¿Quieren saber lo que piensan los tontos? Aquí hay información de primera mano.
sábado, 10 de mayo de 2014
La historia del ola ke ase
Durante un buen tiempo llegaron a mi computadora diversas cadenas de fotos y memes con la figurita de una llama que te saluda con un "Ola Ke Ase". Ahora que esta moda ya ha pasado, puedo hablar sobre esto sin que se me acuse de querer aprovechar el momento para aumentar mis visitas. Desde el comienzo se me hizo curioso que nadie pareciera saber el origen de esta moda de internet, que, a diferencia de muchas otras, tuvo una vida larga en las redes sociales. Una búsqueda en Google no hace sino aumentar la confusión, nadie parece tener siquiera una idea de qué fue lo que pasó. Claro, es que nadie me preguntó a mí, y como el origen es mi país, no es tomado en cuenta, si no es para atribuirlo erróneamente a España o México, como si no supieran que las llamas son originarias del Perú. Pero yo conozco la historia real y por fin, después de tanto tiempo de desinformación oficial, me atrevo a contar la verdadera historia, como para la gente no diga que yo no he estado en donde se escriben los hechos que cambian la faz del mundo tal y como lo conocemos:
En uno de los trabajos que he tenido, me tocó ir a una planta industrial en la sierra del Perú. Allí la gran mayoría eran arequipeños, pero gente simpática toda, los que conozcan el Perú sabrán de lo que hablo. En esa planta, a media hora de la ciudad y subiendo hacia la cordillera (el camino a la sierra, le dicen) había una mascota pastando tranquilamente en los jardines. Era una alpaca. A los trabajadores que llevaban tiempo allí ya no les hacía el efecto de la novedad, pero para nosotros los costeños sí era algo fuera de lo común. En la capital no se tienen mascotas en las fábricas, como no sea un perro que cachuelea de guardián por las noches. Como a buenos costeños, nos picó el gusanito de tomarnos una foto con la alpaca para llevarla de regreso a la casa. El primer valiente se acercó confiadamente al animal con toda la intención de abrazarlo para que saliera bien en la foto, sin tomar en cuenta que las alpacas cuidan muy bien de su privacidad, y sobre todo, no les gusta para nada que las interrumpan cuando están comiendo su pastito. Apenas se acercó nuestro compañero, la alpaca se puso en guardia y lo atacó mostrando sus dientes disparejos, listos para morder al intruso. Nuestro amigo, que no esperaba el ataque, se batió en retirada a todo lo que le daban los pies, entre la carcajada general. El jefe de planta, que era nuestro guía oficioso, nos aclaró que esa alpaca era un animal arisco y malhumorado, al que no le gustaba la compañía de las personas. Desde entonces, y por el tiempo que duró nuestra permanencia en la planta, tratamos de tomarle una buena foto, tarea que se demostró dificultosa, pues la alpaca comía muy tranquila la hierba mientras no se le acercara un humano a menos de diez metros de distancia. Entonces se ponía agresiva, tratando de atacar al intruso hasta donde diera la cuerda con la que la amarraron. Solo uno de aquellos intentos tuvo éxito, tomando una foto de la alpaca con cara de colérica y mostrando los dientes. A pedido de varios, a los que les gustó la foto, dejamos algunas copias por correo electrónico.
Poco tiempo después, uno de los amigos que dejamos en la planta nos mandaba, a manera de saludo, la foto de la alpaca con la inscripción "¡¿Qué me mira?!, expresión esta sí, muy peruana, y que proviene de una película que fue muy conocida hace ya bastantes años, basada en la novela "La Ciudad y los Perros". Con la expansión, que se dio por esos tiempos, del messenger, del facebook y por ultimo del twitter, y el hecho de que aquí el que menos tiene algún pariente en el extranjero, esta foto fue vista y copiada por gente de otros países. Claro, los extranjeros no conocen lo que es una alpaca y la foto fue sustituida por la de una llama, que se le parece mucho. La leyenda de la foto también fue cambiada, supongo que para parecerse a otras fotos de gatos que tienen la leyenda en inglés "Wat r u doin'?". Castellanizando el término, se llegó finalmente al "Ola Ke Ase" que al final tuvo un éxito total en las redes sociales.
La verdad está dicha, la llama es peruana, al igual que muchas otras cosas, esta moda también nació en el Perú, y solo en mi país se pueden ver estas cosas: lo demás son solo memes que hace la gente para perder el tiempo, y los turistas ya se han formado esta imagen cuando vienen a mi país:
Todo sea por el turismo.
lunes, 5 de mayo de 2014
Penélope, sentada en un banco
¿Cómo se forma una historia? Acaso sea cierto que
las historias existen y solo esperan que alguien las escriba, que toda historia
es una forma de autobiografía, que las historias son solamente variaciones de
unos pocos temas universales: el amor, el regreso. En la tranquilidad de estos
días escucho una canción de las que cuentan una historia. En la música y en la
literatura tengo preferencia por las historias. La historia de Pedro Navaja, de
Eleanor Rigby, o la historia de Penélope.
La historia de Penélope, la mujer que espera sentada en un banco en la estación de tren es una de las más atrayentes de Joan Manuel Serrat. Quizá es la más universal, la mujer que espera como aquella otra Penélope que esperó veinte años a Ulises. Pero esta Penélope no tiene un final feliz, no ve a su amado regresar, la de la canción simplemente se nos muestra en el acto de esperar, las razones por las que espera nos son contadas de manera ambigua, dicen en el pueblo, pero pudiera ser verdad o mentira. Lo único que sabemos con certeza es que Penélope espera sentada en el banco. Dicen que el caminante volvió y ella lo miró con los ojos llenos de ayer y dijo “No eres tú el que espero”. Penélope ya no quiere que regrese su amado, su vida se ha convertido en la espera.
Con el pasar del tiempo esta historia convertida en canción ha
tenido otras versiones muy poco diferentes. Mocedades hizo otra versión de la
misma (compuesta por José Luis Perales, un admirador de Serrat) con el nombre “Le llamaban loca”, una canción que oscila entre el plagio y el homenaje. Esta
canción tuvo aún otra variación de los mexicanos de Maná, que se llama “En el muelle de San Blas”, que resulta ser entonces la copia de una copia.
He buscado en internet algún dato que me
aclare si esta y otras canciones (Lady Lady, del grupo español Bravo, es una de
ellas) tienen un origen común, tal vez literario, una leyenda urbana o un
referente de una historia real. La canción de Maná dice basarse en un evento
real, pero este se desarrolla en la misma época que la canción de Serrat. ¿Quién
fue primero, la historia mexicana o la canción española? ¿Se trató la historia
de una exageración para hacerla parecer a la canción, que a su vez engendró una
canción en Mexico? ¿Se trata de una historia común que ocurre con similares características
en muchas partes del mundo? Hay una versión en inglés, basada en una historia
transmitida oralmente en Estados Unidos. La canción se llama “Tie a YellowRibbon Round the Ole Oak Tree” y tuvo éxito años después de la versión de
Serrat.
Buscando también en la biografía de Joan Manuel
Serrat, encuentro opiniones de que esta es una versión libre del personaje de
la Odisea. No soy de esa opinión, al menos no de que haya sido intencional el
parecido con la historia homérica. No creo que sea tan difícil que al pasar por
un pueblo cualquiera, el mío por ejemplo, y que el compositor (o el escritor,
dado el caso) vea a una dama sentada en un banco de la plaza, y se pregunte la
historia detrás de esa visión. ¿Por qué está sentada allí vestida de domingo?
¿Espera a alguien? ¿Ese alguien llegará? La historia entonces es un intento de
dar respuesta a otra historia que no se conoce. En el camino a esta respuesta llegamos
a la invención basada en las historias que uno conoce, a la descripción de un
sentimiento universal, a la historia basada en el regreso.
El atractivo de esta canción es justamente,
que no tiene un final, el amante no regresa, y si regresa, no es reconocido
como tal, quedando Penélope en una espera que intuimos ya que no terminará
nunca. Y esta circunstancia se conserva en todas las versiones citadas, lo que
refuerza mi teoría de que todas estas canciones proceden de la misma fuente.
Se me antoja ahora imaginar qué pasaría si la
historia tuviera un final ¿Nos atraería igual? Puedo imaginar también la
historia del misterioso viajero, que apenas es mencionado en las canciones,
porque solo es el pretexto para la espera.
Imagino al viajero que partió un día de su
pueblo buscando una necesidad real o ficticia de buscar aventuras. Recorrió
cinco continentes, siete mares, tuvo contacto con multitud de personas de
muchas razas distintas, conoció costumbres inimaginables, paisajes
inenarrables, y finalmente murió en una tierra lejana. Nunca regresó a su
tierra natal donde le esperaba el amor que le fuera prometido y el cual buscó
incansablemente en todo su recorrido.
En otra versión, el viajero regresó a casa
después de su largo periplo. Después de recorrer tantos lugares lejanos, le
dieron ganas de conocer su propio pueblo, olvidado ya en la lejanía del tiempo.
La plaza del pueblo se ve igual que como la dejó. En un banco de madera la ve a
ella. Está esperando, tal como lo prometió. Se acerca a ella, y descubre con
pavor la verdadera razón de su partida. Nunca supo qué decir cuando está con
ella. Lo único que sale de su boca son las mismas palabras que le dijera hace
ya tiempo: Espérame, volveré.
Las historias nacieron para ser contadas, o
para ser cantadas.
martes, 29 de abril de 2014
Cómo mueren los escritores
Con ocasión de la muerte de Gabriel García Márquez,
tuve ganas de escribir algo, así que me puse a escribir hasta que se me pasara.
Y así escribiendo, me puse a pensar que el Gabo tuvo la suerte de morir
tranquilo en su cama, quizá recordando la soleada tarde en que empezó a garrapatear
páginas en blanco. Y digo que tuvo la suerte, porque muchos escritores han
muerto de manera difícil y notable. A manera de ejemplo, y para saciar mis
ansias de sabelotodo, me dispongo a citar cómo es que mueren los grandes
escritores de la historia:
Para empezar, el que es considerado el primer
novelista de la historia. Petronio vivió en la Roma imperial, bajo el reinado
de Nerón, en donde se desempeñaba con pompa y elegancia. Sus fiestas son
recordadas hasta hoy, y congregaban a lo mejorcito de la alta sociedad romana.
Durante sus ratos de ocio, que eran muchos, se daba a escribir, creando la
primera novela, que se llamó “Satiricón”. El problema es que vivir cerca de
Nerón implicaba muchos riesgos, y Petronio fue acusado de conspirar contra el
emperador. Decidió lo que era normal en esos casos y en esa época, y se suicidó
dejándose desangrar. Pero antes escribió una carta de despedida a Nerón,
diciéndole todo lo que pensaba de él. Elegante hasta el final, diría yo.
Cervantes, el primer gran novelista moderno,
murió de una manera apurada, enfermo de hidropesía, apenas a tiempo para dictar
el prólogo de “Los trabajos de Persiles y Segismunda” y poder mandarlo a la
imprenta.
Y si hablamos de Cervantes, hablemos también
de Shakespeare, muerto después de una borrachera épica, aunque algunos sostienen
– quizá para salvar el honor inglés – que fue envenenado.
La cuarta muerte corresponde a Voltaire, partidario
de la supremacía de la razón y enemigo del clero, quien al sentirse enfermo,
dejó encargado que no dejen entrar a sacerdote alguno aunque así lo pidiera. Y
eso fue exactamente lo que ocurrió. Murió de convulsiones, y en los estertores
de la muerte gritaba pidiendo la extremaunción, la que le fue negada de acuerdo
a sus propias instrucciones.
Las muertes de los escritores norteamericanos son
más conocidas por películas y por ser mencionadas en internet por quienes
quieren pasar por cultos. Pasemos revista: Edgar Allan Poe, que fue encontrado en
la calle tumbado y delirando antes de morir en el hospital a donde lo llevaron;
Virginia Woolf, se llena los bolsillos de piedras para hundirse lentamente en
el río; Hemingway, se suicida con su escopeta; Tennessee Williams, murió al
tratar de mezclar alcohol y barbitúricos, lo que no logró, pues murió atorado por
la tapa del frasco de pastillas. Y siguen casos.
Entre los autores peruanos, tenemos varias
muertes para escoger. La primera será la de José Santos Chocano, “El Poeta de
América”, quien se comparaba a sí mismo con Whitman. Aunque grande en su obra,
su vida estaba llena de egoísmos de todo tamaño, lo que lo hizo de enemigos. Dentro
de las rencillas políticas y literarias que eran el pan de cada día en Lima en
aquel tiempo, Tomás Elmore escribió una crítica a Chocano, quien la tomó tan
mal que lo asesinó en la propia entrada del diario donde trabajaba. Chocano usó
de todas sus influencias políticas para no ser fusilado (que era la pena en ese
tiempo), pero tuvo que irse a Chile, en donde se dedicó a la búsqueda de tesoros
enterrados, hasta que fue a su vez asesinado en un tranvía de Santiago.
El puesto de Chocano como superestrella de la intelectualidad
peruana fue ocupado poco después por Abraham Valdelomar, escritor que hubiera
tenido una influencia mayor a la que tuvo de no haber muerto tempranamente en
extrañas circunstancias. Se dice (aunque la versión es muy discutida) que cayó
en una letrina del segundo piso de una casona en Ayacucho, y que la caída le
provocó la muerte.
Si de morir joven se trata, se debe mencionar
al poeta Javier Heraud, quien se fue a la selva peruana queriendo iniciar una
revolución como la de Fidel Castro, y terminó arrestado por la policía tras una
discusión política, huyó y fue abatido a tiros en la huida.
¿Otras muertes de escritores peruanos? Mariano
Melgar, murió fusilado por insurgente; Manuel Scorza, murió en un accidente de
aviación junto con otras 180 personas; José María Arguedas, se suicidó en medio
de una depresión.
¿Quieren que siga? Ya es suficiente, creo yo. Con todo esto, a uno no le dan ya ganas de
convertirse en escritor. Aunque aún nos queda esperanza. El Gabo, como dijimos
al comienzo, murió en su cama tranquilamente, como corresponde a un Premio
Nobel decente.
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jueves, 24 de abril de 2014
Cuando McCartney llegó a Lima
Ahora que se anuncia la llegada de Paul
McCartney a mi país, decido saldar una deuda que tengo desde la primera vez que
llegó por estos lares, y yo no pude ir al concierto que dio en Lima.
-
¿Cómo, ingeniero? ¿No fue a ese concierto?
-
Tranquilo, que ahora voy a contar la historia…
Allá por el año 2011, yo estaba en una etapa
algo rara en mi vida. El día en que se anunció su llegada yo estaba bastante
descontento en mi trabajo, que ya no me presentaba los retos que en un tiempo
me brindaba. Ese día, recuerdo, dio pie a un post bastante entusiasta que
escribí en el momento en que me enteré de la noticia, prueba de las pocas ganas
de trabajar que tenía por entonces. Si no compré mi entrada el primer día que
salieron a la venta fue por precaución, ya que no tenía un sentido claro de mi
permanencia en ese trabajo. Efectivamente, poco después busqué la primera
excusa para renunciar. Esta excusa fue la oferta de alguien a quien había
conocido en un proyecto, y que trabajaba en una importante empresa. El trabajo
que me ofreció era en un proyecto fuera de la ciudad, en un sitio bastante
remoto. Y había que partir a la obra justamente dos semanas antes del anunciado
concierto, lo que me dejaba sin oportunidad para asistir. Mientras tanto, ya
era bombardeado por la publicidad del concierto por televisión, por radio y por
internet, que me enviaba todas las semanas un recordatorio para comprar
entradas online y con tarjeta de crédito.
Me hice la pregunta, sí, me hice la pregunta,
de si sería mejor dejar la oportunidad de trabajo y asistir al concierto, o
portarme como persona decente y aceptar el trabajo. Ansioso por la cercanía de
la fecha, me atreví a preguntar en plena entrevista de trabajo si es que me
dejarían permiso para bajar a Lima antes de lo previsto para poder ir al
concierto. Dentro de todas las tonterías que he dicho en una entrevista de
trabajo, esta es sin duda la más arriesgada y la más tonta. Lo más sorprendente
es que obtuve una respuesta del afirmativa: “Si, podemos arreglarlo, es
cuestión de organizar tus horarios de descanso”. Después del tiempo, solo me
queda pensar en que me necesitaban con muchas ganas en ese trabajo como para
permitirme esa trasgresión. Quedamos en que se presentaría mi hoja de vida a la
empresa dueña del proyecto, para su aprobación. Pura formalidad, según me dijo
el responsable del proyecto al que sería asignado, y en dos días ya estaría
viajando a la obra. El hecho es que dicha aprobación tardaba en llegar. Yo
llamaba casi todos los días para preguntar si ya se había aprobado la hoja de
vida y tenía luz verde para viajar a obra.
Así
estuve hasta unos tres días antes del concierto. Yo pasaba el tiempo en mi
casa, esperando. En el interín me había contactado con algunos amigos, quienes
me decían que no podían ir al concierto por razones de trabajo o por el elevado
costo de la entrada, que para entonces ya había agotado las entradas de las
tribunas populares. Llegado este momento había que tomar una decisión: Dejar de
esperar la respuesta del trabajo e ir corriendo a comprar una entrada o aceptar
que el trabajo no se daría finalmente, aceptar que estaba en realidad
desempleado y dejar de pensar en esos gastos hasta que tuviera nuevamente un
ingreso fijo. Ninguna de las dos posibilidades me gustaba, estaba en el circulo
vicioso del trabajo, que nos quita el tiempo para divertirnos a cambio de
dinero que no tenemos tiempo para usar en divertirnos.
Reconozco que un fanático abandona todo para
ir a un concierto que probablemente ocurrirá una vez en la vida, pero mi
sentido común pudo más. Veía en televisión las escenas de Paul McCartney
llegando a su hotel y saludando al público que lo espera, paseando en bicicleta
por las calles aledañas al hotel en donde está alojado, la gente haciendo cola
desde tempranas horas el día del concierto, muchos de ellos disfrazados o
portando una pancarta para lucir en la noche. Y yo estaba en mi casa, sin
entrada, que ya se había agotado, sin trabajo, y con solamente una camiseta de
Ringo Starr, que es lo más que tenía en caso de haber podido ir al concierto.
Mis previsiones demostraron al final ser
inútiles. Dos días después del concierto me notificaron que al final mi hoja de
vida no había sido aceptada por el cliente, lo que me confirmaba en las filas
de los desempleados.
Tiempo después, varios amigos me comentaron
cómo había sido el concierto, y cómo se habían llenado las expectativas de
todos los asistentes al concierto. Incluso me llegaron a prestar las
grabaciones tomadas esa noche, para que pueda ver por mí mismo, aunque sea en un pálido reflejo lo que
fue esa noche. De todo eso me quedó la firme intención de no volver a dejar
pasar una oportunidad semejante, pensando incluso en el caso de que McCartney
volviera a Sudamérica sin pasar por mi país, conseguir un pasaje aéreo para
hacer turismo musical.
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sábado, 19 de abril de 2014
500 historias
El día de hoy se cumple un hito especial
en este blog. Esta es la entrada número 500 desde que empecé a publicar aquí,
lo cual me da la excusa para algunas divagaciones sobre lo que un Tonto de la Colina ha estado haciendo aquí todo este tiempo. Obviamente, cuando empecé este blog, en un día
hoy tan lejano que ahora me cuesta creer que en realidad sucedió no pensé que
llegaría hasta hoy. Tal como las historias antiguas, las circunstancias y el
momento exactos en que empecé a escribir estas páginas aparecen borrosos y
modificados por el recuerdo y cuando a uno le preguntan desde cuándo escribe en
el blog, la respuesta será “desde siempre”.
Recuerdo que empecé esto como una buena manera de dar rienda suelta a mi imaginación, como una manera de demostrarme a mí mismo que podía escribir las historias que siempre rondaron por mi cabeza. Luego el reto fue mantener la regularidad en la publicación. Al inicio, como supongo que a la mayoría le pasó, publicaba un relato tan pronto terminaba de escribirlo, hasta que caí en la cuenta de lo esporádico de la inspiración. Entonces decidí establecer una frecuencia fija y dejar las historias en el almacén de los borradores hasta que llegara su tiempo. Poco a poco esta frecuencia se fue acortando: 15 días, 10 días, 7 días. En mis mejores tiempos llegué a publicar un post cada 4 días, ritmo que hoy he reducido a seis, periodicidad que me permite escribir cómodamente.
Recuerdo que empecé esto como una buena manera de dar rienda suelta a mi imaginación, como una manera de demostrarme a mí mismo que podía escribir las historias que siempre rondaron por mi cabeza. Luego el reto fue mantener la regularidad en la publicación. Al inicio, como supongo que a la mayoría le pasó, publicaba un relato tan pronto terminaba de escribirlo, hasta que caí en la cuenta de lo esporádico de la inspiración. Entonces decidí establecer una frecuencia fija y dejar las historias en el almacén de los borradores hasta que llegara su tiempo. Poco a poco esta frecuencia se fue acortando: 15 días, 10 días, 7 días. En mis mejores tiempos llegué a publicar un post cada 4 días, ritmo que hoy he reducido a seis, periodicidad que me permite escribir cómodamente.
Aunque no todos los posts que he publicado
aquí son historias, me gusta pensar que incluso las imágenes y los videos musicales que he
puesto de vez en cuando son también relatos a su manera. Porque me gustan las imágenes y las canciones que narran una historia. Hay historias ajenas de esas que me hubiera
gustado escribir y que también he publicado aquí. No olvido tampoco a las
frases twitteables que aparecen también aquí de vez en cuando. Estas son
microhistorias, pedazos de historias que a veces he desarrollado hasta
convertirlas en un nuevo post, una nueva historia. ¿Qué hay en común en estos
500 posts que han aparecido aquí? Quiero creer que cada uno es una historia que
deja algo al lector: Una lección, una sonrisa, un pensamiento, todo ello, en
los mejores casos.
Normalmente escribo todas estas cosas sin
pensar en el lector, y solo al final me pongo a pensar si aquellos que llegan a
esta dirección lo entenderán, lo entenderán como quise que lo entiendan o se
quedarán pensando en qué quise decir con esto o aquello. Por eso presto
atención a los comentarios que recibo. Algunas veces me he sorprendido al ver
que alguien ha encontrado algo que yo no había visto al leer una de las
historias y lo comparte conmigo. Tal vez solo un comentario del tipo “Me gustó
mucho” basta para que yo relea lo que he escrito y encuentre algo nuevo en un
post al que quizá no encontré muchos méritos al escribirlo.
Debo admitir que los blogs han cambiado desde
que empecé esta aventura. Antes esta era la única forma de podía insertar
videos y publicar pequeñas frases. Ahora el Facebook y el twitter son mejores
en estos aspectos. Y los blogs han vuelto a ser lo que fueron en el comienzo:
lugares donde poner mis historias, las cosas que me ocurren y las cosas que se
me ocurren, un reflejo de lo que pienso en el momento. Una de mis hasta ahora
500 historias.
Y es cierto que de vez en cuando me gusta
releer nuevamente mis posts antiguos con la misma curiosidad con que leo los relatos
ajenos, como imagino a mis lectores leyendo por primera vez un cuento recién
publicado. Encuentro fallas, incongruencias, razonamientos incorrectos. Por eso
uno de mis últimos pasatiempos es revisar mis posts antiguos, desde los primeros
hasta los últimos, y agregarle párrafos, corregir errores de redacción,
completar ideas con los comentarios que recibí en su momento, cosas que pasé
por alto y que ahora recuerdo. No sé todavía muy bien qué hacer con estos
relatos revisados. Algunos de ellos los he vuelto a publicar en mi página de
Google + con mi verdadero nombre, con el ánimo de recibir nuevos comentarios.
Por mientras, y mientras me dure la
inspiración, seguiré escribiendo aquí, aunque tenga cada vez más la impresión
de que el blog es una actividad en decadencia, al ver otras páginas que seguía
y que ya han dejado de actualizarse. He hecho, como decía, la prueba en Google
+, quiero encontrar una buena forma de publicar estos relatos en Facebook,
quiero encontrar una forma de que estas historias sobrevivan un tiempo más.
Tal vez haya espacio en algún lugar para
otras 500 historias.
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lunes, 14 de abril de 2014
En lo alto de una columna
Hay momentos en que uno, cansado del mundo,
decide alejarse, aunque no lo logra. Siempre queda alguito que te amarra y te
deja conectado a la gente, pues nadie está solo, aunque lo intente. Esta vez, y como historia para esta semana santa, voy a contar la historia de uno de los tontos famosos que hace mucho que no
cuento. Es la historia de Simeón.
Hace muchos años, cuando la Edad Media era todavía
muy joven, Simeón era un niñito que pastoreaba ovejas en los campos cerca de
Tarso, en lo que antes era Europa, pero que hoy es Siria. Un día escuchó un sermón
en el pueblo cercano que hablaba de Dios, para enterarse que Jesús de Nazaret
se consideraba también a sí mismo pastor de ovejas y consideraba a la pobreza
como una virtud. Esto fue una revelación para Simeoncito y decidió dedicar su
vida a la oración. Pronto daría abundantes muestras de que en cuanto tomaba una
decisión la llevaba hasta las últimas consecuencias.
Conocedor de que había un monasterio de
anacoretas enclavado en una montaña cercana, fue a pedir su admisión, deseoso
de iniciar una nueva vida. Los monjes no le aceptaron en ese momento,
considerándolo apenas un mocoso malcriado. No sabían que tenían que vérselas
con un mocoso verdaderamente testarudo. Simeón insistió e insistió hasta que lo
aceptaron, llegada la edad en que uno pasa de ser un mocoso y se convierte en
un mozalbete.
En el monasterio pronto se hizo conocido por
su afición de llevar las cosas al extremo. Era el primero en levantarse, hacer
sus deberes, hacer las oraciones y sobre todo las penitencias. Aprendió a leer
y se aprendió de memoria los 150 salmos, que repetía todos los días en voz
alta.
Durante la cuaresma, que era su época favorita
del año, se negaba a probar alimento y se dedicaba solamente a la oración, a
tal punto que hasta el abad del monasterio le reprochó la exageración y le
sugirió salir al mundo para servir mejor al Señor, y también para que su
ejemplo no contagie a los demás monjes, ya que Simeón se había hecho popular
debido a su piedad.
Por un tiempo Simeón se instaló en una cueva,
imitando a los monjes ermitaños. De allí salía de vez en cuando a predicar,
cosa que hacía tan bien que pronto no necesitó ya salir, pues venían a buscarlo
multitud de personas ansiosas de consejo y de bendición. Simeón gracias a su
vida piadosa y su prédica luminosa se convirtió en algo así como el rockstar de
la cristiandad. Los peregrinos y la gente de los pueblos le iban a buscar a
todas horas, a pesar del difícil acceso de su cuevita, sin dejarle tiempo para
la oración y la reflexión.
Buscando una manera de orar en paz pensaba en qué
era más inaccesible que una cueva en el desierto, hasta que se le ocurrió una
brillante idea. Mandó a construirse una columna de tres metros de alto con una
pequeña plataforma en el tope y se instaló allí. Pero los admiradores aún
trepaban para pedir autógrafos, bendíceme la estampita, aconséjame si debo
casar a mi hija y cosas por el estilo.
La idea de la columna es buena, pensaba
Simeón, pero falta afinarla un poco. La siguiente columna que habilitó (gracias
a la incondicional ayuda de su club de fans) era de siete metros. Esto todavía
era insuficiente, así que la próxima y final era de 17 metros de alto. La
subida fue muy difícil, pero solo necesitó hacerla una sola vez, ya que Simeón
no bajó jamás y pasó el resto de su vida encima de la columna. No sabemos si
esta altura le pareció suficiente o si no consiguió una columna más alta. Desde
allí predicaba a todos los que se congregaban alrededor. Sus seguidores
organizaron todo para que Simeón se sintiera cómodo: Había un servicio de
delivery para la poca comida con que se alimentaba, atendían con una escalera a
los fieles que eran permitidos de conversar con él y evitaban que los fans no
autorizados treparan a la columna sin permiso.
Con todo, la vida de Simeón no era fácil.
Después de todo, vivir en lo alto de una columna era una penitencia por los
pecados del mundo, que al igual que hoy, se porta muy mal, oiga usted. Había
que soportar el frío de las noches y el calor del mediodía. Un ventarrón podía
bajarlo de la columna por la vía rápida y la lluvia molestaba mucho cuando
caía. También estaban los detractores, que lo hostilizaban desde abajo,
tratando de hacerlo bajar.
- ¡Simeón!
- ¿Qué queréis?
- ¡Baja inmediatamente!
- Nones, aquí estoy tranquilo…
- ¿Por qué te gusta estar allá arriba como
pájaro aliquebrado?
- No es que me guste, es que allá abajo
fastidian mucho…
Además, Simeón no pudo dejar de enterarse que
le aparecieron varios imitadores, cada cual en su columna. Los monjes estilitas,
como se les llamaba, se pusieron de moda, aunque no todos con igual éxito.
Algunos pagaron caro una mala ubicación de la columna y fueron impactados por
un rayo, cayendo en el descrédito y también de la columna. De todos modos, la
mayoría de la gente todavía prefería al original.
La fama de Simeón se expandió a toda Europa.
Su columna se convirtió en punto de peregrinación, y los imitadores se
multiplicaron al punto de que cada ciudad quería tener a su propio estilita.
Sus prédicas sobre muchos temas eran escuchadas con interés, no estoy seguro
pero creo que de allí salió el término “columna de opinión”, pues incluso lo
solicitaban para interceder en pleitos entre personas.
Cuando Simeón murió, sin haber bajado jamás de
su columna, fue reconocido como hombre sabio, a quien acudían altos dignatarios
en busca de consejo. Quedó entonces como ejemplo de los sabios que en el mundo
han sido y que han buscado alejarse del mundo, no como los de ahora, que se
mueren si se les cae el Facebook. Algo exagerado para irse a vivir hasta
arribota de su columna, pero ejemplo al fin para la gente como yo que al menos
tiene su colinita desde dónde opinar.
miércoles, 9 de abril de 2014
El tren Fantasma
Eli salió corriendo de su casa. Había llenado la mochila de cualquier manera, apuntes, lapiceras, viandita del almuerzo. Ya se le hacía tarde y tenía que ir a trabajar y no olvidarse de los apuntes de su clase del día porque después del trabajo tenía un parcial. Corrió a tomar el subte en Federico Lacroze.
¡No podía perder ese tren y sintió el
golpe de las puertas cuando se cerraban a sus espaldas!
El vagón estaba repleto y trató de no
alejarse mucho de la puerta porque bajaba en Pueyrredón.
Poco a poco el tren tomó velocidad, lo
normal. Pero tuvo la sensación de que sucedía algo raro.
— ¿Cómo, no para en Dorrego?— le preguntó a un muchacho que estaba junto
a ella. Éste la miró con mirada ausente y no le contestó.
Lentamente la sensación de irrealidad se
apoderó de ella. ¿Por qué el tren iba cada vez más rápido? ¿Por qué no paraba
en las estaciones? ¿Y dónde estaban las estaciones? No había estaciones; el
tren tomó un túnel que ella no conocía, con extrañas bifurcaciones mientras la
velocidad aumentaba continuamente. Sólo existía el túnel bordeado de caños y
cables.
Quiso preguntar a otros pasajeros. Cuando
los miró se dio cuenta de sus miradas petrificadas; nadie hablaba, los chicos
estaban quietos en brazos de sus padres, las miradas perdidas y los rostros de
todos cada vez más grises a medida que la luz del tren se hacía más tenue y la
velocidad cada vez más intensa.
¿Qué eran estas personas?
Aterrada dijo: ¡Por favor, en dónde
estamos! ¿Cuándo vamos a parar? Parecía que nadie escuchaba, como si estuvieran
en otra dimensión.
A inmensa velocidad, vio una luz al final
del túnel. La máquina se fue deteniendo y llegaron sin novedad a la estación
terminal, Leandro Alem. Instantáneamente las luces del tren recuperaron su
intensidad normal y los rostros de los pasajeros recuperaron sus expresiones
humanas. Todos recogieron sus cosas, las mamás tomaron de las manos a sus
hijos y salieron al andén. Eli hizo lo
mismo.
La chica, que debió haber bajado en la
estación Pueyrredón, tomó su celular y se comunicó con su trabajo:
Esta es una historia de las que encuentro perdidas en internet, y que reproduzco aquí para esos momentos en que mi inspiración amerita una distracción. El original se encuentra en http://laboratoriocentral.blogspot.com/2013/08/el-tren-fantasma-nelida-rabetzky.html
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