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miércoles, 21 de diciembre de 2022

Leyendas peruanas: Abraham Valdelomar



Hace poco escribí sobre Yma Sumac, como alguien que creó su propia leyenda. No fue la primera en el Perú que lo hizo. Ese honor pertenece a Abraham Valdelomar, escritor que supo convertirse en la estrella fulgurante de la intelectualidad peruana a principios del siglo XX, y de quien es difícil separar la historia del mito. 

Abraham Valdelomar nació en Ica, y pasó su infancia en Pisco, puerto a poca distancia. El tiempo que pasó allí marcaría su vida y su obra. Sus mejores cuentos son recuerdos de su infancia allí, cuando vivía en una casa no lejos del muelle fiscal, que servía para recibir barcos de carga de mineral. Esa casa se conservó por mucho tiempo, aunque con muchas modificaciones, convertida en una pequeña tienda en donde yo iba a comprar de vez en cuando, y en donde solo una placa de bronce en la entrada recordaba su ilustre pasado. Con el tiempo la placa desapareció y finalmente la casa se derrumbó con el terremoto del año 2007. 

Abraham terminó la escuela en Lima, y luego ingresó a la Universidad de San Marcos, en donde el nuevo siglo XX impulsaba un torrente de nuevas ideas que inspiró a la que fue tal vez la generación más brillante de pensadores peruanos. Aquí empezó un ascenso meteórico. Dejó los estudios para dedicarse de lleno al periodismo, en donde su talento y posición política le llevaron tempranamente a la dirección del diario oficial “El Peruano”, y de allí a un puesto en la embajada de Perú en Italia. Allí conoció las nuevas corrientes del pensamiento de Europa que definieron sus obras posteriores. 

Cuando regresó al Perú, su talento fue una explosión. Sus trabajos periodísticos y sus cuentos le valieron el reconocimiento general. Al mismo tiempo, forjó su leyenda. Sus trajes a la moda inglesa y su conversación brillante lo convirtieron en el rockstar de la escena limeña, al tiempo que sus colaboraciones y comentarios sobre la situación política en diarios y revistas eran celebrados por el público. ¿Cuánto de verdad o pose había en todo ello? Mi opinión es que todo esto era una pose, una estrategia de marketing usada antes de que se conociera este término. Y lo digo porque sus versos y cuentos estaban llenos de una nostalgia provinciana, una nostalgia que se refleja en “Tristitia”, uno de sus versos más conocidos: 

Mi infancia, que fue dulce, serena, triste y sola, 
se deslizó en la paz de una aldea lejana, 
entre el manso rumor con que muere una ola 
y el tañer doloroso de una vieja campana. 

Nada más lejanos estos versos de la actitud escandalosa que exhibía en las calles de Lima, vestido de dandy y dedicando versos improvisados a las señoritas que encontraba en los cafés de moda. Su retrato más conocido, muy elegante y con la mano sobre una calavera, coincide con la imagen que intentaba proyectar. Fiel a este ánimo escandaloso, frecuentaba sanatorios mentales para inspirarse y visitaba cementerios por las noches con sus amigos. En ese tiempo se hizo popular una frase suya que repetimos los peruanos desde entonces: “El Perú es Lima, Lima es el Jirón de la Unión, el Jirón de la Unión es el Palais Concert, y el Palais Concert soy yo”.
Valdelomar era, a pesar de ser provinciano, el ejemplo perfecto del intelectual limeño, y otra anécdota lo refleja. Al Palais Concert, el café más conocido de la época, llegó un joven César Vallejo para presentarle sus primeros poemas. Se presentó tímidamente y recibió esta respuesta: “Cuando regrese a su tierra, podrá contar que estrechó la mano de Abraham Valdelomar”. La historia es muy probablemente falsa, ya que Valdelomar intercedió para la publicación en Lima de algunos de sus poemas, y Vallejo le pidió prologar su primer libro “Los Heraldos Negros”. 

Con la fama obtenida, fundó la revista “Colonida”. Solo cuatro números de esta revista bastaron para sacudir la literatura peruana e insertarla en la modernidad, con los que creó un movimiento cultural cuyas consecuencias perduran hasta hoy. Allí publicó algunos de sus cuentos y poemas, brillantes y modernistas. Incluye allí una de las mejores comparaciones que he leído, al referirse a los gallinazos que se pueden ver hasta hoy en Lima: 

“El gallinazo es negro, definitivamente negro, rotundamente negro. Es como una maldición de padre agustino dicha en una cámara oscura a las doce de la noche. Oscuro como la filosofía alemana, espíritu nietzchiano, sombrío como un juramento de mayor de guardias”

 Aprovechando esta fama, daba conferencias en todo el país y como muchos intelectuales de la época, fue seducido por la política. Aunque la wikipedia diga que al volver a Ica fue aclamado unánimemente, mis fuentes me afirman que no fue así. Para su familia al menos, siguió siendo el chiflado, el loco que se vestía de payaso y que trataba de llamar la atención como sea. Fue elegido diputado por Ica, y en una de sus gestiones como tal, en la ciudad de Ayacucho, murió repentinamente. Tenía sólo 31 años. 

Las circunstancias de la muerte de Abraham Valdelomar se convirtieron en parte de su leyenda. Curiosamente, los libros de historia no hacen referencia a lo que pasó, y en el mejor de los casos, aluden vagamente a “un accidente”. Sabemos que esa noche se alojó en una casona antigua, y lo que pasó después es objeto de polémica. Se dice que se levantó de madrugada para tomar una dosis de ajenjo o morfina, y presa de la euforia, cayó de la escalera y se fracturó el cuello. La historia más escandalosa cuenta que se levantó para ir a la letrina, cayendo en ella, para ser encontrado solo un día después. 

Como toda estrella que muere joven, después de su muerte alcanzó el status de mito, edsta vez justificado con una obra que lo ha dejado en el lugar de uno de los mejores cuentistas que haya dado mi país. César Vallejo le dedicó estas palabras al enterarse de su muerte: “Hermano en el dolor y en la Belleza, hermano en Dios”, Abraham, tú no puedes haberte ido para siempre; es imposible. Sólo, como cuando viajabas, hermano estás ausente.” Su imagen puede verse hasta hoy en billetes peruanos, y su cuento más famoso, “El Caballero Carmelo” sigue siendo popular después de un siglo. 

En Pisco, queda aún el muelle, y crecen las higuerillas en la playa, tal como los describió en sus cuentos. Una de sus hermanas se quedó viviendo en Pisco, y tuvo una hija, que andando el tiempo fue mi abuela. Es por eso que hoy me senté a escribir lo que sé de esta leyenda.

viernes, 25 de marzo de 2022

El gato literato



La literatura humana es burda, limitada, llena de una candidez que raya en el absurdo. Si los humanos conocieran la literatura felina comprenderían lo poco que saben de este mundo, pensaba Refifí, un gato que vivía en un edificio en el barrio bohemio de la gran ciudad. Su humana, quien le proveía de un techo en donde refugiarse del clima y esconderse en caso necesario, pasaba largas horas frente a una laptop, leyendo y escribiendo. Como todos los humanos, ella creía tener derechos de propiedad sobre Refifí, lo que el gato permitía a cambio de la comida que ella le proporcionaba. Ese era un trato ventajoso para ambas partes, solía pensar, pues a Refifí le ahorraba el trabajo de cazar su propio sustento, lo que le dejaba más tiempo para pensar, y a ella le permitía cumplir el humano propósito de rendir pleitesía a los gatos, acariciándolo y permitiéndole pasear por la casa a sus anchas. 

Fue así como Refifí conoció la literatura humana, a través de esa pantalla a la que su humana prestaba tanta atención. Mientras más conocía Refifí la literatura humana, más pena sentía por la pobre humanidad. No tenían ellos nada comparable a las grandes epopeyas felinas, y su poesía era como los balbuceos de un cachorro gatuno. Refifí era un gato cultivado, que había ido a la Universidad que se reunía en el parque los días de verano. Allí había estudiado la epopeya de Michifuz de Bizancio, quien siglos antes murió tratando de detener la primera invasión de ratones del Asia Menor. ¡Si los humanos conocieran esta sola historia! Nada sabían tampoco los humanos sobre los trabajos de Ronron el Desgarrado, que a pesar de ser castrado y cortadas sus garras por su cruel humano, siguió filosofando y educando a los gatos de París, y cuya escuela influye hasta hoy en el pensamiento gatesco. 

Refifí tomó entonces la decisión de compartir la sabiduría de los gatos con la humanidad, escribiendo un libro que los humanos pudieran comprender. Estaba seguro que el conocimiento de su literatura ayudaría mucho a los humanos a cumplir su misión de adoración a los gatos. Pero para esto necesitaba la autorización del Consejo Gatuno, que se reunía en el terreno baldío cercano las noches de luna. Esa noche, después de la Orden del Día sobre las precauciones ante la plaga de ratones envenenados por humanos, expuso su moción, con esa elocuencia de gato cultivado que había aprendido en la Universidad, y que tanto convencía a las gatas. 

Contrario a lo que esperaba, su idea no causó entusiasmo entre los presentes. Bigotes, el gato gris de la otra calle, respondió que él vivía en una pizzería, por lo que conocía a los humanos más que todos los presentes, y podía asegurar que la suya era una causa perdida. Los humanos tienen los sentidos tan atrofiados que tropiezan en la oscuridad, no oyen a menos que les griten y una simple cerca los detiene en su camino. Es por eso que son incapaces de asimilar la belleza de la literatura felina más simple. Es cierto, asintió Frida, una gata de blanco y negro, hasta sus bailes son una pobre imitación del movimiento felino. Refifí insistió en lo noble de su causa. Siendo los humanos tan pobres, era necesario elevar su alma como un acto de compasión. 

El Consejo dio al final la autorización para escribir un libro dirigido a los humanos, pero advirtió a Refifí que no guardara muchas esperanzas, pues el cerebro de los hombres simplemente no puede comprender ideas tan elevadas. Entusiasmado, Refifí regresó a su casa con la intención de empezar con su misión cuanto antes. Encontró a su humana sentada frente a su laptop como siempre. Pero la importancia de su misión no admitía demoras, así que se enroscó en su brazo para apartarla y que le deje escribir en su teclado. La humana, sin comprender, lo apartó y le acarició antes de volver a observar la pantalla. Refifí bajó los bigotes en señal de frustración. Había olvidado lo torpes y tontos que son los humanos. Solo su tamaño los hace relevantes en el orden natural. Decidió una acción más directa. Se plantó firmemente junto a su humana y le dijo con voz alta y clara: Miau. La humana volteó y lo miró unos segundos, con esa sonrisa tonta que ponen los humanos, y luego volteó otra vez hacia la pantalla. Refifí hizo todavía otro intento, esta vez más fuerte. Miau. La humana lo miró nuevamente y lo acarició antes de volver a su trabajo. Tal vez el Consejo tiene razón, los humanos no entienden, pensó. ¿Cuál es el sentido de tener a una humana que solo puede entender las órdenes más primarias? La misión de escribir un libro que haga a los hombres abrir los ojos le pareció más necesaria que nunca. 

Refifí tuvo que esperar un par de horas hasta que la humana se puso su bozal blanco, signo de que iba a salir a la calle, y le dejó la laptop libre. En ese momento puso sus patas sobre el teclado y trató de empezar a escribir. La claridad de pensamiento que tienen los gatos, y que los humanos ignoran por completo, le había permitido ya esbozar casi todo el libro en su mente. A través de una epopeya narrada en primera persona, repasaría las mejores corrientes filosóficas entre los gatos. Comenzaría con una breve introducción histórica del pensamiento felino, desde la historia del gran Ohtep de Menfis, pasando por las escuelas de Alejandría y Nínive. Luego estudiaría los aportes de la escuela china, sobre todo de Fong, el famoso gato que gobernó China a través de su humano el emperador Chin. A través de los personajes de la epopeya, representaría las escuelas principales del pensamiento gatuno: La escuela sensorial, que postula que en el mundo solo es real cuanto puede percibirse con los siete sentidos de los gatos; la escuela lumínica, que niega la existencia de la oscuridad; la escuela ordinal, que postula el gran orden natural que sitúa a los gatos como amos de la creación, a los humanos como proveedores y adoradores, y a los roedores, aves y peces como alimento; hasta llegar a la tendencia actual del nihilismo. El final de la epopeya mostraría cómo los grandes héroes humanos, los Aquiles y Quijotes, no pueden compararse con Bastet, el gato elevado a la divinidad en el tiempo de los humanos constructores de pirámides, o con Cheshire, que vivía en el puerto del mismo nombre en Inglaterra, y que fue inmortalizado en un libro humano muy famoso. 

La escritura de esta grandiosa historia encontró un obstáculo inesperado. El teclado estaba creado para los largos y huesudos dedos humanos, y no para las flexibles y confortables patas de un gato. No obstante, Refifí se dio a la tarea con determinación. Sin embargo, otra trampa le esperaba. El clik clak al oprimir las teclas tenía un efecto relajante, y la laptop emitía un agradable calor que invitaba al descanso. Cuando se dió cuenta, Refifí estaba ya durmiendo sobre el teclado con pocas letras escritas. Así lo encontró su humana cuando regresó. Peor aún, cuando vio lo escrito en el teclado, fue incapaz de comprenderlo y lo borró todo antes de regresar a sus propias y humanas cosas. 

En el siguiente Consejo Gatuno le fue solicitado un reporte de sus avances, por lo que Refifí tuvo que admitir que no había hecho progresos. Fellini, el gato atigrado y despeinado que vivía en tres casas diferentes, le recordó que los humanos no entienden a los gatos, y que no hay nada de malo en ello, pues tal es el orden natural de las cosas. Se dice que en el lugar que los humanos llaman Francia, hay humanos que entienden algo del idioma gatuno, y que incluso pueden mantener conversaciones simples, pero no lo suficiente para ayudarlo en su propósito, y que lo mejor sería aceptar su derrota. Solo Ragazzo, el más viejo del Consejo, que simpatizaba con su causa, le ofreció su ayuda. Hay una forma de comunicarse con los humanos que muy pocos gatos pueden dominar, pero que será necesaria para transmitir tus pensamientos. Es una forma que combina sonidos y telepatía, que se dirige a las funciones más primitivas del cerebro humano, activando sentidos que los propios humanos desconocen. Yo te enseñaré a usarla, los humanos le llaman ronroneo, y los gatos lo utilizan poco más que para expresar mensajes simples, pero a ti te permitirá transmitir tus pensamientos a tu humana, le dijo. 

La tarea no era fácil. Hizo falta mucha práctica, pero después de algunas semanas, Refifí pudo transmitir sus pensamientos a su humana y escribir a través de ella de una manera aceptable, aunque ella ni siquiera estaba consciente de tal comunicación, y creía que lo que escribía se debía a su propia inspiración. Después de un tiempo, la epopeya estuvo terminada, con una prosa elegante y refinada, a pesar de las limitaciones del lenguaje humano, tan pobre en comparación a la riqueza de la comunicación gatuna. Su humana también estaba feliz por tal logro, y contenta le enseñó el primer ejemplar del libro. 

Todo cambiaría desde ese momento. Los humanos tendrían un mejor entendimiento de la filosofía gatuna, nuevos héroes se integrarían al panteón de los dioses humanos y el servicio que los humanos sirven a los gatos se beneficiaría enormemente. Una nueva y mejor era se avecinaba, pensaba Refifí. Sin embargo, algo pasó. Su humana volvía desanimada de la calle. El libro, decía, no se vendía, y la gente no sentía interés por leerlo, sin poder explicar la razón. Esto sumió a su humana en una depresión que sus ronroneos no pudieron aliviar. 

Frustrado, Refifí salió a tratar de animarse espantando a las palomas del parque, como hacía cuando se sentía abatido. Allí se encontró con Tom, un gato que presumía de conocer mucho el mundo, y quien tenía informantes entre los ratones de biblioteca. Yo sé qué es lo que ha pasado, le dijo. No eres el único que ha dictado un libro a un humano, por el contrario, son muchos los que lo han hecho, pero ninguno de los humanos ha tenido éxito nunca, y te voy a decir por qué: Si los gatos han logrado controlar a los escritores, por el contrario, son los perros los que han tenido éxito para controlar a los críticos literarios.

sábado, 5 de marzo de 2022

Una cita literaria



"Ella era como un sol de verano, alegre y diáfana, yo fui como una tarde de otoño, nublada y fría. Ella me trajo un rayo de luz que se filtró entre mis nubes, y yo le correspondí con unas cuantas nubes en su cielo limpio. Entonces sucedió lo que tenía que ocurrir. A una ráfaga de viento que se llevó los recuerdos, le siguió un trueno como un grito, que terminó en una lluvia de lágrimas. Y llegó la noche."

(Tomado del libro “El tren de las despedidas” del poeta y activista ucraniano Iván Niktov, que luchó por la independencia de su país, y que fue arrestado y desaparecido por la policía estalinista en 1934.)

Hacer una cita literaria se ha convertido en una tarea riesgosa, de una facilidad engañosa. Es tan fácil usar un buscador para encontrar frases inspiradoras que nadie se toma el trabajo de verificar si la frase es verdadera, si está bien citada o bien traducida. Además hay multitud de citas apócrifas, armadas por mercenarios que engañan a la gente para obtener unos cuantos likes que puedan monetizar. Encuentro con frecuencia frases que hubieran sublevado a sus autores de saber de ellas, o que los hubieran llenado de pena al pensar que los lectores pudieran creer que es una cita verdadera. 

Hacer una cita literaria implica también una responsabilidad por parte de quien la hace. La cita, aparte de tener un valor literario por sí misma, separada de su contexto, debe ser representativa del pensamiento del autor, y también debe ser testigo del momento en el que se publica. Muchas frases he visto que ya no son adecuadas para estos tiempos, que son sacadas fuera de su contexto histórico o del propio contexto del libro, carta o relato del que fueron extraídas. El resultado es que mucha gente se da una idea equivocada de muchos autores, y peor aún, creen conocer su obra, cuando solo han visto algunas frases, de las cuales al menos la mitad son falsas, del mismo modo que creen conocer a alguien solo por ver sus fotos llenas de filtros y efectos en Instagram. 

Por eso quise hacer hoy una cita literaria pertinente, que signifique algo para el lector, una cita con la que yo esté de acuerdo, y que diga algo que yo no he sido capaz de expresar. Y por eso también elegí a un poeta ucraniano, que vivió una vida agitada y digna de resumir aquí. 

Iván Niktov nació en Kiev, en el seno de una familia acomodada, por lo que pudo ir a estudiar a París, en donde tomó contacto con el ambiente literario de la época y también fue parte de uno de los movimientos anarquistas de la época. A su regreso a su país, organizó células anarquistas a favor de la independencia ucraniana. Perseguido por la policía rusa, escapó hacia Munich, en donde colaboró con varios medios literarios, incluido el famoso “Simplicissimus”. Al estallar la Gran Guerra, regresó a Ucrania para retomar sus esfuerzos de liberar a su país de Rusia, lo que continuó haciendo después del triunfo de los bolcheviques y la formación de la Unión Soviética. Aún pudo regresar a Francia en 1920 para tratar de obtener del gobierno francés el reconocimiento de Ucrania como nación independiente. Lo último que se sabe de él es su arresto por la policía soviética en 1934. Se presume que fue muerto entonces, o deportado a Siberia, de donde no regresó jamás. Su obra más conocida, “El tren de las despedidas” fue publicado en 1921, y alterna prosa y verso, al entrelazar varias historias que ocurren en una estación de tren que parte con soldados hacia uno de los frentes de la guerra. A pesar de ser criticada por su evidente influencia de los escritores franceses, tuvo mucho éxito y se le considera una obra patriótica. El libro fue prohibido por el gobierno soviético y no fue reimpreso hasta la década de los 90, cuando Ucrania obtuvo al fin su independencia. 

Volviendo al tema de las citas literarias, mi intención era mostrar una cita literaria pertinente y apropiada, mostrando el contexto y algo sobre el autor, dar una idea al lector mucho más cercana de lo que está leyendo. Lamentablemente debo reconocer que este intento ha sido un fracaso. Harto de buscar una cita tal como yo quería, me cansé y decidí en su lugar inventar un párrafo, un escritor y una biografía y ponerla aquí. Quien haya llegado hasta aquí sepa que no se puede confiar en todas las citas y extractos de libros que se encuentran en internet.

lunes, 22 de noviembre de 2021

El Principito de Arquímedes



Después de tomarme unas pequeñas vacaciones de las redes sociales, encontré al regresar que nada ha cambiado. Sigue habiendo mucha gente vigilando al prójimo, atenta a cualquier traspiés o despropósito para criticar y establecer así una superioridad moral que sirva de panacea a su frágil autoestima. Sigue la multitud de gente que quiere enseñar a los demás cómo comportarse, de qué indignarse y qué pensar.
Pero siempre hay algo que miro, sino como novedad, al menos con ojos nuevos. Por casualidad aparecieron en mi feed varias menciones al Principito, y me di con la sorpresa de que en algún momento, sin que nadie me avisara, este cuento que me dio las primeras clases de filosofía de mi vida, se ha convertido hoy en un libro de autoayuda, al nivel de Will Smith, al que también han convertido sin razón en un gurú de la auto iluminación. 
Una ligera revisión en internet me llevó a preguntarme cómo es que un libro famoso puede ser tan corto y aún así haber tanta gente que lo cita sin haberlo leído. Citas erróneas, falsas o sacadas de contexto pueblan las redes sociales sin nadie que se queje. Principito, cuantas estupideces se cometen en tu nombre, supongo que diría el autor si estuviera vivo. 
Eso no fue todo. Encontré además análisis que llevaban al pobre Principito a donde el autor quería justamente que no fuera. Artículos tales como "Frases del Principito que cambiarán tu vida", o "Las 20 lecciones de Marketing del Principito", me pusieron en estado de sublevación, preguntándome si yo, desde mi humilde atalaya, podría hacer algo para cambiar las cosas.
Por eso yo también voy a sumarme a la legión de citas apócrifas del Principito, pero desde el punto vista de mi particular lógica, a medio camino entre la practicidad de la ingeniería y el surrealismo de mi tontería. Digamos entonces que estos son los postulados del Principito de Arquímedes, de acuerdo a lo que su autor Antoine de Saint-Canterbury, pudo haber pensado, o tal vez no, o quién sabe si le dio vergüenza de publicar en su libro, pero que debieron estar allí, porque… No sé cómo, pero deberían estar: 
Postulado 1. Toda frase inventada y atribuida al Principito experimenta un empuje hacia arriba en sus likes, igual en magnitud a la intensidad de su cursilería. 
Postulado 2. Si te has dado un avionazo en pleno desierto, y se te acerca un niño de aspecto extraño, no lo confundas con un inmigrante ilegal en camino a la frontera. Solo escucha lo que tiene que decirte, puedes sacar todo un libro de allí. 
Postulado 3. Si ves un dibujo que parece un sombrero, antes de responder fíjate primero si alguien te va a criticar por no ver una serpiente. 
Postulado 4. Si me dices que vas a venir a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Y seguiré siendo feliz a las cuatro, y luego a las cinco, y a las seis, y así hasta que al final llegues dándome una disculpa tonta por llegar tan tarde. 
Postulado 5. En esos días en que la melancolía se sujeta a mi alma con la firmeza de una tuerca en el motor de la avioneta de mi vida, es bueno tener un pequeño asteroide a donde ir para ver la puesta de sol, y volver a verla moviendo un poco la silla, nunca más de 48 veces en un día. 
Postulado 6. Si yo paso por tu lado y te saludo, y tú sigues tu camino sin siquiera mirarme, debe ser porque soy esencial, y por lo tanto, invisible a tus ojos.
Postulado 7. Hace mucho, mucho tiempo, a uno de los antepasados del Principito también le dio por  visitar la Tierra, pero cometió el error de venir con todo y su asteroide. Así extinguió a los dinosaurios.
Corolario: Si entendiste todos estos postulados, es porque eres tan tonto como ese niño que llegó desde su asteroide B612, y si no, los entenderás algún día, cuando seas niño.

sábado, 11 de septiembre de 2021

Cuando por fin te encuentre



Cuando por fin te encuentre, ¿Tendré el valor de acercarme a ti, o me quedaré paralizado de miedo al ver que al fin has aparecido? 
Cuando por fin te encuentre, ¿Comprenderás que era yo quien te buscaba desde hace tanto tiempo?
Cuando por fin te encuentre, ¿Me darás tiempo de explicarte todo aquello que me impidió llegar a ti hasta ahora? 
Cuando por fin te encuentre ¿Me verás a los ojos y me dirás que sí, que tú también me estuviste esperando? 
Cuando por fin te encuentre ¿Tendré derecho a reclamarte el porqué has llegado solo ahora y no en ese momento en que tanto te necesitaba? 
Cuando por fin te encuentre ¿Podré mostrarte mis cicatrices, y tu podrás mostrarme las tuyas?
Cuando por fin te encuentre ¿Habrá todavía en tu corazón espacio para alguien que también llega después de un largo viaje alrededor de ninguna parte? 
Cuando por fin te encuentre ¿Aceptarás todas las canciones y versos que he escrito pensando en ti?
Cuando por fin te encuentre ¿Me perdonarás aquellas veces que perdí la fe en que llegarías algún día?
Cuando por fin te encuentre ¿Creerás al fin en el destino, en las casualidades, en lo inexorable de los caminos humanos? 
Cuando por fin te encuentre, tal vez lo mejor sea que nos aceptemos sin preguntas, sin historias, como si siempre hubiéramos estado juntos y todo esto tiempo fue tan solo un instante que pasamos solos, y que lo que realmente importa comienza ahora.

viernes, 11 de junio de 2021

Crítica de mi libro


Después de la explosión de la máquina del tiempo en la que estaba trabajando, descubrí entre los papeles que salieron volando algunos recortes de revistas y periódicos, entre los que estaba la crítica del libro que estoy escribiendo desde hace mucho y que no tiene cuándo acabarse. Fruto de la felicidad que me da comprobar que dicho libro saldrá algún día a la luz, comparto entonces aquí la dicha crítica, con el objeto de darme un impulso para terminarlo de una vez por todas:

El primer libro del peruano Tonto De La Colina toma la forma de uno más de los libros de autoayuda tan en boga los últimos tiempos. Incluso el título: “Las Enseñanzas de Abu Navid El Apócrifo”, llevará a la confusión al lector casual que busque esa sabiduría fácil y light que ha llenado injustamente tantos estantes de librerías y supermercados. Pero no, como se lee en la contratapa, este libro tiene la ambiciosa intención de ser la estocada final para este tipo de literatura, y no proclama menos que ser para la literatura de autoayuda lo que fue “El Quijote” para las novelas de caballería.

El libro nos presenta dos historias paralelas: La del autor que, a partir de una casualidad, emprende la búsqueda literaria de un oscuro maestro sufí llamado Abu Navid El Apócrifo, y la propia vida de dicho maestro. En capítulos alternados se cuentan las dos historias a lo largo del libro, en una estructura que busca diferenciarse de la literatura de autoayuda. Aquí radica a la vez el acierto y la debilidad del libro, que emprende un camino poco usado, pero riesgoso, ya que ambas partes son desiguales en calidad. Los capítulos que presentan en primera persona al narrador en su búsqueda tienen un tono triste y desanimado, en contraste con los capítulos dedicados a la vida del maestro, que se muestran llenos de luz y optimismo. Esta bipolaridad de un capítulo a otro le resta ritmo al libro, al punto que pareciera invitar al lector a leer solo los capítulos pares o impares, dependiendo si quiere conocer una historia o la otra. Así, por un lado, vemos al narrador revisando libros y rescatando fuentes escritas mientras lidia con sus problemas personales, y por el otro, el maestro que parece salir airoso de los problemas que se le presentan, a pesar de lo poco ortodoxo de sus enseñanzas y filosofía. 

En lo que acierta De La Colina es en el retrato del maestro sufí, que cree ayudar a los demás con sus enseñanzas, y se va antes de que los demás se den cuenta que los ha dejado con las mismas dudas que antes, ridiculizando así a toda la literatura de autoayuda. Pero, aunque bien intencionado, este intento no se siente que llegue a destino, pues usa la ironía antes que la parodia y el ridículo, perdiendo fuerza justo en la estocada que anuncia en su contratapa. En cambio, el del narrador se siente más bien como un viaje interior, con solo unos pocos personajes sin nombre y lugares no mencionados, a diferencia de la profusión de referencias topográficas y nombres propios de la historia del maestro. Con todo, la historia no deja de despertar interés, hasta su final sorpresivo, que une por fin a los dos relatos, exponiendo, tal vez demasiado, la moraleja, que escapa a la tentación del fan service y se desliga definitivamente del género al que critica. Son bienvenidas además a lo largo del libro las referencias a varias obras de Dan Brown y Paulo Coelho, que se integran sin costura visible, y casi como contraejemplos.

Como crítica a todo un género literario, el libro funciona, y los episodios de las enseñanzas se leen con una sonrisa en la boca, casi llegando a alcanzar a un verdadero libro de autoayuda, y su estructura de relatos cortos para las enseñanzas nos recuerdan que el autor se inició en el mundo de los blogs, donde sin duda se siente más a gusto. Podemos decir como resumen que, si bien es poco probable que este libro acabe con los libros de autoayuda, sin duda logra dejarlos muy malheridos. Por ello merece la calificación de cuatro estrellas, y una esperanza de que en sus siguientes obras pueda corregir sus defectos.

domingo, 29 de noviembre de 2020

Yo, lector


Hubo una vez, en un pueblo pequeño en donde Dios había decidido que la maravillosa vista del mar debería compensar todas las demás carencias, una mujer esperaba un hijo. Los doctores le dijeron que el embarazo estaba comprometido, por lo que le recomendaron guardar reposo. Esto, obviamente, era más fácil decirlo que hacerlo, habida cuenta que habían otros dos pequeños que cuidar y el esposo estaba viajando continuamente a la capital buscando un trabajo que les permitiera mudarse. La mujer continuó haciendo su vida normal hasta que los malestares la pusieron realmente en riesgo. Obligada a guardar cama, sin que la dejen ver a sus otros hijos ni a la pariente que vino a casa a ayudar en las tareas, se vio obligada a coger un libro, uno de esos que por su tamaño y su peso imponen respeto y hasta miedo de emprender la lectura. El libro fue despachado en apenas tres días, y toda la familia se dio a la tarea de buscar otros libros para que leyera. 
Al cabo de pocos días, en su cuarto había dos enormes pilas de libros, una de los que ya había leído y otra de los que aún le faltaba leer. Se dice que por allí pasaron El Quijote, Las Mil y una Noches, El Conde de Montecristo, los nueve libros de Herodoto, Balzac, Julio Verne, tragedias griegas, novelas del Siglo de Oro español y colecciones varias de literatura, además de muchas novelitas románticas de Corin Tellado y cuanto periódico llegara al pueblo. Como si hubiera sido adrede, el parto se adelantó hasta justo el día en que ya no quedaba en el pueblo libro que no haya pasado por su habitación. Después del nacimiento, ya sea por las labores propias de la maternidad o por falta de algo nuevo que leer, la compulsión lectora cesó para siempre. La familia consideró el evento como una versión algo rara de los clásicos antojos de embarazada, opinando que era el bebé quien en realidad leyó todos esos libros, por lo que nadie se extrañó cuando el hijo aprendió a leer antes de lo usual y no podía salir a la calle sin leer en voz alta todos los carteles y anuncios que veía. 

En cuanto al niño, que terminé siendo yo, mantuvo la avidez de la lectura, impulsado por sus padres y la competencia con sus hermanos, que luchaban por terminar el libro antes que los otros para narrar el final a los demás. Con el tiempo, adquirí la habilidad de leer con rapidez comics y revistas en los estantes de las librerías para terminarlos antes de que el dueño se diera cuenta de que estaba leyendo gratis y que no pensaba comprar nada. El bus también se convirtió para mí en una biblioteca ambulante. Me sentaba o incluso me quedaba de pie junto a quien estuviera leyendo una revista o libro para leer durante el viaje. 
Cuando la situación económica, aún muy comprometida, lo permitió, me trasladaron a un colegio que tenía una biblioteca muy surtida. Fue uno de los descubrimientos que cambió mi vida. Allí leí por primera vez a Borges, Vargas Llosa, Vallejo y Goethe. Recuerdo que durante las vacaciones extrañaba la biblioteca y sus libros, y al volver a clases emprendía furiosas sesiones de lectura para saciar el síndrome de abstinencia. 

En la universidad, ya me consideraba un lector muy competente, hasta que conocí gente que me decía que lo había estado mal toda mi vida. Los libros, me decían, estaban hechos para ser subrayados, anotados y comentados. Esto para mí era casi una herejía, acostumbrado como estaba a compartir libros con mis hermanos o tomarlos prestados de las bibliotecas. Mi mérito era más bien conservar los libros limpios y sin señas de que alguien hubiera pasado por allí, para que el siguiente en leerlos tuviera la misma sensación de descubrimiento que yo tuve. Había también gente que se escandalizaba al saber que yo no había leído a Sartre, ni a Marx, profesores que urgían a sus alumnos a leer a Lenin. Una vez alguien me alcanzó una lectura de Stalin y me causó tal desagrado que no pude comprender la adoración que causaba en otras personas. Consideré suficiente las lecturas de Bertolt Brecht en la biblioteca de mi escuela y nunca volví a leer esa literatura panfletaria de izquierda que se empeñaban en pasarme. Afortunadamente, también había algunos aficionados a la ciencia ficción, a cuyo grupo me agregué con entusiasmo. 

La biblioteca de la Facultad de Ingeniería se volvió también el lugar a donde quien me buscaba podía encontrarme. Tomaba entonces los libros de los cursos que llevaba, pero me detenía mucho tiempo también en aquellos que narraban la historia de la ciencia y la técnica. Algunos compañeros encontré que compartían mi gusto por la literatura, y el afán competitivo propio de la Universidad nos hacía vanagloriarnos de los libros que habíamos leído. A quien enseñaba orgulloso "El Lobo Estepario", otro respondía con "Crimen y Castigo", y a quien presumía de haber leído "La Divina Comedia", respondía con "Fausto". No faltó en ese tiempo quien me recomendara un curso de lectura rápida. Aunque yo puedo leer bastante rápido, siempre tuve miedo de esos cursos, temiendo que la rapidez me quite el placer de la lectura. Ignoro aún si los que han seguido tales cursos pueden gobernar su velocidad de lectura, dependiendo de si leen por placer o necesidad. 

De vuelta al mundo real, el trabajo se hizo tan exigente que no dejaba tiempo para nada. El periódico dominical me duraba varios días, de tan cansado que llegaba a dormir. Poco a poco fui mejorando y cuando quise volver a tomar el hábito de la lectura, descubrí que todos parecían estar leyendo libros de autoayuda. Con solo hojear uno de esos libros, sentí lástima por los lectores. Después de haber leído “El Aleph” simplemente no podía descender a esas pobres imitaciones. A todos los que leían a Paulo Coelho les recomendaba “El Nombre de la Rosa”, y a los que leían “Caballo de Troya” les recomendaba “El Evangelio según Jesucristo” de Saramago. Con algunos tuve éxito. 

Ahora ya no leo tan vorazmente como antes, aunque tengo algunos libros a los que regreso. Aunque tengo una tablet en la que descargo algo de vez en cuando, no es lo mismo, porque no me es tan fácil regresar páginas para entender mejor, que es algo que hago mucho con los libros de papel. Todavía soy incapaz de tomar un lápiz para profanar un libro y anotarlo, o peor aún, subrayarlo, perversión de fanáticos religiosos que tienen su biblia llena de líneas con colores fosforescentes. Tampoco he logrado nunca terminar un libro de Cortázar, aunque respete a quienes lo han logrado. No sé todavía si soy un buen o mal lector, creo que simplemente soy un lector.

domingo, 3 de mayo de 2020

Incultura literaria


Recomendar libros es una de las pocas actividades que puede hacerse con cierta sinceridad, ya que es poco probable que el escritor o la editorial me paguen por recomendar algo, ni tampoco es frecuente tener intereses subalternos, quizá en alguna ocasión pueda haber razones de amistad o afinidad política, pero el ambiente en el que suelo moverme me exime de tales contactos. Por lo tanto, confieso públicamente que no soy bueno para recomendar libros. Siempre he creído que más que cultura literaria, tengo una incultura literaria.

No me considero un gran lector de libros. Al menos, ahora leo mucho menos de lo que alguna vez leía. Leí muchos clásicos, y muy poca literatura moderna. En mi opinión personal (Por favor, que alguien me desmienta), la literatura actual es muy deprimente, no encuentro un relato o un libro escrito desde la perspectiva de la alegría. Tal parece que para escribir algo ahora hay que ser un deprimido antisocial.
Para deslindar críticas que imagino ya se están formando, yo sí creo en recomendar libros. Es más pienso que debería declararse una actividad de interés nacional, en vista de tanto funcionario o figura pública que hace gala de una ignorancia inmaculada, sin ninguna contaminación cultural. Sería una efectiva prueba de ingreso pedir como requisito para cualquier cargo público recomendar un libro que no esté de moda o que no le hayan hecho película.

Y yo no sé recomendar libros. Claro que he conocido gente que necesita con urgencia que le recomienden un libro, aunque sea uno solo, pero yo sólo sé mencionar aquellos libros que me gustaría leer a mí, y la experiencia me dice que mis gustos no coinciden con los gustos generales.

Estoy seguro de que algunos considerarán como un pecado mortal no haber leído nunca a Murakami, ni a Bukovski, y peor aún, haber abandonado varias veces la lectura de Cortázar. Siendo así, mis conversaciones literarias son bastante limitadas, lo que no impide que de vez en cuando alguien me pida alguna recomendación.

Y ahí es donde vienen los problemas. Creo ser bueno para recomendar libros a alguien que se inicia en la lectura, pero no para los que ya conocen un poco. Además, recomendar un libro es también pensar en la persona que lo va a leer, la que no necesariamente le va a gustar lo mismo que a mi. Varias veces he conversado con gente que habla con entusiasmo de algún libro de Paulo Coelho, y he respondido recomendando a Saramago, Borges o Umberto Eco, pero pocas veces he tenido éxito.

Una vez encontré en internet este texto: A veces me gusta recomendar un libro que no he leído, pero que me gustaría leer. Es mi manera de decir “sálvate tú”. Pocas veces me he sentido así de identificado con un texto ajeno.

Recuerdo la única vez que tuve éxito recomendando un libro. Estaba en un campamento minero sin señal de teléfono ni TV, y cada vez que bajaba a la ciudad buscaba el libro más grande que me ayude a pasar el aburrimiento después del trabajo. En esa ocasión acababa de terminar “El Conde de Montecristo” y un compañero en una conversación me comentó que estaba leyendo “Caballo de Troya”. Eso me pareció una abominación, así que le recomendé y terminé prestándole el libro, convenciéndolo de empezar a pesar de la intimidante cantidad de páginas. La siguiente vez que lo encontré me hablaba del libro con la emoción de quien sigue hoy las series de moda.

Por eso soy muy selectivo a la hora de responder a un pedido de recomendación de un libro, película o música. No me gusta que después me reclamen de que mi recomendación no le gustó.

sábado, 30 de mayo de 2015

El árbol soñador


En el bosque, los árboles conversan entre ellos con el sonido susurrante de sus hojas entre las ramas. Siempre en las tardes de brisa tienen algo que decir, noticias que contarse. Hoy hablan de los leñadores que han sido vistos en los linderos.
- Pronto llegarán aquí y se llevarán a los mejores de nosotros, como lo hacen cada cierto tiempo- dice un árbol de tronco arrugado.
- Traen la muerte, nos cortan desde la raíz y se llevan los cuerpos, nos queman para extraer el calor de nuestros cadáveres - dice amargamente un árbol alto y recto.
- No es solamente eso - le responde un árbol que ha vivido ya incontables inviernos - otros son convertidos en canoas o mesas, en postes o puertas.
- La muerte es terrible, sin duda, pero obtendremos una nueva vida en el mundo de los hombres, en sus viviendas, en sus herramientas, en sus caminos.- Dice a su vez un árbol de tronco ancho.
- Hay aún un destino honorable - interviene el árbol soñador - algunos de nosotros nos convertiremos en papel, y seremos los mensajeros de los pensamientos humanos.
- ¡Ja! ¡Papeles marrones para envolver paquetes!
- No, hojas de papel, en las que los hombres escriben sus palabras y se convierten en una voz que habla a la mente.
- ¿Hojas? ¡Nombre pervertido! No se parecen a nuestras hojas vivas, de verdes colores, las hojas de los hombres son pálidas y delgadas, incapaces de transportar savia.
- Pero las hojas de los hombres no se marchitan, permanecen largo tiempo contando historias con su voz silenciosa.
- ¿Qué tipo de historias pueden contar los hombres que necesiten conservarse, si su voz es escandalosa y malsonante?
- Hay libros con poesías hermosas, historias maravillosas, ilustraciones coloridas.
- Pero el hombre también usa los papeles para hacer pasquines llenos de mentiras y calumnias, amenazas y bajezas.
- Así como todas las obras humanas, pueden ser utilizadas para lo bueno y para lo malo. Las hojas de papel pueden recibir palabras de ánimo e insultos groseros, las primeras palabras de un niño y la última voluntad de un anciano.
- Un poema, la lista de la lavandería, el final es el mismo, olvidado, tirado a la basura. ¿Crees que así conseguirás la eternidad?
- No es cierto, cuando lo escrito vale pena, los libros son conservados en bibliotecas, los mensajes son atesorados por los amantes, eso es la eternidad. Y si no es así, al menos algo de mí se convertirá en pensamiento.
- Aun así, no podemos elegir lo que será escrito en un papel, como no podemos decidir a quién escriba en él.
- No puede ser así, es imposible que en un pedazo de papel no quede nada del árbol de donde salió, la vida es tanto espíritu como materia. Mi alma trascenderá e inspirará al hombre desde el papel en el que me tornaré. Seré la esquela de un enamorado, el dibujo de un niño, el bosquejo de una nueva vida.
- ¿Y qué puede inspirar un alma como la tuya, árbol soñador?
- Mi historia, la historia de este bosque, los sentimientos que guardamos los árboles del bosque, el entendimiento de nuestra historia…
- Bellas esperanzas, pero son solo eso, esperanzas que tal vez no se cumplan.
Al caer la tarde el viento deja de mover las ramas y los árboles quedan en silencio, Los leñadores no han llegado hoy, pero llegarán cualquier día a llevarse a todos: al árbol viejo, al de corteza roja, al árbol soñador.

-          ¿Qué escribes en ese pedazo de papel?
-          No sé, algo que se me ocurrió de repente...

sábado, 11 de octubre de 2014

La verdad está en los libros


Cada vez que se entrega un Premio Nobel de Literatura, la gente empieza a preguntarse sobre si han leído alguna vez al reciente galardonado. La respuesta es invariablemente negativa. Y no solamente es porque el autor sea de algún país de donde no lleguen aquí sus libros (es decir, no habla español, ni inglés ni francés), sino que simplemente la gente no lee. Si yo hago una encuesta sobre a qué autor vivo han leído las personas, estoy seguro que solamente me van a mencionar a Paulo Coelho, Crepúsculo o a algún autor de libros de autoayuda, creyendo que eso es literatura. Así estamos. Con suerte, la gente se entera de algún cuando le hacen una película. Y eso tampoco es. Yo he empezado a leer algunas de esas novelas que escriben los autores norteamericanos pensando en cómo la adaptarán al cine más que en su valor literario, y nunca pude terminarlas, porque todas me parecían seguir un molde preciso: Capítulos cortos para que el lector con déficit de atención no se aburra, ausencia de sinónimos, escenas que parecen narraciones de una película, ausencia de desarrollo de personajes.

Y las películas siempre cambian lo que dice el libro, al grado de que se puede reconocer si una persona ha leído el libro simplemente preguntando sobre las diferencias con el filme.
Como ejemplo, he recopilado algunas de las cosas que la gente cree sobre las grandes obras de la literatura y que al leer el libro resultan falsas. Hay que leer, entonces.

¿Viernes, el compañero de Robinson Crusoe, era negro?  FALSO. En la obra original de Daniel DeFoe, Viernes se identifica a sí mismo como “caribe”. Es imposible, además un nativo de una isla caribeña de raza negra.

¿Alí Baba era el jefe de los 40 ladrones? FALSO. Siempre que se habla de Alí Babá, se refieren a él como “Alí Babá y los 40 ladrones. En realidad Alí Babá primero roba y luego mata a la banda de los 40 ladrones. ¿Cómo? Hay que leer el libro.

¿Sherlock Holmes solía decir “Elemental, mi querido Watson? FALSO. Esta frase no aparece en ninguno de los libros escritos por Arthur Conan Doyle. Solamente una vez en uno de sus cuentos aparece la palabra “Elemental” dicha por Sherlock Holmes.

¿En “El Quijote” se encuentra la frase “Ladran, Sancho, señal de que avanzamos”? FALSO. Esta frase no se encuentra en el libro escrito por Miguel de Cervantes, sino en la película dirigida por Orson Welles en 1957, quien a su vez la recogió de una cita apócrifa.

¿La Sirenita se casó con el príncipe? FALSO. En el cuento de Hans Christian Andersen, la Sirenita acaba mal, muy mal. El príncipe se casa con otra mujer, y la Sirenita muere, convirtiéndose en espuma de mar. Las películas de Walt Disney dan para varios casos de atropello al libro, empezando por las muertes que son omitidas en sus películas. Repasemos unas cuantas: Baloo (El Libro de la Selva), Quasimodo (El jorobado de Notre Dame), el Hada Azul y Pepe Grillo (Pinocho), Pocahontas.

¿D’Artagnan era uno de los Tres Mosqueteros? FALSO. El libro de Alejandro Dumas trata de la amistad del joven D’Artagnan con quienes eran conocidos como “Los tres mosqueteros” debido a que siempre andaban juntos. D’Artagnan no se convierte en mosquetero hasta pasada más de la mitad del libro.

¿Los samaritanos eran personas buenas y compasivas? FALSO. Esta es para los que no han leído la Biblia. Los samaritanos eran rivales de los galileos y por lo mismo no se llevaban nada bien. El evangelio de Juan narra una escena en que una mujer samaritana niega a Jesús agua de una fuente, lo que era una descortesía mayúscula. Jesús, en su parábola del buen samaritano, se sirve más bien de este detalle como contraste con el doctor de la ley y el sacerdote (quienes debían ser mas caritativos debido a su profesión) que se niegan a atender a un herido en el camino.

¿No quieren que los engañen de nuevo? ¡A leer!
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