martes, 4 de julio de 2023

¿Por qué no escribes un libro?



Fruto de la experiencia escribiendo estas líneas descuidadas cada cierto tiempo y que publico aquí, llevo un registro de las historias que he escrito en formas de cuentos y opiniones. Con el tiempo he llegado a juntar más de 500 de estos cuentos que han logrado pasar el primer filtro, los que con el tiempo he reescrito y modificado varias veces. Esto ya es un número imponente, que me obliga a preguntarme qué puedo hacer con todo este material. La respuesta lógica sería buscar una manera de publicar estos relatos en forma de libro, como me recomendó alguien en los comentarios a uno de mis posts. Lamento decir que esa posibilidad no solo no la considero, sino que la he rechazado por exceso de modestia o por miedo. Explicaré esos casos. 

Ya he contado antes (hace mucho, así no que no hay problema en contar la historia otra vez) que una vez conocí a un editor de una pequeña empresa independiente que me impresionó porque publicaba trailers de sus libros en YouTube, y porque los libros que editaba pretendían ser vanguardistas, pero no tanto que impidiera una lectura ágil. En cuanto a la calidad literaria, no me impresionó demasiado, y me pareció que mis cuentos podían soportar airosos la comparación, y así se lo hice saber al editor. Su respuesta fue de interés y le echó una ojeada a mi blog, dándole una aprobación provisional. Me dejó sus datos de contacto con el compromiso de mostrarle la versión más acabada de los cuentos que ya tenía y ver la posibilidad de una publicación. Nunca me contacté con él, las responsabilidades de mi trabajo y la conciencia de que mis cuentos necesitaban todavía otra pulida me lo impidieron. 

Después de un tiempo, por una de esas recomendaciones que uno no comprende bien de dónde vinieron, me vi envuelto en una comisión que editaba libros en mi Colegio Profesional. Allí se dio la oportunidad (que más de uno me hizo notar) de publicar mis cuentos, ya que mi otra colección de artículos técnicos no estaba tan desarrollada como hoy. Rechacé la opción, dándome a mí mismo la excusa de que no era ético ser al mismo tiempo escritor y editor. Segunda oportunidad perdida. 

Con el tiempo, apareció el sitio Wattpad, abierto a colaboraciones literarias. El tema me interesó, hasta que hice una vista extensiva al sitio. No encontré más que fanfics adolescentes. Apareció además el problema de determinar a qué género pertenecían mis cuentos. El que haya leído mi blog sabrá que no son artículos de fantasía, ni de opinión, ni humor ni ficción, pero son todo eso junto y más. Revisando la sección de humor, que decidí como la más cercana, solo encontré chistes sacados de internet. Recordé entonces la idea de un libro que tenía desde hace tiempo. Se trataba de una historia novelada de las andanzas del antiguo maestro Abu Navid, alternada con la narración en primera persona de un personaje que iba recopilando los datos sobre su vida, como una crítica/parodia a los libros de autoayuda. A falta de una mejor clasificación, lo empecé a colocar en la sección de “Autoayuda” de Wattpad, pero solo llegué a los cinco primeros capítulos. No me gustó cómo estaba quedando y los capítulos publicados no recibieron visitas. Hasta hoy están allí abandonados y sin nadie que los haya visto. 

La última oportunidad hasta hoy se dio en una feria del libro a la que llegué por casualidad. En uno de los puestos trabé conversación con la persona que atendía, y le mencioné la existencia de mi blog. Ella me dijo entonces que habían editados varios libros escritos por blogueros, y en respuesta le mostré en mi celular mi archivo de 500 cuentos. Leyó dos de ellos, diciéndome que le gustaba uno de ellos, pero el otro no, añadiendo consejos para la hora de escribir. Me señaló entonces a una persona sentada en un aparte leyendo un libro. Ese es el dueño de la editora, muéstrale este cuento, y si lo convences, lo publicará, me dijo. Miré al personaje: un señor de edad, con cara de estar juzgando severamente el libro que tenía en las manos. Hice una rápida búsqueda entre mi archivo de cuentos, pero de repente no pude encontrar ninguno con el brillo suficiente para ablandar esa cara de pocos amigos. Ante mi duda, la vendedora me dijo que no tenga miedo, y me animó a avanzar esos pocos pasos que nos separaban, antes de voltear para atender a otros clientes. Mi cobardía terminó tomando la decisión de dar la vuelta y alejarme del puesto de libros, dejando a la vendedora con su cliente y al editor con su libro, ignorando mi presencia. 

Así, hasta la fecha de hoy, el mundo no tiene más testigo de mi presencia que el blog que sigo alimentando, y mis cuentos no ven todavía la luz pública en otro formato. Estoy consciente de que las oportunidades que he contado, otro con más determinación las hubiera aprovechado, pero no me arrepiento. Tal vez algún día tome el camino de otros que han hecho alguna publicación de reducido tiraje, con ejemplares solo para regalar a los amigos más selectos. Mientras tanto sigo escribiendo cada vez que me llega la inspiración, sin más aspiraciones que mi satisfacción personal.

sábado, 24 de junio de 2023

Historia de una carta



Había sido un día normal hasta ese momento, en que llegó a su casa y encontró un sobre bajo la puerta. Extrañada, lo levantó del suelo y vio que era una carta. Hacía demasiado tiempo desde que no recibía una. Es más, en ese momento no recordaba haber recibido una jamás, tal vez aquella postal que una prima suya le escribiera desde su viaje de vacaciones, cuando niña. Pero esta carta era muy diferente a las que normalmente encontraba en su puerta, a donde llegaban solo volantes de los negocios vecinos, o las impersonales cartas de los bancos, que tan pronto ofrecen el cielo de los préstamos y tarjetas de crédito, como el infierno de las acciones por falta de pago. El sobre era de aquellos delgados, con su nombre escrito en una cuidada caligrafía e incluso sellada y timbrada con estampillas, como si hubiera viajado en una máquina del tiempo desde hace quién sabe cuándo. Solamente el nombre del remitente faltaba. 

Indecisa, preguntó en su casa si alguien sabía algo de la carta. Nadie pudo dar una respuesta, nadie la había visto y nadie sabía en qué momento había llegado. El cartero que la trajo, sin duda solo la pasó por debajo de la puerta y se fue sin más. Ante la presencia de tal misterio, le invadió la aprehensión de la duda que le hizo quedarse mirando el sobre sin abrirlo. A la mañana siguiente, en la oficina, seguía aún con la inquietud de qué hacer con la carta. Consultó con el abogado de la empresa, quien le aseguró que los abogados no suelen tomarse tantas atenciones para enviar una carta, y que los extorsionadores tampoco son tan delicados para dejar una carta con estampillas y caligrafía, por lo que no debería tener nada que temer. Otros compañeros de trabajo intervinieron entonces en la conversación. Es una broma de alguno de tus amigos, o de un pariente, dijo uno. Yo recibí una vez una carta así, y resultó ser una cadena, dijo otro. El caso fue circulando de boca en boca y de escritorio en escritorio hasta que llegó a mí y fue requerida mi opinión. Ante la falta de más información, dije, solo queda aplicar el sentido común: hay que abrir la carta y leer su contenido. Como siempre, mi opinión fue rechazada y tachada de simplista. 

Ante la disparidad de opiniones, solicitadas e inopinadas, ella optó por la inacción. Pero la carta ya había comenzado a hacer efecto. No se lo había dicho a nadie, pero había traído la carta en su bolso, y cuando se creía no observada, metía la mano para sentirla, como si tuviera miedo de que desapareciera mágicamente. Sin darse cuenta, se empezó a sentir importante. Alguien se había tomado el trabajo de escribirle una carta a mano, en estos tiempos en que es tan fácil enviarle un correo electrónico o dejarle un mensaje en sus redes sociales. Alguien quería enviarle un mensaje de puño y letra (pues estaba segura de que la carta en el interior del sobre estaba también manuscrita), con todo lo personal que ello significa. Alguien tenía algo importante que decirle, algo que no podía transmitirse por otro medio. 

Fue en ese momento en que sintió un estremecimiento que le hizo comprender el miedo que le había impedido abrir el sobre hasta ahora. La persona que había escrito la carta sabía. Tal vez esa carta había sido escrita para recordarle ese episodio que trataba de olvidar, y que solo en ese momento comprendía que no estaba totalmente enterrado. Asustada, entró al baño con la intención de abrir la carta y acabar con la duda, pero llegado el momento fue incapaz de hacerlo. Solo la arrugó hasta convertirla en una bola de papel. Pensó por un momento en arrojarla a la papelera, pero se detuvo pensando en lo que pasaría si alguien, tal vez la empleada de la limpieza, la encontraba y la abría por curiosidad. Salió del baño temblando, y se dirigió a donde estaba su superior para avisarle que se sentía mal y que pediría permiso por el resto del día. Su rostro desencajado y la voz quebrada hicieron innecesarias mayores explicaciones. 

Una vez en la calle, pidió un taxi, pero le indicó al chofer que tomara otra ruta a la que habitualmente tomaba. En una avenida divisó un basural, abrió la ventanilla y arrojó la bola de papel arrugado. Ya nadie sabría nada y podría volver a su vida. Llegó a su casa, y lloró unos minutos hasta caer dormida. 

Al día siguiente, volvió al trabajo. Los compañeros de trabajo se mostraron preocupados solamente por su repentino malestar del día anterior, y todos recibieron una respuesta convencional. Solo yo, después del almuerzo, me animé a preguntar por el destino de la carta. Ella me contó entonces la historia bajo juramento de silencio, solo porque necesitaba desahogarse con alguien. ¿Qué habrías hecho tú? me preguntó al final. Yo lo solo me encogí de hombros, mirando al piso, antes de balbucear que no sabía. 

Ella se alejó para terminar con su jornada laboral, algo más aliviada. Yo me quedé solo en la mesa, pensando en que ella nunca sabrá lo que siento por ella, nunca leerá los poemas que compuse pensando en ella, y que nunca seremos otra cosa que unos conocidos que casualmente trabajan en el mismo lugar.

miércoles, 14 de junio de 2023

Leyendas peruanas: El ajedrez de los incas



Una de esas historias que uno conoce desde niño, y que acepta como un cuento más, es la del inca ajedrecista. Como a la mayoría de los peruanos, esta historia me llegó a través de la narración que de ella hace Ricardo Palma, en una de sus “Tradiciones Peruanas”. La resumo aquí, para que el lector no se moleste en buscarla en internet. 

Cuando los conquistadores españoles, en un golpe de audacia inimaginable, capturaron al Inca Atahualpa, este les ofreció a cambio de su libertad “dos veces la habitación en que se encontraban, llena de plata, y una de oro, hasta la altura de su mano levantada”. Así, el Inca ordenó a sus súbditos de todo el imperio traer el tesoro, más grande que el que podían reunir entonces todos los reyes de Europa juntos. Pero mientras llegaba el oro y la plata, los españoles no tenían mucho que hacer. Fue entonces que algunos españoles destacados para acompañar al Inca en su prisión ingeniaron con una tabla un tablero de ajedrez y unas piezas de barro, y se entretenían jugando ante la mirada indiferente del Inca. Con el tiempo, algunos españoles ganaron más confianza con el inca, con quien se comunicaban a través del intérprete Felipillo. En una de tales partidas, entre Hernando de Soto y el Capitán Riquelme, de Soto estaba a punto de mover su caballo, cuando Atahualpa lo tomó del brazo y le dijo en voz baja: “No, ese no, el castillo”. De Soto, mirando nuevamente el tablero, retrocedió y movió su torre, con lo que aseguró su victoria un par de movimientos después. Sorprendido de que aprendiera un juego tan complejo sólo mirando, Hernando de Soto animó al inca a jugar unas partidas con él, obteniendo un oponente competente. 

Podemos decir que, gracias a ese consejo, el Inca ganó esa batalla, pero perdió al final la guerra, pues Francisco Pizarro, viendo que la llegada del tesoro estaba tardando demasiado, y crecía el temor de que llegara un ejército a liberar al Inca, discutió con su plana mayor el destino de Atahualpa, que decidió a favor de su ejecución por una ajustada mayoría, con Hernando de Soto votando a favor del Inca, y con Riquelme, el perdedor de aquella partida, votando por su muerte. 

Como dije, yo consideraba esta historia como mitad real, mitad invento, igual que tantas leyendas que tiene la historia peruana, hasta que me tocó visitar el nuevo Museo Nacional del Perú. El museo no está todavía completo, pero tiene abiertas un par de exposiciones, y una de ellas era precisamente sobre los juegos que jugaban los peruanos antes de la llegada de los españoles. Allí conocí el juego del zorro y las ovejas. Este es un juego que, para un observador moderno, tiene semejanzas con las damas chinas, pero precisa de un pensamiento estratégico como en el ajedrez. Se juega en un tablero con una parte triangular y otra rectangular, con líneas interiores cuyas intersecciones son las posiciones que pueden ocupar de un lado un zorro y del otro, trece ovejas. El objetivo del juego es que las ovejas pasen al lado opuesto del tablero sin ser devoradas por el zorro, moviendo las piezas de manera análoga a las damas chinas. 
El juego es atrapante, y no me resistí a tomarle una foto al tablero para reproducir el juego en alguna ocasión. Más importante, en ese momento comprendí la historia del inca ajedrecista. Atahualpa sin duda, jugaba también a este juego, y por eso se le hizo más fácil comprender las reglas del ajedrez español y poder discurrir la jugada que haría vencedor a su captor y después defensor Hernando de Soto. 

Tal vez el juego del zorro y las ovejas no haya sido exactamente como lo vimos en el museo, ya que tantas cosas se han perdido en los casi quinientos años desde la conquista española, pero me parece maravilloso un juego de mesa jugado por los antiguos peruanos, y me parece increíble que nadie haya pensado en comercializarlo, y que ni siquiera haya encontrado en ese internet que se ufana de saberlo todo, mayores detalles o historia de este juego. Quisiera que este fuera el inicio de la difusión de este juego, este ajedrez incaico, y que se dé a mis antepasados el reconocimiento por esto. Ha sido este el mayor conocimiento que he obtenido en los últimos tiempos en un museo.

domingo, 4 de junio de 2023

Opiniones tontas



Una de las ventajas de tener a un tonto dentro del grupo es que siempre aparecerá con una opinión o una idea que alimenta la discusión, ya sea para reírse de ella, refutarla por tonta, o admirar su uso del lenguaje lógico. Un tonto aporta a la conversación un oxímoron inesperado, un argumento irrefutable pero sin sentido, o una paradoja de esas que desatan la risa general, pero que después deja a todos pensando si no será una idea tan descabellada. Si lo sabré yo, que soy el tonto de mi grupo. 

Por ejemplo, los que me conocen como ingeniero me preguntan sobre mi opinión técnica de tal cual catástrofe ocurrida, y mi última respuesta fue que los diseñadores suelen pensar en las formas en que puede fallar una estructura o una máquina, y el error fatal aparece justo en el lugar en donde no se pensaba. El ejemplo más famoso es el Titanic, que estaba hecho para resistir de todo, menos el choque lateral de un iceberg. Haciendo un viaje al pasado, yo le hubiera dicho al capitán que, en vez de esquivar el iceberg, tal vez hubiera sido mejor embestirlo de frente, pues el diseño del barco sí había previsto esa posibilidad, y quizás habría sobrevivido. Esa opinión alimentó la conversación un buen rato, dejando en el olvido el gastado tema de si Leonardo Di Caprio entraba o no en la tabla salvadora. 

A la hora del almuerzo, en que se necesitan temas de conversación siempre frescos, tuve ocasión hace poco de improvisar sobre la posibilidad de incluir carne humana en el menú, ahora que la carne está tan cara. Me mostré en desacuerdo, pero no por razones morales, sino con argumentos más bien prácticos: Si consideramos otras opiniones, veremos que en realidad son muy raros los ataques de tigres, leones o tiburones, pero el hombre habla siempre del peligro de estos animales, sólo por no aceptar la verdad de que las bestias se rehúsan a comer carne humana, porque saben que tiene un muy mal sabor. En resumen, que los animales comehombres son solo un mito creado por la soberbia humana para sentirse un poco más importantes.

Más tarde, en la oficina, cuando alguien quiere despejarse un momento, sabe que puede ir a mi sitio a preguntarme cualquier cosa, y obtendrá una respuesta que lo distraiga y le cambie el chip de desazón que las grandes empresas nos instalan en el cerebro. Una chica vino a preguntar sobre la conveniencia de inscribirse en el gimnasio vecino, y yo, por reflejo, le contesté con mi teoría de que un gimnasio es el mejor negocio para alguien que quiere lavar dinero sucio. Aunque llegue la auditoría y pregunte cómo puede ganar dinero un establecimiento que siempre está vacío, se le puede responder que la mayoría de la gente se inscribe, paga la mensualidad y nunca viene, y en el mejor de los casos solo viene a tomarse unos selfies que publicará con frases del tipo “Ahora sí, vamos con todo”. 

Por último, nunca falta aquel que quiere refutarme, o al menos hacerme notar lo poco serio que se ven ese tipo de opiniones en un ingeniero de mi categoría. En estos casos, y cediendo un poco a la falsa modestia, espero a que agrupe un poco de gente antes de responder que doblemente tonto es el que pretende refutar a un tonto, a quien no interesan las opiniones ajenas, y que ha descubierto que las críticas no son más que envidia disfrazada hacia alguien que no necesita frases sacadas de las redes sociales para expresar una opinión. Como prueba, lanzo el reto de expresar ideas sin usar frases sacadas de internet, como “zona de confort”, “autoridad moral”, o “no tengo pruebas pero tampoco dudas”. 

¿Alguien más quiere una opinión?

jueves, 25 de mayo de 2023

Leyendas peruanas: La Laguna Llanganuco



Una de las más hermosas lagunas del Perú es la de Llanganuco. Los turistas se atreven a subir hasta ese lugar a más de 3,800 metros de altura, para disfrutar de sus aguas turquesas y quedan maravillados ante la vista, pero pocos llegan a conocer la leyenda de su origen, que cuento aquí. 

En aquel tiempo inmemorial de las leyendas, se cuenta que el dios Inti (el sol), el más poderoso de los dioses, tenía una hermosa hija llamada Huandoy, que era su orgullo y la razón de su felicidad. No le faltaba razón, pues la joven era bella e inteligente, hacendosa y bien criada. A tal joya su padre tenía previsto casarla con algún dios que poseyera las mismas cualidades que ella. Quería que fuera feliz y le diera una poderosa descendencia, por lo que veía a todos los pretendientes, que eran muchos, pero ninguno le parecía lo suficiente bueno para ella. Mientras tanto, la joven se dedicaba a las labores de la casa y bajaba a la tierra, en donde recibía las ofrendas de los pueblos a los que su padre alumbraba. Una de tales ofrendas fue entregada por Huascarán, príncipe de una de las tribus más poderosas de las sierras. Cuando los dos jóvenes se vieron, sintieron el amor invadirlos a un tiempo. Ambos sabían que Inti jamás permitiría a un mortal desposar a una diosa, así que se veían a escondidas, en lo alto de las montañas, entre la nieve recién caída, después del anochecer para evitar la mirada del sol, y con cada encuentro el amor entre los dos crecía. 

Inti veía a su hija y notó el cambio en su carácter que el amor causaba. Huandoy ya no hablaba, sino que cantaba, y ya no caminaba, sino que bailaba. Aunque ella no dijo nada, su padre sospechó algo y le empezó a prestar mayor atención durante sus recorridos diarios por la tierra, pero no podía ver nada, ya que ella esperaba que su padre no estuviera cerca para salir a reunirse con el príncipe mortal. Los enamorados creían estar a salvo, pero no contaban con la presencia de Illapa, el rayo, mensajero de Inti, que aparecía de repente iluminando la noche para ver lo que ocurría en la tierra. Así fue como vio a los amantes abrazados en un valle. 

Cuando Inti fue informado de aquel romance prohibido, llamó a su hija y le ordenó dejar a Huascarán y olvidarse de él. Huandoy no lo hizo y continuó con su romance. Cuando Inti se enteró de que sus órdenes eran desobedecidas, montó en cólera. Se presentó ante los dos jóvenes, sorprendiéndolos en su reunión tomados de la mano. En ese momento maldijo ese amor. La fuerza de la maldición los condenó a vivir separados, pero ellos lucharon tanto que ni siquiera el poder de Inti los pudo mantener lejos uno del otro. 
La fuerza del amor fue tan grande que estuvo a punto de vencer la maldición, los jóvenes estaban ya a la vista uno del otro, casi al alcance de la mano. Inti envió una tormenta de nieve para enfriar aquel amor, pero fue inútil. La maldición los convirtió en enormes montañas que se miraban una a la otra, pero que quedaron separadas por un estrecho valle. Las montañas, aún cubiertas de nieve, empezaron a llorar por la separación, y sus lágrimas se unieron en la laguna de Llanganuco. 

Hasta hoy el calor de su amor funde la nieve en las montañas que hasta hoy conservan los nombres de Haundoy y Huascarán, y las lágrimas color turquesa expresan el dolor de los amantes condenados a verse, pero sin poderse tocar.

lunes, 15 de mayo de 2023

Las alas caídas



Hace tiempo, cuando yo aún creía en los milagros, recuerdo que vi en la ventana de una tienda del barrio, aquel par de alas. Por esos días no era tan frecuente ver negocios que colocan un par de alas para que la clientela se tome selfies, pero aun así todos podíamos ver que eso no era algo ordinario. Bastaba verlas para darse cuenta de que eran unas alas verdaderas, no eran de fibra sintética, ni mostraban signos de manufactura humana. Eran de una sola pieza, y las plumas parecían verdaderamente haber crecido desde la estructura de carne seca. 

Al preguntar al viejo dueño de la tienda sobre el origen de las alas, no podía obtenerse nunca una respuesta clara. A fuerza de insistir y preguntar, pudimos sacar en claro que un día, alguien llegó a la tienda para tratar de conseguir algunas monedas por las alas. El viejo accedió por pena, por curiosidad, o por no ver aquellas magníficas alas perderse quién sabe dónde. Fue solo después de un tiempo que accedió a colocarlas en la ventana para permitir a los clientes tomarse fotos fingiendo ser ángeles, siempre bajo la promesa de tener el máximo cuidado. Era una precaución inútil, pues aunque las alas eran muy livianas y tenían un aspecto delicado, demostraron ser bastante fuertes, y nunca recibieron un verdadero daño por parte de aquellos clientes descuidados que nunca faltan. 

Una vez, alguien del barrio llevó a la tienda a una estudiante de veterinaria, para revisar cuidadosamente las alas. Al llegar, declaró que demostraría que solo se trataba de un producto hábilmente manufacturado, o al menos un par de alas de albatros tratado con pericia para evitar su descomposición. Luego del examen, realizado ante los ojos de la multitud expectante, el estudiante declaró que las alas no eran falsas, pero era incapaz de identificar el tipo de ave al que pertenecían. No conocía ave alguna con alas de esa forma y de ese color blanco. 

La leyenda de que eran verdaderas alas de ángel las que estaban colgadas en la ventana de la tienda se difundió y fue objeto de acaloradas discusiones entre el gentío que abarrotaba el establecimiento. Se formaron entonces los partidos de quienes creían en una intervención milagrosa y la extrapolaban a una prueba de la existencia de Dios, los ángeles y los espíritus; y aquellos que lo descalificaban como un simple truco para obtener mayor clientela. 

Se recordó por entonces un confuso episodio de pocos meses atrás, en que personas afirmaron haber visto en una mañana de lunes a un hombre que apareció de pronto en una calle, que también portaba unas alas semejantes, y que salió volando antes de responder a la multitud que se congregó en aquel momento. 

La fábula del ángel caído despertó tantas controversias y discusiones que el viejo propietario se vio obligado a sacar las alas de la ventana y colocarlas en el techo sobre el mostrador, lejos del alcance de los clientes, ante el temor de un atentado. 

Poco a poco, la novedad fue pasando, la gente volvió a hablar de deportes y política, y los ánimos se calmaron a tal punto que fuimos pocos los que preguntamos cuando las alas desaparecieron del techo sobre el mostrador. Nuevamente preguntamos y repreguntamos hasta que el viejo tendero nos confió que una mañana un hombre apareció en la tienda y pidió comprar el par de alas. El viejo accedió de inmediato, pues reconoció en el hombre a aquel a quien había comprado las alas hacía ya tiempo, pero no aceptó ningún pago a cambio, por vergüenza, por honor, o porque simplemente sintió que no era correcto. 

Entre todas las vueltas y medias respuestas que nos daba el viejo cuando insistíamos en que nos cuente la historia, nunca pudimos saber si era verdad o solo había imaginado o deseado que el desconocido, al recibir las alas, se las colocó en la espalda y, después de agradecer al tendero, salió a la calle y levantó un vuelo tranquilo hasta perderse en el cielo gris de la ciudad.

viernes, 5 de mayo de 2023

La experiencia Chat GPT



El tema de moda entre los que están pegados a una computadora todo el día es el Chat GPT. Desde que salió al uso público, los detractores de todo lo que signifique progreso empezaron a predecir el fin de la civilización, el triunfo de las máquinas sobre el hombre, el reemplazo de todos los empleos y cosas semejantes. Ante todas estas predicciones apocalípticas, voy a recordar, por enésima vez, que lo mismo dijeron de la imprenta, de las máquinas de vapor, del automóvil y de la computadora. 

Solo cuando escuché que el famoso Chat GPT puede escribir informes, libros y hasta cuentos, me empecé a preocupar ¿Habrá inteligencia artificial que escriba las refinadas tonterías que pongo en mi blog? ¿Los nuevos Cortázar, Borges o García Marquez no serán humanos, sino computadoras? Hay que probar, antes de cerrar mi blog a causa de la competencia desleal. 

Primero me puse a investigar un poco el tema. Resulta que los ingenieros de sistemas se embarcaron un buen día en un proyecto monstruoso: Enseñar a las computadoras a escribir tal como lo hace un humano. Para esto tomaron billones (si, billones) de textos para que la computadora aprenda a redactar, y luego, la instruyeron para que, a partir de los resultados obtenidos de un buscador, redacte párrafos completos imitando a como lo haría un humano. 
Aquí encontré la primera falla de concepto, que renueva la confianza en el ser humano. Si la computadora redacta a partir de resultados en un buscador, la base de lo que escribe proviene de lo que el buscador piensa que son los resultados más relevantes. Y cualquiera que haya hecho una búsqueda en Google o Bing, sabe que los resultados más relevantes casi nunca son los que buscamos. ¿Cuántas veces hemos tenido que buscar entre varias páginas de resultados para encontrar lo que queremos en el buscador? Pues esa es la efectividad que nos dará el Chat GPT. 

La segunda conclusión de este algoritmo es que el programa devolverá lo que la mayoría de la gente piensa. Es decir, los resultados serán el promedio del pensamiento existente en internet. En primer lugar, dejará de lado la genialidad humana, pues esta es escasa. En segundo lugar, si la mayoría de la gente que publica en internet es machista, clasista y retrógrada, el buscador entregará un artículo machista, clasista y retrógrado. Y ya se han escuchado quejas contra el Chat GPT por este motivo. 

Esto me hizo recordar una serie de eventos hace varios años, donde grandes ajedrecistas se enfrentaban a una computadora que elegía las jugadas de acuerdo a las sugerencias de miles de ajedrecistas. Los grandes maestros vencían fácilmente a la computadora, porque el promedio de jugadas era mediocre para un Gran Maestro Internacional. Faltaba la genialidad. Solo en el último evento, llamado “Kasparov contra el mundo” representó dificultad para el maestro, porque los organizadores cambiaron las reglas para favorecer a la máquina, e introdujeron en el “equipo mundo” a varios ajedrecistas de élite. A pesar de ello, Kasparov ganó la partida. Sospecho que algo así está pasando ahora. 

Pero todo esto no es más que teoría, y hay que contrastar esta teoría con la realidad. Curioso siempre, me puse a probar la versión ligera que ahora viene con el buscador de Microsoft para ver si pasa la prueba del tonto, o por lo menos, la de este tonto. 

Primero le pedí que redacte un procedimiento o manual de instrucciones técnico como los que yo hago en mi trabajo. Como resultado, me entregó un documento no muy largo con lo mínimo indispensable para cumplir con lo que yo había pedido, pero escrito en un tono que dejaba a las claras su procedencia. Si yo fuera profesor, y uno de mis alumnos me entregara esto, lo aprobaría con la nota mínima y lo miraría con esa cara que se pone cuando sabemos que alguien está haciendo trampa, pero no puede demostrarlo. 

La segunda tarea fue la escritura creativa. Le pedí al Chat GPT que escriba un cuento. Sin razón alguna, me acordé de Jorge Luis Borges y le pedí que el tema fuera sobre un milagro secreto. El producto fue una decepción, una pena y a la vez un alivio. Lo que hizo la famosa inteligencia artificial fue contarme la historia de la Virgen de Fátima, solo cambiando algunos detalles. Y yo que esperaba algo más borgiano, quedé nuevamente con ganas de un poco más de esfuerzo. Otra vez me quedó la impresión del alumno que hace las tareas con desgano y que aprueba con lo mínimo. 

Por último, con ayuda de algunos compañeros de trabajo, hicimos tema libre. No contaba con que mis compañeros se portaran igual que con cualquier tecnología nueva, y pidieran escribir sobre ellos mismos, como cuando salió Google Earth y lo primero que hicieron fue buscar su propia casa. Yo también cedí y pedí al Chat GPT que escriba mi biografía. Nuevamente quedé aliviado al saber lo poco que sabe internet sobre mí, con solo dos párrafos escritos en un estilo de tarea escolar y un tono a medio camino entre lo informal y lo serio. 

Como conclusión, creo que al Chat GPT todavía le falta personalidad para escribir y en este momento solo servirá a los escolares perezosos para hacer sus tareas. Mi blog no corre peligro de ser reemplazado por una inteligencia artificial, y mis informes técnicos seguirán siendo escritos a la antigua. Lo más importante, falta la chispa de originalidad del ser humano, la sorpresa y la genialidad. Me despido con el consuelo de que todavía una inteligencia artificial no puede competir con mi tontería natural.
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