domingo, 26 de enero de 2014

El canto del gallo


Una de las cosas que tiene el trabajar fuera de la ciudad es que uno puede escuchar los ruidos del campo. Donde estoy ahora puedo escuchar el correr del río, bandadas de loros, una que otra ave que no identifico y el canto de los gallos.

Todas las mañanas, y hasta antes del mediodía, escucho a un gallo que canta en las cercanías, cosa que no me molesta, por lo demás. El problema es que cuando el gallo se le ocurre cantar en la madrugada, despierta a los pobres que vienen de la ciudad y que no saben qué hacer para callarlo, ya que en esta zona está prohibida la caza y no se ve bien a alguien saliendo a esas horas en pijama y portando una escopeta.
El suplicio empieza a eso de las tres de la mañana, cuando uno duerme a pierna suelta, totalmente olvidado del trabajo y las tareas pendientes. De pronto un gallo empieza a cantar con voz potente. Otro gallo, más lejano, le contesta con un kikikiiii. Por alguna razón, los gallos de esta comarca no hacen quiquiriquí, como nos han enseñado desde la escuela. Hacen kikikiiii, lo que tal vez es el dialecto gallero usado por aquí. Los libros de escuela y las enciclopedias europeas también nos han mentido sobre eso de que los gallos cantan antes del amanecer. Los gallos en realidad cantan a la hora que quieren, y siempre tienen un gallo en las cercanías que les hace la competencia, o tal vez es un torneo de canto en toda regla, ya que nunca cantan dos gallos al mismo tiempo, como si la educación y cortesía entre tales animales impidiera interrumpir a un gallo cuando está cantando.

Algunos de mis compañeros ya se han acostumbrado y le hacen tanto caso al canto del gallo como los borrachos de la ciudad le hacen caso al canto de los ruiseñores al amanecer cuando regresan de una fiesta. Yo no me cuento entre ellos y me quedo en la madrugada maldiciendo mi sueño ligero y preguntándome qué noticia tan importante tienen los gallos que contarse como para estar conversando a estas horas.
A la mañana siguiente, tomo un tiempo para buscar al dueño del gallo para tratar de convencerlo de que programe su gallo para que cante a otra hora, debe tener una perilla, un temporizador o algo que pueda setear para que cante a una hora decente. Ya que mi idea no tiene efecto, ya que el gallo en cuestión parece tener una programación de fábrica que no se puede modificar, le deslizo la idea de poner un aviso que diga algo así como: “Cambio gallo que canta a las 3 a.m. por uno que cante a las 6:30 a.m.”. Al no tener acogida tampoco esta idea, expreso mi gran deseo de tomar una sopita de gallo uno de estos días si es que la situación sigue como hasta ahora. Otro error, pues el señor me explica que este gallo en especial es al parecer un Brad Pitt entre las gallinas, y que si le pasa algo, se declaran en huelga y ya no ponen más huevos. Vista la imposibilidad de cambiar la situación, me pongo a sacar cuentas: Este gallo es el engreído de las gallinas, vive tranquilo sin miedo al cuchillo del cocinero, puede cantar a la hora que quiera y vive feliz. Si yo estuviera en su posición, pienso, también estaría cantando y contándole mis hazañas por la madrugada a todo el vecindario.

Justo en ese momento aparece el gallo, caminando muy orgulloso. Es la primera vez que lo veo, pero sé que es el gallo que canta todas las madrugadas. Bien hecho, le digo, sin ocultar mi envidia.

lunes, 20 de enero de 2014

Todos los chinos son iguales


Durante el trabajo en el que me encuentro, ha venido un grupo de chinos a asesorarnos en el montaje de algunos equipos. Aclaremos: son chinos de China, no simples descendientes de los que abundan en mi país. No son japoneses, ni coreanos, que con ellos mal que bien puedo entenderme. Son chinos chinos. Esto no debería ser excepcional si no fuera por el hecho de que todos se parecen como un chino a otro. Yo creía que eso de que todos los chinos son iguales era una leyenda o cuando menos una exageración creada por los europeos, que creen ser diferentes por ser rubios, morenos o pelirrojos.
El grupo de chinos (del cual no conozco ni siquiera el número porque no los he visto nunca juntos y no logro diferenciar cuál es cuál) camina con uniformes iguales de tela delgada y esas zapatillas chinas todas iguales como para hacer aún más difícil la tarea de distinguirlos. Ni siquiera el hecho de que en el grupo hay una mujer me hace más fácil saber a quién me estoy dirigiendo cuando busco a alguien. Los nombres tampoco me ayudan, pues los escucho todos iguales y cuando les pido que me lo escriban me ponen en el papel unos signos indescriptibles que me hacen imposible saber si están escribiendo o si solamente están probando el lapicero a ver si funciona. Esta circunstancia me ha hecho cambiar mi concepción del universo en lo que a los chinos se refiere.

 Anteriormente a esta experiencia no había tenido tratos con chinos, y mi concepción de ellos se reducía simplemente a la convicción de que el último producto duradero que hicieron fue la Gran Muralla, o a la sospecha de que su alfabeto nos brinda 6,000 posibilidades de hacerse un tatuaje. Ahora tengo que tratar con ellos, con la dificultad de que solo uno de ellos habla un español muy malo, y otro habla un inglés que más que inglés parece la imitación hecha en China de ese idioma. En fin, comunicarse con ellos es una verdadera tortura china. Me pongo a reflexionar entonces sobre varios aspectos de la cultura milenaria de los chinos que ahora se integra en nuestra cosmopolita modernidad:
  • Teniendo en cuenta la cantidad de productos chinos que nos invade ahora, me hace pensar que aplican el mismo sistema con sus habitantes, y que en algún momento tomaron a un chino y lo repitieron ad infinitum para que todos se vean iguales. Esta cualidad los debe ayudar mucho en sus prácticas de espionaje industrial, el cual debe ser tan fácil como buscar un chino en una fábrica europea y luego cambiarlo sin que nadie se dé cuenta, ya que no pueden diferenciarlo con otro.
  • Tal vez lo que pasa es que otro de los secretos milenarios de los chinos es que han conseguido dominar la clonación humana siglos antes que los europeos, tan orgullosos ellos por poder clonar una simple oveja, sin saber que los chinos han clonado a miles de sus habitantes.
  • Los documentos de identidad en China deben considerar la foto como un adorno más, pues aunque vea las fotos no puedo saber a quién pertenece. No me imagino tampoco cómo hacen los chinos cuando quieren denunciar a alguien por algún delito o cuando reportan su desaparición en la comisaría: Describa al sujeto, preguntará el oficial de guardia, y la descripción será siempre la misma. Traerán al demandante 3,176 sospechosos que encajan con la descripción dada, los pondrán en fila y pedirán al demandante que lo identifique. No sé los demás, pero a mí una experiencia así me volvería loco.
  • No sé si eso que dicen las mujeres que todos los hombres son iguales tuvo su origen en una mujer china a quien se le escapó el marido, pero cada vez que una mujer dice que todos los hombres son iguales la imagino en China a ver qué dice.
  • Del mismo modo las denuncias por paternidad deben se también muy difíciles por allá, partiendo del hecho de que la china madre le puede decir a su esposo tranquilamente "Mira tu hijito, es igualito a ti, tiene tus ojos, tiene tu cara". Esto me lleva a la sospecha de que los chinos son iguales hasta en el ADN.
  • Quizás también es un mito el los chinos sean tantos millones como dicen que son. Tal vez no son tantos, sino que al hacer la contabilidad muchos pasan más de una vez y nadie se da cuenta. Tal vez son tan parecidos que hasta en las huellas digitales se parecen.
  • Seguro que al preguntarle a un chino me dirá que ellos no son iguales y que todos son diferentes. Me imagino a un chino volviéndome loco mostrándome a su grupo de amigos e indicándome que este es el ñato, este el que tiene cara de dormido, este el cachetón, este el bronceado y este el de peinado raro, y yo tratando inútilmente de distinguirlos. Lo de cómo reconocer a un chino entre la multitud debe ser un secreto ancestral celosamente guardado.
Hoy, para dormirme, no contaré ovejas, contaré chinos.

martes, 14 de enero de 2014

Famosas últimas palabras


Después del último día de los muertos, me interesé por el tema de las últimas palabras, a raíz de la conversación que mantuve esa noche con un zombie que resultó bastante conversador. Eso de las últimas palabras es un fraude, me decía, la gente se aprovecha de que el muerto ya no está para refutar lo que dicen los parientes y testigos. Claro, hay gente interesada en que quede un bonito recuerdo del difunto, así que inventan alguna frase que trate de prolongar la memoria del fallecido como una persona inteligente e ingeniosa, cuando la verdad es que la última palabra es casi siempre un quejido o alguna palabra muy subida de tono.

Revisando la colección de últimas palabras dichas por los ricos y famosos, encontramos que aquellos que escucharon esas palabras eran gente interesada en que quedara una frase importante. Aunque el moribundo no haya estado en condiciones de hablar, el murmullo o balbuceo que salga será deformado, transformado, estirado y moldeado hasta que quede algo a la medida de lo que espera el público. 

Como en todo, podemos encontrar unas pocas excepciones. Veamos el caso de Sócrates, quien condenado a beber la cicuta, que es un trago amargo de verdad, tenía como testigos a sus amigos, pero también a los jueces, que no iban a dejar que se tergiversen sus últimas palabras. Todos esperaban que su despedida de este mundo sea una frase que resumiera toda su filosofía, que dejara un mensaje de esperanza, algo por lo menos inspirador para las generaciones futuras. ¿Y qué hizo Sócrates? Desperdició esa oportunidad de agregar una frase a los libros de historia y dijo antes de morir algo tan prosaico como “Le debo un gallo a Esculapio, hay que pagárselo”. Me imagino que sus discípulos al escuchar su último suspiro lo agitaron todavía un poco para que despierte y diga unas últimas palabras que realmente valgan la pena. Pero no había caso. Así quedó anotado y registrado.

Por eso, con ayuda de los zombies que se levantaron esa noche de los muertos y que accedieron a contestar mis preguntas, coloco aquí algunas de las verdaderas últimas palabras de gente que se murió en diversas circunstancias: 
  • Algún día, hijo mío, todo esto será tuyo… 
  • ¡Echen paja…! 
  • Estos bichos son inofensivos, fíjate lo que voy a hacer… 
  • Esta comida tiene un sabor un poco raro… ¿Qué le has echado? 
  • Deja de molestarme, yo sé lo que estoy haciendo… 
  • No me dolió… 
  • Tiene usted toda mi confianza, doctor… 
  • Y el nombre del asesino es… 
  • ¡Lo logramos, ya estamos a salvo…! 
  • ¡Es el cable rojo! ¡Corta el cable rojo! 
  • No te atreverás a dispararme, eres un cobarde… 
  • Ahora que lo pienso, sí existe un riesgo… 
  • ¡Yo me ofrezco como voluntario! 
  • Y ahora, agregamos el último ingrediente… 
  • ¡Claro que puedo hacerlo! 
  • Observen con atención el siguiente truco, nunca antes visto… 
  • No se enoje, Señor… ¡Todo fue una broma! 
  • Si, fui yo… ¿Y qué? 
  • No, no voy a esperar a que cambie la luz del semáforo… 

Como dije antes, hay palabras que quedan para la posteridad, y otras que quedan para el olvido.

-  ¿Así que se murió Don Laureano Cachivachi? ¿Y cuáles fueron sus últimas palabras? 
-  Le dijo a su hijo: “Desconéctame el televisor, pero no te vayas a equivocar de enchufe”

miércoles, 8 de enero de 2014

Frases Twitteables 26



  • Mi vida es tan aburrida que una gitana se durmió leyendo las líneas de mi mano.
  • Se advierte a todos los emprendedores, soñadores y animosos, que en esta empresa está prohibido hacer lo imposible.
  • ¿No habrá alguien con fe que me mueva esta montaña un poco a la izquierda?
  • Ten cuidado, porque detrás de una mirada inteligente también se puede esconder un tonto.
  • Si las miradas mataran... Tú no me harías ni cosquillas.
  • Mi vida es tan aburrida que una gitana se durmió leyendo las líneas de mi mano.
  • Se advierte a todos los emprendedores, soñadores y animosos, que en esta empresa está prohibido hacer lo imposible.
  • Debo explicarle a varios que Dios no es una marca registrada.
  • A mi autobiografía todavía le falta ponerle las partes interesantes.
  • El gato zombie de Schrodinger, que no está vivo ni muerto.
  • Aquí no se insiste, por favor no insista.
  • A los presos de esa cárcel les contaban cómo está el mundo afuera para que no tengan ganas de escapar.
  • A veces es muy difícil distinguir la mirada de un enamorado de la de un tonto.
  • No, en serio ¿Cómo se suicida un zombie?
  • El lugar más seguro en un avión es dentro de la caja negra.

jueves, 2 de enero de 2014

Limpieza mental


Hoy, que es época de cambios y remodelaciones, he decidido hacer una limpieza en mi cerebro. Hay muchas cosas que ordenar, limpiar, arreglar y desechar. Al empezar, me sorprendo de todas las cosas que había acumulado en todo este tiempo: cosas que en algún momento pensé que me servirían para más adelante y que finalmente nunca utilicé. Hoy pasadas de moda y obsoletas, deben ser tiradas a la basura sin más miramientos.

Tengo también muchos conocimientos sin utilizar, pero que todavía podría necesitar si se presenta la ocasión. Quizás los tire en la próxima limpieza, pero los conservaré por ahora. Es sorprendente ver como las ideas se vuelven antiguas. Ideas que apreciaba en mi juventud, y con las que hoy ya no podría salir a la calle porque ya no se usan o simplemente ya no me quedan. Ahora incluso me pregunto como es que pude usarlas alguna vez. 

Dentro de toda la colección de recuerdos que encuentro tengo algunos que siempre uso, otros que tienen una utilidad más bien práctica, algunos de invierno que calientan en las noches y otros veraniegos que son frescos y suaves al tacto.

Ordenar las cosas implica cambio de lugares, poner las cosas que se usan con frecuencia en un lugar donde pueda alcanzarlos con facilidad, y al organizar los pensamientos, veo que algunos los uso con mucha frecuencia, otros no los uso casi nunca. Algunos me los pongo simplemente porque me gusta andar con ellos. Trato de ordenar y separar pensamientos, ideas y recuerdos para reservarles un lugar adecuado y poderlos encontrar cuando los necesite, pero me quedo dudando sobre cuál pertenece a qué categoría.
Para mi sorpresa, encuentro recuerdos que creía ya muertos pero que aún viven. Al tocarlos rompen a volar por todo el lugar y debo perseguirlos y atraparlos para guardarlos otra vez. Algunos ya están muertos y encuentro sus restos momificados en varios lugares que no revisaba desde hace tiempo.

Algunos de mis recuerdos los guardo para consultarlos cuando tengo alguna duda, otros que me gusta releer de cuando en cuando. Tengo algunos que me prestaron alguna vez y que nunca devolví. Otros son de dominio público y no hay problema si los pierdo, ya alguien me los dará después.
Tengo recuerdos que me pongo a arreglar para que se vean más bonitos cuando los saque para enseñárselos a alguien. Tengo varios que me gusta mostrar a la gente, otros que solo muestro a pocas personas, en la confianza de que los sabrán apreciar al verlos.

Encuentro también muchas cosas que no sé si conservar. Cuando estaban nuevas, recuerdo que no me gustaban, pero ahora encuentro que mis gustos han cambiado, o que les encuentro ahora alguna utilidad que no pensaba cuando las adquirí.

Descubro que el uso les da a los recuerdos un tinte propio. Los más nuevos aún conservan su brillo, otros se ven gastados por el uso, más de uno muestra una capa de polvo acumulado por el tiempo en que no los saco, otros, de tanto usarlo se han deformado, cosa de la que me he dado cuenta cuando los comparo con los que guardan otras personas, dejándome sin saber si es el mío el que ha cambiado, el de la otra persona, o tal vez los dos. Cada quien acomoda sus recuerdos como mejor le parece, pienso.

Después de una trapeada en todos los estantes llenos de recuerdos y pensamientos, el piso queda lleno de polvo y hay que barrer. Ahora la mente se ve un poco más ordenada. Hay más sitio para colocar nuevas cosas que iré adquiriendo en adelante. He limpiado también los adornos y sacado lustre a los trofeos, las ventanas ahora que están limpias me permiten ver el paisaje lejano, entra más luz y todo parece más brillante. Ha sido una buena idea hacer esta limpieza.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Papa Noel, después de Navidad


Ayer, después de una llamada de emergencia, tuve que apersonarme al hospital, en mi condición de ex ayudante honorario de Papa Noel. El cómo llegué a ser ayudante honorario del Viejo Nicolás es un asunto que viene de largo, cuando ayudaba repartiendo regalos a los niños de los barrios pobres, a ver si me ligaba una de las ayudantas, que estaba de muy buen ver.

En fin, al llegar al hospital, me encuentro nada menos que a Papa Noel, siendo atendido en la sección de Emergencias. Al consultar con el médico de guardia, me respondió con tal cantidad de síntomas encerrados en su incomprensible jerga médica, que decidí que lo mejor era preguntarle a Don Nico en persona. El problema es que Papa Noel llevaba encima una multitud de tubos, jeringas, respiradores y vendas, como si en vez de curarlo lo quisieran convertir en Robocop. Tengo que esperar un rato a que despierte del aparente shock en que se encuentra, mientras arreglo los problemas para los que me han llamado, al parecer es que su ficha médica no aparece por ningún lado, Papa Noel no está inscrito en ningún plan de seguros, y ni siquiera tiene su pasaporte sellado.

Después de arreglar el papeleo, discutir con una funcionaria que insistía en saber el apellido materno de Papa Noel para anotarlo en su ficha, y alejar a todos los curiosos que querían sacarle una foto para publicarla en las redes sociales, puedo darle un poco de tranquilidad para que me cuente lo sucedido.
Cada año esto se pone peor, hijo – empieza a contarme. – Sabes que no puedo entrar a las fronteras de ningún país sin que me persigan aviones cazas con misiles, me hagan disparos de advertencia y me quieran hacer aterrizar en un aeropuerto militar.

- Cálmate, tío – le trato de consolar – A lo mejor te han estado confundiendo con un OVNI…
- No solo es eso – me responde. – cada vez que paso por la ciudad tengo que respirar todo el smog y el olor de los basureros, el médico me dice que tengo los pulmones hechos polvo… Y cuando llego a las casas ¿Qué obtengo? Nomás dejo el trineo un momento y ya me quieren robar los renos. Antes el trineo tenía ruedas, pero el año pasado se las llevaban y dejaban en trineo apoyado sobre unos ladrillos. Hasta ahora, que lo dejo con cadena, cuando regreso lo encuentro lleno de graffitis.
- Si, tío pero al menos en las casas te reciben bien ¿Verdad?
- ¡Cuando llego a las casas! ¡Ya la gente no es como antes! ¡Si te contara todo lo que me pasa! Hay gente que me espera con rifles y me pide que les entregue la bolsa de los regalos, Hace una hora una señora me agarró a palazos apenas me vio… Bueno, al menos se disculpó, dijo que creía que era su marido, que llega borracho todas las noches como a esa hora… También hay niños que esperan a que llegue, para abrir sus regalos y después quieren que se los cambie… Una chica ya adolescente me invitó de su ponche y no sé qué le había echado, creo que me quería pepear… Otra me soltó al pitbull, y así… Si esto sigue así es el último año que salgo a repartir regalos, en serio… ¡Así ya no se puede!
- ¡Vamos, Don Papa! Mejor ahora sí tú solo repartes regalos a los que se han portado bien… A los demás, que se arreglen los padres, que para eso están…
- Esa era la idea, sobrino, pero me han hackeado la lista que tenía, han quitado a un montón que se habían portado bien y han puesto a otros… Además, desde Octubre he estado recibiendo cartas oficiales de congresistas diciendo que incluya en la lista a sus recomendados o que me atenga a las consecuencias…

Trato de consolar lo mejor que puedo a Papa Noel, cuando llega el médico con los resultados de los exámenes y la traducción del diagnóstico.
- Su amigo tiene un severo problema de colesterol, hay que hacer más ejercicio, mister, además de un principio de neumonía… Ha estado saliendo de noche ¿Verdad? Viejito picarón, que habrá estado haciendo… Tiene golpes varios, parece que se ha peleado, mordidas de perro, ya lo hemos vacunado,  pero eso no es lo que me preocupa, joven – me lleva a un aparte - ¿Sabe que el señor se ha pasado toda la noche diciendo que es Papa Noel? Necesita ayuda psiquiátrica… le estoy haciendo una cita para la próxima semana… Otra cosa: va a tener que pagar por la atención y por los exámenes, no tiene derecho a seguro porque nos ha declarado que solo trabaja un día al año, y antes de que me olvide, me avisan que el señor estaba con unos animales, pues se los han llevado al veterinario para que lo vacunen, ahora le paso la cuenta…

No me siento orgulloso de lo que hice después, sacando a Papa Noel entre los gritos y reclamos de todo el personal, que exigían que les pague las cuentas, y que negaban en todo momento saber algo sobre el saco de regalos que desapareció misteriosamente mientras lo atendían.

¡Qué falta de espíritu navideño! Me dice una señora al verme pasar con Papa Noel, medio drogado por los calmantes, con destino a algún lugar donde le permitieran terminar de pasar el día.

domingo, 22 de diciembre de 2013

El Nacimiento


Hacer el nacimiento en mi casa siempre había sido una tradición en mi casa. Desde mi niñez, recordaba el armado del nacimiento como un acontecimiento importante, que marcaba más que ninguna otra señal, la llegada de la época navideña. Aunque esta tradición se ha ido devaluando con los años. Mi padre en esos años recordaba que en su niñez, allá en la provincia, el nacimiento ocupaba toda una habitación de la casa de mis abuelos y era motivo de visitas de la gente de la vecindad, la que todas las noches era recibida con chocolate y galletas. Había algunos que colocaban casas iluminadas, trenes que daban la vuelta a la montaña imaginaria hecha de papel grueso pintado que formaba el nacimiento, dejando una cueva donde se colocaban las figuras de arcilla de la Sagrada Familia. 
Nuestra migración a la capital redujo el nacimiento a una esquina de la casa, donde aún había lugar para rebaños de ovejas, pastores, soldados romanos y ángeles. La modernidad nos ha dejado, a la vez que casas cada vez más pequeñas, menos espacio para el nacimiento, aparte de la competencia con los árboles navideños recubiertos de nieve falsa. El pesebre ocupa ahora una repisa pequeña en una esquina adornada con luces hechas en China que cantan una canción mientras se encienden y se apagan. La gente también ha cambiado. Ya no se hacen recorridos para visitar los nacimientos del vecindario. Apenas algunas visitas de los amigos y parientes más próximos, donde nadie pregunta por el pesebre, pero se quejan si es que no hay un árbol de navidad, y critican la falta de espíritu navideño de quienes no lo ponen.

Este año, que tan especial ha sido para mí, no dejé de colocar un árbol, pero quise recuperar algo de la tradición del nacimiento, ahora que mi hijo ya tiene edad para ayudarme. Ayudado por los recuerdos, traté de acomodar papeles y cartones para dar una impresión de una montaña rodeando una especie de cabaña de ramas que compró mi esposa en el mercado navideño, donde apenas entraban las figuras de María, José, el Burro y el Buey. Lo endeble de mi construcción impedía colocar rebaños de ovejas bajando de la montaña como los que veía en mi niñez. No hay tanto sitio tampoco, solo para el ángel y para la Estrella de Belén. Los Reyes Magos han quedado al filo de la repisa, con riesgo de caerse en cualquier momento. 

Mientras colocaba con mi pequeño hijo las figuras de tamaños desiguales que había conseguido, trataba de contarle el tiempo en que toda una familia compartía este momento, del tamaño de las figuras de antes, y de que esto era la navidad, no esa versión que nos han vendido las películas, con árbol, con Santa Claus y sin Niño Jesús. Para mi alegría, mi niño me ayuda con entusiasmo a colocar las figuras e incluso me sugiere los mejores lugares para colocar las luces y las figuras. Sin embargo se siente muy decepcionado al saber que todavía no vamos a colocar al Niño. Trato de explicarle que todavía no ha nacido, que la colocación del Niño en el pesebre se hará a la medianoche de Navidad. De nada sirve ofrecerle que siendo el menor de la familia, le corresponderá el honor de colocarlo en su sitio cuando llegue el momento.
-          ¡Pero La Virgen y San José van a estar solos mirando la cuna vacía! ¡Van a pensar que el niño se les ha perdido! Llora desconsolado.
Decido que es una buena razón para romper un poco la tradición y dejo que ponga la figura de Jesús en el pesebre.

Al día siguiente, apurado por las compras navideñas, recoger el vale del pavo y otras ocupaciones de la temporada, me sorprendo al llegar a casa y encontrar a mi hijo triste, con una lágrima a punto de salir.
-          ¡El Niño Jesús se está muriendo de frío! ¡Se va a enfermar!
La figura del Niño Jesús es, en efecto una que solo tiene puesto una especie de pañal. Decidimos entonces cortar una tela blanca para envolver al niño, de manera que forme una cobija. Poco a poco, me voy acostumbrando a no hacer mucho ruido en la sala para que el Niño Jesús no se asuste y se ponga a llorar, a apagar las luces cuando se hace tarde para que pueda dormir, y a escuchar a mi hijo cantarle para que se duerma.

Este año, ha sido mi hijo el que me ha enseñado una lección. Nuevamente creo en la Navidad. Hay algo más allá del marketing, de la locura por comprar cosas que tal vez no necesitemos. El armar un nacimiento y compartirlo con tu hijo, el contarle la historia de los Reyes Magos, el volver a recordar a Jesús en un pesebre.

Feliz Navidad.
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