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martes, 4 de julio de 2023

¿Por qué no escribes un libro?



Fruto de la experiencia escribiendo estas líneas descuidadas cada cierto tiempo y que publico aquí, llevo un registro de las historias que he escrito en formas de cuentos y opiniones. Con el tiempo he llegado a juntar más de 500 de estos cuentos que han logrado pasar el primer filtro, los que con el tiempo he reescrito y modificado varias veces. Esto ya es un número imponente, que me obliga a preguntarme qué puedo hacer con todo este material. La respuesta lógica sería buscar una manera de publicar estos relatos en forma de libro, como me recomendó alguien en los comentarios a uno de mis posts. Lamento decir que esa posibilidad no solo no la considero, sino que la he rechazado por exceso de modestia o por miedo. Explicaré esos casos. 

Ya he contado antes (hace mucho, así no que no hay problema en contar la historia otra vez) que una vez conocí a un editor de una pequeña empresa independiente que me impresionó porque publicaba trailers de sus libros en YouTube, y porque los libros que editaba pretendían ser vanguardistas, pero no tanto que impidiera una lectura ágil. En cuanto a la calidad literaria, no me impresionó demasiado, y me pareció que mis cuentos podían soportar airosos la comparación, y así se lo hice saber al editor. Su respuesta fue de interés y le echó una ojeada a mi blog, dándole una aprobación provisional. Me dejó sus datos de contacto con el compromiso de mostrarle la versión más acabada de los cuentos que ya tenía y ver la posibilidad de una publicación. Nunca me contacté con él, las responsabilidades de mi trabajo y la conciencia de que mis cuentos necesitaban todavía otra pulida me lo impidieron. 

Después de un tiempo, por una de esas recomendaciones que uno no comprende bien de dónde vinieron, me vi envuelto en una comisión que editaba libros en mi Colegio Profesional. Allí se dio la oportunidad (que más de uno me hizo notar) de publicar mis cuentos, ya que mi otra colección de artículos técnicos no estaba tan desarrollada como hoy. Rechacé la opción, dándome a mí mismo la excusa de que no era ético ser al mismo tiempo escritor y editor. Segunda oportunidad perdida. 

Con el tiempo, apareció el sitio Wattpad, abierto a colaboraciones literarias. El tema me interesó, hasta que hice una vista extensiva al sitio. No encontré más que fanfics adolescentes. Apareció además el problema de determinar a qué género pertenecían mis cuentos. El que haya leído mi blog sabrá que no son artículos de fantasía, ni de opinión, ni humor ni ficción, pero son todo eso junto y más. Revisando la sección de humor, que decidí como la más cercana, solo encontré chistes sacados de internet. Recordé entonces la idea de un libro que tenía desde hace tiempo. Se trataba de una historia novelada de las andanzas del antiguo maestro Abu Navid, alternada con la narración en primera persona de un personaje que iba recopilando los datos sobre su vida, como una crítica/parodia a los libros de autoayuda. A falta de una mejor clasificación, lo empecé a colocar en la sección de “Autoayuda” de Wattpad, pero solo llegué a los cinco primeros capítulos. No me gustó cómo estaba quedando y los capítulos publicados no recibieron visitas. Hasta hoy están allí abandonados y sin nadie que los haya visto. 

La última oportunidad hasta hoy se dio en una feria del libro a la que llegué por casualidad. En uno de los puestos trabé conversación con la persona que atendía, y le mencioné la existencia de mi blog. Ella me dijo entonces que habían editados varios libros escritos por blogueros, y en respuesta le mostré en mi celular mi archivo de 500 cuentos. Leyó dos de ellos, diciéndome que le gustaba uno de ellos, pero el otro no, añadiendo consejos para la hora de escribir. Me señaló entonces a una persona sentada en un aparte leyendo un libro. Ese es el dueño de la editora, muéstrale este cuento, y si lo convences, lo publicará, me dijo. Miré al personaje: un señor de edad, con cara de estar juzgando severamente el libro que tenía en las manos. Hice una rápida búsqueda entre mi archivo de cuentos, pero de repente no pude encontrar ninguno con el brillo suficiente para ablandar esa cara de pocos amigos. Ante mi duda, la vendedora me dijo que no tenga miedo, y me animó a avanzar esos pocos pasos que nos separaban, antes de voltear para atender a otros clientes. Mi cobardía terminó tomando la decisión de dar la vuelta y alejarme del puesto de libros, dejando a la vendedora con su cliente y al editor con su libro, ignorando mi presencia. 

Así, hasta la fecha de hoy, el mundo no tiene más testigo de mi presencia que el blog que sigo alimentando, y mis cuentos no ven todavía la luz pública en otro formato. Estoy consciente de que las oportunidades que he contado, otro con más determinación las hubiera aprovechado, pero no me arrepiento. Tal vez algún día tome el camino de otros que han hecho alguna publicación de reducido tiraje, con ejemplares solo para regalar a los amigos más selectos. Mientras tanto sigo escribiendo cada vez que me llega la inspiración, sin más aspiraciones que mi satisfacción personal.

viernes, 11 de junio de 2021

Crítica de mi libro


Después de la explosión de la máquina del tiempo en la que estaba trabajando, descubrí entre los papeles que salieron volando algunos recortes de revistas y periódicos, entre los que estaba la crítica del libro que estoy escribiendo desde hace mucho y que no tiene cuándo acabarse. Fruto de la felicidad que me da comprobar que dicho libro saldrá algún día a la luz, comparto entonces aquí la dicha crítica, con el objeto de darme un impulso para terminarlo de una vez por todas:

El primer libro del peruano Tonto De La Colina toma la forma de uno más de los libros de autoayuda tan en boga los últimos tiempos. Incluso el título: “Las Enseñanzas de Abu Navid El Apócrifo”, llevará a la confusión al lector casual que busque esa sabiduría fácil y light que ha llenado injustamente tantos estantes de librerías y supermercados. Pero no, como se lee en la contratapa, este libro tiene la ambiciosa intención de ser la estocada final para este tipo de literatura, y no proclama menos que ser para la literatura de autoayuda lo que fue “El Quijote” para las novelas de caballería.

El libro nos presenta dos historias paralelas: La del autor que, a partir de una casualidad, emprende la búsqueda literaria de un oscuro maestro sufí llamado Abu Navid El Apócrifo, y la propia vida de dicho maestro. En capítulos alternados se cuentan las dos historias a lo largo del libro, en una estructura que busca diferenciarse de la literatura de autoayuda. Aquí radica a la vez el acierto y la debilidad del libro, que emprende un camino poco usado, pero riesgoso, ya que ambas partes son desiguales en calidad. Los capítulos que presentan en primera persona al narrador en su búsqueda tienen un tono triste y desanimado, en contraste con los capítulos dedicados a la vida del maestro, que se muestran llenos de luz y optimismo. Esta bipolaridad de un capítulo a otro le resta ritmo al libro, al punto que pareciera invitar al lector a leer solo los capítulos pares o impares, dependiendo si quiere conocer una historia o la otra. Así, por un lado, vemos al narrador revisando libros y rescatando fuentes escritas mientras lidia con sus problemas personales, y por el otro, el maestro que parece salir airoso de los problemas que se le presentan, a pesar de lo poco ortodoxo de sus enseñanzas y filosofía. 

En lo que acierta De La Colina es en el retrato del maestro sufí, que cree ayudar a los demás con sus enseñanzas, y se va antes de que los demás se den cuenta que los ha dejado con las mismas dudas que antes, ridiculizando así a toda la literatura de autoayuda. Pero, aunque bien intencionado, este intento no se siente que llegue a destino, pues usa la ironía antes que la parodia y el ridículo, perdiendo fuerza justo en la estocada que anuncia en su contratapa. En cambio, el del narrador se siente más bien como un viaje interior, con solo unos pocos personajes sin nombre y lugares no mencionados, a diferencia de la profusión de referencias topográficas y nombres propios de la historia del maestro. Con todo, la historia no deja de despertar interés, hasta su final sorpresivo, que une por fin a los dos relatos, exponiendo, tal vez demasiado, la moraleja, que escapa a la tentación del fan service y se desliga definitivamente del género al que critica. Son bienvenidas además a lo largo del libro las referencias a varias obras de Dan Brown y Paulo Coelho, que se integran sin costura visible, y casi como contraejemplos.

Como crítica a todo un género literario, el libro funciona, y los episodios de las enseñanzas se leen con una sonrisa en la boca, casi llegando a alcanzar a un verdadero libro de autoayuda, y su estructura de relatos cortos para las enseñanzas nos recuerdan que el autor se inició en el mundo de los blogs, donde sin duda se siente más a gusto. Podemos decir como resumen que, si bien es poco probable que este libro acabe con los libros de autoayuda, sin duda logra dejarlos muy malheridos. Por ello merece la calificación de cuatro estrellas, y una esperanza de que en sus siguientes obras pueda corregir sus defectos.

jueves, 16 de mayo de 2019

El gran escritor


Cuando tengo ganas de escribir, simplemente empiezo hasta donde me da el impulso, que me alcanza para tres o cuatro párrafos largos. En ese momento me detengo y aprovecho para dar una primera mirada a lo que he escrito, y si el texto no pasa esta primera lectura, lo abandono o lo dejo para un día de mejor inspiración. Muchas veces este primer texto escrito me gusta mucho y me quedo observando lo bueno que soy. Entonces me comparo con los grandes escritores, pensando en que me siento como…

Me siento como Joyce, contando cosas que solamente se me ocurren a mí, mientras el resto de la gente piensa que sólo estoy caminando por la calle.
Me siento como Hemingway, contando cosas en realidad simples, pero tan bien escritas que parecen en realidad interesantes.
Me siento como Balzac, tratando de escribir absolutamente todo en una Comedia Humana.
Me siento como Julio Verne, contando sobre cosas que jamás he visto, mientras vivo una vida tranquila en mi pueblito.
Me siento como el Barón de Munchhausen, contando las mentiras más grandiosas al punto que nadie conoce la realidad.
Me siento como Petronio, porque lo escrito me resulta bastante Satiricón.
Me siento como Kant, porque nadie entiende nada de lo que escribo, y por eso mismo todos creen que era algo muy profundo.
Me siento incluso como ese viejito que en mi niñez sacaba su silla en las calles soleadas de mi pueblo y contaba sus historias sin sentido a todo aquel que pasara.

Al final, cuando termino de escribir, me doy cuenta de que todo ha sido una tontería que no me hará ganar la posteridad. Entonces dejo la escritura y reviso qué hay de nuevo en internet. Allí encuentro reseñas y comentarios de libros que no he leído y veo a otros alabar la estructura de tal obra, el concepto de esta otra, y la metáfora subyacente en aquella. Allí me doy la gran distancia que me separa de los verdaderos escritores publicados por las grandes editoriales. Yo sólo escribo lo que se me ocurre, sin pensar en estructuras, conceptos ni metáforas.
No importa, sólo escribo para releerme después de un tiempo y reírme de mí mismo.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Una historia en blanco y negro


Era un escritor de novelas negras, que aún tenía la página en blanco. Sólo tenía una vaga idea de un crimen en el barrio negro, cometido con arma blanca. Pero sin inspiración, su negra historia sería blanco de las críticas. Una película en blanco y negro sobre Casablanca le mostró que el hombre de negro no dispara hasta ver el blanco de los ojos. Pasando la negra noche en blanco, tomó una taza de café negro.
Al salir a la calle, entre palomas blancas y gatos negros, decidió apostar todo al negro, lo que no pudo hacer por estar sin blanca. Tal vez podría ayudarle Mr. White, el tallador de blackjack, de quien se decía que blanqueaba dólares en el mercado negro. Era imposible, pensó. Lo blanco es blanco y lo negro es negro, pensaba, y una partida de tiro al blanco no cambiará las cosas. Las damas altas y blancas de vestido negro no hacen caso a los escritores.
Salió otra vez a la negra noche, solo iluminada por la blanca luna. Nada funcionaba, ni los polvos blancos ni los autos negros. Un hombre de cabello negro y dientes blancos le salió al encuentro. Lo último que vio fue una luz blanca antes de que todo se volviera negro. Cuando despertó, estaba en una habitación blanca con un enfermero negro, que trataba de decirte la suerte que había tenido. Una ambulancia blanca lo encontró tendido sobre el negro asfalto y lo trajo. Pero no era suerte, sino la maldición del blanco y negro, que le hacía ver todo en blanco y negro. Sus sueños eran sobre piezas de ajedrez blancas y negras sobre un tablero de cuadros blancos y negros; veía en sus sueños cebras de rayas blancas y negras que venían con pingüinos blancos y negros. Alucinando, abrió la ventana para ver el cielo blanco del otoño, y saltó para caer sobre la sombra negra del edificio. El médico sólo llegó para certificar la muerte, apuntar la fecha y hora y anotar el único apellido que se pudo obtener del infortunado.

-       A las diez y veinte horas se encontró el cuerpo del Señor Gris…

jueves, 30 de julio de 2015

Autoayúdame a autoayudarte


Cuenta una antigua leyenda de la tribu Opa, que el demonio, deseoso de confundir a los hombres y alejarlos del camino recto, dijo primero a los hombres que la contemplación del propio ombligo les daría la sabiduría. Cuando los hombres se dieron cuenta de que esto no era cierto, el demonio les convenció que la forma de las nubes guardaba el secreto del saber infinito. Los hombres pasaron mucho tiempo estudiando las formas celestiales hasta que cayeron en la cuenta de que no eran más sabios que antes. El demonio aún pudo convencer al hombre una tercera vez, diciendo que el secreto de la sabiduría podía encontrarse meditando inmóvil, con los ojos cerrados y sin hablar. Los hombres lo intentaron una vez más y cayeron nuevamente en la trampa. Escarmentados, los hombres juraron no volver a creer en las palabras del demonio y lo expulsaron de la tierra. Enfadado, el demonio les envió a los hombres blancos con sus cuentas de vidrio con espejos, sus televisores a color, sus revistas llenas de publicidad y sus libros de autoayuda, para hacerlos vivir eternamente engañados.

Esta leyenda es real, no importa que nunca haya existido la tribu Opa, que en verdad esa tribu seamos todos nosotros y que la leyenda se me acabe de ocurrir. Siempre que haya una persona a quien no le guste pensar, habrá otra que quiera prestarle sus pensamiento a cambio de mantenerlo distraído. Por eso es que uno de mis sueños imposibles es escribir un libro de autoayuda que acabe con todos los libros de autoayuda de la misma manera que El Quijote acabó con el resto de las novelas de caballería. En esta labor, además de recopilar los textos perdidos de Abu Navid, me he dedicado a recoger las mayores joyas de esta vertiente del arrejuntamiento de letras (me niego a llamarle literatura) para dejarlas aquí.

Como sabemos, un libro de autoayuda se basa en la repetición de frases que deben ser a su vez repetidas por el acólito lector a fin de lograr el éxito, la felicidad, ser millonario, casarse con una supermodelo o lo que su corazón desee. Los resultados de esta búsqueda han sido francamente espectaculares y la cosecha de frases ha sido especialmente fértil. Aquí dejo algunas muestras de mi empeño:

La revisión de los títulos de los libros es una aventura en sí misma. Un buen autor de libros de autoayuda debe tener un título con mucho punch, un título demoledor, y si está encerrado entre signos de admiración, tanto mejor. Hay títulos como el directo “¡Tú eres grandioso!”, el casi blasfemo pero impactante “Cómo convertir el agua en vino”, y hasta el hedonista “Porque yo lo merezco”.

Después del título, viene el prólogo, donde he encontrado frases de este calibre:
"En el duro camino de la vida, este libro de autoayuda te servirá como un poderoso 4x4 que te ayudará a llegar a tu destino con mucha más facilidad y comodidad."

Ya que la gran mayoría de los libros de autoayuda han sido escritos en Norteamérica, es muy común que los consejos y frases encontrados aquí tengan un marcado tinte capitalista. Encontrando cosas como:
No soy monedita de oro para gustarle a todos, soy un cheque en blanco, tengo el valor que tú me das. (“La Oveja que se comió al Lobo” – Bruce Krenzler)
Si el dinero pudiera comprar la felicidad ¿Cuánto pagarías por ella? Y si supieras que el dinero no puede comprar la felicidad ¿Qué harías con ese dinero? (“¿Dinero o Felicidad? ¿Por qué no ambos?” – Dharma Fink)

 Pero la mayoría hace un acercamiento por el lado del misticismo con tintes filosóficos, dejando frases como esta, encontrada en “7 historias que cambiarán tu vida” de Ambrose Chapel, y la segunda que aparece en su continuación “7 historias que volverán a cambiar tu vida”:

No critiques a alguien sin saber por lo que ha pasado, no quieras saber lo que le ha pasado, no caigas en el chisme y la curiosidad malsana, mejor déjalo que se arruine solo. 

Si no sabes lo que Dios tiene reservado para ti, Dios te dará la respuesta. Si no te responde, es que Dios te da libre albedrío para escoger tu camino.

Dentro de las frases derivadas del “Tú puedes” encontramos hallazgos como este:
Quien solamente ve el amanecer desde su ventana, creerá que es pequeño, para ver las grandezas de la vida es necesario salir de casa. (“Caminante, sí hay camino” – Félix Felicis)

Un hombre compró un burro y quiso hacerlo galopar. Cuando no pudo, empezó a insultar al burro. Debió insultarse a sí mismo por pedirle a alguien lo que no puede hacer. (“El vendedor de Palmas” – Go Onidnam)

Para la mente atrevida, “imposible” es sólo una palabra. Donde otros ven una barrera, el atrevido ve un reto. (“El Libro que necesitabas” – Bail Organa)

Por último, encontré esta frase que solo puedo calificar de indescriptible. Estoy pensando en convocar a un congreso de sabios solo para descifrar su significado:

Es importante tener sueños, pero recuerda que los sueños solo los alcanzan quienes están despiertos. Tampoco permanezcas siempre despierto, pues aquellos que siempre están despiertos no pueden soñar. (“El regalo del éxito” – Max Powers)

Nuevamente, todo esto es real, aunque todas las frases citadas las haya inventado yo mismo, los nombres de los autores y libros se me hayan ocurrido mientras los escribía y todo esto no sea más que el producto de mi aburrimiento y mi tontería.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Manuscrito hallado en una servilleta

Benditos sean los mozos que tardan en traer la comida a la mesa, pues nos dan oportunidad de escribir en una servilleta. Ese tiempo es verdaderamente libre, ya que no se sabe cuánto tiempo durará, y la gente tiene miedo de hacer algo más. Escribir o dibujar en una servilleta es un  medio de escape si no se tiene una conversación, e incluso con ella, pues basta dejar divagar el lapicero sobre la servilleta, y las ideas saldrán solas, sin distracciones. Como todo arte, este es uno que va mejorando con la práctica. Se debe iniciar con la costumbre de llevar siempre un lápiz o un lapicero en el bolsillo, lo cual es fácil. Luego viene la decisión de tomar la servilleta y escribir. No escribir teléfonos o direcciones electrónicas, que eso es algo trivial. Se trata de simplemente colocar el lápiz sobre la servilleta y dejar que salga lo que esconde. Al principio saldrán pequeñas cosas: un pequeño dibujo, una frase, algún garabato sin sentido. La timidez y el miedo a que llegue el plato tienen ese efecto. Poco a poco se logra ese estado en que la mente se desconecta de la mano que escribe y se liberan los bloqueos que el cerebro consciente ha construido toda la mañana o toda la tarde. Así aparecerán sobre la servilleta las soluciones a los problemas que hemos estado buscando inútilmente, el verso perdido y la idea que nos esquivaba todo este tiempo.  

Poco se habla de la contribución de las servilletas al avance de la poesía, la música, el dibujo y la ingeniería. Una servilleta en manos de una mente creativa y al alcance de un lapicero puede ser realmente poderosa. Muchas poesías, canciones, obras maestras de la pintura y la arquitectura han empezado en una servilleta, inicio que no tiene nada de humilde, pues lo han utilizado grandes pensadores y artistas.

Yo suelo dibujar mientras converso, sin fijarme en lo que sale del lapicero, tal vez son los personajes encerrados en la tinta o dentro de mi propia imaginación. A veces sale un verso, a veces un dibujo, a veces una mezcla de ambos. Y ya que han salido, los dejo a mi interlocutor o los conservo si es que merecen un repaso hasta convertirse en una idea completa.

Es por eso que dejo esta servilleta en esta mesa, como un náufrago dejando un mensaje en una botella, con la esperanza de que la encuentres y la puedas leer. No dejes que un camarero demasiado atento la recoja y la lleve al tacho de basura que representa el olvido, el convertirse en nada. Ensaya, si es que no lo has hecho antes, este arte moribundo, aunque no sea más que para sentir el tacto de un lápiz deslizándose sobre un papel, que es un sentimiento más íntimo y personal que escribir sobre un teclado. 
Benditos sean los mozos que tardan en traer la comida a la mesa.



(La letra de "Imagine" escrita por John Lennon en la servilleta de un hotel)

martes, 27 de enero de 2015

Recuerdos: Sofocleto

Una de las influencias que tengo cada vez que escribo algo para este blog son los textos que leí hace muchos años, escritos por Sofocleto. Cuando era niño, mi padre, al igual que gran parte del Perú, disfrutaba de lo que publicaba Luis Felipe Angell con el seudónimo de Sofocleto. Recuerdo que entre mi familia circulaban de mano en mano libros como “Diccionario Chino”, “Los Cojudos”, “Sofocleto en dos columnas”, “El ángulo agudo”, y otros más. 



Verdaderamente era una delicia y risa pura repasar sus páginas. Poco importaba que en ese tiempo no entendiera muchos de sus chistes de doble sentido o que se refiriera a personajes que yo no conocía. Era, como decimos aquí, para matarse de risa. Además de esos libros, publicaba una columna semanal en un diario de Lima. Cuando se cambió de diario, recuerdo, mi papá simplemente cambió de diario, y supongo que muchos más hicieron lo mismo. Más tarde, llegó a publicar su propio diario de una sola hoja, lleno de humor político a pesar de la censura periodística del gobierno de entonces. Mi profesor de lenguaje del colegio secundario llegó a decir en clase que ese hombre era un genio para poder llenar de humor dos caras todos los días. En ese momento discrepé de la opinión, pues yo, como conocedor del tema, sabía que buena parte de esas dos hojas estaban extraídas de sus libros anteriores. Hoy, viendo la calidad de los que se llaman humoristas hoy en día, le doy la completa razón a mi profesor. Había allí principalmente sus “Sinlogismos” pequeñas frases hilarantes que hoy veo repetidas hasta la saciedad en twitter y en internet, sus definiciones del “Diccionario Loco” (que hoy se encuentran también circulando en internet, atribuidas falsamente a Les Luthiers), sus “Mentiras Universales”, y sobre todo, sus “Decimas Pésimas” y “Sofonetos”, versos festivos que eran los que más me gustaban, poesía humorística.

Hoy los libros que alguna vez pasaron por mi casa están perdidos, al igual que muchos recortes del periódico que llevaba a clase y que alguna vez coleccioné. Estos libros son hoy muy buscados, pues no llegaron a reimprimirse y a pesar de su éxito, no se hicieron nuevas ediciones. Sé que Luis Felipe Angell, al momento de su muerte hace diez años, se encontraba justamente recopilando sus escritos para publicar finalmente sus obras completas. Esta labor quedó trunca e ignoro si es continuada por sus herederos. De todas maneras, creo que hoy es un momento tan bueno como cualquier otro para recordarlo, reproduciendo aquí un par de sus versos, para que se vea lo que puede hacer un poeta juguetón, un humorista peruano de talla mundial:

Roncan tu papá y el gato
-según insomne, evalúo-
como un fantástico dúo
que incita al asesinato.
Y por causa del silbato
que producen estos dos
creo, con perdón de Dios,
que no pudiendo matarlos
bien podríamos caparlos
para afinarles la voz.

Otra de sus décimas que he podido rescatar es esta…

Recién ayer he sabido
que estás de luto cerrado
por causa de un estofado
que liquidó a tu marido.
Pero en fin...ha transcurrido
ya una  semana...y pensando
que el tiempo pasa volando
sobre los pobres difuntos,
¿Por qué no comemos juntos
en vez de estar lloriqueando...?

Y una última para cerrar:


Lucha es sorda y solo escucha
gritándole en los oídos,
pues confunde los sonidos
con mucha frecuencia, Lucha.
Por eso ayer, que la trucha
le pedí en el restorán,
se puso como un pepián,
me amenazó con las botas
y dijo unas palabrotas

que ya se imaginarán.

lunes, 12 de enero de 2015

El suicida


La noche era oscura, de esas que convierten a la luz de los postes de la calle en apenas una sombra algo más clara que la oscuridad del asfalto. No me extrañó lo tarde que sonó el timbre, pues muchos saben que me quedo escribiendo líneas hasta altas horas de la noche, incluso pienso que esas son la mejores horas para escribir.
Al abrir la puerta vi a un sujeto embozado en una bufanda, y el rostro tapado con gafas y un enorme gorro. Supe que más que el frío invernal, eran las ganas de permanecer en el anonimato era la razón del exagerado atuendo, impresión confirmada más tarde cuando el desconocido buscó el rincón más oscuro de mi recibidor para empezar a explicar su visita.

-   Me han dicho que usted es escritor, y que no se niega a encargos…
-  Es cierto – respondí. No tenía nada que ocultar, y no era la primera vez que me veía en la situación de hacer un trabajo para un desconocido.  - Tal vez usted quiere una tesis, un trabajo universitario – Aventuré dando los encargos más comunes.
-  No, mi encargo es algo más… especial, algo fuera de lo común para usted…
-  Ah! - creí adivinar - un poema de amor, una carta romántica – y quiere que nadie sepa que no la escribió usted.
-   No trate de adivinar, por favor – me interrumpió con algo que parecía una sonrisa, pero que traslucía una mirada de odio a través de los gruesos anteojos. No daré más rodeos: quiero que escriba una nota de suicidio.

Mi sorpresa se vio sin duda reflejada en mi cara. No esperaba el encargo. Mirando atentamente lo poco que podía ver de su rostro, vi odio. Odio al mundo, odio a sí mismo, odio a la vida. Pero de todas maneras tenía que preguntar.
-   ¿Una carta de suicidio para usted? Pero eso es algo muy personal, y tendrá que darme más datos. - Entre mí pensaba que el trabajo representaba un reto interesante y la posibilidad de un cuento. El asunto me estaba gustando. No iba a perder mi tiempo tratando de disuadir a un desconocido, no tengo esas reservas morales. Si quiere matarse le alabaré el gusto, en realidad. Yo solo veía lo que podría sacar de la situación. Con unas palabras más que le sacará tendría suficiente para una buena historia.

Pero el cliente no estaba dispuesto a alargar el asunto. - No adelante conclusiones, por favor – respondió cortante – Una carta de suicidio no es más personal que una carta de amor, que usted sin duda ha hecho por encargo, y no necesita saber nada sobre el suicida. Baste decir que es una persona insignificante, sin ambiciones ni logros, alguien a quien el mundo no extrañará cuando no esté…

-          ¿Tal vez una decepción amorosa? ¿Problemas económicos? Debe darme al menos un pie para una justificación. – Estaba listo para escuchar una historia que convertiría en un cuento que podría vender a buen precio. Al fin y al cabo, en poco tiempo no quedaría nadie para reclamarme la paternidad de la historia.
El tono de las respuestas del desconocido mostraba a las claras la molestia que le causaba que yo tratara de deducir su historia, presa de mi vena de escritor.

-   Ya le dije, las razones se las dejo a usted, no necesita saber nada de la persona. Solamente necesito una carta de suicidio que sea convincente y que esté bien escrita, una carilla será suficiente. No necesita saber más.
-  Solo un detalle, por favor: ¿Cómo será el suicidio? Eso es importante para la carta. No es lo mismo una muerte por veneno que tirarse de un puente…
-   ¡No necesita nada! Si tanto pregunta, le diré que esta será la forma de la muerte… – Sacó levemente la mano del bolsillo para dejarme ver el mango de un revólver.
-  Está bien – le dije en tono tranquilizador, le puedo hacer la carta, pero el encargo representa un problema: El pago, usted comprenderá, deberá ser por adelantado, y en efectivo.
-  No hay problema en ello. Usted solo diga su precio y volveré en un par de horas con el dinero, usted me dará la carta, y concluiremos nuestro negocio.
-   ¿Solo un par de horas? Esto necesita un poco más…
-   Ya le dije, dos horas, usted ponga su precio y no hablaremos más. -  El desconocido se levantó con dirección a la puerta.
-  Está bien, acepto. Vuelva en dos horas y tendrá su carta.

Una vez solo otra vez, me puse a escribir febrilmente. La historia me había inspirado, basado en la expresión y en la actitud de mi cliente escribí una historia de mala suerte, de odio contra el mundo, de ganas de acabar con todo de una vez por todas. Estaba a punto de imprimir la hoja cuando me asaltó la duda: La carta no podía ser impresa, tenía que ser a mano, pues nadie se suicida dejando una carta impresa por computadora. Una carta de suicidio debe ser escrita a mano para ser creíble. Y además debe ser firmada. Entonces podría entregar la carta impresa para que mi cliente la copie a mano. Pero no creía que tuviera la paciencia para copiarla, y mientras más se dilata un suicidio mayor es el riesgo de que no se concrete. Tenía aún unos minutos antes de que llegue, así que decidí escribir la carta a mano. 

Cuando terminé, unos minutos después del plazo, todavía no sonaba el timbre. Las luces del alba ya empezaban a colarse por las ventanas y mis sospechas de que el desconocido se habría arrepentido crecían. No me importaba. Ya tenía una historia que contar. Lo que había propuesto por la carta, que no era poco, y lo que obtendría por el cuento, un negocio redondo. Apenas empezó a sonar la puerta ya estaba abriendo. Era el desconocido.
-  Le esperaba, ya tengo lista su carta. ¿Tiene el dinero?
-  Aquí está – Me dijo mostrando un fajo de billetes. Pero debo revisar la carta primero.
No tuve problema en mostrársela. El desconocido la leyó atentamente. Parecía estar conforme. 
–   Me parece perfecta. Incluso está manuscrita, eso es un magnífico detalle.
-  Si, se la doy manuscrita, pero usted tendrá que escribirla en otro papel y firmarla. Los investigadores de la policía deben identificar su letra y su firma.
-   No hará falta, está perfecta así…
-   Pero si no la escribe usted, se sospechará de un asesinato…
-  Ha estado usted equivocado todo el tiempo, amigo. Esto no es una novela policial, ni un cuento sobre un escritor buscando tema para su próxima obra – Sacó el revólver completamente de su bolsillo – Esto es una novela negra, y este fajo de billetes es lo que me pagaron por su muerte, indicando que tenía que parecer un suicidio – dijo apuntando el arma a mi cabeza.

sábado, 11 de octubre de 2014

La verdad está en los libros


Cada vez que se entrega un Premio Nobel de Literatura, la gente empieza a preguntarse sobre si han leído alguna vez al reciente galardonado. La respuesta es invariablemente negativa. Y no solamente es porque el autor sea de algún país de donde no lleguen aquí sus libros (es decir, no habla español, ni inglés ni francés), sino que simplemente la gente no lee. Si yo hago una encuesta sobre a qué autor vivo han leído las personas, estoy seguro que solamente me van a mencionar a Paulo Coelho, Crepúsculo o a algún autor de libros de autoayuda, creyendo que eso es literatura. Así estamos. Con suerte, la gente se entera de algún cuando le hacen una película. Y eso tampoco es. Yo he empezado a leer algunas de esas novelas que escriben los autores norteamericanos pensando en cómo la adaptarán al cine más que en su valor literario, y nunca pude terminarlas, porque todas me parecían seguir un molde preciso: Capítulos cortos para que el lector con déficit de atención no se aburra, ausencia de sinónimos, escenas que parecen narraciones de una película, ausencia de desarrollo de personajes.

Y las películas siempre cambian lo que dice el libro, al grado de que se puede reconocer si una persona ha leído el libro simplemente preguntando sobre las diferencias con el filme.
Como ejemplo, he recopilado algunas de las cosas que la gente cree sobre las grandes obras de la literatura y que al leer el libro resultan falsas. Hay que leer, entonces.

¿Viernes, el compañero de Robinson Crusoe, era negro?  FALSO. En la obra original de Daniel DeFoe, Viernes se identifica a sí mismo como “caribe”. Es imposible, además un nativo de una isla caribeña de raza negra.

¿Alí Baba era el jefe de los 40 ladrones? FALSO. Siempre que se habla de Alí Babá, se refieren a él como “Alí Babá y los 40 ladrones. En realidad Alí Babá primero roba y luego mata a la banda de los 40 ladrones. ¿Cómo? Hay que leer el libro.

¿Sherlock Holmes solía decir “Elemental, mi querido Watson? FALSO. Esta frase no aparece en ninguno de los libros escritos por Arthur Conan Doyle. Solamente una vez en uno de sus cuentos aparece la palabra “Elemental” dicha por Sherlock Holmes.

¿En “El Quijote” se encuentra la frase “Ladran, Sancho, señal de que avanzamos”? FALSO. Esta frase no se encuentra en el libro escrito por Miguel de Cervantes, sino en la película dirigida por Orson Welles en 1957, quien a su vez la recogió de una cita apócrifa.

¿La Sirenita se casó con el príncipe? FALSO. En el cuento de Hans Christian Andersen, la Sirenita acaba mal, muy mal. El príncipe se casa con otra mujer, y la Sirenita muere, convirtiéndose en espuma de mar. Las películas de Walt Disney dan para varios casos de atropello al libro, empezando por las muertes que son omitidas en sus películas. Repasemos unas cuantas: Baloo (El Libro de la Selva), Quasimodo (El jorobado de Notre Dame), el Hada Azul y Pepe Grillo (Pinocho), Pocahontas.

¿D’Artagnan era uno de los Tres Mosqueteros? FALSO. El libro de Alejandro Dumas trata de la amistad del joven D’Artagnan con quienes eran conocidos como “Los tres mosqueteros” debido a que siempre andaban juntos. D’Artagnan no se convierte en mosquetero hasta pasada más de la mitad del libro.

¿Los samaritanos eran personas buenas y compasivas? FALSO. Esta es para los que no han leído la Biblia. Los samaritanos eran rivales de los galileos y por lo mismo no se llevaban nada bien. El evangelio de Juan narra una escena en que una mujer samaritana niega a Jesús agua de una fuente, lo que era una descortesía mayúscula. Jesús, en su parábola del buen samaritano, se sirve más bien de este detalle como contraste con el doctor de la ley y el sacerdote (quienes debían ser mas caritativos debido a su profesión) que se niegan a atender a un herido en el camino.

¿No quieren que los engañen de nuevo? ¡A leer!

martes, 29 de abril de 2014

Cómo mueren los escritores


Con ocasión de la muerte de Gabriel García Márquez, tuve ganas de escribir algo, así que me puse a escribir hasta que se me pasara. Y así escribiendo, me puse a pensar que el Gabo tuvo la suerte de morir tranquilo en su cama, quizá recordando la soleada tarde en que empezó a garrapatear páginas en blanco. Y digo que tuvo la suerte, porque muchos escritores han muerto de manera difícil y notable. A manera de ejemplo, y para saciar mis ansias de sabelotodo, me dispongo a citar cómo es que mueren los grandes escritores de la historia:

Para empezar, el que es considerado el primer novelista de la historia. Petronio vivió en la Roma imperial, bajo el reinado de Nerón, en donde se desempeñaba con pompa y elegancia. Sus fiestas son recordadas hasta hoy, y congregaban a lo mejorcito de la alta sociedad romana. Durante sus ratos de ocio, que eran muchos, se daba a escribir, creando la primera novela, que se llamó “Satiricón”. El problema es que vivir cerca de Nerón implicaba muchos riesgos, y Petronio fue acusado de conspirar contra el emperador. Decidió lo que era normal en esos casos y en esa época, y se suicidó dejándose desangrar. Pero antes escribió una carta de despedida a Nerón, diciéndole todo lo que pensaba de él. Elegante hasta el final, diría yo.

Cervantes, el primer gran novelista moderno, murió de una manera apurada, enfermo de hidropesía, apenas a tiempo para dictar el prólogo de “Los trabajos de Persiles y Segismunda” y poder mandarlo a la imprenta.
Y si hablamos de Cervantes, hablemos también de Shakespeare, muerto después de una borrachera épica, aunque algunos sostienen – quizá para salvar el honor inglés – que fue envenenado.

La cuarta muerte corresponde a Voltaire, partidario de la supremacía de la razón y enemigo del clero, quien al sentirse enfermo, dejó encargado que no dejen entrar a sacerdote alguno aunque así lo pidiera. Y eso fue exactamente lo que ocurrió. Murió de convulsiones, y en los estertores de la muerte gritaba pidiendo la extremaunción, la que le fue negada de acuerdo a sus propias instrucciones.

Las muertes de los escritores norteamericanos son más conocidas por películas y por ser mencionadas en internet por quienes quieren pasar por cultos. Pasemos revista: Edgar Allan Poe, que fue encontrado en la calle tumbado y delirando antes de morir en el hospital a donde lo llevaron; Virginia Woolf, se llena los bolsillos de piedras para hundirse lentamente en el río; Hemingway, se suicida con su escopeta; Tennessee Williams, murió al tratar de mezclar alcohol y barbitúricos, lo que no logró, pues murió atorado por la tapa del frasco de pastillas. Y siguen casos.

Entre los autores peruanos, tenemos varias muertes para escoger. La primera será la de José Santos Chocano, “El Poeta de América”, quien se comparaba a sí mismo con Whitman. Aunque grande en su obra, su vida estaba llena de egoísmos de todo tamaño, lo que lo hizo de enemigos. Dentro de las rencillas políticas y literarias que eran el pan de cada día en Lima en aquel tiempo, Tomás Elmore escribió una crítica a Chocano, quien la tomó tan mal que lo asesinó en la propia entrada del diario donde trabajaba. Chocano usó de todas sus influencias políticas para no ser fusilado (que era la pena en ese tiempo), pero tuvo que irse a Chile, en donde se dedicó a la búsqueda de tesoros enterrados, hasta que fue a su vez asesinado en un tranvía de Santiago.

El puesto de Chocano como superestrella de la intelectualidad peruana fue ocupado poco después por Abraham Valdelomar, escritor que hubiera tenido una influencia mayor a la que tuvo de no haber muerto tempranamente en extrañas circunstancias. Se dice (aunque la versión es muy discutida) que cayó en una letrina del segundo piso de una casona en Ayacucho, y que la caída le provocó la muerte.
Si de morir joven se trata, se debe mencionar al poeta Javier Heraud, quien se fue a la selva peruana queriendo iniciar una revolución como la de Fidel Castro, y terminó arrestado por la policía tras una discusión política, huyó y fue abatido a tiros en la huida.

¿Otras muertes de escritores peruanos? Mariano Melgar, murió fusilado por insurgente; Manuel Scorza, murió en un accidente de aviación junto con otras 180 personas; José María Arguedas, se suicidó en medio de una depresión.


¿Quieren que siga? Ya es suficiente, creo yo. Con todo esto, a uno no le dan ya ganas de convertirse en escritor. Aunque aún nos queda esperanza. El Gabo, como dijimos al comienzo, murió en su cama tranquilamente, como corresponde a un Premio Nobel decente.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Escritura automática


Buscando nuevas formas de escribir las tonterías que pueblan este blog, llegué al conocimiento de la escritura automática. Esta la forma de escritura en que uno se libera del pensamiento consciente y escribe libre de las ataduras de la razón. Aunque esto se parece mucho a escribir sin pensar, y la mayoría de las historias que escribo parece con las hubiera hecho con total ausencia de pensamiento, decidí probar para ver si podía escribir de esta manera algo diferente a lo que escribo siempre.

Para iniciar un proceso de escritura automática uno debe buscar un ambiente tranquilo, con música relajante, y luego simplemente dejar que los dedos recorran el teclado a su libre albedrío, logrado un estado de trance libre del pensamiento que obliga a guardar una racionalidad en la escritura, donde la escritura debe fluir libre y sin restricciones.

Intentaré hacer ese experimento. Lo haré frente al teclado, porque cuando intento hacerlo con lápiz y papel, termino dibujando cosas impublicables, no por obscenas, sino por tontas. El primer paso es entonces apagar el televisor. Felizmente la programación televisiva me brinda múltiples oportunidades de un apagado piadoso. Lo de la música espero que se refiera solamente a no poner trash metal, bueno... es mejor que nada. Ahora me siento tranquilo, me siento en paz y me siento frente al teclado. Cuando estoy a punto de empezar el mágico proceso, me interrumpen los gritos estridentes del vecino celebrando un gol que ha visto por televisión. Una rápida búsqueda en las noticias en internet, una visita al amable vecino y decirle el resultado del partido para que no me fastidie dan cuenta del pequeño inconveniente. Reinicio el proceso. 

Mis dedos recorren las teclas buscando esas palabras escondidas que formarán una nueva historia. La primera palabra en salir, obviamente, es "qwerty". No hago caso al hecho de que no hay muchas oraciones en donde pueda utilizar esta palabra. A esta primera le siguen algunas otras que estoy seguro pertenecen a un idioma arcano y poderoso: Flemicio, Aburniado, Clofimiente. Algún significado tienen que tener, después las buscaré en Google, aunque no sé si las estoy escribiendo con faltas de ortografía. Las palabras empiezan a formar frases:

Me está frebando la pundia,
La murca fresta las oblinias, he de progeciar alfarinobles.
¿Y si farrapia el dercibio al motorrear las huarbas?
Que jemefien los úrtulos al maraplar mondecilos, nublos de gornias.

 ¿Ebanas? ¡Si tú colebas y estipas cuando combas con los lientos!
¡Cuando solipias siempre me perganas con tunias y fribadas! ¿Y ahora tornias que apaces herda?
¡Lombas!

Me siento ahora el mensajero de extrañas entidades que intentan legar a la humanidad mensajes de sabiduría milenaria, secretos enterrados bajo siglos de humanidad occidental o al menos alguna receta para preparar mejor el pescado. Después de varias hojas llenas de frases semejantes a las mostradas, he decidido dejar el intento, no sea que salgan cosas que después ya no pueda controlar. La emoción me embarga. Lo he logrado. He escrito algo, no sé qué es, pero es algo que no había escrito ni pensado antes. Tal vez, a través de las nieblas del tiempo, Góngora me está saludando, o tal vez está pidiendo refuerzos para atacarme con todo su odio. A la hora de clasificar este texto, no consigo ubicarlo en alguna de las categorías usuales, no sé si me ha salido una epopeya, un hiper haiku o una nueva versión de Chilanga Banda. No concibo que la escritura automática tenga en mí resultados menores a los que obtuvo André Breton en su tiempo. Su significado, sin embargo, me es esquivo.

Necesito ahora algo que aclare mi mente, que me permita desentrañar el misterio del significado. Necesito  una opinión autorizada. Al día siguiente le muestro el resultado de este experimento a una amiga, que casualmente es psicóloga. Lo lee, me mira horrorizada y, sin mediar palabra, se aleja de mí a toda velocidad. No sé qué pensar de ello. Creo que escribiré otra vez de esta manera a ver si ahora logro dar con la traducción o por lo menos con algunas tonterías más entendibles.

miércoles, 24 de octubre de 2012

La letra fecunda



Todo empezó con una letra. Una letra que no es nada por si sola, que necesita una vocal para poder formar un sonido. Ese sonido es ahora una sílaba. La sílaba busca ahora con quien juntarse para formar una palabra. Esa palabra tiene ahora un significado. La palabra puede ser poderosa o simple, importante o tan solo servir de apoyo a otra palabra. Esta palabra necesita crecer, necesita formar una frase que exprese un pensamiento, y este pensamiento debe inspirar, debe motivar. Una frase expresa una idea y esta, a su vez engendra nuevas ideas. La idea principal debe desarrollarse en formas creativas. Ahora puede formar estructuras atrayentes que agraden al cerebro, puede desenvolverse en giros sorpresivos que sorprendan al lector. Los párrafos inspirados por la primera frase explican, aclaran y expanden la idea. Esta forma un sistema, una opinión, una creencia.

Esta creencia, que solo nace de la mente humana, necesita un propietario, alguien que la exprese en voz alta. Así nace el personaje, que ha de vivir su vida de acuerdo a estos preceptos. Y el personaje debe tener una historia. Debe tener un comienzo y un fin, debe pasar aventuras que hagan que el lector le siga a través de todos los episodios, de todos los capítulos. Es entonces que aparecen los personajes secundarios que pueden discrepar, oponerse o ayudar al protagonista. El destino y el azar juegan también su papel creando dificultades en el camino de nuestro protagonista. La trama se hace complicada y ocupa ya varios capítulos, aparecen más personajes, lugares que es preciso describir, situaciones que analizar, muchas ocasiones en las que poner en práctica la filosofía que nació de las ideas que nacieron a su vez de aquel párrafo proveniente de esa frase que nació para albergar a esa palabra originada por aquella sílaba que apareció para acompañar a la primera letra.

El libro es ya frondoso y lleno de historias secundarias, ideas y filosofías contrapuestas aparecidas para poner a prueba a la idea original, que pasa además las pruebas que le impone el destino. El libro tendrá que dividirse en varios tomos. Las descripciones de lugares y situaciones se multiplican y se forma toda una complicada red de sucesos y personajes que llevan al final que ha de dejar al lector las ganas de no terminar el viaje por las páginas de la obra.

Después de recorrer el viaje por todos los reglones, los párrafos, los capítulos y los volúmenes, el lector pregunta al escritor cómo resumiría su obra, y queda sorprendido cuando el escritor les responde que todo se puede resumir en tan solo una letra.

sábado, 22 de septiembre de 2012

La próxima historia


Estoy frente al teclado esperando que la inspiración aparezca para empezar a escribir otra de mis historias. Como ocurre muchas veces, no tengo la menor idea de lo que saldrá esta noche del teclado. No es raro que solo tenga que escribir un par de líneas y después simplemente deje que la historia se escriba sola mientras voy tecleando. En esas ocasiones ni siquiera yo sé cómo va a terminar. Tampoco sirve de mucho el que tenga alguna idea del tipo de historia que voy a escribir. Anteriormente una historia que empezó como una broma, sátira o chiste, se enseria y se pone filosófica y al final queda como una de esas historias para pensar.
Otras veces trato de escribir una nota autobiográfica y la fantasía entra corriendo para convertir la historia en un sueño delirante. Pero la mayor parte de las veces soy literalmente el primer sorprendido con el final del cuento, como si en vez de escribir el cuento lo estuviera leyendo. Algunas veces también empiezo una historias por el final. En estas ocasiones el punto de partida es el ¿Qué pasaría si...? y de allí empiezo a desarrollar la historia. Este es el caso de las historias basadas en otra historia conocida.

Así, pues, al sentarme ante el teclado de la computadora me pregunto al igual que los lectores que siguen este blog qué clase de historia saldrá esta semana. Tal vez sea un cuento disparatado, un pensamiento melancólico, un intento de autobiografía o una simple tontería, tal vez salga esta vez una de las historias de Abu Navid, siempre prometidas y tan escasas en su publicación, o una versión personal de algún cuento o leyenda conocido, últimamente han aparecido muchas frases twitteables, ¿Hace cuánto tiempo que no escribía algo sobre los Beatles? Tal vez sea tiempo de que salga algo ahora.

 Entonces me sentaré y me pondré a escribir el próximo post, que tendrá alguna sonrisa, algo en qué pensar, quizá alguna sorpresa escondida en la última línea. ¿Y cuál es esa historia? Eso lo sabrán leyendo la próxima entrada de este blog.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Sobre lápices, lapiceros y teclados



Al igual que los compositores hacen diferente tipo de música en piano, guitarra acústica o eléctrica, las historias que yo escribo son diferentes de acuerdo a si son escritas con lápiz, lapicero o si son escritas sobre el teclado de la computadora.

Desde hace tiempo, ya me había acostumbrado a escribir en el teclado de la computadora, más o menos desde que empecé a escribir en este blog, Con la práctica, lo he llegado a hacer bastante rápido, y puedo escribir mientras estoy pensando. La consecuencia de esto es la cantidad de tonterías que pueden leer cada pocos días, y que llegan casi sin editar desde mi teclado. Ahora, por razones de mi trabajo, debo escribir bastante fuera de la oficina o desde una laptop. Aquí la prisa es la que manda y hace que las frases sean más concisas, aunque eso no impide que incluso los informes técnicos que debo escribir tengan un cierto tinte literario en su redacción, que afortunadamente tiene aceptación entre los que trabajan conmigo.

Como decía, ahora debo tomar apuntes en mi cuaderno con un lapicero que se resiste a escribir con facilidad. Como consecuencia, las frases me salen cortas, directas, lacónicas. Cuando, al final de la jornada, debo escribir un resumen, el lapicero tiene la ventaja de la rapidez. Solo basta agarrar un pedazo de papel y apuntar, a diferencia del trámite que significa sacar la laptop de su estuche, buscar un lugar apropiado donde colocarla y esperar a que carguen los programas. Cuando termina la jornada de trabajo, intento escribir algo, pero sin muchos resultados. Las frases no se reacomodan con la facilidad con la que se hacen desde el teclado, y los tachones y borrones dan un mal aspecto estético. A pesar de ello, no han dejado de salir algunas cosas, como el post en verso que publiqué hace un tiempo.

El lápiz tiene otras ventajas estéticas. Se presta mucho más para los trazos, las curvas, los dibujos. puedo jugar con los diferentes grosores del trazo, los contrastes y claroscuros que da la diferente presión sobre el papel, y puedo hacer piruetas con la caligrafía. Hace poco el lapicero me jugó una mala pasada y se rindió a mitad de una frase. No me quedó otra cosa que agarrar el lápiz y terminar con los apuntes que tenía que hacer. En ese momento me di cuenta de lo mucho que extrañaba el sonido del lápiz al deslizarse por el papel, la textura del carbón. Sin darme cuenta, había dejado de escribir y había empezado a dibujar, recordando de pronto la afición que he dejado hace ya tiempo. Me pasé el resto de la noche dibujando, y sintiéndome bien por ello. Incluso mi caligrafía cuando escribo con el lápiz se ve mejor, más parecida a un dibujo, y comprendo lo feo de mi escritura cuando escribo con lapicero. Desde entonces he vuelto a cargar un lápiz en mi bolsillo y he vuelto a aprovechar los pedazos de papel y los post-its para hacer pequeños dibujos e ideas. Algunos ambigramas he sacado últimamente, y algunas cosas que después he incluido en algún power point de los que también he tenido que hacer para mi trabajo.

Recuerdo entonces la vez que me llevó a practicar la escritura con pluma. Es un ejercicio que obliga a uno a escribir con elegancia, como escribían los escritores de siglos pasados. Me sentía entonces como los escritores que escribían largas cartas en papeles delgados, y que después salieron publicados en libros.

Tal vez sea una suerte que haya vivido la época de transición entre el arte manual y la computadora. Para mis primeros trabajos en el colegio utilicé una pequeña máquina de escribir Olivetti antes de pasar a la computadora con Word Perfect. Del igual modo, cuando ingresé a la universidad, aún se dibujaban los planos con plumillas y regla T, ya que en ese entonces la computadoras con Autocad eran muy caras y difíciles de manejar. Es una suerte, como decía, pues ahora creo que me puedo defender igual de bien a mano y en la computadora.

Cada forma de escribir tiene entonces su propio método y su propio encanto. En esta noche en que ninguna otra historia aparece para ser escrita, me siento para escribir en el teclado esta historia sobre la forma en que escribo las historias.

(Post inspirado en una serie de tweets de Mini Relatos)

miércoles, 26 de octubre de 2011

La pesadilla del bloguero

Hoy, como desde hace ya algunas semanas, me ataca el bloqueo del escritor. La pantalla del monitor me mira con impaciencia por ver qué va a salir esta vez del teclado, para verse vencida una vez más después de una hora esperando en vano hasta al fin cerrar el programa. Ni siquiera el remedio extremo de cambiar de escenario surte efecto. Intento escribir usando el Word, Open Office o el editor de Google, intento escribir en mi laptop, en la computadora de mesa, sentado, echado, incluso mi intento de escritura automática con el reconocimiento de palabras de Windows surte algún efecto. Me doy cuenta al escribir esto que tales intentos son más bien patéticos, pero lamentablemente, es lo que hay.

Paseando por internet no encuentro nada que valga la pena como punto de partida para un blog, mi vida últimamente carece de episodios blogueables. No es que sea aburrida, sino que más bien los temas no van del todo con el espíritu del blog, o son lo suficientemente personales como para que alguien se sienta aludido y me borre de su lista de amigos, me prohíba la entrada a su Facebook o cualquiera de esas cosas que hace la gente ahora cuando no te quiere ver.

Tal vez me queda el recurso de buscar algún conjuro para hacer que aparezca la musa. A propósito ¿Cuál es la musa de la escritura sin sentido? Cualquiera que sea, se ha ido a animar a otros más tontos que yo.

Reviso los borradores que tengo. Nada listo como para publicar. Reviso otros blogs en busca de una idea que pueda revisitar a mi propio estilo. Nada. Busco en la noticias algo que me sirva de punto de partida para un post. Tampoco. ¿Alguna anécdota reciente, una canción, película o evento para dar mi opinión o ilustrar una enseñanza? Nada.

Tonto consuelo me sirve saber que muchos escritores mejores que yo han pasado por esta famosa etapa del “bloqueo”. Yo he pasado por el bloqueo, el blanqueo y hasta el cuelgue, sin más beneficio que el mejorar notablemente mis habilidades para el solitario de Windows.

Al final, el miedo mayor de los blogueros se hace realidad. Estoy escribiendo sobre mi falta de temas para postear.

domingo, 16 de octubre de 2011

Inesperada musa


Decía alguien que la inspiración debe encontrarte trabajando, pero ¿Cómo trabajar si no se tiene inspiración? Tal vez por eso es que la inspiración hay que buscarla, y muchos de tanto buscarla se han perdido, quedándose a la vez sin inspiración y sin energías para escribir.

La búsqueda de la musa se convierte así en una aventura por sí misma. Hay que buscarla en las calles, en las avenidas, en el campo, en la ciudad, en el silencio, en el ruido, en la diversión, en el aturdimiento, en la calma, en la oscuridad, en la luz, escondida detrás de unos ojos, camuflada entre la multitud, a la vista de todo el mundo. Nunca se sabe dónde aparecerá, y por eso uno debe estar preparado para atraparla apenas asome la cabeza.

Esa fue exactamente la lección que aprendió aquel escritor que buscaba su musa incansablemente, ávido de emociones nuevas, perdiendo en el camino todo aquello que una vez le interesó, y olvidando la razón de su alocada búsqueda. Un día, en plena calle, sin razón aparente, sin el más mínimo aviso, apareció la musa. De pronto, todo pareció encajar dentro de un complejo plan de casualidades, azares y encrucijadas de caminos que no llevaban a ningún lugar.
En ese momento se sintió capaz de escribir sobre todo lo que había vivido, las historias que llevaba tanto tiempo esperando aparecer parecieron fluir tan naturalmente que no pudo creer las largas temporadas de páginas en blanco. Los personajes aparecieron ante su mente completamente definidos, como una multitud de viejos conocidos que vinieran a una reunión en su honor, y sin embargo, todos ellos tenían ya una personalidad propia, una historia y hasta un futuro, como si cada uno de ellos exigiera su existencia, incapaz de soportar su ausencia del universo literario.

Historias fascinantes, riqueza de personajes, paisajes, metáforas, anécdotas, máximas, descripciones evocadoras, todas aparecieron ante el mágico influjo de la musa. Solo haría falta algo de trabajo, poco más que dejar los dedos flotar libremente sobre el teclado para crear los más maravillosos y evocadores textos. Si es que lograba poner en limpio todo lo que se agolpaba en su mente en ese momento. Porque las musas tienen también la cualidad de desvanecerse en un instante, si es que no encuentran una voluntad capaz de plasmar en una obra toda la inspiración que han proporcionado.

Desesperado, el escritor buscó un lapicero o un lápiz, comprobando con terror que los había perdido en algún lugar de su alocado periplo anterior. Empezó a buscar en el piso algún pedazo de lápiz perdido quizá por algún transeúnte. Preguntaba a los peatones con desesperación si no tenían de casualidad un pedazo de papel, un lapicero olvidado, siquiera un cartón de cigarrillos que desfondar y en donde escribir lo que la musa le gritaba, exigiendo obediencia a los dones de la inspiración. Los desprevenidos paseantes se alejaban espantados, creyendo encontrarse en presencia de un loco peligroso. Tampoco parecía haber un teclado disponible donde volcar las historias que cada vez le pesaban más y que parecían querer hacer estallar su cerebro.

Al final solo pudo observar impotente como las más grandiosas historias se tornaban borrosas, los personajes se desvanecían en humo, los artificios del lenguaje que iluminarían las descripciones se convertían en confusos galimatías, y en fin, todo parecía desaparecer como los sueños de los borrachos. La musa se iba sin poder hacer nada para retenerla. Solo una idea le quedó martillando la mente. Era cierto. La inspiración debe encontrarte trabajando.

lunes, 21 de febrero de 2011

El personaje

El escritor crea los personajes del relato, pero muchas veces estos cobran vida propia, y el escritor se convierte simplemente en un secretario o cronista de sus hechos. Es en estos casos cuando el escritor muestra su verdadera valía, al mantener el control de lo que escribe. Ya que el fin de un relato o novela suele ser la muerte, los personajes se valen de mil y una artimañas para alargar el cuento, para evitar el inevitable final. El Quijote es un buen ejemplo de ello. Empezó como un cuento corto, pero pronto tomó tal dominio de la historia que la alargó a decenas de capítulos, introdujo en la trama a un labriego amigo suyo e incluso renegó de su escritor, prefiriendo ser narrado por Cide Hamete Benengeli.

Se sabe de muchas heroínas que han enamorado al autor de tal manera que, abandonando su papel secundario, pasaron a convertirse en protagonistas, de malvados que logran matar al héroe en contra de los deseos del escritor, o de quienes se escabullen de la escena final, evitando la muerte y dejando al escritor sin más remedio que referir que no se hallaron huellas de él después de la batalla. Tal es el control que pueden tomar los personajes del relato.

En esta lucha de poder, algunos escritores se dan cuenta demasiado tarde de que no son más dueños de la historia y tratan de asesinar al protagonista, pero este, con su nueva conciencia, se encuentra ya prevenido y hace creer al escritor que podrá matarlo, mientras planea meticulosamente su escape, y al momento final logra sobrevivir hasta la siguiente secuela. Sherlock Holmes y el Capitán Nemo pueden dar fe de ello.

En consecuencia, el escritor debe elegir cuidadosamente a sus personajes. Los personajes fuertes atraen al lector, es cierto, pero conllevan el riesgo para el escritor de convertirse en una mera excusa para el personaje. Es tal vez por esto que la literatura nos brinda cada vez más personajes sombríos y apocados, fáciles de manejar por el autor. Y es por esto también quizá la creciente popularidad de los microcuentos, en donde el autor no da tiempo al personaje de tomar el control, atacando rápidamente, como quien dispara a un desconocido en la calle, sin darle oportunidad a defenderse.

Es que este es uno de los peligros a los que debe enfrentarse un escritor. Quienes señalan la fácil y poco peligrosa vida del escritor, no conocen estos detalles, y no han sentido jamás la espantosa sensación de un relato en primera persona donde uno de los personajes empieza a rebelarse contra su creador. Muchos personajes suelen ser inescrupulosos y no tendrán miramientos a la hora de matar al narrador, quien, como única forma de escapar, forzará un enfrentamiento y buscará una excusa para huir, dejando al lector un final abierto que lo salve a él también…
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