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domingo, 16 de noviembre de 2008

El primer día de sol



En un post anterior, indicaba que el clima se porta en nuestra ciudad como los propios habitantes de Lima. La primavera es uno de esos casos. Llega tarde y pidiendo disculpas por el retraso.

Cuando en el mundo civilizado (es decir, en el extranjero) se anuncia el principio de la primavera, esta empieza puntual, el frío invernal se retira, los árboles, no cortos ni perezosos, empiezan a reverdecer y el cielo se limpia de nubes. Todo muy organizado y programado. Aquí, en cambio, se hacen todas las celebraciones habituales de inicio de la primavera bajo un cielo totalmente cubierto de nubes y un frío invernal. Los árboles, como si con ellos no fuera la cosa, siguen tan verdes como todo el año. Y el clima sigue igual hasta fines de octubre, en que empiezan a aparecer tímidos rayos de un sol frío que duran pocos minutos y no quitan la sensación invernal. No parece sino que la primavera, al igual que el resto de los limeños cuando se les encarga algo, se hace el que está empezando a trabajar y se disculpa diciendo “Ahorita empiezo, un ratito nomás”.

Es que aquí no tenemos, como en otros sitios, cuatro estaciones. Solamente tenemos temporada de calor y temporada de frío. Para no sentirnos tan mal hemos inventado una cosa llamada “media estación”, que es el pequeño lapso de cambio de temporada y en que no sabemos si va a ser un día veraniego o un día con frío, nubes, garúas y toda la cosa invernal. Claro que, para los turistas, nos ponemos alegres el 23 de setiembre por el día de la primavera, y nos ponemos tristes cuando empieza el otoño. No vaya a ser que alguien diga que la globalización no nos toca también a nosotros.

Así, pues el invierno ha durado hasta ayer. Ayer sí ha hecho un sol fuerte, con ínfulas veraniegas. Casi sin aviso, casi de sorpresa. Es que el clima, se porta también como un peruano, que la llegada de la inspección se pone a chambear duro para mostrar que hace su trabajo.
Los limeños, que nunca sabemos cuándo va a cambiar el clima, y a estas alturas del año ya hemos olvidado cómo son los días de sol, sentimos que nos sacado la lotería de la primavera, y salimos a la calle felices y contentos con ropas veraniegas. Las mujeres vuelven a salir con sandalias y minifaldas, y los hombres muestran su físico en camiseta. Pero a estas alturas del año todos estamos aún con la piel blanca, pues no hemos tenido tiempo de salir a la azotea ni de ir a ese gimnasio que tiene lámparas para broncearse bajo techo (si, pues, es mal visto ir a la playa sin estar totalmente bronceado). Hoy hemos parecido una procesión de fantasmas. Hasta yo me he sorprendido de mí mismo al salir en camisa manga corta y pensando que alguien en la calle me va a decir ”gringo”.

Las tiendas de ropa, que no sabían hasta hoy cuándo empezar a ofrecer la ropa de verano, las han sacado a toda prisa, aún oliendo a naftalina, para ofrecerla a igualmente apurados compradores, que se acaban de dar cuenta de que ya se está el fin de año a la vuelta de la esquina y no están equipados para el verano. Hasta los heladeros salen de su retiro y ofrecen helados a la gente.

Pero el sol, que también es peruano, se cansa de trabajar a media tarde y manda mudar, dejando a los transeúntes con un viento frío que nos dejará con el resfrío que se pone de moda también en esta época.

Feliz sol.

sábado, 7 de julio de 2007

En defensa de la garúa limeña



[Música de fondo: Here Comes the Rain Again - Eurythmics]

El que haya vivido en Lima, o la haya visitado en epoca invernal, debe haber visto la garúa. Esa lluvia que no moja, no molesta, no fastidia. Tratar de explicar la garúa a un extranjero que no la visto es tarea titánica. Los extranjeros tienen la idea de que una lluvia debe ser una experiencia imponente: Anunciada por un rayo, el cielo se oscurece de repente y con un estallido, enormes gotas caen al suelo en un estrépito acuoso que parece querer convertir la tierra en el fondo de un lago.

Pero no, la lluvia limeña no tiene rayos que la anuncien, es más, lo normal es que recién una hora después de iniciada, nos demos cuenta de que está lloviendo. El cielo limeño además nunca cambia el color panza de ratón con que se viste durante todo el invierno, lanzando la lluvia sin inmutarse, como quien tira la piedra y esconde la mano. Tampoco tenemos gotas de lluvia dignas de ser tales. Son gotas microscópicas que apenas mojan los parabrisas de los autos.

Supongo que si alguien quisiera crear una escala de lluvias, digamos, del 1 al 20, la intensidad 1 correspondería sin duda a la garúa limeña. Una conversación común ente dos personas que caminan por las calles de Lima es la siguiente:

- ... Oye....
- ¿Qué?...
- Eh... ¿Está lloviendo?
- No sé...
- Yo creo que está lloviendo...
- Dejame ver... Sí, creo que ha caído una gotita en mi anteojo...
- Espérate un rato... Si, creo que me ha caído una gotita.
- Si pues, está lloviendo.

Y las dos personas siguen su camino sin apurar el paso ni preocuparse más del tema.

La lluvia limeña es inofensiva. Cuando alguien va a salir y se da cuenta de que está lloviendo, no hace ningun arreglo especial. No se cambia de zapatos, ni lleva un impermeable, ni paraguas, ni un gorro. Estos elementos protectores son desconocidos en Lima. Una vez llevé un paraguas a un lugar de nuestra sierra donde sí llovía, y todos los limeños me preguntaban donde lo había conseguido.

Ni siquiera los propios limeños estamos de acuerdo sobre si la garúa se puede considerar o no como una lluvia. Un extranjero recientemente, al ver todas las casa con techos horizontales y sucios, nos preguntó si en Lima nunca llovía, y nosotros los limeños nos enfrascamos en una discusión que dejó a nuestro visitante tan a oscuras como antes de preguntar.

Por estas razones, muchos sociólogos consideran a la garúa como parte del carácter del limeño. Tal como su lluvia, al limeño no le gusta hacer escándalo, ni hacer daño directamente, sino hacer una paciente labor de destrucción hasta que, después de mucho tiempo, hace caer las paredes de las casas mas antiguas.

Por ello, algunos investigadores extranjeros pretenden que la garúa limeña es un mito, tal como el plátano recto y el político honrado. Expertos meteorólogos han formulado la teoría de que cuando (como es el caso frecuente en Lima) la humedad relativa llega al 100%, se produce lo que se llama el "punto de rocío", y todos los objetos expuestos al ambiente forman rocío con el agua del ambiente, tal como pasa en la madrugada en los países civilizados. Pero en Lima el rocío se forma rápidamente, dando la impresión de una lluvia finísima, indetectable para los extranjeros.

Por eso levanto mi voz de protesta, y propongo que todos los limeños nos echemos a correr cmo locos buscando un refugio al empezar la garúa, nos enfundemos en horribles impermeables, extendamos enormes paraguas e instalemos costosos sistemas de drenaje de lluvia en nuestras avenidas, para demostrar que la garúa existe, que no es un mito, y que nosotros somos tan invernales como el que más. Ya nos quieren quitar el Pisco, el cebiche, la papa, y hasta el suspiro a la limeña. Defendamos nuestra garúa, símbolo del invierno limeño.
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