrella brillaba media molesta, por haber dudado de ella, pero allí estaba, llamamos a los demás, y vinieron, pues… No todos, pero en el camino se les unieron varios pastores que andaban por allí, que querían saber qué pasaba… Seguimos, y la estrella dejó de brillar al rato… Nos paramos junto a unas cuevas, que los pastores nos dijeron que las usaban como establo los del pueblo… Y justo la estrella empezó a brillar allí, ahora sí contenta… Se quedó tiesa allí y ya no se movió. Nos bajamos a ver qué había en el establo… Y fíjese que allí había un señor con su esposa, que acababa de dar a luz… Se notaba que venían de viaje, y que no tenían otro sitio a dónde ir… Yo no sabía qué hacer… Había hecho un viaje de tan lejos para llegar a una cueva con un recién nacido… El señor, eso sí, muy amable, salió y nos preguntó en qué podía servirnos, que era muy pobre y que esa no era su casa, pero trataría de darnos los dones de la hospitalidad… No, le dijimos, somos nosotros los que hemos venido a verlos a ustedes… Y era verdad, sabía que este era el fin del viaje, que para esto habíamos venido todos. Saqué entonces de mis alforjas algunas cositas que pensaba comerciar al principio del viaje, y se las di… No me las quiso aceptar, al comienzo, pero yo le dije que habíamos viajado mucho para traérselas… Allí todos mis compañeros sacaron sus cosas y se las ofrecieron al señor… Los pastores también sacaron sus panes y sus quesos y leche… Armamos una pequeña fogata y nos reunimos todos… La madre salió también a agradecernos, con el niño en brazos, que reía igual que la estrella. Todos nos quedamos mirando al niño, alegres… Fue la noche más bonita que pasé en mi vida, con la fogata, los cuentos que contábamos de nuestra tierra y los cantos de los pastores… Al amanecer, nos despedimos de todos y nos regresamos a nuestra tierra… No habíamos logrado nada, pero estábamos felices, como quien había cumplido por fin con su misión… Después, me enteré de que en el pueblo la gente hablaba de los extranjeros que llegaron al establo, que eran reyes, que trajeron tesoros, y que sé yo… Pero esta es la historia, joven, cuéntela a la gente para que la sepa…

miércoles, 20 de noviembre de 2024

La verdadera Cenicienta



Hay partes en los cuentos de hadas que son omitidas para no asustar a los niños. Recordemos que la mayoría de ellos se originan de las tradiciones que recogieron los hermanos Grimm en los pequeños pueblos alemanes. Como historia, la de la Cenicienta siempre me pareció llena de cabos sueltos que nadie parece notar, y que hasta hoy trato de reconstruir. 

Lo primero que me hizo sonar las alarmas cuando me puse a pensar en este cuento es ¿Cómo consiguió un hada madrina? El cuento lo da por hecho, sin dar mayor explicación, tal vez para ocultar el verdadero significado de este hecho. Las hadas son espíritus protectores del bosque, seres mágicos que no siempre son bondadosos. En los pequeños pueblos alemanes era conocido el miedo a internarse en el bosque, por temor a las criaturas desconocidas: brujas que hechizaban a los caminantes, duendes que secuestraban niños, o seres que castigaban a quien los viera. 
También era común que pocos niños llegaran a la edad adulta. Una forma de conjurar estos peligros era ofrecer al recién nacido a los espíritus de los árboles o de los arroyos. Tal vez el padre de Cenicienta consagró a su hija, en una ceremonia en los profundo del bosque, con ayuda de una bruja, a uno de esos espíritus, quien se convirtió en su hada madrina. Como prueba de esto, en el cuento se detalla cómo el hada tiene poder sobre las criaturas del bosque para convertirlos en los criados de la princesa para llevarlos a la fiesta del príncipe. 

Otro detalle que después encontré leyendo apuntes históricos es el profundo clasismo del cuento. En esos tiempos, antes de la Revolución Francesa, se creía firmemente en que la nobleza y el pueblo eran diferentes, incluso biológicamente, casi como si fueran dos especies distintas. Así, eran características de la nobleza la caballerosidad, la compasión, la honestidad y la sabiduría. En cambio el pueblo era egoísta, traicionero e incapaz de pensamientos elevados. Hasta hoy hacemos la distinción entre una persona “noble” y un “villano”. Según este pensamiento, podría distinguirse a alguien de sangre noble aunque estuviera cubierto de harapos y sucio. Las características físicas de los nobles que los diferenciaban del pueblo eran conocidas incluso hasta inicios del siglo XX: Los nobles eran más altos, de tez más blanca (lo que también distinguía a Blancanieves), y con manos y pies pequeños y finos. Por eso era posible ir por el pueblo con un pequeño zapato y reconocer a una princesa por él. 
Tampoco se menciona en el cuento, pero los nobles de la Edad Media y hasta después de la República se esmeraban en tener una piel blanca y manos y pies pequeños, lo que les causaba dificultades en su vida diaria. Con un pie pequeño era más difícil mantener el equilibrio al caminar, y unas manos pequeñas dificultan las labores diarias. No es de extrañar entonces que las hermanastras de Cenicienta se burlaran de ella, y sin duda la tachaban de torpe e inútil para las labores de la casa. 

Finalmente, es un poco más conocido que en la versión original del cuento, Cenicienta somete a horribles torturas a su madrastra y a sus hermanastras luego de ser reconocida como princesa. Esta era una advertencia para aquellos miembros del pueblo que intentaran confundirse con la nobleza. La aristocracia siempre reluce y no se mezcla con el pueblo, era la verdadera moraleja del cuento. 

Qué decepción para todas aquellas mujeres que creen ser la Cenicienta de su propio cuento. Tendrán que ofrecerse en sacrificio a los espíritus del bosque para tener un hada madrina y deberán tener los atributos físicos de la nobleza si quieren tener su final feliz.

sábado, 31 de agosto de 2024

Anécdota mal entendida



Dice una famosa historia (que debe ser una mentira, como todas las que nos repiten para tratar de ilustrar un punto) que en 1899, el director de la Oficina de Patentes de los Estados Unidos dimitió de su cargo y recomendó cerrar dicha oficina, porque pensaba que todo lo que podía ser inventado ya estaba inventado. Con todo, esa es una de las historias que capta mi interés, porque se trata de una frase que dice todo el mundo, pero frente a la cual nadie hace nada. Cada vez que alguien anuncia un producto nuevo, todos dicen que ya no saben qué inventar, y esto se viene repitiendo desde siempre, pero ese director es el único del que se sabe que tomó una decisión al respecto. Buena o mala, pero no se quedó repitiendo la frase sin hacer nada como todos los demás.

domingo, 11 de agosto de 2024

Los cuentos de hadas ya no son lo que eran


Los cuentos de hadas ya han perdido su sentido. Nadie los ve como una fuente de fantasía e imaginación, y cuando son leídos, sólo son entendidos de la manera más superficial. Es por eso que las mujeres buscan un príncipe azul, pero también exigen que no les cuenten cuentos. Dicen buscar la magia, pero la confunden con trucos baratos. Quieren la fortuna al final del arcoiris, pero no quieren caminar hacia él y prefieren que alguien se les lleve el arcoiris hasta su casa. 
Los hombres quieren encontrar a una princesa que los bese, aunque ellos se vean como sapos, queriendo ser príncipes, aunque sean solo sapos. En cambio, las que se creen princesas, quieren a un príncipe, sin importarles que este se vea como sapo. Y así quedan buscando a esa cenicienta hermosa y que además sepa limpiar y ordenar. Viven así, creyendo su propio cuento, ignorantes de que en la vida real, el príncipe, cansado de pasar con el zapato de cristal, se quedó con la bruja, porque era la única que sabía cocinar. 

Hoy la gente parece haber convertido los cuentos de hadas en un fanfic en donde se inventan como la princesa, cuando en realidad son la madrastra. Ni son blancas como la nieve, ni tienen el pie tan pequeño que a nadie más le entra su zapato, pero aun así quieren a un príncipe azul. 

Sin hada madrina que las ampare, buscan un final de cuentos que las saque de ese drama de telenovela. Se les reconoce porque confunden el costo con el valor, la apariencia con la esencia, y la riqueza con la felicidad. Dicen que odian la mentira, pero en verdad solo odian la mentira ajena y no la propia. 

Más de una vez me he encontrado con una de ellas, y descubrí lo peligroso que es hacerles notar que su actitud no es la de la inocente princesa que es feliz en su pobreza, sino la de la malvada madrastra que hace todo por aparentar lo que no tiene. En esa ocasión pude ver a una de ellas convertirse en un dragón que escupía fuego, solo por mencionar que la belleza está en el alma. 

Para terminar, diré que aún está pendiente el episodio en que le proponga a una mujer que sea la princesa de mi cuento. Si me acepta, le diré que eso implica ser secuestrada, encerrada, o víctima de algún terrible maltrato mientras espera a que yo llegue.

viernes, 12 de enero de 2024

Una sonrisa que salió a la calle



Hoy, como parte de mis propósitos de Año Nuevo, he decidido hacer algo que ya nadie hace. He decidido salir sonriendo a la calle. Aunque no lo parezca, salir con una sonrisa a la calle es un acto insurgente, revolucionario, provocador. La gente con la que me cruzaba empezó a mirarme extrañada. Unos pocos respondieron a mi expresión con una tímida sonrisa avergonzada, que mostraron apenas por un segundo. Otros, en cambio, tomaron mi sonrisa como una ofensa, y pude escuchar sus murmullos insultándome mientras se alejaban. En el transporte público, noté que algunos trataban de mantener su distancia, temerosos tal vez de qué fuera un loco que pudiera ponerse violento de repente, o peor aún, tal vez temiendo que mi sonrisa fuera contagiosa, y los obligue a ellos también a mostrar su sonrisa en un lugar lleno de desconocidos. Allí me di cuenta de que la gente esconde sus sonrisas en los lugares públicos. Incluso la gente que mira en su celular videos humorísticos contiene su risa cuando hay testigos a su alrededor. No es prudente mostrar siquiera un segundo de felicidad en esta ciudad en donde ser infeliz es la norma. 

No digo que encontré otra sonrisa en la calle, pero estas tenían un efecto extraño al ver la mía. Un niño respondió a mi sonrisa con otra, hasta que su madre lo alejó de mi campo visual, reprendiéndolo por sonreírle a un extraño. Una joven en un parque sonreía mientras se grababa con su celular, y yo le dediqué una sonrisa al pasar. Ella interrumpió su video de repente, me dirigió una mirada de molestia e incomodidad, y esperó que me alejara para volver a sonreír y continuar con su video. Algo parecido ocurrió con una pareja de hombre y mujer. El joven me devolvió una mirada de odio y estuvo a punto de acercarse a mí con ánimo de pelea, pero fue detenido por la mujer. 

Durante mi recorrido, el único que me sonrió sin restricciones fue un perro a quien su dueño pasaba con una correa. El dueño sólo me hizo un gesto de compromiso mientras continuaba con su camino. 

Este breve paseo me hizo darme cuenta de que salir a la calle con una sonrisa es un acto de rebelión contra las normas establecidas, una falta de respeto contra todos los infelices del mundo, y una insolencia al restregar la propia felicidad en la cara de los demás. En esta ciudad, en este país y en este mundo, se ha perdido la capacidad de diferenciar una sonrisa burlona y agresiva de una sonrisa amable y sincera. No dudo de que varios de los que se cruzaron en mi camino estuvieron tentados de llamar a la policía, porque al parecer alguien que sonríe algo malo debe traer entre manos, significa una agresión al espacio personal, o al menos debiera ser tipificado como exhibición indecente. 

Regresaba ya a mi casa, derrotado, cuando una sonrisa me cortó el paso. Era una anciana que llevaba una caja llena de dulces y caramelos. ¿No me compra? Me dijo. Confundido, solo atiné a darle una moneda por un par de gomitas, antes de seguir mi camino sin recordar siquiera si le pude devolver la sonrisa.

domingo, 3 de diciembre de 2023

Las mejores historias en una canción



Hace mucho tiempo que no escribo nada sobre música, al punto que empecé a temer el que ya haya escrito todo lo que tenía que decir. De repente un día, escuchando mi playlist, recordé que me gustan mucho las canciones que cuentan una historia, esas que van más allá del “Te quiero” o el “Te conocí y me enamoré”, que componen la mayoría de las canciones que uno escucha. Inicié una búsqueda por internet y no encontré nada parecido. Entonces me puse a hacer mi lista de las 10 mejores historias contadas en una canción, aquellas que pudieron haber sido un cuento o una novela, así que creo que una lista como esta no la encontrarán en ningún sitio. A ponerse, pues, los audífonos y a disfrutar de esta especial Playlist. 

Ob la di-Ob la da (The Beatles, 1968) 
Esta es una canción que siempre ha causado polémica. Se la ha llamado la peor canción de Los Beatles y cosas por el estilo, pero a mí me gusta mucho su historia, que es una muy simple: Un hombre conoce a una mujer, se gustan, se casan y tienen hijos. Pero para mí está muy bien contada, de una manera alegre y sin pretensiones. 

Tie a Yellow Ribbon Round the Ole Oak Tree (Tony Orlando and Dawn, 1973) 
Esta canción está basada en un cuento publicado (creo) en los años 50 en los Estados Unidos. Un hombre es condenado a tres años de cárcel, lo que era una deshonra mayúscula, y escribe una carta a su esposa indicando que, si al salir de la cárcel aún lo acepta, coloque una cinta amarilla en el roble a la entrada del pueblo. De no encontrarla, seguiría su camino y no volvería jamás al pueblo. Esta canción fue muy popular en una versión en castellano en mi país, pero esta versión omitía la estrofa final, lo que la dejaba como una historia inconclusa. Para suerte mía, varios años después encontré la historia original en una antigua edición de la revista “Selecciones del Reader’s Digest”. El final me emocionó, al conocer al fin el desenlace de la historia: El hombre llega a la entrada del pueblo y encuentra el viejo roble lleno de cintas amarillas. 

Las cuatro y diez (Luis Eduardo Aute, 1973) 
Un hombre encuentra casualmente a una mujer con la que tuvo una relación en sus años de adolescencia, y le invita un café para recordar esos años y contarle lo que pasó en su vida desde entonces, para al final despedirse de ella. Una historia muy hermosa y que a mí me pasó una vez casi a la letra. Será tal vez porque esta historia es muy común, o Luis Eduardo Aute la escribió para mí sin conocerme. Quiero creer lo segundo, es por eso que me gusta tanto. 

Pedro Navaja (Rubén Blades, 1978) 
Esta fue una revolución en la salsa. Jamás se había escrito una canción con valor literario, la historia de un matón de poca monta que encuentra la horma de su zapato en una prostituta a la que las cosas tampoco le iban bien. Como referencia literaria podemos decir que la historia está basada en el personaje “Mack the Knife” de la obra “Ascenso y caída de la ciudad de Mahogany” de Bertolt Brecht. Gabriel García Marquez declaró una vez con cierta envidia que le hubiera gustado escribir esa historia. No puede haber mayor elogio. Como curiosidad, esta canción me trajo más tarde dos decepciones: La mediocre película mexicana del mismo nombre, que traiciona a la canción, y una olvidable continuación del propio Rubén Blades, llamada “Sorpresas”, escrita años después, y que suena demasiado forzada.

Escape (The Pina Colada song) (Rupert Holmes, 1979) 
Esta historia es un poco (o bastante) cursi, pero también es muy popular, y su cursilería le da bastante encanto. Investigando sobre el tema, me enteré que su autor también era guionista de telenovelas. Y la historia parece, en efecto el guión de una película romántica: Un hombre está aburrido en su matrimonio y coloca un aviso en el periódico buscando todo aquello que su pareja no le daba, para escapar con ella. Concreta el encuentro con quien respondió el aviso y se da con la sorpresa de que es su propia esposa, quien buscaba lo mismo que él. Canción para escuchar con palomitas de maíz. 

The Devil went down to Georgia (Charlie Daniels Band, 1979)
Esta canción está basada en una leyenda popular: El diablo va a Georgia en busca de un alma que llevarse y apuesta el alma de un muchacho en una competencia de violín, siendo derrotado. Será que a la gente le gustan las historias de gente que logra burlar al diablo. 

Era en Abril (Juan Carlos Baglietto, 1982) 
Hay toda una leyenda sobre esta canción. Suena tan auténtica y desgarradora que cuando salió, se dijo que era una historia real que le fue legada a Juan Carlos Baglietto. Una pareja está muy ilusionada ante la llegada de su hijo, hasta que ella pierde al niño dentro de su vientre. Desolados por la pérdida, la pareja decide suicidarse. Nuevamente, una historia, aunque terrible, muy bien contada, llena de metáforas. 

Naturaleza Muerta (Mecano, 1991) 
Recuerdo que a principio de los 90, los integrantes de Mecano dijeron que buscaban mayor profundidad en sus canciones, y que querían hacer algo como lo que hacía Joan Manuel Serrat. La idea sonaba tan disparatada que pocos la creyeron posible. En su siguiente disco se encuentra esta canción. Ignoro si se basa en una leyenda popular o en algún cuento ya publicado, pero la leyenda aquí contada es una hermosa leyenda. El mar se enamora de un pescador, quien ya tiene una mujer que lo ama y lo espera en casa. El mar secuestra al pescador, y la mujer se convierte en una piedra blanca que mira al mar esperando el regreso de su amado, mientras el pescador lucha eternamente contra las aguas sin poder escapar. Si esta canción es creación de Nacho y José Cano, los compositores del grupo, pudieran bien haberla publicado como cuento y ser reconocidos por ello. 

Y nos dieron las diez (Joaquín Sabina, 1992) 
La preferida del público. La historia del cantante que se enamora de una mesonera en un pueblito, y que cuando vuelve un año después, no encuentra rastro de ella, todo ello contado con el arte de Sabina en su mejor época, no tiene desperdicio. Canción para cantar con entusiasmo e invitar al público a unirse en el coro. 

Ruido (Joaquin Sabina, 1994) 
Otra de Joaquin Sabina, y otra joya literaria. A través de la metáfora del ruido, se cuenta la historia de una pareja, de su inicial entusiasmo y su dolorosa ruptura. Ruido de amenazas, ruido de abogados, tanto, tanto ruido. 

¡Y aquí hay algunos Bonus tracks! 

Piano Man (Billy Joel, 1973) 
No incluyo esta canción en la lista porque no narra una historia propiamente dicha, es más bien una descripción casi cinematográfica de una escena: Un pianista toca por las noches en un bar, rodeado de personajes, cada uno con una historia que contar. 

Another Day (Paul McCartney, 1971) 
Otra canción que es más una escena que una historia: Una mujer se levanta en la mañana para seguir con su vida rutinaria, mientras espera, o más bien desea, que venga alguien para rescatarla. 

Hotel California (The Eagles, 1976) 
Pondría esta canción en la lista, si no fuera porque todos sabemos que cuenta una historia, pero nadie se pone de acuerdo sobre lo que se cuenta en esta historia ¿Es un cuento de fantasmas? ¿Un viaje lisérgico? ¿Una secta satánica? Lo único que sabemos es que un hombre llega a un hotel y encuentra gente en una fiesta o reunión. No sabemos exactamente qué pasa después o cómo termina la historia.

Sigamos escuchando música y prestando atención a las letras, de vez en cuando hay buenas historias esperando allí.

lunes, 23 de octubre de 2023

Anticuento



Alguna vez, en un reino muy antiguo y lejano, durante una gran celebración, el rey invitó a todos los artistas de su reino a hacer una obra que represente a la felicidad, ofreciendo como premio una gran bolsa de monedas de oro. Se presentó un famoso escultor, que mostró un mármol con la alegoría de una hermosa mujer con una gran sonrisa. Demasiado académico, dijo el rey. Pasó a la siguiente obra. Era un lienzo con la imagen de una fiesta en donde jóvenes cantaban y bailaban. Demasiado predecible, opinó el rey. Así fue pasando ante todas las obras, encontrando defectos en todas y diciendo que ninguna de las obras representaba fielmente la felicidad. Hasta que encontró un papel que alguien había colocado sobre la mesa, en donde se veía el garabato de un niño de la mano de su madre. El rey al fin sonrió complacido. Esta es la verdadera imagen de la felicidad, dijo, no es la complejidad de un arte, ni una alegoría, es el simple sentimiento. Toda la corte asintió en reconocimiento a la sabiduría del rey. Solamente la gente del pueblo, que desde el principio dudó de que el rey hubiera abandonado la costumbre de la tacañería, empezó a decir en voz baja que no era de extrañar que diera el premio a su propio hijo por dibujar tan solo un garabato.

sábado, 15 de julio de 2023

La virgen del abismo



Esta historia la escuché hace tanto tiempo que he perdido casi todos los detalles. Queda, sin embargo, lo más esencial. Se cuenta que un hombre, abatido por las tragedias, salió de su casa con rumbo a un pequeño parque en distrito limeño de Magdalena, que da a un acantilado a varias decenas de metros sobre la rompiente del mar. Va, como todo suicida, solo, mirando al piso y sin ver a nadie. Tampoco hay nadie que lo vea, pues el sitio es desolado y la hora es la de un crepúsculo oscuro. 

Caminando hacia las barandas que dan al barranco, encuentra una pequeña gruta recién construida, y en ella una imagen de la Virgen María, que lo mira como sintiendo lástima por él. El hombre se arrodilla ante la gruta, y recita un Ave María del que casi no recuerda las palabras, que empieza a entremezclar con la historia de los hechos que lo han llevado hasta allí. Llora al narrar su vida, y más al darse cuenta de que la Virgen lo está escuchando, de que no está solo en ese parque, sino que ella lo acompaña y le ofrece consuelo. La Virgen ha triunfado, el hombre se levanta y emprende el camino de regreso, si no con la solución a sus problemas, al menos con el valor para enfrentarlos. 

La gruta de la Virgen fue colocada allí por el sacerdote de la iglesia a pocas cuadras del parque que da al abismo de Magdalena, preocupado por los varios casos de suicidio que sucedieron allí. Tuvo entonces la lucidez de construir la pequeña gruta y tomar la imagen que estaba en su iglesia para llevarla allí, donde más necesaria era su presencia. Desconocemos exactamente cuántas vidas salvó mientras estuvo allí, pero sabemos que fue más efectiva que las barandas, las mejoras en la iluminación y la vigilancia que se puso más tarde ante las quejas de los vecinos. Hoy, que el pequeño parque es el final de una gran avenida, y el sitio ha dejado de ser solitario, la pequeña imagen ha regresado a su iglesia y la municipalidad la ha reemplazado por una enorme estatua de la Virgen que se ve en la imagen de este post, tan grande y lejana que no deja lugar para arrodillarse y contar sus problemas a la gente. Tal vez en la ansiedad por convertirnos en una gran ciudad hemos olvidado las cosas pequeñas que realmente nos escuchan y nos tratan de tú, y que nos ofrecen el consuelo de una madre.

sábado, 24 de junio de 2023

Historia de una carta



Había sido un día normal hasta ese momento, en que llegó a su casa y encontró un sobre bajo la puerta. Extrañada, lo levantó del suelo y vio que era una carta. Hacía demasiado tiempo desde que no recibía una. Es más, en ese momento no recordaba haber recibido una jamás, tal vez aquella postal que una prima suya le escribiera desde su viaje de vacaciones, cuando niña. Pero esta carta era muy diferente a las que normalmente encontraba en su puerta, a donde llegaban solo volantes de los negocios vecinos, o las impersonales cartas de los bancos, que tan pronto ofrecen el cielo de los préstamos y tarjetas de crédito, como el infierno de las acciones por falta de pago. El sobre era de aquellos delgados, con su nombre escrito en una cuidada caligrafía e incluso sellada y timbrada con estampillas, como si hubiera viajado en una máquina del tiempo desde hace quién sabe cuándo. Solamente el nombre del remitente faltaba. 

Indecisa, preguntó en su casa si alguien sabía algo de la carta. Nadie pudo dar una respuesta, nadie la había visto y nadie sabía en qué momento había llegado. El cartero que la trajo, sin duda solo la pasó por debajo de la puerta y se fue sin más. Ante la presencia de tal misterio, le invadió la aprehensión de la duda que le hizo quedarse mirando el sobre sin abrirlo. A la mañana siguiente, en la oficina, seguía aún con la inquietud de qué hacer con la carta. Consultó con el abogado de la empresa, quien le aseguró que los abogados no suelen tomarse tantas atenciones para enviar una carta, y que los extorsionadores tampoco son tan delicados para dejar una carta con estampillas y caligrafía, por lo que no debería tener nada que temer. Otros compañeros de trabajo intervinieron entonces en la conversación. Es una broma de alguno de tus amigos, o de un pariente, dijo uno. Yo recibí una vez una carta así, y resultó ser una cadena, dijo otro. El caso fue circulando de boca en boca y de escritorio en escritorio hasta que llegó a mí y fue requerida mi opinión. Ante la falta de más información, dije, solo queda aplicar el sentido común: hay que abrir la carta y leer su contenido. Como siempre, mi opinión fue rechazada y tachada de simplista. 

Ante la disparidad de opiniones, solicitadas e inopinadas, ella optó por la inacción. Pero la carta ya había comenzado a hacer efecto. No se lo había dicho a nadie, pero había traído la carta en su bolso, y cuando se creía no observada, metía la mano para sentirla, como si tuviera miedo de que desapareciera mágicamente. Sin darse cuenta, se empezó a sentir importante. Alguien se había tomado el trabajo de escribirle una carta a mano, en estos tiempos en que es tan fácil enviarle un correo electrónico o dejarle un mensaje en sus redes sociales. Alguien quería enviarle un mensaje de puño y letra (pues estaba segura de que la carta en el interior del sobre estaba también manuscrita), con todo lo personal que ello significa. Alguien tenía algo importante que decirle, algo que no podía transmitirse por otro medio. 

Fue en ese momento en que sintió un estremecimiento que le hizo comprender el miedo que le había impedido abrir el sobre hasta ahora. La persona que había escrito la carta sabía. Tal vez esa carta había sido escrita para recordarle ese episodio que trataba de olvidar, y que solo en ese momento comprendía que no estaba totalmente enterrado. Asustada, entró al baño con la intención de abrir la carta y acabar con la duda, pero llegado el momento fue incapaz de hacerlo. Solo la arrugó hasta convertirla en una bola de papel. Pensó por un momento en arrojarla a la papelera, pero se detuvo pensando en lo que pasaría si alguien, tal vez la empleada de la limpieza, la encontraba y la abría por curiosidad. Salió del baño temblando, y se dirigió a donde estaba su superior para avisarle que se sentía mal y que pediría permiso por el resto del día. Su rostro desencajado y la voz quebrada hicieron innecesarias mayores explicaciones. 

Una vez en la calle, pidió un taxi, pero le indicó al chofer que tomara otra ruta a la que habitualmente tomaba. En una avenida divisó un basural, abrió la ventanilla y arrojó la bola de papel arrugado. Ya nadie sabría nada y podría volver a su vida. Llegó a su casa, y lloró unos minutos hasta caer dormida. 

Al día siguiente, volvió al trabajo. Los compañeros de trabajo se mostraron preocupados solamente por su repentino malestar del día anterior, y todos recibieron una respuesta convencional. Solo yo, después del almuerzo, me animé a preguntar por el destino de la carta. Ella me contó entonces la historia bajo juramento de silencio, solo porque necesitaba desahogarse con alguien. ¿Qué habrías hecho tú? me preguntó al final. Yo lo solo me encogí de hombros, mirando al piso, antes de balbucear que no sabía. 

Ella se alejó para terminar con su jornada laboral, algo más aliviada. Yo me quedé solo en la mesa, pensando en que ella nunca sabrá lo que siento por ella, nunca leerá los poemas que compuse pensando en ella, y que nunca seremos otra cosa que unos conocidos que casualmente trabajan en el mismo lugar.

lunes, 15 de mayo de 2023

Las alas caídas



Hace tiempo, cuando yo aún creía en los milagros, recuerdo que vi en la ventana de una tienda del barrio, aquel par de alas. Por esos días no era tan frecuente ver negocios que colocan un par de alas para que la clientela se tome selfies, pero aun así todos podíamos ver que eso no era algo ordinario. Bastaba verlas para darse cuenta de que eran unas alas verdaderas, no eran de fibra sintética, ni mostraban signos de manufactura humana. Eran de una sola pieza, y las plumas parecían verdaderamente haber crecido desde la estructura de carne seca. 

Al preguntar al viejo dueño de la tienda sobre el origen de las alas, no podía obtenerse nunca una respuesta clara. A fuerza de insistir y preguntar, pudimos sacar en claro que un día, alguien llegó a la tienda para tratar de conseguir algunas monedas por las alas. El viejo accedió por pena, por curiosidad, o por no ver aquellas magníficas alas perderse quién sabe dónde. Fue solo después de un tiempo que accedió a colocarlas en la ventana para permitir a los clientes tomarse fotos fingiendo ser ángeles, siempre bajo la promesa de tener el máximo cuidado. Era una precaución inútil, pues aunque las alas eran muy livianas y tenían un aspecto delicado, demostraron ser bastante fuertes, y nunca recibieron un verdadero daño por parte de aquellos clientes descuidados que nunca faltan. 

Una vez, alguien del barrio llevó a la tienda a una estudiante de veterinaria, para revisar cuidadosamente las alas. Al llegar, declaró que demostraría que solo se trataba de un producto hábilmente manufacturado, o al menos un par de alas de albatros tratado con pericia para evitar su descomposición. Luego del examen, realizado ante los ojos de la multitud expectante, el estudiante declaró que las alas no eran falsas, pero era incapaz de identificar el tipo de ave al que pertenecían. No conocía ave alguna con alas de esa forma y de ese color blanco. 

La leyenda de que eran verdaderas alas de ángel las que estaban colgadas en la ventana de la tienda se difundió y fue objeto de acaloradas discusiones entre el gentío que abarrotaba el establecimiento. Se formaron entonces los partidos de quienes creían en una intervención milagrosa y la extrapolaban a una prueba de la existencia de Dios, los ángeles y los espíritus; y aquellos que lo descalificaban como un simple truco para obtener mayor clientela. 

Se recordó por entonces un confuso episodio de pocos meses atrás, en que personas afirmaron haber visto en una mañana de lunes a un hombre que apareció de pronto en una calle, que también portaba unas alas semejantes, y que salió volando antes de responder a la multitud que se congregó en aquel momento. 

La fábula del ángel caído despertó tantas controversias y discusiones que el viejo propietario se vio obligado a sacar las alas de la ventana y colocarlas en el techo sobre el mostrador, lejos del alcance de los clientes, ante el temor de un atentado. 

Poco a poco, la novedad fue pasando, la gente volvió a hablar de deportes y política, y los ánimos se calmaron a tal punto que fuimos pocos los que preguntamos cuando las alas desaparecieron del techo sobre el mostrador. Nuevamente preguntamos y repreguntamos hasta que el viejo tendero nos confió que una mañana un hombre apareció en la tienda y pidió comprar el par de alas. El viejo accedió de inmediato, pues reconoció en el hombre a aquel a quien había comprado las alas hacía ya tiempo, pero no aceptó ningún pago a cambio, por vergüenza, por honor, o porque simplemente sintió que no era correcto. 

Entre todas las vueltas y medias respuestas que nos daba el viejo cuando insistíamos en que nos cuente la historia, nunca pudimos saber si era verdad o solo había imaginado o deseado que el desconocido, al recibir las alas, se las colocó en la espalda y, después de agradecer al tendero, salió a la calle y levantó un vuelo tranquilo hasta perderse en el cielo gris de la ciudad.

sábado, 25 de febrero de 2023

Leyendas peruanas: Las aguas termales de Churin



En Churín, a 200 km al norte de Lima, existen unas famosas aguas termales a donde va la gente a relajarse y disfrutar de sus aguas medicinales. Una de las fuentes es llamada "Mamahuarmi", cuyo nombre proviene de la leyenda que presento a continuación:

Hace unos 500 años vivía en Churín el curaca Runa Kachi (Hombre Sal), quien tenía una esposa y una hija. Ella creció en el campo, paseaba entre los árboles y se bañaba en el río, conversaba con las aves y contemplaba a los cóndores. En el día el Inti (Sol) la admiraba y durante la noche la Killa (Luna) envidiaba la belleza de Urpi (paloma), que tal era el nombre de la doncella. 

Pero en ese tiempo llegaron los españoles, vestidos de armadura y montados sobre sus caballos. La misión de los soldados era encontrar oro y plata para enriquecer a los soldados y enviar a España. Llegaban cansados después del largo camino que los había llevado desde Pachacamac, por eso cuando el curaca Runa Kachi recibió con hospitalidad a los extranjeros, se sintieron en el paraíso. Runa Kachi hizo honores a los hispanos e incluso ordenó a su hija atenderlos. 

El capitán, al ver a Urpi, se enamoró inmediatamente de ella. El romance fue apasionado, pero tuvo que llegar a su fin cuando el veedor le ordenó partir para integrarse al resto del ejército conquistador. El capitán prometió volver mientras Urpi se quedó llorando desconsolada. Urpi descubrió que estaba esperando un hijo del español, y temiendo la cólera de su padre Runa Kachi, acudió a su madre. Ella le aconsejó huir. "Escóndete en las cuevas cerca de aquí, allí enviaré a atenderte" - le dijo. Cuando Runa Kachi se enteró, montó en cólera y juró venganza contra el español, por abusar de su confianza y dejarlo en vergüenza. No pudo averiguar en dónde estaba su hija y su hijo recién nacido, y mientras esperaba una pista sobre su paradero, preparó una flecha untada con veneno vegetal para cuando supiera la verdad. 

Meses después el capitán español regresó por su amada. Evitó encontrarse con Runa Kachi, buscando en cambio a la madre de Urpi. Ella le confió la ubicación de la cueva en donde se encontraba, sin saber que el curaca Runa Kachi los estaba espiando. El propio curaca siguió al capitán hasta la cueva. El español, ansioso, llegó a la entrada de la cueva gritando: ¡Urpi!. Ella salió corriendo con el niño en brazos, gritando a su vez: "¡Churique! ¡Churique!" (Este es tu hijo). Runa Kachi, que había seguido sigilosamente al español, no había sido visto por ninguno de los dos amantes, ciego de ira tensó el arco con la flecha envenenada y disparó. Pero la flecha, en vez de acertar al capitán que ya abrazaba a Urpi, atravesó al niño que Urpi le mostraba. Urpi, loca de dolor gritaba al ver morir a su hijo en sus brazos y se internó en la cueva para jamás volver a ser vista. 

Desde entonces dentro de la cueva se ve el agua gotear desde las rocas como las lágrimas de Urpi, que sigue llorando a su hijo muerto. Con el tiempo, los españoles conocieron primero al pueblo con el nombre de "Churique", el que poco a poco se fue convirtiendo en el nombre actual de Churín, que permanece hasta hoy. De vez en cuando, en las noches de luna llena, hay quien dice haber visto aparecer a Urpi en la entrada de la cueva, desnuda y con una larga cabellera, para sumergirse en una de las lagunas de aguas termales que hay fuera de la cueva, la que hoy es conocida como "Mamawarmi", que significa "Mujer madre".

lunes, 21 de noviembre de 2022

Leyendas peruanas: Achkay, la bruja



Dentro de las leyendas peruanas, hay algunas que se parecen a los cuentos europeos clásicos. Esta es la historia de la bruja Achkay, que se cuenta en la sierra de Ancash. 

En una ocasión, vivía en uno de los valles de Huaylas una pareja de esposos y sus dos pequeños hijos, que trabajaban la tierra. Estos niños eran muy traviesos y se hicieron amigos de los animales de la sierra, con los que jugaban mientras ayudaban a su padre. Pero vino una gran sequía que duró muchos años. La esposa del hombre murió en el primer año y los niños se pusieron muy flacos. Aun así, el hombre conservaba su tierra y la trabajaba lo mejor que podía. Esto despertó la codicia de una mujer malvada que enamoró al padre hasta casarse con él. 

Una noche, los niños se quejaron a la madrastra por el hambre que tenían, y ella les contestó muy molesta: “No hay nada, ya duérmanse”. Los niños obedecieron, pero la malvada mujer se quejó con su esposo: “Esos hijos tuyos son ociosos, no trabajan y solo comen, no quiero verlos, arrójalos al cerro” El hombre, que estaba embrujado por la mujer, le obedece, y coge a los niños dormidos y los pone en un costal y los arroja por el precipicio, tal como se lo habían pedido. 

Los niños cayeron un trecho, pero las plantas de la ladera, llenas de espinas, detuvieron la caída. Los niños despertaron al amanecer y se vieron atrapados en medio del abismo. Incapaces de hacer otra cosa, empezaron a gritar por ayuda. Un cóndor que sobrevolaba los cerros los vio y se acercó a ellos. “Tío cóndor, tú nos conoces, sácanos de aquí”, le dijeron. El cóndor los reconoció, y con sus fuertes garras, rompió el costal para permitir que los niños salgan y trepen sobre sus hombros, para luego emprender el vuelo. 

Así, con los niños montados, llega a un campo donde había muchas papas, cerca del pueblo de Chavín, y los deja allí. Los niños, contentos, empiezan a recoger papas para saciar su hambre, pero se dan cuenta de que no pueden cocinarlas sin fuego. Entonces vieron el humo que salía de un ranchito. la niña entonces dice “Yo iré a la choza para pedir fuego, aunque sea sólo para asar la papa”. No sabían los niños que esa era la casa en donde vivía la bruja Achkay y su hija Oronkay. 

Al ver a la niña, se le abrió el apetito a la bruja y pensó lo sabroso que sería comérsela. Pasa, le dijo - ¿Vienes sola? La niña le respondió que su hermano la estaba esperando afuera con las papas. La bruja pensó lo bueno que sería cocinar a los niños y dejar un poco para su hija. Le dijo: “Acá cocinaremos para que estemos bien. Trae a tu hermano. Por favor vengan con sus papas”. Los niños entraron a la casa y la vieja bruja les decía lo rico que iban a comer. 

Pero la bruja quería también comerse las papas de los niños, así que puso en la olla las papas y también unas piedras del río, que sirvió a los niños. Ellos trataron de pelar las papas sancochadas, pero no pudieron. Los niños dijeron “Estas papas están muy duras, no se pueden pelar”. La bruja cogía sus papas y les decía “pero sí se pueden, mira las mías”. Como ya era de noche, se fueron a dormir. "Voy a dormir con tu hermano en mi cuarto", dijo la bruja, y tú dormirás con mi hija en la otra habitación.

Cuando el niño se durmió, la bruja lo metió en una olla y encendió el fuego. El niño despertó y dijo: “Ay, qué calor”, la niña despertó y preguntó ¿Qué le haces a mi hermano, tía? La bruja respondió: “Estoy sacando las liendres de su cabeza”. Entonces por segunda vez se quejó el niño: “¡Ay qué calor!”. Otra vez la hermana pregunta a la vieja: “Tía ¿Qué le estás haciendo a mi hermano?”.”En la cabeza de tu hermano hay muchas liendres. Por eso se queja” - respondió. El niño ya no pudo quejarse de nuevo, porque la olla ya estaba hirviendo. La bruja inmediatamente se comió al niño, y cuando amaneció, ya había terminado. 

La olla todavía estaba caliente, así que la bruja pone más agua y le dice a su hija que meta a la niña a la olla. Pero en la cocina vivía una rana, que advirtió a la niña del peligro que corría. Oronkay, la hija de la bruja, le dice: “Qué lindo, qué bellas flores hay en esta olla, ven tú también para verlas”. La niña, prevenida, le responde “A ver tú primero”. Al acercarse la hija de la bruja, la niña la empujó adentro. Después de haberla empujado, la niña recogió los huesos de su hermano y huyó de la casa. Al rato, la bruja regresa, abre la olla y la carne ya está bien cocida. Muy contenta, la bruja empieza a comer. Cuando está satisfecha la bruja busca a su hija y no la encuentra. Llama y llama. De repente su hija le contestó desde dentro de su estómago. Dándose cuenta dijo: “¡Me hizo comer a mi propia hija!”. Grita llena de odio: “¡Dondequiera que te encuentre, me las vas a pagar!”. Y empezó a perseguir a la niña. 

La niña huyó al campo llevando los huesos de su hermano en un costal, y así llegó a donde un zorrillo escarbaba un hueco. La niña dijo al zorrillo: “Escóndeme Tío, en el hueco, por favor”. Al rato la bruja llegó y le preguntó al zorrillo: “zorrillo asqueroso ¿Has visto a mi hija?”. El zorrillo contestó: “No la he visto”. La vieja se enojó por la respuesta: “No sirves para nada”. El zorrillo, enojado, la orinó en sus ojos. Mientras la bruja se limpiaba y se quitaba el olor, la niña pudo escapar. 

La niña huyó todavía varios días, hasta que llegó a donde estaba el cóndor. La niña le contó al cóndor todo lo que le había sucedido, mostrándole los huesos de su hermano. “Tío cóndor, escóndeme debajo de tus alas”. El cóndor accede justo cuando llega la bruja, que le pregunta por la niña, a lo que el cóndor le responde que no la ha visto. La bruja no le cree y le dice: “Déjame buscar debajo de tus alas”. El cóndor acepta y dice: “Acércate para que veas! Cuando ella estaba a punto de levantar su ala, el cóndor le dio un aletazo, y la bruja cayó revolcándose en el suelo. Mientras tanto la niña salió y se fue corriendo. 

Después de viajar muchos días, la niña ya estaba muy cansada, y llega a la tierra de los kullkush, las tórtolas de la puna, a las que pidió ayuda para llevar los huesos de su hermano. Uno de estos pájaros se ofreció entonces para resucitar a su hermano, haciéndose entregar los huesos, que depositó en su cesta de mimbre. Obligado a ausentarse para ir en busca de semillas y granos, recomendó a la niña no abrir por ninguna razón la cesta para ver qué pasaba con los huesos. Mientras tanto, Achkay, siguiendo el rastro de la niña, llegó a su vez al territorio de los kullkush y, viéndola, lanzó un grito amenazador. La niña, desesperada pues no había vuelto aún la tórtola, destapó la cesta y vio con gran sorpresa que los huesos se habían transformado en el cuerpo de su hermano. Se sintió feliz, pero justo en el momento en que estaba cogiendo la mano del pequeño, éste se transformó en kashmi (perrito blanco). 

Seguida por este nuevo compañero, la niña huyó hacia el altiplano, donde encontró una vicuña con una cuerda de oro atada al cuello; a ella le contó todo, rogándole que le dejara la cuerda para subir al cielo. La vicuña le prestó la cuerda de oro y la niña, junto a su hermano, comenzó la subida. Cuando Achkay llegó donde la vicuña, vio a la niña subiendo por la cuerda, y pidió a la vicuña una cuerda para subir también ella. La vicuña le dio una cuerda de paja con un ukush (ratoncito) puesto en el extremo. Achkay lanzó la cuerda hacia arriba y empezó a subir alegremente, convencida de que la pequeña ya no tenía escapatoria. Cuando estaba a punto de alcanzarla le gritó: "¡Oye, desgraciada, pagarás por la muerte de mi hija con tu vida!". Pero al continuar la subida oyó el ruido emitido por el ratoncito, a quien preguntó: "Oye ratoncito, dime, ¿qué estás comiendo con tantas ganas?”. “Estoy masticando la kamcha (maíz tostado) dura de mi abuela", contestó. El ratón continuó royendo la fibra de la cuerda, hasta que ésta se rompió por el peso de Achkay, quien cayó dando un fuerte alarido. 

El cuerpo de Achkay se estrelló contra el monte Rakan Shapra, en la orilla izquierda del río Ouchka, cerca del Templo de Chavín. La sangre que salió del cuerpo de la vieja fue a parar a un lugar cercano llamado Wila-kota, que ahora es un pequeño lago en la orilla izquierda de dicho río. Los restos del cuerpo volaron en todas las direcciones; de ellos nacieron muchas pequeñas plantas silvestres y cultivadas que aún hoy crecen en la tierra de los Conchucos. De las piernas y de los brazos salieron los cactus (kashas), de las uñas las ciruelas, de los pelos las ortigas, de los ojos las patatas, de los dientes el maíz, y de los dedos la mashwa. 

La niña siguió subiendo por la cuerda de oro hasta que llegó al cielo con su hermano, en donde ella se convirtió en Apachi Ururi, la Estrella de la Mañana, mientras su hermano se convirtió en Achachi Ururi, la Estrella de la Noche, que desde entonces guían a los viajeros, pastores y agricultores.

miércoles, 12 de octubre de 2022

Historias de karaoke



El karaoke es un universo paralelo en el que todos han entrado alguna vez para convertirse en alguien diferente. Basta un poco de ánimo brindado por el alcohol o los amigos, y aparecerá una persona diferente a la que entró, capaz de cantar antiguos y recientes éxitos musicales, convencido de tener una de esas voces que llenan estadios y teatros. Pocos dejan de tomarse en serio al tomar el micrófono y sentirse el centro de atención por un par de minutos.
Y lo digo con conocimiento de causa, porque muchas veces he sido yo el que me he convertido en un personaje irreconocible para los asistentes, dejando a mi paso rostros de sorpresa y uno que otro sentimiento de admiración.

El karaoke es un arte que tiene mucho que ver con el sentido de la oportunidad para lograr el mayor impacto. Cuando hay un grupo de amigos en el local, pasamos por varias etapas: primero es la etapa de la timidez. Aún falta gente por llegar y hay todavía la resistencia a ser el primero en cantar. Aquí empiezan algunos tragos para despejar la garganta y las inhibiciones artísticas. La segunda etapa es la del inicio verdadero. El ejemplo de los primeros valientes ha surtido efecto y ya hay una cola para ocupar el micrófono. Este es el momento más serio, donde cada uno trata de demostrar su valía como cantante, y se esfuerza por llegar a la nota. Luego empieza la parte divertida. Ya perdida la timidez, cada quien escoge su mejor canción y reta al siguiente a superarlo. Aquí aparecen también las canciones escogidas para mandar un mensaje a alguno de los presentes. Mentirosa, Rata de dos patas, y toda esa lista de canciones que hablan mal de otro desfila por el playlist. La última etapa es el desmadre. Cada uno canta lo que quiere, sin importar tonos, letras e incluso sin importar quién tiene el micrófono. Al final, todos roncos y alegres, emprenden el camino a casa cantando las canciones que olvidaron poner, y deseando la próxima reunión con karaoke para, ahora sí, dejar a los demás sorprendidos ante sus habilidades musicales. Por mi parte, yo trato de tomar la tarea con responsabilidad, y me tomo en serio la labor de cantar. Claro que en la etapa de impresionar a la audiencia ataco canciones en inglés, portugués e italiano, y entrego el micrófono con un gesto característico que los demás traducen como un “A ver, supera esto”. El problema es que mi voz no se adapta a la mayoría de las canciones que me gustan y me priva del gusto de cantarlas. Por lo tanto, en la búsqueda de canciones que pueda entonar sin convertirme en la burla general, termino cantando boleros y rancheras con bastante autoridad. 

Con el tiempo, he aprendido a conocer cuál es mi tono de voz, y si podré llegar a todos los versos de las canciones, por lo que no he pasado por la vergüenza de quedarme sin voz a mitad del coro de una canción. También trato de escoger una canción con una buena letra, a la que pueda poner emoción a la hora de entonarla. Aquí se presenta la dificultad técnica de cómo cantar una canción de amor de manera convincente sin una musa a quien dedicarla. Hay que buscar entre la concurrencia a alguien a quien pueda improvisar como receptora de mi canción. Algunas veces esto lleva a malos entendidos, mujeres que se sienten incómodas y hombres que sienten invadidos sus territorios. Solo una vez la damisela en cuestión se acercó a mí después de la canción y trató de preguntar si en verdad sentía por ella aquello que le canté. Y como siempre, me fue difícil explicar que durante la canción todo era cierto, que durante esos dos minutos y medio, todo aquello que decía la canción fue verdad. 

Otra vez, cuando estábamos ya en la etapa de cantar cada quien lo que se le antoje sin miedo a las críticas, me quedé conversando con una chica que me acababan de presentar, y que también cantaba con sentimiento y cuidado canciones de Christina y los Subterráneos. Era una buena distracción, que además me libraba de explicar por enésima vez que no se puede duplicar en un karaoke la voz de un reggaetonero autotuneado. Estuvimos charlando buen rato, aprovechando que tres de nuestros compañeros se habían enfrascado en un contrapunto de canciones donde cada una respondía a la anterior. Quedé en encontrarla durante la semana, con la excusa de alcanzarle cierta información útil para su trabajo. El siguiente martes le llevé la información prometida y pasamos conversando amenamente durante la hora de almuerzo de su trabajo. Al acompañarla hasta la puerta de su empresa, ella se encontró con otra persona, su superior sin duda, que empezó a recriminarle sobre ciertas tareas hechas y sobre las urgencias que tenían, sin importarle mi presencia. Mi amiga, quien hace tres días había estado cantando conmigo canciones sobre la huida, la libertad y la rebeldía femenina, entró al edificio con una superiora que le hablaba sin dejarla responder y sin siquiera darle ocasión a despedirse de mí. 
No quiero juzgarla, después de lo que me llegó a contar sobre su vida, ni quiero resaltar diferencias entre el karaoke y la vida real, sólo me quedó la idea de que a veces se necesita más valor para quedarse que para irse y abandonar todo.

domingo, 2 de octubre de 2022

El lobo disfrazado de oveja



Hubo una vez un lobo que, codicioso de las ovejas que pastaban en el prado, tomó la piel de la última oveja que pudo atrapar y se vistió con ella para confundir al pastor y al perro que cuidaba el rebaño.
El disfraz funcionó muy bien, nadie se dio cuenta y pudo atrapar una oveja sin ser notado. Contento, se jactó de su astucia ante otros lobos de la manada. 

Uno de los lobos que había escuchado el relato, pensó que era una idea digna de imitarse, y se colocó también una piel de oveja sobre el lomo, con el mismo éxito que el primero. Al primer imitador siguió otro, y luego otro y otro más. Pronto toda la manada, y las manadas de los rumbos aledaños se disfrazaban y se mezclaban con las ovejas en busca de una presa sin ser impedidos por los pastores. 

Una noche, uno de los lobos disfrazados, atacó a una oveja para devorarla. Grande fue su sorpresa cuando descubrió que acababa de matar a un lobo disfrazado. Ofuscado, atacó a otra oveja que también resultó ser un lobo. Miró a su alrededor y pudo observar que todo el rebaño estaba compuesto por lobos disfrazados con piel de oveja. Se dispuso a quitarse el disfraz y alertar a los demás, pero se lo impidió el ataque de un lobo que lo confundió con una oveja. 

Al amanecer, el prado estaba regado con los cadáveres de todos los lobos que se mataron entre ellos creyendo que eran ovejas. El pastor sacó lo que quedaba de su rebaño, que había tenido el cuidado de esconder en su granero la noche anterior, y hoy lo deja pastar libremente, ya que el prado ha quedado libre de lobos que las puedan molestar.

lunes, 12 de septiembre de 2022

Las palabras poderosas



El Gran Maestre me convocó, poco antes de la ceremonia de sucesión, en su despacho, para mostrarme un enorme libro. 

- Este es el más importante encargo que debo hacerte, una tarea a la que he dedicado gran parte de mi vida y que espero que tú culmines - empezó. - Desde el inicio de los tiempos, cuando los hombres apenas descubrieron la palabra, muchos empezaron a sospechar de su poder oculto. Una palabra cualquiera que puede invocar el pensamiento de un objeto tan claramente como si estuviera al frente de su receptor, algo tiene de mágico, se pensaba en esos primeros tiempos. Más impresionantes fueron palabras que podían invocar espíritus invisibles, como la verdad, la paciencia, la ira. No olvidemos que desde los tiempos antiguos cosas que hoy llamamos virtudes o nociones eran considerados espíritus que tenían representación física, que primero los griegos y después los romanos nos legaron como alegorías: el tiempo, la justicia, la muerte. Se sospechó desde entonces que debían existir palabras tan poderosas que pudieran invocar no sólo la idea, sino el propio objeto físico, o incluso hacer visibles los espíritus invocados. Oraciones, las llamaron algunos, conjuros, las llamaron otros. 
Desde entonces muchos han intentado hallar esas palabras que proporcionan el más grande poder. Así, nos ha llegado la noción de que Dios es el Verbo. Por lo tanto, se pensó entonces, debe haber una palabra que nos pueda igualar en poder al propio Dios. Todo esto podría descartarse como un sofisma o como una extrapolación sin asidero práctico, pero conocemos casos de personas que han accedido a tales palabras, o al menos a una fracción de ellas con el suficiente poder como para poder comunicarse con los dioses. Son ellos los profetas o líderes que hicieron prodigios en favor de sus pueblos con solo el poder de sus palabras. Posiblemente me digas, pues eres inteligente, que aquellos que escucharon esas palabras poderosas, o los discípulos de tales líderes bien pudieron repetirlas y usarlas a su vez, y no estuvieran hoy perdidas. Pero un gran poder es fuente de corrupción, como es sabido desde siempre, y por lo tanto su uso no se confía a cualquiera. Esto fue la primera causa de que hoy se hayan perdido. Su uso fue restringido a unos pocos escogidos, con el fin de ser utilizado solamente en casos muy especiales. En consecuencia, estas palabras fueron transcritas en tablillas de arcilla, en piedra o en pergamino. Ello ocasionó un problema: los caracteres escritos no representan exactamente el sonido de las palabras. Los jeroglíficos expresan la idea de la palabra, pero no la palabra en sí, y las letras pueden ser interpretadas de distinta manera por distintas personas. Como ejemplo tenemos el propio nombre de Dios. Solo nos ha quedado de él el Tetragramaton IHWH, del cual no conocemos la pronunciación exacta, pues los hebreos de la época no escribían las vocales, y cada letra tiene una pronunciación diferente según el idioma o dialecto que utilicemos. Hasta hoy hay quien interpreta su lectura como “Iehowah” o “Iahweh”, y debemos aceptar que no tenemos forma de conocer el verdadero nombre y que lo más probable es que este se haya perdido para siempre. Desde luego, quien haya usado las palabras pudo haberlas transmitido verbalmente a sus sucesores, pero llegaremos al mismo problema al paso de algunas generaciones, pues las palabras no solamente se componen de los sonidos que los componen. Hay que darles entonación y ritmo. Una palabra no ocasionará el mismo efecto dicha lentamente y en voz baja, que cuando se pronuncia de manera rápida y fuerte. Incluso cuando las palabras son incluidas en cánticos no pasan más de tres generaciones hasta que pierdan su entonación y ritmo original, pues la música es aún más difícil de conservar que las palabras. Con todo, se tiene noticia de gente que ha podido acceder al secreto de estas palabras. Debes haber sin duda escuchado las historias de algunos francmasones que se acercaron a las palabras, obteniendo gran poder como dictadores o como consejeros de grandes personajes; o tal vez sepas de aquel renegado de nuestra orden quien fue iniciado en la búsqueda, y terminó usando sus conocimientos como trucos de circo, rompiendo copas de cristal con su voz. 
Esta es la labor a la que he consagrado mi juventud y madurez, la recuperación de las palabras poderosas, y es la labor que he de encargarte. Lo que contiene este libro es el producto de todas mis investigaciones y las de mis predecesores. Muchos capítulos se encuentran aquí sobre los conceptos de Dios y del Poder desde las más antiguas civilizaciones y el camino que se ha recorrido para comprender este conocimiento y comprimirlo en unas pocas palabras. Además, en los siglos pasados la ciencia ha progresado mucho y hoy tenemos herramientas que nos pueden ayudar en la búsqueda. Mi antecesor introdujo al estudio el alfabeto fonético, que no solamente permite reproducir los sonidos presentes en todos los idiomas que han existido, sino que prevé todos los sonidos que pueden ser emitidos por el sistema del habla humana. Por mi parte, yo he incluido estudios sobre el uso de notaciones musicales para iterar sobre diferentes formas de entonación. ¿Te encargarás de esta tarea?

Me quedé pensando unos minutos, sobre la enorme tarea que se me estaba heredando, y sobre toda la información que me acababa de dar el Gran Maestre. A pesar de todo, había algo que no me parecía encajar. El Maestre comprendió mis dudas y me dejó meditar el tiempo necesario, hasta que pude ver la luz y le expresé mi opinión. - Es un gran honor y una dura tarea la que me encomienda, sin duda - le dije - pero me parece que toda su investigación adolece de un error de origen. Si las palabras son tan antiguas, su origen debemos buscarlo entonces en los idiomas más antiguos, tal vez en el sánscrito o en los idiomas de la rama indoeuropea que le precedieron. Estoy seguro de que esta consideración ha sido tomada en cuenta en ese libro, a pesar de las historias usted mencionó y que parecieran sugerir una semejanza con el francés moderno. Por otro lado, su antigüedad me sugiere una forma de pensamiento más simple que la que hoy tenemos. Para hallar estas palabras perdidas y su poder, debemos liberarnos de la erudición moderna, olvidarnos de toda la concepción filosófica legada por 2500 años de civilización grecorromana y volver a la ingenuidad previa. ¿Y cómo lograr esto? pues buscando al alma más simple que podamos encontrar. A un tonto, libre de prejuicios, que no conozca otra cosa que la sabiduría natural no contaminada por el conocimiento académico. Su simplicidad nos proporcionará también el ritmo y la entonación necesaria para pronunciar las palabras. No creo estar descaminado en mi pensamiento, pues la descripción de la persona que debemos buscar coincide con aquella de los que en las Escrituras se identifica como Bienaventurado, aquel quien verá a Dios. En resumen, para hallar las palabras poderosas nos bastará con encontrar a la persona más tonta y darle las instrucciones mínimas, y así podríamos terminar esa búsqueda en poco tiempo. 

El Gran Maestre me miró extrañado, dudando sobre si yo habría resuelto por fin el acertijo milenario o si solo me estaba burlando de él. Le ofrecí hacer un intento en los tres días que quedaban antes de dejar el cargo. Así fuimos a uno de los barrios más pobres de la ciudad, donde nos dieron razón de un hombre harapiento que vivía de lo que la gente del barrio le daba, y a quien todos consideraban un tonto. No era un loco, nos dijeron, sino una mente simple, pues discurría con sabiduría inesperada a las preguntas que se le hacían. Al final encontramos al tonto, y fue muy difícil darle las instrucciones necesarias para hacer los intentos de pronunciar las palabras. Creo que hicimos cerca de veinte intentos, hasta que, al pronunciar las palabras, estas adquirieron una resonancia que no habíamos escuchado antes, y el propio cielo, que se había mantenido lluvioso hasta ese momento, se aclaró, dejándonos ver un sol brillante. En ese momento, el Gran Maestre tomó un pedazo de ladrillo y golpeó al tonto en la cabeza con gran fuerza y lo dejó inconsciente. Ante mi sorpresa, me ordenó que nos fuéramos a toda prisa, abandonando el cuerpo inerte, sin preocuparse de si estaba vivo o muerto. - Nadie debe saber de esto - me dijo - el mundo no está preparado para saber que las palabras que permiten a un hombre igualarse a Dios solo pueden salir de la boca de un tonto. Te ordeno que no continúes con la investigación. Mejor aún, te ordeno fingir que sigues con ella, pero que obtengas conclusiones que nos alejen de lo que acabamos de descubrir. Hace ya muchos años de ese episodio, y me toca a mi vez ceder el puesto a mi sucesor. He de entregar el libro al próximo Gran Maestre con las investigaciones falsas que he agregado a lo largo de los años, pero al cual he agregado pistas que lo llevarán, si se lo propone, al descubrimiento de que el Poder, la comunión con Dios, está en realidad en la boca de los tontos.

viernes, 25 de marzo de 2022

El gato literato



La literatura humana es burda, limitada, llena de una candidez que raya en el absurdo. Si los humanos conocieran la literatura felina comprenderían lo poco que saben de este mundo, pensaba Refifí, un gato que vivía en un edificio en el barrio bohemio de la gran ciudad. Su humana, quien le proveía de un techo en donde refugiarse del clima y esconderse en caso necesario, pasaba largas horas frente a una laptop, leyendo y escribiendo. Como todos los humanos, ella creía tener derechos de propiedad sobre Refifí, lo que el gato permitía a cambio de la comida que ella le proporcionaba. Ese era un trato ventajoso para ambas partes, solía pensar, pues a Refifí le ahorraba el trabajo de cazar su propio sustento, lo que le dejaba más tiempo para pensar, y a ella le permitía cumplir el humano propósito de rendir pleitesía a los gatos, acariciándolo y permitiéndole pasear por la casa a sus anchas. 

Fue así como Refifí conoció la literatura humana, a través de esa pantalla a la que su humana prestaba tanta atención. Mientras más conocía Refifí la literatura humana, más pena sentía por la pobre humanidad. No tenían ellos nada comparable a las grandes epopeyas felinas, y su poesía era como los balbuceos de un cachorro gatuno. Refifí era un gato cultivado, que había ido a la Universidad que se reunía en el parque los días de verano. Allí había estudiado la epopeya de Michifuz de Bizancio, quien siglos antes murió tratando de detener la primera invasión de ratones del Asia Menor. ¡Si los humanos conocieran esta sola historia! Nada sabían tampoco los humanos sobre los trabajos de Ronron el Desgarrado, que a pesar de ser castrado y cortadas sus garras por su cruel humano, siguió filosofando y educando a los gatos de París, y cuya escuela influye hasta hoy en el pensamiento gatesco. 

Refifí tomó entonces la decisión de compartir la sabiduría de los gatos con la humanidad, escribiendo un libro que los humanos pudieran comprender. Estaba seguro que el conocimiento de su literatura ayudaría mucho a los humanos a cumplir su misión de adoración a los gatos. Pero para esto necesitaba la autorización del Consejo Gatuno, que se reunía en el terreno baldío cercano las noches de luna. Esa noche, después de la Orden del Día sobre las precauciones ante la plaga de ratones envenenados por humanos, expuso su moción, con esa elocuencia de gato cultivado que había aprendido en la Universidad, y que tanto convencía a las gatas. 

Contrario a lo que esperaba, su idea no causó entusiasmo entre los presentes. Bigotes, el gato gris de la otra calle, respondió que él vivía en una pizzería, por lo que conocía a los humanos más que todos los presentes, y podía asegurar que la suya era una causa perdida. Los humanos tienen los sentidos tan atrofiados que tropiezan en la oscuridad, no oyen a menos que les griten y una simple cerca los detiene en su camino. Es por eso que son incapaces de asimilar la belleza de la literatura felina más simple. Es cierto, asintió Frida, una gata de blanco y negro, hasta sus bailes son una pobre imitación del movimiento felino. Refifí insistió en lo noble de su causa. Siendo los humanos tan pobres, era necesario elevar su alma como un acto de compasión. 

El Consejo dio al final la autorización para escribir un libro dirigido a los humanos, pero advirtió a Refifí que no guardara muchas esperanzas, pues el cerebro de los hombres simplemente no puede comprender ideas tan elevadas. Entusiasmado, Refifí regresó a su casa con la intención de empezar con su misión cuanto antes. Encontró a su humana sentada frente a su laptop como siempre. Pero la importancia de su misión no admitía demoras, así que se enroscó en su brazo para apartarla y que le deje escribir en su teclado. La humana, sin comprender, lo apartó y le acarició antes de volver a observar la pantalla. Refifí bajó los bigotes en señal de frustración. Había olvidado lo torpes y tontos que son los humanos. Solo su tamaño los hace relevantes en el orden natural. Decidió una acción más directa. Se plantó firmemente junto a su humana y le dijo con voz alta y clara: Miau. La humana volteó y lo miró unos segundos, con esa sonrisa tonta que ponen los humanos, y luego volteó otra vez hacia la pantalla. Refifí hizo todavía otro intento, esta vez más fuerte. Miau. La humana lo miró nuevamente y lo acarició antes de volver a su trabajo. Tal vez el Consejo tiene razón, los humanos no entienden, pensó. ¿Cuál es el sentido de tener a una humana que solo puede entender las órdenes más primarias? La misión de escribir un libro que haga a los hombres abrir los ojos le pareció más necesaria que nunca. 

Refifí tuvo que esperar un par de horas hasta que la humana se puso su bozal blanco, signo de que iba a salir a la calle, y le dejó la laptop libre. En ese momento puso sus patas sobre el teclado y trató de empezar a escribir. La claridad de pensamiento que tienen los gatos, y que los humanos ignoran por completo, le había permitido ya esbozar casi todo el libro en su mente. A través de una epopeya narrada en primera persona, repasaría las mejores corrientes filosóficas entre los gatos. Comenzaría con una breve introducción histórica del pensamiento felino, desde la historia del gran Ohtep de Menfis, pasando por las escuelas de Alejandría y Nínive. Luego estudiaría los aportes de la escuela china, sobre todo de Fong, el famoso gato que gobernó China a través de su humano el emperador Chin. A través de los personajes de la epopeya, representaría las escuelas principales del pensamiento gatuno: La escuela sensorial, que postula que en el mundo solo es real cuanto puede percibirse con los siete sentidos de los gatos; la escuela lumínica, que niega la existencia de la oscuridad; la escuela ordinal, que postula el gran orden natural que sitúa a los gatos como amos de la creación, a los humanos como proveedores y adoradores, y a los roedores, aves y peces como alimento; hasta llegar a la tendencia actual del nihilismo. El final de la epopeya mostraría cómo los grandes héroes humanos, los Aquiles y Quijotes, no pueden compararse con Bastet, el gato elevado a la divinidad en el tiempo de los humanos constructores de pirámides, o con Cheshire, que vivía en el puerto del mismo nombre en Inglaterra, y que fue inmortalizado en un libro humano muy famoso. 

La escritura de esta grandiosa historia encontró un obstáculo inesperado. El teclado estaba creado para los largos y huesudos dedos humanos, y no para las flexibles y confortables patas de un gato. No obstante, Refifí se dio a la tarea con determinación. Sin embargo, otra trampa le esperaba. El clik clak al oprimir las teclas tenía un efecto relajante, y la laptop emitía un agradable calor que invitaba al descanso. Cuando se dió cuenta, Refifí estaba ya durmiendo sobre el teclado con pocas letras escritas. Así lo encontró su humana cuando regresó. Peor aún, cuando vio lo escrito en el teclado, fue incapaz de comprenderlo y lo borró todo antes de regresar a sus propias y humanas cosas. 

En el siguiente Consejo Gatuno le fue solicitado un reporte de sus avances, por lo que Refifí tuvo que admitir que no había hecho progresos. Fellini, el gato atigrado y despeinado que vivía en tres casas diferentes, le recordó que los humanos no entienden a los gatos, y que no hay nada de malo en ello, pues tal es el orden natural de las cosas. Se dice que en el lugar que los humanos llaman Francia, hay humanos que entienden algo del idioma gatuno, y que incluso pueden mantener conversaciones simples, pero no lo suficiente para ayudarlo en su propósito, y que lo mejor sería aceptar su derrota. Solo Ragazzo, el más viejo del Consejo, que simpatizaba con su causa, le ofreció su ayuda. Hay una forma de comunicarse con los humanos que muy pocos gatos pueden dominar, pero que será necesaria para transmitir tus pensamientos. Es una forma que combina sonidos y telepatía, que se dirige a las funciones más primitivas del cerebro humano, activando sentidos que los propios humanos desconocen. Yo te enseñaré a usarla, los humanos le llaman ronroneo, y los gatos lo utilizan poco más que para expresar mensajes simples, pero a ti te permitirá transmitir tus pensamientos a tu humana, le dijo. 

La tarea no era fácil. Hizo falta mucha práctica, pero después de algunas semanas, Refifí pudo transmitir sus pensamientos a su humana y escribir a través de ella de una manera aceptable, aunque ella ni siquiera estaba consciente de tal comunicación, y creía que lo que escribía se debía a su propia inspiración. Después de un tiempo, la epopeya estuvo terminada, con una prosa elegante y refinada, a pesar de las limitaciones del lenguaje humano, tan pobre en comparación a la riqueza de la comunicación gatuna. Su humana también estaba feliz por tal logro, y contenta le enseñó el primer ejemplar del libro. 

Todo cambiaría desde ese momento. Los humanos tendrían un mejor entendimiento de la filosofía gatuna, nuevos héroes se integrarían al panteón de los dioses humanos y el servicio que los humanos sirven a los gatos se beneficiaría enormemente. Una nueva y mejor era se avecinaba, pensaba Refifí. Sin embargo, algo pasó. Su humana volvía desanimada de la calle. El libro, decía, no se vendía, y la gente no sentía interés por leerlo, sin poder explicar la razón. Esto sumió a su humana en una depresión que sus ronroneos no pudieron aliviar. 

Frustrado, Refifí salió a tratar de animarse espantando a las palomas del parque, como hacía cuando se sentía abatido. Allí se encontró con Tom, un gato que presumía de conocer mucho el mundo, y quien tenía informantes entre los ratones de biblioteca. Yo sé qué es lo que ha pasado, le dijo. No eres el único que ha dictado un libro a un humano, por el contrario, son muchos los que lo han hecho, pero ninguno de los humanos ha tenido éxito nunca, y te voy a decir por qué: Si los gatos han logrado controlar a los escritores, por el contrario, son los perros los que han tenido éxito para controlar a los críticos literarios.

jueves, 3 de febrero de 2022

El hombre que no era santo



Esta historia la conozco desde hace tanto tiempo que ya no sé si me la contaron o la inventé yo. Probablemente alguien me contó algo muy diferente, y yo la fui cambiando cada vez que la contaba hasta convertirla en lo que es hoy. No importa, porque no hay castigo para quien, como yo, incorpora algo de sí mismo en una historia ajena. 

Cuentan que una vez, la gente del pueblo estaba asustada por un eclipse de sol que había traído fuertes vientos que ya habían arrancado varios techos y roto muchas ventanas. La gente vivía en un estado de temor que el cura del pueblo no podía aplacar, pidiendo que la gente abandone sus casas para ir a la iglesia. Fue entonces cuando llegó ese hombre. Todos abrieron una rendija de la ventana para verlo entrar al pueblo por la solitaria calle principal, que el viento había llenado de polvo y hojas secas. Tuvo que tocar la puerta de la posada varias veces hasta que el atemorizado dueño lo atendió. El forastero saludó con una sonrisa que hizo que el posadero olvidó hacerle firmar el registro. Se dice que al aceptar un cuarto en la posada, el recién llegado dio su nombre, un nombre tan común que era olvidado tan pronto era oído. Con el tiempo la gente le dio el nombre de Diosdado o Benigno, aunque no nos consta que este fuera su nombre verdadero, o siquiera que se refirieran a él de esta manera mientras estuvo en el pueblo. 

La novedad de su visita hizo salir a la calle a los vecinos, que descubrieron entonces que los vientos habían cesado, sin saber si atribuir este hecho a la presencia del forastero. El recién llegado decía que había venido para ciertos negocios que nadie entendió bien, y que nadie pudo verificar después, ya que nadie lo vió hacer otra cosa que pasear por los alrededores. Quien lo encontraba por la calle o por los campos, era saludado con una sonrisa y buenos deseos. Pronto todos notaron que algo de santidad había en aquel hombre, aunque nadie podía definir exactamente qué era. No predicaba el bien, pero quien lo escuchaba, no sentía deseos de hacer el mal; no curaba enfermos, pero quien estrechaba su mano, sentía el bienestar que contagiaba su cuerpo. A pesar de que nadie pudo decir que había realizado un milagro, se hizo común decir que propiciaba prodigios. Se dice que apenas llegado, al pasar por la calle, un gato caminaba y parecía que se atravesaría en su camino, como suelen hacer los gatos, pero se detuvo y lo saludó con un sonoro miau. El desconocido se detuvo y lo saludó a su vez, antes de seguir cada uno su camino. Más tarde se discutió mucho si esto podía ser considerado un milagro, pero solo fue el primero de varios hechos insólitos. Un joven, tras hablar con él , reunió el valor para declararle su amor a una bella señorita, y fue aceptado. El dueño de la maderería del pueblo, hombre malhumorado y taciturno, fue visitado en su tienda por el extranjero, y esa misma noche invitó a todos a su casa en una fiesta improvisada, en donde se le vio por única vez, cantar alegres canciones en un viejo acordeón. En el pequeño restaurante donde almorzaba y tomaba café en la tarde, se corrió la voz de que la sazón había mejorado notablemente. Quienes conversaban con él, o siquiera recibían sus alegres saludos, parecían animarse y alegrarse. Cuando se dieron cuenta, todo el mundo estaba celebrando, aunque nadie supiera el motivo o la excusa. 

La euforia inexplicable duró todavía algunos días, en los que a aquellos que habían tenido contacto con el extraño, sentían que el trabajo no era tan duro, que los alimentos eran más sabrosos, y que la familia era un maravilloso lugar donde vivir. Alguien fue a la posada para agradecerle el haberse reconciliado con su mujer, pero el posadero le informó que el visitante había partido por la mañana, diciendo que sus negocios habían culminado con buen éxito. Cuando se corrió la noticia, todos se sintieron apesadumbrados por no hacerle una despedida digna, aunque la felicidad circundante duró un tiempo más, cada vez con menos fuerza, hasta que la primera lluvia de la estación lavó el sentimiento de bienestar que había dejado en el pueblo. 

Nadie supo decir qué había pasado con el extraño visitante. Ninguno de los que viajaron a los pueblos vecinos, ni los que llegaron después, pudo dar información, ni tuvo noticias de que el hombre hubiera pasado por allí. Solo uno de ellos, un vendedor que llegó poco después de la partida del extraño, dijo, aunque nadie le creyó, que lo vió caminar por el sendero y encontró a una mujer que salía de su casa como cualquier día, y sin embargo, parecía esperarlo. Al encontrarse, el le saludó como solía hacer siempre, y ella le respondió con la misma sonrisa. Ambos se vieron el uno al otro, y descubrieron que compartían la misma felicidad que había invadido al pueblo. Asombrado, el vendedor vio a la mujer entrar a su casa y salir con una maleta apurada y acompañar al extraño por el sendero. 

Hasta el tiempo en que yo llegué al pueblo, y ya hacía mucho desde que ocurrió esa historia, la gente esperaba el regreso nunca prometido del extraño viajero, y se recibe al visitante con alegría y un vaso de chicha. Tal vez entonces, él o alguien de su descendencia reciba algo de eso que no fue un milagro, en agradecimiento a alguien que tampoco era santo.
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