miércoles, 13 de septiembre de 2023

Sin anotaciones al margen



El que entre a mis dominios privados verá un gran librero, multiusos como todo lo que tengo. Allí tengo libros técnicos de mi especialidad, diccionarios, una parte de mi colección de música, y una variada selección de libros de literatura. Algunos que dedican más tiempo que yo a leer podrán pedirme hojear alguno de ellos, y una de las cosas que notarán es que casi ninguno de los libros tiene anotaciones al margen. Entonces me preguntará el porqué, e incluso algún fanático literario expresará la duda de que en realidad he leído los libros que hay allí.
Anotar en un libro. Nunca lo he entendido. Creo que es porque soy de la generación en que todos éramos pobres, y un libro era casi un lujo, además de que tenía que compartirlo con mis hermanos. Hasta hoy me parece una barbaridad manchar un libro con mi escritura, más allá de escribir mi nombre en una de las primeras páginas, en caso de que alguien me lo pida prestado. Esa es otra de las razones por la que no hago anotaciones. Si por alguna razón el libro acaba en otras manos, alguien más se enterará de lo que pienso y opino. Me imagino también si escribiera al margen de un párrafo y lo leyera después de tiempo, sólo para sentir pena de las tonterías que pensaba entonces. Tampoco encontrará nadie en mi biblioteca libros subrayados o resaltados, otra aberración propia de predicadores callejeros, a los que reconozco por cargar siempre una biblia desgastada con tantas frases resaltadas en varios colores que el libro ya ha perdido su significado y se ha convertido en una lista de frases inconexas.
Observo también que hay libros baratos en papel corriente, preparados para ser anotados, y ediciones de lujo, para leer con reverencia o enseñar a los amigos, y que nunca serán anotados. Ese es otro extremo al que no llego, pues para mí, un libro fue hecho para ser leído, y no para tenerlo como adorno o símbolo de estatus. 
Con todo, alguna vez me atreví a anotar al margen de un libro. Como en muchas cosas que hago, lo hice esa vez para saber lo que sé siente, y ver de primera mano si era esa experiencia enriquecedora de la que hablaban mis amigos literatos. No me sentí cómodo, y más aún, me di cuenta de que no estaba opinando, sino corrigiendo al autor. Para mayor afrenta, mi caligrafía se ve realmente mal, y echa a perder toda la estética de la página. 

Revisando mi biblioteca, veo que la mitad de mis libros son técnicos, relacionados a mi profesión, algunos con anotaciones de referencias a normas técnicas, y en algunos casos, enmarcando alguna fórmula realmente importante. Los libros de literatura están limpios de marcas de lápiz o resaltador, lo que me parece mucho mejor, porque me distraerían de la historia, al igual que los pies de página. Recuerdo que alguna vez pasó por mis manos una edición del Quijote, con tantos pies de página que me desanimaba al ver que casi la mitad de la página era un pie con citas incomprensibles y opiniones de gente que no me interesaba. Yo quería saber la historia, no enterarme que la primera edición dijo esta palabra y después la cambiaron a esta otra. Y esa es otra razón para no anotar en los libros que tengo: Si decido emprender nuevamente la lectura de un libro, quiero hacerlo como si fuera la primera vez, quiero sorprenderme de nuevo, sin anotaciones que me distraigan, y sin tener que pensar si mis opiniones han cambiado desde la primera vez que lo leí. 
Allá los que dicen que hay que anotar en los libros, yo simplemente no lo hago.

domingo, 3 de septiembre de 2023

Leyendas peruanas: tesoros



En el Perú no hay sitio en donde no haya alguna historia sobre un tesoro escondido. En cualquier pueblo basta con preguntar un poco y se obtendrá una leyenda transmitida de boca en boca durante mucho tiempo, o un relato sobre gente que buscó o encontró un tesoro. Aquí cuento un par de historias que obtuve de primera mano: 

La primera me fue referida por un compañero ingeniero, cuando trabajaba en una línea de transmisión eléctrica a través de las montañas. Uno de los tramos tenía que atravesar el río, y la gente de la población advirtió a los trabajadores sobre el peligro de acampar cerca al río. Hay cosas, decían. Los ingenieros, provenientes de la ciudad, hicieron caso omiso de las supersticiones pueblerinas. En la noche, algunos trabajadores vieron un resplandor dorado proveniente de las aguas, y uno ellos, con valor insensato, se metió al río, para salir a los pocos minutos diciendo que había visto una especie de casa o caverna llena de oro en el fondo del río. Los demás trabajadores se pusieron de acuerdo y el primero volvió a entrar, está vez atado a una cuerda que lo demás jalarían una vez asegurado el tesoro. El intento fue infructuoso, pero el buceador improvisado volvió emocionado, estuvo a punto de tocar el tesoro, pero la cuerda se había quedado corta. Una segunda cuerda, atada a la primera, tampoco fue suficiente, esta vez el buceador dijo que casi lo alcanzaba con los dedos, pero parecía que el oro se alejaba cada vez que trataba de llegar a él. 

A la mañana siguiente, en el pueblo uno de los del grupo de la noche anterior comentó lo ocurrido. Recibió la respuesta airada de uno de los pobladores: ¡Insensatos! Les advertí que el río hay cosas. La gente del pueblo sabía desde hace mucho del tesoro del río, pero sabían también que el oro estaba maldito, todo aquel que lo toca no puede salir de la caverna y muere ahogado. El trabajador que se había metido al río tenía suerte de no haber tocado nada y seguir vivo. Ese mismo día se dio la orden estricta de no entrar al río, y el campamento fue mudado al día siguiente, terminada la labor en esa zona. 

La otra forma en que se encuentra un tesoro en mi país es por una costumbre usada en siglos anteriores. Se dice que en muchas haciendas la gente enterraba sus tesoros dentro de sus casas, con ayuda de un esclavo o sirviente, y una vez terminada la tarea, mataban al cavador con el doble propósito de que no revele el lugar del entierro, y para que su fantasma cuide del tesoro. A tal lugar se le conoce como "tapado" o "entierro", y hay multitud de historias de gente que ha buscado estos tesoros en las casas antiguas, para ser derrotado por el fantasmal guardián. Otras historias cuentan que había gente que, al construir una casa, pedían a un chamán que robe una calavera del cementerio y la entierre dentro de la casa, para que su fantasma la proteja de los ladrones y otros daños. 
Por eso cuando mi familia compró una casa hace años y al hacer los trabajos de cambio del piso, y los albañiles encontraron una calavera, nadie supo ante cuál de los dos casos nos encontrábamos. A pesar de las prohibiciones expresas, los obreros terminaron sacando los pisos de toda la casa, cavando en varios lugares. Tuvimos que despedir a los obreros y reemplazarlos por otros que nada supieran del tema, bajo una supervisión estricta para que nadie cave más de lo necesario. El asunto fue zanjado llamando al sacerdote de la iglesia cercana con una botella de agua bendita para bendecir todas las habitaciones, y enterrar la calavera en un lugar más seguro, con permiso de la iglesia. 

Así es el Perú, donde cualquiera puede contarle a uno historias de tesoros y fantasmas, o hasta encontrar una en su propia casa.

jueves, 24 de agosto de 2023

La carta automática



Desde que se puso de moda el ChatGPT, varios me han pedido mi opinión, y aunque ya hice un post antes sobre el tema, todavía me quedaban algunas cosas por decir. 
Cómo expresé antes, no le veo lo novedoso a la inteligencia artificial, porque basado en las respuestas que he obtenido hasta ahora, yo he conocido a algunos que me daban respuestas semejantes cada vez que alguien les encargaba un trabajo, carta o informe. 
Esto me he puesto a pensar con cierta seriedad en que, aunque no soy muy dado a las teorías de conspiración, sí creo que alguien en algún lugar ha logrado traspasar el cerebro de algunas personas que he conocido a la red digital de internet y la ha convertido en el chat GPT. Personas he conocido a las que sus escritos me dejaban esa sensación de haberlas visto antes, de tantos lugares comunes que utilizaban. Con uno de ellos, en especial, las empresas públicas y oficinas de atención al cliente tomaron ejemplo para escribir esas cartas masivas de respuesta a cualquier reclamo que hacen los clientes, y que se veían más o menos así: 

De mi consideración: 
Esperando se encuentre usted bien, quiero decirle, con el respeto que me merece, que, en mi humilde opinión, a mi parecer, creo que, me corrige si me equivoco, pienso que, como están los tiempos, llegada la ocasión, tengo derecho a opinar, en mi condición de ser humano, y le hago saber que, no obstante, por razones ajenas a nuestra voluntad, qué más quisiera que sea así, pero obligado por las circunstancias, en vista de lo ocurrido, se hizo lo humanamente posible, por lo tanto, de ahora en adelante, era cuestión de tiempo, lo lamentamos profundamente, y de manera temporal, hasta nuevo aviso, que sea lo que ha de ser. Con relación al objeto de la referencia, como es público y notorio, sin lugar a duda, no hay motivo para pensar que, a pesar de las evidencias, no hay forma en que los eventos ocurridos, por las razones arriba indicadas, lleven a pensar que, los hechos consumados han tenido como fruto tal consecuencia. No quisiera terminar sin mencionar que, a su debido momento, el tiempo nos dará la razón, en estos tiempos difíciles, nuestra razón de ser nos hará más fuertes, y miraremos con confianza hacia el futuro. El día de mañana será brillante, la ruta que nos hemos trazado será el camino a seguir, sin dudas ni vacilaciones, sin miedo al éxito, el día llegará. 
Esperando seguir contando con su preferencia, me despido de usted. 

Como ven la carta en mención sirve para todo, suena a conocido, da abundante información sobre nada, y es completamente inútil. Igual que esa persona, e igual que el ChatGPT.

lunes, 14 de agosto de 2023

Leyendas Peruanas: El pago a la tierra



Dentro de las costumbres y manías que tenemos los peruanos está la de compartir el vaso de cerveza o licor con los amigos. Esta costumbre, aunque muy desacreditada desde la aparición del Covid, se sigue usando sobre todo fuera de Lima. Y en esas ocasiones siempre hay alguien que derrama accidentalmente algo de la bebida en el piso. Los demás, nunca se molestan por ello, más bien lo aceptan, y aceptan la disculpa del culpable que dice: “es el pago a la Pachamama”. Incluso hay quien, al empezar la ronda de bebidas (siempre que sea en exteriores) derrama intencionalmente un pequeño chorrito “como pago a la tierra”. Esta costumbre es en realidad muy antigua en la parte andina del Perú y está presente hoy con mucha frecuencia, e influye en la vida diaria, como voy a contar ahora. 

En el antiguo Perú, se tenía mucha consideración a la Pachamama, o Madre Tierra, considerada la proveedora de alimentos y riquezas. La Pachamama no es una diosa en el sentido que hoy conocemos, sino una presencia dadora de bienes. No se encontrará en el antiguo Perú un templo dedicado a ella, o representación alguna de su aspecto más allá de la metáfora. Para un pueblo agrícola como el nuestro, la relación es de agradecimiento e intercambio. Si la tierra da algo, hay que retribuirle algo. Por eso en las grandes fiestas de cosecha o al inicio del año (que coincidía con el solsticio de invierno, en junio) la celebración iniciaba derramando un vaso de chicha en la tierra, como pago por todos los beneficios que los hombres recibían de ella. El ritual, a cargo de un alto sacerdote, incluía otros sacrificios que hoy varían con la zona del Perú. 

Hoy, en el Perú, la costumbre sigue practicándose cada vez que hay una fiesta, o cuando se inicia una obra pública o privada, desde una casa familiar hasta las grandes obras estatales. Y aquí entran mis experiencias personales. 

En la construcción de una gran planta eléctrica de la cual tomé parte, los obreros insistieron en realizar la ceremonia de pago a la tierra al inicio de los trabajos. La dirección del proyecto, compuesta por extranjeros y limeños cosmopolitas, se negó por considerarla supersticiosa, innecesaria y una pérdida de tiempo que distraería al personal. Los obreros y aún los capataces y jefes de obra obedecieron la orden de seguir trabajando, aunque comentando en voz alta que era una mala idea. Esa misma semana empezaron a ocurrir accidentes en la obra: Una excavadora tropezó con una tubería, rompiéndola; una grúa dañó una pieza de concreto en una mala maniobra; y por último, un trabajador se salvó apenas de una caída en altura. Toda la gente empezó a inquietarse y la solicitud a la gerencia fue renovada, para ser negada igualmente. La situación ya había dejado de ser anecdótica y se hablaba de que en cualquier momento ocurriría un accidente verdaderamente grave; los obreros, por su parte, ya amenazaban con paralizar la obra si no se cumplía con la ceremonia del pago a la tierra. Incluso yo me sentía intranquilo de lo que pudiera pasar, hasta que el Jefe de Campo me informó, en tono confidencial, que ya había contratado a un chamán de la zona, y habían hecho la ceremonia de pago a la tierra ese mismo día muy temprano, antes de que la gente llegue a trabajar, y que la noticia se estaba pasando de boca en boca para evitar mayores problemas. No sé si la gerencia llegó a enterarse de este desacato, pero sí estoy seguro de que notaron que los accidentes se detuvieron, y ya no hubo mayores problemas hasta el final de la obra.

En la obra en la que estoy ahora, a mucha más distancia de la capital, en la construcción de unos colegios, el pago a la tierra es una ceremonia mucho más pública y aceptada. El ritual esta vez se realizó como parte de la ceremonia de la primera piedra de la construcción, con presencia del alcalde y las autoridades educativas. La ceremonia, mucho más cercana a los rituales milenarios, se hizo como se debe: En el lugar en donde se colocaría la primera piedra, se hizo un pequeño hoyo en donde colocar primero una manta y sobre ella ofrendas, que son productos de la tierra, como alimentos y, en este caso, también una pequeña alpaca (Afortunadamente, esta parte ya se está perdiendo y hoy no es frecuente hacerlo). Estas ofrendas se envuelven en la manta junto con hojas de coca. Por último, se prende fuego en el hoyo con ayuda de algunas maderas secas, y mientras las ofrendas arden, los invitados a la ceremonia brindan con chicha, aunque también puede hacerse con cerveza. El primer vaso de licor es para la Pachamama, por lo que se vierte sobre el suelo. El detalle del sacrificio de una cría de alpaca hizo arquear las cejas a más de uno en esta época de conciencia sobre el maltrato a los animales, pero tuvo que aceptarse en aras de las buenas relaciones comunitarias. 

Esperamos entonces una construcción feliz y sin incidentes, con gente de buen ánimo y en paz con la Pachamama, y sobre todo, con ganas de que la construcción se termine pronto para celebrar en otra fiesta de las que se acostumbran acá, acompañada de sus propios rituales, y que contaré en otra ocasión. Salud con chicha derramada al piso.

viernes, 4 de agosto de 2023

La trampa de la empatía


Empatía. Término de moda, o al menos uno que me persigue desde hace tiempo. Con frecuencia lo veo en los artículos profesionales que leo, lo escucho en los noticieros cada vez que alguien se queja de la falta de solución a sus problemas, y en las conversaciones coloquiales. Yo mismo, a veces, he sido acusado de falta de empatía por alguien que no se siente satisfecho de mi desempeño. Es que, en realidad, más que de empatía, de lo que se habla es de la falta de empatía. Yo, que me autoanalizo al menos una vez al día, creo que no es que a mí me falte empatía, sino que yo entiendo la empatía de una manera diferente al resto del mundo. 
La primera vez que me encontré con el concepto de empatía fue hace mucho, cuando conversaba con un colega. Él me contó que su jefe le encargó un plan para disminuir los costos de operación de la empresa. Mi colega analizó los puestos de trabajo, las formas de trabajar y las instalaciones de la empresa, pero no pudo encontrar una forma de ahorrar dinero. Cuando su jefe le pidió un avance de sus resultados, tuvo que admitir su falta de progreso. El jefe, molesto, lo llevó a la planta de producción y le dijo: "Imagina que eres el dueño de esta empresa y que todo esto lo has pagado con tu plata. ¿Qué harías?". Desde ese momento mi colega empezó a ver todos los procesos con otros ojos, y vio tantas oportunidades de mejora que se sorprendió de haberlas pasado por alto anteriormente. 
La idea me pareció desde entonces algo poderoso: ponerme en el lugar del otro para darle lo que necesita. Empatía, en vez de la "distancia profesional" que me habían enseñado hasta ese momento. Me propuse usar esa idea en cuanto tuviera oportunidad. Así, la siguiente vez en que tuve que enviar un currículum para postular a un trabajo, me visualicé como el encargado del proceso de selección y sobre lo que le gustaría encontrar en ese documento. Desde entonces, cuando tengo que escribir un informe o un documento que será utilizado por otro, trato de ponerme en su lugar, qué es lo que quiere encontrar allí, o qué es lo que necesita saber. Así, mi trabajo trata más de ayudar al usuario que de contentar al jefe, y puedo defender mi opinión si es necesario. 

Pero ahora que la empatía es una palabra de moda, veo que no todos entienden lo mismo que yo. Lo que veo que los demás entienden como empatía para mí es un sentimiento de superioridad disfrazado, una forma de decir "pobre de esta otra persona, hay que ayudarlo a salir de su miseria". Siempre que escucho de sentir empatía, es por alguien que sufre de alguna manera. Esto significa que para sentir empatía primero hay que juzgar y calificar. Solo se siente empatía por quien, a nuestro juicio, lo merece. En todos los artículos que he encontrado se habla de la empatía desde una posición de superioridad moral o de poder. Y al hacerlo están obteniendo una visión sesgada del problema. Cómo ejemplo, si yo pido empatía con un ladrón, la gente se va a negar, va a pensar que quiero justificar su delito, o que soy tan malvado como él. ¿Cómo ponerme en el lugar de otro que no comparte mis valores morales? He aquí la trampa de la empatía tal como se entiende hoy. Hay que entender que no se trata de una forma políticamente correcta de la lástima, sino de entender las necesidades del otro. Y esto precisa de información. Tengo que conocer algo de la persona antes de sentir empatía, y sobre todo, reconocer que el otro no tendrá necesariamente los mismos valores morales que yo. Tal vez sea yo el que no entiende lo que significa la empatía. Yo seguiré poniéndome en el lugar de mi jefe, del poblador que nos impidió el paso a la obra, y hasta de la compañera de trabajo que me odia sin razón aparente, porque así obtengo mejores resultados.

Por último, un ejercicio de empatía, para introducirlo en una conversación: Si fueras otra persona ¿Qué opinarías de ti?

martes, 25 de julio de 2023

El Descubrimiento del Fuego



Hace mucho tiempo, uno de los exploradores de la tribu Chltuxlu encontró en el bosque un árbol al que le había caído un rayo durante la tormenta de la noche anterior. Una de las ramas ardía y emitía un calor agradable. El individuo (cuyo nombre se ha perdido, pero no importa, porque seguramente su nombre es hoy impronunciable) tomó la rama y la llevó a su aldea. Orgulloso, la mostró a todos como la solución a las frías noches. Toda la tribu celebró el descubrimiento, excepto los ancianos augures, que decretaron que el fuego pertenecía solo a los dioses solares, y que portarlo era una blasfemia. Sin embargo, su calor era tan agradable que decidieron conservarlo, con la condición de que fueran los augures quienes se encargaran de administrarlo. 
Lo llevaron a la choza del augur principal, con tan poco cuidado que su choza ardió en llamas. El segundo augur anunció el hecho como prueba de que los dioses no querían que el hombre tuviera tal poder, por lo que el descubridor fue sacrificado para aplacar a los dioses y así poder conservar el fuego. El fuego fue colocado ahora en el centro de la aldea, y el augur encargó a una joven para alimentarlo continuamente con leña. A todos se permitió acercarse al fuego, pero no tocarlo. 

Un grupo observó que el fuego no tenía forma física, ni se podía palpar, ni guardar en una vasija, y tampoco tenía peso. Ellos declararon que entonces que en realidad el fuego no existía y que todo era un truco del augur para dominar la aldea y ser dueño de la mujer que cuidaba la fogata. Muchos los siguieron y se formó el grupo de los negacionistas. Uno de ellos se arrojó a la fogata para demostrar que el fuego no existía, muriendo quemado. Así se descubrió que el fuego servía también para mejorar el sabor de la carne y demorar su descomposición. 

El pueblo celebró este nuevo descubrimiento, aunque muchos todavía creían que el fuego era un engaño y que el mártir de este primer negacionismo había sido asesinado de alguna manera para impedir que se supiera la verdad. Este pensamiento también llevó a algunos mayores a decir que el fuego había hecho las cosas demasiado fáciles en la aldea, y que esto les llevaría a perder la fuerza que les había llevado antes a la prosperidad. Iniciaron un movimiento de vuelta a las raíces, durmiendo lejos de la fogata y negándose a comer la carne cocida. Ellos advertían además de lo peligroso que era el fuego, avisando de los crecientes casos de quemaduras e incendios, y difundiendo la predicción de que un día el fuego se saldría de control y terminaría quemando la aldea, luego el bosque y al final el mundo entero. 
Como resultado, los jefes de la tribu decretaron que solo debía haber una fogata en la aldea, a cargo de una sola persona. Esta disposición solo empeoró las cosas, pues los demás habitantes sobornaron al cuidador con collares y alhajas, y en todas las chozas ya había una pequeña fogata. 

Pronto aparecieron otras tribus, atraídas por el resplandor que en las noches podía verse a gran distancia. Los líderes de la tribu temían una invasión, y se prepararon, enseñando a su gente a usar el fuego como arma. El primer intento de invasión tuvo un resultado horrible. El fuego fue usado sin reparo y se provocó un incendio que destruyó buena parte del bosque antes de ser apagado por la lluvia, dejando decenas de cadáveres quemados en ambos bandos. Nuevamente los partidarios de la vuelta a las raíces cobraron fuerza, anunciando que pronto toda discusión acabaría en el uso del fuego, que el hermano quemaría la casa del hermano, y que ya estaba cerca el día en que el fuego consumiría al mundo. 

El partido de los pacifistas, como ahora se les llamaba, logró al fin que el fuego fuera abolido de la aldea. Los pacifistas entraron a todas las casas a apagar las fogatas, matando a aquellos que se resistían. El jefe de los pacifistas declaró que el hombre no tenía la inteligencia para gobernar el fuego, y que desde hoy volvería la felicidad, y otra vez tendrían la bendición de los dioses, ahora que estaban libres de toda blasfemia. 

La paz en la aldea duró muy poco. Apenas dos días después, otra de las tribus que había llegado al bosque los atacó y convirtió en esclavos a los pocos que sobrevivieron, usando el fuego que les había llevado un desertor de la aldea, y por el que se dijo que había recibido dos mujeres y diez ovejas como pago por su traición. Ellos se atribuyeron el descubrimiento del fuego desde entonces, negando a sus verdaderos descubridores.

sábado, 15 de julio de 2023

La virgen del abismo



Esta historia la escuché hace tanto tiempo que he perdido casi todos los detalles. Queda, sin embargo, lo más esencial. Se cuenta que un hombre, abatido por las tragedias, salió de su casa con rumbo a un pequeño parque en distrito limeño de Magdalena, que da a un acantilado a varias decenas de metros sobre la rompiente del mar. Va, como todo suicida, solo, mirando al piso y sin ver a nadie. Tampoco hay nadie que lo vea, pues el sitio es desolado y la hora es la de un crepúsculo oscuro. 

Caminando hacia las barandas que dan al barranco, encuentra una pequeña gruta recién construida, y en ella una imagen de la Virgen María, que lo mira como sintiendo lástima por él. El hombre se arrodilla ante la gruta, y recita un Ave María del que casi no recuerda las palabras, que empieza a entremezclar con la historia de los hechos que lo han llevado hasta allí. Llora al narrar su vida, y más al darse cuenta de que la Virgen lo está escuchando, de que no está solo en ese parque, sino que ella lo acompaña y le ofrece consuelo. La Virgen ha triunfado, el hombre se levanta y emprende el camino de regreso, si no con la solución a sus problemas, al menos con el valor para enfrentarlos. 

La gruta de la Virgen fue colocada allí por el sacerdote de la iglesia a pocas cuadras del parque que da al abismo de Magdalena, preocupado por los varios casos de suicidio que sucedieron allí. Tuvo entonces la lucidez de construir la pequeña gruta y tomar la imagen que estaba en su iglesia para llevarla allí, donde más necesaria era su presencia. Desconocemos exactamente cuántas vidas salvó mientras estuvo allí, pero sabemos que fue más efectiva que las barandas, las mejoras en la iluminación y la vigilancia que se puso más tarde ante las quejas de los vecinos. Hoy, que el pequeño parque es el final de una gran avenida, y el sitio ha dejado de ser solitario, la pequeña imagen ha regresado a su iglesia y la municipalidad la ha reemplazado por una enorme estatua de la Virgen que se ve en la imagen de este post, tan grande y lejana que no deja lugar para arrodillarse y contar sus problemas a la gente. Tal vez en la ansiedad por convertirnos en una gran ciudad hemos olvidado las cosas pequeñas que realmente nos escuchan y nos tratan de tú, y que nos ofrecen el consuelo de una madre.
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