lunes, 4 de abril de 2022

Frases twitteables 62


  • Por dármelas de diferente, este año en vez de celebrar Halloween, celebraré la noche de Walpurgis en abril. 
  • Solo por curiosidad: Cuando un ecologista muere ¿Lo entierran o lo convierten en abono para cultivar la tierra? 
  • Cuántos buenos tweets he perdido por no tener a la mano un post-it. 
  • Por enésima vez: No eres un ser de luz, eres una polilla que va muy cerca a la luz. 
  • Lección aprendida 359: Mi plan B no funciona exactamente por la misma razón por la que no funcionó mi plan A. 
  • ¿Mi experiencia más cercana a la muerte? Creo que fue cuando estuve en Nápoles y pregunté si tenían pizza hawaiana.
  • Lección aprendida 642: Tienes que ser tú mismo, pero al menos trata de ser un mejor tú mismo. 
  • La versión moderna del mito de Sísifo: Hacer un trámite en una oficina del gobierno. 
  • Cuando crees que ya está listo, tienes que empezar de nuevo. 
  • Desmontando mitos: Lo que no te mata, no te hace más fuerte, ni siquiera estuvo cerca de matarte, sólo te hizo llorar como si fueras a morirte. 
  • Como cada lunes, somos testigos de la eterna e impredecible lucha entre el lunes y el café. 
  • Eres como la luna, que sabe que todo el mundo la mira, y ni aún así se da por enterada. 
  • No me causan tantos problemas esos campeones mundiales de la estupidez, como cuando se empeñan en defender su título. 
  • No sería mala idea esta navidad, pedir a Santa Claus que, en vez de traernos cosas, se lleve unas cuantas.
  • Lección aprendida 801: Si una mujer me ignora, no es por hacerse la interesante, es porque en realidad no tiene ningún interés en mí. 
  • Creo que este año batiremos el récord de velocidad en pasar de “este será mi año” a “qué año de miércoles es este”. 
  • Si tuviera el don de la telequinesia, en cuántas elecciones haría levantar el brazo de aquellos cobardes que no se atreven a expresar su oposición. 
  • Yo sólo digo lo que pienso. Así que si hablo poco, ya saben a qué se debe. 
  • En un futuro distópico, cada vez que vamos a la peluquería, pedimos que quemen los cabellos que nos cortaron, para asegurar que nadie tenga acceso a nuestro ADN. 
  • Tengo miedo de que si empiezo a poner cosas con sentido en Twitter, la gente empezará a creer que me han hackeado la cuenta. 
  • Tienes ideas esféricas. - ¿Cómo es eso? - Es que no tienen pies ni cabeza. 
  • El mundo está hoy lleno de expertos que inventan la rueda y le ponen otro nombre esperando que nadie se dé cuenta. 
  • Un día estaré deprimido, y me animaré pensando en que en algún lugar del mundo, en este momento alguien está descubriendo a The Beatles. 
  • No hay tantos incapaces en el mundo, lo que pasa es que los han colocado en puestos claves.
  • Cuentan que en el cumpleaños de Matusalén, la gente le decía que no aparentaba la edad que tenía.
  • Semana previa a San Valentín: Liquidación por rompimiento: Se venden peluches, joyas de bisutería, gorros, pañuelos, cartas, globos de helio. Todo a buen precio, lléveselo todo.

viernes, 25 de marzo de 2022

El gato literato



La literatura humana es burda, limitada, llena de una candidez que raya en el absurdo. Si los humanos conocieran la literatura felina comprenderían lo poco que saben de este mundo, pensaba Refifí, un gato que vivía en un edificio en el barrio bohemio de la gran ciudad. Su humana, quien le proveía de un techo en donde refugiarse del clima y esconderse en caso necesario, pasaba largas horas frente a una laptop, leyendo y escribiendo. Como todos los humanos, ella creía tener derechos de propiedad sobre Refifí, lo que el gato permitía a cambio de la comida que ella le proporcionaba. Ese era un trato ventajoso para ambas partes, solía pensar, pues a Refifí le ahorraba el trabajo de cazar su propio sustento, lo que le dejaba más tiempo para pensar, y a ella le permitía cumplir el humano propósito de rendir pleitesía a los gatos, acariciándolo y permitiéndole pasear por la casa a sus anchas. 

Fue así como Refifí conoció la literatura humana, a través de esa pantalla a la que su humana prestaba tanta atención. Mientras más conocía Refifí la literatura humana, más pena sentía por la pobre humanidad. No tenían ellos nada comparable a las grandes epopeyas felinas, y su poesía era como los balbuceos de un cachorro gatuno. Refifí era un gato cultivado, que había ido a la Universidad que se reunía en el parque los días de verano. Allí había estudiado la epopeya de Michifuz de Bizancio, quien siglos antes murió tratando de detener la primera invasión de ratones del Asia Menor. ¡Si los humanos conocieran esta sola historia! Nada sabían tampoco los humanos sobre los trabajos de Ronron el Desgarrado, que a pesar de ser castrado y cortadas sus garras por su cruel humano, siguió filosofando y educando a los gatos de París, y cuya escuela influye hasta hoy en el pensamiento gatesco. 

Refifí tomó entonces la decisión de compartir la sabiduría de los gatos con la humanidad, escribiendo un libro que los humanos pudieran comprender. Estaba seguro que el conocimiento de su literatura ayudaría mucho a los humanos a cumplir su misión de adoración a los gatos. Pero para esto necesitaba la autorización del Consejo Gatuno, que se reunía en el terreno baldío cercano las noches de luna. Esa noche, después de la Orden del Día sobre las precauciones ante la plaga de ratones envenenados por humanos, expuso su moción, con esa elocuencia de gato cultivado que había aprendido en la Universidad, y que tanto convencía a las gatas. 

Contrario a lo que esperaba, su idea no causó entusiasmo entre los presentes. Bigotes, el gato gris de la otra calle, respondió que él vivía en una pizzería, por lo que conocía a los humanos más que todos los presentes, y podía asegurar que la suya era una causa perdida. Los humanos tienen los sentidos tan atrofiados que tropiezan en la oscuridad, no oyen a menos que les griten y una simple cerca los detiene en su camino. Es por eso que son incapaces de asimilar la belleza de la literatura felina más simple. Es cierto, asintió Frida, una gata de blanco y negro, hasta sus bailes son una pobre imitación del movimiento felino. Refifí insistió en lo noble de su causa. Siendo los humanos tan pobres, era necesario elevar su alma como un acto de compasión. 

El Consejo dio al final la autorización para escribir un libro dirigido a los humanos, pero advirtió a Refifí que no guardara muchas esperanzas, pues el cerebro de los hombres simplemente no puede comprender ideas tan elevadas. Entusiasmado, Refifí regresó a su casa con la intención de empezar con su misión cuanto antes. Encontró a su humana sentada frente a su laptop como siempre. Pero la importancia de su misión no admitía demoras, así que se enroscó en su brazo para apartarla y que le deje escribir en su teclado. La humana, sin comprender, lo apartó y le acarició antes de volver a observar la pantalla. Refifí bajó los bigotes en señal de frustración. Había olvidado lo torpes y tontos que son los humanos. Solo su tamaño los hace relevantes en el orden natural. Decidió una acción más directa. Se plantó firmemente junto a su humana y le dijo con voz alta y clara: Miau. La humana volteó y lo miró unos segundos, con esa sonrisa tonta que ponen los humanos, y luego volteó otra vez hacia la pantalla. Refifí hizo todavía otro intento, esta vez más fuerte. Miau. La humana lo miró nuevamente y lo acarició antes de volver a su trabajo. Tal vez el Consejo tiene razón, los humanos no entienden, pensó. ¿Cuál es el sentido de tener a una humana que solo puede entender las órdenes más primarias? La misión de escribir un libro que haga a los hombres abrir los ojos le pareció más necesaria que nunca. 

Refifí tuvo que esperar un par de horas hasta que la humana se puso su bozal blanco, signo de que iba a salir a la calle, y le dejó la laptop libre. En ese momento puso sus patas sobre el teclado y trató de empezar a escribir. La claridad de pensamiento que tienen los gatos, y que los humanos ignoran por completo, le había permitido ya esbozar casi todo el libro en su mente. A través de una epopeya narrada en primera persona, repasaría las mejores corrientes filosóficas entre los gatos. Comenzaría con una breve introducción histórica del pensamiento felino, desde la historia del gran Ohtep de Menfis, pasando por las escuelas de Alejandría y Nínive. Luego estudiaría los aportes de la escuela china, sobre todo de Fong, el famoso gato que gobernó China a través de su humano el emperador Chin. A través de los personajes de la epopeya, representaría las escuelas principales del pensamiento gatuno: La escuela sensorial, que postula que en el mundo solo es real cuanto puede percibirse con los siete sentidos de los gatos; la escuela lumínica, que niega la existencia de la oscuridad; la escuela ordinal, que postula el gran orden natural que sitúa a los gatos como amos de la creación, a los humanos como proveedores y adoradores, y a los roedores, aves y peces como alimento; hasta llegar a la tendencia actual del nihilismo. El final de la epopeya mostraría cómo los grandes héroes humanos, los Aquiles y Quijotes, no pueden compararse con Bastet, el gato elevado a la divinidad en el tiempo de los humanos constructores de pirámides, o con Cheshire, que vivía en el puerto del mismo nombre en Inglaterra, y que fue inmortalizado en un libro humano muy famoso. 

La escritura de esta grandiosa historia encontró un obstáculo inesperado. El teclado estaba creado para los largos y huesudos dedos humanos, y no para las flexibles y confortables patas de un gato. No obstante, Refifí se dio a la tarea con determinación. Sin embargo, otra trampa le esperaba. El clik clak al oprimir las teclas tenía un efecto relajante, y la laptop emitía un agradable calor que invitaba al descanso. Cuando se dió cuenta, Refifí estaba ya durmiendo sobre el teclado con pocas letras escritas. Así lo encontró su humana cuando regresó. Peor aún, cuando vio lo escrito en el teclado, fue incapaz de comprenderlo y lo borró todo antes de regresar a sus propias y humanas cosas. 

En el siguiente Consejo Gatuno le fue solicitado un reporte de sus avances, por lo que Refifí tuvo que admitir que no había hecho progresos. Fellini, el gato atigrado y despeinado que vivía en tres casas diferentes, le recordó que los humanos no entienden a los gatos, y que no hay nada de malo en ello, pues tal es el orden natural de las cosas. Se dice que en el lugar que los humanos llaman Francia, hay humanos que entienden algo del idioma gatuno, y que incluso pueden mantener conversaciones simples, pero no lo suficiente para ayudarlo en su propósito, y que lo mejor sería aceptar su derrota. Solo Ragazzo, el más viejo del Consejo, que simpatizaba con su causa, le ofreció su ayuda. Hay una forma de comunicarse con los humanos que muy pocos gatos pueden dominar, pero que será necesaria para transmitir tus pensamientos. Es una forma que combina sonidos y telepatía, que se dirige a las funciones más primitivas del cerebro humano, activando sentidos que los propios humanos desconocen. Yo te enseñaré a usarla, los humanos le llaman ronroneo, y los gatos lo utilizan poco más que para expresar mensajes simples, pero a ti te permitirá transmitir tus pensamientos a tu humana, le dijo. 

La tarea no era fácil. Hizo falta mucha práctica, pero después de algunas semanas, Refifí pudo transmitir sus pensamientos a su humana y escribir a través de ella de una manera aceptable, aunque ella ni siquiera estaba consciente de tal comunicación, y creía que lo que escribía se debía a su propia inspiración. Después de un tiempo, la epopeya estuvo terminada, con una prosa elegante y refinada, a pesar de las limitaciones del lenguaje humano, tan pobre en comparación a la riqueza de la comunicación gatuna. Su humana también estaba feliz por tal logro, y contenta le enseñó el primer ejemplar del libro. 

Todo cambiaría desde ese momento. Los humanos tendrían un mejor entendimiento de la filosofía gatuna, nuevos héroes se integrarían al panteón de los dioses humanos y el servicio que los humanos sirven a los gatos se beneficiaría enormemente. Una nueva y mejor era se avecinaba, pensaba Refifí. Sin embargo, algo pasó. Su humana volvía desanimada de la calle. El libro, decía, no se vendía, y la gente no sentía interés por leerlo, sin poder explicar la razón. Esto sumió a su humana en una depresión que sus ronroneos no pudieron aliviar. 

Frustrado, Refifí salió a tratar de animarse espantando a las palomas del parque, como hacía cuando se sentía abatido. Allí se encontró con Tom, un gato que presumía de conocer mucho el mundo, y quien tenía informantes entre los ratones de biblioteca. Yo sé qué es lo que ha pasado, le dijo. No eres el único que ha dictado un libro a un humano, por el contrario, son muchos los que lo han hecho, pero ninguno de los humanos ha tenido éxito nunca, y te voy a decir por qué: Si los gatos han logrado controlar a los escritores, por el contrario, son los perros los que han tenido éxito para controlar a los críticos literarios.

martes, 15 de marzo de 2022

Frases ajenas 2



Hace tiempo que hice un recuento de las frases que me hubiera gustado escribir, pero que otro se me adelantó. La cosa salió bien y me salvó de un momento de falta de inspiración para poner algo en este blog. Ahora me encuentro en la misma situación, ya llevo un tiempo rascando la olla de la inspiración sin resultados, por lo que me atrevo nuevamente a rescatar algunas frases de mi archivo de twitter, con la esperanza de que el lector que pase por aquí se divierta y que al menos me dé el crédito por la recopilación. 
  • Creo que, a veces, muchas grandes decisiones se toman sin saber que estábamos decidiendo. 
  • El mundo no está lleno de verdades ocultas que hay que descubrir, sino de verdades sencillas que nadie quiere ver. 
  • Hay que elegir muy bien al copiloto de nuestra vida, es quien pone la música. 
  • Yo también he empezado de cero muchas veces para hacerlo exactamente igual de mal. 
  • No tenemos la más mínima idea de la cantidad de cosas que el universo tiene que organizar para generar una simple coincidencia. 
  • Eso de reinventarse es muy aconsejable para todos los que sienten que quedaron mal inventados. 
  • ¿Que por qué creo que me merezco el Nobel de la Paz? Porque os mataría a casi todos pero no lo hago. Y no sabéis lo que cuesta eso. 
  • ¿Me lo magnifica para anécdota? ¿Me lo distorsiona para discurso? ¿Me lo infantiliza para urnas? ¿Me lo aburre para queja? ¿Me lo banaliza para ofensa? ¿Me lo glorifica para Historia? ¿Me lo oculta para poder vivir con ello? 
  • A las bibliotecas deberían ponerle espejos, como a los gimnasios, para que la gente pueda mirarse mientras lee y pensar “Dios, qué intelectual me estoy poniendo”. 
  • El problema es que vivimos en un mundo en el que la gente prefiere publicar frases célebres que leer libros. 
  • Hay gente que llega muy alto cayendo muy bajo. 
  • No se trataba de vencer, se trataba de comprender que la lucha no era necesaria. 
  • ¡Qué solos están los mal acompañados! 
  • Algo muy malo de la ignorancia es que mientras avanza va adquiriendo confianza… 
  • Todos tenemos dos vidas, la segunda comienza cuando te das cuenta de que sólo tienes una. 
  • A veces quiero ser feliz, luego me acuerdo que es de pésimo gusto tener ese privilegio y se me pasa. 
  • ¿Ya sabes de ese restaurante que se llama Karma? No tienen menú, te sirven lo que te mereces. 
  • Encontrar con quien pasarte de listo es fácil, el reto es encontrar con quien poder pasarte de tonto. 
  • No sabía qué escribir… y decidí dejar el silencio en blanco. 
  • A veces, para disfrutar del viaje solo hay que subir la música y bajarle el sonido al mundo. No falla.

sábado, 5 de marzo de 2022

Una cita literaria



"Ella era como un sol de verano, alegre y diáfana, yo fui como una tarde de otoño, nublada y fría. Ella me trajo un rayo de luz que se filtró entre mis nubes, y yo le correspondí con unas cuantas nubes en su cielo limpio. Entonces sucedió lo que tenía que ocurrir. A una ráfaga de viento que se llevó los recuerdos, le siguió un trueno como un grito, que terminó en una lluvia de lágrimas. Y llegó la noche."

(Tomado del libro “El tren de las despedidas” del poeta y activista ucraniano Iván Niktov, que luchó por la independencia de su país, y que fue arrestado y desaparecido por la policía estalinista en 1934.)

Hacer una cita literaria se ha convertido en una tarea riesgosa, de una facilidad engañosa. Es tan fácil usar un buscador para encontrar frases inspiradoras que nadie se toma el trabajo de verificar si la frase es verdadera, si está bien citada o bien traducida. Además hay multitud de citas apócrifas, armadas por mercenarios que engañan a la gente para obtener unos cuantos likes que puedan monetizar. Encuentro con frecuencia frases que hubieran sublevado a sus autores de saber de ellas, o que los hubieran llenado de pena al pensar que los lectores pudieran creer que es una cita verdadera. 

Hacer una cita literaria implica también una responsabilidad por parte de quien la hace. La cita, aparte de tener un valor literario por sí misma, separada de su contexto, debe ser representativa del pensamiento del autor, y también debe ser testigo del momento en el que se publica. Muchas frases he visto que ya no son adecuadas para estos tiempos, que son sacadas fuera de su contexto histórico o del propio contexto del libro, carta o relato del que fueron extraídas. El resultado es que mucha gente se da una idea equivocada de muchos autores, y peor aún, creen conocer su obra, cuando solo han visto algunas frases, de las cuales al menos la mitad son falsas, del mismo modo que creen conocer a alguien solo por ver sus fotos llenas de filtros y efectos en Instagram. 

Por eso quise hacer hoy una cita literaria pertinente, que signifique algo para el lector, una cita con la que yo esté de acuerdo, y que diga algo que yo no he sido capaz de expresar. Y por eso también elegí a un poeta ucraniano, que vivió una vida agitada y digna de resumir aquí. 

Iván Niktov nació en Kiev, en el seno de una familia acomodada, por lo que pudo ir a estudiar a París, en donde tomó contacto con el ambiente literario de la época y también fue parte de uno de los movimientos anarquistas de la época. A su regreso a su país, organizó células anarquistas a favor de la independencia ucraniana. Perseguido por la policía rusa, escapó hacia Munich, en donde colaboró con varios medios literarios, incluido el famoso “Simplicissimus”. Al estallar la Gran Guerra, regresó a Ucrania para retomar sus esfuerzos de liberar a su país de Rusia, lo que continuó haciendo después del triunfo de los bolcheviques y la formación de la Unión Soviética. Aún pudo regresar a Francia en 1920 para tratar de obtener del gobierno francés el reconocimiento de Ucrania como nación independiente. Lo último que se sabe de él es su arresto por la policía soviética en 1934. Se presume que fue muerto entonces, o deportado a Siberia, de donde no regresó jamás. Su obra más conocida, “El tren de las despedidas” fue publicado en 1921, y alterna prosa y verso, al entrelazar varias historias que ocurren en una estación de tren que parte con soldados hacia uno de los frentes de la guerra. A pesar de ser criticada por su evidente influencia de los escritores franceses, tuvo mucho éxito y se le considera una obra patriótica. El libro fue prohibido por el gobierno soviético y no fue reimpreso hasta la década de los 90, cuando Ucrania obtuvo al fin su independencia. 

Volviendo al tema de las citas literarias, mi intención era mostrar una cita literaria pertinente y apropiada, mostrando el contexto y algo sobre el autor, dar una idea al lector mucho más cercana de lo que está leyendo. Lamentablemente debo reconocer que este intento ha sido un fracaso. Harto de buscar una cita tal como yo quería, me cansé y decidí en su lugar inventar un párrafo, un escritor y una biografía y ponerla aquí. Quien haya llegado hasta aquí sepa que no se puede confiar en todas las citas y extractos de libros que se encuentran en internet.

miércoles, 23 de febrero de 2022

Pequeño dato irrelevante



Lima tiene muchas iglesias tricentenarias, llenas de ese arte religioso barroco recargado, churrigueresco. En ellas podemos encontrar hermosos tallados en madera bañados en pan de oro. El guía, si es que tenemos uno, nos dirá que muchos de ellos están tallados también en la parte interior de la madera. Este detalle se debe a un conocido ebanista tallador del tiempo del virreinato. Cuando el obispo lo vio trabajando en la talla del lado de la tabla que nadie vería, se lo hizo notar, advirtiéndole de lo inútil de ese trabajo. No es inútil, respondió el tallador. Dios puede verlo, y yo lo hago para él.

domingo, 13 de febrero de 2022

Escoge tu tiempo



Estamos haciendo otra prueba de nuestra máquina del tiempo. Preguntamos a nuestro voluntario a dónde quisiera ir. Quería ir al tiempo de Jesús. No hay problema, le dijimos. Así, se convirtió en un pobre curtidor de cerdos cerca a Galilea. Regresó desencantado de la vida dura y el trabajo extenuante. Nos pidió otra oportunidad, quería ver la gloria del imperio romano. Llegó convertido en el esclavo de un panadero en Sicilia. Cuando volvió, se quejó de lo mal que lo había pasado, trabajando largas horas en el calor del horno. Nos pidió aún otro destino, el París del siglo XIX. Complacimos su deseo y se vio como un mendigo en la puerta de la Catedral de Notre Dame. Cuando regresó, furioso declaró que ya no quería tomar parte del experimento. Es que ser pobre es malo en cualquier época, y la gente no quiere vivir en otro tiempo, quiere vivir con comodidad en cualquier época.

jueves, 3 de febrero de 2022

El hombre que no era santo



Esta historia la conozco desde hace tanto tiempo que ya no sé si me la contaron o la inventé yo. Probablemente alguien me contó algo muy diferente, y yo la fui cambiando cada vez que la contaba hasta convertirla en lo que es hoy. No importa, porque no hay castigo para quien, como yo, incorpora algo de sí mismo en una historia ajena. 

Cuentan que una vez, la gente del pueblo estaba asustada por un eclipse de sol que había traído fuertes vientos que ya habían arrancado varios techos y roto muchas ventanas. La gente vivía en un estado de temor que el cura del pueblo no podía aplacar, pidiendo que la gente abandone sus casas para ir a la iglesia. Fue entonces cuando llegó ese hombre. Todos abrieron una rendija de la ventana para verlo entrar al pueblo por la solitaria calle principal, que el viento había llenado de polvo y hojas secas. Tuvo que tocar la puerta de la posada varias veces hasta que el atemorizado dueño lo atendió. El forastero saludó con una sonrisa que hizo que el posadero olvidó hacerle firmar el registro. Se dice que al aceptar un cuarto en la posada, el recién llegado dio su nombre, un nombre tan común que era olvidado tan pronto era oído. Con el tiempo la gente le dio el nombre de Diosdado o Benigno, aunque no nos consta que este fuera su nombre verdadero, o siquiera que se refirieran a él de esta manera mientras estuvo en el pueblo. 

La novedad de su visita hizo salir a la calle a los vecinos, que descubrieron entonces que los vientos habían cesado, sin saber si atribuir este hecho a la presencia del forastero. El recién llegado decía que había venido para ciertos negocios que nadie entendió bien, y que nadie pudo verificar después, ya que nadie lo vió hacer otra cosa que pasear por los alrededores. Quien lo encontraba por la calle o por los campos, era saludado con una sonrisa y buenos deseos. Pronto todos notaron que algo de santidad había en aquel hombre, aunque nadie podía definir exactamente qué era. No predicaba el bien, pero quien lo escuchaba, no sentía deseos de hacer el mal; no curaba enfermos, pero quien estrechaba su mano, sentía el bienestar que contagiaba su cuerpo. A pesar de que nadie pudo decir que había realizado un milagro, se hizo común decir que propiciaba prodigios. Se dice que apenas llegado, al pasar por la calle, un gato caminaba y parecía que se atravesaría en su camino, como suelen hacer los gatos, pero se detuvo y lo saludó con un sonoro miau. El desconocido se detuvo y lo saludó a su vez, antes de seguir cada uno su camino. Más tarde se discutió mucho si esto podía ser considerado un milagro, pero solo fue el primero de varios hechos insólitos. Un joven, tras hablar con él , reunió el valor para declararle su amor a una bella señorita, y fue aceptado. El dueño de la maderería del pueblo, hombre malhumorado y taciturno, fue visitado en su tienda por el extranjero, y esa misma noche invitó a todos a su casa en una fiesta improvisada, en donde se le vio por única vez, cantar alegres canciones en un viejo acordeón. En el pequeño restaurante donde almorzaba y tomaba café en la tarde, se corrió la voz de que la sazón había mejorado notablemente. Quienes conversaban con él, o siquiera recibían sus alegres saludos, parecían animarse y alegrarse. Cuando se dieron cuenta, todo el mundo estaba celebrando, aunque nadie supiera el motivo o la excusa. 

La euforia inexplicable duró todavía algunos días, en los que a aquellos que habían tenido contacto con el extraño, sentían que el trabajo no era tan duro, que los alimentos eran más sabrosos, y que la familia era un maravilloso lugar donde vivir. Alguien fue a la posada para agradecerle el haberse reconciliado con su mujer, pero el posadero le informó que el visitante había partido por la mañana, diciendo que sus negocios habían culminado con buen éxito. Cuando se corrió la noticia, todos se sintieron apesadumbrados por no hacerle una despedida digna, aunque la felicidad circundante duró un tiempo más, cada vez con menos fuerza, hasta que la primera lluvia de la estación lavó el sentimiento de bienestar que había dejado en el pueblo. 

Nadie supo decir qué había pasado con el extraño visitante. Ninguno de los que viajaron a los pueblos vecinos, ni los que llegaron después, pudo dar información, ni tuvo noticias de que el hombre hubiera pasado por allí. Solo uno de ellos, un vendedor que llegó poco después de la partida del extraño, dijo, aunque nadie le creyó, que lo vió caminar por el sendero y encontró a una mujer que salía de su casa como cualquier día, y sin embargo, parecía esperarlo. Al encontrarse, el le saludó como solía hacer siempre, y ella le respondió con la misma sonrisa. Ambos se vieron el uno al otro, y descubrieron que compartían la misma felicidad que había invadido al pueblo. Asombrado, el vendedor vio a la mujer entrar a su casa y salir con una maleta apurada y acompañar al extraño por el sendero. 

Hasta el tiempo en que yo llegué al pueblo, y ya hacía mucho desde que ocurrió esa historia, la gente esperaba el regreso nunca prometido del extraño viajero, y se recibe al visitante con alegría y un vaso de chicha. Tal vez entonces, él o alguien de su descendencia reciba algo de eso que no fue un milagro, en agradecimiento a alguien que tampoco era santo.
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