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domingo, 26 de octubre de 2014

Eurocentrismo

El turista salió del hotel, dejó la copa en el plato que le sostenía el mozo y empezó su caminata hacia el bus amoblado. Su guía, un joven de ojos despiertos, piel cobriza y mejillas quemadas por el frío que le delataba como uno de los habitantes de la zona, le indicó el camino, acción innecesaria ya que solo había un corto camino hacia el bus.  Por aquí, su excelencia, le dijo. El turista no supo decir si el tratamiento de “Excelencia” era dado a todos los turistas VIP, o si se trataba de una burla al verlo vestido con pantalones cortos y blancos, botas de media pierna y sombrero blanco de ala ancha. El atuendo había ya causado otras sonrisas condescendientes en el aeropuerto entre otros turistas vestidos con ropa deportiva y los locales de polo y blue jeans. Su ignorancia del español le impidió entender los comentarios, aunque pudo distinguir las palabras “safari” y “África” mientras lo observaban.

Mientras el bus hacía el recorrido por la carretera asfaltada hacia el parque arqueológico, sacó la cámara para fotografiar el camino, como una forma de librarse de la cháchara del guía y los demás pasajeros, incluyendo su esposa y sus dos hijos. No le importó interrumpir al guía para preguntar, casi en tono de reclamación. “¿Dónde están los nativos?”. El guía le señaló sonriente a un grupo de personas que iba por el camino. “No, no, trajes típicos”. “Cuando lleguemos”, fue la respuesta.

Al llegar a la entrada, con la cámara lista, solo encontró a una señora con traje multicolor que se dejaba tomar fotos con una llama. “A picture? Just three dollars, Mister”.  Se sintió estafado, más que por el precio de las fotos, por los empastes dentales de oro y el celular que contestaba la señora entre foto y foto.


Ya en las ruinas, volvió a quejarse con el guía. “Nos prometieron un tour exclusivo, ¿Qué hace toda esta gente aquí? El guía trató de explicar eso no significaba que cerrarían todo el complejo para recibirlos a ellos, de las dificultades de la temporada alta, y que esas cosas ya no se hacen, por muy importantes que fueran los visitantes.
“No estoy acostumbrado a estas cosas, ¡Yo pertenezco a la nobleza!” – “¿Acaso desciende de reyes? Yo sí” – les respondió el vigilante.
El turista le miró de arriba abajo con desprecio, disimulando la sorpresa de escuchar a un vigilante hablando inglés. “Mi apellido es Yupanqui, al igual que uno de los últimos incas”. – “Así que por favor compórtese dentro del complejo” - agregó, con tono de terminar la discusión.

Afortunadamente, la vista de las ruinas incaicas lo dejó sin palabras. Enormes muros hechos de piedras gigantescas de forma geométrica, y unidos sin argamasa dejaban a las más sólidas construcciones europeas como obras primitivas. Fiel a sus conocimientos de historia, pensaba que un castillo hecho de esa manera en Europa hubiera sido inexpugnable ante un sitio y hubiera soportado ataques de catapultas e incluso balas de cañón. Miró nuevamente al guardián, a su guía y a las señoras de trajes típicos y su llama, incapaz de conciliar su aspecto con la capacidad de construir paredes tan magníficas.


“¿Cómo se hicieron estas paredes?” El guía respondió que las técnicas exactas se han perdido, y cómo los arqueólogos tienen teorías sobre el transporte y el pulido de las piedras hasta hacerlas encajar. Explicación inútil, simplemente era imposible que nativos que, estaba seguro, habían dejado hace pocos años las plumas y los taparrabos y los arcos y flechas, hubieran podido hacer estas paredes. Tenía que haber una explicación, tal vez los masones o los templarios se habían refugiado en estos lejanos lugares huyendo de la persecución, los constructores del templo de Jerusalén, quizá los egipcios hallaron la forma de atravesar siglos y océanos para llegar aquí para hacer esas construcciones. Pero no, estos edificios no se parecen a ninguno en Europa o Asia.


Al llegar al hotel en la noche, el turista escribe en su laptop sus impresiones del viaje: “He visitado hoy las ruinas incas. Los nativos se han extinguido y solo quedan disfrazados de occidentales. Las construcciones son claramente obra de extraterrestres”.

lunes, 25 de abril de 2011

Explicación


Vea Señor, yo sé que usted me va a comprender… Usted es hombre y ha pasado por esto. ¿Qué cómo lo sé? Porque usted es hombre, por eso… Todo hombre ha sufrido por una mujer ¿Verdad? Tal vez mi historia no sea diferente de cualquier otro, pero es la mía, mi propia historia…

No voy a contarle cómo empezó… No viene a cuento y además a lo mejor a usted no le interesa… Porque a usted lo que le interesa es lo que acaba de pasar ¿Cierto? Claro, cómo no va a ser cierto, sino no estaría usted aquí… La cosa es que lo nuestro acabó, y yo me sentí mal, muy mal… Como dije, usted es hombre, y estoy seguro de que sabe cómo son estas cosas… ¿Qué es lo que hace un hombre en estos casos? La mayoría sale a emborracharse, a tratar de olvidar con otra mujer, ya lo sé… Pero yo no soy cualquiera… No soy mucho de tomar, y tratar de olvidarla con otra ¿No le parece absurdo? Es como si yo me quemara y para curarme pusiera nuevamente las manos al fuego… No, esa no es la manera… ¿Matarla? ¡Por favor! ¡Es lo último que yo haría! No es que no sea fácil matar a una persona, hay muchas maneras, se lo digo yo, que tengo cierta cultura y que me gusta leer las novelas policiales… No, el verdadero problema es borrar las huellas, deshacerse del cuerpo, esas cosas… A los asesinos siempre los atrapan tarde o temprano por algún detallito olvidado, y yo no voy a desgraciar mi vida por ella…

Como le decía, lo mejor es el olvido… Lo que la mujer más odia es el olvido… Pero no es fácil olvidar, no… Uno tiene que cambiar de rutas, dejar de ver a ciertos amigos, dejar de hacer las cosas que le recuerdan a ella… En fin, lo que hay que matar es el recuerdo, borrarlo, exorcizarlo… ¡Sí! ¡Eso fue exactamente lo que pensé! ¡En exorcizar su fantasma, su recuerdo!

Así que reuní todo aquello que me traía a la mente su recuerdo, todo lo que ella hubiera tocado: cartas, fotos, regalos, los peluches… Ahora puedo decirlo: ¡Odiaba esos peluches! Claro, hubo cosas que se me hizo difícil incluir, como una camisa y una corbata que en verdad me gustaban… en fin, junté todo con la intención de alejarlo de mi vista para siempre… Y como le decía, para exorcizar su fantasma debía quemarlo todo, que el fuego purifique todo lo que ella representaba en mi vida, que su memoria se convierta en humo, que el humo se aleje con el viento, y que las cenizas sean esparcidas hasta que no quede rastro de que alguna vez existió en mi vida. Una ceremonia pagana, un entierro en el cielo es lo que yo buscaba… Al ver arder su recuerdo, yo reiría, curado al fin de las heridas, viendo en las llamas un anticipo del infierno, y gritando, orgulloso, que en adelante quedaría yo exorcizado, curado de mis males, libre al fin... ¡Ella ya no sería capaz de hacerme más daño!

Y así fue, señor, como empezó el incendio…
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